Hola! Este es mi primer fic de Sweeney Todd. La verdad no iba a escribir uno, pero las pocas historias que ahi aquí me emocionaron y aquí estoy. Esto se me ocurrió en un momento de delirio, así que no espero que les guste, pero si asi es, espero que dejen reviews.

Bueno, y eso. Disfruten la lectura.

Caminaba con pasos lentos y firmes por los adoquines de los cajellones. No era común ver por esos lugares a muchachas como ella, rubias, de hermosos ojos azules, con vestidos aparatosos y caritas de ángel. Sus delicados labios se curvaban en una sonrisa orgullosa.

Era difícil de creer que con un simple movimiento de caderas los hombres se dejaran engatusar. Con una caricia, o una mirada lasciva, tenías comprado su silencio. Así era como se escapaba hacía un año de la "fortaleza" donde vivía. Paseaba a sus anchas por todo Londres, mirando, observando, conociendo cosas que su tutor no le dejaba saber.

Su tutor. Ja. Si Londres supiera quien era ese hombre realmente, probablemente no saldría vivo de allí. Pero era común que en Londres las cosas aparenten lo que no son. Como ella.

Johana Turpin no era quien todos creían conocer. No. Hace mucho tiempo que ya no era aquella niña inocente, ingenua hasta la estupidez. Había aprendido a crear esa máscara de pureza que mostraba a todos, pero la verdadera Johana se escondía y se mantenía en las sombras.

El odio y el rencor eran algo tan propio y común de ella como la sangre que recorría sus venas. Odiaba a su tutor por las cosas que había hecho, por las cosas que le hizo a ella cuando era tan sólo una pequeña. Deseaba asesinarlo con sus pequeñas y blancas manos. Pero siempre había una sonrisa sínica para él, que estando tan sumido en sus deseos, se la creía.

Le fastidiaba tener que escuchar cada dos por tres que era preciosa. Ella, profundamente, no era preciosa. No era hermosa. Y por lo que le decían, tampoco se podía parecer a su madre. Por ella, se oscurecía el cabello hasta que fuera negro, y se vestiría sólo de gris o colores oscuros. No le apetecía ir caminando por ahí con esos vestidos que su tutor le compraba y obligaba a colocarse.

Sus pasos distraídos y sus divagaciones la habían conducido a una panadería, que por lo que sabía, estaba en bancarrota. Los pasteles que hacía su dueña eran asquerosos, y ya nadie compraba ahí si tenía algo de cordura. Arriba, en el segundo piso, estaba deshabitado, pero se decía que fue una barbería de antaño. Sin embargo, ese día había movimiento en aquella habitación, sombras que se movían con rapidez.

La curiosidad la instó a observar esa barbería por algún tiempo. La noche avanzaba, y la oscuridad comenzaba a invadir las calles. Demasiado tarde. Tendría que irse. Pero Johanna Turpin volvería a la barbería de la Calle Fleet.