Severus Snape yacía desnudo boca abajo y con su mejilla en contacto con el frío suelo. Frunció el ceño ante tan desagradable sensación y por fin, abrió los ojos.

Estaba todo borroso. Parpadeó un par de veces y así logró que la visión se le aclarara. Aunque tampoco había gran cosa que aclarar. Lo único que veía era una gran planicie de color blanco que se extendía más allá de lo que él podía alcanzar.

Se alzó con cuidado del suelo, primero arrodillándose y después, irguiéndose cuan alto era. Entonces fue consciente de su desnudez y pudo observar con detenimiento su alrededor.

La planicie blanca se extendía por todos lados, de tan blanca irradiaba una especie de luz tenue que no le permitía diferenciar entre el suelo y el cielo, o techo, porque tambien le fue imposible determinar si aquello que veía era un recinto cerrado o en cambio, si estaba en el exterior.

Se miró a sí mismo. La marca de su brazo izquierdo había desaparecido, al igual que sus muchas cicatrices y el secreto tatuaje que lucía en su otro brazo. El resto parecía estar intacto y se llevó las manos a su rostro. Tocó sus mejillas y ojos, su frente y deslizó sus dedos por su antaño pegajoso cabello que ahora estaba suelto y aterciopelado. Pudo comprobar que seguía cortado por los hombros.

Al deslizar sus manos por el cuello comprobó que allí sí que permanecía una pequeña marca, una cicatriz. Palpando con cuidado pudo notar que se trataban de dos pequeños agujeros cubiertos por piel nueva. " Nagini", pensó. Y los últimos acontecimientos acudieron a su mente rápidamente.

La Casa de los Gritos, Lord Voldemort, Nagini, Potter y sus ojos verdes... Carraspeó. Incómodo de repente y entonces sí le molestó el hecho de estar desnudo.

Como si hubiera expresado su turbación en voz alta, ante él aparecieron unas ropas. Sin sonido alguno y sin saber la procedencia. Era una sencilla túnica de mago, negra. Severus la tomó y se cubrió con ella. La tela parecía casi intangible, era sedosa, parecía acariciarle la piel pero abrigándole a la vez. Sonrió, quizá no sería tan malo el estar muerto.

Porque Severus Snape, astuto y de mente racional, desde el momento en que visualizó a Potter en su cabeza, portador de los hermosos ojos de su madre, supo que estaba muerto. Lo único que le imponía alguna traba para poder disfrutar su nuevo estadío era que no sabía como funcionaba exactamente eso de estar muerto. "Eso será porque no tengo la mente organizada", razonó pensando en el antiguo director de Hogwarts y volvió a sonreír.

Realmente la muerte le sentaba bien, había sonreído dos veces en apenas unos minutos, o ¿habían sido horas? ¿días, quizás? Poco importaba, tenía toda la eternidad por delante.

Dio un par de pasos hacia delante y se detuvo. No sabía dónde ir, ni qué hacer, primero debería solucionar esos dos problemas y luego se pondría en marcha.

Quiso pensar en ello con total calma y para ello necesitaría un buen butacón, cómodo y confortable, para hallar soluciones. Ante sus ojos surgió justo lo que había demandado en su mente. Una butaca de piel, a todas luces cómoda y confortable. Se sentó cruzándose de piernas y con los brazos reposando a ambos lados del sofá.

Se quedó mirando el infinito. Así que eso era. El Infinito. A decir verdad lo encontraba algo blanco y anodino, siempre creyó que el Infinito rebosaba vida. Vida pasada de gente que existió y ahora lo conformaban. Resopló aburrido. Comprendió que le costaría despegarse de su vida mortal, de su vida como profesor. Sentiría nostalgia de no poder recorrer los pasillos del colegio que se convirtió en hogar, asustar a los niños más pequeños en sus clases o restar puntos injustificadamente. Echaría de menos muchas cosas. Incluso, el río maloliente junto al que se erguía su residencia muggle allá en la calle de las Hilanderas.

El eco de unos pasos llegó hasta él. Severus primero lo tomó como una alucinación acústica, luego los pasos se hicieron más firmes y cercanos. Eso debía ser real.

Se levantó de su asiento y se mantuvo ojo avizor por lo que le parecía una eternidad.

Una silueta se acercaba a él a través del brillo tenue del blanco total del decorado. El andar era ágil y parecía llevar un vestido largo o bien, una túnica. Esperó. Pronto podría identificar a la silueta.

No pasó mucho rato cuando los ojos azules de Albus Dumbledore le miraron desde la lejanía. Sorprendido, Severus se apoyó en el respaldo del sofá. ¿Esto también era un truco del lugar en el que estaba? ¿Al sentir añoranza le había proporcionado alguien con quien hablar?

Dumbledore se acercaba sonriente y con un andar, que al principio parecía ágil, casi saltarín. Al llegar ante él se detuvo y ambos se miraron fijamente a los ojos.

- Bienvenido, Severus. Aunque no te esperaba tan pronto.

- Ya- Snape no podía determinar si esa voz le llegaba a través de sus oídos o de su mente. Tampoco podía determinar si él había hablado o sólo había pensado la respuesta. Albus pareció reír.

- Incluso ahora eres hombre de pocas palabras. ¿Qué tal fue tu tránsito?

Tránsito. Qué gracia.

- Estupendamente, director. El morir desangrado tirado en el suelo cubierto de mugre de una casa abandonada es la mejor forma de morir.

- ¿Te estás quejando?

- No- repuso Severus con una sonrisa irónica- sólo expongo los hechos- y se cruzó de brazos.

- Sé que debes de estar resentido conmigo- Albus inclinó su cuerpo tal y como hacía siempre para sentarse. Por un momento pareció que iba a ir directo al suelo pero un sillón similar al de su despacho en Hogwarts apareció para evitar eso- y lo lamento. Merezco tu resentimiento.

Realmente sonaba sincero e incluso sus ojos, siempre achispados, ahora lucían envejecidos y lánguidos. A pesar de ello, Severus no respondió. Hasta que no vio a Dumbledore y le escuchó hablar no había descubierto que lo que le decía el anciano era cierto. Estaba resentido con él. Le había protegido y había dado su palabra por él para librarlo de Azkaban pero también era el culpable de que ahora estuviera allí. Asesinado vilmente y humillado tras compartir sus recuerdos con Potter. Tomó asiento él también.

Albus rebuyó en el asiento incómodo ante la mirada impertérrita de su antiguo profesor.

- No planeé este final para ti- acabó diciendo en un susurro- Tú debías reemplazarme. Hubieras sido un gran director, incluso Minerva te hubiera apoyado una vez aclarado el asunto de mi muerte.

Severus torció el gesto, molesto.

- Siempre planea y siempre piensa que todo saldrá como usted quiere. Esta vez se equivocó. Estoy muerto y seré recordado como su asesino.

Dumbledore pareció encogerse sobre sí mismo ante la palabra asesino e hizo un mohín. Snape se reclinó en su asiento y apartó la mirada, le molestaba ver a un hombre tan formidable como él dar muestras de debilidad.

- Quizás mi hermano tenía razón al decirme que era un manipulador, quizá no debí forzarte a acercarte a Voldemort de nuevo- Dumbledore suspiró ausente- Quizá tu lugar estaba en Hogwarts, con Potter, guiándolo...- su voz fue apagándose.

Ahora fue el turno de Snape de removerse en su asiento. Estaba molesto con ese hombre y le apenaba su comportamiento. Le torturaba el pensar que su muerte podría haber sido diferente, que su vida podría haber sido diferente. Apoyó el mentón en una de sus manos. No podía engañarse. Él había escogido el rumbo que iba a tomar su vida. Siempre podría culpar a su padre.

- ¿No me hablas, Severus? Necesito tu perdón, te empujé al lado del hombre que detestabas, destruí el trabajo que llevabas a cabo por remendar tu alma.

- Por el bien común- Severus volvió a mirar a Albus, y éste alzó la vista hacia él con rapidez.

- ¿Dónde oíste esa frase?

- Aberforth- Severus se cruzó de piernas y dejó las manos en su regazo- Me costó saber que el camarero dejado de Cabeza de Puerco que limpiaba toda la taberna con el mismo trapo sucio era su hermano. Una vez lo supe, Aberforth me contó la historia del bien común haciéndome prometer que me llevaría el secreto a la tumba.

Albus le miraba sorprendido. Jamás hubiera imaginado que Severus sabría la verdad sobre su pasado a través de su hermano y mucho menos que él jamás supiera de ese hecho. Aún así sonrió. Claro que todo era posible, estaba hablando con el hombre que mintió y espiaba a los mortífagos en las mismas narices de Lord Voldemort.

- Me sorprendes. ¿Y no me juzgas? ¿No me haces culpable?

- No soy quién para enjuiciar a nadie por errores cometidos en el pasado.

Callaron. Cada uno perdido en sus pensamientos, sin saber qué decir o sin querer decir nada. Permanecieron así largo tiempo. Snape, de nuevo, no supo determinar la cantidad de tiempo. Minutos, días, horas, no importaba. Sólo importaba que estaban uno frente al otro y que, al parecer, la presencia de uno confortaba al otro y viceversa.

Al fin, fue Dumbledore quien habló.

- Me ha encantado verte de nuevo- le dijo, alzándose del sillón.

Severus alzó su mirada hacia él, en un primer momento no había comprendido a lo que se refería.

- Pero ¿se marcha, Albus?

- No, yo no. Pero tú sí.

Albus se inclinó ligeramente hacia él y posó una mano en la frente de Snape. Entonces Severus notó como si su cuerpo flotara en el aire. La sensación de estar sentado, de estar vestido fueron desapareciendo poco a poco y la cara de Dumbledore fue borrándose de su visión.

Ahora sentía como su cuerpo era empujado hacia un luz brillante y sintió como unas manos lo agarraban y lo alzaban en el aire. Cerró los ojos con fuerza y oyó voces lejanas. Se atrevió a abrir los ojos y vió el rostro de una mujer mirándolo con lágrimas en los ojos y sonrisa de felicidad. La mujer alargó una mano hacia él y cuando sintió el tacto de ella en su mano, su consciencia desapareció y el llanto de un recién nacido rasgó el aire.