Volver a San Mungo siempre le provocaba una sensación de pesar que le daba náuseas. Incluso en un momento feliz, cómo lo era el nacimiento del primer hijo de Ron y Hermione, entrar en el hospital a través del gélido escaparate de la calle de Londres, le inducía un desasosiego que no conseguía calmar. Había pasado demasiados malos ratos allí, demasiadas horas sosteniendo la mano de personas a las que amaba que iban recibiendo una tras otra la noticia de que sus seres queridos, no habían logrado superar los estigmas de la guerra.

Una guerra cruenta y larga. Demasiado larga, que se había llevado tantas vidas por delante que al mundo mágico le había costado mucho tiempo recuperarse del golpe. La sociedad había cambiado por completo y los que quedaron se habían dedicado en cuerpo y alma a ayudar a levantar a aquel mundo al que había salvado corriendo tantos riesgos, incluido el de perder su propia vida.

Pero no había sido así. Él continuaba vivo, y aunque Voldemort había muerto casi al principio, sus seguidores no parecían dispuestos a dejarse vencer tan fácilmente cómo todo el mundo había supuesto. Pelearon por ganar una guerra que todo el mundo pensó que acabaría con la muerte del Señor Tenebroso, pero no fue así. A la muerte de Voldemort siguieron cuatro años de lucha encarnizada, de muertes, sangre y muchísimo sufrimiento que habían dejado el mundo mágico y parte del muggle sumido en un caos silencioso del que todos sabían que costaría muchísimo salir.

Dentro de lo malo, él no había salido tan mal parado. Conservaba el ochenta por ciento de sus amigos, en el que se incluía la gente más preciada por él, como Ron, Hermione, Neville, Ginny y demás gente cercana. No habían corrido la misma suerte los compañeros de Slytherin, que habían visto devastadas sus familias y muchas de sus vidas condenadas al ostracismo por los errores de sus padres e incluso abuelos, o los de Hufflepuff, que contaban con una única superviviente, Hannah Abbott, o los Ravenclaw, que de su curso no quedaba ninguno. Pero bueno, sacudió la cabeza para alejar pensamientos perturbadores, hoy no era un día para contemplar desgracias, y sí el nacimiento de su primer ahijado. Eric Weasley.

Se llevó un shock tremendo cuando un Ron exultante de felicidad le puso aquel bultito adorable en los brazos. Una bolita sonrosada y arrugada con una mata de pelo anaranjado rizado que hacía ruiditos encantadores. No era un bebé guapo, no podía negarlo, pero nunca había visto algo tan tierno en toda su vida. No se esperaba que el hijo de sus amigos pudiera hacerlo sentir tan vulnerable y solo, a la vez que relajado, feliz y con los ojos llorosos. Pasó una tarde agradable en compañía de los recién estrenados papás y el pequeño Eric. Hermione estuvo poco conversadora, pero tras las dieciocho horas de parto, podía perdonárselo. Ron en cambio, no podía cerrar la boca enumerando todas y cada una de las virtudes de su pequeño hijo. Cuando comenzaba a hacerse de noche, decidió dejar tranquila a la pareja, con la promesa de volver al día siguiente con un enorme ramo de flores y una caja de bombones para la cansada mamá.

Caminaba por los pasillos del hospital ausente, con una sonrisa bobalicona en los labios cuando un niño pequeño se estampó contra él y cayó al suelo. Era un niño rubio de enormes ojos azules que apenas habría cumplido los cuatro años. Se agachó a su lado para ver si se había lastimado.

- Hola, ¿te has hecho daño?- El pequeño lo miró haciendo pucheros, tratando de contener las lágrimas más asustado que herido. Asintió con la cabeza mientras le temblaba la barbilla- ¿Dónde?- Se tocó las rodillas y una lágrima resbaló por las redondas mejillas. Harry lo levantó del suelo y lo sentó en una de las sillas de plástico que había en el pasillo. El chiquillo llevaba un peto de pantalón corto de pana gris y una camisa de cuadritos azules. Le frotó las rodillas con las manos- Cura, sana, culito de rana, si no cura hoy, curará mañana.- El niño se rió y Harry le devolvió la sonrisa- Mejor, ¿verdad?- el niño sonrió ampliamente mientras asentía con vigor- ¿Cómo te llamas?

- Julian- lo miró como estudiándolo, como tratando de decidir si Harry era de fiar o no- Me he perdido.- Pareció decidir que sí lo era. Le hizo gracia el curioso acento que tenía el chiquillo, no cómo si no supiese hablar bien todavía, lo que, por lo pequeño que era, parecería lógico, sino cómo si se manejase mejor en otro idioma ajeno al inglés, no tenía muy claro cual.

- Vaya, yo me llamo Harry- Sacudió la pequeña mano entre las suyas, cómo si se tratase de una presentación formal entre dos caballeros- ¿Sabes dónde están tus papás?

- Mi papá está donde cuidan a los niños que están malitos. Están poniendo buena a Juliette- Muy bien, si estaban en Maternidad, Pediatría no podría andar muy lejos. Cogió al niño de la mano y se encaminaron hacia el ala opuesta. Unas puertas abatibles al final del pasillo le indicaron que estaban llegando.- ¿Tú eres un papá?

- No- rió- yo no soy un papá- admitió con un poco de tristeza. Todavía no había encontrado con quien formar una familia, aunque era un tema que le obsesionaba.

- ¿Entonces qué haces aquí?- Los niños pequeños siempre tan curiosos e indiscretos, pensó divertido.- ¿Estás malito?

- He venido a conocer al bebé de unos amigos míos, que acaba de nacer.- Explicó mientras miraba el rostro pensativo del pequeño, que tenía unos espectaculares ojos azules bordeados de tupidas pestañas castañas.

- Yo no tengo mamá- dijo el niño de pronto mirando al suelo. Harry tragó saliva.

- Yo tampoco- su voz sonó ligeramente quebrada. Pobre chiquillo, no tener mamá era para Harry una de las cosas más horribles que le podían pasar a un niño. Aunque Julian al menos tenía un padre que seguramente lo quería y una hermanita. Él había estado solo, abandonado en una casa de bestias salvajes que se alegró enormemente de no tener que volver a pisar en toda su vida.

Caminaron en silencio hasta que llegaron a una sala de espera pequeña y menos lúgubre, con las paredes pintadas en tonos pastel, libros infantiles en lugar de las típicas revistas en las mesillas bajas y juguetes en un baúl. Habían llegado a Pediatría. No había nadie allí sentado, aunque sí una bolsa blanca y azul con ositos bordados y un libro encima de una silla. Julian se soltó de la mano de Harry y corrió hasta la bolsa. Supuso que sería suya, dado que la abrió y rebuscó en ella hasta encontrar un libro, que enseguida se sentó a mirar. Tomó asiento junto al niño a la espera de que llegara el padre, seguramente en alguna habitación con la hija.

- No sé cómo ha podido suceder- se lamentó la voz de una mujer desde el pasillo, pasados unos minutos. - De verdad que lo estaba vigilando, pero…se escurrió…

- ¿No entiende que yo no puedo estar ahora mismo en todo?- la voz de un hombre sonaba cansada y preocupada mientras avanzaba por el pasillo- No es tan difícil, Julian es un poco movido, pero no es tan complicado vigilarlo. ¿No cree que ya tengo suficiente con preocuparme por Juliette?

- Lo siento muchísimo, de verdad…- Continuaba lamentándose la voz de mujer. Julian había alzado la cabeza del libro de cuentos que estaba mirando.

- ¡¡Papá!!- tiró el libro al suelo y corrió en dirección a la voz.

- ¡Oh, Julian!, gracias a todos los dioses, ¿dónde te habías metido?- Por el pasillo apareció la figura de una sanadora y de un hombre alto y rubio que cargaba con el niño en brazos. Harry se puso en pie casi sin darse cuenta. Hacía muchísimo tiempo que no veía aquel color de cabello.- No sabes cómo me has asustado, hijo, hay cosas muy peligrosas en el hospital- besó la cabecita del niño que se ocultaba en el cuello de su padre, avergonzado.- ¿Qué? ¿Quién?- Julian lo señaló y las tres cabezas se giraron para mirarlo.

- Lo encontré en Maternidad y me dijo que se había perdido, asi que lo traje de vuelta.- Malfoy se acercó hacia él.

- Potter…- se examinaron con la mirada, reconociéndose a través de los cambios que los años les habían dado. Le tendió la mano y Malfoy respondió con un apretón- Gracias.

- No hay de qué, Malfoy- sonrió con franqueza.- No sabía que tenías hijos.- comentó con cordialidad.

- Ya…, poca gente lo sabe- abrazó con más fuerza al niño- Volvimos hace ocho meses de Francia y no hemos salido mucho.

- Bueno, enhorabuena, es un niño muy despierto- le revolvió el pelo a Julian, sorprendido del cansancio y temor plasmados en la voz de Malfoy- Tengo que marcharme ya. Adiós, Julian, encantado de conocerte.

- Aun no conoces a Juliette.- Dijo el niño mirando a su padre, como pidiéndole permiso para que aquel señor tan simpático que lo había rescatado conociese también a su hermanita.

- Ya, pero otro día, ¿vale?- contestó al ver el rostro contrariado de Malfoy. Le guiñó el ojo y sonrió- Ahora querréis estar con ella tu papá y tú, ¿verdad?- Se despidieron con otro apretón de manos, tragando saliva ante el rictus amargo que curvó los labios del otro hombre, y se marchó.

De camino a casa paró en Tesco para comprar algo de comida. Acababa de volver de sus vacaciones, y en la nevera no había más que un limón viejo, un yogur caducado y fiambreras con comida casera congelada "made in Molly Weasley". Pero no podía depender para siempre de la amabilidad y caridad de la Sra. Weasley, que aunque tuviera 35 años, un trabajo estable y supiese de sobra cómo cuidar de sí mismo, lo continuaba viendo como un pobre chiquillo desvalido al que sus desaprensivos parientes muggles hacían pasar hambre.

A pesar de la posibilidad de poder aparecerse directamente en su salón, Harry prefería hacer las cosas un poco "a lo muggle". Coger el metro, el autobús o ir simplemente caminando hasta los sitios, abrir la puerta con las llaves, pelar las patatas, abrir los paquetes… La magia era importante en su vida, no iba a negarlo, pero el dejar la varita sobre la cómoda del salón en lugar de en su bolsillo, le permitía disfrutar de una vida tranquila, de vivir como una persona normal de 35 años tras pasar siete años de su vida durmiendo en intervalos de tres horas y con la varita en la mano. Dejó las bolsas de la compra en la encimera de la cocina y subió las escaleras para desvestirse en el dormitorio.

Tras una cena frugal, sandwich de pavo, ensalada y una cerveza, se sentó a ver un rato la televisión, pero su mente volvía una y otra vez a San Mungo. ¿Cómo era posible que no hubiese sido capaz, en tantísimos años desde que acabó la guerra y pudo plantearse la posibilidad de un futuro, de encontrar a alguien con quien formar una familia? Ron y Hermione habían formado una, que estaba comenzando a agrandarse. Ginny también había encontrado a alguien; de sus amigos únicamente Seamus continuaba soltero. Incluso Malfoy había encontrado a alguien con quien estar y tener dos hijos, aunque ahora fuese viudo.

Rememoró la sensación de sostener al pequeño Eric en brazos, el sentimiento de calidez que lo había invadido, como si se le hinchase el pecho. Le hizo pensar que si se sentía tan bien sosteniendo al hijo de sus amigos, ¿no sería maravilloso si el niño fuera propio? Suspiró, había estado con tanta gente… ¿de verdad ninguno era la persona adecuada con la que pasar el resto de sus días? Había probado con hombres y con mujeres, y sólo durante un corto periodo de tiempo pensó que había encontrado a su media naranja.

Conoció a Tatum mientras ella estudiaba Medicina en Cambridge. Y fue por simple casualidad. Él estaba tomándose una pinta en un pub con sus compañeros de Historia del Arte, cuando una chica morena se acercó a él y le preguntó:

- Perdona, eres Harry Potter, ¿verdad?- él se la quedó mirando, ya que no la conocía de nada, ni siquiera le sonaba su cara de las clases, pero cuando vio que los ojos de ella buscaban en su frente la cicatriz que lo hacía mundialmente reconocido, resopló y le contestó con curiosidad que sí, y que cómo lo había reconocido. Ella se presentó como Tatum Blythe y le dijo que hacía semanas que lo había visto y que quería preguntarle si realmente era él, pero que no se había atrevido. Sus compañeros comenzaron a silbarle y a soltar groserías, así que se levantó y le preguntó si quería salir fuera. Aquello sólo acarreó más burlas, pero le importó un knut, quería saber de qué lo conocía aquella chica, que no le sonaba de absolutamente nada, a pesar de que si era una bruja, deberían de haber coincidido en Hogwarts, ya que no podían llevarse muchos años.

- ¿Cómo sabes quién soy?-preguntó sin titubeos mientras se arreglaba la bufanda, ya fuera del pub.

- Mis padres son magos- dijo ella sonriendo- Yo no- aclaró.

- Lo siento- tenía que ser muchísimo peor descubrir que no podías hacer magia, cuando todos en tu familia lo hacían, a que te llegase un buen día una carta diciéndote que eras un mago, cuando toda tu familia considera la magia como "tonterías".

- Bah, a mi me da igual- se encogió ella de hombros- Mis padres fueron bastante comprensivos, ya que no es para nada culpa mía- Paseaban por las calles de la ciudad mientras iba atardeciendo. Harry se sintió inmediatamente más cómodo con ella de lo que se había sentido en los dos años que llevaba en la Universidad con sus compañeros de clase, quizá porque con ella, a pesar de no conocerla de nada, no tenía que ocultar ninguna faceta de sí mismo- Se apuntaron al grupo de apoyo de padres de squibs, y bueno…hacíamos cursos, y nos enseñaban cómo hacer las cosas "a lo muggle".

Le contó que había escuelas especializadas por todo el mundo en las que se impartía el mismo temario que en las escuelas muggles, además de Historia de la Magia y Estudios Muggles, para que conociesen el mundo al que realmente pertenecían. Ella estaba estudiando Medicina y quería ser Pediatra. Tenía un par de años menos que él, pero estaba casi terminando la carrera, ya que a los dieciocho años había entrado en la universidad, mientras que él no había podido empezar a estudiar Historia del Arte hasta los 22. Entre la guerra, sacarse los EXTASIS y hacer un curso puente de dos años para poder presentarse a la prueba de acceso de la Universidad, solicitar la plaza y todo el papeleo, había pasado mucho tiempo.

Se hicieron amigos en el acto, en parte por la propia simpatía de la chica pero sobretodo porque le recordaba vivamente a Hermione y la echaba de menos. Pronto se convirtió en asidua de las fiestas de la clase de Harry, y él en asiduo de las fiestas de Medicina. Empezar a salir fue un mero trámite e incluso vivieron juntos más de un año. Pero cuando Tatum terminó la carrera y comenzó la residencia en el Bristol Royal Hospital for Children, se dieron cuenta de que por mucho que congeniaran y lo pasaran bien juntos, no había amor entre ellos que superase la distancia y las largas guardias, incompatibles con las horas de estudio de Harry. Así que como buenos amigos que eran, pasaron página, Tatum recogió sus cosas y se marchó. Todavía quedaban de vez en cuando, e incluso ella lo invitó a su boda con un médico de renombre.

Ahora hacía un par de años que no se veían. Él había estado bastante liado con la apertura de su Galería de Arte con Howard, un amigo de Cambridge, y cuando comenzó a funcionar como tocaba y pudieron contratar a alguien fiable para delegar durante un tiempo, se había marchado de vacaciones, por primera vez en su vida.

Recogió el plato de la cena y se lamentó una vez más de su soledad. Bueno, igual estaba destinado a estar solo, tampoco es como si no pudiera estar acompañado de vez en cuando, el único problema era que él quería estar acompañado siempre, y las últimas parejas que había tenido, no sabía por qué, pero no terminaban de cuajar. Resopló tirado en la cama, con la vista fija en el techo de un blanco impoluto. Por los ventanales que daban luz a su habitación observó que finas gotas de lluvia comenzaban a caer. ¿Siempre tenía que ser todo tan complicado para él?

Recordó el rostro del hijo de Malfoy, el modo en el que había escondido la cara en el hueco del hombro de su padre y supo que era eso lo que él quería. Lo que siempre había querido, al fin y al cabo, que era simple y llanamente lo que nunca había tenido. Una familia.

--------------------------------------------------------------------------------------

Draco Malfoy había nacido para tener mala suerte. O al menos, eso era de lo que él estaba convencido. También era cierto que en sus 35 años de vida, esta no le había dado más que motivos para pensar que realmente era así.

De acuerdo, tenía que reconocer que su infancia no había sido demasiado mala; quizá no había pasado tanto tiempo con sus padres como un hijo único hubiese deseado pero sabía que le querían y que era su tesoro más preciado. Al fin y al cabo, tenía todo lo que un niño mago podía desear: juguetes, atención y una excelente educación.

La entrada en la adolescencia fue el comienzo de todos sus males, y siempre recordaría los dieciséis años como la época negra de su vida. O el principio de ella, ya que aunque durante un tiempo creyó salir de allí, descubrió, junto con el cadáver de su esposa Gabrielle estampado en el suelo de la Place des Vosges, que la mala suerte nunca lo había abandonado.

Contempló el plácido rostro de su hijo, durmiendo como si nada ocurriese en una camita improvisada en la sala de espera infantil de San Mungo. Ojalá él pudiese despreocuparse del mismo modo, ojalá pudiese dejar de pensar en que estaban perdiendo también a Juliette. ¿Qué había hecho mal? Como esposo y como padre se sentía fracasado. Como esposo, por no haberse dado cuenta de que Gabrielle no estaba bien, de que se sentía triste, o que le sobrepasaba la responsabilidad de tener dos niños a los que cuidar. Y como padre porque no sabía cuidar de sus hijos, hasta el punto de que Juliette se había puesto gravemente enferma y él ni siquiera se había dado cuenta de ello.

Cerró los ojos, esperando que terminasen de visitarla los sanadores. Pensó que volviendo a Inglaterra las cosas irían mejor, que se acabarían los problemas y que podría olvidarse de que Gabrielle había decidido abandonarlos. Claro, que siempre que cambiaba de país parecía que todo iba a ir mejor y al final las cosas empeoraban de un modo horrible.

Cuando llegó a París en agosto de 1997 acompañado de su madre tenía por delante un arduo camino para deshacerse de la etiqueta "hijo de Lucius Malfoy" si quería abrirse paso en el mundo social y laboral mágico francés. Por suerte, su prima Gabrielle fue un apoyo constante, una chica de su edad afín a él, con la que salir por ahí, que pronto le presentó a sus amigos. Y para qué negarlo, París invitaba a relajarse y disfrutar de la vida. Y cómo la guerra allí sólo era conocida por los partes de radio y las publicaciones en los diarios, tampoco tenía de qué preocuparse.

Hasta que terminó su educación en Beauxbatons, tres años después de llegar a París, vivió con su madre en un ático del Marais. Al terminar la guerra, ella decidió volver a Inglaterra, porque no soportaba el carácter francés, y porque en el fondo, aunque no quisiese reconocerlo, echaba de menos su casa. Se quedó solo, a mitad de sus estudios de Ciencias Políticas en la Université de Sciences Sociales Magiques. Terminó la carrera graduándose Magna Cum Laude, cosa que le costó cinco largos años de noches en vela y sin vacaciones. Antes de ponerse a trabajar hizo un master de Diplomacia en La Sorbonne y luego solicitó un puesto en el Département de Coopération Magique Internationale del Ministerio de Magia Francés, que obviamente, le fue concedido al instante.

Poco después de licenciarse se marchó de vacaciones con Gabrielle y la gruesa pandilla de amigos que habían reunido entre los dos. Eran sobre todo amigos de ella que lo habían adoptado dentro del grupo y cuatro compañeros de la carrera, Ségolène Grisolette, Bernard Hennequin, Rose de Pauillac y Syrah Pahlavi. Estuvieron un mes en Sennecé lès Mâcon alojados en una maravillosa casa rural.

Fue durante ese mes cuando se dio cuenta de que sentía algo muy especial por Gabrielle. Cosas que antes consideraba que la hacían un poco vulgar, le daban ahora un halo de misterio y exotismo que lo volvían loco. El pelo que siempre había visto demasiado largo y que debería recogérselo con un poco más de gracia, de pronto se encontró pensando en que la hacían parecer una ninfa, la voz rota y áspera por la cantidad de cigarrillos que fumaba, había cambiado para ser acariciante y grave que le calaba en lo más hondo del corazón. Y así podría seguir hasta el infinito.

Una noche estaban los dos solos en el balcón, hablando tranquilamente, iluminados tenuemente por la luna llena. Habían bebido bastante vino de Bourgogne. El resto ya se había acostado, pero ellos se quedaron rememorando anécdotas familiares. La risa murió en los labios de Draco tras varios minutos de carcajadas rememorando a Lucius intentado maldecir a unas ocas que no lo dejaban atravesar la granja en la que vivían sus tíos cuando Gabrielle era pequeña, antes de que empezase a ir a Beauxbatons. La miró, la luz plateada recortaba su perfil melancólico contra el cielo añil cuajado de estrellas. Se le cortó la respiración. Ella exhaló una bocanada de humo y se giró para mirarlo. Sonrió.

- ¿Recuerdas cuando de pequeños decíamos que éramos novios?- Ella se rió divertida, pero Draco no pudo seguirla. Aquella conversación lo ponía nervioso y un nudo comenzaba a apretarse en su estómago- Jugábamos a que estábamos casados…

- Sí, me acuerdo- dejó de mirarla y dirigió su vista a los campos que se extendían ante la casa, tratando de ocultar su turbación de la escrutadora mirada de su prima.

- Las cosas han cambiado muchísimo desde que éramos pequeños…- apagó el cigarrillo en la balaustrada de piedra.- Creíamos que el mundo sería nuestro, que ser feliz sería fácil.

- Pero no es tan fácil- contestó pensando en si alguna vez sería capaz de decirle que estaba enamorado de ella, que le encantaba el modo en que susurraba la letra de las canciones, en que las palabras se formaban en su boca…estuvieron un rato en silencio, hasta que ella le puso una mano en el brazo. Se giró para mirarla y se perdió en sus ojos azules.

- Me han dicho que estás enamorado de mí- abrió los ojos con terror al saberse descubierto- ¿Es verdad?- Asintió, incapaz de mentir. No esperaba que ella fuese a enterarse.

- ¿Cómo…?- atinó a preguntar- ¿Quién...?- Bernard y Ségolène…hacía unos días que les había contado su secreto, y no habían podido callarse. Y la verdad es que no sabía si maldecirlos o darles las gracias por ahorrarle el mal trago.

- Fue anoche, hacía rato que ya os habíais acostado todos. Estaba aquí sentada con la guitarra y Bernard me lo dijo.- Se acercó a él y le retiró el pelo de la cara- Yo no sé si te quiero, pero…me gustas bastante, podríamos intentar estar juntos. Si quieres, claro.- Pues claro que quería. Cerró la distancia que los separaba y la besó por primera vez.

Y así habían empezado a salir juntos. Después de un año trabajando en el Département de Coopération Magique Internationale del Ministerio de Magia Francés, le pidió que se uniera a él, que formalizaran su relación de algún modo. Dijo que sí, contra todo pronóstico, ya que Draco esperaba que se negase alegando la pérdida de su libertad, y con una ceremonia sencilla a la que sólo asistieron familiares y amigos, se unió a la única mujer que había amado. Y creyó haber alcanzado la felicidad de una vez por todas.

Y desde hacía casi un año pensaba que nunca jamás podría volver a ser feliz. Nunca. No podría olvidar que Gabrielle se había tirado por la ventana sin motivo aparente, que los había abandonado a su suerte, a él, y a sus hijos de tres años. Que llevaba sin dormir una noche entera desde aquel día. El momento más duro fue decirles a los niños que su mamman se había marchado y no volvería. El corazón se le congeló cuando Juliette le dijo a Julian, que insistía que no era cierto y que ella volvería, que era verdad, que ella la había visto irse por la ventana.

Se había refugiado en los niños para no morirse de tristeza, rabia y dolor. Lo peor era que en el fondo siempre había sabido que ella no lo quería. Sí, estaba claro que le tenía cariño, que lo consideraba un amigo muy especial, pero jamás le había dicho que lo amaba y ahora él sabía que era cierto, que no lo había querido nunca, ni a él ni a los niños. Gabrielle era un espíritu libre, que necesitaba gozar de libertad absoluta y espacio, y que cuando se sintió agobiada salió por dónde consideró más fácil.

Y ahora él estaba sólo ante la extraña enfermedad de Juliette, que no pintaba con mejorar de ningún modo. ¿Qué haría si la pequeña se moría? ¿Si su nenita preciosa, su princesa, su tesoro lo abandonara? ¿Cómo lo iba a encarar? ¿Y Julian? Todo le llevaba a preguntarse si el universo estaba haciéndole pagar los crímenes de su padre. No era justo, él nunca había hecho nada malo después de sexto curso. Hasta Potter, paladín de los dioses, lo había perdonado y le había brindado la oportunidad de una nueva vida. ¿Por qué él no podía ser feliz? Sólo quería una cosa en la vida, lo demás no importaba. Él había soñado una familia, una pareja que lo quisiera, apoyase y confiara en él, que lo respetase y lo amase y unos hijos maravillosos a quienes educarían lo mejor que supieran. Sólo quería vivir tranquilo en su casa, sintiéndose querido y a salvo. Había pensado que ya lo había logrado, y luego las circunstancias le arrebataron su felicidad. ¿Volvería a encontrarla?