Disclaimer: Harry Potter pertenece a JKR

Rating: PG – 13

Summary: Historias de amor y desamor dentro y fuera de Hogwarts, en tiempo presente, pasado y futuro. James/Lily, Harry/Ginny, Remus/Tonks, Bill/Fleur, Teddy Lupin/Victoire Weasley, Alice&Frank Longbottom, otros.


Flechazos

Alice Longbottom

El dolor le impide respirar. Cada centímetro de su piel arde con el fuego de la tortura, cada uno de sus huesos parecer retorcerse en agonía. Su cabeza da vueltas y siente ganas de vomitar, la falta de oxígeno hace que su garganta arda y su mente se descalabre, invadida por imágenes inconexas. Alice se aferra a esas imágenes, que traen consigo perfumes y sentimientos de tiempos idos, tiempos más felices, tiempos que están muy lejos del horror que encierra su presente.

Destellos refulgentes en las aguas del lago durante largos paseos tomados de la mano... La calidez de su aliento sobre su piel cuando se inclinaba para susurrarle algo al oído... Su risa elevándose en el cielo como la música discordante de las campanas...

Frank, Frank¿dónde estás¿Por qué no detienes este infierno, por qué no me salvas? Frank¿dónde está nuestro pequeño, qué han hecho con Neville? Por favor, por favor, no dejes que esa perra de Bellatrix Lestrange le ponga las manos encima, por favor, por favor, Frank, Frank, Frank...

Alice tiene quince años, la cara redonda, el pelo corto (nunca tuvo paciencia para cuidar de él), y es algo escueta de estatura, pero está lejos de importarle. Mira con orgullo su reflejo en el espejo, donde se puede ver claramente una insignia plateada destellando sobre su pecho. El trabajo de cuatro años dio finalmente sus frutos y ahora es prefecta de su Casa, uno de los mayores honores a los que un estudiante puede aspirar. Alice mentiría si negara que está complacida, muy complacida consigo misma, pero sólo en momentos como éste, en los que se encuentra completamente sola, se deja ganar por el orgullo. Más tarde vendrán las responsabilidades, las reuniones interminables, las peleas con el conserje, y tal vez también, tristemente, la envidia de alguna que otra de sus compañeras. Pero ahora todo aquello queda muy, muy lejos, y se permite disfrutar este logro.

Alice no es bonita. Su cuerpo no sigue las reglas insoslayables de la moda, su rostro es demasiado aniñado, nunca se toma el tiempo para maquillarse, arreglarse el cabello o buscar elementos de tortura que compriman su cuerpo y le den la forma "correcta". A decir verdad, a Alice nunca le importó demasiado. Aprendió a corta edad que hay otras cosas mucho más importantes que el aspecto físico, que seguir los mandatos de la moda y las convenciones. Ve a sus amigas sufrir por sus cabellos, por su cutis, las ve gastar dinero en productos de belleza y hacer extraños experimentos, sólo para intentar luchar contra la naturaleza, y Alice no puede evitar pensar que es una terrible pérdida de tiempo. Podrían estar estudiando, jugando al Quidditch o simplemente riéndose a carcajadas, sin preocuparse por nada porque tienen quince años y están en Hogwarts, y en cambio sufren por presiones impuestas Merlín sabe por quién.

Alice no es así. Ella es inteligente, lo bastante segura de sí misma para poder reírse de sus propias meteduras de pata, para decir siempre lo que piensa. La vida es demasiado corta para preocuparse por lo que puedan pensar los demás: la única opinión que importa es la tuya y la de tus seres queridos.

Pero aún mientras piensa en ello suelta un suspiro, y en medio de su alegría hay una sombra de tristeza: si tan sólo su madre lo comprendiera, si tan sólo dejara de insistirle para que fuera como las otras chicas, una más del montón, del molde que comprime sus sueños, si pudiera aceptar que Alice no aspira a ser normal sino especial, única... ¿Por qué ser como todas las demás si puede ser como ella misma, por qué conformarse con el promedio, con la mediocridad de no intentar nunca superarse, cuando puede tocar el cielo con los dedos¿Por qué querría ser perfecta, si puede ser extraordinaria?

Es extraño, pero años y años después, cuando ella y su madre casi no se hablan, separadas por el abismo de la incomprensión, la guerra, un abismo que ni la llegada de Neville pudo salvar, Alice aún siente un dolor agudo que poco tiene que ver con las maldiciones, un dolor agudo que le recuerda que su madre nunca la felicitó por su cargo de prefecta.

Su mente se ha convertido en un caos, en un carrusel de recuerdos descontrolados, donde tan pronto aparece en una playa de la mano de su padre a los cuatro años como vestida de novia el día de su boda. Pero algunos de esos recuerdos brillan con más fuerza que otros, y Alice se refugia en ellos porque no tiene ninguna otra forma de escapar.

El otro prefecto de su año se llama Frank Longbottom. Todos, desde el más tímido Hufflepuff de primer año hasta el más arrogante Slytherin de séptimo sabe su nombre. Frank es el capitán estrella del equipo de Quidditch, que le ha hecho ganar a Gryffindor más campeonatos que nadie en años (y conserva el título hasta la llegada de un muchacho de anteojos, cabellos azabaches desordenados y risa fácil), estudiante modelo, carismático, encantador con los profesores y generoso con sus compañeros, y para colmo, bien parecido. Alice no le tiene resentimiento, exactamente, pero tampoco se desmaya al verlo como muchas de sus compañeras. Es un chico como cualquier otro, que a veces hace cosas increíblemente estúpidas sólo para demostrar que es capaz de hacerlas y tiene una memoria espantosa. Es un misterio como alguien tan patológicamente distraído es capaz de sacarse tan buenas notas, sobre todo en Transformaciones, pero en el universo hay muchos enigmas sin explicación y honestamente, Alice tiene cosas más importantes en las que pensar.

No le presta verdadera atención hasta una reunión de prefectos en la que se trata el inminente baile de Navidad. Pese a ser su primer año como prefecta, Alice no tiene problemas en exponer sus ideas. Siempre se le dio bien hablar en público, su padre la educó en las artes de la persuasión y la retórica cuando era pequeña, y tiene la suficiente confianza en sí misma para no echarse atrás. Los demás admiran sus propuestas, pero son complicadas y están todos sobrecargados de trabajo. Alice asegura que ella puede manejarse sola y así termina con más trabajo sobre sus hombros que todos los demás juntos. Frank la mira frunciendo el ceño, como si fuera la primera vez que la viera.

- No podrás hacer todo eso tú sola. Te matarás.

Ella se muerde el labio. Sabe que probablemente él se lo está diciendo con buena intención, pero no puede evitar tomarlo como un desafío.

- Claro que sí. Ya lo verás.

En las semanas siguientes Alice casi no duerme ni come, todas sus energías concentradas en el baile de Navidad... y en demostrarle a Frank Longbottom que puede arreglárselas con la organización de una fiesta ella sola y mantener sus notas tan altas como siempre sin problema. Así, de un modo no oficial, comienza una de las competencias más feroces vistas en las aulas de Hogwarts. Si Frank saca un sobresaliente en Pociones, Alice se pasará toda la tarde repasando sus apuntes para conseguir al día siguiente una felicitación del profesor Slughorn, y hasta en las clases que no comparten ella se preocupa por sacar los mejores resultados. Siempre quiso ser la mejor alumna, pero ahora es diferente: tiene algo que probar y Alice en ello no se diferencia demasiado de Frank. Hay cosas que tiene que hacer por más ridículas que parezcan sólo para demostrar que puede hacerlas.

A Frank la competencia parece más que nada causarle gracia, hasta que empieza a notar las sombras oscuras bajo los ojos de su compañera y la palidez de su piel. Más de una vez se siente tentado de decirle algo, de ofrecerle ayuda, de pedirle que se relaje, pero sabe que eso sólo le dará aliciente para trabajar aún más duro. Es la chica más obstinada que ha conocido nunca y por algún motivo eso le despierta su curiosidad, y tratando de resolver el misterio empieza a pensar en ella a todas horas, incluso durante los sagrados entrenamientos de Quidditch. Nadie comprender qué le sucede al capitán estrella, que de un tiempo a esta parte parece aún más despistado y retraído que nunca, pero el mal humor y la inestabilidad emocional de Alice se vuelven tan evidentes a medida que se acerca la fecha del baile que las extrañezas de Frank pasan casi desapercibidas.

Dos semanas antes del día fatal, Alice se desmaya en medio del Gran Salón. Se despierta en la enfermería, donde la jovencísima Madam Pomfrey, después de obligarla a comer tres platos de comida y darle a beber una poción asquerosa, le echa una bronca de campeonato. Ni McGonagall cuando está enfurecida suena más terrible que la enfermera cuando la amenaza con amarrarla a la cama y forzar la comida por su garganta si se niega a cuidarse un poco más.

Para su sorpresa, su primer visitante no es ninguno de sus amigos más cercanos sino Frank Longbottom, quien parece a medias culpable y preocupado. Hay algo en su tono de voz cuando le pide que no se estrese tanto porque casi lo mata del susto que ablanda el corazón de Alice, y por eso sólo refunfuña un poco cuando él insiste en ayudarla. Juntos el trabajo se hace dos veces más rápido, porque Frank aunque distraído es inteligente y decidido, y Alice se da cuenta de que con nadie ha trabajado tan bien como con él. Una nueva camaradería se forma entre ellos, y cuando ella se estresa demasiado él la hace reír y ella se ocupa de recordarle con una sonrisa las cosas que él permanentemente olvida.

Un día antes del baile, cuando ya está todo casi terminado y el grado de ansiedad de Alice se ha reducido considerablemente, él le pregunta si tiene pareja para el baile. Ella se lo queda mirando, estupefacta. Tan preocupada ha estado por la organización del baile que ni siquiera pensó en que tendría que asistir, y no sólo tiene pareja sino que no ha pensado aún qué se pondrá. No que ese tipo de cosas le preocupen demasiado, pero probablemente su túnica de gala necesite un planchado.

Para su sorpresa, él tartamudea un poco y se rasca la cabeza, nervioso, al preguntarle si quiere ir con él. Ella se queda con la boca abierta. Él parece abatido.

- Mira, si no quieres no hay problema, no me voy a ofender ni nada...

- ¡No! – Él da un respingo y ella misma se sorprende de su vehemencia, pero no tiene tiempo para detenerse a pensar porque las palabras salen de su boca a borbotones antes de que pueda frenarlas – Quiero decir, no, no es eso, para nada, al contrario... Me gustaría, me gustaría ir contigo¿sabes?, sólo que, esteee, como que me tomaste por sorpresa¿sabes? Y, eh, sí, me gustaría.

Él le dedica una sonrisa radiante y ella tiene que agarrarse de una columna porque de pronto sus rodillas parecen gelatina. Si a partir de ese momento empieza a contar los minutos para el baile, se dice a sí misma que es sólo la ansiedad porque todo salga bien después de tanto trabajo, y que no tiene nada que ver con los ojos soñadores o la sonrisa cálida de Frank Longbottom.

Casi, casi se lo cree.

Su memoria es un caleidoscopio confuso de imágenes borrosas, un torbellino de colores, de perfumes desvaídos, la sensación del sol sobre su piel una tarde de verano, la suavidad de la arena bajo sus pies, hay algo roto, hay algo rompiéndose en ella pero no quiere verlo, no quiere y en cambio se aferra a los trozos de vidrio de colores que empiezan a astillarse en su mente en forma de recuerdos perdiéndose por siempre.

Ella tiene diecisiete años y está nerviosa, muy nerviosa, tiene las manos frías y le sudan y es horrible, pero no lo demuestra ni un poco. Frank le sonríe y le aprieta el hombro para darle confianza, y le dice que todo saldrá bien, que la adorarán como él la adora. Pero ellos son horriblemente estrictos y anticuados y se desviven por Frank de un modo que sus propios padres jamás se han desvivido por ella, y tal vez sea Alice el problema, tal vez hay algo en ella que hace que los padres no a quieran, Merlín sabe que bastante poca atención le ponen sus progenitores para que los de Frank...

- No estoy preocupada, Frank – le dice él, casi con indiferencia, pero él la conoce demasiado bien como para tragárselo. Por suerte no dice nada, porque eso sólo conseguiría ponerla aún más nerviosa.

La casa es grande y antigua, el peso de generaciones aplastando los hombros de cualquiera que se atreva a cruzar el umbral. Los Longbottom están sentados muy tiesos frente a ellos, con sus ropas oscuras y sus tazas de finísima porcelana, y Alice tiene pánico de romper algo. Es un mal momento para recordar que siempre ha sido físicamente torpe, cuando hasta el florero más insignificante debe ser una herencia familiar de valor incalculable.

La conversación es tensa y entrecortada, y Alice ahora puede creer que ninguna de las novias anteriores de Frank se atreviera a cruzar el umbral de esa casa por segunda vez. No es que los Longbottom sean desagradables, en absoluto, pero carecen de la calidez de Frank, a quien sin embargo adoran, y parecen juzgar y calibrar cada palabra que ella pronuncia.

El señor Longbottom comenta al pasar sobre una nueva resolución del Ministerio referida a los medios de transporte ahora considerados ilegales, como las alfombras voladoras, y da la casualidad que Alice ha escrito un ensayo sobre ese tema para sus EXTASIS. Antes de poder detenerse, ella empieza a contarle lo que ha escrito, pero su posición sobre el tema es diametralmente opuesta a la del señor Longbottom. Si fuera un poco menos inteligente y un poco más astuta, se daría cuenta que más le valdría callarse la boca o mostrarse de acuerdo con lo que el padre de su novio dice. Pero va contra su naturaleza y no puede frenar el debate hasta haber expuesto sus argumentos y puntos de vista, y tanto la señora Longbottom como Frank la miran con expresión inescrutable mientras la voz del señor Longbottom se vuelve más apasionada.

Finalmente Alice se queda sin aire ni argumentos y calla, y en el silencio que sigue se da cuenta de su metedura de pata. Van a pensar que es una sabelotodo insufrible, probablemente el señor Longbottom esté enojado con ella por contradecirlo, seguro que cree que ella no tiene la madurez o conocimiento para opinar a su mismo nivel y tal vez debería haberse callado aunque fuere por mantener la paz, y ahora ha arruinado cualquier chance que tenía de...

El señor Longbottom se vuelve a mirar a su hijo.

- Bueno, Frank, me alegro que finalmente hayas traído a casa una chica cuya inteligencia está a tu altura... si no es que te pasa, eso es.

Ante la estupefacción de Alice él señor Longbottom le dedica una media sonrisa, y su esposa parece complacida. De un modo extraño ha pasado el examen, y súbitamente la casa no le parece tan lóbrega. Es más, tal vez su aire distinguido y antiguo pueda empezar a agradarle, es un marcado contraste con la casa de sus padres, con sus paredes casi desnudas y pocos recuerdos o tradiciones para llenar el vacío.

Grita, grita tan fuerte que sus cuerdas vocales se desgarran y su garganta quema, grita hasta que su voz se apaga como la llama de un vela, pero el dolor no cede, el dolor aumenta en intensidad hasta que todo se vuelve un fulgor blanco.

De color blanco son las perlas que rodean su cuello, en un finísimo collar que Augusta le da el día de su boda, y hasta Alice es lo suficientemente femenina para darse cuenta que son bellísimas.

- Pertenecieron a mi madre, y a su madre antes que ella – le dice en su habitual tono seco, pero al acomodar el collar sobre su cuello su mano se detiene un momento, casi como una caricia. Los ojos de Alice se llenan de lágrimas.

- No podría aceptar –

- Tonterías, querida, es tuyo por derecho. Siempre quise una niña – agrega en un susurro – No que Frank no sea todo lo que una madre pueda desear pero... – Su mirada se pierde en la distancia y de pronto, Augusta Longbottom no parece una mujer severa, sólo terriblemente triste – Nunca lo conseguí¿sabes? Y siempre, en el fondo, estuve un poco resentida con Dios, supongo, por negarme a mi pequeña... – Parpadea y sus ojos vuelven a enfocarse en Alice, una sonrisa iluminando su rostro – Pero tú estás aquí ahora, Alice, y eres tan querida para mí como si fueras mi hija, así que supongo que Dios escuchó mis plegarias pese a todo.

Alice no puede hablar y en cambio la abraza con fuerza, sin preocuparse por si el vestido se arruina a minutos de la ceremonia. El cariño de Augusta significa más de lo que Alice puede expresar, porque su propia madre nunca pareció preocuparse mucho por ella salvo para señalar porqué no era como las otras chicas. Pero los Longbottom y Frank no quieren que ella sea como todas las demás, quieren que sea extraordinaria y ella no podría quererlos más que en ese momento.

El día más feliz de su vida no es el día de su boda, sin embargo, es el día que después de largo tiempo de espera encuentra al minúsculo, regordete Neville entre sus brazos, y la felicidad la colma hasta el punto que piensa que va a estallar. Frank se ríe a carcajadas, más contento de lo que lo ha visto en mucho tiempo, la profecía y la guerra olvidadas por un momento, y los Longbottom por una vez sonríen de oreja a oreja y empiezan a planear el futuro de su nieto al detalle. Lágrimas de felicidad ruedan por las mejillas de Alice, porque adora cada uno de los cabellos y las uñitas de su pequeño, porque es un milagro y porque Frank está allí con ella y todo saldrá bien.

Y nadie puede quitarle eso, nadie puede arrancarle del pecho el amor desbordante que siente por su familia. Hagan lo que hagan, en su corazón siempre estarán Frank y Neville, su único sostén cuando su mundo se cae a pedazos, cuando su cuerpo es ultrajado, cuando su mente es destruida y traicionada desde adentro y cae a su alrededor la noche más oscura.