Contigo Siempre

— ¡No lo puedo creer! —decía con repugnancia la joven —No lo puedo creer, soy tan… estúpida.

— ¡No! ¡Espera! ¡No es lo que tú crees, déjame explicarte! —dijo desesperado.

Sólo que sus palabras eran innecesarias, completamente obsoletas frente a la imagen que tenía delante de ella. Era tan lógica la escena que las explicaciones sobraban para evadir lo obvio. Él recostado, totalmente desnudo junto a una expectante rubia, qué otra conclusión podía sacar, ninguna otra sólo que la había engañado.

Se paró de inmediato y trató de detenerla, cuando aún recogía algunas de sus pertenecías. Pero las palabras de verdad eran innecesarias en especial para la enfadada mujer, que volteó abruptamente hacia él cuando intentó tomarla del brazo. Ella no tardó en reaccionar, para su mala suerte violentamente, plantándole una fuerte bofetada que se escuchó en toda la habitación.

La joven ni siquiera esperó una réplica, simplemente abrió la puerta del departamento y se marchó antes de siquiera darle la oportunidad de ponerse algo. Sin embargo, este hombre no se quedaría tan tranquilo y trató de seguirla, pero era demasiado tarde, ella ya no estaba en el pasillo.

—¡Anna! — gritó fuertemente, golpeando las puertas del elevador, pero no hubo respuesta, ella se había ido.

Capítulo I

Las lágrimas cubrían paulatinamente sus ojos. El impacto de la imagen todavía fluía en sus pensamientos. No le importó en absoluto dejar hablando al portero, que preguntaba preocupado por su estado de salud. Pidió las llaves al valet parking antes de que él se atreviera a salir a buscarla. La idea le aterraba, le enervaba como no tenía idea. Apenas vio su auto salir del estacionamiento quitó de sus manos las llaves del coche.

En balde tanta grandeza, tanta alabanza de su parte. Ella, Anna Kyouyama, famosa y prestigiosa diseñadora de ropa, Elegante, joven y con un arrebatador carácter que haría temblar a cualquier hombre valeroso, engañada por un vil patán. No era la dulce mujer que cualquiera elegiría de novia, pero había varios hombres que la deseaba de compañera y al único que le había dado pauta era a él, a Hao Asakura.

Y si bien su vida laboral no era del todo perfecta, caminaba y avanzaba a grandes pasos en el mundo de la moda, en donde se había colocado muy bien en la élite de Japón, muy a pesar de los grandes sacrificios pasados. Pero todos esos detalles importaban muy poco, de qué valía ser talentosa y adinerada si ahora mismo su vida personal estaba para tirarse al retrete.

Conducía a gran velocidad y no le importaba en lo absoluto los señalamientos de tránsito, apenas tomó la salida de Tokio, incrementó la aceleración. Y sí que lucía molesta, pues en esos instantes ni siquiera le cruzaba la idea de que pudiese tener un accidente. Ella sólo tenía en mente esa imagen, aquella que le destrozaba lo más profundo de su alma.

Cerró los ojos un momento y una lágrima cruzó por su mejilla. Mucho le habían advertido del Asakura, especialmente por la fama de mujeriego que se cargaba. Jun, una de sus más entrañables amigas y compañeras de trabajo, le había dicho claramente que mientras él no perdiera el interés le sería fiel, pero había hecho caso omiso a todas esas acusaciones por una simple razón.

—Porque lo amo — dijo con lágrimas en los ojos—Lo amo.

Realmente lo amaba, eran ya dos años de relación y una excelente, pues aunque discutían, a menudo sus peleas terminaban con ardientes besos en la cama. Amaba a ese hombre hasta la locura, por él habría renunciado a su mejor oportunidad de trabajar en Francia e incluso, había dejado a su familia de lado. Sin embargo, nada de eso contaba para él. No para Hao.

—Soy una estúpida. Soy una idiota tan sólo por llorar — dijo como un cruel regaño, secando bruscamente sus lágrimas.

A su costado, la bolsa no dejaba de vibrar insistentemente. No era genio para saber que en la pantalla del teléfono aparecía la foto de él. Hao no paraba de marcar y dejaba mensaje tras mensaje, a esas alturas probablemente tendría acumulados al menos unos diez. Anna miró con rencor aquel celular, tenía una gran odio en ese momento, una sensación de quererlo moler a golpes, cómo se atrevía a pedir perdón y decir que no era lo que parecía. Sin pensarlo mucho, arrojó con violencia el celular por el pavimento, sin importar que un carro le pasara encima, sin nada más en su cabeza. Hoy, este día, quería desaparecer del mapa.

Aceleró y pudo ver a escasa distancia la desviación hacia la parte más pequeña ciudad de Funbari. Ahora no tenía más remedio que reducir la velocidad, ya que todo ahí era sumamente tranquilo. El hecho que estuviera agonizando de desesperación y furia no significaba arruinarle la existencia a todos los habitantes, aunque ciertamente tenía en mente una excepción.

Se detuvo momentáneamente hasta que un par de hombres abrieran la reja de lo que parecía ser una gran mansión. No necesitaba identificación, el mercedes negro hablaba por ella, por quién era, por la mujer que antes visitaba con frecuencia aquella casa. Apenas paró entregó las llaves al jovenzuelo que solía acomodar los autos en el estacionamiento. No perdió más tiempo y se adentró a toda prisa a la casa.

El servicio la miró con temor al notar su actitud arrolladora, pues sabían que era una mujer con un carácter temible, lo habían vivido en carne propia. Sin embargo, ella no se limitó y preguntó inmediatamente sus cuestiones.

—¿Dónde está Manta?

Tamurazaki tembló sólo al oír su voz, siendo incapaz de contestar una sencilla pregunta.

—Está en su estudio, Anna —habló alguien más.

La niña de cabello castaño salía de la biblioteca con una serie de revistas de moda en las manos y pudo sentir una apacible familiaridad, después de todo, su hermano y ella habían sido amigos cercanos en la universidad por haber compartido la misma residencia y por los servicios de su padre a su familia. A sus ojos, Mannoko Oyamada era de su entera confianza.

—Te lo agradezco, Mannoko —dijo mucho más tranquila mientras subía las escaleras.

—¡Espere, señorita Anna!

—Déjala Tamurazaki — intervino la joven — Ella ya conoce la casa.

—Pero señorita Mannoko, el joven Manta está ocupado con…

¿Importaba? Realmente no. En todos esos años nunca necesitó tocar la puerta y ahora con el problema que venía cargando encima, mucho menos. Abrió el despacho y entró sin ninguna autorización. Oyamada estaba sentado en el sofá y se sobresaltó al verla ahí, pues llevaban meses sin dirigirse la palabra. Aunque por sus vanos recuerdos, esperaba encontrarlo absorto en un libro, pero no era el caso.

—¡¿Anna? ¿Qué haces aquí?! — preguntó asombrado y apabullado por el semblante serio de su amiga.

—¿Quieres calmarte? Vine a hablar contigo de algo importante —respondió molesta la rubia, entrando a la enorme habitación.

Había pensado en miles de personas, pero el único nombre que rondaba su cabeza era el de él, Manta Oyamada. Tener que recurrir a alguien más le hubiese resultado molesto y hasta vergonzoso, en especial por las circunstancias de la ocasión. Tampoco es que tuviera una larga e inmensa lista de amistades, pero él resaltaba entre todos, por sus experiencias, por su imparcialidad, por ser la única persona que no le recriminaba nada. Sin embargo, no esperaba que estuviese acompañado.

—Veo que no estás solo —dijo Anna en algo similar al sarcasmo.

Recargado en uno de los libreros estaba de espaldas un joven alto y a simple vista con un cuerpo atlético. Manta reaccionó muy tarde ante la mirada fija de Anna sobre su amigo, peculiarmente cuando él fue participe de su presencia en la habitación. Pensaba intervenir, pero él decidió darle la cara a su amiga.

Sus cabellos castaños y su mirada melancólica fue lo más atrayente de su rostro. Podía sentir su tristeza con tan sólo verlo y había algo más, sus rasgos físicos tan parecidos a los de él. Pronto se vio envuelta entre los recuerdos y las inmensas cavilaciones. El joven se acercó a ella y estiró la mano en forma de saludo; sin embargo, ella dio tres pasos hacia atrás antes de reaccionar y actuar con violencia, propinándole una fuerte bofetada.

—¡Muérete! — le dijo con tanta frialdad, que pareció asustarlo —¡Desaparece de mi vida, idiota!

Manta se sobresaltó y de inmediato fue en auxilio de su amigo, que acariciaba su mejilla un poco confundido por aquella reacción.

— ¡Anna! Pero… qué cosas dices —dijo realmente preocupado —¿Por qué le dices eso a Yoh?

Nublada, cegada por el dolor, poco a poco su visión fue más clara. Aun con las lágrimas acumulándose en sus ojos, podía notar las evidentes diferencias, comenzaba a vislumbrar que aquel sujeto no era en lo absoluto Hao. Aquella visión de su novio se había desvanecido paulatinamente hasta observar la cruel realidad. Él no estaba ahí.

—¿Es por Hao, verdad? —preguntó el castaño en un tono notablemente pasivo.

Anna no emitió repuesta, simplemente lo miró a detalle. En efecto, sus rasgos eran casi iguales, sólo que el cabello corto acentuaba la diferencia. Si él no era Hao, entonces suponía que sería su hermano y no era cualquier parentesco.

—Eres su gemelo —dedujo al instante.

—También me engañó a mí —añadió Yoh con tranquilidad, pero era claro que su mirada transmitía el mismo dolor que ella experimentaba—Marion me engañó con mi hermano.

—¡Son una basura! — exclamó Anna fuera de sí al recordar a la rubia que yacía tranquila al lado de Hao.

—Y nosotros fuimos muy tontos al creerles —pronunció con auténtico dolor, no pudiendo retener más tiempo sus lágrimas— No eran meses, eran años. Yo le entregué a Marion tres años de mi vida, quería casarme con ella y cómo me paga, engañándome con mi hermano sólo por interés.

Podía argumentar lo mismo y en similar dirección. Por alguna extraña razón, se sintió en confianza y con la tranquilidad de que alguien pudiese sentir en carne propia su dolor y desesperación, su coraje y frustración, el enojo, la decepción y la melancolía que todo ese vil acto conllevaba en su vida.

—Lo único que quieren es el dinero, ella y Hao son iguales, es a lo único que le darían su fidelidad —habló furiosa, no sabía porque pero ese hombre y ella se compenetraban y entendían perfectamente.

—Sí y es una lástima, yo quería casarme con ella — describió con lástima —Lo que ella no sabía era que si nos casábamos sería más rico que Hao.

—¿A qué te refieres? — preguntó confundida Anna.

—Nuestra familia es propietaria de una gran empresa, supongo que eso ya lo sabes bien, ¿no?

—Sí, lo sé. Hao es el director ejecutivo de todo el corporativo.

—Bueno, mi abuelo fue el fundador, cuando él murió la empresa quedó en manos de varias personas, para que cuando creciéramos uno de nosotros heredara la mayoría de las acciones y todo el dinero que dejó en el banco—le explicó Yoh—Pero somos dos herederos. Por lo tanto, el primero que se case será quien se lleve todo. Aunque yo en ningún momento escondí mi noviazgo, pero… al parecer Hao sí.

Tenía razón, a pesar de los años de noviazgo con el Asakura, ninguno de los dos se conocía, ni siquiera por error, pues según Hao, tal vez no sería bien recibida por su familia. Pero ahora, con todo lo que su hermano decía, todo tenía más sentido, tal vez sólo estaba guardando las apariencias y en un futuro próximo adelantar a su hermano en la jugada.

Entonces, su sangre se calentó de nuevo. Todo era más claro. La razón por la que él no la había presentado ante su familia, la discreción para salir, las cosas tenían sentido ahora. Quería pedirle matrimonio sin que Yoh lo supiera y así tomar ventaja, aunque tampoco podría afirmarlo, ya que no lo veía realmente motivado a dar ese paso, pero ante la perspectiva, era posible.

—Anna… — llamó Manta preocupado al verlos a los dos absortos en sus pensamientos.

—Debemos vengarnos, Yoh —dijo sorpresivamente.

Una declaración fuerte. Sin embargo, el único sorprendido fue Manta, ya que Yoh lucía realmente serio, algo sin duda inusual en su comportamiento, que miraba en sus ojos esa misma determinación. No era necesario ser genio para deducir que él estaba dispuesto a llegar hasta las últimas consecuencias.

—¿Estás segura, Anna?. — preguntó nervioso, pues conocía a la perfección a ambos y sabía que ella era de armas tomar.

—Sólo si Yoh está de acuerdo — lo enfrentó la rubia — ¿Lo harías?

La decisión de su mirada la cautivo, en especial por ese sutil brillo de esperanza que alcanzaba a vislumbrar en el camino. La historia habría sido muy diferente, posiblemente con lágrimas, alcohol, pero frente a ellos estaba la solución a ese incipiente dolor. Yoh Asakura era una víctima más, al igual que ella, y qué mejor combinación podría haber, ninguna. Ambos buscaban aliviar sus sentimientos, jurar venganza con sus antiguas parejas por la misma razón por la que fueron engañados.

—Sí… — contestó Yoh — ¿Es… lo mismo que yo creo?

Manta giró su rostro con temor, simplemente para ver a Anna sonreír en un gesto curioso y enigmático. En todos los universos paralelos temió por un momento estar en medio de un gran embrollo, ser el cómplice de una increíble historia para ese par, pero no, él no los creía capaces de llegar a tanto. No por dinero, no por amor, pero tal vez sí por venganza.

—Casémonos.

Continuará...