Bleach no es de mi autoría, le pertenece a Kubo Tite. Historia original, escrita por mí.

Nota: palabras en cursiva, memorias del pasado de cada uno de los personajes.

Introspección: A veces, la vida se presenta con grandes y duras pruebas, y nada sucede tal como uno lo espera. Sin embargo, en los momentos de mayor desesperación, siempre una tenue luz brilla para iluminar a los corazones solitarios.

Sumary: No existen las palabras al aire, solo hechos irrefutables. Más aún, en la promesa de dos jóvenes amantes. Y solo el tiempo dirá, cuando el destino los alcance.


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Cuando el destino nos alcance

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Por Ireth I. Nainieum

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Capítulo III

Radio Kon

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"Sé que me esperarás y sé que te reconoceré entre la gente,

como te reconocería aunque hubiesen pasado mil años.

Lo sé desde hace tiempo"

- Las luces de septiembre -

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Las gruesas telas fueron alzadas una a una. El piso fue aspirado, y lavado cuidadosamente al menos dos veces antes de que el mayordomo principal diese su visto bueno. La vajilla de plata fue pulida, los árboles podados y la mansión entera aseada, tres días antes de su llegada. Para cuando el Rolls-Royce ingresó por el camino de finas piedras, la casa disfrutaba de su antigua gloria.

Descendió lentamente del vehículo y respiró hondo el aire puro de la ciudad de Karakura. Tuvo fuertes sentimientos encontrados, le regocijaba, pero… al mismo tiempo le lastimaba. Fue auxiliado por su joven asistente que le ayudó a caminar lo suficiente como para sentarse en la silla de ruedas que le fue proporcionada. A sus casi noventa años, la vejez le cobraba la larga deuda de su vida. Tenía días buenos, en donde le gustaba estar en el balcón bajo los rayos del sol; y otros tantos donde pasaba incontables horas en la cama, en compañía de su asistente y enfermero. A su edad, se negó rotundamente a aprender el control de mando de la silla eléctrica. Rikichi le llevó hacia su despacho, tapizado de altos libreros que tocaban el techo los cuales estaban repletos de incontables libros, de los cuales se enorgullecía de haberlos leído todos y cada uno de ellos. Se quedó completamente solo, con el sol acariciando su espalda, mientras soltaba un pesado y amargo suspiro que nació desde el fondo de su garganta. Llevó su temblorosa mano hacia la bolsa interna de su saco y de ahí, sustrajo una diminuta llave, muy antigua que uso para abrir el único cajón que tenía la cerradura precisa para ser abierta. Extrajo una fotografía muy vieja, en la que se veían retratados tres hombres, tres generaciones de un antiguo Clan, ahora decadente con dos vidas perdidas. Ginrei,Sōjun y Byakuya, miraban al frente. La vieja mano del anciano recorrió el marco y se detuvo en el rostro de su nieto.

—¿Podrás perdonarme, Byakuya? —Inquirió amargamente, sintiendo que algo más en su pecho volvía a resquebrajarse, sabiendo que tristemente los muertos no tienen una voz para responder las plegarias de los vivos.

Ginrei levantó el oficio familiar a base de sudor. Luego de la Segunda Guerra Mundial, el país había quedado devastado y él cambió el rubro del negocio dejando la hechura de quimonos y tomando el acero como su nuevo fuerte laboral. Opción acertada, en una nación que rápidamente se modernizaba; en el lapso de una década logró amasar una fortuna de grandes proporciones, misma que le dio la tranquilidad monetaria que tanta ansiaba. Ya era un hombre entrado en años, cuando se casó con una mujer criada a la antigua manera de Japón. La amó con devoción, más tristemente ella murió al dar a luz a su único hijo, un varón al que le dio el nombre de Sōjun. Lo crió y lo educó para que fuese un gran hombre, alguien que superase sus expectativas y el destino le sonrió. Sōjun resultó más diestro en los negocios que su propio padre, al grado de lograr internacionalizar la hasta entonces pequeña empresa bajo un nuevo nombre «Senbonzakura». Sin embargo, la muerte se presentó nuevamente y le arrebato a su hijo y nuera en un terrible accidente, y fue por ello que se quedó al cuidado de su nieto. Byakuya tenía diez años, cuando llegó a vivir bajo el techo de la mansión principal y en ese entonces le prometió «que lo protegería».

Una dolorosa sonrisa se dibujó en el rostro arrugado del anciano, la más importante promesa que no fue capaz de cumplir.

Nunca supo exactamente como sucedió, simplemente Byakuya terminó enamorándose de una de las jóvenes criadas de su mansión, una jovencita sencilla, pero con un gran deseo de superarse. Tanto, que con gran esmero y esfuerzo logró por cuenta propia el entrar a la Universidad, ella se llamaba Hisana. En secreto se casaron contra toda posición y fue la única vez que su nieto lo retó. Ginrei explotó con ira y le exigió la anulación, más él se negó. «He consumado mi matrimonio —le dijo—, no voy a dejarla. ¿Recuerdas tu promesa abuelo?»

Si el Clan Kuchiki tenía un defecto, era la excelsa soberbia que cargaban, cegado ante su negación le rechazó a él y a su esposa. Le dejó a su suerte —ya que se marchó a Francia—, y dos años después recibió una carta escrita por el puño y letra de Byakuya —la última que le escribiría en vida—, en ella le anunciaba la muerte de su esposa Hisana dejado una sola letra que dejaba inconcluso el documento «Y… —escribió Byakuya sin terminar» Ginrei no le buscó, y tardó un par de años más en arrepentirse de aquel error.

Kōga viajó desde Japón con los papeles de óbito de Byakuya, el mundo de Ginrei de derrumbó al comprobar la veracidad de los documentos que sostuvo en sus manos, su único nieto moría y él se quedaba como el último sucesor de sangre del Clan Kuchiki. Ginrei dejó la empresa familiar a manos de Kōga —su sobrino político—, que se volvió indispensable para el cansado anciano que imploraba la llegada de la muerte. Sin embargo, y a la gran sorpresa de todos, aún se mostraba senil y gozaba de una relativa buena salud para su edad. Casi parecía como si su alma implorase por el perdón, para finalmente morir en paz. Sus tres operaciones del corazón y el cáncer de garganta no se esforzaban. Suspiró muy pesadamente, Rikichi más que asistente, era su enfermero. Consultó su reloj, en dos minutos exactos el chico entraría con un vaso de agua y al menos un centenar de pastillas para ser tomadas, luego le colocaría el aire en sus fosas nasales y media hora después llegaría su nuevo abogado. Había decidido reescribir su testamento, todo sería para Kōga, el hombre que lo había cuidado por más de veinte años.

Rikichi ingresó con la bandeja de plata y espero a que las pastillas fuesen tomadas, antes de permitir la entrada del abogado. Era un joven pelirrojo el que ante él se mostraba, sus rígidez le denotaba su nerviosismo, y sí, este era la joven promesa del consorcio Seireitei. Abarai Renji estaba neurasténico, dado que el individuo que tenía delante suyo era uno de los hombres más respetados en todo Japón y un auténtico sobreviviente a uno de los conflictos bélicos más importantes del último siglo. Sin contar, con la dura mirada que le daba, le hacía sentirse completamente insignificante casi como en sus días de infnci. Ginrei le examinó minuciosamente con el entrecejo más que fruncido, ciertamente dudaba de las capacidades del joven ya que ante sus ojos parecía solo un crio. No obstante, Shunsui —actual dirigente del Seireitei— se lo recomendó ampliamente. Al parecer, Yamamoto había fallecido durante el verano anterior debido a una complicación de su enfermedad, y el único al tanto de sus documentos era el joven bermejo su ayudante personal. Exhaló cansinamente.

—¿Terminarás antes de que me muera? —le dijo al verlo levantando los papeles que se desparramaron por el suelo cuando abrió su maletín producto de su ansiedad.

Renji tosió incómodo—. Mi más sincera disculpa, Kuchiki-sama —colocó el documento sobre el escritorio—, le aseguro que estaré muy por arriba de sus expectativas —colocó su pesado maletín de cuero en la mesa, el cual abrió en busca de los papeles faltante—. Es un documento bastante viejo —lo entregó en las manos del anciano—, lleva unos treinta años en el despacho —indicó al colocar el maletín sobre el suelo.

El taheño paseó su vista por el inmaculado y elegante estudio en donde se encontraba. Vislumbró algunas pinturas de autores que él desconocía, pero que sin lugar a duda valdrían millones de yenes. Los muebles tenían un aire tan antiguo, que no dudaba en que tuviesen más tiempo de vida que él mismo. No había nada que pareciera estar en desorden, quizás, solo él mismo. Un joven atípico con ese refinado traje Brioni (1) gris de rayas que tanto le gustaba. Un hombre que había salido de las más inmundas calles de la sociedad japonesa, que con gran esfuerzo propio logró labrarse un camino entre los mejores abogados de su clase. A sus treinta años, su nombre ya tenía un peso y era el mejor en su campo. Por ende, Shunsui lo había recomendado a un cliente que sabría apreciar la sobriedad y refinamiento de su trato. Para ese momento, solo lamentaba su absurda presentación ante el Kuchiki, su nerviosismo no tenía nada que ver con él, sino con la jovencita de estilo ganguro (2) que miró antes de llegar —y a la que fácilmente reconoció, no por nada habían crecido juntos—. Perdió el contacto con ella durante el último año, ya que cambio su residencia a Tokio, cuando se despidió de su amiga de infancia ella guardaba una apariencia de estilo gótico, nunca dejaba de preguntarse que la llevaba a tan duros extremos. Era como si intentase, negarse a sí misma y a ese misterioso pasado que llevaba a cuestas.

—Todo está en orden —respondió el anciano media hora después—. Le llamé para hacer un cambio en el testamento, es absurdo dejarle todo lo que tengo a alguien que ya está muerto —expresó con voz temblorosa—. Todo quedará exactamente igual, salvo el nombre a quien heredar —Ginrei observó como Renji buscó una diminuta libreta que sacó del maletín, así como una fina pluma bañada en oro. Se mostraba a la espera del nombre—, Kuchiki Kōga.

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Se entretuvo el resto de la tarde leyendo —nuevamente— un viejo libro de poemas que Byakuya tanto admiraba. Se sabía de memoria las noventa páginas, así como los más de mil poemas, pero aún así, lo repasaba. Al terminar el libro recodó que su nieto le había obsequiado un viejo radio que él mismo arregló, lo mandó buscar en el almacén y una hora después, el destartalado electrodoméstico descansaba sobre sus piernas. Era más pequeño de lo que recordaba, y seguramente valdría menos que cualquiera de los objetos que lo rodeaban, aún así, por sí mismo, era invaluable. Ordenó que fuese encendido, más nada se escuchaba. Rikichki comenzó a girar el botón rojo que movía una larga línea que indicaba las estaciones y luego de unos cuantos intentos, la estática dejó de sonar. Tan anticuado como era, la única frecuencia que se escuchó fue la estación local de Karakura. Cerró sus ojos y disfrutó del recuerdo que lo invadió.

¡Abuelo, abuelo! ¡Mira! Mostró orgulloso el electrodoméstico.

Ginrei le sonrió y palmeó su cabeza. Si, estaba muy orgulloso de su nieto.

—¡Buenas noches, Karakura! Y bienvenidos a una hora más de su emisión nocturna, Radio Kon. Les saluda como siempre, su buena amiga Chappy…

Ginrei abrió sus ojos en demasía, había una extraña familiaridad en la locutora que no podía negar. Por un momento, creyó que estaba escuchando a un familiar suyo y no un extraño. Era como si conociese esa voz de toda la vida, como si…

C.E.D.N.A

A la una en punto, Chappy se despidió prometiendo regresar puntual al otro día. Y así, la estática invadió la estación de nombre «Vizard». Se estiró con suma pereza en la cabina y le agradeció al hombre de gafas graciosas el tiempo que le había obsequiado. El individuo que manejaba los controles de la vieja estación de radio se despidió con afecto de ella y se marchó en el medio de la fría noche.

Rukia fue hacia la puerta de entrada y colocó el pestillo, antes de comenzar con su afanosa tarea de limpieza. Si, ella era la chica del aseo. Su horario comenzaba a las diez de la noche, llegaba y saludaba a la hiperactiva rubia que atendía la recepción y que se la pasaba peleando con el jefe. Adoraba a Hirako —su patrón—, por haberla contratado a pesar de su inusual apariencia «todos los vizards, tenemos un secreto». Él le había dicho el día que le dio trabajo, un mañana de primavera hacía poco más de un año. Y como era de esperar, no faltaron los pervertidos que solían confundirla con algo más, hombres que pronto recibían su merecido. No por nada era cinta negra en judo. Podía ser pobre, pero rebosaba de orgullo y dignidad, algo de lo que muchos por ahí carecían. Le estación no era muy grande, aunque fuese de dos pisos, aún así se esmeraba en dejarla impecable. Después de todo, a sus veintiún años era a lo más que podía aspirar sin tener estudios. Suspiró por enésima vez, había goma de mascar bajo la mesa de la sala de juntas, iba a matar a Mashiro por su pequeña gracia. Hacía las cinco de la mañana, escuchó los golpes en la puerta de entrada. Se trataba de un hombre bonachón, que como cada día, le traía un sencillo pero nutritivo obento.

—Gracias, Hachiguen —recibió gustosa el desayuno.

Ushōda era el operador en turno, mientras que Kensei comenzaría con el noticiario de las seis. También llegó Keigo el redactor matutino, que de nueva cuenta la llenó de cumplidos y flores —las mismas que solía dejar en la recepción de la estación—. A las siete en punto, Rukia partió con una simple sudadera que para nada podría cubrirla del frío invernal. Arrojó vapor —saliente de su boca— a sus frías manos. Le dolía la espalda y los ojos los sentía arenosos, y no paraba de bostezar. Y como cada día, la gente se apartaba en su andar por su estrafalaria apariencia ya pasada de moda. Fue entonces cuando lo vio, corriendo como cada mañana hacia el autobús de la esquina. No habían vuelto a hablar desde la llegada del amigo de la infancia de Momo, pero en las noches antes de ir a trabajar, no podía quitar la sonrisa que se formaba en sus labios al escucharlo jugar con su hijo. Suspiró, fundiendo su cálida respiración con el frío de la mañana, ese amor tan sincero siempre le hacía recordar a su padre. Llegó a su habitación, y procedió con su ritual de limpieza, el tono nacarando de su piel era falso, tan falso como la rubia peluca y el intrínseco pasado que se había creado. Solo para…

C.E.D.N.A

En mesas separadas y en posiciones encontradas, dos hombres almorzaban. Uno era el dueño del hospital, y el otro un reconocido pediatra. Ryūken disfrutaba de una austera comida, en contraposición con Isshin que ingería grandes dosis de grasa.

—Te pondrás como un cerdo.

—¡Y tú, como una maldita escoba! —Rechistó Isshin de mal humor ingiriendo un gran bocado de su hamburguesa.

Si, esa era su singular manera de darse los buenos días. Herencia recibida por sus hijos. A los reunidos en ese lugar el hecho ya no les sorprendía, lo que siempre se preguntaban era ¿cómo podían trabajar juntos?

—Al parecer, Kuchiki Ginrei ha vuelto a Karakura —comentó despreocupado, revisando el historial en sus manos— el día de ayer.

—Ah… —desabrochó el botón de su pantalón— Hace veinticinco años que no escuchaba ese nombre ¿Qué le trae devuelta?

—Al parecer, está muriendo —explicó, recibiendo toda la atención de su colega y sin prestarle demasiada atención continuo revisando el historial médico que había recibido hace unos días—. Envié a Isane-san para que lo tratase, con su cuadro clínico me sorprende que esté vivo —regresó a la primera hoja.

—¿Es ese? —Se atrevió a preguntar, al no recibir respuesta dio por hecho que efectivamente lo era. Estiró su mano, lo suficiente como para que su colega se lo pasase. Y no mentía, el que estuviese con vida podría catalogarlo como un auténtico milagro.

—¿No fue Kuchiki Byakuya tu amigo? —Ryūken preguntó antes de llevarse el café a los labios.

—En realidad, Masaki y Hisana fueron amigas, entre él y yo… —dudó por un comento de cómo explicar su relación— a penas y nos conocimos.

Una joven enfermera llegó a la mesa de Ryūken y le murmuró algunas palabras que Isshin no pudo escuchar, luego el médico en jefe se levanto bastante malhumorado de su mesa.

—Te veré después, Kurosaki —al retirarse se llevó consigo el historial clínico.

Isshin acarició su barba y arrugó su ceño —de la misma forma en que su hijo lo hacía—. No le había mentido a Ryūken, las mujeres fueron las mejores amigas, de lo poco que sabía o recordaba, estaba el hecho de que Hisana había trabajado como criada para una acaudalada familia y que gracias a eso, había podido costearse la matricula en la Universidad. Fue ahí donde conoció a Masaki y ambas se volvieron íntimas, las dos estudiaban la misma carrera y corrieron con la suerte de estar en el mismo salón durante toda su licenciatura. Y tenían un sueño en conjunto, abrir una guardería que administrar. Su esposa fue una estudiante modelo, pero Hisana siempre ocupó el primer lugar. Y de alguna manera, Byakuya fijó sus ojos en ella. Se enamoraron y se casaron en secreto y a partir de ahí, la perfecta vida del Kuchiki cambió. Fue relegado de la familia que lo vio nacer, sin su ayuda y con las puertas cerradas enfrentó serias dificultades. Tanto así, que dos años después de graduarse, desafiaba serias dificultades económicas. Aún podía recordarlo, el aroma a café recién molido en la pequeña casa donde vio por última vez a Hisana. A ella la miro más frágil de lo usual; y él continuaba con su porte elegante, a pesar de todo no se podía obviar el apellido que cargaba. Desafortunadamente, pese a su excelente preparación él no había podido encontrar un trabajo decente, todo porque temían el apellido de la familia. Ahora mismo que lo pensaba, hacía años que había olvidado por completo el nombre de aquella frágil niña.

Ya me las arreglaré, Kurosaki —comentó, guardando su cosas en la caja que le habían proporcionado de Recursos Humano. Uno a uno, colocó los pocos objetos que estaban sobre su escritorio, a la larga se había acostumbrado a no dejar nunca demasiadas cosas de sí mismo.

Hablaré con un amigo mío, que estoy seguro que…

Byakuya levantó su mano y le pidió silencio—. No lo hagas —le suplicó ante el asombro del médico—, sucederá lo mismo una y otra vez —alzó la caja—. Tu voz no puede se escuchada, Kurosaki.

Justo cuando pasó a su lado Isshin le murmuró —Habla con tu abuelo —le sugirió.

Cuando un hijo rompe las ilusiones de un padre, a veces es difícil pedir perdón —susurró—. No puedo mirarle a la cara sin sentirme avergonzado por haber rotó sus ilusiones, pero al mismo tiempo, no puedo pedirle perdón porque no estoy arrepentido de mi esposa e hija —exhaló cansinamente—. El orgullo de nuestra familia, es nuestra propia tumba.

Masaki había llorado como una magdalena cuando se enteró de la muerte de Hisana, y del hecho de que no había estado presente durante su funeral. La pequeña familia tuvo que mudarse de esa casita, ya que sin el trabajo a Byakuya le resultó imposible el seguirla pagando; y entonces le perdió de vista durante cuatro largos años en lo que su vida cambió drásticamente. Un par de años después, un terrible hecho marcó la vida del galeno. Gracias a su vieja amistad su colega médico le dio un tiempo de licencia, lo que lo llevó a la bebida.

¡Kurosaki! —Su asombro no pudo ser ocultado.

¡Hey —Respondió con alegría, dejándose caer al suelo de un sopetón—, tanto tiempo, Byakuya!

Se encontraban en uno de los distritos más pobres y peligrosos de la ciudad, ciertamente el Kuchiki mostró franca preocupación. Se le acercó y se detuvo en seco, al percibir en su nariz el nauseabundo aroma del licor emanando de su piel y el sudor de días de la falta de una ducha decente. En sus manos sostenía una botella de alcohol oculta dentro de una bolsa de papel.

Kurosaki —volvió a decir con mucha paciencia.

Isshin bebió un sorbo grande que terminó desparramando la mitad antes de hablar—. Masaki murió hace tres meses —le informó, el rostro de Byakuya enmudeció ya que sus pupilas de dilataron en demasía. Su rostro también se miró aturdido e impactado por la asombrosa noticia—. Fue un accidente de tráfico.

Lo lamento —fue muy honesto al hablar.

Un conductor ebrio la embistió de frente y… —volvió a tomar y una grotesca sonrisa se enmarcó en su adolorido rostro, profusas lágrimas nacieron de sus ojos— ella ya no está más aquí —se alzó de hombros y miró de llenó al Kuchiki esa tarde de verano donde el cielo se mostraba amenazante con ese color gris—. Es duro… ¿Qué has hecho para no derrumbarte, por qué yo estoy hecho una mierda?

En la esquina, varios metros lejos de ellos estaba una mujer y una pequeña niña. Una copia en calca de Hisana. Byakuya también miró hacia atrás—. Tienes tres razones para no rendirte, Kurosaki. Tres motivos para seguir adelante, y tres corazones a los que brindarles todo tu amor —habló al momento de quitarle la bolsa y de vaciar el contenido en el suelo de la acera—. Tres pequeños que seguramente esperan ansiosos a su padre, te necesitan a ti —lo señaló—. No al vago que miro.

Isshin llevó su mano izquierda a su rostro, no deseaba que Byakuya mirase el dolor que se reflejaba en su rostro. De alguna manera, continuaba sintiéndose pequeño en su presencia. A pesar de todo el tiempo, de los obstáculos, el Kuchiki mantenía su imponente porte. Y él tenía razón, sus hijos le esperaban, en especial Ichigo, el único sobreviviente del accidente y el testigo de la muerte de su propia madre.

Eres un hombre digno de admirar, Byakuya.

Soy solo un grano de arroz.

No estaba completamente ebrio, todavía podía se encontraba lúcido, pero aquellas palabras por alguna razón le parecieron filosóficas. Intentó levantarse, más no tuvo suerte alguna y de no haber sido por Byakuya hubiese caído con fuerza. Le ayudó a estabilizarse, antes de alejarse.

Me atrevo a pedirte un favor, Kurosaki —murmuró levemente acongojado—. No es dinero —se apresuró a replicar al ver como el médico llevaba su mano hacia su pantalón—, es algo que me gustaría que le dijeras a esa persona por si algún día sus caminos se cruzan…

—… ¿Esa persona…? —preguntó el médico, más fue ignorado por completo su cuestionamiento.

Dile por favor…

Su buscapersonas no paraba de sonar, y no fue hasta que una joven enfermera se lo hizo notar que volvió al presente. Se levantó con prisa para ir a la entrada de urgencias —¿Esa persona?—, fue su último pensamiento antes de atender al paciente herido.

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Le tomó menos de veinte minutos el llegar a las afueras de la imponente mansión, que prácticamente acaparaba la única elevación natural de la ciudad. Respiró hondo sujetando fuertemente el volante de su blanco Mercedes y descendió lento del vehículo. De inmediato un criado le dio rápido acceso, pese a presentarse a altas horas y sin una previa cita —como el estricto protocolo lo requería—. Sin más, le llevaron a la sala de espera mientras una joven criada le ofrecía una humeante taza de té. Se dispuso a ordenar sus pensamientos y comenzó a formular en su mente las palabras que le diría al enfermo anciano con tal de cumplir su promesa. Aún ni siquiera fue capaz de disfrutar de su bebida, cuando un joven se presentó ante él y le pidió que lo siguiese.

Isshin ingresó al despacho, y la vista del hombre lo enmudeció. El parecido entre ambos, era impactante; ciertamente el afín era notorio. Sin embargo, había algo en ese anciano que realmente lo dejo sin habla, y eran sus ojos. Esas orbes apagadas y llenas de un infinito arrepentimiento. Por un instante, casi se sintió reflejado en esa persona. Se regañó a sí mismo, él no había venido para eso. Pero, por un momento serio dudo ¿Sería correcto decirle lo que Byakuya le había pedido? ¿Y si sus palabras solo incentivaban la aversión contra Hisana y la hija de ambos? No por nada la había ignorado, ¿cierto?

Educadamente, Ginrei le ofreció el único asiento disponible, más le pidió silencio. Se deleitaba con la voz de la locutora de media noche, de la estación Vizard. Isshin escuchó en completo silencio. Fue un tema banal, aún así, al mismo tiempo lo encandiló con su preciosa voz y sinceridad al hablar.

—Me gusta como habla la señorita —Ginrei dijo para romper el pesado momento, que fácilmente podría haberse quebrado como un frágil cristal cuando la emisón finalizó—. Muchos médicos se han ofrecido a tratarme en mis últimos días —comentó ácidamente—, ¿por qué se considera especial… —miró la hoja blanca sobre su escritorio, una que tenía los datos más importantes del galeno— Kurosaki-san? —Expresó luego de haber leído su nombre y fijando su vista por completo en el pediatra.

—No vengo aquí a ofrecer mis servicios —fue cortante al responder, para nada le gustaba que lo considerase un oportunista de su infortunio.

—Si, ya me parecía su visita se debía a otra índole —apartó la hoja—. No hay nada que necesite de un pediatra.

—Conocí a Byakuya —soltó de golpe y el anciano le observó con excitación—. Bueno… en realidad mi esposa tuvo más contacto con la familia de su nieto —aclaró su garganta sintiéndose incómodo ante la penetrante mirada de Ginrei—. Masaki y Hisana fueron entrañables amigas, gracias a eso tuve la fortuna de conocerlo —esperó por alguna reacción tosca hacia su nuera. Solo arrugó su ceño en exceso, su reacción fue completamente diferente a lo que había esperado y al cabo de unos minutos decidió continuar—. Me pidió que le dijese algo, pero antes… quisiera saber algo.

—¡Hable! —Exigió con urgencia.

—¿Tanto odio a Hisana, que despreció a la única hija de su nieto?

Ginrei fue incapaz de hablar durante un largo tiempo —¿Hija…? —al fin pudo formular sin aliento y con voz temblorosa.

—La hija de Byakuya y Hisana.

—¿Hija…? —repitió el anciano.

¡Kōga…! —expresó con un hilo de voz— ¡Por Dios! —Su voz se quebró por completo, al recibir en mano la copia del acta de óbito de su nieto, junto a la suya estaba la de Hisana, sin descendencia alguna. O al menos, eso le había dicho el hombre delante suyo.

Lo lamento, Ginrei-sama —hizo una media reverencia ante el dolor del anciano—. Le prometí que lo mantendría al tanto de la situación en Japón —alzó su rostro mientras aguardaba su reacción—. Byakuya-kun ha muerto.

Ginrei palideció de inmediato y comenzó a hiperventilarse, aquello alarmó a Isshin ¿Sería posible…?

Dile a mi abuelo, que el hombre de quien se tiene que cuidar es…

Ginrei llevó su mano hacia su corazón, ante de desfallecer sobre el escritorio.


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Capítulo III

Abuelo

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Notas de la autora:

+ Bien, un punto importante y para resaltar, es la apariencia fuera de lo común de Rukia. Se que no lo mencioné en el capítulo anterior, fue un error de mi parte. Este aspecto es muy importante para la historia. Así que esperen más sorpresas.

+ ¡Masivo bloqueo mental en dos historias...!


Glosario

+ (1) Brioni, son considerados como los más caros del mundo. Popularmente incluso son llamados "los Ferrari" de los trajesa medida.

+ (2) Ganguro, literalmente "rostro negro", es una tendencia de moda alternativa de pelo rubio o naranja y piel bronceada entre las jóvenes japonesas que tuvo su pico de popularidad alrededor del año 2000, pero continua siendo evidente hoy en día.


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Nos vemos

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