Ya está aquí, me ha costado sacarlo a la luz y por eso ruego disculpas, espero que una extensión del doble de palabras que los capítulos anteriores compense la espera.

No me enrollo más, a leer.


Escena IX
Aniversario

-Hey, Akane. ¿Esto es algún tipo de indirecta? -Ranma se asomó por detrás del biombo con algo rojo colgando de su dedo índice. Eran unas braguitas rojas y muy sexys. En cuanto las reconoció, Akane se levantó de la silla de un salto y se las arrebató a Ranma de las manos.

-¡No! ¡No tenías que verlas! ¿Dónde estaban?

-Aquí, con el resto de la ropa.

Como un marido moderno, Ranma se estaba encargando de recoger la ropa de la máquina secadora y de doblarla y guardarla en su sitio. Akane, mientras, repasaba una tarea que él debía presentar al día siguiente en clase y que contaba para un 20 de la nota final de la asignatura. Por un descuido, aquella pieza de lencería de Akane había ido a parar al montón de ropa equivocado.

-¿De dónde las has sacado? Son nuevas, ¿no?

-Fue un regalo de Nabiki por Navidad -respondió ella, azorada.

-Mh, interesante -bromeó él con una sonrisa intentando apoderarse de ellas para verlas mejor. -Y dime, ¿hay un sujetador a juego con esto?

-¡Ranma! -exclamó ella abriendo mucho los ojos y fingiendo escandalizarse.

Y esquivándolo le arrojó una camiseta a la cara y salió corriendo a guardar las braguitas en el cajón. Ranma la persiguió para alcanzarla antes de que llegara al armario, pero no pudo y le arrojó la camiseta de vuelta a ella.

Este tipo de juegos se habían hecho habituales entre ellos y constituían más o menos un sustituto a sus violentas peleas de antes. Habían cambiado un tipo de interacción por otra, que en el fondo no dejaban de ser un coqueteo velado y una forma de aliviar la tensión sexual que se había generado entre ellos. Ambos habían descubierto que era mucho más divertido y excitante que estar regañando por cualquier cosa.

Acababan de entrar en la primavera y aunque todavía refrescaba por la noche, durante el día las temperaturas se hacían cada vez más suaves. Podría deberse al cambio de estación o a que en breve llegaría la temporada de exámenes finales, pero Akane se encontraba a menudo poseída por constantes ataques de nerviosismo que la hacían sentir hormigueo en el estómago y que se acentuaban con la cercanía de Ranma. Le ocurría, por ejemplo, al notar su brazo rodeándola por la noche y al despertar, pero también cuando anticipaba su contacto al pasarle algún objeto que él le hubiera pedido o cuando coincidían entrando y saliendo a la vez por una puerta.

Ranma también podía notarlo. El vello de los brazos se le erizaba y le cosquilleaba la piel de los dedos. Cualquier excusa le parecía buena para tocarla o rozarla siempre un segundo más de lo necesario. En esas ocasiones sentía, preocupado, cómo su auto control se desvanecía por momentos. Ya había ocurrido una vez.

Hacía unas dos semanas, se encontraban repasando los apuntes de clase. Ranma era muy malo en eso y necesitaba completarlos comparándolos con los de Akane. Ella leía los suyos en voz alta, tumbada a los pies de la cama, con los pies colgando por el borde. A su lado boca abajo, Ranma escribía en los suyos, tratando además de descifrar los garabatos que inundaban sus papeles. Era muy consciente de la intimidad que denotaba aquella postura, pero por el amor de Dios, ¡si dormían en la misma cama! Aquello era perfectamente normal, se dijo, e intentó restarle importancia. Aunque percibía los dos centímetros de distancia que los separaban como una barrera invisible que jugaba a aparecer y desaparecer con cada sutil mirada que mutuamente se robaban. Una mente observadora habría identificado inmediatamente los signos del lenguaje corporal, pero ninguno de los dos era nada objetivo, y no se atrevían a interpretar las posibles señales por miedo a equivocarse.

Akane le pidió el lápiz para corregir una letra en su libreta, pero cuando acabó, en vez de devolvérselo se puso a darle vueltas entre sus dedos mientras decía algo. Ranma no la escuchó porque toda su atención se concentró en el lápiz cuando Akane mordisqueó un extremo. Sintió la garganta seca y de nuevo volvió a notar los latidos de su corazón a la altura del estómago.

La chica dudó un instante y luego corrigió otra palabra antes de devolverle el lápiz a él. El muchacho se quedó mirando la parte que ella había tocado con su boca. En ese momento, la porción de su cerebro que todavía razonaba captó una frase que no tenía mucho sentido.

-¿Qué? No es así, es al revés.

-No, lo pone aquí. -Ella le mostró sus apuntes, pero de lejos, de modo que no se alcanzaba a leer nada.

-Trae aquí, te lo estás inventando. -Ranma la agarró por la muñeca y, acercando el cuaderno pudo comprobar que, en efecto, él llevaba razón.

-Lo he hecho para ver si me estabas escuchando porque parecías estar en otro sitio.

Él se sonrojó levemente, deseando que ella no se diera cuenta. Aún mantenía sujeta su muñeca. Akane sintió sus dedos quemando en su piel. Lo miró a los ojos y él a ella. El muchacho aflojó la presión de su mano y la deslizó por el antebrazo de Akane hasta apoyarla en su cintura. Les recorrió un escalofrío que les aceleró el pulso.

Ranma descendió sobre ella y apretó fuertemente su boca contra los labios sonrosados y femeninos de su mujer. Akane inspiró por la nariz por la impresión. Pero cuando sintió los labios de Ranma abrirse y cerrarse con movimientos apremiantes, sólo tardó un segundo en corresponderle. Nunca la había besado antes tan apasionadamente, las otras veces había sido suave y dulce. Cómo había añorado esos besos desde San Valentín. Éste en cambio, era ardiente y efusivo.

Su propia respuesta era más acalorada. Sus manos subieron hasta las anchas espaldas del joven. Ranma se separaba hasta apenas tocar con sus labios los de ella en una sensual caricia y luego volvía a estrellar su boca abierta contra los sorprendidos labios de la chica. La tanteaba de nuevo y quedaba encantado con su entregada respuesta.

Rozó sus dientes, suaves y duros, y pudo sentir la prometedora calidez de su aliento. De forma natural, la punta de su lengua se adentró en la boca de la muchacha y se encontró con la de ella. La notó alterarse bajo su torso, pero por la forma en que se agarró a su camiseta, tuvo la certeza de que no la había molestado y se atrevió a aventurarse más allá. Buscó otra vez su morbidez y se maravilló de su tersura. La instaba a moverse a su ritmo pero disfrutaba de los embates con los que ella también sugería su propia cadencia.

La poca práctica que tenían los había enseñado a respirar sin ahogarse pero la inusitada fiereza del momento los estaba dejando sin resuello. Ranma se separó con un último y tierno beso al labio inferior de Akane. Los dos jadeaban intentando normalizar su respiración.

Ella lo miraba abriendo mucho los ojos, con el rostro alborozado y el cabello revuelto. Parecía impresionada. Él mismo lo estaba. Se había dejado llevar. Esperó que no pensara que era un fresco y que se había aprovechado de ella. Akane tampoco era capaz de articular palabra. Ranma deseaba más pero lo último que quería era asustarla, y sin estar seguro de en qué estado se encontraba su relación, no quería forzar la situación y que volviera a suceder como cuando se vio bajo el influjo del Nekoken.

Pero desde este día, y una vez superados los primeros momentos de timidez, Ranma no dudaba en hacer insinuaciones sin pudor, que Akane aceptaba e incluso devolvía con ingeniosas respuestas.

Finalmente llegó el último día del curso. Por la mañana, como otros cientos de estudiantes, Ranma y Akane se habían acercado al campus para comprobar en el enorme tablero las notas de su último examen, que les permitiría pasar al segundo curso limpiamente.

Sobre la superficie blanca de una gran pizarra pudieron ver que habían aprobado y que todos sus esfuerzos habían valido la pena. Akane le echó los brazos al cuello a Ranma dando brincos de alegría y se abrazaron sin importarles estar en público. Felicitaron a sus compañeros y sus compañeros les felicitaron a ellos. Algunos habían obtenido una calificación asombrosa y otros habían superado el mínimo por los pelos, pero en todos reinaba un aire de satisfacción general.

-¡Eh! ¡Ranma, Akane! -les gritó antes de marcharse uno de sus amigos. -La semana que viene lo celebraremos junto con mi cumpleaños en mi apartamento. ¡No lo olvidéis!

La pareja le aseguró que allí estarían y después decidieron darse ellos también un homenaje y se dirigieron a su heladería preferida. Ranma se transformó en chica porque aún le daba un poco de vergüenza que lo vieran comiendo helado siendo un chico.

-Ranma, eso es una tontería -le repetía siempre Akane.

-Comer helados no es masculino.

-Oh, de verdad -se exasperaba ella.

Akane pidió una copa normal de dos sabores, pero la de Ranma era el especial de la casa, con bengala y todo. Los dos reían contentos y aliviados por haberse quitado una carga de encima, cuando una voz conocida los interrumpió.

-Hola chicas -saludó cortésmente un tipo tremendamente guapo y con una sonrisa perfecta, dirigiendo una mirada con intención a Akane y en concreto a la chica de la trenza pelirroja.

-Mh... de repente se me ha quitado el hambre -dijo Ranma con disgusto.

El muchacho sonrió sin haberse ofendido en absoluto. El galán en cuestión era un compañero de clase de Ranma. Era un donjuán reconocido que no dudaba en coquetear con cuantas mujeres le pasaban por delante. Incluso corrían rumores de que había salido con señoras mayores que le costeaban sus carísimos caprichos con el dinero de sus maridos. Ni que decir tiene que Ranma no podía ni verlo. No soportaba su arrogancia y su seguridad en sí mismo. Pero sobre todo, no soportaba que flirteara con Akane sabiendo que era su mujer.

Eso era lo peor: que él lo sabía todo. Sabía lo de la maldición de Ranma y que él se convertía en chica con el agua fría. Sabía que estaban casados y sabía que el matrimonio había sido arreglado por sus padres, y se amparaba en ello para mortificar a Ranma cada vez que tenía ocasión piropeando a Akane con descaro, invitándola a salir a pesar de que ella siempre le rechazaba, menospreciando de forma apabullante pero sutil y encubierta la hombría de Ranma, dándole más importancia a su lado femenino que al masculino, destacando en presencia de Akane sus defectos como hombre. En fin, dejándolo siempre en ridículo.

-Sólo pasaba por aquí con unas amigas -se volvió a mirar a dos chicas monísimas, vestidas de forma algo atrevida- y al veros he pensado en saludaros. Imagino que os han ido bien los exámenes.

-Sí -respondió Akane, -y supongo que a ti también.

-Aha. Bueno, me voy, me están esperando. Akane, me alegro de ver que sigues tan encantadora como siempre. Ranma, ten cuidado no indigestes tu delicado estómago con ese pedazo de helado -y dicho esto, les dirigió una leve inclinación de la cabeza y se marchó por donde había venido.

-La próxima vez que vuelva a intentar ligar así contigo le voy a saltar esos dientes uno a uno para que se los meta por...

-Ranma, cálmate. Es un engreído y habla así a todas las chicas, no sólo a mí. ¿Estás celoso? Ya sabes que conmigo no tiene nada que hacer.

Ranma se ruborizó un poco por haber permitido que sus sentimientos fueran tan evidentes. Pero le gustó que ella hubiera dicho que aquel imbécil no tenía nada que hacer.

Pasó una semana y, con los días, se acercaba una fecha especial. Pronto haría un año que se habían casado. ¡Un año! Parecía imposible, el tiempo había transcurrido tan deprisa. En aquel momento, Akane había llegado a tener serias dudas. Deseaba casarse con Ranma más que nada en el mundo. Pero tenía que ser un matrimonio por amor, y él más parecía estar haciéndolo por resignación que por otra cosa. Aún así había aceptado pasar el resto de su vida con ella, de modo que, conmovida, pero sin poder llegar a sentirse feliz del todo, se había convertido en su esposa.

En la fotografía que habían colocado a la cabecera de la cama se les veía contentos. Habían conseguido fingir una sonrisa. O tal vez no había sido fingida... Ranma estaba muy guapo con la hakama del vestido del novio tradicional japonés. Y el kimono blanco que ella había llevado era precioso. Su padre y su madre habían ahorrado para comprarlo desde que las niñas habían sido pequeñas. Recordó que se había sentido muy extraña, incluso mareada y con náuseas, al verse con él puesto, y sin embargo, cuando vio a Ranma esperando para acompañarla en procesión y al sentirlo marchando a su lado, volvió a sentirse en su sitio, su lugar estaba junto a él.

El ruido de las llaves contra la cerradura la sobresaltó. Apresuradamente, devolvió el porta retratos a la repisa, pero se le resbaló y cayó hacia delante.

-Ya estoy en casa.

La muchacha recogió la foto y consiguió enderezarla justo cuando Ranma aparecía por detrás del biombo y llegaba hasta ella.

-¿Qué pasa? -preguntó al verla girarse y levantarse de un bote de la cama.

-Nada -contestó ella poniendo cara de inocente. -¿Lo has encontrado?

-Ah, sí.

-Genial, espero que le guste.

-Más le vale. Me he recorrido tres librerías buscándolo.

-Es el mejor libro de pesca que hay y, según su hermana, no lo tiene. Es el regalo perfecto.

Al día siguiente, a la hora de la cena, Ranma y Akane salían de su apartamento rumbo al de su amigo de clase cuyo cumpleaños celebraba hoy. La chica portaba orgullosa el libro que le regalarían.

El apartamento de su amigo no estaba lejos. De hecho, se encontraba en el mismo edificio, dos plantas más abajo. Era muy parecido al de ellos, sólo que completamente simétrico. Lo que en el de Akane y Ranma quedaba a la derecha, en este se situaba a la izquierda. Daba un poco la sensación de haberse metido en un espejo. Los únicos muebles que poblaban la estancia diáfana que hacía las veces de salón-dormitorio-comedor eran una mesa repleta de bebidas y algo para picar, y un par de respaldos de sofá arrinconados contra la pared para dejar mucho espacio para bailar. Tanto la mesa como los sofás eran de estilo japonés, así que supusieron que el muchacho dormía en un futón que ahora estaría convenientemente guardado en el armario de puertas correderas.

No había muchos invitados, eran doce personas en total. El agasajado, su hermana, el novio de su hermana, más compañeros de clase y Ranma y Akane. Habían preparado algunos sandwiches, sushi del barato, comida china y sake, muchas botellas de sake. Ranma las ojeó con desconfianza.

Pronto, sin embargo, se encontró sentado alrededor de la mesa, echado tranquilamente hacia atrás sobre el respaldo de su asiento, charlando alegremente con sus amigos, con un brazo alrededor de los hombros de Akane y una copa de sake en la mano.

-Entonces, ¿tu padre tiene un dojo, Akane? -se interesó uno de los chicos.

-Sí. Antes daba clase allí, pero ahora no hay alumnos. Mi padre y el de Ranma estudiaron con el mismo maestro una técnica con escuela propia.

-Ah, ya lo entiendo, por eso vuestros padres insistieron en que os casarais y os convirtierais en herederos del dojo, para perpetuar la escuela.

-Sí.

-Pero, en realidad, para llevar el dojo juntos no hacía falta el matrimonio. Podéis ser socios simplemente.

Akane y Ranma se sorprendieron ante lo lógico y sencillo que sonaba aquello. En realidad, nunca se habían detenido a pensarlo.

-Bueno, mi padre me prometió al suyo para que me casara con una de sus hijas cuando éramos muy pequeños como una forma de unir la escuela, ya que los dos íbamos a heredarla algún día. Nosotros no lo supimos hasta que fuimos mayores.

-Sí, su padre hizo algunas promesas estúpidas cuando Ranma era un crío. -Akane miró a Ranma al decir esto, intentando no dejar entrever ninguna emoción, para ver cómo reaccionaba él.

-Algunas muy estúpidas -respondió él mirándola a su vez y esbozando una sonrisa que ella imitó.

Sus amigos también se dirigían miradas cómplices, como si hubieran asistido a alguna romántica y tierna escena, como el primer beso de dos adolescentes o algo por el estilo. Akane no había especificado si su compromiso se encontraba o no entre esas promesas estúpidas, y Ranma, si hubiera querido, podría haber aprovechado para sentirse ofendido y comenzar una pelea. Sin embargo, se arriesgó a confiar en que Akane sólo estaba de broma y decidió decir lo que realmente estaba pensando. Algunas de las promesas de su padre habían sido estúpidas, todas, menos la que le hizo al señor Tendo.

Ranma apuró su copita de sake y Akane hizo lo mismo a pequeños sorbos. Una de las chicas había traído un karaoke y aprovechó el pequeño silencio que se creó en ese momento para insistir en que todos cantaran algo. Al final consiguió su propósito y cada uno empuño el micrófono al menos una vez, algunos formando incluso dúos y grupos. Ranma y Akane también participaron.

Junto con otros dos chicos Ranma cantó un rock ligero y alegre, pero con una preciosa letra, en la que alguien le hace ver a la chica de sus sueños que algo invisible y muy fuerte los une, que él está loco por ella y que no importa los defectos que pueda tener, él estará siempre a su lado, que ese sentimiento es amor. Nunca antes había reparado en el sentido de aquellas palabras, pero al cantarlas leyendo los subtítulos y teniendo delante a Akane, Ranma cayó en la cuenta de lo apropiada que era aquella canción para expresar lo que sentía por ella. Amparado en que no pronunciaba él solo aquella declaración sino a coro con sus dos amigos, y en que sólo se trataba de una canción al fin y al cabo, no dejó de mirarla todo el tiempo.

Akane escuchó con el corazón en un puño hasta el final, sin apartar tampoco sus ojos de Ranma. Cuando sus amigas la convencieron de que ella también eligiera una canción, escogió una balada. La letra era triste, recordaba con melancolía el momento en que una chica debía separarse de su amor de verano, y sin embargo era feliz por los momentos vividos junto a él y le pedía que al menos en la despedida él le dijera que la quería. Akane evitó la mirada de Ranma durante casi toda la canción, excepto en esa última parte en la que la chica deseaba escuchar un "te quiero" de los labios de su amado.

Ranma la observaba sin perder detalle y cuando terminó fue hacia ella para acompañarla con otro pequeño vasito de sake. El karaoke dio paso a la música y cuatro invitados se excusaron despidiéndose de todos hasta el comienzo del curso, pues tenían que salir de viaje temprano a la mañana siguiente.

Durante un rato hicieron el loco al son de los ritmos frenéticos que retumbaban por los altavoces. Saltaban en corro, repetían a gritos los estribillos más pegadizos y bromeaban entre sí sobre los temas más absurdos. Luego tuvieron que bajar el volumen para no molestar a los vecinos de los otros apartamentos puesto que ya se había hecho tarde. Era el momento de las canciones lentas. Una tras otra, las baladas se sucedieron mientras los asistentes a la fiesta se dispersaron por la estancia. Unos permanecieron sentados sobre cojines en el suelo, enfrascados en una conversación sobre política que a Ranma le pareció mortalmente aburrida e inútil. Una pareja se hacía arrumacos en un rincón. Y Akane y dos amigas comparaban sus cortes de pelo junto a la mesa de las bebidas.

Entonces se oyeron las delicadas notas de una conocida canción. Ranma y Akane la reconocieron al instante y sin poder evitarlo se miraron cada uno desde un extremo del salón. Era la bonita melodía que había estado sonando en la fiesta de Navidad durante su primer beso. Ambos se dieron cuenta de que el otro la recordaba perfectamente.

Tras los primeros acordes, Akane vio cómo Ranma se ponía en pie y el corazón se le aceleró. Él pareció dudar un momento. Se metió las manos en los bolsillos y bajó la vista. Akane soltó, decepcionada, la servilleta que había estado retorciendo sin darse cuenta. El muchacho volvió a alzar la cabeza y con paso firme llegó hasta ella. Sin decir nada la tomó suavemente de la cintura y la llevó a parte. Su otra mano encontró la de ella y comenzaron a moverse lentamente según la preciosa tonada.

Bailaban muy juntos. Akane pasó sus brazos en torno al cuello de Ranma y él puso sus dos manos en la cintura de la chica, sujetándola contra sí. Los ojos de Akane, con las pupilas dilatadas, brillaban sin duda por el efecto del alcohol y tenía las mejillas sonrojadas. Ranma le apartó un mechó de cabello de la frente y le dijo:

-Creo que has bebido demasiado.

-Creo que sí -admitió ella con una leve sonrisa y arrastrando las palabras.

-Hoy estás... estás preciosa.

Akane se quedó sin habla un segundo.

-Creo que el que está borracho eres tú.

-Tal vez. -Él le devolvió la sonrisa.

-Ranma.

Akane se abrazó a él con fuerza. Ranma la estrechó con toda la ternura de que fue capaz y cuando ella levantó el rostro hacia él, el joven se apoderó con premura de sus labios. Los besó con pasión. Los succionó y lamió y se derritió al sentir su impetuosa respuesta. Desinhibida por completo, Akane lo besó con ardor. Jugueteó con su boca y sus manos y lo sedujo con su lengua hasta que el muchacho no pudo reprimir un gemido ronco.

Ranma se separó sin respiración y la sujetó por los brazos delante de él. La miró intentando recuperar la compostura, pero ella alargó sus manos hacia su cara y le dijo con voz melosa:

-Vámonos a casa.

Ranma le servía de soporte a su esposa ya que ésta había bebido tanto que le costaba caminar. Por suerte, su apartamento estaba cerca. Nada más entrar se descalzaron. El chico la ayudó a ella a quitarse su chaquetilla de hilo. Con un suspiro satisfecho ella se colgó de nuevo de su cuello y lo miró acercando mucho su cara. Tanto que Ranma tuvo que tragar saliva. La sujetaba por la espalda y desde hacía un rato su cuerpo se había hecho mucho más sensible al contacto con el de Akane. Cualquier roce enviaba descargas de algo muy parecido a la electricidad por cada uno de sus nervios y el cosquilleo de sus dedos se había hecho insoportable. Tenía que acariciarla, tenía que tocarla. La besó otra vez, con la boca muy abierta, explorando cada rincón, el paladar, por debajo de su lengua, mientras sus manos se perdían sin control por sus curvas.

Las manos de Akane tampoco permanecieron quietas mucho tiempo. Empezaron a recorrer el fuerte pecho de su marido y luego los costados. Él volvió a gemir y sus propias manos hallaron el borde de la blusa de la chica. No se había percatado de cuánto deseaba tocar de nuevo su piel, suave y caliente.

Entre beso y beso, los dedos de Akane luchaban con los botones de la camisa de Ranma. Finalmente, consiguió desabrocharlos todos y sus manos se introdujeron bajo la camiseta interior. Olas de calor les inundaban, naciendo más abajo del estómago y subiendo hasta los rostros encendidos. Ranma también se deshizo de la camisa de Akane y quedó embelesado al verla en ropa interior.

Bajó la cabeza y la besó en el cuello mientras su mano buscaba la cremallera de la falda y su cuerpo la empujaba con suavidad hacia la cama hasta que quedaron tendidos sobre el colchón. Allí le retiró la falda y la contempló en la semi oscuridad.

-Qué hermosa... -dijo extasiado.

Akane lo escuchaba como en una nube. Ranma la había llamado hermosa y la miraba con inconfundible deseo. Ella llevó sus manos de nuevo al pecho del chico y las bajó lentamente hasta la cintura, donde tanteó otra vez la piel del muchacho, provocándole una agradable quemazón. Él se irguió sobre sus rodillas por encima de Akane y alzando los brazos se quitó la camiseta, dejando su torso al descubierto.

La chica lo observó, jadeando, no era la primera vez que lo veía, pero aunque ya le había quitado el aliento en alguna ocasión, nunca con tanta intensidad como ahora. Sintió su palpitar acelerarse y una nueva oleada de calor crecer desde sus entrañas. Acarició sus músculos, perfectamente esculpidos por el efecto de las artes marciales, que empezaban a perlarse con minúsculas gotitas de sudor.

Él se inclinó, lamió sus labios pidiendo entrada y ella lo recibió con un hambre que incluso a ella la pilló por sorpresa. Ranma descendió por su mandíbula hasta el cuello y ella echó la cabeza hacia atrás mientras él le administraba sus atenciones con voracidad, y con dedos impacientes le apartaba del hombro el tirante del sujetador.

·

A la mañana siguiente, el sol brillaba en el cielo despejado desde hacía horas cuando Akane abrió los ojos. La intensa luz la obligó a cerrarlos en seguida. Se cubrió con una mano a modo de visera intentando recuperar poco a poco la consciencia. Lo primero que advirtió fue el calor de Ranma a su espalda y su brazo rodeándola justo por debajo de sus pechos. Entonces algo la despertó por completo. No sólo sentía el brazo de Ranma contra su piel, sentía todo su cuerpo. Bajó la vista y pudo ver sus hombros destapados. Levantó la sábana y descubrió horrorizada que, salvo por las braguitas y los calzoncillos, ambos yacían desnudos bajo la cubierta.

Se incorporó bruscamente, aún con el brazo de Ranma abrazándola. Éste se removió entre quejas por el repentino despertar, pero cuando pudo zafarse de la incómoda prisión de su brazo y la vio a ella a su lado, alzó la otra mano para acariciar la espalda de la mujer que adoraba. Sin embargo, al notarlo, Akane se puso rígida y ni siquiera lo miró.

-¿Qué pasa? -inquirió sentándose él también.

-¿Cómo que qué pasa? ¿Por qué estamos desnudos?

La pregunta pareció desconcertar al joven.

-Bueno, Akane -empezó explicar con una leve sonrisa, -eso es porque anoche nos quitamos la ropa -acercó la cara a su hombro. -Y debo admitir que pensé que mis botones te darían más problema. -Y besó la suave piel.

Ella se apartó como si le hubiera quemado. Lo escrutó con ojos temerosos. No estaba bromeando. Contempló la cama revuelta y todas sus ropas diseminadas por el suelo. El muchacho frunció el entrecejo. Algo no iba bien.

-Akane, ¿estás...?

-¿Qué pasó anoche?

Ranma se quedó perplejo.

-¿Que qué pasó? ¿No te acuerdas?

-Recuerdo la fiesta. -Ranma asintió y ella prosiguió. -Bailamos y... luego ¿volvimos aquí? -Él volvió a asentir. Akane hizo un esfuerzo para extraer más recuerdos de su mente. -Empezamos a besarnos y... ¿a quitarnos la ropa? Es cierto...

-Sí, y ¿qué más?

Ella titubeó. Miraba a todas partes como intentando sacar más información del lugar. Pero no acudía nada. Se llevó una mano a la sien.

-No lo sé. Dímelo tú.

Ranma la miraba con la esperanza de que ella recuperara la memoria por sí misma, pero en ese momento esa esperanza se desvaneció por completo. Con un deje de resentimiento dijo:

-No sé, Akane. Un rastro de ropa que lleva a la cama y dos personas desnudas en ella. No hay que ser muy listo para imaginarse lo que pasó aquí anoche.

-Ranma -dijo ella a modo de reproche por hablarle así. Aquello era una situación muy delicada, cómo podía tomárselo con ironía. Se ajustó la sábana al pecho. -¿Estás diciendo que anoche lo...? ¿Que tú y yo...?

Él no respondió enseguida. La miraba intentando convencerse de que hablaba en serio. Volvió a fruncir el ceño.

-No me lo puedo creer -dijo.

Akane empezó a sentirse muy mal, la invadió un repentino e incómodo calor y notó que comenzaban a aflorar las lágrimas. No quería que Ranma la viera llorar, así que se lió la sábana alrededor y rápidamente se levantó y se encerró en el baño. Se dejó caer al suelo y allí se quedó sentada, con la espalda apoyada en la puerta, tratando desesperadamente de aclarar su cabeza. Pero los recuerdos borrosos se entremezclaban con confusas imágenes que ni siquiera podía identificar como verdaderas. No podía ser cierto. Y lloró en silencio. Por fin se había entregado al amor de su vida y no podía recordarlo.

Akane notó durante todo el día el distanciamiento entre Ranma y ella. El muchacho la evitaba y casi no le dirigió la palabra, obviamente molesto todavía porque ella no había logrado recordar lo sucedido la noche anterior. Estaba desolada y molesta a su vez porque él no fuera capaz de comprender cuánto la afectaba aquella situación.

Es por eso que Ranma dedicó todo el día a entrenar con intensidad y ni siquiera insinuó a Akane la más mínima invitación a acompañarlo. Fue un día desesperanzador. La pareja tuvo la sensación de que todo cuanto había avanzado su relación en los meses anteriores se esfumaba sin que pudieran hacer nada para evitarlo. Como si ese cálido lazo de entendimiento e intimidad que habían construido poco a poco se difuminara como los recuerdos de Akane.

Al principio la muchacha se sintió confundida. No sabía cómo enfrentarse a Ranma. Se suponía que habían compartido un momento muy personal entre marido y mujer. Ella ya no era para Ranma una chica más, la había tenido para sí como ningún otro hombre, como era normal en un matrimonio, y, sin embargo, no podía dejar de sonrojarse cuando pensaba en las cosas que debían de haber hecho. La habría visto desnuda y la habría tocado donde nadie, ni siquiera ella, había llegado nunca.

Durante la cena Akane se encontraba tan sumamente mal que apenas probó bocado. Trataba de ocultar su tristeza y su enojo camuflándolos de serena cortesía, pero no engañaba a nadie, Ranma la conocía demasiado bien. Sin embargo, no se sentía muy inclinado a darle ningún tipo de ánimo por el momento, a su parecer, era él quien debía ser el confortado. Cómo podía haber olvidado lo ocurrido.

El joven estiró el brazo para alcanzar el frasco de salsa del soja. Akane se adelantó y se lo acercó con excesiva solicitud. Ranma murmuró un "gracias" y ella intentó poner una sonrisa que resultó forzada. Cuando él no mudó su sobria expresión, Akane bajó la mirada, apenada, y Ranma sintió una pequeña punzada de remordimiento. Aliñó su arroz pensativo y la chica volvió a su comida en silencio. Jugueteó con los palillos en su plato y luego expulsó un suspiro.

-Escucha, Ranma -dijo. -Lo siento. -Aquéllo sí era raro, normalmente era él quien debía las disculpas y no al revés. -Siento mucho no acordarme de nada. Llevo todo el día dándole vueltas, de verdad que lo he intentado, pero no he podido recordar nada más.

Ranma bajó los ojos empezando a sentirse incómodo. Akane abandonó toda esperanza de arreglar las cosas con aquella conversación, y su pesar comenzó a transformarse en irritación. Después de todo, ya se había disculpado y había hecho cuanto había estado en su mano para recordar, qué más necesitaba él para perdonarla. Apretó la mandíbula y continuó comiendo, aunque sin hambre.

-Bueno, supongo que bebiste tanto que no es tan extraño que no te acuerdes.

-¿Me estás echando la culpa? -disparó ella sin pensarlo.

-No -respondió él con calma.

-Sabes que no controlo la bebida.

-Lo sé. Y tal vez yo debía de haber cuidado mejor de ti.

Al oírlo, Akane se apaciguó por completo. ¿Acaso él se veía responsable también? Tenía que explicarle cómo se sentía.

-Ranma, no sabes el tormento que está siendo esto para mí. Saber que ha ocurrido algo tan importante y no poder recordarlo. -Tuvo que callar, pues notaba de nuevo las lágrimas a punto de derramarse y por nada del mundo quería montar una escena. Simplemente se quedó mirando su plato, respirando hondo para tranquilizarse.

Ranma pensaba que sí podía imaginarse lo que debía de estar pasando. Era como cuando él entró en el trance del Neko-ken y no podía recordar lo que le había hecho a Akane, aquel día fue una agonía.

Entonces habló.

-No pasó nada, Akane.

La chica no lo entendió. ¿A qué venían aquellas palabras?

-¿Qué?

-Anoche no pasó nada.

La mente de la muchacha escuchó como si le hablaran de un tema que nada tenía que ver con lo que estaban tratando.

-Pero si me acuerdo de cuando llegamos al apartamento, los besos, el quitarnos la ropa.

-Sí, todo eso sucedió. Empezamos a besarnos en la fiesta y continuamos al llegar aquí. La cosa se calentó y antes de darme cuenta estábamos en la cama en ropa interior. -Ranma se iba poniendo colorado conforme hablaba. -Me dejaste que te desnudara y te besara, y no sólo en la boca. -Fue el turno de Akane de sonrojarse. -Después te abracé; y entonces me di cuenta de que te habías quedado dormida.

La joven se olvidó de respirar. Lo miraba paralizada. No estaba segura de haber oído bien, tenía que ser una equivocación.

-¿Qué? -dijo con una vocecilla.

-Que no pasó nada. No llegamos a hacer nada demasiado... serio.

Akane seguía sin reaccionar.

-Perdona, te lo tenía que haber dicho antes. Pero es que me sentía muy frustrado. Te... te dormiste dejándome... a medio y ni siquiera te acordabas.

-¿Entonces no pasó nada? -dijo ella al fin. -¿No hay nada de lo que deba acordarme?

-Bueno, un poquito sí.

-Pero no lo hicimos.

-No.

Una enorme sonrisa de alivió se fue formando en el rostro de la muchacha. Cerró los ojos y agradecía a alguna deidad con inmenso fervor.

-Gracias, gracias, gracias. Oh, no sabes qué peso me quitas de encima.

Ranma empezó a mosquearse.

-Entonces no pasó nada -prosiguió ella. -Oh, qué día más horrible ha sido.

-Bueno, vale, tampoco es para tanto.

-Oh, sí que lo es, no sabes qué tortura he pasado.

-Ah, con que una tortura.

-Ranma, por favor, me sentía fatal.

-Ya. Y a lo que yo sienta que le den, ¿no? -ahora sí que estaba visiblemente molesto.

-Pero ¿qué te pasa?

-Nada, déjame.

-Oye, ¿se puede saber porqué te pones así? ¿Qué es lo que he hecho? Después de todo, no pasó nada que tuviera que recordar, así que ¿cuál es tu problema ahora?

-¿Mi problema? -el muchacho se levantó bruscamente. -No tengo ningún problema. Como ya has dicho, no hicimos nada, así que no tengo ningún problema. Siempre lo complicas todo.

-Te recuerdo que has sido tú quien se ha callado la verdad durante todo el día.

Con gestos cargados de rabia, Ranma recogió algunos platos y los llevó a la cocina. Akane escuchó cómo los echó al fregadero con un estruendo y acto seguido lo vio salir en dirección al armario. El chico cogió una sábana y se dirigió al sofá.

-¿Qué haces? -exigió ella.

-Esta noche voy a dormir en el sofá, para asegurarme de que no pasa nada. Estoy cansado. Buenas noches.

Aquello era el colmo. Qué insultante. Era como si le estuviera diciendo en sus narices que dormir junto a ella, que tener nada que ver con ella era una complicación indeseable. Como si tocarla fuera una idea despreciable. Con una rabia equiparable a la de Ranma, Akane agarró una almohada y se la lanzó con intención de golpearle de lleno en la cara, pero él la interceptó.

-¡Muy bien! ¡Por mí puedes dormir ahí hasta que te oxides! ¡Y no te acerques a mí! ¿Me oyes? ¡Que no se te ocurra acercarte a la cama!

-O ¿qué?

-O te las tendrás que ver conmigo.

El muchacho lanzó una carcajada maliciosa y dijo con ironía:

-Qué miedo me das.

·

Era media noche. Ranma llevaba dos horas fingiendo que dormía. Pero lo cierto era que el sofá resultaba terriblemente incómodo para permanecer acostado durante mucho tiempo. Se levantó, intentó masajearse la espalda magullada e hizo un par de estiramientos para desentumecerse. Desde su posición sólo podía ver los pies de la cama, pero sabía que Akane dormía ahí, estirada relajadamente sobre el colchón.

Se acercó y pudo comprobar que así era. Para colmo, se había tomado la libertad de ocupar toda la superficie que había podido abarcar. La luz de la luna la iluminaba débilmente. Ranma miró a través de la ventana. Fuera todo estaba tranquilo. Volvió a mirarla a ella. La sábana la cubría sólo hasta la cintura. Su ligera camisola de dormir dejaba adivinar los pechos firmes y jóvenes. Sus redondeadas caderas resultaban igual de sugerentes y tentadoras bajo la cubierta. La expresión de su rostro era apacible y despreocupada. Fruncía ligeramente los labios y Ranma sintió un fuerte deseo de besarlos. Tragó saliva y suspiró.

Porqué tenía que dormir ella tan tranquila mientras él se deslomaba en aquel maldito sofá. ¿Acaso no era todo culpa de la chica? Y porqué tenía que irse él a dormir a otro lado. Ella era su mujer. Aquélla también era su cama.

Recordó lo que Akane le había gritado tan sólo un rato antes: "¡Que no se te ocurra acercarte a la cama!"

"¿Que no me acerque...?" pensó, sintiendo su orgullo rebelarse. "Tengo todo el derecho del mundo a dormir contigo". Se metió en la cama y se recostó a su lado. Akane dormía en el centro del colchón, de modo que no pudo evitar quedar muy cerca de ella, pero aunque su cuerpo recordaba el de la muchacha y reclamaba volver a sentirlo contra él, se abstuvo siquiera de rodear con un brazo su cintura.

Por la mañana, Akane despertó temprano y se encaminó hacia la Universidad antes de que Ranma se levantara. Tenía que recoger unos papeles y consultar unos horarios para el curso siguiente.

El campus se encontraba en un estado bastante más vacío de lo habitual. La mayoría de los estudiantes aún no habían vuelto de sus vacaciones y los pocos que recorrían los pasillos desiertos eran casi todos alumnos de primer año que preferían hacer los preparativos con tiempo.

Akane buscaba un listado de nombres por orden alfabético cuando una voz a su espalda la sobresaltó.

-¿Akane? Qué casualidad.

La chica se giró y vio que la voz pertenecía al chico de la heladería, el compañero de clase de Ranma.

-Hola, ¿qué tal?

-Mi día acaba de mejorar mucho ahora que te he visto.

Akane sonrió con cortesía y vio que el muchacho llevaba consigo una bolsa de deportes y un balón de rugby.

-Ah, tienes entrenamiento.

-Sí, el capitán del equipo no puede descansar demasiado. Y tú ¿cómo llevas tu entrenamiento? ¿Has ido al dojo de tu padre estas vacaciones?

-Sí, estuvimos allí unos días la semana pasada con la familia. Siguen como siempre, pero fue agradable volver a practicar en el dojo que conozco de toda la vida.

-Ya. Te veo tensa. Escucha, ¿porqué no vienes al partido benéfico de esta tarde? Vendrán los niños del orfanato y jugaremos con ellos. Será divertido.

Akane dudó un segundo. Puede que estuviera bien, y era benéfico.

-Sí. Puede que vaya.

-Oh, me alegro mucho. Espero verla esta tarde, madam. -Y se despidió con una reverencia.

Akane Tendo-Saotome fregaba los platos en la pequeña cocinita del apartamento. No había podido quitarse de la cabeza la discusión con Ranma la noche anterior. Le fastidiaba enormemente que hubieran vuelto a tener una pelea después de tanto tiempo de tregua. En ese momento lo oyó entrar . Pasó por detrás de ella y se situó a su lado. Sacó un trapo limpio y se puso a secar los platos del escurridor.

La muchacha le lanzó una mirada de reojo. Él también a ella. Luego dijo, a la defensiva:

-¿Qué?

-Oh -exclamó ella fingiendo sorpresa. -¿Ya me hablas?

Él expulsó un resoplido.

-Pues claro que te hablo. Aunque sigo molesto.

-¿Que sigues molesto? Si soy yo la que debería estar enfadada.

-Oye, no quiero pelear contigo. Sólo quería que lo supieras.

-Pero es que no lo entiendo. ¿Qué es lo que se supone que he hecho? Ya te pedí disculpas por no recordar nada. Cosa que por otro lado fue inútil puesto que no había nada que recordar.

-¿Crees que es por eso?

-Así que estuve todo el día odiándome a mí misma por nada. ¿Qué, por qué sino?

-¿Cómo? ¿Odiándote a ti misma?

Los dos se detuvieron en seco y se miraron con idénticas caras de extrañeza.

-Claro, no era capaz de recordar un momento tan importante como ése. Pero entonces, ¿porqué estás molesto tú?

-A-Akane... si hubieras visto la cara de alivio que pusiste cuando te enteraste de que no había pasado nada... Si yo me hubiera quedado dormido y a la mañana siguiente ni siquiera lo recordara, e incluso me alegrara de que no hubiéramos llegado a hacer nada también estarías resentida.

-Pero por supuesto que me sentí aliviada. Después de todo, no era una persona tan horrible. ¿Qué clase de mujer no puede recordar su primera vez con su marido?

De pronto Ranma se sintió muy estúpido.

-¿Estabas preocupada por eso?

-Sí.

-Yo creía que te alegrabas de que no...

-Ranma -empezó a decir Akane, -no me alegraba por eso. Pero es que, cuando por fin hagamos algo, quiero estar consciente, y quiero ser capaz de recordarlo todo después.

La muchacha le dedicó una sonrisa plena de confianza y cariño. Luego se puso de puntillas y le dio un beso en la mejilla. Ranma la contempló embobado salir de la cocina. La siguió al baño, donde la chica se estaba retocando en el espejo.

"Cuando hagamos algo", había dicho, no "si hacemos algo". Eso significaba que daba por hecho que tarde o temprano algo ocurriría entre ellos, y no parecía disgustada por ello sino todo lo contrario. Ese pensamiento le provocó una placentera sensación y una renovada confianza en sí mismo.

-¿Vas a algún sitio? -preguntó.

-Sí. Me han invitado a asistir al partido benéfico de rugby de esta tarde.

-¿Te ha invitado ese imbécil? -Akane sabía perfectamente a quién se refería.

-Sí. Es por una buena causa.

-Sí ya, por una buena causa. Sabes lo que ése quiere de ti, ¿verdad?

-Ranma, no te preocupes, sé defenderme. -Se quedó mirándolo desde el espejo. -¿Porqué no vienes tú también?

-Por supuesto que voy a ir. No le permitiré quedarse a solas contigo.

Akane sonrió de oreja a oreja.

-¿Qué? -dijo él al verla.

-Que estás celoso.

-¡No! -respondió Ranma demasiado rápido, luego se calmó y, no sabiendo muy bien cómo manejar esos sentimientos, admitió: -Bueno, sí, un poco.

Akane se le echó al cuello, feliz.

Ranma asistió a todo el partido con impaciencia. El tiempo en el marcador transcurría con una parsimonia exasperante, solamente se entretuvo un rato cuando salieron los niños al césped y practicaron algunas maniobras con los jugadores mayores. Pero lo más interesante de todo el campo se encontraba sentada a su lado, a unos centímetros de él. En realidad estaban tan cerca que sus manos se tocaban cuando las apoyaban en el banco y sus rodillas se rozaban de vez en cuando al moverse en el asiento. Ninguno de los dos deseaba apartarse.

Era como hacerse caricias por debajo de la mesa, sin que nadie más se diera cuenta. Los dos miraban al frente como si siguieran el partido, cuando lo cierto es que apenas podían concentrarse en nada más que no fuera el otro, cuya presencia parecía llenarlo todo, y sólo sus discretas sonrisas los delataban.

Al término del partido-demostración el compañero de clase de Ranma, que los había divisado sentados en la gradas, consiguió separarse del grupo de admiradores que se apelotonaba a las puertas de los vestuarios y fue a su encuentro.

-¡Akane! -llamó antes de darles alcance.

-Me alegro de que hayas venido. Vaya Ranma, qué sorpresa. -El tono de voz que usó para dirigirse a él dejó claro que la sorpresa no había sido muy agradable. Miró a Akane con su encantadora sonrisa. -¿Qué te ha parecido el partido?

-Ah, pues, bien, ha estado entretenido -consiguió mentir, ya que no había prestado la menor atención.

-Ya.

Habían continuado caminando mientras hablaban y habían llegado a un pasillo en dirección a la salida, que en época de vacaciones, como ahora, quedaba desierto.

-Ranma, mira no te ofendas, pero quería invitar ahora a Akane a tomar algo con los chicos.

-Vale, yo también iré.

Akane estuvo a punto de replicar pero de pronto parecía haber quedado fuera de la conversación.

-No, sólo podemos invitar a chicas -se interrumpió con una sonrisa malévola admirado de su propio ingenio. -Eh, puedes transformarte en chica y venir. Dos mejor que una.

-¡Serás cretino!

-Vamos Ranma, los dos sabemos que ganas mucho como mujer -rió sintiéndose muy gallito.

Akane estaba escandalizada.

-Chicos, dejadlo.

-¡No vuelvas a decir eso! ¡Y no vuelvas a dirigirte a Akane! Ella está conmigo ¿me oyes?

-¡Jajaja! No me hagas reír. Sé perfectamente que lo vuestro es un montaje.

-¡Cállate! -Ranma avanzó un paso con aire amenazador.

-Akane, deberías dejar inmediatamente a Ranma. No te conviene para nada alguien como él. O debería decir ella. Quién te asegura que no ha llegado a liarse con alguna de sus otras prometidas.

-¡Eso es mentira! Te voy a cerrar la boca de una vez por todas.

-¡A ver si te enteras, mentecato! Akane sólo se casó contigo por obligación. ¡Ella no te quiere!

Todo ocurrió tan rápido que el chico ni lo vio venir. Un segundo estaba hablando y al siguiente el mundo se volvía del revés mientras, como a cámara lenta, él caía de espaldas sobre el duro suelo. Sin embargo, cuando comprendió lo que había sucedido, se repuso con sorprendente celeridad, se puso en pie de un salto y contraatacó. Con un acertado puño apuntó de lleno a la mandíbula de Ranma, pero éste lo esquivó con destreza. Lleno de rabia cargó entonces con todas sus fuerzas y acertó en el estómago al chico de la trenza, dejándolo momentáneamente sin aire. No en vano también era deportista, y muy fuerte.

Ranma, que había estado fuera de control, recapacitó y vio que debía cambiar de táctica. Aprovechó su mejor técnica contra la fuerza bruta de su oponente, su velocidad. De modo que cuando el otro chico, más alto y fornido, volvió a embestir, le propinó una ristra de golpes que lo enviaron de nuevo al suelo.

-¡Basta! -Akane intentó separarlos pero ninguno de los dos estaba dispuesto a dejar las cosas así.

El corpulento jugador de rugby intentó descargar un nuevo golpe contra el abdomen de Ranma, pero su puño fue interceptado y retorcido hasta que tuvo que escapar reprimiendo un grito de dolor. Pareció darse cuenta de que no podría vencer a Ranma en una pelea cuerpo a cuerpo, él no era un luchador. Decidió volver al ataque verbal.

-Estás en clara superioridad, yo no practico artes marciales. No eres hombre para luchar honradamente.

-No sabes perder.

-Eres tú el que no sabe perder. No eres capaz de aceptar la realidad.

-¿Y tú me hablas de realidad? ¿Qué sabrás tú?

-Sólo veo a un patético travesti intentando encajar, desesperado por mantener a su lado a una mujer a la que no le llega ni a la suela de los zapatos. Akane estaría mejor sin ti. Eres un pervertido y una abominación.

Por segunda vez el chico se quedaba estupefacto al sentirse golpeado sin haber tenido tiempo para reaccionar. Akane se había plantado entre los dos y le había estampado un contundente bofetón con la mano abierta que resonó por todo lo largo del pasillo. Él retrocedió un paso sin creerse del todo lo ocurrido. Un negro nubarrón ensombreció el sol.

-No vuelvas a hablarle así a Ranma -dijo ella despacio y vocalizando para que se le entendiera a la perfección. Respiraba agitadamente. -Él es mi marido, ¿no te entra eso en la cabeza? No quiero que vuelvas a pedirme salir, no quiero que vuelvas a tratar así a mi esposo. Déjanos en paz y nosotros te dejaremos en paz a ti. Y a partir de ahora te dirigirás a nosotros con respeto y sólo cuando sea necesario. ¿Entendido?

El muchacho se llevó la mano a la cara dolorida y con una mirada de amargo rencor se apartó lentamente. A ella no se atrevía a contradecirla. No podía hacer nada, lo habían derrotado.

La muchacha se volvió hacia Ranma. La miraba atónito. Sin decir nada se encaminaron hacia la puerta y salieron del edificio cogidos de la mano.

-Has estado impresionante.

-Gracias. Hacía tiempo que se lo merecía.

-Sí, pero yo le he dado una paliza y aún así ha sido tu bofetón lo que lo ha destrozado.

-Bueno -esbozó una modesta sonrisa, -es que no he podido contenerme. Cómo se ha atrevido a insultarnos así.

-Esta vez has sido tú la que ha salido en mi rescate. -Su tono pareció decaer al hablar.

Se detuvo, pero no soltó la mano de Akane. El cielo se iba oscureciendo por las nubes, a juego con su humor. Akane lo conocía y sabía que, quizá sin saberlo, aquel chico había dado en el blanco en los puntos débiles de Ranma. Lo había acusado de ligón y de ser infiel y había herido su orgullo masculino tratándolo de inferior y no merecedor del amor de una mujer por el hecho de cargar con su maldición.

-Eso que ha dicho de las otras chicas no es verdad. Jamás hice nada con ninguna, ni intenté darles esperanzas de ninguna clase.

-Lo sé.

Akane sabía que podía creerle y notaba su ansiedad porque aquel detalle le quedara claro. Por eso asintió deseando infundirle toda la confianza de que fue capaz. Lo miró a los ojos y se enterneció al ver en ellos la emoción con la que la contemplaba.

El corazón del muchacho latía con fuerza. Era plenamente consciente del sentimiento que la unía a ella y nunca había sentido nada parecido.

-Akane, Ukyo ha sido mi amiga desde hace mucho tiempo, pero es sólo eso, tú eres mi mejor amiga, y comparadas contigo, las otras no significan nada. Yo... Es de ti de quien estoy enamorado.

Al término de pronunciar estas palabras, una lluvia repentina se dejó caer finalmente sobre los dos. La mano que Akane sujetaba se hizo más pequeña y ante sus ojos apareció la menuda chica pelirroja que tan bien conocía.

La respiración de Akane se hizo agitada. Se lo había dicho. Ranma le había confesado lo que sentía por ella, y lo había hecho de la forma más sencilla posible. Sintió una agradable calidez recorrerle el cuerpo y no pudo detener dos gruesas lágrimas que rodaron por sus mejillas.

Ranma la miraba con una expresión de impotencia al tiempo que se encogía de hombros.

-Pero esto es lo que hay -dijo, señalándose a sí mismo. -Lo siento. Quería ofrecerte un hombre completo. He hecho lo que ha estado en mi mano, he hecho de todo, he viajado por donde fue necesario, he luchado con cuantos tuve que hacerlo para encontrar la cura. Pero no lo he logrado. Sin embargo, no me he rendido. Quiero darte lo mejor y quiero que sepas que voy a hacer todo lo posible porque seas feliz.

-Ranma... Pero si yo... te quiero, tal y como eres.

No sólo no le había soltado a pesar de haberse transformado en chica, Akane le sujetaba más fuerte la mano. Ni siquiera se dio cuenta de las lágrimas calientes que se mezclaban con las frías gotas de lluvia, y si lo hizo, no pareció importarle en absoluto.

La gente corría a su alrededor buscando refugio, pero ellos aún permanecieron un poco más bajo la lluvia, perdidos el uno en el otro. Nada en el mundo existía fuera de ellos, y así continuaba siendo cuando llegaron a la casa.

Ranma fue inmediatamente a conseguir algo de agua caliente y regresó convertido de nuevo en chico, con una toalla para él y otra para Akane, que extendió sobre su cabeza. Con suavidad la ayudó a secarse el cabello. Ella levantó la mirada para encontrarse con la suya. Luego él la peinó torpemente con su mano grande y la muchacha no pudo contener una tierna sonrisa.

-Estamos empapados.

-Sí. -Akane se quitó la chaqueta y la dejó en el respaldo de una silla sin moverse ni un ápice de su sitio en frente de Ranma. Después se volvió de nuevo hacia él.

El joven la observó y se quitó su camisa mojada y la tiró a un rincón. Ella lo guió hasta la silla, lo obligó a sentarse, tomó su toalla y con manos hábiles le secó el pelo a él. Lo hacía con lentos masajes, Ranma cerró los ojos y se abandonó a las placenteras sensaciones que le provocaban. En un determinado momento, llevó las manos a su cintura y la atrajo hacia sí. La abrazó apoyando la cabeza en su torso, descansando entre sus pechos. Ella le rodeó la cabeza con sus brazos y le besó el pelo, que aún estaba húmedo y frío, pero olía maravillosamente a lluvia, y a él.

Ranma tardó poco en buscar su boca y besarla con ardor sin dejar de abrazarla. Le cubrió de besos el mentón hasta la pequeña orejita. Cuando lamió el lóbulo Akane exhaló un gemido y eso lo excitó mucho más de lo que podría haber imaginado. Lo invadió un deseo terrible de sentir su piel. Continuó besando el delicado cuello de la chica y con una mano, que subió desde la cintura acariciando el vientre plano y el valle entre los senos, empezó a desabrocharle los botones de la camisa. Mientras, Akane jugaba con los dedos en su cabello.

Cuando le hubo quitado la camisa, Ranma descubrió que la joven lucía un excitante modelito de sujetador, rojo con encaje y sin tirantes, y notó cómo la sangre bullía en sus venas. Akane volvió a gemir cuando con una mano Ranma aprisionó uno de sus pechos y le daba suaves masajes mientras que con la boca abierta besaba el otro. Notaba el aliento cálido a través de la tela y pensó que iba a perder el control. Agarró con fuerza la camiseta blanca de Ranma y prácticamente se la arrancó. Entonces pudieron sentirse piel con piel. El joven deslizó lentamente la falda de la chica por sus sinuosas caderas y abrió mucho los ojos ante lo que se encontró. Aquel era el conjunto de lencería roja tan sexy que él había descubierto entre un montón de ropa.

Akane observó complacida su cara de asombro.

-Ah, sí -dijo. -Lo había olvidado. - Se acercó más y le susurró al oído: -Feliz aniversario.

Ranma creyó volverse loco. La besó con pasión y la tomó en sus brazos. La llevó a la cama. Se desprendió de sus pantalones y se sentó junto a ella. La besó otra vez durante un largo rato. Ella le respondió con unos tentadores labios y lengua que se habían vuelto bastante expertos.

Ranma comenzó por trasladar sus atenciones a los dedos de las manos de la chica. Luego por los brazos y los hombros. Después siguió por los dedos de los pies. Y lentamente bañó todo su cuerpo con sus dulces caricias. Akane ni siquiera fue consciente cuando, durante el proceso, perdió también la ropa interior.

·

Con un último suspiro liberador, Ranma cayo sobre el colchón y se quedó inmóvil sobre su esposa, descansando. Respiraba agitadamente, volvió la cara hacia ella, que también jadeaba, y se besaron.

-Ha sido increíble. Pensé que no había nada mejor que la sensación de ganar un combate, pero esto... esto se sale de toda escala.

A Akane le hizo gracia la comparación.

Permanecieron un rato abrazados sin moverse, en estado de duermevela. Parecía imposible que por fin hubieran conseguido estar juntos. Ranma la había deseado desde hacía mucho tiempo y algo le decía que ella se sentía igual.

-Tengo hambre -murmuró él sin moverse de su posición.

Akane rió ante lo cómico de la situación.

-Acabas de cargarte el momento.

-Lo sé, pero es que tengo hambre. -Se incorporó y, como para corroborar sus palabras, su estómago se quejó con un fuerte gruñido. -¿Lo ves?

Akane rió más abiertamente. El tiempo había volado y la hora de la cena había pasado hacía rato. Ambos se levantaron. Akane buscó algo que ponerse, pero no encontró su ropa cerca de la cama y se cubrió con la sábana, dejando a Ranma desnudo. Él se puso sus pantalones.

En la nevera encontraron algunas sobras y con pan de sándwich improvisaron una cena ligera. La comieron en la cocina. Akane se sentó en la encimera y Ranma se colocó enfrente de ella. Juguetearon dándose de comer el uno al otro, Ranma casi siempre hacía como que la engañaba cuando iba a darle un bocado y entonces retiraba la comida y la sustituía por su boca, y no es que a ella le importara mucho.

Antes de darse cuenta, los juegos se volvieron más provocativos, Akane jamás se imaginó chupándole los dedos así. Posicionado entre sus piernas, Ranma la abrazaba cada vez de forma más ardiente.

-Me gusta eso que haces con la lengua -le comunicó entre apasionados jadeos.

-¿El qué?

-Eso, eso que haces como si agarraras la mía y la atrajeras hacia ti.

-¿Yo hago eso?

-Oh, sí.

La chica sonrió complacida. Le encantó que a él le gustara de ella algo tan íntimo y se sintió picarona. Entonces hizo otra cosa que sabía que también lo provocaría. Lo miró intensamente a los ojos, luego a la boca y deliberadamente se mordisqueó el labio inferior. Aquello terminó de disparar de nuevo la pasión en Ranma, que la agarró fuertemente, la hizo rodear con las piernas su cintura, y la tendió otra vez sobre la cama para volver a devorarla a su antojo, sin prisas.

Se amaron con locura, sintiéndose libres y llenos por fin.

·

Ranma se despertó poco antes del amanecer, muerto de sed. Se levantó y se sirvió un gran vaso de agua. Luego pasó por el aseo y volvió a meterse en la cama, junto a su hermosa compañera. La observó dormir a su lado, confiada y tranquila, y se deleitó en la tersura de su piel al acariciar su espalda con cariño. Ella se giró y vio que estaba despierta.

-Hola.

-Hola.

-¿Qué haces despierto tan temprano?

-Mirarte.

Ambos percibieron un atisbo de calor en sus mejillas.

-¿Desde cuando te despiertas antes y te quedas mirándome? -preguntó ella con voz traviesa.

-Desde hace meses -respondió él.

Akane se enterneció enormemente. Ranma le pasó un dedo por los labios.

-No vas a levantarte todavía, ¿verdad?

Ella negó con la cabeza.

-Me gusta estar así contigo -añadió.

Ahora fue el turno de él de devolverle una tierna sonrisa. Se quedaron mirándose a los ojos sin decir nada. Tan sólo amándose con la mirada.

-¿Te he dicho ya que te quiero?

-Como unas mil veces -respondió Akane sonriendo otra vez, no parecía poder dejar de hacerlo.

-¿Sí? Pues ahí va la mil uno. Te quiero.

Se veía raro diciéndolo en voz alta a pesar de que lo había tenido claro desde hacía mucho tiempo. Supuso que debió de sentirse así cuando, según Akane, lo soltó allá en Jusendo. Él no lo recordaba, pero estaba seguro de que en ese momento no pudo pensar en otra cosa más que en que la iba a perder sin haberle confesado lo que sentía por ella. Por eso tenía esa imperiosa necesidad de decírselo a cada momento.

-Ranma.

-¿Mh?

-Yo también tengo algo que decirte.

-¿Qué? -por un segundo se removió inquieto, ¿acaso iba a decirle que no sentía lo mismo?

La chica se adelantó y se acercó mucho a él, puso los labios muy cerca de su oído y le susurró: -Yo también te quiero. Te quiero, Ranma.

Le hizo cosquillas en la oreja mientras hablaba. Ranma no dejó que se despegara de él y se aferró a su cuerpo, cálido y pleno.

-Sólo me arrepiento de que ya nos hayamos casado por una cosa.

-¿Qué? -ella lo miró alarmada.

-Porque no puedo pedirte que te cases conmigo como debería ser.

-Tonto, me habías asustado. -Le golpeó en broma. -Puedes hacerlo ahora.

-¿Qué?

-Pídemelo.

-¿Quieres casarte conmigo? -preguntó sin soltarla.

-Sí. Sí quiero.

Se dieron un largo beso. Ranma volvió a preguntar:

-¿Querías casarte conmigo?

Akane comprendía a qué se refería y respondió.

-Sí, mas que nada.

-No me casé contigo porque me obligaran mis padres. Me casé contigo porque no podía imaginar mi vida sin ti. Y no me arrepiento de haberlo hecho.

-Yo tampoco me arrepiento, Ranma. Me casé contigo porque te quería.

-¿Me querías? ¿A un monstruito como yo?

-No digas eso. Y sí, Ranma, te quiero con maldición y todo. Tú eres tú y te quiero así.

No hizo falta decir nada más. Ranma sabía que Akane hablaba en serio y deseó fundirse con ella para siempre. Recorrió todo su cuerpo con las manos en una amorosa caricia mientras que enterraba la cara en su cuello. El mundo volvió a desaparecer a su alrededor, y ya sólo estaban ellos. Dos. Uno.

Fin.


Por fin. Estoy muy contenta de haberlo terminado y de no haberlo dejado a medio. Espero que os haya gustado, qué digo, espero que os haya emocionado. Para mí ha sido una gozada escribirlo, os puedo asegurar que he puesto toda la carne en el asador, así que aunque no sea del gusto de todos, puedo estar orgullosa de que he dado lo mejor de mí.

A lo mejor algunas cosas no las he sabido expresar bien, si alguien se queda con dudas estaré encantada de responderlas todas.

Infinitas gracias a todos los lectores y todos los reviews que habéis dejado, que me han alegrado el día con cada uno que habéis mandado, que me han alentado una barbaridad y que sin duda tienen la culpa de que me haya esforzado en seguir escribiendo.

Muchas gracias y muchos besos.

Las canciones que cantan Ranma y Akane son de la banda sonora de las películas. "It's Love" él y "Kare" ella.