Lo intenta, día y noche sin parar y vuelta al día. Se escurre entre los quehaceres diarios y pasa de puntillas por las rutinas aprendidas de cada día desde el primero, se envuelve en su capa negra de tela suave y dura al mismo tiempo hasta que solo se puede distinguir por debajo del sombrero la verde punta de su nariz y la determinación de su mirada.

Camina hacia el bosque sin tregua, paso, a paso, a paso, hasta que el tronco de los árboles se convierte en el horizonte de los cuatro puntos cardinales y se deja caer de rodillas sobre el suelo embarrado como si el alma le pesase con el cansancio de mil días y más.

Fiyero la sigue de puntillas, se eleva sin mucho esfuerzo sobre las ramas y las hojas sin hacer apenas ruido y se encarama en un árbol musgoso no demasiado lejano, mientras, el viento ulula entre los huecos de su paja y Elphaba abre su cuaderno de recuerdos y esperanzas. Así es cada día, así ha sido cada día desde el primero.

A veces cae la madrugada, a veces se levanta la mañana, la tarde siempre se arrodilla a su alrededor y Elphaba agita sus manos en un baile delicado y maravilloso, con el ceño ligeramente fruncido y los primeros copos de nieve cayendo cautos y temerosos sobre sus recias ropas.

El agua recién derretida le cala la ropa a Fiyero y sus miembros amarillentos se vuelven flexibles y silenciosos, sin chasquidos inoportunos y escucha las palabras de ella, palabras suaves y rasgadas, fuertes y melodiosas nadando entre las estrellas y la hojarasca como si fuesen el material con el que la Diosa creó la brisa marina y a él ni siquiera le importa que sus brazos y piernas se vuelvan pesados con la humedad y sus movimientos torpes e incómodos. No se mueve, solo la observa, como cada día, como cada día desde el primero.

Se enamora de ella. Otra vez, cada vez. Siempre. Su piel del color de la hierba recién cortada brilla entre la espesura del bosque jugando a juegos de verdes luces y negras sombras y sus ojos brillan cuando comienza de nuevo el conjuro como si fuese la más grande de las mujeres que jamás pisó todas las tierras de Oz. Fiyero no duda que lo es y le gustaría poder abrazarla con sus brazos hechos de briznas y convencerla de que está bien, de que no necesita ningún conjuro, de que algo que comer por el día y a ella para hundir la nariz en su pelo por las noches es todo lo que quiere, es todo lo que necesita.

Cuando el enésimo conjuro del día tampoco funciona Elphaba agacha la cabeza y oculta las lágrimas y a Fiyero le gustaría volver a ser humano por unos minutos solo para poder quitarla el frío con su calor, pero en lugar de eso, el corazón que no tiene deja de latirle donde quiera que esté y sabe que debe volver a casa antes que ella y estar allí para acariciarla el pelo cuando el cansancio por fin gane inevitablemente la batalla, como cada día desde el primero.

Se levanta de madrugada y enciende la chimenea hasta que la paja seca de su cuerpo se reseca y chasca con cada movimiento y entonces se sienta a verla dormir antes de volverse a meter en la cama para que la casa esté caliente cuando ella se levante antes de la salida del sol y escape a la espesura del bosque como cada día, pero ese día es diferente, es diferente a todos los otros días que han pasado desde el primero; el aire de la pequeña cabaña se resiste a calentarse y doblegarse al poder calorífico de la lumbre así que Fiyero no se vuelve a acostar y Elphaba duerme hasta tarde enterrada entre mantas pesadas que huelen a leña y almohadas de pluma que huelen a primavera.

El sol ilumina la neblina que deja atrás la madrugada cuando Elphaba se despierta, el pelo largo, suelto, ondulado por la humedad en semibucles azabache que la hacen parecer más joven de lo que nunca ha sido. Sonríe. Sonríe como si estuviesen de nuevo en la biblioteca y Fiyero la hubiese convencido una vez más para saltarse las clases de "Historia de la Hechicería" a cambio de un par de dulces de calabaza y la promesa de leer algo más ameno que los gruesos libros de texto a la sombra de un árbol del patio.

-Yero, mi dulce Yero- dice, y a él se le corta la respiración que hace tiempo que no tiene y se le calienta el alma con cada sílaba

Le besa la mejilla, le abraza fuerte entre sus brazos enfundados en tela negra, como si fuese a ser el último día de sus vidas, como si fuese a ser el primero. Coge su escoba y deja colgada su bandolera. Se ríe tímida cuando Fiyero la mira con curiosidad y solo dice "hoy no lo necesitaré, sé lo que tengo que hacer" antes de salir de la cabaña dando pequeños saltitos que hacen que su pelo juegue con el viento y su capa haga formas sinuosas y divertidas entre los árboles.

Esta vez Fiyero no la sigue, prefiere quedarse en la cabaña, recogiendo y limpiando, preparando los ungüentos curativos para Animales de los que siempre tienen la despensa repleta y recordando, recordando todos los días que han pasado juntos, todos y cada uno de los días desde el primero.

Es casi medio día cuando llaman a la puerta y la abre distraído, absorto en su mundo de recuerdos, mirando más allá del umbral con los ojos del pasado.

-Perdone señor, no quisiera molestarle- al otro lado de la puerta un Topo vestido de campesino y con un viejo sombrero en la mano parece luchar por encontrar las palabras – me han dado esta dirección pero… - duda, le mira de arriba abajo y agacha la cabeza- obviamente me he equivocado, buenos días, no le molesto más.

Fiyero sonríe cansado. Y abre más la puerta y le invita a pasar con un gesto tácito – busques lo que busques, es aquí – le dice al Topo con cierta simpatía.

Cierra la puerta a su paso y pone agua a calentar para poder hacer una infusión de valeriana si fuese necesario mientras el Animal mira al suelo y juguetea nervioso con el sombrero.

-¿En que puedo ayudarte? – le pregunta mientras mira de reojo el reloj de la pared y calcula el tiempo que le queda a Elphaba para volver. El Animal no parece herido y para cuestiones más complicadas ella suele ser la más indicada.

-No se ofenda, Señor – dice el Topo con voz baja y dubitativa- pero… esperaba encontrarme con un Espantapájaros.

El tiempo se para sin previo aviso y los oídos de Fiyero se llenan de silencio y incertidumbre. No se atreve a bajar la vista para mirar sus propias manos, no se atreve a tocarse el pecho para comprobar si siente un latido por debajo de la ropa y de repente siente más miedo del que nunca ha sentido en su vida. Miedo a que sea verdad, miedo a que no lo sea, miedo a desear algo que está fuera de su alcance… miedo.

Abre la puerta de la cabaña mirando al horizonte, ignorando el sonido pesado de sus pisadas sobre el ramaje seco que cubre el suelo marrón mientras se inunda de sueños y una esperanza incierta le cala hasta los huesos que no sabe si tiene.

Cada vez más cerca, pisada a pisada, el miedo se convierte en impaciencia y se desliza entre la estela de aire y hojas rotas que va dejando a su paso cuando corre.

Zass, Zass, como una estela de aire…

Esquiva los troncos de los árboles y las rocas del suelo con la maestría de quién se ha aprendido el camino con algo más instintivo que la memoria y para en seco cuando la ve. Está de espaldas a él, con la capa ondeando al viento y el sombrero apartándole el pelo de la cara sujeto por una mano, mirando hacia arriba, mirando directamente al sol como retándole a ver quién se queda antes ciego de mirar a quién, quién es más brillante, si él en el cielo o ella en la tierra.

-Elphaba -apenas se atreve a hablar su voz le suena extraña, le suena igual que siempre.

Se da la vuelta, despacio, como si fuese el mundo el que girase a su alrededor y le costase mover los engranajes, y le sonríe, con esa sonrisa de estudiante idealista que daría la vida por mantener siempre en su cara.

Se acerca a ella, despacio, cambiando el horizonte por sus ojos - ¿Qué ves? – le pregunta cuando están a solo dos pasos y millones de suspiros de distancia y ella sonríe más, sonríe como nunca antes la ha visto sonreír y está seguro de que está cegando al Sol.

-Te veo a ti- le dice, y se da cuenta. Se da cuenta de que esa era la única respuesta que necesitaba, la única respuesta que nunca había querido y que lo que pueda ver en el espejo cada mañana no es más que una imagen.

La abraza. Cierra los ojos y con una zancada enorme la abraza con cada molécula de su ser, sea el ser que sea, y hunde la nariz entre su pelo y aspira el perfume de los misterios del universo que desprende su cuello justo debajo de la oreja. No es hasta dos minutos después que lo nota; el calor que irradia, primero, el soniso acompasado de dos corazones latiendo casi al unísono después.

Abre los ojos y ve sus manos, humanas, enormes, suyas, rodeándola la cintura y nota sus lágrimas, húmedas, saladas, templadas, resbalando por la mejilla y llena su pecho de aire apreciando cada respiración, movimiento contra movimiento contra las respiraciones de Elphaba.

El bosque parece inmenso a su alrededor, parado, silencioso. El mundo parece un lugar diminuto, lleno de espejos de feriantes caleidoscopios que confunden a los necios.

Ellos. Son solamento ellos, abrazados, juntos y el Universo no puede contenerlos. La poderosa Bruja y el Príncipe encantado, unidos, siempre. Como cada día. Cada día desde el primero.