Disclaimer: La serie Twilight (o Crepúsculo) pertenecen a Stephenie Meyer.


Epilogo: Literalmente

Parecía encontrarme sumergida en un sueño, pues todo a mí alrededor parecía imposible. Sentía como si mi cuerpo hubiera sido colocado en un lugar que no correspondía, como si no debiera estar allí.

Y es que quizás no debía.

La idea había estado saltando en mi mente muy seguido durante los últimos años, y la ansiedad se acrecentaba conforme se acercaba la fecha arreglada. Por supuesto Alice era la que había arreglado todo, la que ocupaba gran parte de su tiempo comprobando que fuera seguro. Y tenía que admitirlo, yo estaba bastante intrigada por visitar aquel lugar, donde un siglo antes, todo había comenzado.

Aquel día en la clase de biología debí haber percibido que mi vida iba a dar un giro radical. Mi cuerpo debió de darme algún indicio de que nunca más volver allí, de que aquella mañana había saludado a Charlie por última vez. Pero seguramente no hubiera prestado atención a señal alguna, después de todo, ¿Qué espanto podría ocurrir en un pequeño pueblo como Forks?

Tampoco creo que hubiera cambiado las cosas, o al menos eso creo ahora. Siempre supe que no estaba destinada a tener una vida común y corriente, y el tiempo se había encargado de poner a prueba mi teoría. No era normal y nunca lo seria; pero la vida era perfecta así como era.

Me detuve unos minutos repasando cada detalle perdido o añadido a la fachada de la pequeña casa. La estructura principal aun podía percibirse, pero había sido remodelada casi en su totalidad. La ventana de mi antigua habitación había sido convertida en la puerta del pequeño balcón que sobresalía de la casa.

No, no era la misma casa, pero sin embargo lo era. Repasé rápidamente por el cartel que estaba clavado al suelo con la leyenda de 'en venta' cubierta por una alargada placa roja donde se leía 'vendido'.

No debía sorprenderme, después de todo hacia casi 80 años que Charlie no vivía allí. Nada era lo mismo, y el tiempo se había cambiado todo aquello que podía recordar.

Volteé mi rostro enfocando mis ojos en el de Alice. Su nariz estaba apuntando hacia la casa con ese aire suyo de suficiencia. No necesitaba leer su mente para saber que estaba dando unos toques imaginarios a la imagen que tenia frente a sus ojos.

-Necesitará una mano de pintura, pero eso no nos demorará.

-¿Vas a ponerte en caritativa?- le hice una mueca, y reí al pensar que esa mano de pintura escondían más cosas detrás. El simple hecho de imaginarme a los dueños viendo que de un día al otro había cambiado su casa por completo me hizo reír.

-Para nada, Edward ya me hada dado el visto bueno.

-¿Qué él, que?

-Oh vamos Bella, ¿realmente creíste que me tomé tanto trabajo solo para venir a ver la casa, sacar una fotografía y volver?

-Alice, ¿Qué has hecho?- pregunté, pero me engañe a mi misma al no poderme creer la verdad que tenía delante de mis ojos. Es cierto, Alice –o cualquiera de los Cullen- no gastaría tantos recursos solo para ver; había comprado la casa. Y su sonrisa me confirmó aquello.

-No me mires así. Yo no soy la principal mente brillante detrás de esto.

-Pero Alice, es una locura…No ha pasado el suficiente tiempo como para pasearme por Forks. Además, ¿ya olvidaron la situación con los lobos?- pregunté inspirando profundamente. No olía peligro alguno, pero aun resonaban las últimas palabras de Jacob Black en mi cabeza; Charlie esta mejor sin ti. No tienes derecho de acercarte a él. Ya ha sufrido demasiado. No vuelvan jamás por aquí.

Tenía razón. Probablemente ya tuvo un espantoso tiempo al tratar de convencerse a sí mismo de que lo que me 'había ocurrido' no había sido su culpa. Pocas cosas supe de él desde que me aleje de los Estados Unidos. Supe, gracias a la suscripción mensual del diario local, que se había casado nuevamente, aunque no por mucho tiempo y que años después el pueblo de Forks le hizo un homenaje el día que falleció. El diario no detallaba mucho, ni pude averiguar nada más; una falla cardiaca, anunciaba el pequeño artículo. Carlisle me aseguro que era algo común, que lo ocurrido conmigo nunca pudo haberlo llevado a tal final, y que, afortunadamente, no sufrió en absoluto. Es como quedarse dormido, me había dicho él.

-No te preocupes, no es la primera vez que vengo aquí, y no hay rastro de ellos. Creo que abandonaron la tarea de cuidar del pueblo en cuando Charlie…se fue.

-Pero no estás completamente segura, no sé si será una buena idea…

-Si quieres puedo hacer que trasladen toda la casa a otra zona.- dijo abriendo su móvil. Le miré perpleja y casi aturdida. ¿Acaso podía hacer aquello? Claro que podría. Pero no lo deseaba así. La casa de Charlie había sido construida allí porque él así lo quiso. Vislumbró un hogar decente para mi madre y para mí antes de que yo naciera, y junto con su padre habían procurado construirla lo mejor posible.

-No.- murmuré adelantándome hacia la puerta. –Déjala aquí. No planeo vivir en ella, pero me da una especie de consuelo saber que la poseo.

Recorrí cada una de las habitaciones casi a ciegas, sabiendo el camino de memoria. Pese a los años transcurridos todo seguía prácticamente igual. No había gran cosa por hacer en cuanto a remodelación, pero si faltaban todos los muebles. Luego me ocuparía de encontrar algunos de aquella época.

Llegué a la cocina y repentinamente mi mundo comenzó a girar. A mis oídos llegó la inexistente melodía de una canción country junto con los recuerdos de la última vez que estuve allí.

Como si todo fuera una proyección y yo me encontrase frente a la pantalla, me vi a mi misma cerrando el refrigerador y dejando caer todo cuando sostenía en mis manos junto con un grito de sorpresa al descubrir que no me encontraba sola.

Edward estaba allí. Solo ahora podía entender cuando dolor le causaba mi presencia y sabia que de una manera u otra hubiera terminado siendo lo que soy. Solo era cuestión de tiempo.

-¿Edward? ¿Qué…cómo entraste?- balbuceó la proyección de mi misma, y recordé cuan enfadada había estado con él aquel día. -¿Qué fue lo que te paso hoy? ¿Por qué te comportaste de esa forma? ¿Acaso te sentías mal?- entonces me di cuenta de que sin saberlo en aquel momento supe que algo iba a cambiar.-¿A...a…qué viniste?

-Lo siento- susurró Edward. Su voz resonó en mis oídos como suaves campanadas, tal como recordaba haberla escuchado.

La imagen que había frente a mi desapareció cuando mi atención se centró en una pequeña caja apoyada en la mesada de la cocina. Me di la vuelta buscando a Alice, pero ya no estaba allí.

De un rápido movimiento tomé el sobre que había sobre la caja y lo abrí. Reconocí al instante la prolija caligrafía de Edward.

Bella,

Creí que sería de tu agrado poseer la casa de tu padre. Sé que quizás no es uno de los lugares que te traiga los mejores recuerdos, pero es aquí donde todo comenzó. Se lo que estas pensando, pero un así no me lo perdonaré jamás, las cosas pudieron ocurrir de otro forma.

Sé que Alice debe de estar impaciente, y yo también.

Abre la caja.

Te amo.

Los grititos de Alice casi me dieron tiempo de procesar lo que mis manos habían sacado de la caja.

-¡Debemos irnos! Hay compras que hacer, hay lugares que visitar.

Le miré entre perpleja y aterrada, pero mis ojos se volvieron con ansiedad hacia el billete de avión que sostenía entre mis manos. Era para mañana por la noche con destino a…

-¿Rio de Janeiro?- alcé los ojos, encontrándome con esa sonrisa cómplice de Alice. Viaje, playa, compras, ropa, accesorios. Sinónimos de que me aguardaba un largo día con Alice y el shopping. Pero había algo más que me intrigaba. –Alice, ¿Tu sabes que quiere decirme Edward? Sé que lo sabes.- aun así sacudió su cabeza, moviendo su cabello de un lado al otro, pero aquella sonrisa no se borró jamás.

El día siguiente no solo memoricé la pequeña tarjeta de crédito negra de tantas veces que la utilizamos si no que al llegar a Rio me encontré con un joven vestido de marinero sosteniendo un cartel con el apellido de Edward. Mi apellido desde hace ya mucho tiempo…

-¿Esta Edward aquí?- pregunté, olvidando por completo que no me encontraba en casa y maldiciéndome por no darle utilidad a las noches y haber aprendido un poco más del idioma. El joven sacudió su cabeza y balbuceó unas cuantas palabras en portugués de las cuales solo comprendí 'isla' y 'bote', porque se parecían un poco al español. Debí haberme concentrado en las pocas clases que Edward insistió en darme sobre el idioma, claro que era poco probable que pudiera concentrarme en algo cerca de él.

El conductor atravesó las atestadas calles de la ciudad de Rio a gran velocidad, hasta que nos fuimos alejando del bullicio, hacia una zona donde no había edificaciones altas ni tan agrupadas. Había cada tanto alguna que otra casa precaria y varios muelles sobre la costa. Poco después nos detuvimos en uno de los más apartados, donde había anclada una pequeña escuna.

El hombre salió del automóvil y abrió mi puerta, para luego dirigirse al maletero por mi equipaje. Me volví hacia él confundida y traté, al menos, de hablar algo de español –ese se me daba bastante bien ahora.

-Disculpe, ¿A dónde nos dirigimos?- modulé pausadamente esperando que el hombre pudiera comprender algo.

-Temos que ir a sua ilha, señora.- Dijo mientras exhalaba al maniobrar con las tres maletas que Alice me había cargado. Bueno, algo al parecer había logrado, él entendía español –o eso parecía- el otro problema era que yo no entendía casi nada del portugués, salvo las palabras que se parecían al español.

-¿Ir a donde?- intenté nuevamente.

-A sua Ilha, à ilha da seu marido. Você vai ver. É um lugar muito agradável. - me quedé inmovilizada en el borde del muelle mientras el joven hablaba y hablaba sin parar, como si diera por hecho que el saber español me permite saber portugués. Si, pude comprender algunas palabras, pero otras no, gracias a su buen acento carioca. Solo deseaba ir donde Edward, sin importar donde eso fuera.

Me subí a la embarcación y poco después el joven estaba alejándonos de la costa. Me volteé para ver la pequeña península luminosa que ahora era Rio de Janeiro, desvaneciéndose en el horizonte. Frente no teníamos nada más que el oscuro mar y el cielo que comenzaba a apagarse también.

Unos diez minutos más tarde, cuando el sol se hubo ocultado completamente, mis ojos pudieron divisar algo que irrumpía con el mareaje. Había algo en medio del mar… ¡una isla!

La pequeña embarcación siguió deslizándose sobre el agua. Siendo sacudida levemente por las pequeñas olas del Atlántico, hasta detenerse cerca de un pequeño muelle de madera. El carioca se limitó a acercar la escuna lo más que pudo a las tablas de madera y dejó mi equipaje sobre ellas.

Me dirigió unas cuantas palabras más en portugués, solo que esta vez no hice esfuerzo alguno por tratar de entenderle. Ya me encargaría de aprender portugués para alguna excursión a futuro.

Miré a mí alrededor, la isla parecía mucho más grande desde la lejanía, pero no lo era. Quizás decir que tenía un kilometro de un extremo al otro era exagerar su tamaño. Pero como si su pequeña superficie no fuera impedimento para nada, la pequeña isla contaba con una alta formación rocosa que daba a su vez la impresión de una pequeña montaña adornada con la más variada vegetación.

Inspiré profundamente al percibir el tenue y dulzón rastro del efluvio de Edward. Estaba allí, de eso no tenia duda alguna. El motor de la embarcación rugió detrás de mí, pero no me volteé sabia que se alejaría hasta perderse en el horizonte, haciendo su camino de retorno al continente.

Tomé las maletas y comencé a caminar siguiendo el rastro de Edward. Todavía no se me daba muy bien lo de rastrear, pero en esta ocasión era imposible perderme, solo tenía el aroma de Edward y luego el de pequeños animales que Vivian en la isla. No sería problema alguno guiarme hacia donde él estaba.

Sabía que donde quiera que Edward se encontrase estaba al tanto de que había llegado a la isla, razón por la cual demoré mi caminar. Yo misma había sufrido de la incertidumbre estos últimos dos días, ahora le tocaba un poco a él. Me permití admirar todo cuanto me rodeaba. Los brillantes colores de la vegetación al ser reflejados por la luna, los pequeños habitantes de la isla que se alejaban de mi camino al presentir la cercanía de un depredador.

Entonces reparé en algo que hasta el momento no había pensado; ¿Cómo nos alimentaríamos en la isla? Podía aguantar unos cuantos días sin alimentarme, pero no mucho mas.

Me alejé de aquellos pensamientos en el momento en que vislumbré delante de mí una zona donde estaba ligeramente más iluminada. La luz no era blanquecina como la que proporcionaba la luna, si no que era más rojiza, más cálida. Me acerqué hacia aquella zona, que parecía abrirse en un pequeño claro, rodeado por la alta mata atlántica. Dentro del pequeño claro, al refugio del exterior, se encontraba una pequeña casa.

Avancé y acomodé las maletas en el amplio porche. Aguardé un instante con mi mano apoyada sobre el picaporte de la puerta. No podía oír nada, absolutamente nada, pero el efluvio de Edward era aun más potente que antes.

La puerta se abrió con un suave crujido y me encontré parada en una amplia sala iluminada por la tenue luz de las velas que estaban acomodadas en diversas superficies. La primera impresión fue que me encontraba en nuestra casa, pero luego claro, Esme obviamente la había decorado, tal como nuestra casa.

Seguí el camino que las velas iluminaban, me guiaban hacia un largo y amplio corredor y luego se agrupaban en torno a una puerta de madera pintada de blanco. La habitación tenía una enorme cama a dosel, con el cubrecama azul descorrido, dejando ver las blancas sabanas y una hoja cuidadosamente doblada.

Mis ojos recorrieron el resto de la estancia antes de sentarme en la cama. En la pared opuesta a la puerta había un enorme ventanal y las cortinas ondulaban suavemente mientras la brisa marina se colaba por la abertura que dejaba una de las hojas de la ventana. Luego me fije en el diván que estaba a los pies de la cama. Mis cejas se fruncieron en una mueca de confusión. ¿Por qué la ropa de Edward estaba allí? ¿Por qué toda su ropa estaba allí?

Me senté en la cama, el colchón se hundió levemente bajo el peso de mi cuerpo. Tomé la hoja rectangular y la abrí. Reconocí, incluso antes de abrirla por completo, la caligrafía de Edward.

'¿Qué tal un baño? El agua esta perfecta. No tardes. E.'

Dejé que mi mano cayera, con la carta aun entre mis dedos, sobre mi regazo y dejé que mis labios se estiracen en una suave sonrisa. Mi siguiente plan era ir hacia la maleta y buscar un traje de baño, pero antes de siquiera levantarme de la cama me di cuenta de que no recordaba haber comprado traje de baño alguno.

Corrí a revisar la maleta y confirme mis sospechas. Ni yo había comprado algún biquini, ni Alice había escondido una por ninguna maleta. Suspiré pesadamente ladeando mi cabeza hacia un lado y mis ojos se toparon con la ropa de Edward. Con toda su ropa, hasta la prenda interior.

Era increíble como en, pocas, ocasiones Edward llegaba a sorprenderme al punto tal que me hacía sentir humana nuevamente. Me imaginé mirando tontamente sus prendas mientras mi rostro se calentaba poco a poco al ser bañado por el inexistente rubor.

Aun así aquel retroceso fue cosa de instantes, ya que me encontré encaminándome hacia el ventanal al mismo tiempo que me desprendía de la última prenda que me cubría.

No había mucho trecho por caminar desde la casa hacia la costa. El susurro de la suave brisa marina llego a mis oídos mucho antes de abandonar la habitación. Cerré mis ojos y me abandone a mi entorno. Las hojas de los arboles se mecían suavemente, algunos pájaros trinaban suavemente mientras iban de un árbol a otro y el mar se movía sosegadamente. Avancé casi al mismo instante en que le percibí. Había algo que irrumpía con la profunda calma del agua; el movimiento de una mano peinando su superficie, quizás.

La luz azulina de la luna bañaba el mar que se extendía delante de mis ojos. La arena brillaba suavemente con destellos azulados y se oscurecía allí donde había sido perturbada por un camino de pisadas que terminaban dentro del agua. Y poco más de un metro lejos de la orilla, le pude ver.

Estaba de espaldas a mí, con su cabeza colgando hacia abajo, contemplando la claridad del agua que yo podía percibir desde mi lugar, oculta detrás de unos árboles. Su espalda tembló suavemente, se estaba riendo puesto que sabía que me encontraba allí.

Hacía más de cinco días que no le veía y podía sentir las ansias creciendo dentro de mi pecho. Solo deseaba correr a sus brazos. Solo necesitaba dar un paso y en menos de un segundo estaríamos juntos nuevamente. El también sabía aquello, puesto que percibí como acomodaba su cuerpo para voltearse y recibirme en sus brazos. El también estaba ansioso por tenerme.

Así que suprimí una risita y lentamente salí a la luz. Mi cuerpo no brillaba con la misma intensidad que lo hacia abajo la luz del sol, pero podía notar unos pequeños puntos de luz plateados.

Caminé lo más lento que pude permitirme, sintiendo el ligero calor que la arena aun guardaba. No me aparté sorprendida al sentir el agua caliente. Habíamos viajado demasiado y había conocido diferentes mares como para saber que estaría a tal temperatura. Quizás estaba tan, o incluso, más caliente que el exterior. Y el calor es algo que los vampiros añoramos y deseamos.

Me adentré en el cálido y transparente mar, hasta llegar a Edward. No hubo sentimiento alguno de derrota cuando le rodeé la cintura con mis brazos, ya no importaba el juego de voluntades, todo lo que quería era estar junto a él. Supongo que para Edward tampoco contó aquello, pues sus manos se cerraron en torno a las mías, y descanse mi frente sobre su hombro.

-Supongo que esta es la famosa isla de Esme, ¿verdad?- pregunté en un suspiro.

-Sí, lo es.- dijo dando se vuelta, sin dejar mis manos desprovistas de las suyas. –Te he extrañado.- suspiró con una suave sonrisa en sus labios, al mismo tiempo que alzaba su mano para acomodar mi cabello detrás de la oreja.

-Yo también.- respondí suavemente mientras tomaba su mano. –Entonces, ¿a qué se debe la ocasión?

-Me sorprende que lo preguntes, creí que ya lo habrías adivinado.- dijo haciendo una pausa esperando mi reacción, pero realmente no podía descubrir la causa por la que había viajado miles de kilómetros. –Te he traído a nuestra luna de miel.

Le miré extrañada. –Edward,- comencé, temiendo que hubiera perdido la memoria, aunque aquello fuera imposible, -Ya hemos tenido una luna de miel. Dos, para ser más precisa.

-Lo sé- dijo sacudiendo su cabeza, haciendo que sus cabellos levemente humedecidos soltaran pequeñas gotas de rocío sobre mi rostro. –Solo que en esta ocasión estamos solos.- murmuró acercándome más a él.

-Siempre hemos estado solos.- comencé, luego me detuve a pensar en las pasadas lunas de miel. –Aquella vez en Milán-

-Alice te rapto para llevarte a los diseñadores más famosos. Creo que no cuenta como 'solos'.

-¿Y qué me dices de las vacaciones en Tahití?

-¿En las cuales Emmett y Jasper causaron pánico en la población local haciéndose pasar por el chupa cabras?- no pude evitar contener la risa. Había sido una idiotez por su parte al dejar que la población de la pequeña isla creyera que una de las leyendas americanas habitaba en su isla, aunque aun no sabía la razón por la que realmente habían ido allí.

-Creo que tienes razón, pero ¿Qué les impide irrumpir con nuestra intimidad esta vez?

-Nada, solo que yo no tendré que cuidar mis modales porque los ojos humanos estén sobre nosotros.

-¿Con que-no hay humanos cerca?- Le sonreí suavemente al mismo tiempo que me alzaba sobre las puntas de mis pies para besarle. Edward sacudió su cabeza suavemente, al mismo tiempo que rozaba sus labios contra los míos.

-Ni en mil kilómetros a la redonda.- murmuró antes de que sus palabras quedasen ocultas por el encuentro de nuestras bocas. Me apreté contra él, dejándole sentir mi cuerpo desnudo contra el suyo, y la tibieza que este desprendía gracias a la temperatura del mar. –Te he extrañado Bella.

Volví a apretarme contra él, escuchando un gemido de su parte esta vez. Aun me era extraño que mi respiración se entrecortara y mi pecho subiera y bajara agitadamente. Deje que mi cuerpo descansara sobre el suyo, mientras el suave oleaje del mar nos mecía suavemente.

Y solo podía pensar en lo que vendría esa noche, y el resto del tiempo que estuviéramos juntos allí. Ya nada más importaba, ni si una nueva guerra estallaba en el mundo o si el planeta propio era destruido. Nosotros, fuera cual fuese el destino del mundo, seguiríamos allí, solos.

El mundo iba a seguir expuesto al paso de los siglos, pero nosotros no. Seguiríamos siempre siendo los mismos. Sabía que nuestro amor seguiría intacto siempre. Y eso bastaba.

Básicamente podría resumir mi vida en una especie de cuentos de hadas, pues está el príncipe azul, la bruja malvada -por llamarle de alguna forma-, la adversidad que separa a los enamorados y finalmente también está el final feliz.

Y yo lo tengo. Todo era perfecto, y lo seria por mucho tiempo más.

Entonces una pequeña e imaginario voz susurró a mis oídos las palabras que siempre terminaban los libros de amor; 'Y vivieron felices por siempre'.

Literalmente.