.¡He vuelto! .¡Tenía un mono increíble de publicar la secuela de N.E.S.! Se ve que estas fechas son ideales para publicar, con tanto papá Nicolás y rey mago, hay complejo, je, je, je.

Sobre el título... qué deciros, el juego de palabras estaba ahí. Me cansé un poco del título "N.E.S.", pero creo que el que lleva su secuela tiene también su esencia, ya que va todo al hilo. La historia dará bastantes saltos en el tiempo, pero el segundo capítulo será continuación inmediata de lo que pase en éste. Por cierto, la clasificación no es fija.

Espero que os guste el capi de introducción de la secuela. Os agradezco muchísimo vuestro interés por continuar la historia. ¡Espero que no decepcione!

No, no doy permiso a nadie para que publique esta historia. Bajo ninguna circunstancia.


Intro

La salida de la villa había resultado muy precipitada para él aunque tuviera constancia de aquella fecha desde que el kage se pronunciara en el asunto la última vez, hacía tres meses; aunque la espera se hubiera afrontado con paciencia.

La jornada del día anterior había sido más intensa de lo habitual, por ser la última, y precisamente por aquello la espera de última hora a que abriera el día tímidamente había resultado muy pesada.

Apenas había dormido tres horas y se había pasado dos con los ojos fijos en la ventana de madera hinchada del fondo de la habitación, apreciando el cambio de color del horizonte preñado de nubes, el color grisáceo iluminado del cielo sin sol... ese sol difuso e insulso de la aldea de la Niebla que castigaba más por ello que el que caía a plomo en el desierto.

No se escuchaba un alma. No se escucharía siquiera un murmullo excitado ni en la hora más ociosa.

La vida civil de la villa de la Niebla era tan animada como un estanque mohoso, a pesar de que la aldea hubiera prosperado a ritmo inesperado después de dejar de ser foco de la guerra. Los más antiguos vecinos en la villa, aquel triste par de centenas que sobrevivió a los ataques sangrientos en la víspera de la guerra y al periodo más oscuro de la contienda en destierro marítimo, habían alistado a los niños en la academia aquel curso –el primero en un lustro- por la causa con la que soñaban: la redención absoluta del pueblo con la caída del Raikage y su clan, máximo responsable de la situación del país sureño. Fuerza no les faltaba, desde luego. No a la villa que había dado al país verdaderos ninjas trabajados, aquellos supervivientes de la didáctica del asesinato más despiadado y famoso en todo el mundo.

La historia de la Niebla y sus implicaciones políticas eran interesantes para entender la guerra, pero el par de escuadrones de ANBU no estaban allí para estudiarlos para provecho de la Hoja. Estaban allí para proteger.

Las tareas de custodia en los portones de la entrada a la Niebla o en los alrededores eran aburridas, ya que la actividad fuera de la villa era tan interesante como la de dentro, pero a veces se les encomendaba alguna misión de rastreo concienzudo por la periferia costera y daban con algún infiltrado de tres al cuarto que les mantenía ocupados un par de horas, o algún hijo de la Niebla que volvía pidiendo perdón por su emigración temprana y traicionera.

En esas ocasiones, los compañeros del cuerpo ensanchaban los hombros y se cruzaban de brazos antes de apoyarse de espaldas contra un árbol y suspirar de alivio mal disimulado. El verse ocupados en la tarea que requería esa delicada atención de distinguir a los ninjas de la Niebla de los rivales, y la renovadora fuerza de la anticipación de entrar en acción cuando el visitante resultaba ser un enemigo, eran inyecciones de pura adrenalina en la mortecina rutina de todos los días... por débil que fuera el enemigo que terminaba cantando su vida y milagros en el mejor de los casos.

Él ya se lo había cuestionado, todas las veces que tenía la suerte de encontrarse a alguien. Bajaba la vista al suelo al obligar a sentarse al sospechoso entre él y el compañero que encartaba, entornaba los ojos tras la máscara, escuchaba las patrañas de turno que precedían al interrogatorio que daría luz a la verdad, y decidía desconectar, porque el resto lo conocía, todo terminaba por automatizarse. Todos tenían siempre lo mismo que decir.

Desconectaba pensando en el rango de su cuerpo, en los principios del ANBU cuando fue fundado y en lo que estaría pensando el Hokage cuando les puso en misión "cubrir las necesidades de escolta hasta la aldea oculta de la Niebla y posterior protección personalizada del Mizukage hasta que la situación estuviera completamente controlada" teniendo en cuenta la delicada alianza entre el Fuego y el Agua. Era algo que había que hacer, que cualquiera podía entender sin explicaciones. Aquello era la guerra y la Niebla era la aldea más castigada de todas.

Se había nombrado al candidato para kage en tierras ajenas y como medida desesperada por la situación del país del Agua.

Para colmo, el Mizukage recién nombrado tenía más miedo que determinación –aunque fuera comprensible; sus predecesores habían durado dos telediarios desde el tercer año de guerra y él era el decimoctavo en ocupar su lugar- y las labores de protección a veces se volvían rematadamente absurdas cuando la villa recibía alguna visita especial.

Quería cumplir; levantarse a la hora que fuera necesaria con toda la fuerza que tenía, aprovechar el tiempo para agudizar su capacidad de escucha en el silencio de aquella villa que parecía un pantano durante las ocho horas de imaginaria... pero cuando se recogía al cuartel improvisado de al lado de la casa del flamante Mizukage, cuando hacía recuento de lo hecho durante el día, le podía el rastro de tedio de todas las horas en alerta... y una secreta y liviana punzada de nostalgia por las ganas de volver a casa.

Después de todo aquello y aun con el calendario a punto para que llegara ese día, la salida era, pues, precipitada. Los compañeros de último turno estuvieron recogiendo sus pocas pertenencias en la hora que les dieron de margen tras la última batida. Algunos de los más adelantados que habían descansado durante el último turno, entre ellos Sasuke, dieron parte de la última vuelta y escucharon las acostumbradas indecisiones melodramáticas del Mizukage sobre la seguridad de su pueblo.

El resultado de todo fue una salida ruda y una discusión a susurro partido sobre la competencia del kage y la pertinencia de la misión en general. Eran las siete de la mañana y les esperaba una vuelta cargante. Tenían que recorrer todo el radio de la isla hasta el cabo del oeste donde, después de hacer reunión con otro escuadrón de ANBU de búsqueda y recopilación de información, tomarían el barco que les llevaría hasta el país del Fuego sin dejar de avistar la vía marítima. En cuanto tomasen tierra descansarían un par de horas en el pueblo costero del puerto y emprenderían el camino hasta la Hoja sin pausa para llegar a media noche, tres días más tarde.

Ahora, recién embarcado, reconociendo la bodega del barco con la vista, se sentaba y prestaba atención a las nuevas que traían los compañeros. El barco comenzaba a mecerse entre las olas, y sus compañeros se sentaban por toda la bodega. El ruido de la madera crujiendo. El sonido hueco de la cerámica de las máscaras de sus compañeros.


Hyūga Neji había avistado tierras del Fuego con su Byakugan en el turno anterior al de Sasuke. Ahora él se paseaba por la popa del barco, dando fe de que la niebla que rodeaba a la isla, fantasmal y húmeda como ella sola, se iba haciendo cada vez más suave y la tarde asomaba fresca y agradable aunque el mar no desistiera en ofrecerle otra opinión. Konoha estaba a sus espaldas. Konoha.

Konoha.

La gran guerra ya cumplía poco más de cuatro años y parecía anunciar que empezaría a morir con un margen de dos años vistos los cambios del foco de ésta, que había bailado hasta el país de la Tierra. Algunos países habían sufrido cambios importantes en el mapa por un juego de alianzas desafortunado en la contienda o por el hambre que sobrevenía. Normalmente, esta última desgracia la sufrían con más fuerza los países más desfavorecidos por su localización.

El país del Viento había sido uno de ellos. Suna había empezado gallarda en su andadura en la guerra. Las condiciones del desierto y su mejor preparación inicial eran ventajosas para los ninjas de la Arena. Fue el país mejor preparado para la contienda, sin lugar a dudas, pero tras un par de meses de guerra a costa de abrir las despensas de los ciudadanos para vencer el debilitamiento de los ninjas, Suna se encontró con nuevos ejércitos en el horizonte de polvo y un gran embarazo por no poder pedir más ayuda a las demás aldeas.

La ayuda de la Niebla, el ímpetu asesino exaltado de esa aldea por el principal enemigo de Suna, la Nube, había sido inestimable, pero a pesar de la fama de las habilidades de la Niebla, el clima pasaba factura y lograba que muchas de las técnicas fueran ineficaces a la larga. La solución era desamparar a la Arena y enfrentar a la Nube en otras zonas del desierto menos agresivas. Así Suna perdía apoyo y reservas casi a la misma velocidad.

Se había desatado el caos en el corazón del desierto. La ventaja inicial que les daba éste les traicionó en muchos sentidos. Los civiles no tenían posibilidad de refugiarse en aldeas próximas por la invasión continua del enemigo y los largos kilómetros de infierno amarillo. Y aquellos que se aventuraban a fabricar marionetas para hacerlos cruzar las fronteras en busca de abastecimientos rápidamente eran requeridos en la frontera de la aldea para luchar... pocos lograban sobrevivir para continuar trabajando en la empresa que les daría de comer.

Por suerte para la aldea, algunos marionetistas se habían decidido por el sacrificio. Lograron convencer al Consejo de la aldea en echar mano de cualquier alternativa vista la urgencia de la situación, y así violaron leyes establecidas de más de cuarenta años de antigüedad. Desempolvaron las investigaciones ilegalizadas de las Brigadas Marionetistas y se escudaron en sus buenas intenciones para llevar a práctica lo que éstas rezaban. Se sometieron a la erudición artística de Sasori como referente y estudiaron todos los riesgos. Trabajaron sin descanso, convirtieron sus cuerpos en marionetas, se armaron con las mejores creaciones que Kankurou y su grupo procuraron, y cruzaron todo el país. Los cincuenta shinobis que se ofrecieron pasaron a ser leyendas... leyendas vivas en la madera vieja... madera vieja que materializaría la hazaña, cuando los cincuenta héroes vieran llegar su hora, en la plaza predominante de la aldea con un enorme monumento de los propios cadáveres muchas décadas más tarde.

Y aquella era la situación del país que mejor había empezado. El sacrificio por el hambre del pueblo. No había situaciones mucho mejores.

- Hemos sentido algo –dijo una voz a dos metros de él.

Sasuke asintió, miró por encima de su hombro, y observó tras los ojos de su máscara de gato que se le conducía al capitán del barco por la trampilla de la bodega.

- Debe ser una falsa alarma. No hemos visto barcos en toda la travesía, debemos ser lo único que detecte su radar –dijo tras un momento.

- Nosotros también lo pensamos. Pero pueden empezar una ofensiva.

Se alejaron de la barandilla que coronaba la nave sin perder detalle del flujo débil de energía, pero nada ocurrió en los diez minutos que se mantuvieron en silencio. El capitán del barco retomó la tarea escoltado por un ANBU. En la siguiente hora, sintieron que la hostilidad inicial del sobresalto remitía.

Cuando atracaron en el puerto, dos días más tarde, un jōnin se levantaba en la cabina de control para recibirlos. Los escuadrones bajaron en tropel temiendo malas noticias sobre la política del país. Sin embargo el jōnin se apresuró a sacudir las manos para tranquilizarlos. Les explicó que el aviso de que llegarían aquel día constaba en los apuntes del registro portuario, pero que, como el barco de fabricación extranjera no estaba reconocido, se levantó un revuelo entre los shinobis que no menguó hasta que se les reconoció.


Podían respirar tranquilos. Ya estaban en la tierra del fuego.

Se respiraba diferente. Era tan agradable como entrar en casa y aspirar un olor cálido y familiar. Era exactamente eso. El pueblo era pequeño, un importante punto estratégico marítimo del país, y todos allí eran ninjas destinados de Konoha.

Los escuadrones ANBU no tardaron en acomodarse en las habitaciones preparadas en el pueblo costero pero no descansaron como se tenía pensado. Algunos de ellos estaban nerviosos –aunque lo disimularan tanto como para mantenerlo en secreto de cara a los compañeros-, se paseaban por las calles del pueblo.

Algunos mayores estaban sentados en los bancos del puerto, mirando al mar con la quietud de quien se sienta todos los días a contemplar los cambios de la marea. Taconeaban con sus bastones en el suelo y anhelaban en voz alta la juventud de los ANBU, compartiendo sonrisas desdentadas y miradas confiadas. Recordaban la vida en la anterior guerra como más o menos sangrienta, criticaban a los kages y las alianzas, señalaban a ultramar zarandeando el bastón para relatar las estrategias de los enemigos y reconocían la vida shinobi como auténtica aunque aquello en el momento presente no les hacía sentir mejor, conocedores del dolor del tiempo del hambre. Explicaban a los ANBU más ansiosos por Konoha que la guerra sacaba lo mejor de todos, reforzaron los vínculos entre los ninjas y entre éstos y los civiles como nunca. También que era lamentable que todos no fueran todos.

Se nublaban los rostros notoriamente cuando recordaban aquel día de agosto en que tuvieron noticia de que Konoha se veía inmersa en la Cuarta Guerra Mundial Secreta. Aquel día de agosto en que se abrió la guerra y se vivió la noche más larga en años en la villa oculta.

La frontera de Konoha terminó la primera noche convertida en un enorme campo de trincheras atestadas de cadáveres; y en la aldea, la infiltración del Sonido se fue apagando –no sin gran dificultad y a costa de un número importante de efectivos- con la intervención de ANBU. Aquello fue el comienzo del infierno.

Pero qué manera tan terrible de empezar los enfrentamientos... Sakura sufrió la manifestación del sello la noche en que todo empezó.

Esa noche, tras cinco horas de reñida batalla y despliegue de distintas estrategias entre los cambios de defensa-ofensa, la gran serpiente blanca resultaba gravemente herida a manos de la Godaime y portador del Kyūbi en un ataque largo y compartido con los otros cuatro compañeros.

Cuando Orochimaru doblaba las rodillas, Sakura empezaba a temblar. Primero lo haría de pura y dura expectación. En medio de la batalla, del olor a sangre y sudor de los que se alzaban a su alrededor, Sakura se estremecía de satisfacción. El tiempo se pausaba. Veía al gran Sannin vulnerable, caído... La sonrisa se le torcería un momento después del vuelco que le dio el corazón, del mismo modo en que se torcía la del agonizante.

Temblaría de odio. La piel de Sakura se cubrió completamente con el sello y su cuerpo empezó a vibrar con la anticipación de la transformación. Orochimaru la estaba llamando con un pitido enfermizo de oídos que insonorizaba todo el campo de batalla. Todo lo que ella pudiera sentir en aquel momento se reducía a la consciencia del dolor palpitante del Sannin y las oleadas de odio que la atravesaban violentamente desde donde éste estaba.

Avisó a los demás, que la miraban completamente conmocionados, de que se retiraba, pero no lo hizo sino de espaldas, jadeando y abriendo bien los ojos -completamente oscuros y embebidos en el odio en aquel momento- para no perderse ningún detalle del dolor del Sannin que la selló.

Sasuke empuñó presto la espada, cubriéndola con su chakra, y Naruto corrió junto a Sakura para llevarla de vuelta a la aldea, ya que de hacerlo Sasuke podría haber alguna reacción entre sellos. Sasuke juró dolor y muerte a su maestro en aquel instante, muerto de rabia por el intento de Orochimaru a que Sakura se convirtiera y le curase, pero éste sólo rió a carcajadas y le gritó, con los ojos inyectados en sangre y la boca abierta en una horrible mueca de colmillos afilados, que era él el que tenía que pagar, por traición. Que no tendría prisa en hacerlo. Que como su discípulo lo haría con su hermano, él se tomaría su tiempo para hacerle pagar, porque la venganza era, efectivamente, un plato que debía servirse frío. Se marchó entre muecas de dolor, y así aparecería cada vez que el equipo siete lo encontrase.

Orochimaru fue buscado y retado por Naruto, Sasuke y Sakura en algunas ocasiones posteriores a ese encuentro. Cuando la Hokage regresaba a Konoha para recibir información del curso de la contienda en los demás países, los tres peinaban los alrededores buscando al líder del Sonido.

Con el cuerpo marchito, sin poder tomar otro cuerpo por su propio deterioro y los seis meses mínimos de margen exigidos entre cambios de cuerpo, Orochimaru se desharía en jutsus y atacaba a sus elegidos en otra jornada de la guerra que a punto estuvo en terminar en desgracia para la Hoja. Les maldijo lamentándose por su mala suerte, vociferando que los llevaría consigo a la muerte. Miraba a Sakura con desprecio cuando le siseó que sabía perfectamente lo que pensaba, que la había leído demasiadas noches como para creerse que ella podría hacer otra cosa que terminar cediendo para curar su cuerpo y jurarle lealtad. En el caso de que Sakura resistiera, no perdería el ánimo, porque el cansancio sobrevendría, tarde o temprano. Él contaba con la eternidad, podría tomarse ese lujo. Ninguno de sus elegidos viviría sin respirar bajo su influjo.

Pero Tsunade le dijo que no tendría oportunidad, que Sakura ya le había vencido. Jiraiya y Tsunade no esperaron. Se lanzaron contra él contrarrestando el ataque encolerizado hacia el Uchiha y la Haruno, ensartándolo en un jutsu que ambos crearon conjuntamente. Sasuke también se lanzaría contra él, apareciendo a sus espaldas. Vio la mueca clara de la muerte en el rostro de Orochimaru segundos más tarde, con un palmo de la katana chispeante de chidori atravesando el corazón pútrido de la serpiente cuando éste perdía la vida por el ataque de Jiraiya y Tsunade.

Cuántas versiones distintas se inventaron a partir de aquel acontecimiento. Cuántas palabras rencorosas se puso en la boca del villano para regodeo del Fuego. Qué orgullo latente y lírico el de los que enfrentaron y destrozaron al antiguo shinobi de la Hoja. Cuán equivocados estaban los que leían gozo en aquel momento de victoria.

Ninguno de los entendidos de la guerra describía el semblante horrorizado de la "sobresaliente pupila de la Hokage". Sakura vería a dos metros de distancia cómo su plan de venganza se desmoronaba... cuando ella tenía planeado acercársele y decirle que le curaría. Cuando jadearía de satisfacción al ver a su torturador a sus manos, y la vida de éste se le escapase como agua caliente entre sus dedos ponzoñosos.

La Haruno aulló de dolor su desdicha, la venganza frustrada. Se acercó al cadáver con los ojos anegados en lágrimas y el cuerpo desganado. Sakura desviaría un golpe al suelo y gritaría que lo acompañaría al infierno cuando a ella le llegase la hora.

Y Sasuke no podría hacer absolutamente nada para consolarla. Ni cuando cayó deshecha al suelo sobre sus palmas para jadear con odio todas las penas que le prometía al recién difunto ni cuando volviera a despertarse entre temblores.

Si Sasuke se hubiera resistido a su impulso asesino el día del último enfrentamiento contra su hermano, podría hacerle pensar, aliviarla con la compañía de su propia frustración. Pero Sakura no pensaba en el lado positivo, porque no lo quería encontrar. Si Itachi siguiera vivo, a Sasuke podría quedarle el consuelo de que él mismo tomó la decisión de dejarlo con vida. Pero Sakura se sentía tan capaz de perdonar como Sasuke... y Orochimaru no estaba vivo.

Había tenido oportunidades, y nada de lo que hubiera hecho por hacerse fuerte tenía sentido. No dejó de considerar que la muerte de Orochimaru le correspondiera a ella, más que a nadie. Y eso abriría discusiones contenidas, celosas e irrefrenables entre ella y el Uchiha cuando Orochimaru o algún asunto relacionado con él se mencionara en cualquier circunstancia. A Sasuke le ardería demasiado la lengua como para mantener la boca cerrada cuando Sakura le lanzase la primera indirecta... pero callaría y seguiría ofreciéndole su mano por las noches en la nueva pesadilla... el lamentable desenlace.

Kabuto cerraba los ojos de su maestro... y todo acabaría ahí.

.¿Que qué quedaba ahora? Una guerra pesada y la incertidumbre de la actividad de la organización de Akatsuki.

Ésta última vivía todos los acontecimientos desde las sombras, probablemente reclutando adeptos hábiles supervivientes de las tierras arrasadas. Sólo en una ocasión había hecho acto de presencia en el país del Fuego. Akatsuki hizo una grave presentación una mañana. Entre los cuatro Akatsukis se encontraría Kenzo. Se recordaría como una batalla desafortunada, porque Naruto no tardaría en salir al encuentro para envalentonarse con el que compartía alguno de sus rasgos.

Lamentable aunque no sorpresivamente, Naruto perdió los nervios y dejó al Kyūbi a su libre albedrío, y por ende Konoha se desbordaría de actividad para devolverle la calma al bijū...

-Hey, .¿vamos saliendo? –dijo un capitán a sus hombres-. Llegaremos a Konoha en cuatro horas, tendremos trabajo allí. El otro escuadrón no tiene problemas. ¿A alguien le importa salir media hora antes?


Se desperdigaron por toda la zona, yendo por parejas cada cien metros. Rodearon aldeas, cruzaron ríos, subieron todos los montes. Todo estaba en calma.

Las noticias recibidas de los pájaros mensajeros ya les avisaban de que las cosas por allí no estaban tan revueltas como por la Niebla... aunque lo cierto era que la calma de los alrededores de ambas aldeas eran comparables.

La humedad de esos árboles era más amable que la acostumbrada. Todo sentía distinto. Ni sobrevenía la fatiga por las horas de vigilia ante la expectación de volver a pisar la Hoja. El bosque era conocido, los charcos de agua a pie de los árboles tenían otro reflejo brillante, más vivo.

La atmósfera cargada de carbono y el peso del aire permitían un movimiento grácil en el bosque, una caricia sutil en torno a la piel. El sonido despierto del roce de las hojas tras su paso era cascabeleo. La luz de Konoha estaba cerca.

Los tres escuadrones divididos en capas fueron agrupándose en el último kilómetro. El poco ruido que hacían sus pisadas sobre la corteza de las ramas fue reduciéndose al aumentar la velocidad, consiguiendo a su vez que a su paso se creara una breve estela de destellos de los protectores de los brazos a la luz de la luna. El resplandor blanco y dulcede los farolillos de la aldea iluminaba tímidamente espolvoreado contra el cielo de noche clara. Ya podían ver la cara de los hokages recortadas en la roca en la distancia. Todos bajaron de los árboles y corrieron a un ritmo más relajado.

Al cabo de unos pocos minutos, el enorme portón rojo –percibida como carmesí- ya sedistinguía con nitidez, les daba la bienvenida entre los troncos nudosos que flanqueaban el paseo. Los pasos fueron decreciendo en ritmo, alineándose a los del grupo.Dieron aviso al vigilante del portón y registraron el nombre de los escuadrones en las cabinas. Las puertas se abrieron dejándoles paso. En cuanto cruzaron la frontera de la aldea, el capitán bajó la voz:

- Con mucha seguridad se os dará la próxima misión en breve. Sellad vuestra misión en los registros del cuartel e id a preguntar por vuestra misión al secretario de guardia en las oficinas del Hokage, no en el cuartel. Puede que se nos necesite, aunque los del escuadrón de información tendréis que trabajar, con mayor probabilidad, en los archivos. Yasu –dijo dirigiéndose al estratega que se apostaba a su derecha-, será mejor que lleves cuanto antes las fotografías de las invocaciones a la sala de estudio de la veterinaria. Contad con el tiempo que necesitéis con un margen de dos horas antes de ir a por vuestra misión.

Los efectivos relajaron la postura y se fueron dispersando lentamente. Cuatro de ellos comentaban una visita inminente al hospital: los de recopilación de información habían tenido una misión más intensa y los rezagados que estaban hablando habían resultado heridos, con algunos huesos dislocados o dolores de espalda mal tratados.

- .¿Tú también tienes que pasar por el hospital, Uchiha?

- Hmp.

Los demás le miraron un momento con fingida sorpresa porque no veían evidencia de que necesitara asistencia médica, pero se abstuvieron de preguntar para no resultar descorteses. Volvieron a cruzar un par de comentarios sobre los ungüentos que habían utilizado para sobreponerse de las molestias mientras se encaminaban animadamente al hospital. Sasuke iba tras ellos, adivinando otro camino sobre los tejados.

En cuanto subió al alféizar de una ventana alta y se impulsó de nuevo hacia el tejado de otra casa, se apartó la máscara de la cara. El aire frío del otoño le inundó la piel, refrescándola del letargo caliente de la cerámica. Miró brevemente por encima del hombro a sus compañeros, sin pestañear. Hizo un ligero ademán de despedida con la cabeza, y despareció de la cresta del tejado en un pestañeo.

Los compañeros se echaron la máscara al cuello y miraron con displicencia el lugar donde había estado Sasuke. Se miraron en silencio y tomaron su propio camino.

- .¿Tanto le hubiera costado decirnos que iba a ver a su mujer?


Bastante descriptivo, sí, aunque espero que no haya sido muy cargante, con todo lo que queda por escribir... Sé que muchas cosas se quedan en el tintero, pero saldrán, con tiempo.

¿Quedan dudas sobre lo que ya se ha plasmado? Si tienes alguna o quieres compartir lo que te ha parecido el primer capítulo, escríbelo aquí abajo, por favor, para poder conocer defectos y demás evaluaciones.

¡Espero que te haya gustado! ;)