Epílogo

"Todo Santo tiene un pasado. Todo pecador tiene un futuro…Todos los recuerdos son surcos de lágrimas"

Extendió el brazo hasta alcanzar el pequeño fuego que permanecía encendido de forma permanente a un costado del altar del templo. Encendió en él la varilla de incienso que luego situó a un costado de la imagen del buda de la misericordia. Cerró los ojos y continuó orando, intentando mantener sus sentidos enfocados. Sabía que ella se acercaba, lo intuía y su corazón latía cada vez con más fuerza.

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Estaba sentada sobre la hierba y apoyada en uno de lo árboles que había en el jardín del templo de Myoga. Aquel sitio se había convertido en su hogar. Sobre las piernas el diario que había comenzado a escribir hacía más de un año. Exactamente dos semanas después de la muerte de InuYasha. En él quería plasmar cada uno de los momentos que había vivido con él en un tiempo tan corto, pero que habían significado una vida entera de emociones. No permitiría que el tiempo se robara sus recuerdos y aunque las palabras escritas en aquellas páginas pudieran parecer una fantástica novela de ficción, ella sabía muy bien que era una realidad poderosa.

Se quedó mirando a la distancia, la habitación que había compartido con él solo por unos días. No sabía lo que sucedería con su vida, pero en ocasiones se imaginaba convertida en una anciana que rememorara cada momento vívido en aquél mismo lugar.

Cerró los ojos, con la parte de atrás del lápiz con el que escribía entre los dientes. Podía escuchar su voz entre susurros.

"Ayúdame… no te haré daño"

"Soy lo que han creado los brujos como tú"

"Voy a besarte…"

"Preferiría morir, antes de volver a matar"

Sabía que todas sus palabras estaban en sus recuerdos. Solo en sus recuerdos. Para entonces sus ojos se habían cristalizado por las lágrimas.

"Llegará un día en que estaremos juntos"

Comprendía que había hecho lo mejor que había podido. Su elección era la única que en ese instante podía ejecutar. Por eso quería aprender, necesitaba explorar todas sus posibilidades, ser fuerte, si ese día lo hubiera sido…

El olor de los árboles florecidos, se colaba con fuerza en el ambiente. Enjuagó sus lagrimas y se enfocó nuevamente en las páginas que estaba escribiendo.

"… Los caminos de piedra de Sankei, son hermosos, pequeños, discretos. Recuerdo la música maravillosa que interpretaban en uno de los palacios, mientras dos Geishas danzaban de forma armoniosa, conformando un todo con la música. Arte simplemente, no pude reprimir entonces mi emoción y sentí que él lo comprendía, que era capaz de comprender mi amor por el arte…"

La voz de Myoga la distrajo.

- ¿Estás lista? – consultó con aquel tono amable que había usado siempre con ella. De alguna manera le resultaba un trato muy paternal.

- Sí – asintió con una media sonrisa.

Se puso de pie y recogió de un costado un pequeño bolso de tela, sin muchas pertenencias y lo colgó cruzado sobre su pecho. La maleta con su violín fue a dar cruzada tras su espalda, de modo que ninguno de los dos objetos le causara incomodidad. Oprimió contra el pecho los libros de alquimia que Myoga le había obsequiado, junto con su diario.

Avanzaban por entre las antiguas casa de Yokohama. Kagome recordaba perfectamente el día en que había vuelto al templo de Myoga. No estaba del todo segura de cómo había hecho el camino de vuelta, de alguna manera su instinto se lo había indicado. Su consciencia estaba destrozada. Cuando él le preguntó por InuYasha sus ojos se inundaron como dos lagunas cristalinas y sintió el dolor de la roca contra sus rodillas, aunque aquel dolor físico no se compararía jamás al dolor que albergaba su alma en ese momento. Un dolor que se había adormecido, pero que punzaba con demasiada frecuencia aún. Quizás nunca dejaría de hacerlo.

No recordaba demasiado de los primeros días. Solo la sensación de ingravidez, de abstracción. El sentir que la vida sigue a tu alrededor, pero que tú solo eres capaz de observar la pared que tienes frente a ti, sin motivación alguna.

Las casas comenzaban a quedar atrás. Kagome ya se había habituado a largas caminatas silenciosas, en las que lograba escuchar a sus propios pensamientos. Sus recuerdos se mezclaban con sus ideas e iban entregándole paz a su espíritu. Hacía aproximadamente un año desde que había hablado con Myoga de su interés por aprender magia. El hombre la había observado largamente con sus pequeños ojos rasgados y luego había asentido. Desde entonces había sido su maestro. Había implantado en ella disciplina. Aunque aún sus conocimientos de magia eran mínimos, había logrado que dentro de sí misma existiera armonía. Myoga solía decir.

"La tierra debe ser mimada, abonada y querida antes de intentar que nos dé una buena cosecha"

Intentando seguir aquel consejo había trabajado todo este tiempo. Hoy era el día en que Myoga la llevaría con quién iba a ser su nuevo maestro. Un ermitaño había dicho el monje. Acostumbrado al aislamiento y la soledad, pero que podía enseñarle mucho.

Los árboles comenzaban a circundarlos. La cuidad iba quedando cada vez más atrás. El camino iba poco a poco elevándose por lo que los techos de las casas se veían con toda claridad. A lo lejos se vislumbraba una pared que se erguía a ambos lados de una puerta sintoísta como la del templo del cual venían. Dentro podían distinguirse las altas copas de árboles centenarios. Se detuvieron ante las puertas de madera y Myoga extendió ambos brazos para empujarlas. Cuando se abrieron un ligero chirrido salió de las antiguas bisagras y ambos avanzaron por el camino de piedra que los llevaría hasta habitación central.

Cuando ya estaban a escasos metros de la escalera de siete peldaños que permitía el acceso a la tarima techada del templo. Kagome vislumbro a una figura alta que se acercaba entre la sombras. El olor a incienso que provenía de la habitación le llenó las fosas nasales entregándole una sensación de profunda calma a todo su cuerpo.

Kagome continuaba observando entre las sombras, sin lograr visualizar demasiado. Podía notar que las ropas del hombre eran de un color rojizo y sus manos permanecían dentro de las mangas de su hakama. El cabello era largo, blanquecino casi plateado, por lo que pensó podía tratarse de un anciano. Sus facciones ya eran imposibles de definir.

Luego vio a Myoga hacer una reverencia y su voz sonó solemne. Ella se inclinó también en señal de respeto.

- Maestro… he traído conmigo a la aprendiz.

- Muy bien Myoga… me has servido con fidelidad.- La voz tenía un tono profundo, gutural, aterciopelado, que parecía acariciar los oídos.

Kagome alzó la cabeza abriendo los ojos con enorme sorpresa. El corazón le golpeó con fuerza casi ahogándola, le costaba respirar, las lágrimas se agolparon en sus lagrimales luchando por contenerlas. ¿Podría estar equivocada?... ¿sería su profundo deseo el que la estaría engañando?...

"Llegará un día en que estaremos juntos"

Si muero sobrevíveme con tanta fuerza pura
que despiertes la furia del pálido y del frío,
de sur a sur levanta tus ojos indelebles,
de sol a sol que suene tu boca de guitarra.
No quiero que vacilen tu risa ni tus pasos,
no quiero que se muera mi herencia de alegría,
no llames a mi pecho, estoy ausente.
Vive en mi ausencia como en una casa.
Es una casa tan grande la ausencia
que pasarás en ella a través de los muros
y colgarás los cuadros en el aire.
Es una casa tan transparente la ausencia
que yo sin vida te veré vivir
y si sufres, mi amor, me moriré otra vez.

Soneto XCIV – Pablo Neruda

Fin

Un nuevo hijo graduado… qué bien se siente eso.

Este fic, como he dicho antes, nació como una historia extraña. Muchas veces mis historias tienen un inicio, pero no un final, voy desarrollándolas en el camino y me gusta mucho, por que siento a los personajes vivos dentro de ella, con voluntad y en continua evolución.

Tengo dos historias más por terminar e iré por ellas, espero que me sigan acompañando. Además tengo en mente una historia del todo original que aún no tiene nombre, pero va un poco de un chico que en su infancia tiene una amiga imaginaria que vuelve a encontrar cuando ya es adulto… ^^… ¿mundos paralelos?... pues por ahí vamos.

Muchos besos a todas por leer, son una compañía que aprecio mucho. Sin ustedes no existiría Anyara.

Siempre en amor