Deseo

Aquello estaba mal y él lo sabía. Siempre había sido un hombre responsable y sereno, sin embargo, desde que Alicia estaba en casa, no podía evitar sentirse así.

Era su sobrina, la hija de su hermano, sangre de su sangre. ¡Por el amor de Dios, si era de la misma edad que su propia hija! Y aún así, el deseo y la lujuria lo invadían cada vez que observaba ese frágil y menudo cuerpo. Nunca le había pasado eso y no podía explicar el por qué. Conocía a esa chiquilla desde que nació. La había visto crecer hasta los siete años, momento en que se fue a vivir con su padre a Francia. Y había vuelto hacía poco, convertida en toda una hermosa jovencita. Su padre sabía que iba a morir pronto. Por eso la trajo a España. Por eso le hizo prometerle que se encargaría de cuidarla como si fuese su propia hija, tras la muerte de él.

Sien embargo, aunque así la trataba la mayoría del tiempo, como a una hija, había momentos en los que el deseo podía más que la razón. Y se desquitaba las ansias con su esposa, como era lo correcto. Lo que su esposa, siempre sumisa a los deseos de su marido, no sabía, es que mientras tenían relaciones, él pensaba en su joven sobrina. Rememoraba esos instantes fugaces de intimidad que le había robado a la muchacha; como la vez en que su esposa la regañó por salir sin una carrera en las medias, y ella, sin pudor ninguno, se había levantado un poco la falda para comprobarlo y colocar bien la liga mientras se excusaba con su tía; o la noche en que se levantó para ir al baño y, al ver luz en el salón, se acercó a comprobar quién estaba y vio a la joven sentada, estudiando, vestida con un fino camisón de raso blanco, corto, por encima de la rodilla, y con un chal de lana blanco sobre los hombros; pero sobretodo, la vez en que la había observado cambiarse, de espaldas a la puerta entrecerrada de su dormitorio, momento en el que pudo observarla espalda desnuda de su sobrina.

¡Cómo entendía a su hijo Carlos! ¿Cómo no iba a sentirse atraído su hijo hacia la naturalidad y despreocupación de Alicia, ajena a las excesivamente férreas normas morales de este país, si ni siquiera el mismo podía resistirse a su encanto?

Cierra los ojos, intentando dormir, recordando aquel abrazo cariñoso y espontáneo que le dio su sobrina cuando él consintió en dejarla trabajar como traductora. ¿Quién podía resistirse a ella? Desde luego, él no, aunque fuera en contra de sus propias normas morales.

(Escrito el martes 11 de Diciembre de 2007, fruto de un momento de inspiración que vino mientras me duchaba y que escribí envuelta en el albornoz n.n')

Aroa Nehring