Este es el II y último capítulo de este minific.

Yo feliz recibo sus comentarios... :)

"Me ha herido"

"Partióme a sangre fría el corazón"

Sonreía, tal como había estado sonriendo los últimos tres meses, pero esta vez la comisura de sus labios no llegaban casi a sus orejas como días anteriores, no, ese día Sirius Black sentía que algo andaba mal, que algo le sucedía a su chica.

La noche anterior, cinco minutos pasada las siete de la tarde, Eileen había dejado ver sus finas facciones tras una armadura oxidada que adornaba el oscuro pasillo de siempre. Sirius, que la sintió venir aún antes de lo que ella creía, la recibió con uno de esos besos apasionados que a cualquier chica enamorada, o sólo encaprichada, le habría robado la inspiración, pero ella no se dejó llevar tal como siempre lo hacía y se limito a devolverle uno de esos besos castos... como un simple roce de labios.

A él le pareció extraño, pero las mujeres eran extrañas de por sí e intentó no tomarle mayor peso. Lo que de verdad le había inquietado fueron los temas que ella propuso hablar y las evasivas con las que respondió cuando él le propuso escaparse juntos y resguardarse en "El templo del Amor". También le pareció anómalo las muchas veces que le repitió cuanto lo amaba con un dejo tiriton en su voz suave y la forma en que lo acariciaba, con fuerza y rabia.

Se despidieron pasada las ocho y media y cada uno tomó el acostumbrado camino a su Sala Común, pero Sirius no dejó de sentir un nudo de su garganta al revivir en su mente el último "Te Amo" que escuchó de sus labios.

Estaba sentado en el Gran Comedor, con su vista clavada en la mesa de las serpientes. James a su lado comía con un apetito voraz y tragaba como energúmeno cualquier plato de cereales o panquecas con caramelo que alguien dejaba frente a su nariz.

"Buenos días" saludó Lily, sentándose frente a su novio con una sonrisa pícara en sus labios. La noche anterior James no había llegado a dormir.

"Buenos días leoncita..." le respondió él con un tono burlón, que hizo que ella se sonrojara hasta volverse del mismo color de su impecable cabello.

Pero Sirius Black no escuchaba la conversación que se llevaba a cabo junto a él, porque estaba preocupado. Le preocupaba ver que su chica aún no aparecía y que su puesto, al extremo de la mesa de las serpientes, se hayaba vacío como si nunca alguien se sentara en él.

James, que no pasó por alto la intensa mirada plateada de su amigo hacia el otro extremo del Gran Comedor, le dió una palmada en su espalda y le comentó con una gran sonrisa.

"Quizás tenía tarea atrasada, por eso no llega"

"¿Quién?" preguntó Peter en ese momento, con sus regordetes cachetes repletos de cereales con leche "¿Alguien nos mandó tarea?" volvió a preguntar, con un notable gesto de preocupación en sus pequeños ojos oscuros.

Sirius no se molestó en responder y asintió con pesar a James, que tampoco había tomado mayor atención a la pregunta de Peter.

"Sí, colagusano, Slugohorn mandó una tarea gigante... ¡casi como veinte pergaminos acerca de la poción multijugos y sus efectos!, ¿no la tienes lista?" le respondió James, con esa mirada de erudito que ponía cuando hablaba de estrategias de Quidditch "uno que estará castigado por todo el último mes de clases..." murmuró divertido, ante la cara desfigurada de Peter que no podía creer su tan mala suerte.

"Ya es hora..." interrumpió Remus la conversación, poniéndose de pie serio y con un grueso libro bajo su brazo "... y Peter, James te está fastidiando. No hay tarea"

Peter pareció respirar otra vez y James reventó en una sonora carcajada que llamó la atención incluso de Sirius que aún tenía la esperanza de ver a su novia entrar por la gran puerta de roble en cualquier momento.

Los cuatro chicos siguieron a Remus y caminaron saludando a los conocidos hasta llegar a la lúgubre sala de Pociones.

James se sentó junto a Sirius en uno de los bancos de atrás, el mismo puesto que utilizaban desde primer año, y Remus junto a Peter se sentaron en primera fila, tal como ellos se ubicaban desde que sentarse atrás había significado varios puntos menos para Gryffindor y un incontable cansancio para Remus que debía pasar la hora evitando que James y Sirius prosiguiera con sus bromas hacia el pobre de Colagusano, que creía cada una de las cosas que le decían.

Sirius posó sus ojos en el úmbral de la puerta y esperó...

Esperó a que en cualquier minuto Eileen entrara con su caminar altivo y elegante y se sentara en primera fila, justo a un lado de Remus, sólo dedicándole una mirada que no era tan fría como las que le dedicaba al resto de los alumnos...

Esperó que respondiera con su voz suave y tersa la mayoría de las preguntas que el profesor haría y que sabía que sólo ella sería capaz de responder...

Esperó que su corazón volviera a latir con normalidad una vez que ella se levantara de su pupitre y, sin observarlo, se reuniera con alguna de las chicas Slytherin de la clase y desapareciera para caminar hacia Encantamientos, sabiendo que él la estaría observando aún sin pararse de su puesto.

Pero Sirius sólo esperó y la chica no apareció durante la larga e interminable hora en que Slugohorn explicó algo que él no comprendió. Ahora estaba formalmente preocupado y tenía sospechas de que Eileen debía estar muy mal para faltar a clases y no mandarle una nota advirtiéndoselo.

El resto del día pareció pasar como horas muertas sobre sus ojos, nisiquiera aceptó la invitación de James para distraerse y relajarse jugando un exitante juego de Quidditch, y todas esas horas no fueron más que horas vacías y angustiadas que no querían parecer avanzar... como si el minutero se viera imposibilitado de seguir con su camino amenazado a pena de muerte si lo hacía.

Por suerte el reloj terminó marcando las siete y ya, desde las seis y media, Sirius había estado esperando muy ansioso que Eileen se apareciera a su diaria reunión.

Se apoyó cansado sobre la muralla de piedra fría y contó de uno en uno los bloques de piedra que se extendían sobre la pared de alfrente, perdiendo unas cuantas veces la cuenta y decidiendo volver a empezar. Cuando ya llevaba por sexta vez dosciento cincuenta y tres supo que ella no llegaría, que ya pasado las nueve de la noche ella no aparecería.

El temor le quemaba las entrañas, el miedo al pensar que ella podía estar mal lo superó y decidió que debía averiguar qué sucedía, no podía quedarse de brazos cruzados esperando que ella se comunicará con él... no, él debía hacer algo.

Rápidamente subió hasta llegar a su Sala Común y sin parar en preguntarle a James siquiera o en perdirle a alguno de los merodeadores que lo acompañara, tomó la capa de invisibilidad que su amigo escondía tan bien en su baúl y volvió a bajar las escaleras hasta perderse por los pasillos del castillo de Hogwarts, hasta llegar a la Sala de Slytherin que él ya tan bien conocía.

Se cubrió con la capa y desapareció de la vista de cualquier serpiente que entrara o saliera de la Sala Común, cosa que él esperaba para hacerse paso y buscar en todas y cada una de las habitaciones femeninas la presencia de Eileen o de alguna pista acerca de ella. Y pronto su oportunidad se materializó, justo cuando Lucius Malfoy se perdía escalera arriba, alejándose de las mazmorras.

Sirius no tomó mayor precaución y entró casi corriendo a una Sala que era, seguramente, la más elegante de todo el Castillo. Una gran chimenea de piedra entibiaba la atmósfera gélida que sería de no tener aquella chimenea encendida en su interior. Sillones de cuero negro se repartían bajo la forma abovedada que tenía la alcoba y grandes cuadros con importantes personajes que habían pertenecido a la Casa se posaban sobre las murallas de piedra de la Sala Común de Slytherin.

El muchacho se percató de que no había rastro de su chica entre todos los alumnos que conversaba o estudiaban sumidos en sus pensamientos y subió por la escalera en la que vio a dos pequeñas de segundo o tercer año bajando con una torre de pergamino en sus brazos.

Por suerte para él estas escaleras no estaban hechizadas como las de Gryffindor, probablemente ser Slytherin tenía alguna que otra ventaja, y pudo subir sin problema alguno hasta un pasillo angosto que se hayaba en ese momento deshabitado. Muchas puertas se perdían hasta el final del corredor y de una y otra se escuchaban las voces de las alumnas que cotilleaban acerca de aquellas cosas que las chicas solían hablar.

Abrió las primeras puertas con cuídado y supo que aquellas voces chillonas eran de niñas más pequeñas que aún no llegaban a la pubertad, siguió con las manos algo más tiritonas al girar las perillas que seguían y se sorprendió con los comentarios despectivos acerca de chicos que pasó a escuchar. Cuando ya creía que Eileen había desaparecido y que nadie se había percatado de su ausencia abrió una de las últimas puertas y una frase precisa a lo que él quería averiguar lo hizo detenerse y escuchar con mayor atención.

- ... Que lástima lo que le sucedió a la mamá de Eileen- comentó una voz que Sirius pudo reconocer como la de su prima chica, Narcissa.

- No es una lástima, se lo merecía por intentar desobedecerlo a él- protestó una voz aguda que de inmdiato reconoció como la de su prima Bellatrix.

- Pero igual, ahora que Eileen no está no tendré quien me ayude en pociones- agregó Narcissa, haciendo ruido con alguna hojas o algo así.

- Y tendrás que acostumbrarte, porque lo más probable es que ella no volverá nunca más a Hogwarts- advirtió con un chillido final Bellatrix y Sirius sintió como unos pasos se acercaban apurados hacia la puerta.

Después de eso los momentos sucedieron como una película borrosa y horrible para el chico, que tras de escuchar con asombro la información que esperaba encontrar, corrió sin importarle ser descubierto rumbo abajo de la habitación de las chicas para salir finalmente de la Sala de las sepientes.

Su corazón parecía detenerse en vez de avanzar en su palpitar y su rostro se puso lívido ante el sólo pensar de que ella se había ido.

"No puede ser" se repetía con sus manos sudadas y sus ojos plateados hundidos en las lágrimas que estaban prontas a salir "¡por la mierda, no puede ser!" exclamó, deteniéndose en un pasillo del cuarto piso y golpeando con fuerza la pared de piedra con su puño.

Ella no podía dejarlo, ella no podía irse sin decirle nada y desaparecer sin dar ninguna explicación. Su mandíbula se tensó para mantener las gotas de agua aún aferradas a sus ojos y sus puños se cerraron con fuerza mientras golpeaban una y otra vez la pared, impartiendo en aquel impacto toda la rabia, miedo y angustia que sentía de saber que sus sospechas de que algo extraño sucedía no eran imaginaciones suyas.

Su respiración se volvió agitada y luego se calmó y lloró como un niño con su rostro escondido entre sus manos. Se agachó y se sentó en el suelo y siguió llorando, pensando en Ella, en cada momento que habían vivido juntos, en todos esos besos y abrazos que habían compartidos y en cada cosa que adoraba de su complicada y adorable personalidad...

De a poco el silencio se hizo absoluto a lo largo de todo el corredor y Sirius Black fue cayendo como un pequeño en un profundo sueño. Sus ojos se cerraron ante el último momento de consciencia y se dejó llevar por los brazos de Morfeo, rogando a todos los magos que lo que estaba viviendo fuera una pesadilla.

OoOoOoO

"Y ella prosigue alegre su camino,
feliz, risueña, impávida. ¿Y por qué?"

Los últimos días en Hogwarts jamás serían recordados como los mejores días de su vida. Entre las últimas clases de todas las materias, los ÉXTASIS que traían loco a Remus y a Lily, y su ánimo decadente que repercutía en sus amigos que no entendían, a excepción de James, porqué canuto andaba así... el último mes en el colegio podía ser considerado el peor mes que había pasado, incluso contando los años que vivió antes de escaparse de su casa.

Le había mandado cartas, notas, vociferadores y hasta paquetes con regalos, pero ninguna de sus misivas habían sido contestadas y las lechuzas volvían intactas con la misma nota enviada para él.

¿Dónde estaba? ¿Por qué no le respondía? ¿Se había olvidado de él o ya no lo amaba?. La tortura de vivir sin saber respuestas era lo peor, aún peor a vivir sin ella era no saber nada de su persona.

Como todos los días hace un mes, un mes exacto desde que había salido del colegio, salió de su pequeño depatamento que compartía con Remus y James camino al pequeño y pintoresco café que quedaba a media cuadra en toda la esquina frente a la tienda de deportes que tanto le gustaba. Desde ahí podía observar a los transeúntes, leer el periódico con un café negro bien cargado y vitrinear de paso alguna nueva novedad en la tienda de quidditch que le llamara la atención.

Pero aquel día no hubo ninguna novedad en deporte que lo hiciera distraerse de su dolor, al contrario, una horrible noticia anunciada en "El Profeta" hizo que todos y cada uno de los músculos de su cuerpo se tensaran, mientras con su gran mano apretaba la cerámica caliente por el café hirviendo que contenía.

" John y Amelie Parkinson & Orlando y Elizabeth Lownstain "

Anuncian el compromiso de sus hijos:

Patrick & Eileen

El matrimonio se llevará a cabo en la Mansión de los Parkinson el último día del mes.

Se le desea prosperidad y felicidad a la futura pareja.

¡Se iba a casar! ¡No respondía sus cartas porque se iba a casar!. Sus ojos se abrieron ante la mueca de espanto que puso y arrugó el periódico intentando transmitir toda la rabia y frustración que sentía en ese momento.

Su visión se nubló durante un segundo y sin poder ponerse de pie, se quedó mirando el vacío, la nada, o el todo si uno lo ve en el sentido de que sus ojos apuntaban dirección a la calle. No escuchaba los ruidos a su alrededor y todo se le hizo absolutamente difuso como para comprender si aquella visión que al parecer estaba viendo era ella o era sólo su cabeza enferma que creía verla aún donde de seguro no estaba.

No era ella ¿verdad?, no podía ser ella esa figura espigada y elegante que caminaba riendo tomada del brazo de un hombre. No podía ser ella esa chica de pelo aceitunado brillante hasta la cintura y de pérfil fino que observaba a su alrededor con esos hermosos ojos azul pálido que tenían un tono robado, por lo visto, a un pedazo de cielo.

Tembló ligeramente sin moverse de su lugar y se inclinó un poco más sobre la mesa para observar mejor la escena que se daba frente a sus ojos.

Eileen llevaba un vestido de corte imperial, con hermosos brocados plateados que imitaban una flor de lis justo sobre todo su estómago. Sonreía por algún comentario que el joven a su lado, que andaba elegantemente vestido, parecia haberle dicho. Y caminaba como danzando entre la gente, sin prestar mayor atención a todos quienes pasaban a su alrededor... pareciendo una reina, su reina... y ese pensamiento fue el que más le dolió a Sirius Black.

Cuando la pareja dobló la siguiente esquina y él sintió que su corazón se trizaba al verla desaparecer, decidió cerrar los ojos para detener las lágrimas y ponerse de pie. Aún todo le daba vueltas en su cabeza y su pulso había aumentado en su palpitar, pero él ya no entendía por qué palpitaba... todo lo que lo pudiera mantener vivo, había desaparecido.

Fue ahí que una última esperanza se albergó en su persona y el rayo de luz que le pegó en la cara fue suficiente señal. Sirius Black corrió rumbo a su departamento, y tropezando varias veces por los ecalones hasta el cuarto piso, entró en el desordenado lugar... para escribir aquella nota que podía salvar su corazón destruido.

Entre los muchos papeles que Remus tenía sobre la pequeña mesilla de noche, encontró uno que estaba algo amarillento, pero sin uso aún, y luego de encontrar esa pluma que se había caído aquella mañana debajo de su cama, se sentó junto la mesa coja que usaban para comer y con su grande manota se dispuso a escribir la última nota en la que se humillaría.

Las horas pasaron lentamente mientras Sirius Black no dejaba de escribir y sus intentos de hacer una nota precisa y a la vena se fueron al tarro cuando se dio cuenta que no habían palabras suficientes para expresar todo lo que sentía. El sol pareció ponerse tras el único ventanal de la oscura habitación y por fin Sirius Black se puso de pie, con aquella carta larguísima en su mano.

Dobló la nota, bastante gruesa, y la guardó en un sobre que encontró por ahí... lo selló con lacra y estampó en él el signo de la Casa Black. Y sacando a la lechuza de Remus, esa pequeña avecilla que dormitaba tranquila en su jaula, mando en aquel viejo sobre, con aquella fea letra y en ese intento de lechuza que surcaba los cielos... la gota de esperanza que quedaba en su vida.

OoOoOoO

"Porque no brota sangre de la herida..."

Hace unos días la duda había crecido en él, esa duda que lo había carcomido desde aquel lejano día que le había enviado aquella última nota.

Sirius Black disfrutaba de un buen pasar como miembro activo de La Orden del Fenix y padrino del maravilloso hijo que James y Lily habian tenido hace un año atrás. Aunque los tiempos estaban cada vez más peligrosos y él se pasaba el día ocupado intentando ayudar a todos aquellos hijos de muggles que eran perseguidos por Voldemort, siempre tenía tiempo para pasarse por la casa de su mejor amigo, una preciosa casa en el poblado Valle Godric, y disfrutar de un chocolate caliente mientras mimaba a su ahijado, Harry Potter.

Aquel día no fue la excepción y fue ahí donde se enteró.

Sirius llego en su gran moto negra con un grujeo del motor, que hizo que James saliera de inmediato a recibirlo al umbral.

"Si sé amor... yo lo hago" decía James, quien se veía aún con ese aire rebelde que siempre había tenido y una sonrisa surcaba su rostro al ver a su amigo "¡Sirius!, entra antes de que Lily me mate".

Sirius sonrió al llegar al umbral y abrazó a su amigo antes de entrar por la puerta.

Era una hermosa casa toda decorada en tonos pastel. De la paredes colgaban cientos de fotos mágicas en donde aparecían no sólo Lily y James, sino que también Harry en todas sus posiciones y los mismos meordeadores, tanto de escolares como en edad más adulta. El vestíbulo llevaba a la cocina, a la escalera que daba al segundo piso o a la Sala, que era hacia donde James iba.

Sirius pasó y se sentó en su acostumbrado sillón junto a la chimenea. Frente a él James tomó asiento y le entregó "El Profeta"... hoy darían los resultados del torneo de quidditch que por trabajo no había podido ver.

"Te dije que los Catapultas de Caerphilly iban a perder, nadie vence a los Chudley Cannons con Dawson de capitán"

"Sí, eso parece... aunque el guardían de los Catapulta ha mejorado mucho, mucho desde el Torneo del año pasado"

James asintió y se paró.

"Voy por Harry y vuelvo" aclaró y desapareció por la puerta.

Sirius comenzó a hojear "El Profeta". Desde que Voldemort tenía tantas influencia en el, ya no aparecían todos los ataques que de verdad se daban y eso le molestaba, sobretodo cuando él debía andar a oscuras consiguiéndose todo ese tipo de información. Hojeó la parte deporte, cultura, crónicas de los aurores y finalmente llegó a la hojas soiales, donde la mayoría de los mortífagos aparecían vestidos de civil y mostrando sus enormes y perfectas sonisas a las cámaras... y fue justo en esas hojas donde la vio.

Eileen no había cambiado mucho en ese par de años. Su pelo, sujeto en un elegante moño sobre su nuca se veía igual de negro y brillante, y su piel tersa y mirada altanera era bien retratada en la foto mágica. Junto a ella aparecía un hombre alto, de piel cetrina y ojos enjutos y pequeños. Su cara era cubierto por un bigote grueso y sus cejas era una sola bajo su frente... pero lo que más llamó la atención de Sirius era la niña pequeña que Eileen sujetaba en sus brazos, una pequeña niña de pelo oscuro sujetado con una cinta como cintillo y unos hermosos ojos azul pálido iguales a los de su madre, que miraba con atención hacia al frente.

No supo por qué, pero tenía necesidad de ver a esa niña, tenía la necesidad de verla de frente.

"¡James, me voy!" avisó de pronto, poniéndose de pie y llendo hacia la puerta principal.

"¿Cómo que te vas?" preguntó entonces Lily, saliendo tras un grito de la cocina, con su pelo rojizo suelto enmarcando su hermoso rostro y en sus manos bien sujeta el tazón de Sirius, que contenía su acostumbrado chocolate.

Sirius sonrió y se acercó a la esposa de su amigo tomando un sorbo del tazón antes de aclarar.

"Un beso para mi ahijado... quizás vuelvo más tarde" aclaró y tras una sonrisa... se fue de Valle Godric.

Él siempre había sabido donde la Familia Parkinson tenía su Mansión. Como miembro de una de las familias más imponente de la comunidad mágica, sabía donde vivían todos y cada uno de los miembros de las familias sangre puras que aún quedaban. Fue así que sobre su moto dirigió su camino hacia la gran parcela donde los Parkinson vivían hace tantos años ya.

Horas, debieron ser un par de horas las que estuvo montado en su moto sin decidirse a volar... era de día aún y no queria que algún muggle lo viera volando por ahí. Atravesó un extenso páramo de pastizales secos y altos y dejó que el sol de la tarde le golpeara el rostro, por suerte sus gafas oscuras eran de buena calidad.

Cuando ya el sol comenzaba a ponerse tras las montañas y el cielo se teñía de un rosa intenso mezclado con un anaranjado, Sirius reconoció las enorme cercas blancas que limitabn su paso para entrar.

Dejó su moto a un lado, bien escondida entre unos matorrales, y entró rompiendo uno de los barrotes, transformándose enseguida en un perro negro para no ser reconocido.

Atravesó el hermoso jardín, de rosales de colores y fuentes de aguas, y se escondió tras una flores altas en espera de que Eileen saliera tomar el té... ella siempre había preferido el aire libre que estar encerrada entre cuatro paredes.

Esperó unos minutos mientras el sol descendía y pronto las estrellas comenzaban a iluminar, y esperó concentrado, mientras sus ojos grises se dirigían al gran ventanal del patio trasero de la enorme casa blanca.

"Pansy, no corras" escuchó decir de pronto a una voz que a él no le había costado nada reconocer y vio como la misma pequeña de la foto, con su pelo trenzado hacia un lado y sus manitos estiradas hacia adelante corría cruzando la ventana hasta el enorme jardín.

Sus mejillas estaban sonrosadas por la carrera y llevaba un vestidito floreado que se abultaba en la parte inferior, por los pañales que seguramente llevaba.

Sirius sonrió... esa pequeña se veía mayor que su ahijado, pero no tenía que tener mucha diferencia de edad con él.

"Pansy, te dije que no corrieras" volvió a decir la voz y apareció la mujer que tanto había anhelado ver y que porfin contemplaba de pie en el jardín.

Eileen se veía hermosa, tan hermosa como él la recordaba. Su pelo aceitunado caía tras su espalda como un manto oscuro y sedoso. Su cuerpo esbellto iba ataviado por un vestido negro que era ceñido al cuerpo, adornado con un bordado plateado de la cintura hacia abajo que lo hacía parecer una noche oscura fundada en sus estrellas. Sus pómulos prominentes estaba pálidos y sus ojos azules dirigían su mirar a su hija que se había caído sentada hacia unos pasos, pero que aún no se decidía a llorar.

La mujer corrió hacia la pequeña y la tomó en brazos con cuidado, a la vez que depositaba un beso suave en su frente.

"Te dije que no corrieras amor, no es bueno que te andes cayendo" le señaló y besó nuevamente la frente de la chiquita.

Sirius sintió como se le derretía su corazón y se vio a sí mismo entrando por el ventanal hacia el patio y abrazando a Eileen por su espalda para luego besar a esa pequeña, que perfectamente podría haber sido su hija...

Pero esa imagen pronto desapareció, se esfumó al ver como el hombre de la foto, ese tal Patrick Parkinson, se unía también a la reunión familiar y besaba con frialdad los labios de su esposa para acariciar luego la cabeza de la pequeña.

Sirius sintió su sangre arder y se dio cuenta que esa ira, esa tristeza, ese pesar que había sentido al saber que Eileen finalmente había decidido casarse con otro aún no desaparecía...

¿Por qué? ¿Por qué ella no lo había escogido a él?. Él sabía que era desordenado, que muchas veces era un niño chico, que podía ser petulante e infantil... pero la amaba, la amaba más que nada en el mundo, la amaba ahora y la seguiría amando hasta el final de sus días... y él podía haberla hecho feliz, muy feliz.

Sirius Black cerró sus ojos perrunos con fuerza y gruño como un instinto de supervivencia, un gruñido que le recordara que aún estaba vivo y que tanto dolor no lo podría matar, no lo podría matar aún.

Esperó que la familia se alejara del jardín y no perdió de vista a la pequeña, que parecía haberlo visto aún escondido tras las flores donde estaba... sintió sus pequeños ojos azul pálidos- ojos que muchas veces lo habían mirado desde el rostro de Eileen- fijos sobre su pelaje negro, y él tampoco desvió sus ojos platas, no los devió hasta que los Parkinson entraron nuevamente a la casa.

Se levantó agotado, como si un gran golpe lo hubiera abatido, y caminó cabizbajo... temiendo olvidar cómo reír, temiendo no poder ser feliz si ella no estaba a su lado. Pero no había nada más que él pudiera hacer, no había nada que Sirius Black pudiera intentar para que el amor de su vida... volviera a su lado.

Y fue así, que en una noche repleta de estrellas y sobre una moto negra que volaba por los aires... Sirius Black supo que la había perdido y logró entender que con ella se había quedado todo su corazón.

OoOoOoO

"¡Porque el muerto está en pie!"

Que irónico sonaba el último verso de aquel poema en esos instantes...

Que absurdo era el saber que sus últimos pensamientos se dirigían a ella...

Que lástima pensar que Sirius Black no había podido amar a nadie más después de tantos años...

Y ahí estaba él.

Sirius Black veía como el Avada Kedavra que acabaría con su vida se dirigía como un rayo verde- ¡El color de la esperanza!- hacia él... como aquel rayo que sería la despedida de una corta vida avanzaba determinante hacia su pecho.

Años, eran años los que había pasado encerrado en Azkaban, y no había pasado día alguno que su mente no evocara a esa hermosa mujer en sus recuerdos, día alguno que su imagen quedara prendida en sus retinas perdidas y sintiera como su corazón y su cordura luchaban porque aún tenía algo que hacer, aún tenía que saber por qué ella lo había dejado.

Esa duda, la incertidumbre de no entender cómo habían sucedido las cosas, lo mantenían vivo en aquel lugar... el saber que había dejado a muchas personas desamparadas lo hacía mantenerse tenaz sin perder la cabeza.

Y era eso, más que su venganza personal contra aquel que había matado a James y a Lily y los había traicionado sin inmutarse siquiera, contra el ratón ese que se escondía bajo el faldón de Voldemort... lo que le permitía seguir respirando.

Harry había sido el gran impulsor de mantenerlo sano... el hijo de su casi hermano James lo había ayudado a sonreír después de más de diez años de puro lamento.

Pero en esos minutos, en esos minutos en que su vida estaba pronta a terminar, las últimas palabras de su inconsciente fueron para la mujer que había sido todo para él, aquella mujer que lo había abandonado de un día para otro y que no había respondido ninguna de sus cartas... durante años.

Había tantas cosas que dejaba a media al irse así como así, tanta cosas que había querido hacer y que ahora el tiempo no se lo permitía.

¿Quién viviría con Harry ahora que él moría sin posibilidad de salvación?. ¿Qué pasaría con aquellas dudas que no le había sido respondidas?, ¿Dónde iría a parar todo ese profundo amor que había sentido?...

¡Necesitaba respuestas!... respuestas que quedarían suspendidas en el limbo de su muerte y de su vida.

Sintió frío derrepente, sintió como un frío gélido se expandía desde su pecho hacia todas las fibras de su cuerpo que de pronto había dejado de vivir. Sintió como su cuerpo era expulsado hacia atrás con una fuerza imparable a la cual él no quería poner resistencia... y supo que estaba muriendo.

Escuchaba gritos, gritos desde la lejanía que lo llamaban, que evocaban su nombre... pero él no pensaba en nada más que en Ella, que en Ella y su dulce sonrisa...

Esos ojos azul pálidos que lo contemplaban con un amor indescriptible, esas manos finas y elegantes que habían aprendido a tocarlo con suavidad, esa voz susurrante e imperativa que lograba lo que quería sin imprimir más fuerza de la necesaria...

¡La amaba!... ¡Siempre la había amado! y ahora no podría decírselo otra vez...

Su cuerpo estaba tieso, sus pulmones había dejado de reaccionar y su corazón se detenía después del último palpitar herido.

Sirius Black moría, moría y su cuerpo caía tras el velo sin que nadie pudiera hacer nada más...

Sirius Black sentía como su alma se despojaba de lo material y se elevaba hacia algún mundo extraño, algún mundo desconodido donde su hermano de juegos lo esperaba con los brazos abiertos...

Sirius Black sabía que muchas personas llorarían su muerte y que sería recordado con amor desde tantos corazones que aún lo necesitaban...

... Sirius Black estaba seguro que ella aún lo amaba a la distancia y que ella sería la primera en llorar, porque en ese mismo instante se había enterado que su amor de juventud, el padre de su hija y el hombre que la había transformado en mujer se iba para siempre de ese mundo...

Y Sirius Black sonreía, a pesar de todo, porque había odiado, llorado, luchado y amado como pocas personas lo habían hecho a su edad...

... y porque, desde la tierra, muchas personas lo recordarían... y esos significaba...

Que Sirius Black siempre viviría.

Fin


El final de esta mini historia... es triste, lo sé, pero encantadora a su manera.

Así se sintió Sirius al verse abandonado por Eileen, y nunca pudo olvidarla porque ella fue el único y verdadero amor de su vida :)

Un agradecimiento a Gustavo Adolfo Bécquer por la Inspiración...

"Mientras haya esperanzas y recuerdos,

¡Habrá poesía!"

Ember