Amado Inmortal

Autor: Anyara

Fecha: 07 de Enero de 2008

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Capítulo I

Incluso en la muerte

La noche estaba fría. La luna asomaba en el horizonte como un fuego helado brotado de las entrañas de la tierra. Una vez más el aire se abría ante su paso, pero esta vez lo que en otras oportunidades había sido un recorrido calmo, vacío, ahora estaba lleno de prisa, de furia, de enojo. Enojo ante la vida que le tocaba, ante la incapacidad de quienes la rodeaban para entender sus sentimientos, su modo de pensar… su inadecuado ser.

Las hojas se aplastaban bajo sus pies, el sonido del aire en sus oídos no le permitía escuchar, sus ojos empañados no la dejaban ver, sus dedos se cerraban en torno al instrumento que llevaba en la mano, oprimiéndolo como si fuera a escapar. Había recorrido ese camino tantas veces ... Una ruta de soledad que parecía creada por la propia soledad de su alma, tumbas derruidas y abandonadas. Así como ella misma se sentía. Se dejó caer arrodillada junto a un árbol, ya estaba cansada. Su respiración era agitada y las lágrimas se enfriaban al recorrer sus mejillas. Su cuerpo aún no notaba el frío, la carrera lo había calentado. Tantas veces había preferido pertenecer a ese sitio y que su nombre estuviera grabado en alguna antigua lápida de piedra.

-¿Por qué?... – susurró. La luna estaba radiante esta noche, y con su hermosa e impávida luz parecía enfríar todo el lugar y aún más de lo que ya estaba, su alma.

Enfocó con los ojos borrosos la torre algo lejana de una iglesia en ruinas. No sabía demasiado de historia, no le resultaba fácil saber en que tiempo había sido construída, pero por lo antiguas de algunas de las tumbas, concluía que al menos un par de siglos.

Apoyó la espalda y la cabeza en el tronco del añoso roble. La palidez de su piel, constrastaba con la oscuridad de sus ropa, logrando un brillo casi luminoso en ella. Observó el violín caído en la hierba a su izquierda y probó a liberarlo de las pequeñas ramas que lo aprisionaban. Le dolían los dedos, marcados por la huella de las cuerdas. Pero el dolor físico parecía no dolerle, al menos no como el dolor del alma. Las heridas invisibles causan más daño que las que podemos ver. Estas últimas se pueden sanar con algo de práctica y conocimiento. Si son leves, ni siquiera se notan; si son profundas pueden dejar alguna cicatriz. Pero las heridas del alma, parecen empeñarse en permanecer abiertas, en no dejarnos descansar más que en sueños, cuando el insomnio no nos aborda.

El aire comenzaba a enfríarle el cuerpo, la piel se veía pálida bajo la luz serena de la noche, como porcelana fina capaz de quebrarse al más leve toque. A lo lejos podía escuchar el sonido de algunos pájaros nocturnos. Apoyó el violín en su hombro, haciendo un movimiento con la cabeza, para sentir la posición correcta, tomó aire, cerró los ojos y el arco comenzó a arrancarle notas.

"♪ fa do# re ♪" …

"El sonido de las voces en susurros de los de su clase."

"♪ fa la sib ♪" …

"Que como era posible que una chica con tan poca educación pretendiera ser una solista."

"♪ sol re do# ♪" ...

"Que si era una marginal."

"♪ sol do sib ♪"...

Lacrimosa dies illa,

Día de lágrimas aquél,

"Bastaba con mirar sus ropas."

Qua resurget ex favilla.

en el que resurjan de las cenizas.

"Estaba fuera de lugar, el director de la orquesta no debía de considerarla tanto. "

Judicandus homo reus:

los culpables para ser juzgados.

"Quizás le concediera algún favor, las de su clase suelen hacerlo. "

Huic ergo parce, Deus.

Ten pues piedad de ellos, Señor.

"Su padre era un criminal, todos sabían el mal que había causado."

Pie Jesu Domine,

Compasivo Señor Jesús,

"Cárceles de almas, pensó Kagome. Encerradas en sus egoísmos."

Dona eis requiem. Amen.

concédeles el descanso. Amén

Después de aquél instante sublime, para ella, suspiró profundamente, podía sentir el aire destemplado cernirse sobre ella como un manto, y llenarle las fosas nasales. Miró hacía lo alto, la copa del árbol en que estaba apoyada, las hojas bailaban al son de una música muda para sus oídos. O quizás bailaban al son de las notas que ella había conseguido en su violín. La luna las decoraba con sus platinados rayos y ella pensó que aquello era hermoso, casto, intocable. Si solo pudiera vivir en un mundo en que las emociones que llevaba dentro tuvieran cabida. Nuevamente los sonidos de la noche se hicieron presentes, el llamado de un búho a lo lejos, el movimiento de algunas hojas cercanas, la trajeron de vuelta de su ensoñación. El frío se hacía nuevamente presente en su piel. Ya era hora de volver.

Se puso de pie. No apreciaba el sitio en el que vivía, ni quienes la rodeaban, el abandono había marcado su vida, pero debía volver. Aprisiónó el violín nuevamente, había mucho que aprender aún, al menos las notas que podía sacar de aquel instrumento, hablaban por su alma y la acompañaban, como lo único que le daba pasión a su vida.

Avanzó algunos pasos. Se sentía más tranquila. Las hojas emitían leves quejidos bajo sus pies, el viento jugaba con las ramas de los árboles, y ella se impregnaba de la paz de aquel lugar.

"Incluso en la muerte…"

-¿Qué?...- preguntó al aire, mientras se giraba con rápidez. No había nadie, y sin embargo le pareció escuchar una voz, profunda, gutural, dejando un eco en el aire.

Aquello la impresionó, la puso en alerta, pero luego sacudió la cabeza levemente como quitándose una idea absurda. Nadie iba a ese cementerio, por eso justamente se refugiaba en él. Avanzó dos pasos.

"Incluso en la muerte…"

-¿Quién?...- se giró de nuevo. Pero la pregunta se difuminó en el frío de la noche.

El corazón le latía con fuerza. Estaba segura de haber escuchado una voz lejana. Debía irse de una vez de ese sitio, quizás había perturbado a algún espíritu con su música.

-Qué locura… - se dijo a sí misma, sin convencerse en realidad. Apretó con más fuerza el violín, tragó saliva.

El cabello negro le caía por los hombros, dejando ver la pálidez de su piel al entre abrirse. Los labios, más amoratados que rosa por el frío, las mejillas alborotadas por la misma razón. Pensó en ir en busca de esa voz. Pero el frío, y - por qué no decirlo - el miedo le recorrieron la espalda. Lo mejor sería volver. La razón le hablaba de volver.

"Incluso en la muerte…"

Retrocedió los pasos andados hasta el árbol que la había cobijado, lo rozó con la punta de los dedos, sintiendo el tacto áspero de la corteza. El corazón le palpitaba arrebatado dentro del pecho, la respiración era entrecortada. Los pasos eran inciertos, inseguros, había una especie de curiosidad retorcida en ella.

Miró hacía atrás y nuevamente hacía adelante, el cabello oscuro se mecía con el aire. Avanzó un paso con sigilo, intentando contener el sonido de su respiración, esperando oír nuevamente la voz, pero no oyó nada. Un segundo paso, silencio otra vez, y el tercero, que se aventuraba con más seguridad le trajo otra vez ese eco gélido, distante, extraño.

"Incluso en la muerte…"

Exhaló el aire que retenía con verdadero espanto. Y el siguiente paso, dado casi sin previsión, la llevó a hundirse en la oscuridad absoluta. Sintió la tierra resbalar bajo sus pies y su cuerpo cayendo al vacío. Luego el golpe, primero en sus pies al tocar el fondo, y luego en las rodillas al no lograr el equilibrio. Notó la tierra bajo su cuerpo y a sus costados, ligeramente dolientes. La garganta se le cerró ante la humedad en el aire de aquel sitio. Tuvo que toser un par de veces para despejarla. Levantó la cabeza y miró hacia atrás para reconocer el lugar por el que había caído. La luz de la luna clara de aquella noche la ayudaba a distinguir los contornos. No había sido el trayecto tan profundo, y sin embargo a ella le pareció haber caído a las profundidades infinitas de alguna especie de pozo. Se levantó e intentó visualizar lo que tenía frente a ella, sin lograr demasiado. El frío de aquel lugar superaba con creces el del exterior, se llevó las manos a los antebrazos y comenzó a frotarlos. Una sensación de desamparo la abordó.

-Necesito salir de aquí…- Se dijo susurrando y se giró para intentar salir de aquel lugar.

Palpó la abertura, buscando algo a lo que asirse y las gruesas raíces que aparecían por los costados, que no superaban los dos metros de profundidad, le ayudaron a empujarse hacía arriba. Se mordió el labio al tener que apoyar una de las rodillas lastimadas sobre la tierra. Tomó impulso y se encontró nuevamente dentro de la abertura, pero esta vez de salida.

A pesar del dolor en sus extremidades inferiores, se abalanzó al camino, y una carrera muy similar a la que la trajo aquí, se la llevaba, pavorosa. No iba a mirar atrás… no lo iba a hacer.

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Se había decidido a volver la noche siguiente, a pesar de que su instinto de conservación le pedía a gritos que se alejara de allí. La noche era húmeda y oscura, aunque de vez en cuando la luna asomaba furtivamente entre nubes espesas de algodón negro. En esos momentos aprovechaba la débil luz para orientarse. Una especie de niebla se elevaba algunos centímetros sobre la tierra, haciendo del paisaje algo más lúgubre de lo habitual. Sentía el tacto de las piedras y de los matojos a través de la delgada suela de sus zapatos y no pocas veces tropezaba en la negrura. Algo en su interior le decía que debía de estar loca si sus pasos la llevaban de nuevo ahí. Pero algo muy preciado para ella había quedado confiado a aquel oscuro lugar bajo tierra. En su ofuscación de la noche anterior había olvidado recoger su violín, que era su única compañía.

No podría decirse a sí misma que sabía a dónde iba, y, sin embargo, sentía que todo lo que le rodeaba – el camino al cementerio, la luna, el olor a flores silvestres – componía el cuadro en el que deseaba estar. Algo en ese sitio la atraía, un magnetismo oculto que no podía definir. Era un camino viejo, en las afueras, poco frecuentado y menos a aquellas horas. Y hacía frío. No sentía miedo, o, mejor expresado, el miedo era la sensación menos intensa de todas las que sentía.

Las ramas le rozaban y arañaban la piel, pero,al igual que la noche anterior, ya no les prestaba atención. Al fin vio el cementerio, con sus lápidas, en medio de la baja niebla, erguidas, pidiendo ser vistas, pidiendo que no las olvidaran. Algunas veces se detenía a leer los nombres de quienes encontraron bajo esa tierra marrón su última morada. Intentaba leer los recordatorios enmohecidos o borrados por el tiempo. Era extraño sentirse más acompañada por los muertos que por los vivos, aunque de todos modos, siempre fue así.

Sintió que aquella noche había algo nuevo en el ambiente, envolviéndole y haciéndole señas, como una presencia sobrenatural. No había querido reconocer la noche anterior que el pánico que había sentido provenía estrictamente de la posibilidad de volver a escuchar las voces. De que los pensamientos que no podían ser dichos llegaran a ella como si se tratara de un receptor de radio. Odiaba esa sensación.

- Aquí era…- se dijo al detenerse frente al roble que la noche anterior le ofreció resguardo.

Tragó saliva y se giró sobre sí misma haciendo una especie de inspección. Podía estudiar el lugar a pesar de la escasa luz comparada con la que había la noche anterior, pero nada parecía diferente. Se quedó en silencio, quieta, escuchando solo los sonidos de la noche, y el latido constante de su corazón. Tomó la vela que traía en uno de los bolsillos de su chaqueta y las cerillas con que la encendería. Recordaba haber dado solo un par de pasos desde el roble, antes de caer. Una vez la pequeña llamita en su mano le alumbró un poco el sitio, notó como la niebla a ras de piso hacía un pequeño socavón, algo muy leve, pero notorio para ella. Avanzó, adelantando levemente el pie antes de dar cada paso. Solo entonces pensó en que una vara de madera, o algo similar, le habría sido de utilidad. Pero antes de alcanzar a reprocharse la falta de cordura, su pie alcanzó el vacío.

Se sentó en el borde, esperando que no se abriera un agujero mayor arrastrándola consigo. La vela se apagó a causa de la niebla y la oscuridad la engulló nuevamente al deslizarse dentro, esta vez con ayuda de las raíces que la noche pasada le sirvieran de agarraderas. Esta vez la entrada no resultó tan accidentada como la anterior, y pudo poner sus pies en el piso y recurrir de inmediato a las cerillas en su bolsillo. Encendió la vela que sostenía con cierto temblor, cuya llama anaranjada le permitía ir definiendo el sitio. El frío era tan intenso como la pasada noche. Fijó sus ojos en el piso, y a unos pasos vio su violín, y unos centimetros más lejos, el arco. Se inclinó a recogerlo, esperando que tuviera menos magulladuras que ella.

Al levantarse con el instrumento en la mano, la luz que llevaba la ayudó a ver al frente lo que debía de ser un féretro. Daba la sensación de estar hecho de madera, o al menos eso creía. Tragó saliva y se mordió el labio.

- ¡Un sepulcro! - Era un sepulcro. ¿Lo era? Sintió una punzada en el estómago al comprender que podía haber permanecido allí oculto por siglos. Lo mejor sería irse de ese sitio. Pero de pronto reparó en que no había que temer a los muertos ¿o sí?. Los vivos hacían más daño.

Avanzó unos pasos hasta el ataúd que tenía una placa también de madera en la cubierta. No era ningún idioma desconocido, le resultó familiar. Sin embargo no sabía leerlo.

- Latín… - se dijo, mientras pasaba los dedos por la superficie grabada.

Según iba limpiando la pátina de polvo, leyó:

Nos facti ad imaginem Dei, dodati potentia Dei, & eius facti voluntate, per potentissimum & corroboratum nomen Dei, EL, forte & admirabile vos imperamus per eum qui dixit, & factum est, & per omnia nomina Dei, & per nomen Adonay, El, Elohim, Elohe, Zebaoth, Elion, Escerchie, Iah, Tetragrammaton, Sadai, Dominus Deus, excelsus, potenter imperamus, vt appareatis statim nobis hic iuxta circulum in pulchra forma, videlicet humana, & sine deformitate & tortuositate aliqua. Venite vos omnes tales, quia vobis imperamus, per nomen Y & V quod Adam audiuit, & locutus est: & per nomen Dei, AGLA, quod Loth audiuit, & factus saluus cum sua familia: & per nomen Ioth, quod Iacob audiuit ab angelo secum luctante, & liberatus est de manu fratris sui Esau: & per nomen Anephexeton, quot Aaron audiuit, & loquens, & sapiens factus est: & per nomen Zebaoth, quod Moyses nominauit, & omnia flumina & paludes de terra Aegypti, versæ fuerunt in sanguinem:

Recorrió la inscripción con la mirada, siguió con la luz la cubierta un poco más abajo, sin encontrar nada más. Alzó un poco la vela, para aumentar la visibilidad de su entorno. Apoyó un poco su mano sobre la cubierta del ataud para poder elevarse sobre la punta de los pies y de ese modo alcanzar a ver un poco más, y la madera bajo su palma cedió. Inmediatamente sonó un ruido, que el eco convirtió en estruendo, pero tan rápido como se produjó, se acalló, y una nube de polvo se levantó provocándole un leve acceso de tos y su mano se posó sobre algo blando dentro. Retiró la extremidad enseguida, como si una corriente eléctrica la hubiera cruzado, al comprender que lo que debía estar palpando serían los restos de alguna persona y que podía yacer enterrada ahí por siglos. Notó como unas delgadas hebras de cabello se asomaban fuera, y la curiosidad pudo más que el miedo. Levantó los restos de madera que cubrían el cuerpo, y sintió la sangre correr rápidamente. Un nudo se le formó en el estómago, preparándose para algún macabro espectáculo.

Lo que vió dentro la dejó casi sin aliento. Todo a su alrededor le hablaba de una tumba antigua, incluso su ubicación bajo tierra, además del aquel féretro de madera, corrompido por el tiempo, y sin embargo, ahí dentro estaba el cuerpo intacto de un hombre, con largo cabello oscuro. Sus dedos se aventuraron a tocarlo, y aunque la luz era escasa, brillaba como lo hacía su propio cabello luego de lavarlo. Se deleitó extrañamente al comprobar que era igualmente suave. El rostro se veía pálido bajo la escasa luz. Rememoró alguna de las historias sobre seres inmortales que había leído. Parecía perfecto, con sus brazos cruzados delante del pecho, intacto, como dormido, casi irreal.

- Hermoso… - pudo simplemente decir.

Continuará…

Hola a todos… Sí, ya lo sé… ¿Y La Danza de las Almas?... bueno, ya la terminaré, no quise perderme la idea que generó esta nueva historia, alguna vez, antes, ya me ha sucedido, que comienzo una nueva y luego termino las anteriores. La escritura me gusta mucho, y quizás por lo mismo, es que me hago cada vez más conciente de lo que se le puede pedir a la hora de escribir. Se genera dentro la necesidad de mejorar, y cada vez sientes que no es lo que querías. Es simplemente el respeto por el trabajo bien realizado, el que me ha detenido un poco. Pero aquí estoy, siempre compartiendo lo que voy creando.

Esta nueva historia se generó en un auto de vuelta a casa, un día que se me ocurrió pintarme las uñas de negro y puse un cd con canciones de Evanescence, "Even in Death", especifícamente, es la que marca gran parte de la historia. Será un relato fantástico, con magía y amor, claro esta, el infaltable ingrediente. Amor en muchos aspectos, así que a preparar los motores amigas y amigos por ahí… que Anyara esta de vuelta… jajaja… cualquiera diría que es la gran cosa… jejeje… pero hay que hacerse publicidad ¿verdad?, mientras no sea engañosa. "Para cualquier reclamo, dirigase a la oficina de canción que Kagome toca en violín, es la "lacrymosa" de Mozart, si quieren buscarla y escucharla, es fenómenal, el "Requiem" en general, parte de él seguramente irá saliendo, intenté encontrar la partitura para violín, para ponerles las notas, pero no hubo suerte, lo más cercano, fue en piano, y como que para la historia no me venía muy bien que ella anduviera con un piano a cuestas, jejeje… pobre Kagome, así que me límité a poner las notas de los primeros acordes. "Field of Innocence" y "Even in Death", de Evanescence, son otras canciones que se pasearan por la historia.

Ahora, se preguntarán, que hay del texto en latín… ahhhh, piltrafillas… pues eso es parte del misterio de la historia, ya iremos descubriendo lo que viene. Mi idea es ir actualizando los días viernes, no les puedo ofrecer entregas en menos plazo, pero espero cumplir sin problemas, con ese margen.

Gracias por leer hasta aquí, este testamento de notas de autor de hoy, creo que no había puesto unas tan largas antes, jejej, pero creo que necesitaba mucho contarles los "por qués y los cómo" que giran alrededor de Anyara, hoy. Y gracias infinitas por la compañía… ustedes, quienes leen son parte de una etapa preciosa en mi vida. Alguien me recomendó hacer de esta historia un relato original, no un fic, pero no tiene sentido escribir solo para mí o unos cuantos, me gusta compartir lo que hago con quienes lo disfrutan. Gracias por permanecer.

Y recuerden… su review es mi sueldo…

Siempre en amor.

Anyara Reload