Volví! Luego de diez millones de años pero estoy de vuelta! Lista para seguir dándole alas a esta locura XP. Si, ya todo el mundo sabe que estoy loca así que no importa, XD. Bueno, como decía, esta demencia continúa hoy, aquí y ahora con este nuevo capítulo –que si preguntan porque tardé tanto en publicar les diré cuatro palabras "fin de tercer trimestre"-. Pero antes de pasar a su comentario, agradeceré a las personitas que no tuvieron flojera y me dejaron un review como Dios manda: pipalullabye muchas gracias por sumarte a la lectura! Cada vez que veo reviews de gente nueva me emociono, significa que no soy tan mala como había pensado en un primer momento para esto de los FanFics XD. Como sea, te pido disculpas por haberme tardado tanto en actualizar, y espero que no te hayan salido canas mientras esperabas y que aún tengas interés en seguir leyendo esta locura, ya sabés que estás requetecontra invitada a seguir leyendo n.n –y sí, algunas cosas provocan que la gente quiera empalarme, ya estoy acostumbrada, pero por suerte nadie nunca lo hizo, o si no en este momento yo sería un fantasma reconcentrado, jaja-. Renaissance Lady-K, A VOS NO TENGO QUE DECIRTE NADA! Sos la que le pone onda a este FanFic y desde el primer capítulo me anima (y me obliga XD) a seguir adelante con esta historia, sos la que me anima con tus reviews y la que provoca que más de una vez me desatornille de la risa en la silla –tanto como cuando leo tus reviews como cuando leo tus FanFics n.n-. En fin, sos la que estuvo ahí desde el comienzo, esperando la actualización, y si bien algunas veces no pudiste cumplir en-tiempo-y-forma XD con el review siempre dejaste tu comentario, con lo cual para mí es más que suficiente. MUCHAS GRACIAS!

Y ahora sí, señoras y señores, el momento que todos estaban esperando!!! (O.o Oh, Dios! Ni que fuera presentadora de televisión XD) Descubrirán que sucedió con Deannie y si la muy maldita de la Demonio de Ojos Rojos logró o no salirse con la suya. ¿Y qué onda con Sam? ¿A Tifenn se la tragó la Tierra? –esperemos que no, o si no me quedo sin personajes y se me va la historia al caño!-. Descúbranlo aquí mismo! (y dale con la onda presentador de TV ¬¬). Espero que les guste el capítulo amigos y amigas, y por favor, no me empalen! XD Enjoy the reading n.n

The Awakening Of The Dragon

Capítulo XII: Death's Whispers

A duras penas podía respirar, hasta el parpadear le era difícil y le exigía un enorme esfuerzo. La fuerza invisible que lo mantenía completamente inmovilizado, pegado a la pared, no se había reducido ni un ápice y eso daba cuenta de las intenciones del Demonio. Dean no quería ni siquiera imaginar que podía llegar a ocurrirle estando a merced de ella porque, cualquiera fuese la situación que podía llegar a darse, estaba seguro de que no sería nada buena. Le sobrevino un escalofrío que le hubiera hecho temblar ligeramente en circunstancias normales, pero que sólo logró producirle un tenue y pequeño dolor en la espina dorsal. Una vez más intentó zafarse de ese agarre pero lo único que consiguió fue que la Demonio lo empujase con más fuerza que antes contra la sólida y dura pared de concreto, y pudo sentir las imperfecciones del yeso con total claridad sobre la piel, un dolor agudo e insoportable le oprimía el pecho y parecía que en cualquier momento iba a quebrarle la tráquea.

Respiró entrecortadamente y levantó la vista, sus ojos chocaron con unas piedras frías y rojizas, de un color carmesí intenso, de ellas parecían irradiar odio e ira. Asemejaban a parajes carentes de vida, de aquellos en los que nada más reina la muerte, el sufrimiento. Eran los ojos del Demonio.

La luz de la lámpara titiló, sumiendo a la habitación en la penumbra por apenas un instante, pero eso resultó ser tiempo suficiente para que la mujer se acercase aún más, de modo que quedó a tan sólo unos milímetros de distancia de él. El aire pareció volverse demasiado pesado y agobiante para respirarlo, le abrasaba la nariz y la garganta como si estuviese respirando el aire recalentado del desierto, o el aire cargado de azufre del mismo Infierno. Y había dos luces más en esa habitación, tan imperceptibles que había que escudriñar con atención para encontrarlas.

Eran el miedo y el deseo de sangre.

Y no resultaba muy complicado darse cuenta a quién le correspondía cada uno. La luz asesina que afloraba de los ojos rojos de la Demonio no le pasó desapercibida a Dean, e intentó por todos los medios mantener la mente fría, despejada y clara; pero le resultaba casi imposible, porque la sombra de la muerte estaba muy pero muy cerca suyo, tan cerca que podía rozarlo, tan cerca que con apenas un movimiento lo sumiría en las tinieblas eternas o, más bien, en la tortura sin fin de la Eternidad. Quizás por eso mismo el corazón casi se le detuvo cuando sintió el contacto de algo sobre el rostro, de algo que describió el perfil de su cara desde la altura del cuello hasta el mentón. Ese algo se detuvo debajo de su labio inferior, no sin antes delinear con sutileza los límites de su boca. Abrió los ojos, percatándose que hasta ese momento los había mantenido cerrados -quizás instintivamente-, y una vez más se encontró con la pavorosa mirada del ser infernal.

Rió con una dulzura perversa, maligna y siniestra. Regocijándose de la expresión asustada, que a duras penas pasaba inadvertida, del muchacho.

Completamente asqueado, dio vuelta la cara, pero casi al mismo tiempo que lo hacía una fuerza tal vez mucho más intensa que la que lo mantenía inmovilizado lo obligó a regresar el rostro a dónde lo tenía antes, quedando esta vez frente a frente con esa maldita zorra.

—Eres todo mío, Dean Winchester.—dijo ella mientras una sonrisa se le dibujaba en los labios.

A Dean no le gustó ni cinco cómo había sonado eso, ni siquiera le había agradado la entonación con la que ella pronunció esas palabras, con voz melosa y un énfasis sumamente inusual en la palabra "mío". Pero no se sorprendió cuando, unas milésimas de segundo después, sentía las manos de ella en sus mejillas y la veía inclinarse hacia él.

Solamente encontró sus labios cerrados, con tanta fuerza que no pudo ni siquiera colar su lengua por ellos. El muchacho estaba tan tenso y duro que cualquiera podría haberlo tomado por una estatua de tamaño natural. Pero ella sabía que no iba a resistírsele por mucho más tiempo, después de todo era un hombre y esa era una de sus GRANDES debilidades, porque los seres humanos pueden tener mucha fuerza de voluntad, valor, entre tantas características propias de aquella especia tan extraña, pero siempre caían ante los placeres terrenales. Ningún humano, por más valiente que fuese no había caído alguna vez en ellos, y si no lo había hecho era dueño de un alma demasiado pura y, muy probablemente, inocente. Y en lo que a ella respectaba, Dean Winchester no era ningún santito o algo parecido, ya todas las criaturas del mundo debían estar enteradas de su fama de libidinoso. Ella solamente tenía que ser paciente y esperar, tarde o temprano caería en sus garras, y si no era así ella misma se encargaría de hacerlo caer. Y, de cualquier modo, aquello seguramente le valdría unos cuantos elogios por parte de ÉL, además les daría tiempo a sus socios para que llegasen y lo acabasen; no le importaba que le sucedería al muchacho, después de todo ella lo único que había querido era que terminara en el Infierno, sufriendo de una manera desgarradora durante aquel efímero y miserable año que le había dado como plazo, porque en sus planes había estado desde un comienzo que padeciera todo aquello que lo hiciera sentirse desesperado, le inspirase miedo, porque de esa manera su muerte y estadía en el Infierno serían mucho mas atormentadoras, por ende ello le produciría un goce mucho mayor.

—¿Qué sucede?¿Desde cuando te rehúsas a que una mujer te bese?—preguntó, divertida, alzando una ceja.

Dean frunció el ceño en señal de desagrado.

—No suelo dejar que las perras infernales como tú me besen, maldita.

Ella esbozó una sonrisa sarcástica.

—Ay, Dean, Dean.—suspiró cansinamente—Tendrías que ampliar tu vocabulario ¿No crees?

—No considero que eso sea necesario.—repuso el joven, sonriendo de lado—Las palabras como "perra" y "zorra" encajan perfectamente contigo. Aunque si quieres un vocabulario más culto puedo llamarte ramera, pero eso no hace diferencia, el hecho de que cambie la palabra con la que me refiero a ti no cambiará nada.

—Tienes razón.—dijo ella, esbozando una amplia sonrisa.

Antes de que pudiera darse cuenta, antes de que pudiese parpadear, se dio cuenta de lo ingenuo que había sido pero ya era demasiado tarde. Con un rápido movimiento de la mano, la mujer volvió a inclinarse hacia delante, con la diferencia de que, esta vez, puso una mano sobre su pecho, tan sutilmente que el no se dio cuenta. Y cuando alcanzó apenas a cerrar los labios para que esa maldita no lo violara con su lengua demoníaca, advirtió un dolor lastimoso a la altura del corazón, era como si algo invisible le estuviese estrujando el corazón de una forma terriblemente intensa, parecía que unas garras invisibles se habían incrustado en su carne, haciéndole ver una y mil estrellas con cada latido, era como si los músculos se le fuesen rasgando poco a poco. Hizo un esfuerzo para no gritar hasta que se quedó sin aire, trató de no pensar en el dolor, pero mientras más se esforzaba por ello más difícil se le hacía.

"Debajo de ese disfraz de tipo duro eres tan débil como cualquier pobre mortal"dijo una voz en su cabeza "Quiero verlo, quiero ser quien observe al gran Dean Winchester pidiendo piedad, quiero verte retorciéndote de dolor. No es tan difícil, muchacho. Solamente debes gritar, llorar e implorar clemencia, es tan fácil como eso; tan fácil como cuando se lo pediste a tu querido padre, cuando te estabas desangrando segundo a segundo y pensabas que ibas a morir. Quiero ver el miedo reflejado de nuevo en tus ojos, quiero ver como te quiebras..."

Apretó los dientes con furia e hizo caso omiso al dolor, pero de repente, lo sintió tan potente, tan penetrante que por un momento pensó que había muerto, que su corazón había quedado reducido a pedacitos sanguinolentos. Se quedó sordo por un segundo, sin sentir absolutamente nada. Luego, el dolor regresó. Relámpagos recorrían su pecho, concentrándose en el corazón, produciéndole golpes de dolor cada esporádicos segundos. Se sentía sudoroso y frío, como si estuviese en el lugar más helado y recóndito del planeta. Y percibía los latidos cada vez más lentos, más lentos y más lentos. Sintió que las fuerzas lo abandonaban.

—"Pero al menos ya no habrá más sufrimiento."—No pudo evitar pensar.

Fue como si le hubieran asestado un golpe mortal con un hierro candente. Tan agudo fue que se quedó sin aire otra vez, el dolor penetró hasta lo más hondo de su ser y se extendió rápidamente. Pensó que si existía un punto máximo para eso, el ya lo había sobrepasado hacía tiempo. Respiró cuando el pico de dolor decreció apenas y, otra vez, volvió, pero mucho más profundo, agudo, intenso y penetrante que nunca.

Y no pudo evitarlo, ni siquiera se molestó en ello.

El dolor se fundió en un grito que desgarró hasta lo más hondo del silencio. Era dolor, miedo, ira, furia, todo eso y más a la vez, en un remolino de emociones y sensaciones que habían confluido en una sola expresión física. Nada tenía sentido ya, nada importaba. Solamente era consciente de el sufrimiento que sentía, porque TODO ERA DOLOR. No había otra cosa, estaba siempre latente y cada vez que parecía aminorar regresaba más fuerte que antes. Era como si no existiera nada más, solamente existía el grito, era eso, el ruego de las mismas entrañas de la debilidad humana, que imploraba por que acabase. Pareció que todo se volvió negro, o quizás las cosas habían perdido el color; sombrías y oscuras tinieblas se elevaban desde los sitios mas lejanos de su mente, para atormentarlo más y más.

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Era una habitación oscura y enorme, sombría. Un fuego generoso crepitaba con lentitud en el hogar, las volutas de humo gris ascendían y se perdían en el angosto corredor vertical de la chimenea. Las rojizas y doradas lenguas de fuego lamían con lentitud y sutileza los astillosos leños de pino, que inundaban el ambiente con su característico y fragante aroma. La lumbre proporcionaba una región de claridad, intensa en el centro que se iba perdiendo paulatinamente conforme más lejos se estaba del hogar, la oscuridad engullía la cálida luz, la calígine era de una profundidad asombrosa, que casi rayaba en lo real. Esa lobreguez ambiental no hacía más que aumentar aquella sensación de indescriptible pavor.

Una figura se hallaba sentada sobre el sofá que estaba frente a la chimenea, reclinada delicadamente. Observaba el fuego con muy peculiar interés, en sus ojos gélidos se reflejaban las flamígeras y borrosas estelas doradas.

Sonrió de lado. Y regresó su atención a la pequeña tacita de té que había en la mesa delante de él. La tomó con delicadeza y se quedó contemplando el oscuro líquido durante un rato. Revolvió con la cucharilla la infusión, se produjo un dulce tintineo, casi angelical; la cucharilla despidió destellos de plata cuando la luz del fuego la iluminó. Suspiró, cansado y tomó un pequeño sorbo de té.

Un poco más allá era posible distinguir, con cierto esfuerzo, las siluetas de todo aquello que había en la habitación. Lo sugerente tenía un dejo de fantasmal, por así decirlo, y no hacía más aumentar lo sombrío de la estancia. Una alta biblioteca repleta de volúmenes empolvados descansaba tranquilamente en un rincón. Las sombras que producían los estantes y los libros, sin embargo, envolvían el mueble en algo más que un manto tenebroso, como si la algo reposase en las viejas y amarillentas páginas de los libros, dormido, esperando el momento para atacar y saltar sobre la desgraciada presa que cayera en sus redes. Los libros estaban acomodados con meticulosidad, como si hubiera una estricta religiosidad en cuanto a ello. Una araña colgaba del techo, las velas a medio consumir la coronaban. La cera que reposaba a los costados hacía recordar a las maravillosas estelas de espuma que se crean cuando el agua se arremolina en un río especialmente turbulento, o a la espuma esponjosa y salada que permanece a orillas del mar con cada rompiente de las olas; pero éstas conservaban el movimiento inerte del líquido perlado que resbalaba cuando el calor aumentaba y la parte superior de la vela, aquel hoyito que siempre se hacía, se llenaba de cera caliente. Delicados y bellos adornos de fino y transparente cristal pendían de la araña. Fastuosa, ella se balanceaba apenas al compás de la imperceptible música del silencio. Unas cortinas de terciopelo escarlata acompañaban a las ventanas en el solitario muro este. La luna, imponente, bella y luminosa, reinaba en el cielo nocturno; su luminosidad blanquecina resaltaba en el azulado cielo estrellado, los rayos de plata límpida atravesaban el aire y el vidrio. Un delgado hilo se inmiscuyó en la habitación, iluminando un retazo del suelo con un fulgor que enceguecía. Sin embargo, a los pocos segundos fue interrumpido por la potencia e intensidad de otra luz mucho más potente.

El hombre se dio vuelta y observó detenidamente la habitación. Sus ojos se detuvieron en la figura de un hombre vestido con un lustroso frac negro. Las arrugas de la cara de aquel nuevo individuo asemejaban a profundas brechas, y remarcaban aquellos ojos de águila castaños. El mayordomo, pues no era si no eso, estaba parado bajo la araña con una vara de hierro que en cuyo extremo ardía una pequeña llamita, que había usado para encender las velas que en ese momento habían envuelto a la habitación en una atmósfera acogedora y tibia. El humo grisáceo se perdía en el aire. Las velas parecían pequeñas farolas que resplandecían en el medio de la lejanía de una noche repleta de tinieblas. La cera caliente resbaló por las velas y formó nuevas y grotescas esculturas sobre la superficie.

El anciano carraspeó.

—¿Le agrada así, mi Señor?—preguntó, al tiempo que se inclinaba levemente, haciendo un gesto servil con la cabeza.

Por respuesta, el hombre de pelo castaño oscuro y ojos grises sonrió satisfecho. El anciano, entonces, se retiró por la gran puerta de roble que había detrás suyo. El hombre, por su parte, se acomodó cómodamente en el sofá.

Todo era perfecto, y hacía mucho tiempo que no era así. Interminables años había permanecido a la espera, bajo una densa sombra, pero con paciencia había aguardado la señal que le permitiría actuar de una vez por todas, para lograr aquello que más ansiaba. Y cuando todo parecía perfecto, cuando todo estaba listo para el golpe de gracia, cuando el GRAN PLAN iba a ser llevado a cabo por fin... ABSOLUTAMENTE TODO FUE ARRUINADO. Aquel incidente había desestructurado completamente todas las filas, los líderes se vieron en medio de rebeliones que terminaron de la menor manera posible, un grupo se unió y provocó que una marea de impostores dispersaran a todos, y el caos se había adueñado de la situación. Hasta que él se había levantado y puso fin a toda esa tontería, reuniendo poco a poco a cada uno de los trescientos que supuestamente habían salido del Infierno. Reconocía que en algunos casos había sido difícil pero la mayoría quedaba intimidado ante su presencia... y no les faltaba razón. Las cosas habían mejorado considerablemente en los últimos meses. Apretó los dientes y una arruga se formó sobre su ceja izquierda.

Pero aún había un problema, un gran problema. Ellos seguían vivos, y eso significaba que en cualquier momento sus planes podrían irse directamente al caño si aquellos malditos llegaban a destapar la olla y a descubrir cosas... SERÍA SU FIN.

Tenía que liquidarlos para que sus planes y sus objetivos no corriesen riesgo alguno. Los Winchester eran una maldita jaqueca interminable.

Y el mayor idiota y el que tendría el privilegio de ser torturado por él era, precisamente, el mayor; recibiría lo que merecía por haber asesinado a Azazel. En ese preciso momento debía de estar sufriendo las peores torturas que alguien pudiese imaginar. Una sonrisa se le perfiló en la cara ante aquella idea tan reconfortante. Sorbió un poco de té caliente y cerró los ojos, disfrutando por un momento de la calidez del hogar, y del silencio, quietud y tranquilidad que inundaban la habitación. La luz proveniente de las velas y candelabros brindaban claridad, pero también un inusual e inexplicable sentimiento de pavor, oscuras, enormes y aterradoras sombras se erigían calmadamente desde cada rincón y esquina. Las paredes parecían algo desgastadas. Un fuerte olor a polvo todavía persistía en el ambiente. Mas a pesar de todo aquello en el hombre parecía estar a gusto, en paz.

Un grito desgarrador lo sacó de su dulce ensueño. Bufó con molestia y se levantó pesadamente del sillón. Dejó la taza a un lado y salió de la habitación. Un oscuro pasillo de tinieblas lo recibió, silencioso. Únicamente resplandecía una antorcha en el medio de esa fría soledad. Las sombras formaban un entorno escalofriante y desesperante, que parecía que se volvería encima de cualquiera que se dignase a atravesarlo, como si en realidad fueran las fauces de una bestia de las profundidades que devoraría la vida a cada segundo, arrastrando el alma del desdichado al Infierno. Solamente se escuchaba el silencio, ese silencio tan profundo que hace que se puedan escuchar los latidos del corazón y, a veces, la forma en que la sangre fluye en el interior de las venas. Y si aquel silencio era demasiado brioso, aquella ausencia de sonido se convertía en un penetrante ulular que parecía salido de los peores sitios fantasmagóricos, un lamento que rayaba en lo soportable; que parecía que en cualquier momento iba a hacer estallar los oídos y el cerebro.

Ese silencio se extendía a lo largo y a lo ancho del corredor, hasta que una vez más fue corrompido por la súplica, que resonó hasta en el último rincón de aquella mansión, llenando y filtrándose por el más efímero orificio que existiese. Un ratoncillo huyó despavorido, rasqueteando el suelo de piedra con aquellas minúsculas y filosas uñitas. Sonrió de lado y con un rápido movimiento del pie lo aplastó contra el suelo. La sangre espesa formó un charquito alrededor de su pie. Con una mueca, el sujeto apartó el pie y siguió su camino, impasible, hacia la puerta que había al final del corredor.

Abrió con decisión. Las bisagras chirriaron y el hombre cruzó el umbral. Bajó por una escalinata de piedra áspera y dura, cada paso resonaba y se perdía lentamente en el aire, pero el sonido parecía chocar contra los muros de modo que lo hacían más duradero de lo habitual. Llegó al pie de la escalera y se quedó allí, contemplando el escenario por un momento. El ambiente estaba húmedo y pesado, a causa del calor de la lumbre mezclado con la humedad propia del recinto. El frío congelante ascendía por su cuerpo lentamente y hacía que su piel se pusiese de gallina, pero no pareció importarle. Avanzó hacia la dorada y movediza luz del fuego, percibió un aroma peculiar, algo irritante para la nariz y muy fuerte.

Algo brilló con una incandescencia naranja y rojiza; era hierro al rojo vivo, y el aroma que se olía era el que despedía aquella barra vieja, herrumbrosa y oxidada al ser expuesta al calor de las llamas. Una sombra se perfiló tímidamente cerca de allí, adoptaba variadas formas, lo que hacía creer que cualesquiera fuese el dueño de esa umbría, estaba moviéndose a cada segundo. El brillo enceguecedor de la varilla de hierro se movió e iluminó el camino de los pasos de su portador con una luz de contornos redondeados, con toda la potencia concentrada en su centro, como el Sol. De improviso, aquella luminosidad adoptó un color rojo profundo, un sonido similar a un pitido que se deformaba en un susurro de una brisa especialmente fuerte, se escuchó en la habitación. Un aroma acre a carne quemada inundó la estancia con rapidez, y con ello nuevamente el grito desgarrador. Resonó por largo rato, aunque el sonido original ya se hubiese apagado por completo. Un hombre estaba en el centro de la habitación, temblaba y su cuerpo estaba cubierto de heridas sangrantes, otras brillosas y con ampollas provocadas por el calor del abrasador hierro candente, también estaba sucio, cubierto de polvo, barro y vaya a saber qué otras porquerías. Un sudor frío resbalaba por su piel, tostada por el sol, bajaba lentamente y al tocar las heridas le producían un ardor molesto. Sus ojos reflejaban el dolor y el sufrimiento como si fueran espejos pulcros y lisos. La súplica afloraba de esas pupilas agrandadas por la falta de luz o, quizás, por el martirio. Hilos de sangre espesa resbalaban por sus brazos, las manos no eran ya sino meras fuentes de sangre que salía a borbotones por aquellas perforaciones de los picos filosos de un no muy digno de ser nombrado elemento de tortura arcaico. La carne sanguinolenta, por poco hecha jirones, reposaba alrededor de cada hoyo de las manos. No era posible que a esa altura sintiese, eran más como extremidades fantasma; estaban allí, pero no representaban utilidad alguna. Sus pies presentaban casi el mismo estado, salvo que poseían hondas heridas sangrantes, hechas transversalmente y, aparentemente, por algún tipo de pico afilado terminado en varias puntas. Se encontraba encogido, en posición fetal, como si quisiese protegerse. El hombre se acercó a la figura que reposaba en el piso y, con violencia, le levantó el rostro para que lo mirase directamente a los ojos. Un quejido escapó de sus labios y una mirada perdida, de ojos que estaban nublados por el dolor, repararon en los gélidos ojos grises. El verde resplandeció con una extraña chispa. Ignorándola, el hombre colocó una de sus manos sobre el hombro del herido, y el agarre se asemejó al de una garra deseosa de cortar carne, sedienta de sangre.

—¿Dónde está? —preguntó, ejerciendo más presión sobre el hombro. El rostro del sujeto se crispó de dolor, pero luego de soltar el aire que tenía retenido en los pulmones con esfuerzo, como si lo costara respirar, respondió.

—No lo sé, se perdió. —una sonrisa burlona apareció en sus labios, pero se borró al instante cuando su Excelencia tomó un cuchillo particularmente filoso de la mano de uno de los torturadores y lo hundió con todas sus fuerzas en el abdomen del muchacho. Gritó de nuevo y esporádicos jadeos de desesperación escaparon de su boca cuando bajó la vista y vio cómo la sangre salía a borbotones de la herida, describía un río rojo sobre su piel y bajaba al suelo, rodeándolo poco a poco. Sintió la consistencia viscosa de la sangre a través de la piel.

—Te preguntaré una vez más —dijo el hombre, tomando el rostro del muchacho con una mano a la altura del mentón y girándolo hacia sí, para que quedase frente a frente con él— ¿Dónde está?

—Lo perdí, señor. Y, después de todo, usted no tiene derecho alguno sobre él; es la última persona que yo querría que le ponga las manos encima.

—Exactamente por eso lo quiero —recalcó, con una sonrisa despectiva—. He estado buscándolo por siglos y siglos... no quiero esperar ni un segundo más.

—Lo supuse, —replicó el muchacho, mirándole con odio— pero no se preocupe. Pierda cuidado, nunca se me pasó por la cabeza condenar a la humanidad.

El hombre sonrió socarronamente.

—El problema es que la humanidad ya está perdida.—hundió el hierro candente en el brazo del muchacho, que se retorció y gritó hasta que las cuerdas vocales parecieron cortársele. El sufrimiento que experimentaba el joven complació al hombre. Una sonrisa macabra se perfiló en sus labios.

Asió el largo cuchillo afilado, y lo dejó caer directamente hacia el palpitante corazón.

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Sintió algo cálido que le rozaba la mejilla. Algo cálido y húmedo. Sintió unos golpecitos suaves en la base del cuello y una respiración en el oído.

Esa maldita zorra...

Pero algo repentinamente le hizo cambiar de parecer: un sonido peculiar, como si fuese el lloriqueo de un... ¿perro?

Abrió los ojos se encontró cara a cara con unos profundos ojos de color chocolate y una naricita oscura y húmeda. El perro comenzó a dar pequeños saltitos donde estaba parado y amenazó con lambetearle la cara, pero el muchacho lo apartó con un movimiento de la mano. Se rascó la cabeza con la mano derecha, confundido. Se incorporó y se quedó mirando al perro con expresión pensativa, quien se le acercó tímidamente y le lamió la mano.

—¿De dónde saliste?—le preguntó con una media sonrisa al cánido mientras le rascaba tras las orejas. El can cerró los ojos lentamente, dándole a entender que le gustaba esa caricia. Dean lo observó detenidamente, con la cabeza de lado: era un animal considerablemente grande, de contextura poderosa y robusta. Tenía un pelaje espeso y largo, de un color negro azabache, unas orejas puntudas y siempre alertas, los colmillos afloraban de las comisuras de sus labios y parecían peligrosos. Le recordaba poderosamente a un pastor belga en lo que a pelaje refería, pero en contextura le hacía recordar a un lobo, y aquellos ojos de color celeste gélido ayudaban bastante en ello.

Se levantó pesadamente. Miró al perro, que estaba sentado sobre sus ancas y lo miraba fijamente, casi adorándolo. Levantó una ceja.

—¿Quieres venir conmigo?—le preguntó, sintiéndose un idiota... como si el perro fuese a entenderlo y contestarle. Pero para su asombro, el animal pareció entenderlo, porque soltó un pequeño ladrido de felicidad y movió la cola a gran velocidad, para después empezar a saltar emocionado a su alrededor—Tranquilo amigo, tranquilo.—lo calmó Dean, levantando una mano—No te ilusiones demasiado que ni siquiera se donde demonios estamos y cómo vamos a salir de...

Pero el perro había dado media vuelta y había salido por una puerta pequeña que había junto a una gran estantería. El muchacho lo siguió, siempre cauteloso y atento por si llegaba a pasar algo.

Además, ese tenebroso pasillo interminable le daba mala espina.

Lo único que escuchaba era el sonido del rasqueteo de las uñas del perro contra el áspero suelo de cemento. El resto era silencio, vasto y profundo silencio. Había algunas luces que pendían del techo, las bombitas cubiertas de mugre y polvo apenas dejaban pasar la luminosidad de la luz, era como si alguien hubiese encendido una gran cantidad de cerillas en el medio de la oscuridad de un bosque, no eran más que meros puntillos cálidos a la distancia que a duras penas brindaban un poquito de claridad.

Era difícil de explicar, pero tenía la leve sospecha de que lo estaban siguiendo, o que alguien lo vigilaba desde la oscuridad, tranquilamente camuflado en el envolvente cobijo de las sombras. Y eso no le gustaba para nada, no le gustaba para nada estar metido en un lío con una demonio hasta el cuello y que, seguramente, otros demonios estaban ansiosos de ponerle las manos encima, porque él era la codiciada presa de todos aquellos bastardos del inframundo. Las palabras de aquella maldita zorra no lo dejaban en paz... ¿Y si era verdad que los demonios estaban en camino para llevárselo? Tendría que andar con mucho cuidado, mejor dicho: TENÍA QUE ANDAR CON MUCHO CUIDADO; si no quería llevarse ninguna sorpresa. Deseó por lo menos tener un poco de agua bendita, o algo con lo que pudiera defenderse de un ser demoníaco o cualquier cosa que se le cruzase.

Levantó la vista y divisó al perro que, parado al final del pasillo, observaba con la mirada fija algo en la lejanía. Presintiendo problemas, el muchacho se agazapó contra la pared, esperando que las escasas sombras que allí había pudiesen ocultarlo. Volvió a dirigir la vista hacia el perro. Éste tenía todos los músculos tensos y, en actitud de pelea, estaba preparado para saltar; las poderosas patas estaban fuertemente afirmadas al duro suelo, el abdomen casi rozaba el cemento y las labios estaban levantados dejando al descubierto unas fauces repletas de feroces y afilados dientes, con unos caninos inusitadamente largos. El pelo del lomo erizado, y si el muchacho pudiese haber visto sus ojos, habría visto un brillo asesino en esas pupilas azabaches.

Pensó que el perro se habría asustado con algo y esa reacción no era más que normal, pero se retracto enseguida cuando vio la figura de un hombre, un hombre que, sin siquiera saber por qué, le resultó poderosamente familiar. Estaba vestido completamente de negro, solamente un colgante plateado era lo único que difería de ese color tan oscuro en su vestimenta. Su cabello castaño oscuro formaba bucles que enmarcaban su rostro y caían a los costados con naturalidad. Llevaba algo en la mano, a juzgar porque tenía el puño apretado y, a pesar de la distancia, Dean alcanzó a distinguir una fina cadenita, que parecía formar parte de un collar, esta brillaba con una intensidad inusual para el lugar tétrico y oscuro en el que se encontraba. El hombre se inclinó hacia el perro, que como si hubiese recibido una descarga eléctrica de miles de voltios, saltó inmediatamente hacia atrás, mostrando luego una expresión mucho más amenazadora que antes; llegó incluso a gruñirle amenazadoramente al hombre mientras mostraba aún más los dientes de forma intimidante. Sin embargo, el hombre no se inmutó, si no que permaneció impasible y volvió a acercarse al perro, quien volvió a retroceder y, cuando el hombre quiso acariciarle, el animal abrió y cerró sus fauces que produjeron un ruido metálico. Era una advertencia, y todo parecía indicar que si el hombre volvía a querer tocarlo, le iba a salir muy caro tal atrevimiento.

Quizás le cueste un dedo o dos.—pensó Dean, asombrado por la actitud del perro y ahora comenzaba a sospechar que sería mejor largarse de ahí lo antes posible. Las cosas no pintaban demasiado bien, y ese hombre que había aparecido de la nada... todo era demasiado extraño. Era mejor largarse, de modo que, caminando de puntillas y tratando de hacer el menor ruido posible, el muchacho avanzó pegado a la pared hacia el otro pasillo que esperaba que lo llevase a la salida.

El pasillo en cuestión era el que se hallaba al final de aquel en el que había estado hacia unos momentos. Esa parte del edificio parecía tener forma de L. Eso lo extrañó, se dijo que había visto demasiadas eles en un mismo día, es decir, la del libro y ahora la del edificio, resultaba sumamente peculiar y extraño. No era que los edificios no puedan estar hechos en forma de L –es más, muchos de los edificios diseñados por arquitectos innovadores tenían esa estructura-, lo que le inquietaba era que estuviese en un lugar en el que se había encontrado con un demonio y el que parecía una de esas tantas construcciones que había visto desde que era un mocoso de unos dieciséis años en las que habitan espíritus malignos. Echó una ojeada al hombre y al perro por el rabillo del ojo, ambos parecían haberse congelado en el tiempo pues estaban exactamente en el mismo lugar que hacía unos segundos y estaban extremadamente quietos, como si fuesen incapaces de moverse.

Perfecto.

Siguió avanzando de manera cautelosa contra la pared. El polvillo del yeso descascarado hacía que le picase la nariz terriblemente y le diesen ganas de estornudar. Pero se contuvo, y se concentró exclusivamente en llegar al final de ese pasillo, porque había una puerta metálica que bien podía ser la salida.

Dunkelheit—dijo el hombre vestido de negro, con una sonrisa que mostró sus colmillos delicados, dándole a su pálido y perfecto rostro la apariencia del de un vampiro, con esa luz de muerte que emanaba de sus ojos—Has hecho un muy buen trabajo, muchas gracias por dármelo en bandeja de plata, sin dudas eres el mejor hellhound que alguna vez pisó el Infierno.

El aire pareció solidificarse en sus pulmones. No, no podía ser verdad. Solamente a él tenía que pasarle eso, atrapado como una rata. ¿Cómo demonios pudo haber sido tan estúpido? Tragó saliva y miró brevemente sobre su hombro y lo que vio le detuvo el corazón.

El misterioso hombre extendió su mano hacia él, sus ojos amarillos brillaban como la luna llena en una noche obscura, y la fuerza titánica que lo empujó contra la pared más cercana lo dejó sin aire dentro de sus pulmones, que parecieron quebrarse en miles de pedazos.

Como si fuera una dantesca jugarreta de su cerebro, contó los segundos que tardaría el maldito de Azazel en alcanzarle. Sam no había soñado ninguna tontería, y había sido completamente idiota al no haberle dado mayor importancia a ese sueño que su hermano tuvo estando en Kenosha. Ahora, su muerte sería consecuencia de su propia estupidez.

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Hospital de Franksville. Wisconsin

—¿Mejorará?—preguntó una voz, que fue como un lejano eco en su cerebro. Lo único que podían escuchar con claridad sus oídos era el pitido de aquella máquina que marcaba las pulsaciones de su hermano, y lo único que podían ver sus ojos era el pecho de Dean, elevándose con regularidad gracias al respirador artificial. Parpadeó, y dirigió sus ojos verduzcos hacia la persona que le había hablado.

La figura de Joseph, con su bastón, parado a pocos metros, con el semblante preocupado, la mano de su nieta Grace sobre el hombro le aliviaron un poco, al menos esa vez no estaría solo sufriendo por su hermano. Esta vez era diferente, otras personas compartían su dolor.

El anciano se inclinó y palmeó el hombro de Sam.

—No te preocupes, muchacho.—dijo sonriéndole—El doctor Habbeger es un médico excelente y nunca ha perdido un paciente, a mí me operó del corazón y quedé como nuevo. No te alarmes, tu hermano está en buenas manos.

—Voy a preguntarle al doctor cómo está.—informó Grace, y enfiló rauda a la recepción del hospital, donde el médico estaba leyendo y completando una planilla.

Sam suspiró, tratando de convencerse a sí mismo que nada le sucedería a su hermano pero la verdad era que no estaba muy seguro de que aquello fuese cierto, por más que albergara las más enormes esperanzas, cuando había demonios de por medio, las cosas se torcían según su voluntad y él no podía hacer nada para evitarlo –o quizás aún no había descubierto la forma efectiva de lograrlo-. La conversación telefónica que había tenido hacía algunas horas con Bobby lo había llenado de desosiego. Quería creer que su hermano podía salvarse, pero se sentía atado de pies y manos, incapaz de hacer algo, dejando a Dean a su suerte, porque ni siquiera sabía como lidiar con ese nuevo modus-operandi de los muy bastardos. Pero se aferraba a la idea de que, de alguna forma, tenía que haber una forma de sacar a su hermano del hoyo. Lo primero que le había venido a la cabeza había sido un pacto, pero desechó la idea, no podía hacerlo, su alma estaba tachada y además, aquella maldita pérfida no iba a concederle el trato porque quería el alma de su hermano desde hacía ya mucho tiempo y estaba al tanto de que lo que más ansiaba esa perra era ponerle las manos encima y no dejarla ir jamás. La Demonio de Ojos Rojos quería que Dean se pudriese en el Infierno por toda la Eternidad, agonizando por siempre con cada recuerdo horroroso y pavoroso que guardase su memoria, gritando en la noche, el frío, la oscuridad y el dolor, a ese hermano que prometió salvarlo pero que no pudo hacerlo al fin y al cabo; gritando en la noche, para que alguien lo rescatase de ese martirio.

Sin embargo había una posibilidad, y era esa a la que se aferraba tan fervientemente: Tifenn. Ella conocía muchas cosas con las que él y los demás cazadores solo podían soñar y tal vez ella tuviese la respuesta para salvar a su hermano. Fue por eso que, cuando la vio llegar corriendo desesperadamente, alertada por sus gritos exasperados y llenos de terror, le suplicó, le rogó que tratase de buscar la forma de salvar a su hermano. Ella le había dicho que si, y acto seguido había salido del hospital, hacia un destino que no le reveló, por más que Sam preguntó por el mismo incontables veces.

Ahora, solamente restaba esperar, en la sala de espera, con Joseph y Grace como compañía, y las alentadoras expectativas de las enfermeras. Que él esperaba que fuesen fundadas, ciertas y no meros artificios inútiles para levantarle el ánimo.

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Tifenn terminó de recitar aquellas palabras escritas a pluma y tinta sobre ese pergamino viejo que reposaba en su regazo. Sus ojos esmeralda estudiaron la habitación con detenimiento, en busca de algún cambio súbito, que indicase la presencia de aquel ser al que ella había invocado. Ese ser tan poderoso, que poseía en la palma de su mano el poder para salvar a toda la Humanidad entera, o para exterminarla con solo mover un dedo. Aquella criatura que podía salvar a Dean, enfrentándose si era necesario a todo un ejército infernal sin salir lastimado. Porque era más fuerte que los demonios, era más poderoso, porque había surgido antes de los primeros ángeles caídos, antes del Bien y del Mal, antes que el hombre. Era una de las primeras bestias de la Creación, poseía todo el poder que Dios le había otorgado e incluso, con el correr del tiempo, más. Era una bestia enorme, peligrosa. Nadie querría caer en sus fauces, porque hacerlo significaba la perdición. Inspiraba miedo en todo lugar en el que apareciese, porque nada podía detenerle, nada era tan poderoso como él. Porque era el Primer Demonio que vio la luz de la vida.

Las velas se apagaron bruscamente. Tifenn podía oír el sonido de su respiración y los propios latidos de su corazón, tal era el silencio que reinaba en aquel lugar. No quería admitirlo, pero tenía terror de que algo saliese terriblemente mal, muy mal, presentía, desde hacía días, que las cosas para los hermanos Winchester se complicarían. A la larga, se había demostrado que sus sospechas no habían sido infundadas, y estando Dean en esa situación tan delicada y complicada sabía que la suerte del hermano mayor pendía de un hilo, y que lo que ella lograse de esa invocación podía salvarlo, sí; pero también condenarlo eternamente. Por eso se propuso fervientemente tranquilizarse, mantener la cabeza fría y despejada, pues no quería echar todo a perder.

Algo se movió entre la penumbra. La muchacha giró instantáneamente la cabeza, y sus ojos felinos estudiaron la oscuridad que había tras ella minuciosamente, pero no alcanzó a distinguir nada. De repente, el ambiente se tornó más frío de lo habitual, tanto que pudo ver, a pesar de la honda negrura de la oscuridad en la que estaba sumida la habitación, el vapor perlado en el que se transformó su respiración.

Algo no andaba bien.

Antes de que pudiera decir o pensar en algo, antes de que pudiera incluso parpadear. Algo la golpeó fuertemente por la espalda. Pero no era un golpe de esos como los que se hacen con un bate de béisbol. Era el golpe que produce una fuerza invisible al chocar contra un cuerpo. Y esa fuerza invisible que acababa de chocar contra ella no era cualquier fuerza, era la fuerza no de alguien, sino de algo.De algo que se adentró en sus entrañas, que quemaba a su paso y le daban ganas de hacerla gritar, más ningún sonido brotó de sus labios, porque no tenía voluntad, no podía siquiera mover un músculo, por más que ella así lo quisiese. Lo único que podía hacer era pensar, pero ese simple acto ya era una tortura. Porque ese algo había tomado posesión de su cuerpo, su cerebro y hasta de sus pensamientos. Sentía que la cabeza iba a estallarle de dolor. Percibió como si las garras de una bestia la arrastraran hacia abajo, hacia el abismo. En el medio de la desesperación solamente pudo atisbar a pensar con claridad que algo había fallado, no se suponía que el Gran Demonio tomase posesión de su cuerpo, algo había fallado. Ahora ese demonio estaba dentro suyo, controlaría sus acciones y ella no podría hacer nada para evitarlo. Alguna de las protecciones debió de haber fallado. Lo único que restaba ahora, era rogar al cielo porque el demonio no usase su poder para despedazar a Dean... y a Sam también.

Sus iris se habían transformado. Sus ojos ahora eran profundamente rojos, de un color carmesí. Pequeñas vetas esmeralda brillaban dentro de ellos.

El demonio sonrió internamente.

Ya era hora de cumplir la misión.

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Azazel apoyó su mano sobre su hombro, y Dean la sintió como una garra. El Demonio sonrió maléficamente y al muchacho aquella sonrisa no le gusto nada, pues no parecía augurar nada bueno.

—Vaya, vaya, vaya—dijo Azazel con voz socarrona—pero si es el famoso Dean Winchester. Debo decirte, que todos te pintan mucho más temerario que en lo que en verdad eres, ¿Quién habría pensado que serías tan fácil de engañar y atrapar?—sonrió, mostrando unos colmillos que si hubiesen sido un poco más largos podrían haber sido tomados por los de un vampiro—Caíste en la trampa como un iluso conejillo.

Dean permaneció mudo, no iba a darle a ese hijo de perra la satisfacción de que todo eso lo estaba afectando...demasiado.

—En fin, supongo que debo darte las gracias. De no ser por ti yo no estaría al mando ahora.—comentó, el verdadero significado de la frase, oculto tras un velo de misterio.

En ese momento fue cuando Dean abrió los ojos desmesuradamente, porque...¿No era ese demonio de ojos amarillos el mismo que él supuestamente había matado hacía unos meses?

El supuesto Azazel pareció leerle la mente.

¿Sorprendido?—rió—No te preocupes, todo eso se aclarará cuando estés en el Infierno y me dejes a tu hermanito a mi completa merced.

To Be Continued

TODO MAL! TODO MAL! En cualquier momento se mueren todos y no queda nadie, ni la más mísera cucaracha, aunque no sé que tiene que ver una cucaracha con el fic pero...NO IMPORTA! El caso es que parece que todo se va al caño de una! –grito de mina histérica que se sucede por un espacio de varios minutos que parecen horas-. Bueno, Ok, quizás no daba para tanto escándalo XD. Lamentablemente la Demonio de Ojos Rojos, aparentemente, despareció repentinamente de la historia, lo cual no sé si para ustedes es un alivio o no...pues para mí si XD. Afortunadamente, parece que Dean se va a ir, sin más remedio, al Infierno y que toda una horda de hijos de Lucifer van a ir a por Sammy (oigan...soy yo o creo que me confundí los adverbios del principio de las dos últimas oraciones, jaja). Y TIFENN ESTÁ POSEÍDA! NO! TODO PEOR! Se viene la noche en este fanfic –así que vayan preparando las mantitas y las almohaditas para dormir tranquilitos...ah no! Eso era una metáfora XD- y esperemos que nuestros Winchis no mueran, porque si es así creo que varias personas estarán gustosas de empalarme. Pero para enterarse de todo esto y mucho más tendrán que esperar al... próximo capítulo! Y si lo quieren vayan preparando los deditos de sus bien amadas manos para escribir un review, o me rehúso a publicar el capítulo XIII! XP. Espero sus reviews! Solamente denle al botoncito Review this Story/Chaptery háganme feliz.

Coming soon: Nuestro Deannie logrará salvarse? O tendrá que bajar un ángel del cielo para salvarlo? Sam terminará en las garras de este nuevo Demonio de Ojos Amarillos o las cosas darán un giro inesperado y podremos leer –de una buena vez- que nuestros niños están seguros y a salvo... AL MENOS POR 24 HORAS?! XD Todo esto y más en el próximo capítulo! (que recuerden, si no dejan review no existirá XP).