Por favor no digas Adiós

By: Mussainu

IV –

N/A: Este capítulo podría ser considerado como un song–fic, teniendo en cuenta que usaré parte de la canción "My Worst Fear", de Rascal Flatts.

"Last night you gave me a kiss
You didn't know it, but I was awake when you did
You were quiet, you were gonna let me sleep
So I just laid there pretending to be
You said some things you didn't know I could hear
And the words "I love you" never sounded so sincere."

(Alerta Cítrica)

Por increíble que pudiese parecer, ya habían transcurrido 4 días desde "ese" incidente en el que se vieron inmiscuidos Akane y Ranma, y al parecer las cosas no habían mejorado mucho. Claro, teniendo en cuenta la obstinada naturaleza de Akane y la falta de delicadeza de parte de Ranma. Casi podría aventurarme a decir que fue un milagro que aún estuviesen con vida.

Akane encontraba evasivas siempre que se veía a solas con Ranma solo para evitar que cierto incidente empezara a reproducirse en su ya febril cabeza. Cierta vez, al parecer el segundo día desde lo sucedido, tuvo que utilizar como vía de escapatoria la ventana del baño, ya que en un atrevido movimiento de parte de Ranma para hacerla hablar, se había atrincherado afuera de la puerta con la amenaza de que no se iría hasta que pudieran hablar. Como resultado de ese intrépido movimiento, Akane resultó con un tobillo herido. Era una suerte que Ranma supiese curar heridas de ese tipo, teniendo en cuenta su historial de entrenamiento y batallas.

—Baka. Mira lo que tu testarudez ha provocado.

Akane, se negaba a responder cualquier cosa que dijera Ranma. Estaba enojada y no pensaba dedicarle un momento de su atención, claro sin que él supiera que había plagado sus pensamientos desde el beso. A cualquier costo ocultaba su sonrojo. No le iba a permitir verla sufriendo por él. Aún cuando ni ella misma sabía ya el porqué estaba enojada.

—¿No me vas a dirigir la palabra? Perfecto. Es hora de que me escuches.

Sentado ahí, con la cara completamente seria y las manos, quietas, puestas sobre su regazo, parecía más maduro que de costumbre. Se había dejado crecer un poco más el cabello, aún trenzándolo, dejándolo caer un poco más debajo de sus omóplatos. Con esa cara tan seria parecía mucho más grande de lo que era. Akane siempre le había visto con una sonrisa tonta y hasta a veces burlona, más nunca le había visto tan serio. Ni siquiera cuando la había abrazado el día en que se despidieron.

—Estoy harto de tus niñerías. Estoy harto de que siempre que te digo algo, pues… personal, me golpeas o simplemente actúas como si no hubiera pasado nada. Estoy cansado de que siempre le creas más a las personas ajenas a nosotros cuando sucede algo, antes de venir a mi a consultarme si es que era verdad. Estoy cansado Akane. Cansado de que no entiendas lo que siento. Estoy cansado de que siempre que damos un paso hacia adelante en nuestra relación parece que damos dos para atrás. No quiero que nunca. Y escúchame bien. Nunca. Dejes que nadie te bese, que te abrace, que te sostenga la mano, que te vea, que te sonría, que te hable, que te conforte, que te haga reír, que te haga pasar los malos tragos de la vida, que te ayude a salir de algún problema. ¿Me entiendes? No los dejes, porque… –dudó un momento, inseguro de que si su voz podría seguir sonando tan segura. —Porque ese es mi trabajo. Yo, a pesar de que siempre parece que soy la causa de tus males, soy el único que puede salvarte de mí mismo, soy el único que puede enmendar mis errores y hacer más llevaderos los tuyos, soy el único que puede abrazarte y decirte que está bien, soy el único que puede tenerte entre tus brazos. ¿Entiendes?

Era la primera vez que ella le escuchaba decir cosas tan pasionales, tan abiertas, tan sinceras, tan verdaderas. Podía contar con los dedos de una sola mano las veces en que lo había visto tan honesto pero esta era la primera vez en que lo hacía de manera tan directa. Prácticamente le estaba gritando que la amaba. No con las palabras precisas pero por lo menos saber que era un paso hacia delante en el camino de la honestidad en cuanto a sus sentimientos se refería.

—¿Me entendiste, Akane?

—Pensé que era una pregunta retórica.

—No lo es.

—Sí.

—¿Sí, que?

—Sí entendí.

—¿Y qué es eso lo que entendiste?

—Demonios Ranma, ¿no esperarás que diga todas esas palabras o sí?

—Solo lo más importante.

—¿Pero qué es eso, lo más importante?

—Kuso. Solo dí que no dejarás que nadie te toque.

—Eso no lo puedo hacer. –le dijo con calma. Más no tuvo el valor de afrontarlo directamente y mirarle a la cara. ¿Cómo hacerlo, cuando estaba segura de que su rostro era la clara imagen de una grana madura?

La sorpresa más grande que en la vida se había llevado Ranma Saotome había sido caer en un, particularmente inocente, estanque de agua helada hacía aproximadamente unos tres años, sí es que la memoria no le fallaba, y esperaba que no fuese así, y cuando al resurgir de las aguas descubría que en vez de unos marcados pectorales, producto de arduo trabajo y extenuantes horas de entrenamiento, tenía dos turgentes y bastante espectaculares senos. Eso no hubiese sido una sorpresa tan grande si no fuera por el pequeñísimo detalle de que él NO ERA UNA MUJER.

Esa había sido una experiencia bastante perturbadora, en verdad. Pero no se podía comparar con la incredulidad de la que ahora se creía preso escuchándola decir semejante cosa. Siempre había confiado en que Akane estaría ahí para él, por más estupideces que él hiciera. Sabía que ella era algo seguro e inmutable en su vida. Nunca le habían gustado los cambios, y mucho menos las drásticos, ya que éstos siempre atraían cosas nuevas, y los sucesos nuevos le aterrorizaban.

—Debo de haber escuchado mal. ¿Podrías repetirme lo que dijiste? –mientras esperaba, se masajeaba el puente de la nariz en una clara muestra de falta de paciencia, muy típica en él.

—Dije, que no eso no lo puedo hacer.

—¿Y porqué demonios no?

—Porque… –se movía dubitativa, recostada en la cama sin dejar de mirar la pared.

—No tengo toda la noche Akane. ¿Me puedes decir de una vez por todas porqué es que no puedes decirme que no dejarás que nadie te toque?

Murmuró algo que a oídos de Ranma no sonó a nada coherente. Después de mirarla supo porque es que no había entendido nada. Ella estaba prácticamente auto–asfixiándose con su propia almohada.

—Repite lo que dijiste, por favor.

—No. –respondió con el rostro aún incrustado en la almohada. Estaba luchando por poder respirar con normalidad.

—Akane.

—Akane, Akane. Es todo lo que dices. Me tienes harta.

—No. Tú eres la que me tiene harto. Cada vez que trato de ser sincero contigo acabas golpeándome por ninguna razón. Ahora escúchame bien, porque créeme que no lo repetiré. Si quieres que regrese de mi viaje, dí que no te dejarás abrazar por nadie.

Al ver que las amenazas de Ranma no sonaban para nada vanas, decidió repetir lo que había murmurado contra la almohada. Para evitar morder su cojín lo removió de su rostro, inhaló un poco de aire, enrojeció muchísimo y se preparó a decir lo que nunca creyó que saldría de sus labios.

—Yo no puedo decir eso porque… entonces no podrías tocarme. Y, yo, quiero que me toques.

Listo. Lo había dicho. Con todas y cada una de sus palabras. Con la misma oración que había estado preparando y meditando desde el día en que él la besó. Era verdad, ella se había separado de él de manera brusca cuando eso sucedió pero no era porque pensase menos de él. No. Era porque no podía entender como una relación tan inocente pudiese cambiar de manera tan drástica. Había querido besarlo desde ya hacía muchos años, más por ciertos infortunios, no se pudo lograr. Siempre, y he de constatar que es verdad, creyó que Ranma la tomaría en brazos y la elevaría del piso pegándola a su cuerpo mientras le susurraba palabras amorosas antes de besarla con una lentitud tan perfecta que hasta el mismo sol tuviese que detener su camino para mirarlos. Nunca creyó que él pudiese besarla de esa manera tan… arrebatadora. Tan increíblemente fantástica.

—Debo de haber quedado parcialmente sordo porque culpa de las bombas de ese anciano porque estoy escuchando cosas. –comentó.

Había juntado valor para decirlo, así que no esperar que se lo dijera otra vez.

—Debería de ir a ver al Dr. Tofú en cuanto regrese de su viaje.

—No tiene nada de malo tu audición. Baka.

—Entonces… –como balde de agua fría, las palabras de Akane cayeron sobre él. ¿Ella quería que la tocara? Oh, su febril mente post–adolescente estaba mostrándole muchas, y bastante impúdicas, escenas en las que podría tocarla. Pero, ella no podía estar refiriéndose a "eso", verdad?

Se apoyó en sus codos para poder incorporarse, o por lo menos alzarse de su postración. —Baka. –susurró cándidamente, besándole en la comisura de los labios.

Algo estaba completa y absolutamente mal. Akane, la misma chica violenta y nada sexy, estaba besándole demasiado cerca de la boca. Probablemente se trataba de una de esas fantasías que solía tener, no hacía más de unos cuantos meses. Sí. Una fantasía. Eso era y nada más. Más en sus fantasía, ¿No ella usaba algo más sexy y revelador, que su pijama de patos? Probablemente era un cambio, pero seguía siendo una fantasía. "¿Y si no lo es?" preguntó una vocecita en su cabeza. "Claro que lo es. Ella no estaría besándome." "Tú mismo lo has dicho, en nuestras fantasías ella usa algo menos… recatado e infantil."

—Yo… debo irme. Antes de haga algo que probablemente te arrepientas.

—¿Me amas? –preguntó ella, cuando Ranma ya se encontraba en el resquicio de la puerta.

Aún con la mano en el picaporte, pudo ver como temblaba. Apretó con más fuerza la manija para evitar que su mano siguiese sacudiéndose. Cuanto es que había esperado para escucharla decir eso. —Yo…

—No quiero vacilaciones. –dijo parándose con cierta duda, no confiando en que su frágil tobillo pudiese soportar su peso. —Solo dame una respuesta concreta. Sí o no. No quiero vacilaciones.

Ranma no pudo reprimir un saltito cuando la sintió detrás de él. Tenía su cabeza apoyada entre sus omóplatos como aquella vez, hacía cuatro días, en que acudió a su cuarto a despedirse de ella.

—Baka. No ves que estás lastimada. Si pones más peso en tu pie te dolerá mañana. –su mano seguía fuertemente afianzada a la manilla, como si temiese que si la soltaba, su vida acabaría. —Regresa a la cama.

—Contéstame. –sus manos, su boca, sus piernas. Parecían funcionar por cuenta propia. Podía sentir arder su cara de la vergüenza y sin embargo, ahí estaba con el rostro contra esa fornida espalda.

En un sutil giro, la tomó de la cintura y la levantó el volandas, tal como se podría esperar de cualquier recién casado, encaminándose a la cama. No quería que ella estuviese el día de mañana, quejándose porque le dolía apoyarse.

—Descansa.

Con delicadeza la apoyó en la cama. Los brazos que antes habían permanecidos límpidos a sus costados, cobraron vida enredándose alrededor de su cuello, aprisionándole. Ranma, muy a su pesar, había saltado nuevamente por la sorpresa, un poco más y sería una mujer asustadiza. Vaya orgullo de los Saotome.

—Suéltame Akane. –le reprendió. Más preocupado por su propia seguridad que por la salud. Sentía, todas y cada una, las formas femeninas pegadas a su cuerpo. Un poco más de presión y estaría sobre ella.

—No quiero, Ranma. –respondió. Tenía el rostro en la cuenca de su cuello.

Por Kami–sama. Esa mujer no sabía lo que le estaba haciendo. Primero, quería que la tocase, y Dios sabía que deseaba hacerlo. Segundo, le preguntaba que si la amaba. Tercero, le abrazaba de una manera tan sensual. Y, por último, le respiraba entrecortadamente en el cuello mientras susurraba su nombre. Quería volverlo loco.

Las hormonas, esas malditas habitantes de su cuerpo, estaban en su contra. Y qué decir de su flujo sanguíneo, que había decidido dar un paseo hacia el SUR, por todos los santos. Pero claro, ¿No las hormonas son transportadas por la sangre? Estaba perdido, a menos de que decidiese quedarse sin sangre y de esa manera evitar tremenda erección. ¿Desangrarse o excitación? Una decisión bastante difícil.

—Te lo ruego Akane. –dijo mientras trataba de alzarla lo más posible, evitando por todos lo métodos posibles que ella pudiera sentirlo. —Tengo que irme. Suéltame.

En un acto reflejo, al ver que él se alejaba, se alzó un poco más teniendo en cuenta de que aún permanecía asida a él. Solo fue un ligero roce pero fue suficiente para que un gutural gruñido saliera de la garganta de Ranma. Accidentalmente, la pelvis de Akane había hecho contacto con la de Ranma, dando como resultado una descarga de placer.

—¿Te encuentras bien? –dijo separándose del cuello de Ranma. Estaba tan preocupada por ese extraño sonido de parte de Ranma, que ni cuenta se había dado de que tenía su frente apoyada en la de él. Así como tampoco vio que él tenía el rostro colorado y que respiraba entrecortadamente.

—Sólo… sólo suéltame para que pueda… para que pueda… –pareciera que las neuronas habían muerto junto con esa descarga de placer. —Sólo suéltame, quieres?

—Por Dios Ranma, estás sudando.

Casi podía presenciar como es que su auto–control desaparecía de su cuerpo. Le estaba volviendo loco la aproximación. Tenerla tan cerca y no poder tocarla.

—No es nada. –respondió con dureza.

El destino o la suerte, o cualquier entidad que estuviese afuera viéndolos, había decidido actuar esa noche. En un infortunado movimiento de pies, más precisamente un enredamiento de extremidades, hizo que Ranma perdiese el equilibrio cayendo cuan largo era sobre la cama, con Akane debajo de él, obviamente.

—Kuso. –respiró violentamente. Podía sentirla por completo debajo de él. Y por consiguiente, ella también podía sentirlo. —Mierda.

La sensación era algo extraña, ya de por sí. Podía respirar, aunque con dificultad, aún cuando tenía a Ranma encima de ella. A través de la tela de su blusa, podía sentir el bien ese torneado torso, ya que precisamente esa noche Ranma había decidido dormir sin esa camisa sport que siempre usaba. Sus fuertes y masculinas manos se encontraban aún debajo de ella, apoyadas en la parte baja de su espalda. Más algo había extraño. Sentía una, extrañamente placentera, presión en la parte baja de su estomago y no era necesario que alguien le explicara que era eso. Ella ya no era una niña, por todos los cielos.

—Dios. –exhaló con fuerza, soplando los cabellos que coronaban a Akane. —Sólo no te… muevas.

Vanos eran sus esfuerzos por mantenerse cuerdo en semejante situación. La tenía completamente indefensa bajo él, con los labios llenos y brillantes, mirándole entre una mezcla de sorpresa y afecto. Esa mujer estaba tentándolo. Su control era como una cuerda, siempre tensa en presencia de Akane, más ahora que estaban en esa comprometedora posición, era algo indescriptible. Ella estaba tirando de ambos bordes y en cualquier momento la cuerda se rompería y con ella la resolución de no tocarla.

Ranma, como pudo, se intentó alejar de Akane, más infortunadamente una de sus piernas rozó con demasiada rapidez, consiguientemente con fuerza suficiente, golpeando el lacerado tobillo de Akane, quien a su vez soltó un gritito de dolor. Instintivamente ella se afianzó a lo primero que estuviese a su mano, siendo éste Ranma.

Ambos soltaron el poco aire que tenían. Akane porque el peso de Ranma le había oprimido demasiado el estómago, y él, vergonzosamente, porque su virilidad se había rozado con la piel de la mujer debajo suyo. Unos cuantos segundos fueron suficientes para que recuperaran el aliento y sin embargo permanecían ahí, tumbados en la cama, uno sobre el otro.

La pequeña y delgada cuerda que personificaba el auto–control de Ranma se rompió. La tenía bajo sus brazos, literalmente atrapada, y no pensaba soltarla, por más que las fuerzas exteriores le dijeran lo contrario. Selló su pacto con un beso, tan tranquilo y mesurado que parecía querer hacerle burla a su predecesor unos cuantos días antes. No había fuerza que pudiese separarlo de lo que siempre había querido. Akane. En su gloriosa ingenuidad le estaba correspondiendo lentamente, incrementando tanto su propia seguridad como pasión.

Teniendo las manos libres pudo enredarlas alrededor del cuello de Ranma, dejándolas descansar en su nuca, desenredando los pocos cabellos que escapaban de la ya tan conocida trenza. Presa de la intensidad del beso suspiró enamorada, cosa extraña en ella. Pudo sentir la vibración producida por su propio gemir en los labios de Ranma, causando que un nuevo gemido escapara de sus labios. Era casi como un ronroneo.

La familia Saotome se había caracterizado por ser una de las mejores, por no decir casi única después de que la escuela se encontraba extinta, en las artes marciales de estilo libre. También, cada vez que alguien mencionaba el apellido Saotome se pensaba automáticamente en fuerza, entereza, valentía, orgullo, habilidad, velocidad, y porqué no, estupidez. Ranma, el heredero, único desafortunadamente, cumplía con cada una de esas características pasadas de generación en generación, y al parecer desempeñaba con maestría la última. Siempre siendo presa de sus propios impulsos sin pensar en las consecuencias, cosa que le había traído muchos dolores.

Las manos, ahora libres, se encontraban inquietas y curiosas, acariciando todo lo que a su paso había. La tersura de los cabellos de Akane, la piel tibia y suave de su rostro, su costillar, su ombligo, sus caderas. Toda ella era condenadamente adictiva. ¿Cómo es que había pasado tanto tiempo sin poder tocarla? "Por tu propia estupidez. Pudiste haberla tenido hace dos años, cuando arruinaste tu boda", le respondió la misma vocecilla en su cabeza.

Las sensaciones parecían haber aumentado junto con sus respiraciones. Por todos los cielos, si casi estaban respirando igual de agitadamente como s hubiesen corrido un maratón.

—Te diría que me dijeras que me detuviese, pero, sería un maldito mentiroso e hipócrita si dijera eso. –dijo. Tenía la frente contra la de ella, mirándola profundamente a los ojos.

—Tendría que ser Yo una idiota si es que te dijera algo así. –era obvio que ese aplomo era bastante inusitado en ella, pero que importaba ya cuando ambos querían que su relación avanzara más. Ella le deseaba, y por lo visto en la presión en su abdomen, él a ella también, así que para que ponerle trabas al destino.

Ranma, por su parte, no necesitó más permiso que ese. El solo saber que ella estaba dispuesta a intimar con él era suficiente para llegar a la luna y de regreso. Ya varias veces había soñado con ese momento pero nunca, ni en sus más increíbles sueños, hubiese pensado que la realidad fuese comparable con la fantasía. Eran tantas las cosas, y a la vez tan simples, que no tenía palabras, ni razón para explicarlas.

La besó. Ahora sin miramientos. Llenándose de su sabor, de cada partícula de ella. No se contentaría en tenerla solo en cuerpo, sino también en mente y alma. ¿Qué si era un romántico empedernido por quererla así? Pues que le importaba. Nada era sólido cuando la tenía entre sus brazos, deshaciéndose en sus besos. La tenía para él, y juraba que nunca en la vida alguien más la besaría como él.

—Nadie más que yo va a tenerte así.

—No hubiese pensado menos del gran Ranma Saotome.

—No sabía que me espiabas.

—¿Qué?

Era tan endiabladamente inocente. Ese podría ser una de sus más grandes virtudes o una de sus peores perdiciones. Menos mal que él sería el único con quien ella estaría.

Grandes, marrones e interrogantes eran los ojos de Akane en ese momento. —No entendí.

Sonrió cínicamente, la besó en los labios y esgrimió sus caderas haciendo que hombría rozara su muslo.

—Hen… hentai. –exclamó. Nunca se había sonrojado más que como en ese momento.

—Pero así me quieres.

—Claro que no.

—¿Entonces quieres que pare? –ronroneó en su oído.

—Yo… –las ideas coherentes parecían no tener cabida en la mente de Akane.

—Tomaré eso como un no.

La besó por tercera vez esa noche, y cada beso había sido tan diferente al anterior que era casi imposible pensar que era la misma persona. Eran irreconocibles esas manos que la tocaban por todos lados sin ningún ápice de vergüenza, y ni hablar de esos labios. Cada centímetro de piel expuesta, era por ambos, besada y explorada. Pareciera que lo habían hecho antes y sin embargo, era el mismo instinto el que los llevaba al valle de las pasiones.

Ranma, delicada y concienzudamente, se deshizo de la pijama de Akane descartándola a través de toda la habitación, dejándola en solamente unas lindas y femeninas pantaletas. Bendito fuera la entidad que se había encarado de aconsejarle a Akane que no usara sujetador en las noches ya que de esa forma tenía la libertad de observarla sin impedimentos.

La parte racional de nuestra mente tiende a replegarse cuando está presente una sustancia llamada adrenalina permitiendo que nuestros instintos más básicos tomen control de nuestro cuerpo para de esa manera poder reaccionar con más agudeza en comparación a cuando estamos regidos por nuestra razón. Lo mismo sucede cuando estamos frente a un peligro, la adrenalina, podría aventurarme a decir, actúa como un detonante haciendo que todos y cada uno de nuestros sentidos se agudice evitando de esa manera que el daño pueda llegar a ocurrirse. Las pupilas se dilatan proporcionándonos una mejor visión, la respiración se agiliza, todo nuestro cuerpo reacciona.

Akane era una clara esclava de las drogas que proporcionaba su propio cuerpo. Cada uno de sus sentidos se habían sensibilizado permitiendo sentir las caricias que Ranma le prodigaba a su virgen cuerpo. Cada beso, cada roce, cada respirar que chocaba contra su caliente piel, cada mordisco, todo estaba intensificado haciendo más placentera la tarea. Y muy a su vergonzoso pesar, se encontraba gozando y lo dejaba ver verbalmente con cada maullido y ronroneo que escapaba de sus labios.

—Ran… Ranma. –jadeó sin fuerzas. Pudo sentir que paraba, probablemente para ver porque es que le había llamado. —Ngh. –acertó a articular para incitarle a continuar.

Envalentonado por el asombroso despliegue de sensualidad y, podría decirse, descaro, de parte de Akane, decidió que era momento de avanzar un poco más las cosas. Hacer uso de uno de los mejores atributos del ser humano. La boca. Tanto la labia, las papilas gustativas, la lengua, los dientes, el paladar. Todo era una zona erógena, en las debidas circunstancias era una gran arma en la seducción.

Dejó que sus manos, ya no indecisas como en un principio, tomaran posesión de aquello de lo que siempre se burlaba. Sus senos. Altivos y turgentes, delicados y orgullosos, simplemente eran representantes de la misma personalidad de Akane. Cierto, él se había burlado incontables veces de su tamaño pero eran perfectos. Probablemente eso lo diría cualquier hombre enamorado e inexperto, pero en lo que a él concernía estaban simplemente excelsos y eso era lo importante.

Ante el solo contacto de esa tibia mano, ella arqueó la espalda pegándose más y más contra su palma. Estaba hambrienta de contacto físico, cosa inusual en ella. Por cada trazo que él hacía en su piel, una marca de fuego aparecía, quemándola, devorándola por completo. Y ella no pondría objeciones.

Pasaron los segundos, tan torturantemente lentos, y las ropas, esos ofensivos obstáculos, quedaron desplegados por toda la superficie de la habitación. Ambos deberían de estar sonrojados, por decir poco, debido a su completa desnudes, más estaban tan inmersos en el mar de sensaciones dispuestas sobre ellos que poco importaba algo tan vago e insignificante como el pudor.

Sus ronroneos, gemidos, rugidos y quejidos se intensificaron mientras el tiempo pasaba. La casa, tan enorme y tan vacía, era el único testigo que tenían. Podrían gritar de gozo y nadie nunca lo sabría.

La nublada mente de Akane hacía vanos intentos de seguirle el paso a sus manos, más esa tarea simplemente le resultó imposible. Sus manos actuaban descaradas recorriendo todo ese atlético cuerpo. Los omóplatos, una pequeña cicatriz en la parte inferior de su espalda, sus torneados brazos, sus angostas caderas, sus redondas nalgas, sus muslos, su cuello, sus vellos.

Estaba tan entrada en su tarea de memorizar cada centímetro de Ranma que no supo lo que él le estaba haciendo hasta que sintió una intrusión en el centro de su cuerpo, de su universo. Mientras la besaba, Ranma había deslizado uno de sus manos hasta su femineidad acariciándola prolijamente arrancando pequeños y agudos grititos de parte de Akane. Descaradamente, dejaba que sus dedos jugaran con esos vellos ondulados que protegían la parte más sensible del cuerpo de la mujer que estaba debajo de él. La podía sentir, lista para que la tomara. Y por Kami que no iba a hacerse del rogar.

La miró a los ojos, indeciso. Una sonrisa fue suficiente para hacerle ganar el valor perdido. Con presteza, Ranma le separó las piernas para poder colocarse más cómodamente en ella. Emitió un gruñido feral cuando su henchido miembro rozó la cara interna de los muslos de Akane. No podía aguantar más. No quería aguantar más. Tan linda y tan dispuesta.

Con cuidado deslizó solo la punta de su hombría dejando que ella se acostumbrara a la extraña sensación. Era obvio que Akane era virgen y sabía que no estaba acostumbrada a tener algo, literalmente, enterrado en ella. Pasados un par de segundos se deslizó un poco más, frenando a la mitad y tratando por todos los medios de que no terminara ahí mismo. Pero por todo lo que era bueno en esa vida, las paredes internas estaban aprisionando su miembro de tal manera que con cada fricción era dar un paso más al abismo.

Fue menos de un minuto lo que tuvo que pasar hasta que estaba por completo dentro de ella. Sofocó un gruñido que estaba borboteando en su traquea. Con mirada cansada, la observó. No habían habido lágrimas, ni gritos de dolor, ni uñas enterradas en su espalda, como lo habría previsto para cuando él le robara por completo su virginidad. Ahí, extrañamente estoica y ensimismada, estaba Akane que parecía perdida en sus propios pensamientos.

—No es una sensación agradable. –admitió después de un rato de meditación.

Confíen en Akane para arruinar el "momento". A pesar de estar ligeramente sobresaltado por el demasiado franco comentario, no pudo evitar reírse sinceramente. La besó en los labios y arqueó un poco su cuerpo para que sus labios quedaran cerca de su oído.

—¿Sabías que siempre te amé? –dijo.

Con lentitud, se empezó a retirar solo para volver a entrar una vez más con más fuerza e ímpetu que antes. Sus manos, que hasta ese entonces se habían mantenido cerca de la cabeza de Akane para mantener en equilibrio, se fueron separando poco a poco dejando que la derecha quedara sobre el seno izquierdo, la palma justamente sobre el pezón. Con movimientos circulares, empezó a masajear esa masa de músculos y nervios, ganando como recompensa un agudo maullido de puro placer.

Sus cadenciosos movimientos eran cada vez más seguros y fuertes. Akane, aún respirando dificultosamente, decidió acompañarlo moviendo al unísono sus caderas. La fricción era un constante detonador de estrellas que explotaban como fuegos artificiales ante sus ojos. Podía sentirlo tan dentro de ella que era casi irreal.

La mano de Ranma, que seguía propinándole deliciosos masajes, decidió dejar de jugar con ella para poder tocar lo que había más allá de ese valle. Sus costillas, que contó una por una. Su cintura, tan breve y tersa. Su ombligo, jugó un poco con él dejando que su yema definiera su contorno. El parche de crispados vellos. Sus muslos. Decidido a molestarla un poco, decidió dejar que sus dedos llegaran tan cerca de su femineidad pero estando a pocos milímetros de hacer contacto directo, se retiraban.

—Mou. –se quejó.

Akane sabía demasiado bien que él solo estaba jugando con ella. Dos podían jugar el mismo juego. Elevándose un poco, dejó que sus pechos, sudorosos por el ejercicio, se pegaran a su torso restregándose contra él. Sus pezones rozaban los de él. Le escuchó gruñir de complacencia y no pudo evitar reprimir una risita.

Basta de juegos. La anteriormente indecisa mano de Ranma se deslizó sin miramientos hasta ella. Puso sentirse, entrando y saliendo de ella. Con el pulgar y el índice jugó con ese pequeño botón que sabía le traería placer. Suaves movimientos se vieron opacados por las rápidas embestidas que el estaba realizando.

Sus gemidos, previamente sofocados por el hombro de Ranma, se vieron libres ante el frío aire de la noche cuando ella llegó a un entumecedor orgasmo. Se sentía vibrar en cada una de sus células. La vista se le había ido por un instante dejando solo una enceguecedora luz blanca. Los músculos se tensaron hasta el punto de dolor.

Sintiéndose apretado entre esas paredes femeninas, no pudo evitar pensar que en cualquier momento culminaría. Alejó su mano de entre ellos dos y la colocó sobre los cabellos de Akane, que se encontraban desplegados como un abanico sobre la almohada. Los apretó con furia y dejó que su cabeza descansara sobre ellos. Las embestidas se fueron convirtiendo más erráticas y desenfrenadas sintiéndose cada vez más cerca de su culminación. Inspiró una vez más esa fragancia y se empezó a deslizar fuera de ella. En su propia estupidez había olvidado usar protección. No quería que ella terminara embarazada.

Akane, presintiendo lo que él estaba a punto de hacer, entrelazó sus piernas, dejándolas descansar en sus redondas nalgas, aprisionándola en ella. Movió más las caderas elevándose. A pesar de haber sido esa su primera vez, no quería que terminara así. Si iba a tener a Ranma, lo quería por completo.

—Ba… Baka. No hagas… arg… eso. –se quejó en medio de dificultosas inhalaciones. Si estaba a un paso de terminar en el fondo de un abismo, ella solo lo estaba empujando más y más.

—Ai shiteru. –respondió.

Un último frenético movimiento y no pudo contenerse más. Respiraba entrecortadamente, llenando sus pulmones del aroma de shampoo de Akane. Esa noche había decido utilizar lavanda. Estaba rendido. Hubiese preferido poder continuar un poco más, llevarla a la locura una vez más, pero habría de culpar a esas hormonas que tanta mella hacían en él. Por Kami, si deberían de haberlo felicitado por haber terminado después de ella. Solo Dios sabía las fuerzas con las que se estaba conteniendo.

Sus piernas cayeron inertes en el abusado colchón, incapaz de mantenerla sobre él. Se cubría los ojos, probablemente de vergüenza, con el antebrazo, si es que él le preguntaba porque se cubría, bien podría decirle que no quería que le sudor le entrara a los ojos.

Deslizándose fuera de ella, terminó echado a su lado. Su respiración no era tan elaborada como la de Akane, tendría que dar gracias a su duro entrenamiento. Aun no podía creer lo que acababa de suceder. Había tenido sex… No. había hecho el amor con la única mujer que amaba. Era casi celestial.

Pasada una hora, en completo silencio, la escuchó respirar profundamente. Ya se encontraba dormida. Se levantó y empezó a recolectar sus cosas. En la cama, desplegada cuan larga era, Akane dormitaba y seguía desnuda. Con un sonrojo mayor a cualquiera conocido por el hombre, la cubrió con la sabana. Con un tobillo esguinzado era suficiente, no tenía porque resfriarse.

—Que bien Saotome. –se regañó en voz baja. —Acabas de tener relaciones con ella y no te avergüenzas, pero solo la vez desnuda y eres una baya.

Ya vestido se agachó sobre ella. La besó en los labios, con cierta dificultad debido a que su brazo seguía cubriéndole los ojos. —Te amo.

Salió de la habitación con ceremonial silencio. Nadie sabría que había estado allí. Nadie excepto él y ella. Había sido una experiencia fuera de este mundo y esperaba volver a repetirla, si es que ella decidía perdonarla. Después de todo, era momento de marcharse. Ya había desperdiciado muchos días y si quería una cura pronta para su "problema", debía de irse en ese instante.

"Anoche me diste un beso
No lo sabías, pero estaba despierta cuando lo hiciste.
Fuiste silencioso, me ibas a dejar dormir.
Así que seguí allí, pretendiendo estar dormida.
Me dijiste algo creyendo que no te escucharía
Y un "Te Amo" nunca sonó tan sincero."


Hola!!

Dios, me divertí mucho haciendo este capítulo y no sé ni porqué. Supongo que es porque nunca me había manejado en el rango "XXX" de Ranma. Algunos podrían decir que una vez que haces un lemon, todos son lo mismo. Pero, NO! Cada escena es especial y existen ciertas partes que solo son aplicables para cada pareja.

Me parece que este es el capítulo semifinal.

Oh, no se pongan tristes, mi pequeños pitufines y pitufinas. Este fic, en realidad estaba destinado a ser solo un One–Shot, pero la codicia, oh, esa maldita mujer tentadora, hizo que la historia se alargara más de lo debido.

Algunos podrán decir que ambos tienen un poco de OoC, pero no me importa. Además, no podemos esperar que sigan actuando como quinceañeros cuando ya son unos "adultos" de 19 años. Ya me gustaría verlos actuar igual que cuando tenían 16, a los 19.

Nota interesante: Este capítulo estuvo inspirado en la canción de "Nobody but me" de Blake Shelton, que recomiendo ampliamente escucharla. De hecho es de ahí que salió el título. Ando en mi época country XD.

Una cosa que aprendí: NUNCA, PERO NUNCA, EXTIENDAS UN ONE–SHOT PORQUE LUEGO TE QUEDAS SIN IDEAS!!

Muchas gracias por leer este capítulo y espero nos veamos muy pronto.

It´s Indie Rock&Roll for ME!!