Piedras, sombreros y directores de colegio

Respiraba con pesadez. Tenía la frente perlada de sudor. La mano izquierda le temblaba ligeramente. Cerró los ojos y contó hasta tres.

Con rapidez adquirida a través de los muchos años de guardián, alzó la pequeña copa del altar ritual en que estaba situada y la sustituyó por un saquito de arena de la misma exacta densidad. Se quedó quieto, con la respiración contenida, esperando que pasara lo peor.

No pasó nada.

Sonrió con esa sonrisa suya de medio lado y si no fuera porque todavía no se fiaba del todo hubiera lanzado su sombrero al aire. Apretó la copa entre sus dedos largos, blancos, ásperos.

Y en el interior de la montaña, algo hizo "bruuuummmm".

Oh, oh.

Corrió hacia la salida de la cueva con grandes zancadas y no quiso darse la vuelta para mirar porque era mejor no saberlo. Se sujetó el sombrero con la mano libre y con movimientos nerviosos guardó la copa en la mochila que llevaba a un lado. Cuando llegó a la salida el sol lo deslumbró, y frenó en el momento justo, porque donde antes había una escarpada subida poblada de árboles y lianas ahora había un precipicio gigantesco.

Mierda, creo que me he equivocado de salida.

Tras él, una enorme roca de aspecto amenazador seguía implacable su camino y si él se quedaba donde estaba, probablemente le entregarían a su madre un cadáver primorosamente planchadito.

¿Qué preferirá Mamá, un cadáver planchado o trocitos de mí metidos en una bolsa? se preguntó mientras contemplaba la inmensidad de la caída. Mamá preferiría la plancha, seguro.

Y sólo por llevarle la contraria, se sujetó bien el sombrero y el látigo, cerró los ojos, y… se lanzó al vacío.

Cuando casi noventa metros más abajo su cuerpo se zambulló en el agua, ya estaba protegido por un hechizo para evitar hacerse papilla los órganos internos aunque se olvidó de realizar el encantamiento impermeable, y el agua fría le dio una bofetada.

A pesar de todo, cuando la cabeza pelirroja de Ronald B. Weasley emergió de entre las aguas, se pudo escuchar resonar en todo el Valle Azteca de los Dioses su grito de alegría.

-·-

El Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería se alzaba majestuoso sobre la campiña británica, protegido por sus antiguas y ornamentadas vallas negras. La luz del atardecer bañaba los tejados cónicos de sus torres y acariciaba la fría piedra de sus muros ofreciendo una hermosa estampa.

Sólo si eras mago o bruja, claro. Si no, eran tan sólo un montón de ruinas viejas esparcidas por el suelo. Como Stonehenge.

Harry James Potter era un mago, así que podía verlo perfectamente, y una melancolía suave se apoderó de él mientras caminaba por el sendero hacia la puerta principal. Paseó su vista por cada detalle, cada nuevo arbusto, cada ventana de diferente color, para grabarlo bien en su memoria.

Cuando Argus Filch abrió la puerta, Harry no pudo evitar una sonrisa. El viejo celador no se alegraba en absoluto de verlo y pasó todo el camino hacia el despacho del director refunfuñando por lo bajini sobre "el maldito señor Potter" y "siempre causando problemas". En eso tiene parte de razón, se dijo a sí mismo divertido, porque el apellido Potter es, al parecer, sinónimo de problemas.

-Ah, Harry –los ojos azules de Albus Dumbledore acompañaban la sonrisa de sus labios, y el joven sonrió aún más al estrechar la mano que le tendía el anciano. –Qué alegría verte.

-He venido en cuanto recibí su mensaje, señor.

-Ya veo, ya veo. Muchas gracias por darte tanta prisa, este asunto es un poco, mmh… urgente –Dumbledore parecía mucho más viejo de lo que el muchacho lo recordaba, y no pudo evitar fruncir el ceño al comprobar que el director necesitaba la ayuda de un bastón para caminar. El hombre sonrió –Me hago viejo, Harry, es el curso de la vida: nacer y morir. ¿Un caramelo?

Harry se sentó frente al enorme escritorio, dejó su sombrero a un lado, y le quitó el envoltorio a un enorme caramelo de limón. Dumbledore sonrió y abrió su propio caramelo. Su enorme fénix rojizo dejó escapar una nota musical. Tras unos minutos en silencio, Harry observó al director, sentado en su butaca con los dedos entrelazados sobre la barba blanca y se preguntó si se habría dormido.

-Usted dirá –dijo en voz alta y clara. Dumbledore se sobresaltó ligeramente.

-¿Eh? Ah, sí, sí, claro. Perdóname, ya sabes, estas horas de la tarde son magníficas para echar un sueñecito –el anciano alzó su varita y un pensadero escapó de un viejo armario y recorrió la estancia hasta donde ellos se encontraban, dejándose caer en el escritorio con suavidad. Dumbledore lo miró con una sonrisa en los ojos azules -¿Me acompañas, Harry?

El joven extendió su brazo y tocó la sustancia líquida como la plata con la yema de los dedos y acto seguido se sumergió en un torbellino que le provocó una sensación de mareo para después caer sobre el frío suelo de piedra.

-Ouch.

-¿Todo bien?

El director le observó por encima de la montura de media luna de sus gafas con algo parecido a una sonrisita irónica, y le tendió una mano blanca con dedos largos y elegantes que Harry aceptó, un poco herido en su orgullo.

Cuando se puso en pie, contempló boquiabierto una réplica exacta de Albus Dumbledore a tan sólo un par de pasos de distancia, unos veinte años más joven. Paseó la vista de uno a otro, sin poder articular palabra.

-¿P-profesor qué…?

Dumbledore sonrió aún más.

-Bienvenido a mis recuerdos, Harry.

-¿Sus recuerdos?

-Este lugar es Hogwarts, hace treinta años. Ese joven apuesto de barba rojiza soy yo, y eso, amigo mío, es la razón por la que estás hoy aquí –señaló hacia el fondo de la habitación, de donde surgía un suave resplandor azul. Inseguro, Harry caminó un par de pasos en aquella dirección y reprimió una exclamación ahogada.

El resplandor lo producía una enorme copa de plata bruñida, con dos asas labradas y una inscripción en letras grandes y oscuras: "Cáliz de Fuego". Por toda su superficie unos dibujos antiquísimos parecían danzar y en su interior ardía una llama muy pequeña, azulada.

En un movimiento inconsciente, Harry extendió el brazo y la rozó con las puntas de los dedos. O al menos lo intentó, porque aquello era tan sólo un recuerdo y al tacto parecía fría piedra y no suave plata forjada.

-Tienes suerte de que esa copa no sea real, Harry –el director lo observaba, atento.

-¿Porqué? –preguntó él, incapaz de separar sus ojos de la copa.

-Porque si lo fuera, el simple roce de tu mano con su superficie te habría carbonizado en el acto –Harry retiró la mano al instante, Dumbledore sonrió. –Sensata decisión.

-¿Podría explicarme qué es esto exactamente? –Harry seguía con los ojos clavados en el cáliz, aunque se mantenía a una distancia prudencial.

-El Cáliz de Fuego. Nadie sabe de dónde procede exactamente, ni quien lo forjó ni siquiera el alcance de sus propiedades mágicas. La verdad, querido amigo, es que nadie sabe nada… excepto yo y Lord Voldemort, y por eso te he mandado llamar.

Harry frunció el ceño al escuchar el nombre del mago tenebroso. Lord Voldemort, un tipo con tendencias psicóticas que tenía una extraña afinidad con las serpientes y cuya mayor ambición en el mundo era matarlo a él y dominar el mundo.

No era precisamente bueno que su nombre apareciera mencionado.

-El Cáliz se ha utilizado durante los últimos 400 años en el colegio para celebrar el Torneo de los Tres Magos. Durante un año escolar entero, el Cáliz puede ser manoseado, hechizado, encantado e incluso una vez especialmente memorable Minerva transformó sus asas en manitas diminutas y conseguimos que bailara una danza tribal… -Harry carraspeó –Emh, esto, sí, disculpa, decía que durante ese año el Cáliz pierde todas sus propiedades defensivas, pero que en cuanto el Torneo termina, vuelve a su estado original; es decir, el estado en el que nadie sabe nada.

"Pero hace treinta años, el Torneo de los Tres Magos casi acaba con la vida de una chica de quince años. Las pruebas dictadas por el Cáliz fueron especialmente duras, Harry, y el claustro de profesores tomó la decisión de guardar el Cáliz en uno de los sótanos del castillo para intentar dominarlo un poco. –Dumbledore hizo una pausa –Y cuando volvimos a buscarlo, ya no estaba.

Harry consiguió despegar los ojos del cáliz y miró al director.

-¿No estaba¿Lo robaron, lo destruyeron, lo hicieron desaparecer?

-Te confesaré la verdad, Harry: no lo sé. Desde aquel día las protecciones del castillo están reforzadas al máximo, pero sospecho que tal vez algún alumno pudo llevárselo.

-¿Tom Riddle?

-Sí, yo también pensé eso –Dumbledore sonrió –Pero dudo mucho que en aquel entonces al joven Tom le interesara ni lo más mínimo el Cáliz. Para él sólo era una copa vieja.

-¿Y porqué la quiere ahora?

-Porque ahora es más viejo, Harry, y sabe más cosas que antes. Ha leído muchos libros, ha conocido a mucha gente, ha oído muchas leyendas antiguas. Y todo lo que ha oído, leído o conocido le indica que el Cáliz es muy poderoso.

-Pero usted ha dicho que nadie sabe nada sobre el Cáliz.

-Bueno, a ciencia cierta no, pero circulan muchos rumores que han llegado incluso a oídos de muggles, de muggles muy peligrosos. Y Voldemort sabe escuchar.

-Entonces –Harry observó al joven Dumbledore, que durante toda la conversación había permanecido quieto, observando el Cáliz, levantarse y con un suave movimiento de varita cubrir el cáliz con una tela oscura –Usted quiere que yo encuentre ese Cáliz antes de que Voldemort lo haga.

-Eres un joven muy inteligente. Sí, eso es exactamente lo que quiero. Y ahora es hora de volver a la realidad, me temo. Mi recuerdo se acaba –Harry apoyó su mano en el brazo del anciano y de nuevo el vértigo y el mareo se apoderó de él. Cuando abrió los ojos, volvía a estar sentado frente al escritorio del director. Fuera, el sol ya se había ocultado y las estrellas refulgían en el cielo.

-¿Y cómo se supone que voy a hacerlo yo solo? Si desapareció hace treinta años y ni siquiera usted ha podido encontrarla ¿qué puedo hacer yo? –Harry lo observó con el ceño fruncido, aunque en sus ojos brillaba un súbito interés. La vida de huérfano millonario era bastante aburrida, y desde que dejó el colegio lo más interesante que había hecho era tomar el té con dos ancianas peligrosas que querían casarlo con alguna de sus nietas.

-No he dicho que tengas que hacerlo tú solo –bajo la barba blanca, Dumbledore sonreía como un chiquillo –Aunque creo innecesario decir que sólo puedes hablar de este tema con personas de tu absoluta confianza, de ésas que pondrías tu vida en sus manos sin vacilar, que son casi como la familia que nunca tuviste…

Sentado en el viejo sillón de cuero del despacho del director de Hogwarts, Harry James Potter sonrió. Sabía exactamente a quién necesitaba.

-·-

Nota de la autora: ¿Alguna vez os habéis sentado delante de la tele con palomitas en la mano para ver Indiana Jones o alguna de esas películas en las que los protagonistas hacen cosas imposibles y descabelladas pero que molan mil millones de kilotes de oro y siempre, siempre acaban bien¿De esas que brincas y saltas y gritas porque te emocionas con una tontería¿Sí? Pues este es vuestro fic :) Hay magia, hay acción, hay aventura, hay romance, hay malos feos y buenos guapos y algún malo guapo. En fin, hay de todo, pero sobre todo hay mucho, mucho Harry Potter.

Por cierto, nada es mío excepto la trama, todo pertenece a la Gurú Rowling!