Capítulo XXIII

Sus ojos comenzaron a vislumbrar una ligera luz en la penumbra. Había sentido sobre su mejilla una calurosa muestra de afecto algunos minutos antes de que decidiera incorporarse en la cama. En efecto, sus suposiciones eran acertadas al comprobar que apenas amanecía y el sonido del agua en la ducha era abundante mientras cantaba o trataba de tararear una boba canción de su artista favorito. Se admiró de la precisión en el tiempo. Aún con el ajetreado día previo, su esposo parecía resuelto a cumplir toda la agenda, comenzando con la entrevista en el noticiario matutino de mayor audiencia.

Estiró su brazo para alcanzar el móvil.

—Casi las cinco —susurró notando la ropa deportiva sobre la silla del fondo.

Al menos sabía que estaba con la pila recargada y no somnoliento como casi siempre se le veía por las tardes. Dudaba poder dormir de nuevo, tenía sueño, pero no quería seguir descansando mientras él ya estaba de pie, de cierta manera consideraba que era injusto que siguiese reposando. Decidió levantarse de la cama, de nada le servía esperarlo sentada sin hacer nada. El personal apenas despertaba, por lo que Yoh era el único demente en el ala sur haciendo escándalo.

Caminó hacia el armario. Aunque tenía gran tamaño, considerando que era exclusivo para su uso personal, sentía que era muy pequeño acorde a sus necesidades. El vestidor en su casa ocupaba toda la habitación. Y la recámara en que habitaba en ese preciso instante no era nada pequeña, por lo que requería realizar modificaciones importantes en la recámara vecina. No había reparado en ese asunto si quisiera trasladar todas sus cosas a un mismo sitio. Quizá era porque veía su estancia en la mansión Asakura como una visita provisional y no algo duradero. Desechó la idea, tampoco es que planeara habitar ahí toda la vida.

No obstante, estaba casada. No era una probabilidad, sino un hecho.

—Y no creo que él quiera mudarse—dijo en voz alta.

—¿Mudarse a dónde? —escuchó detrás de ella.

Y se sobresaltó. No había reparado en el tiempo que llevaba sin escuchar el agua caer. A pesar de saber que únicamente estaban ellos dos, la sorpresa no pasó desapercibida. Tampoco el hecho de verlo ataviado en un elegante traje gris Oxford. Nada mal, considerando lo desaliñado que era cuando recién lo conoció. Sin duda habían dado grandes pasos en la vestimenta.

—Me asustaste.

—Perdón—mencionó apenado—Olvidé llevarme la ropa, no quería que te molestaras porque dejé ropa sucia fuera de mi habitación.

Observó de reojo cómo tomaba entre sus manos el pantalón y la playera aún húmeda. Calculaba que llevaba desde las cuatro de la mañana en pie realizando su rutina. Y debía admitirlo, se sentía complacida de verlo tomar con responsabilidad cada una de sus tareas.

—Tampoco pensé que te despertarías a esta hora—añadió admirando con agrado la ligereza de sus prendas—Pensé que dormirías un poco más.

—Siempre me despierto temprano—respondió cerrando el armario—Salgo a correr en las mañanas.

—Lo sé—recordó de repente—Pero no tan temprano.

—No es tan temprano.

Bromeaba, ¿no es cierto? Él adoraba quedarse dormido hasta pasadas las ocho de la mañana. Con su cambio espectacular de rutina, veía como una ilusión volver a despertar tarde. Sin embargo, se contuvo y suspiró resignado.

—Bueno…para el público promedio es un poco temprano—dijo doblando la vestimenta deportiva—Además, te veías muy tranquila durmiendo, por eso no quise molestarte.

—Qué amable—ironizó cruzando sus brazos—Eso significa que te irías como un cobarde mientras dormía.

—No lo había pensado así, debo admitir que… interrumpir tu sueño bruscamente no era una de las opciones, aún recuerdo cómo me golpeaste la cara en Bora Bora por despertarte para ir a desayunar.

—Exagerado, yo siempre me despierto antes que tú.

—Susceptible, que es muy diferente. Y aquel día no querías ni abrir los ojos—objetó levantando un dedo— Tienes gran fuerza aunque no lo aparentes y eso toma a cualquiera desprevenido.

—Pues ahora ya lo sabes, provócame y la próxima vez visitaremos al médico por una reconstrucción facial—se jactó con alevosía—¿Acaso lo dudas?

No pudo evitar reír con nerviosismo ante esa mirada tan segura. Era difícil de evocar, pero casi lo sentía con total verosimilitud. Y dolía, claro que dolía. ¿A quién no le dolería?

—No… Te creo—respondió rascando su mejilla—Sin embargo, y a mí favor, tengo que decir que no pensaba irme sin despedirme de ti.

—Claro…

—Claro que sí—afirmó acercándose lentamente hacia ella—Cómo podría irme sin besarte una última vez.

Y aunque eran palabras sencillas, tuvo el efecto de silenciarla. Aquel cautivador gesto de inocencia y calor en su mirada era suficiente para olvidar sus quejas. Palabras precisas, sutiles sonrisas y el frío de su cuerpo necesitando su calor, qué más detalles requería para gritar su necesidad por abrazarlo. Se odió a si misma por verse encandilada por algo tan simple y banal. Incluso, por ideas tan absurdas e impulsivas.

—¿Puedo darte un beso? —susurró cuando sus dedos rozaron su mejilla, tomándola con pronta naturalidad.

Sabía lo que seguía y no estaba lista. En verdad, no lo estaba.

—No—dijo con claridad interponiendo una mano entre ambos—No es un buen momento.

—¿Por qué? —cuestionó quitando la barrera—¿Qué sucede?

Mordió ligeramente sus labios.

—Nada que te interese—concluyó alejándose de él—Ahora, muévete o se te hará tarde.

Aún tenía que tomar algo, y tenía el suficiente tiempo como para pasar a la cocina por un té antes de irse a trabajar. Con suerte, habría alguna clase de panecillos en la alacena. Entonces notó el ligero silencio y cómo sus pensamientos bombardeaban su mente, sin una sola interrupción de su parte. Algo sin duda extraño en él. De ese modo, regresó su vista al castaño, que continuaba pensativo en el mismo sitio.

—¿Qué? Deja de estar pensando en la inmortalidad del cangrejo.

—¿No es un buen momento? —repitió extrañado— ¿En serio no es un buen momento? ¿Por qué? ¿Qué tengo de malo? ¿Huelo raro? Pero si me acabo de perfumar. ¿O acaso ronqué en la noche? Perdón, de verdad no quería incomodarte. Pero espera, eso no tiene nada que ver… entonces, quizá es porque yo…

Y silenció repentinamente después de aquella magnánima y elocuente charla consigo mismo. Sus miradas se cruzaron. Segundos transcurrieron. Él volvió a mirarla como si de un gran descubrimiento se tratase.

—Oh…

Sí, era la clase de expresión que denotaba cuando había llegado a la respuesta más lógica en su entorno.

—Así que es eso—añadió rascando su cuello—No es la primera vez, Anna.

Estaba segura que sus mejillas tenían un color carmín encendido. Momento incómodo. Y él no hacía las cosas más prácticas.

—¿Entonces?...¿Me darías un beso? —se animó a cuestionar.

No, estaba segura que no tenía ni un gramo de prudencia en su cuerpo.

—¡Por supuesto que no! ¡No me he lavado los dientes!—confesó a viva voz.

Y aunque no era la respuesta que esperaba, se sorprendió cuando caminó a paso firme hacia el baño. Ni siquiera le extrañó que cerrara con brusquedad la puerta. Apenas podía contener la risa con aquel gesto de orgullo y vergüenza. Soltó una carcajada inmediatamente después de oírla maldecir en el baño en un perfecto francés.

—¡Ups! Y yo pensando que estaba enojada porque la babeé un poco en la noche…—susurró con una gran sonrisa en su rostro—¡Te espero abajo, Cielo!

2

No obstante, pese a dormir en un lugar cómodo no estaba del todo tranquilo. No importaba lo amplio del espacio, ni los lujos de la habitación, no sentía paz. La última llamada con su hermana lo había alterado, al grado de querer averiguar en qué embrollo estaba metida. Ahora ya ni siquiera tenía la certeza de querer conocer la causa. Una jugada tan perfecta, sin rastro ni huellas debía tener un punto débil, extrañamente no era el caso. Creía imposible que esto surgiera de la noche a la mañana, tenía toda la pinta de un plan maestro.

—Terminé con Ren—rememoró meses atrás.

Recordó su rostro sin lágrimas, ni arrepentimientos, como si aquella relación lejos de ser deseada fuera un simple artífice. Aunque en otras palabras, lo era, sólo que había percibido un gusto auténtico de parte de su hermana por el Tao. A pesar de que él ya se lo había comunicado con antelación, no pensó ni por un instante que se atreviera a jugar con fuego. Menos en un matrimonio reciente, con un miembro de la familia Asakura y esposa de su jefe.

—Pensé que se estaban llevando bien, qué pasó—preguntó aparentemente confundido—¿Te hizo algo? ¿Quieres que lo golpeé?

—Nada, sólo… ya sabes, no funcionó tan bien. Él quiere retomar su interés romántico en alguien más—dijo tomando el control del televisor.

Así que en efecto, Anna era la pauta principal.

—¿Alguien más? ¿Y… cómo podría ser alguien más así de la nada? —contraatacó, tratando de obtener algo más contundente que simples oraciones llenas de indiferencia.

Encogió sus hombros, apagando el televisor al no hallar nada novedoso en la programación.

—No lo sé—dijo resignada—No somos tan compatibles, así suele pasar. Pero tienes tu información completa, ¿no?

—Sí, está completo el informe que me pidió Kino.

—Eso debe bastar, entonces—resopló mirando de lado—Necesito descansar, tomaré la habitación de huéspedes.

Y fue quizá el único momento en que notó vulnerabilidad en ella.

—Espera—le detuvo tomando su mano—¿Realmente estás bien? Te noto rara.

—Claro—dijo mirándolo con fijeza—Sólo fueron un par de citas, nada del otro mundo. De hecho terminamos como buenos amigos.

Dejó que se marchara sin mayor explicación. Ren volvió a retomar su interés en Anna a la primera oportunidad, no hubo más tacto entre ellos, al menos eso recordaba. Tampoco una confrontación con su hermana por la atención del chino. Un proceder demasiado calculado y falto de emoción. Y tal como esperaba, Pilika le dio detalles de Tao, todos los pormenores de su familia y también los negocios fuera de la compañía que manejaban sus padres. Kino pagó bien por la información. El asunto fue zanjado y puesto en una de las carpetas que ahora mismo estaban desaparecidas en el estante superior de la oficina de su hermana.

—Guarda una copia —sugirió él al cabo de unos días.

No quería desperdiciar todo el trabajo sólo por un descuido informático.

—¿Es necesario almacenar esa información? —preguntó un tanto extrañada—Ya tienes todos esos datos.

—Uno nunca sabe cuándo se requiera.

Se aseguró de guardar el registro, incluso tenía la copia exacta en la computadora. Pero su hermana formateó todo dispositivo a su alcance. Era como desaparecer de forma radical y sistemática, sin huella alguna. No sólo había tirado todo su esfuerzo, sino que no quedaban ni fotos, ni recuerdos, ni cuentas de correos electrónicos, sólo la cuenta maestra del banco y únicamente la suya.

Y no sabía si en su ataque de locura también había cambiado de identidad, puesto que no podía localizar movimientos bancarios a su nombre. Sonaba a locura, justo como una película de veraniega, pero Pilika no era ni fan de la acción, ni aficionada al suspenso. Así que su actuar debía por fuerza tener otra influencia mayor.

—Ren…

Aunque comprendía que su modo de actuar no había sido el correcto al orillarla a dejar muchas cosas de lado, no deseaba perjudicarla, pero en el proceso sabía que sí lo había hecho. Ella no había terminado la universidad cuando comenzó a trabajar con Kyouyama. Después, fue una increíble coincidencia que Jun Tao laborara con ella. Fue sencillo establecer un vínculo con los Tao de esa manera. Sus deudas sólo habían acrecentado, no tenía demasiadas opciones si quería mantener el estatus social, y obedecer a Kino era un negocio redondo.

—Con algunos favores de por medio—dijo pensativo.

Tampoco podía catalogar de limpia la operación. Mucho se benefició de las salidas de su hermana con Tao, incluso hasta se convirtió en un amigo sincero, su cómplice en muchas de sus desavenencias. Él había evitado su ruina y prácticamente estaba en deuda. No podía quejarse, no podía acusarlo, porque al hacerlo… una parte de sus acciones correspondían a las suyas.

Cómo podría confesarle a Yoh todos esos datos sin resultar culpable en la investigación.

—No regreses—volvió a escuchar la voz desesperada de su hermana.

Respiró agitado para levantarse de la cama, sentía que aquel cómodo sitio sólo estaba asfixiándolo. Quizá había sido una mala idea regresar, quizá Pilika tenía razón en su actuar y quizá ella sólo era una víctima más de las circunstancias. Pero no lo sabía, no había modo en que lo recordara, porque no era del conocimiento de nadie. Y ella era sólo una niña.

Trató de serenarse, al final, sólo tomó el pantalón de la silla a su costado y una simple chamarra para salir al pasillo. Era temprano, sabía que demasiado inoportuno para cualquier persona en la mansión Asakura, pero agradecía de corazón que aquel mausoleo fuera enorme y su visita en el área norte pasara desapercibida como cualquier insecto deambulando por ahí.

Estaba casi desierto, tal como se esperaba a tales horas de la madrugada. Debía ser sigiloso, para no generar sospechas sobre él. Es sólo que no podía aguardar una hora más, en breve Damuko le entregaría a Anna el número de su hermana. Eso habían acordado antes de acostarse, que charlarían durante el desayuno sobre las acciones que tomarían al respecto, sin secretismos ni tergiversar la información. Es sólo que su intuición le dictaba otra cosa.

O era tal vez el miedo el que lo obligaba a estar delante de la puerta de aquella chica. Cómo podría tener pavor a estas alturas. Tal vez es porque indiscutiblemente ocurría algo grave como para que Pilika volviese a tener contacto con quien hace unas semanas era una de sus grandes amigas, aún a sabiendas de que ahora estaba en la mira.

Pensó tocar, sólo que antes de palpar con su puño la madera dudó. No había vuelto a Japón para huir como un cobarde ante las circunstancias, estaba ahí porque en verdad deseaba recuperar su patrimonio, su vida. Y por más negocios turbios sobre la mesa, éste no era uno de ellos, al menos no de su autoría. Temor no era una de las palabras que debían estar inmersas en la descripción.

Suspiró y retrocedió un paso para alejarse. Pero antes de retirarse, escuchó los ruidos en el interior de la habitación. La curiosidad fue más grande cuando apegó su oído a la madera y pudo distinguir con toda certeza que Damuko no estaba del todo dormida, incluso se atrevía a decir que lejos de ser un monólogo, aquello era una charla tempestiva.

Sin embargo, eso no fue lo que más le extrañó. Frunció el ceño tratando de identificar el idioma en el que mantenía la discusión. Era difícil con un objeto intermediario saber con toda precisión, pero al mismo tiempo bastó una simple palabra para identificar que lo que Damuko hablaba era francés. Mil cuestionamientos le invadieron de repente, cuando giró la perilla varias veces para entrar.

Sabía que era inútil, pero eso fue suficiente para llamar su atención. Ella paró, probablemente cortando también la comunicación. Transcurrieron segundos antes de que abriera la puerta, agitada y con un semblante desencajado al verlo ahí.

—Horo Horo…—dijo sorprendida—¿Qué haces tan temprano desp…?

Empujó la puerta sin esperar una invitación pertinente. A estas alturas no la necesitaba, su aspecto serio denotaba cuán molesto estaba en ese instante.

—Ahórrate las preguntas, Damuko—respondió decidido—¿Estabas hablando con Pilika?

—¿Qué? —cuestionó aún más confundida, cerrando la puerta—No, no, estaba hablando con otra persona, por qué…

—Te escuché hablando con alguien en francés—señaló realmente enojado—Mi hermana habla bien el francés.

Estaba sin habla ante el carácter indomable del Usui. Jamás había visto en él semejante manifestación de desconfianza a su persona, aunque la justificaba porque tenía razón. Pero no era el caso, ni tampoco la razón de que estuviese despierta tan temprano.

—No estaba hablando con tu hermana—se limitó a decir solemne—Una amiga me habló de Francia.

—No sabía que hablaras francés, ni que tuvieses amistades tan lejos—dijo irónico—La llamada de mi hermana vino de Francia, ¿no es así?

Asintió, recordando que había investigado la conjunción de números. Sin embargo, era un caso diferente, ligado, pero no el mismo.

—Horo Horo, no sé por qué estás aquí tan temprano cuestionándome—comenzó a decir más serena—No tengo motivos para platicar con tu hermana antes que tú o que Anna lo hagan. Yo no la conozco, no tengo un interés personal en esto como para tomar ventaja de la información.

Apretó los labios y tomó con brusquedad su frente caminando continuamente en la alcoba para sosegar todos esos malos sentimientos. Ella tenía razón, quería creerle, le agradaba de sobre manera, pero no podía dejar atrás la desconfianza. Sonaba muy conveniente y al mismo tiempo con demasiadas incógnitas en el camino.

—Bien… si lo que dices es verdad, te daré dos opciones—dijo mirándola con seriedad—Dejarás que yo hable primero con mi hermana, sin entregarle el número a Anna o… llamarás a tu amiga y probarás que no mientes. Escoge.

3

Estiró sus brazos cuando descendió a la cocina. Había poca luz en el comedor debido a las cortinas cerradas, pero comenzaba a escuchar movimiento en la planta baja. Sabía que Ryu era de los primeros en levantarse, aunque considerando la hora, quizá había madrugado en exceso.

Observó su reloj, determinando que tenía algunos minutos libres para tomar un refrigerio antes de partir a la televisora. Bastaría con algo de fruta, dado que la técnica culinaria no era del todo su especialidad, no quería dejar un desastre en la cocina. Abrí la puerta, permitiéndose sentir el aroma dulce del huevo recién preparado, todo gracias a la chef que recién había contratado Kanna con el retiro de su habitual cocinera.

Sonrío complacido cuando aquella joven de sólo treinta y cinco años le devolvió el gesto. Hisami Toda le parecía una persona muy agradable y con grandes ideas versátiles en el ámbito culinario. Y por lo que había escuchado, también era del agrado de Anna.

—¿Tiene hambre? —cuestionó al verlo sentarse en la barra de mármol.

—Sí, un poco, debo confesar que el ejercicio me abrió el apetito—confesó admirado al verla ataviada con su ropa de trabajo—No pensé que fueras a estar despierta, es muy temprano.

Ella se limitó a encoger sus hombros en un aire natural.

—Kanna dispuso el desayuno a las ocho de la mañana para la señora Kino y algunos miembros de su asociación en el jardín—dijo colocando el omelette en un plato—Así que decidí empezar antes. También pensé que usted saldría todavía más temprano, veo que no me equivoque.

—Pues te lo agradezco, me ahorraste preparar el desayuno—contestó aliviado mientras se paraba para buscar algunos cubiertos—¿Por qué no me acompañas? No me gusta mucho comer solo.

Negó con la cabeza, mientras dejaba sobre la mesa los alimentos y sacaba una jarra de jugo recién hecho de naranja.

—Lo siento, pero la señora Anna no aprobaría eso.

Se sentó extrañado. Bien, muchos podían temer del carácter de Anna, pero dudaba que se molestara por cosas tan sencillas.

—Anna estaría encantada, créeme.

Pero no lo creía. Roló los ojos cuando se dispuso a realizar un segundo omelette con algunos otros vegetales. Quizá ella ya estaba familiarizada con los rumores que se dejaban oír de vez en cuando, también por la poca frecuencia que Anna habitaba en la casa, sobre todo en su ausencia. Tomó un sorbo del dulce líquido naranja en su vaso, la frescura fue inmediata en su garganta que le pedía a gritos beberse todo en una emisión.

—Debe ser bastante difícil— añadió en un tono neutral—Viajar cada semana, no tener tanto tiempo libre.

—Sí—dijo tomando el primer trozo de huevo—Supongo que sí, realmente no lo sé muy bien, apenas estoy empezando. No llevo muchos meses haciendo esto, antes de que llegaras mi hermano tenía el rol protagónico.

—Sí, recuerdo un poco al señor Hao—respondió girando la tortilla—Supongo que no es de mi incumbencia, pero no logro concebir que funcione.

—¿Qué cosa? —preguntó interesado.

—Una relación a distancia—resumió tomando la sal—A veces es difícil nivelar los egos de cada persona. Espero que no me malentienda—giró a verlo de reojo—Es sólo que… yo misma lo he padecido. No me gustaría verlo en la misma situación, en donde una persona tiene que resaltar más que otro. Uno siempre sacrifica más.

Tomó un tercer bocado mientras procesaba todas esas palabras. Por supuesto que sabía a lo que se refería, aún sin tener conocimiento de toda su agenda, sabía que no vería a Anna demasiado tiempo a menos que ella cediera parte de su espacio para compaginarlo. Necesitaba pedirle que adaptara su agenda a la suya. ¿Y era justo? Claro que no. Optaba por tener esa distancia, hacer sus cosas por separado, conservar la comunicación. ¿Si era difícil? Claro que lo era. ¿Si los demás deberían saberlo? Consideraba que no.

—Después los hijos….

—No tendremos hijos, Samy—escuchó la voz firme de Anna entrando a la cocina.

Después de dejarla en la habitación, ahora llevaba ropa deportiva y el cabello amarrado a una coleta. Nada extraño considerando que gustaba de realizar deporte al amanecer. Sonrió al sentir tan poderosa presencia, aunque no le gustara que la halagara tan seguido era imposible no estremecerse.

Hisami silenció avergonzada, probablemente maldiciendo la clase de comentarios tan sinceros que salían de su boca. Mientras Anna parecía divertirse con la reacción de la mujer. Sí, a veces era bastante malvada intimidando a los demás.

—No te preocupes por las papillas, ni los biberones, ni comida digerible para bebés, porque no habrá—amplió su comentario, sentándose junto a él—¿No es verdad, querido?

Tocó su mano, entrelazando los dedos en el acto. Si Hisami quería más demostraciones amorosas, suponía que estaba teniendo las suficientes.

—Si tú lo dices, querida—se limitó a responder con una diminuta sonrisa.

—Perdone, señora. Yo no quise ser entrometida—dijo nerviosa colocando el plato frente a ella—Le juro que es la última vez que hago esa clase de comentarios.

—No hay problema, Samy—respondió la rubia admirando la estética con que servía los alimentos—Todos dicen lo mismo, me da prácticamente igual.

Yoh quiso emitir un reproche ante el poco tacto con que manejaba el tema, pero no lo hizo.

—Sí… bueno….Ahora… debo checar en la bodega los insumos que necesito para el banquete, provecho—mencionó retirándose para dejarlos solos.

Entonces miró el tiempo, si no se apuraba llegaría retrasado y apenas había comenzado a comer.

—Bien, date prisa—le presionó sin mucha tregua, soltando su mano—¿Qué? No me veas así, es la verdad.

Soltó un gran suspiro, después bebió otro gran sorbo de jugo de naranja. No quería quejarse, ni deseaba pelear a minutos de despedirse.

—No me gusta que lo digas así…

—Sabes que es la verdad—rebatió de inmediato—Sabes lo que me pasó cuando era adolescente y lo que no sucedió con Hao.

—Sí, pero no es lo mismo—dijo cortando el huevo en varios trozos—Además, no siempre ocurre de repente, a veces lleva tiempo.

Tenía tantas cosas que decir al respecto, muchas de ellas negativas. El problema es que no quería dejar las cosas mal, menos cuando estaría varios kilómetros lejos atendiendo quién sabe qué problemas.

—Está bien, si eso te hace feliz, no hablaré del asunto—concluyó Anna comenzando a comer.

—Tampoco es eso….—dijo pasando la comida—Eres muy libre de expresar tu opinión, no quiero reprimirte. Es sólo que…

—¿Qué? —preguntó algo hastiada de sus respuestas tan contradictorias.

Suspiró profundo, tomando con firmeza su mano sobre la mesa.

—Que no seas tan negativa—dijo acercándose a ella—Y ya sé que dirás que eres realista, pero hay que tomarlo con más calma.

—Para ti todo es tomarlo con más calma—respondió exasperada cortando todo contacto con él y volviendo su vista al plato—¿Así eres siempre?

—¿Calmado? —preguntó tomando otro trozo de omelette.

—Denso—sugirió al verlo sonriente—No te rías, es en serio. ¿Qué más pruebas quieres?

Yoh necesitó dos segundos para pensarlo.

—Ésta es una charla que no tendré en este momento—respondió pasando bocado—Tendría que tirarte en la mesa y hacerte el amor antes de que me vaya.

Anna sonrió confiada, eludiendo el contacto con su mano, algo que Yoh notó con curiosidad en especial por esa peculiar mirada.

—Para ello existen comerciales, para hacer tiempo en pantalla.

4

Ninguna de las opciones parecía viable. Había revisado la base de datos minuciosamente antes de introducir los datos de su próxima compañera de trabajo, que se integraría a más tardar en una semana, tiempo suficiente para que Maiden encontrara un apartamento y concretara la mudanza. Jun comenzaría a ver los inmuebles por la zona, tendría que hacerlas coincidir el mayor tiempo posible, por lo que un lugar cerca de la oficina central de Anna sería lo ideal. Pero por más que analizaba los datos, no podría colocarla en su puesto sin tener que pasar encima de varias jerarquías jurídicas.

—A menos… que sea una orden directa del CEO—murmuró pensativo.

Si Yoh emitiera el papel, sería sencillo.

Si Horo Horo aún estuviese en el corporativo, también. Incluso, sólo con él hubiese bastado para dar una orden ejecutiva. Sin embargo, estaba atravesando demasiados filtros obsoletos. Jeanne no tenía la suficiente experiencia para el lugar. Incluso él, no tenía tantos años, pero sin el apoyo del castaño, no estaría en la posición de privilegio que gozaba en ese instante. Tenía que jugar sus últimas cartas con cuidado antes de hacer el procedimiento final.

—Sin una orden presidencial, no tiene caso hacer la suplantación—añadió redactando el escrito para la inmediata postulación—Anna no va a darle tanta importancia.

Al final, no podría marcharse disimuladamente, tendría que lidiar con el asunto aún en la oficina. Pero aquello podía jugarle a su favor si usaba los recursos adecuados, moviendo hilos, quizá hasta armando una estrategia contundente.

Sonrió. Tenía que estar muy dañado o demasiado angustiado como para estar a esa hora de la madrugada ocupándose del trabajo. Pero el reloj parecía no avanzar demasiado a medida que pasaban los días. Todo, incluyendo el nuevo apartamento en China parecía un largo camino que no recorrería sin lastimarse. Sabía a lo que se enfrentaba, lo sabía desde niño, incluso desde antes de hablar.

Y un tiempo se suavizó, no pudo evitarlo, a medida que conocía a Yoh más absurdo parecía todo el contexto. Pero era el único que valía la pena en aquella sinuosa familia. Comenzando por Hao Asakura, quien no pudo evitar rechazarlo por su condición precaria, aunado a las malas referencias de su abuela por su presencia. Tuvo que llegar su gemelo para defenderlo, pese a que no lo conocía, sólo bastó un simple intercambio de diálogos para juzgarlo de buen modo.

—No te preocupes, yo soy el segundo accionista mayoritario y no he ejercido ningún poder en la empresa—dijo tomando sus papeles para juzgar su currículo— Así que yo me encargaré de que entres al área legal.

—Pero tú no me conoces—objetó al castaño con extrañeza.

Cuánto había escuchado de todos. Su padre le advirtió que sería tratado de la peor manera, era sorprendente y extraño que no se diera de ese modo.

—No necesito conocerte, puedo sentir que eres un buen tipo—fue la simple afirmación de Yoh.

Tiempo después, estaba en el departamento y meses posteriores catalogaría para puestos de mayor rango. Años después era el primero en jerarquía en el área. Y aún con la molestia de Hao, se sentía parte del corporativo.

Respiró profundo, tratando de enfocar su mente en los escritos que redactaba.

Muy tarde para darse golpes de pecho, ahora lo importante era concluir el trabajo.

Continuó firmando el memorándum cuando percibió la vibración en su teléfono una vez más. No era una hora prudente, lo sabía porque él mismo sentía el sueño invadirlo por segundos. Sin embargo, notó con peculiar atención el nombre en la pantalla. En casos extremos no tomaría la llamada, pero en este singular suceso valía la pena el riesgo.

Tocó la pantalla hacia el icono verde y colocó el auricular en su oído izquierdo.

—Hao.

—¡Por fin contestas, Tao! —exclamó molesto el castaño—Llevo buscándote desde ayer.

Torció el gesto, mientras tocaba su frente cansado.

—¿Se te ofrece algo especial? —cuestionó hastiado— No son horas de consulta.

—Silver—se limitó a decir, despertándolo de la ligera penumbra de agotamiento—Me sigue causando problemas.

La simple mención causó escalofríos, en particular por el sobre que se asomaba por debajo del resto de los papeles.

—Se está convirtiendo en una verdadera amenaza—continuó el castaño.

Por supuesto, él mejor que nadie sabía a lo que se refería.

—Moveré algunos contactos, pero será difícil de contrarrestar.

—¿No se supone que eres el mejor abogado en todo Japón? —dijo con dureza Asakura.

Sonrió con alevosía, él conocía grandes maestros en el arte, pero no demeritaría su experiencia.

—La parte penal no es mi especialidad, pero creo tener referencias de una nueva integrante en el área. Ayer recibí su solicitud de parte del departamento de Recursos Humanos… bueno eso si es que logra quedarse—respondió serio—No tiene el perfil para trabajar en la empresa, pero parece ser que sabe manejar casos como éste, ha sido parte de un equipo jurídico en Francia que sentencio a un mafioso. Un conocido caso…

Estaba loco, de eso no tenía la menor duda.

—Sí, sí, al grano, dame el nombre, buscaré a la octava maravilla en persona.

—Jeanne Maiden.

5

Mordió sus labios a fin de reprimir un gemido que buscaba escaparse ante la sensación de placer que lo estaba invadiendo. Pero no era el único. Podía notarlo en el acelerado subir de su pecho, que por cierto, le daba una magnifica vista al sostén deportivo color negro. Nunca entendería el afán de Anna con la lencería negra, pero le sentaba de mil maravillas.

Y sus ojos en la oscuridad, se sentía atraído cada vez que lo miraban con esa intensidad mientras continuaba su faena. Sus caderas moviéndose sincrónicamente, mientras sus manos se aferraban a su cuello tratando de agilizar las embestidas. Aunque tampoco querían ser demasiado obvios, menos estando en la cocina, encerrados en la bodega de alimentos, con personas entrando cada tanto.

¿Cómo habían llegado ahí? Muy fácil, dicen que una cosa lleva a otra y después de un intercambio de besos húmedos, la conclusión fue que debían terminarlo con un rápido encuentro. Anna no tardó en buscar un refugio, cuando Yoh facilitó la unión de sus cuerpos al mover con velocidad la ropa que fungía como barrera. El pantalón cayó al suelo, del mismo modo la licra deportiva negra.

Se sorprendió cuando ella sin el menor ápice de duda dejó que la penetrase casi al aire, no había un soporte entre ambos cuando tuvo que enrolar sus piernas en su cintura. El movimiento corría por su cuenta. Apretó sus labios en cuanto sintió la humedad de su entrepierna chocar con la suya. Una deliciosa caricia de la cual estaba hipnotizado.

Respiraciones agitadas, gemidos reprimidos. Sus manos se aferraban a su trasero con firmeza, acrecentando más el contacto cada vez que la bajaba hacia su erección. Mientras Anna mordía su cuello, acallando toda clase de sonidos impropios en un lugar tan público. Sentía la emoción, la adrenalina de tenerlo cerca.

—Más rápido, Yoh—susurró a su oído.

La candencia de su voz, aunado al ligero resoplido que le regaló al pronunciar esas palabras cerca de su piel, le erizaron de sobremanera. No le importó chocar con los víveres en el estante frente a él, ni siquiera si eso suponía un trato rudo hacia ella, que en el momento se quejó, pero fue un instante. Seguramente se hubiese quejado, de no ser porque el apoyo le sirvió para acrecentar su ritmo a la velocidad que Anna demandaba.

—Por dios…. — susurró tentada a gritarlo, mientras se aferraba aún más a su cuello.

Quizá lo había retado demasiado, pero apenas podía callar los gemidos que le provocaba el incesante entrar y salir de su miembro. Incluso llegó a clavar sus uñas en la espalda del castaño, aunque dudaba que ello le hiciera efecto por el grosor de la tela en el saco.

—Anna…

Entonces sólo sintió cómo tomaba con más violencia su tarea y dejó escapar un pequeño grito al tiempo que él atrapaba sus labios con los suyos para acallarla. Estaba cerca de su cima, lo sabía, lo sentía cada vez que percibía el ritmo en su entrepierna.

Quería terminar rápido y lo estaba logrando.

—Yoh... —gimió aferrándose a él aún más cuando un escalofrío la recorrió por entero.

Liberó su boca y tuvo que morder la piel de su cuello para frenar las mil sensaciones que estaban invadiéndola. Sin embargo, no era la única, él trataba de resistir ante sus ansiosos labios y los inesperados gemidos que soltaba cerca de su oído. Juró que trató de aguantar aún más, pese a que el esfuerzo físico también estaba venciéndolo, pero fue inevitable no ceder antes sus impulsos con semejantes estímulos. Y apretó firme la piel desnuda de su trasero antes de liberarse.

Respiró agitado, mientras contemplaba a su esposa abrazarse a él con la misma irregularidad en sus palpitaciones. Sabía que Anna ocultaría su rostro el tiempo que pudiese, a fin de evitar que notara el gozo en cada una de sus facciones.

Sonrió y besó su sien antes de temblar ligeramente ante el peso que aún mantenía. No es que en realidad fuera tan pesada, pero considerando la ronda de ejercicio extra a su rutina, lo lamentaría en unas horas, añadiendo la plenitud que sentía con el orgasmo fue difícil no derrumbarse. Ella pareció comprender, cuando bajó ambas piernas hasta tocar el suelo con la punta de los pies.

Se miraron y quizá pareció una eternidad, en parte por el modo en que él le sonreía. Continuaban unidos por muy poco, podía percibir cómo se deslizaba lento a cada segundo que aterrizaba en el suelo de madera por completo. Bastó sólo un poco de distancia para concluir su unión, mientras trataban de acomodar su ropa cada uno por su separado.

Fue curioso escuchar el sonido de varias personas entrar. Yoh trató se arreglar de mejor modo su traje, tratando de no mancharlo más de lo que ya se encontraba. ¿En qué estaba pensando? Se cuestionó reiteradas veces la rubia. Quizá porque no pensó que en realidad le seguiría la corriente. Nunca lo había incitado a saltarse sus deberes. Nunca. ¿Y ahora qué excusa pondría para salir de ahí sin que los comentarios se escucharan por los pasillos? ¿Cómo dejó que la calentura nublara su buen juicio? Por dios, tenían una habitación doble en la planta de arriba…

—Anna…—escuchó la voz casi enternecida de su esposo—Deja de preocuparte.

¡No hablaba en serio! ¿Cómo podía ser tan descuidado? ¡Tan despreocupado! ¡Tan falto de sentido común! Se sonrojó al instante, tampoco había sido un dulce como para ser silenciosos y que no hubiese sonidos de por medio. Pero él sólo estaba ahí parado, con un rostro más que resplandeciente, sonriendo como si nada malo pudiese ocurrir.

—Te ves hermosa cuando te apenas.

Y quiso argumentar en contra de semejante estupidez, pero antes de siquiera pronunciar una palabra tomó su mano para guiarla aún más al interior de la pequeña bodega.

—¿Qué crees que haces? — preguntó molesta.

—Busco la salida—dijo en apenas un murmullo— Hay un ducto de ventilación por aquí cerca.

—¿Qué? No estoy loca para salir por un ducto de ventilación, ni que fuera un criminal—alegó soltándose, recordando cómo unas semanas atrás había efectuado la misma maniobra con Horo Horo.

—¿Prefieres salir por la puerta? —cuestionó retirando el panel metálico.

Bastó un vistazo y las voces detrás de la puerta para acceder a la petición. Aunque tenía sus dudas, el conducto se miraba estrecho, quizá no tanto para ella, pero sí para él.

—Si te atoras, te mato, Yoh—le amenazó antes de que se introdujera al escape.

Se limitó a reír.

—Y no estoy bromeando, no quiero hacer el ridículo cuando tengan que llamar a un equipo de emergencias para sacarte de aquí—añadió apartando las telarañas de su camino.

—Lo sé—dijo cerrando la entrada—Está más pequeño de como lo recuerdo.

Podía notarlo, tenía que contraer su cuerpo y la posición en que estaba no lo ayudaba tampoco. Era un genio, ahora no sólo iba detrás, sino que andaría de espaldas al camino.

—¿Y cómo se supone que vamos a salir si estás atrás y ni siquiera puedes ver a dónde vas? —preguntó desesperada.

—Calma, Anna—dijo empujándola para que avanzara—Es sencillo, sólo hay un camino y nos lleva directo al jardín. Aunque hay dos filtros muy delgados que tendrás que romper para salir.

Suspiró agotada, en parte por el encuentro previo, por la cantidad de enredos en que podía meterse estando en territorio seguro.

—Tú y tus ideas, Asakura.

Tan fácil era salir de la bodega, aun con todas las miradas puestos en ellos. Qué diría el personal, más al verlos sudorosos, cansados y con la ropa a medio poner. Nada, sólo sexo rápido. Sí, pero eso restaba puntos a su imagen personal, respeto que de a poco se iba ganando como parte de la familia y no quería mancillar su estatus.

Continúo avanzando y quitando insectos a su paso. Era afortunada de no tener demasiado inconveniente con los bichos, a pesar de ver arañas algo grandes y desagradables. Tomó aire para apartar el último antes de vislumbrar el panel metálico que Yoh afirmaba, tendría que patearlo, de lo contrario no podría quitar la barrera.

El inconveniente seguía siendo el poco espacio, aunque comparado con él, podía maniobrar para colocar los pies adelante. Como pudo pateó reiteradas veces hasta que el metal cedió. Era brillante, al menos sabía que tenían talento para ser escapistas. Siguió arrastrándose, para ver la última barrera, con filtros aún más pequeños y delgados. Tiró abajo el obstáculo y salió del túnel.

Una experiencia asfixiante y que no quería volver a repetir.

Para su suerte, el día apenas comenzaba, lo que se traducían en: no testigos en la escena del crimen. Al menos por esa parte podía respirar aliviada, salvo porque llevaba más de cinco minutos afuera e Yoh seguía luchando por salir. Y para ser sinceros no era de extrañarse. El conducto se reducía mucho en los últimos metros, así que resultaba obvia la tardanza.

Aunque comenzaba a desesperarse, llegaría tarde si no se daba prisa.

—¿Quieres apurarte? —dijo ya molesta de toda la situación.

—¡Auch! ¿Me das una mano? —escuchó su voz casi al final del túnel.

—Eres increíble—ironizó tomando su mano para jalar con fuerza de él.

No sabía si era el impulso o en verdad no necesitaba de tanto esfuerzo, pero al socorrerlo de modo tan violento, fue demasiado el proyectil que cayó justo encima de ella. Decir que no le dolió el golpe sería mentir, aunque tampoco quisiera externar demasiado su aflicción.

Polvoriento, con un par de arañas en el cabello y ropa desarreglada.

Oficialmente Yoh Asakura era un desastre descomunal.

Ouch…. Lo siento—dijo incorporándose levemente—No quise caerte encima. ¿Estás bien?

A estas alturas ya no esperaba nada raro.

Suspiró y dejó caer la cabeza en el césped derrotada. ¿Por qué estas cosas le pasaban viviendo con él?

—Ups. Creo que voy a llegar tarde.

Cerró los ojos cansada de tanto auto reproche.

—Es un hecho.

6

Colocó una taza con café delante del pan horneado. Esperaba que fuera de su entero parecer, pues Fausto había manifestado más de una vez que debían hacer el esfuerzo por agradarse. Pero no comprendía del todo sus intenciones. Keiko no parecía en lo absoluto una persona irritante, tampoco impaciente. Era de hecho bastante callada, y amable cuando estaban las dos solas en la casa.

—¿Él aún tardará en llegar? —preguntó observando el reloj de la pared de la cocina.

—Bueno…—dijo tratando de calcular su arribo—Me imagino que debió surgir algún problema con el parto.

Entonces tomó el mango de la taza para soplar y beber el contenido.

—No comprendo cómo alguien puede siquiera pensar en llamar a un doctor para atender un parto en casa, con tan buenos hospitales en este país.

Sonrió y se sentó frente a ella con un vaso de leche en la mano.

—Es difícil creerlo, pero hay familias muy arraigadas con sus tradiciones—contestó tranquila tomando una pieza de pan—Fausto atendió casos muy complicados cuando vivió en Estados Unidos.

—¿Y si el niño muere? —cuestionó mirándola sin titubeos.

—Bueno… el hospital más cercano se ubica a veinte minutos, supongo que si se complica por alguna razón, él no dudará en llevarla a una institución—respondió intrigada— Además, siempre solicita equipo médico, no es tan… empírico el asunto, hay mediciones y métricas todo el tiempo.

Movió reiteradas veces la cabeza, mientras continuaba bebiendo el café.

—Eres muy tranquila, Eliza—dijo resignada—Es casi media noche, ¿acaso no temes que haya ocurrido algo? ¿O incluso que esté con alguien más?

Aunque ese último planteamiento no lo hubiese esperado.

—¿Te refieres a otra mujer?

—Si fuera otro hombre, sinceramente me sentiría mucho más ofendida, pero sí, básicamente a eso me refiero—planteó dejando la taza sobre la mesa— A nuestra edad, casi siempre nos cambian por mujeres más jóvenes.

Era un poco difícil de asimilar, pero comprendía lo que decía y porqué lo hacía.

—Tienes razón—admitió con una tímida sonrisa—Los hombres siempre buscarán mujeres más jóvenes, es inevitable el paso de los años. Pero dudo mucho que ése sea el caso.

—Santificas demasiado al género masculino, no los conoces como yo—dijo endureciendo su mirada.

Y quizá, en ese brío de emociones poco expuestas, podía deducir a qué se refería Fausto cuando hablaba de esa mujer. Quizá Keiko pasaba más de cincuenta años, no podría definir con tanta precisión su edad, pero tenía un rostro conservado y una figura envidiable para cualquier persona en su madurez. Además de poseer un brillo digno de su posición de privilegio, no en vano pertenecía a una de las familias más adineradas de todo Japón. Sin embargo, esa opacidad en su mirar no dejaba de causarle intriga.

—Será nuestro huésped un par de semanas—aseveró su esposo—Debemos hacer que se sienta cómoda y en confianza.

—No es necesario que me lo pidas, ella me parece una persona agradable.

Fue sorpresa para él. Sus gestos no dejaban de pronunciar cuán desencajado estaba por saber su aceptación. Fue cuestión de horas volverse amigas, incluso había solicitado unos días en la clínica para ausentarse y mostrarle a Keiko el poblado y alrededores de la casa.

Sabía que no estaba acostumbrada al ambiente rural, pero parecía sentarle bien el ambiente relajado y libre del ajetreo de la ciudad. Incluso en ese aspecto la comprendía, había pasado toda su vida laboral entre guardias y un pequeño departamento. Todo el tiempo corriendo, a prisa por atender el siguiente llamado del hospital. Residir en una zona tan alejada brindaba una paz difícil de conseguir en otro lugar.

—Fausto me dijo que estuviste casada.

—Sí—afirmó con severidad, bebiendo la taza de té—Ocho años casada con la peor bazofia que puedas imaginar.

Admiró su perfil, era posible distinguir en la distancia esa amargura ineludible en sus ojos. Y quizá secundaba el motivo de Fausto para conservarla tan cerca.

—¿Sería imprudente preguntar la razón?

Sonrió y palmeó su mano sobre la mesa.

—Oh, Eliza, no creo que hablar de mis penas sea algo que te alegre la noche.

Una buena respuesta, sin oposición a la vista.

—Además, no hay nada interesante, sólo un mal matrimonio. Y después, sólo decepciones. Los hombres son así, te prometen el mundo y te dan miserias de su atención.

—Tienes razón, creo que no vale la pena entrar en detalles—acordó mucho más relajada, pese a la amargura reflejada en la voz de su acompañante—Pero quizá puedas contarme un poco de tu familia. Fausto me comentó que tu padre creo todo un imperio de automóviles.

Meditó un tanto antes de responder, incluso podía jurar que reformulaba sus ideas para no cometer una imprudencia.

—Bueno… técnicamente, mi padre fundó la empresa.

—¿Técnicamente?

Encogió sus hombros para proseguir bebiendo de la taza y colocarla en la mesa al finalizar el contenido.

—No recuerdo mucho. Según sé mi abuelo también dio los cimientos, yo aún no nacía cuando todo eso ocurrió. Ellos trabajaban con muchas personas.

Podía imaginarlo.

—Entonces, tú conociste otro ambiente, algo con más privilegios—dijo interesada la rubia.

—Bueno… seguían siendo talleres, fabricas pequeñas, pero mi madre siempre le dedicó mucho tiempo a la empresa. Yo casi siempre estuve al cuidado de una institutriz—recordó molesta— Sin ella, estoy segura que la empresa no hubiese crecido tanto.

Y ahí estaba de nuevo ese brillo de rencor en su mirada.

—Asumo que no tienes una buena relación con tu madre, Keiko— tanteó el terreno, que a leguas se veía vulnerable.

Sonrió con sarcasmo, casi prediciendo la respuesta que acompañaba ese gesto.

—Tener hijos era un requisito en nuestra familia. Ya sabes, prolongar el apellido. Ella cumplió cabalmente con su tarea. Sólo fue una lástima que hubiese sido mujer y no el varón que ella tanto deseaba.

—Lo siento, no quería tocar un tema tan sensible para ti.

—Descuida, no es algo nuevo, ni que no se note a simple vista—dijo calmada—Ser madre para ella era importante para conservar el linaje, más no era su prioridad.

A pesar de la dureza de sus palabras, no pudo evitar estremecerse con la severidad con que pronunciaba cada oración.

— Pero… sabes, ahora que recuerdo algunas cosas, ella siempre fue muy misteriosa.

—¿A qué te refieres con misteriosa? — cuestionó intrigada por la mirada taciturna en su rostro.

—Mi abuelo confiaba mucho en ella, siempre me pareció curioso el modo en el que se llevaban. Claro que había mucha diferencia de edad, de lo contrario eso parecería extraño—relató con cierto aire de meditación—Cuando murió aún era una niña, pero recuerdo que ella cambió mucho. Se dedicó por completo a la empresa.

—Algo muy impropio para la época—concordó Eliza.

—Sí, es cierto—admitió mirándose mutuamente—Pero fue casi como si él le hubiese legado algo sólo a ella.

—¿Algún secreto? ¿Una misión? —trató de bromear aligerando el ambiente.

Sin embargo, pese a la ligera sonrisa que tenía su rostro, aquel taciturno mirar no se iba por completo.

—Supongo. Y debe ser algo que está dispuesta a llevarse a la tumba—completó pensativa— Algo que no ha querido compartir ni siquiera con su hija.

7

Cuando subieron, estaba segura que Kanna no había siquiera imaginado que eran ellos dos corriendo las escaleras a gran velocidad. Eran similar a un torbellino. Apenas cerró la puerta, Yoh estaba desvistiéndose para meterse a la ducha. Como figuró, de tener un cronometro hubiese tomado el tiempo que tardaba bajo el agua mientras ella sacaba un traje similar al que llevaba puesto segundos antes.

Debió ser todo un récord.

Fue veloz.

Él continuaba secándose al momento de entrar en la habitación.

Era la primera vez que ayudaba a vestirlo como tal. Tomó la crema humectante para esparcirla en su pecho, una sensación que le agradó bastante y que incluso observó fascinado.

—No. Ni siquiera lo pienses—advirtió la rubia.

Con la suavidad de las yemas de sus dedos sobre su piel era difícil desistir de la idea.

—Pero Anna…

—Llegarás aún más tarde—reiteró el aviso con un pequeño golpe—Mejor ponte la camisa y deja de perder el tiempo en la luna.

—¡Ouch! Está bien, está bien, ya entendí el mensaje—dijo sonriente, tomando la camisa de la cama—Pero déjame decir: que tus manos recorran mi cuerpo, no es de ayuda.

Menos si estaba hincada frente a él.

—No es un buen momento para tus fantasías—dijo levantándose para abrochar la camisa—Tú sigue abajo, yo acomodo aquí.

—Sí, Jefa.

Tomó los elásticos y el pantalón, que de nuevo le ayudó a subir. Quizá si no fuese todo tan rápido, disfrutaría de mayor tiempo la vista, después de todo, cuándo vería a Anna Kyouyama vestirlo. Juraría que nunca. Pero bendito el caos de culpa que sentía. Sí, debía ser eso, de lo contrario no estaría ataviándolo e incluso peinándolo con secadora en mano para acelerar el proceso, cuando ya estaba sentado frente a su tocador.

—Bien, sólo para estar seguros—inició la rubia —¿Revisaste el cuestionario?

—Sí, mientras estaba corriendo—contestó arreglando las mangas de la camisa—Hay varias preguntas de nosotros.

—Siempre las hay—respondió con obviedad— ¿Qué vas a decir al respecto?

—No, a la boda; sí, a las fugas románticas—añadió sonriendo—Nada fuera de lo normal, Amidamaru me adelantó algo al respecto. Pasaré al corporativo antes de irme, firmar papeles y hacer algunos ajustes con la comitiva de Comunicación.

—Bien, te escucho preparado.

—Sí, algo… ¿necesitas algo en especial?—dijo mirándola con más fijeza en el espejo, mientras se colocaba el saco

—No, nada.

Simple, sin más ruido que el del secador que trataba de terminar con la humedad de su cabello. Todo en pos de que el casco de la motocicleta no arruinara su cabello al llevarlo mojado.

—¿Segura? —añadió tomándose el cuello para colocar la corbata—Estaré fuera más de una semana.

—Y parte de la otra—afirmó mirándolo detenidamente.

Es verdad, al final, la agenda sólo se había incrementado en vez de aminorarse.

— Estaré bien. Estuve sin ti toda una semana, puedo lidiar con dos más.

Sonrió por la ligera remembranza.

—Ojalá pudiera afirmarlo del mismo modo—dijo admirando el nudo que realizaba con la tela, tratando de desviar su atención y en cierta manera, su negativa a querer irse— Sé que estarás bien y que eres muy independiente de mí, pero si necesitas algo, si algo estuviera mal, promete que me dirás.

—Sólo si es una emergencia—condicionó apagando el secador.

—Aun cuando no lo sea, quiero saber todo, Anna.

Cerró los ojos, tratando de evadir ese tema que salía a colación.

—Concéntrate en tu trabajo, Yoh. Cuando regreses, prometo darte todos los detalles de mi investigación.

—Cuando regrese es muy probable que tu investigación esté terminada.

—Entonces habrá sido sólo un pequeño inconveniente en nuestra ya ajetreada vida—dijo palmeando su hombro—Estás listo, hay que bajar. Tu guardia ya te espera abajo.

No tuvo tiempo de volver la cabeza, ella ya se había marchado. Suspiró, tomando el teléfono de la cómoda para guardarlo en el bolsillo izquierdo del saco. Cogió de la cama la chamarra de cuero negra para salir al pasillo. La vida apenas se activaba, era normal siendo tan temprano.

En principio, se había programado el coche para dejarlo en la televisora. Ahora, con el tiempo restante, la opción viable era un vehículo a dos ruedas. Anna charlaba con el jefe de seguridad, probablemente, dándole las últimas instrucciones sobre el cambio de ruta y las precauciones adicionales.

—Todo listo, señor—pronunció el hombre hacia él— Su vehículo está listo. Tres hombres lo escoltaran en todo el trayecto, y el coche de seguridad los seguirá detrás, aunque el tráfico es poco probable que le permita desplazarse a la misma velocidad.

—Bien, iré en un instante.

Asintió y salió mientras escuchaba cómo algunos hombres ajustaban los últimos detalles de la caravana. Descendió totalmente al vestíbulo, colocándose la chamarra, sólo esperaba no arrugar demasiado el traje. Anna se acercó para ayudarle y acomodar de mejor modo la chaqueta.

—Bueno, creo que aquí tendremos que despedirnos—soltó de súbito el castaño, teniéndola de nuevo frente a él—Gracias por la ayuda.

—Es lo menos que podía hacer, después de todo, por mi culpa llegarás con retraso.

Sonrió, tomando su mejilla para acercar su rostro.

—Para eso existen los comerciales—dijo besando su frente.

Ella pareció reconocer el mismo pensamiento de unos minutos atrás, expresando un gesto de mera complicidad. Era un hecho: ambos habían perdido la cabeza.

— Te llamaré más tarde.

—Sí, está bien—contestó Anna parándose de puntas para robarle un diminuto roce de los labios.

Apenas hicieron contacto, pero la sensación le había parecido especial. Y quiso corresponder, en verdad deseaba hacerlo, pero no lo hizo. La abrazó y por un breve instante aspiró el aroma vainilla sobre su cuello. Tan embriagador como el agitado ritmo de su palpitar.

—Vete ya.

Movió su cabeza en forma afirmativa para dejarla ir. Volvió a besar su frente para separarse definitivamente. Fue un movimiento mecánico, el abrir la puerta y salir sin voltear atrás. Observó a todos charlado amenamente, mientras el jefe de seguridad lo guiaba a la motocicleta. Un segundo de nostalgia lo invadió al colocarse el casco y encaminarse a su rutina.

Escuchó el sonido de los vehículos encenderse, abrió la puerta sólo para verlo partir. El sol apenas se asomaba en la distancia, mientras admiró el paisaje y sintió el frío en sus mejillas. No era precisamente la sensación que quería sentir en su pecho, incluso juraba que otras ocasiones había sido tan indiferente. No era la primera vez que se marchaba de viaje, ni siquiera la primera ocasión que no dormirían juntos. No lo hacían de forma tan habitual, pero por ese breve instante deseó tanto que no se fuera, pese a todas las obligaciones que él tenía que cumplir.

Suspiró, viendo cómo se marchaba el auto. En realidad, no supo cuánto tiempo permaneció en el pórtico sentada en la jardinera más grande, sólo tuvo noción cuando escuchó la puerta abrirse. Aunque tuvo que transcurrir un par de minutos en silencio para cerciorarse de la identidad de su acompañante.

—Sí, recuerdo las primeras veces que Yohmei se iba—comenzó elocuente, con una mano apoyada sobre su hombro—Al principio fueron días, después fueron semanas. Con los años se vuelve costumbre.

Sabía que eran palabras de aliento, pero la sola idea de tener que acostumbrarse a las despedidas creaba una tela de decepción.

—Supongo—respiró más tranquila—En realidad, sólo veía el amanecer.

—Sí, también es elocuente—dijo dando un ligero apretón a su hombro— Ven, acompáñame. En un par de horas tendré un desayuno con la Asociación, quiero presentarte con algunos miembros importantes.

Giró su rostro para verla. Kino seguía contemplando el resurgir del sol. Era un hecho curioso, en especial porque convivían lo estrictamente necesario.

—Te preguntas por qué hago esto, ¿no es así?

Suspiró levantándose hasta situarse frente a ella. Era notoria la diferencia de estatura, pero eso poco le importaba a la anciana.

—Quizá porque soy esposa de su nieto y se vería mal que no acuda ocasionalmente a un evento, más si se realiza en el jardín—respondió segura la rubia—Lo cual no es malo, porque supongo que también hay cierta imagen que mantener, si se quiere ser parte del círculo social de esta familia.

Kino sonrió, y juró que pernotaba orgullo en su forma de mirarla.

—Y esto, mi pequeña niña, es la razón por la que te estoy invitando—dijo dándose vuelta, caminando hacia la puerta—Tu espíritu… me recuerda tanto a mí.

No pudo evitar sorprenderse. La calidez de sus palabras era palpable a simple vista. Le observó entrar, casi quedándose estática, era tan extraño ver esas muestras de afecto. Caminó hasta tomar el picaporte. Supuso que demasiado tiempo en la ensoñación la había ofuscado. Al entrar, sólo notó el movimiento de la servidumbre mucho más activo de lo normal, sin rastros de Kino.

Giró sobre su eje para subir las escaleras, cuando sintió cómo colisionó con alguien más. Pensó que caería al suelo, pero una mano sujetó con firmeza su brazo, evitando la catástrofe.

—¿Horokeu? —cuestionó confundida.

No era nada habitual verlo despierto tan temprano, eso también significaba una novedad en su ajetreada mañana. Recuperó el equilibro, mas notó que él no deseaba liberarla de su agarre, poco tiempo quedó para una ofensiva. Pronto se dio cuenta que era conducida al despacho del fondo, sin derecho de réplica.

Abrió la puerta casi apresurado y liberándola de su agarre sólo dentro de la habitación, la cual se aseguró de cerrar con llave.

Su desesperación era notoria a esas alturas.

—Anna, necesitamos hablar.

8

La fila avanzaba con lentitud, incluso pensó que moriría antes de llegar al consultorio.

No comprendía por qué estaba tan saturada el área de citas, no tenía conocimiento de alguna epidemia, así que esperaba mayor agilidad de parte del personal del hospital. Todo cuanto debía hacer era ir por sus medicamentos y asistir a su visita regular con el ginecólogo. Nada del otro mundo.

Finalmente, tomó el segundo turno y se dirigió a la sala de espera de su respectiva área. Todo por seguir la recomendación de una amiga, que le había sugerido aquel doctor milagroso en especial. Cogió la revista del estante. Observó poca gente, así que se sumergió en el escrutinio de nuevos chismes.

No le sorprendió ver en una de sus páginas a la nueva conquista de Yoh Asakura, como muchos se afamaban de llamarla. La revista se había dado a la tarea de investigar más a fondo a la pobre chica y detallar cómo sucedió el contacto. Pasó la página, su estómago no estaba para hacer más rabietas tan temprano antes del desayuno.

—Miren, es él—escuchó la voz de la recepcionista.

Subió la mirada para notar cómo la chica elevaba el volumen de la pantalla. El noticiero de primera hora, en el canal estelar, presentando al afamado piloto y empresario, ganador del Gran Premio de Japón. El presentador se deshacía en halagos por él.

—Bah… tan hipócrita como siempre—susurró para sí.

Pero tenía que admitir, que al igual que su gemelo, Yoh tenía porte con ese traje sastre color azul marino.

Imagino que para todo el mundo debe ser impresionante verte regresar a las pistas después de tomar las riendas del negocio familiar.

Creo que incluso para mí fue inesperado.

Había suspiros en la sala, en especial de aquellas féminas más jóvenes.

Sonrió cuando él contestó una pregunta abocada al escape del día anterior. Sacó el teléfono, tomando una foto a la pantalla de la sala. No tardó en adjuntar al archivo a una conversación en ocasiones recurrente. Your boyfriend sucks, escribió como mensaje. No espero respuesta, aunque quién sabe, quizá tendría suerte de obtener una misiva instantánea.

No lo hubo.

Guardó el móvil y siguió la conversación en televisión. Jeanne apareció en la perspectiva del entrevistador. Era evidente que tocarían el tema tarde o temprano.

—Shalona Collins—llamó la recepcionista avistándola en la sala—¿Puede llenarme unas formas?

Bufó resignada, levantándose hacia el mostrador donde ya se encontraban los formularios. Una cosa más que odiaba de las visitas al médico. Comenzó a escribir mientras escuchaba las patéticas excusas de Yoh sobre la bonita e inocente amistad que lo ligaba a Jeanne.

—Todos los hombres son iguales—murmuró de malhumor.

Continuó su labor, hasta la parte donde le pedía el número de seguridad social. Removió algunas cosas de su bolso hasta hallar el papel que proporcionaba el dato. Fue ahí cuando la situación detrás de ella le comenzó a parecer atrayente. Pues aunado al interesantísimo Gran Premio de Japón, escuchó un par de voces familiares.

Disimuló de mejor modo, tratando de mirar sólo de reojo al par de señoritas que salían de uno de los consultorios.

Ella fue un regalo inesperado en los pits. En verdad, Anna no tenía programado ir.

Es difícil de creer, considerando que es el Gran Premio local—alentó el presentador.

Sí, es difícil de creer, pero sucede—describió con añoranza el castaño— Creo que ella se cansó toda la semana de todas las personas que le dijeron que era ´Suzuka´ lo que se perdería.

Un par de risas de parte de las admiradoras en recepción y un resoplido de molestia a lo lejos.

¿Y crees que ella era el boost que necesitabas para ganar?

Creo que ella siempre ha sido el boost1 que necesitaba en mi vida.

Los suspiros en la sala no se hicieron esperar. Fue la gota que derramó el vaso. Ni siquiera tuvo que girar para reconocer la voz de la chica que se quejaba del castaño.

—Conmigo no decía esa clase de cosas—aludió molesta mientras se acercaba a la isla de recepción.

Trató de cubrirse de mejor modo el rostro, dándole incluso casi la espalda, fingiendo llenar un nuevo formato.

—Decías que era dulce—rebatió la otra chica.

—No tanto como lo es con ella—dijo irritada—Quiero agendar una cita.

La chica de recepción abrió la libreta, dejando de lado su atención sobre el televisor.

—¿Un mes, señorita Phauna? —corroboró la información.

—Sí, un mes. Y ni un día más.

—Bien, su cita quedó agendada para el nueve de noviembre.

Asintió sin decir más. Probablemente tratando de cubrir sus oídos cuando Yoh comenzó a describir cuán importante era el apoyo de Anna en su carrera y por qué había sido el impulso que necesitaba para ganar.

Escuchó la puerta cerrarse y la habladuría comenzó de nuevo.

—Aquella chica era su novia, Marion Phauna—dijo enseñándoles el perfil de la paciente.

—Pensé que era más alta.

Otras, un poco menos esbelta. Otras, dieron en el punto que ella quería tocar.

—Pensé que estaba en la cárcel.

—O en el loquero por lo menos, la chica no se ve del todo cuerda.

A su mente venía el recuerdo de Marion disparando sobre Anna. Libre como si nada hubiese ocurrido, eso le sonaba descabellado. Más al saber que era Mattilda quien la acompañaba, qué clase de personas tenía a su alrededor. En quiénes valía la pena confiar.

—Pues según el doctor Kenji, es un caso prioritario, por eso me dijo que le diera cita cuando ella lo solicitara. Directamente en la agenda—describió guardando los documentos—No me quiso dar nombres, pero estoy seguro que un amigo muy importante fue quien le pidió el favor, de atenderla sin condiciones.

Mientras ella tenía que acudir desde temprano y realizar filas para pasar.

—Vaya, debe andar muy enferma—añadió una con curiosidad tomando los papeles. —¿Qué tiene? ¿No sabes? Igual e Yoh también está enfermo. Uno nunca sabe.

Y un ligero escalofrío recorrió su espalda.

—No está enferma. Sólo se está cuidado…—dijo tomando el fólder en forma misteriosa, susurró— Ella quiere tener un bebé, pero está tomando muchos medicamentos, quiere ver si puede tener problemas por eso y si no tiene algo más.

Apenas pudo disimular el sobresalto. Ni siquiera había pasado un año de toda la desventura, cómo habría pasado de su capricho tan rápido a querer ser madre con otra persona. ¿Y el hospital donde estaba recluida?. Todo esto le sonaba muy mal. Se quedó pensando demasiado tiempo, hasta que la chica notó que había concluido de llenar todas las formas.

—¿Ya terminó? En un momento le llamaremos, señorita Collins.

Afirmó, sentándose de nuevo en la sala, mientras contemplaba el final de la entrevista. Sabía que no era su asunto, ni era su problema en forma directa, pero ella ya no creía esa creencia de Anna sobre tener cerca a sus enemigos. Y Mattilda estaba figurando con más fuerza como uno de ellos.

Sintió el teléfono vibrar, el mensaje que pensó que no llegaría estaba ahí: Perfect performance. En efecto. En ese momento, todo le parecía parte de una perfecta actuación.

9

Apagó el televisor escribiendo las últimas anotaciones.

Tomó su bolso y un par de libretas más para recabar los datos en la oficina. Sabía que andarían tarde, pasaban de las nueve de la mañana cuando concluyó el noticiario.

No podía evitar estar pensativa ante toda la conmoción con Horo Horo y Tamao. Era una chica ordinaria, no veía cómo se había metido en esa hecatombe. En primer lugar, porque no esperaba ser espía. En segundo, no pensó siquiera involucrarse emocionalmente con nadie. Y tercero, no lo pudo evitar. Había sido casi un flechazo instantáneo, existía química, podía palparla. Pero todo se redujo a nada, por un malentendido, mentiras a medias y un mal proceder.

¿Qué dirían sus padres al respecto?

Estarían desilusionados, era seguro.

Suspiró cerrando aquella alcoba de ensueño que no merecía. Bajó pensativa la escalera, sin saber si había hecho lo correcto al final. Cualquiera de las opciones que él barajaba la dejaban en desventaja. Eligió la menos complicada. Y suponía que la peor.

—¿Así de sencillo? —cuestionó ofuscado por su decisión.

Tomó el número de su mano. Por un momento pareció analizar si se trataba de una broma o un truco para probarla. Tuvo miedo, fue al escritorio por el papel y le entregó el número de su hermana. Fue sorpresivo, fue… corruptivo. Lo supo en el momento que lo recibió.

—Pensé que no la traicionarías tan fácilmente—añadió decepcionado.

Y también lo sabía. Fuera de su impulso, aquel inútil intento por reservar la postura de Tamao en forma secreta, había sucumbido en contra de Anna. Justo lo que estaba evitando.

Dios, cómo había llegado a ese sitio.

—Yo me equivoqué contigo, pensando que eras…

Sí, merecía todas las palabras de desprecio. Lo reconocía.

—No soy la única—asestó firme—Llegas a mi cuarto a tempranas horas de la mañana, pensando que quizá estaba dormida. Y por cosas del destino, no fue así. Pero llegas y entras poseído, exigiendo el número de tu hermana.

—No trates de girar el asunto en mi contra, Damuko.

—No, no trates tú de hacerte la víctima, Horo Horo—respondió sentándose en la cama—Tú venías por eso, por algo me estás condicionando a no decirlo. Adelante, llévatelo, yo no le diré nada a Anna si eso es lo que te preocupa. Pero quiero que sepas, que si me juzgas por la confianza que puedes depositar en mí, entonces deberías cuestionarte igual, porque estás haciendo exactamente lo mismo con alguien que tú consideras tu amiga.

Escuchó la puerta cerrarse con algo de brusquedad. Fue lo último en ese diálogo. Ahora se cuestionaba si romper el juramento, después de todo, la pelea con Tamao derivaba de su lealtad. Y si era objetiva debía estar orientada a su jefa en curso. Callar un secreto más era condenarse todavía más. Sin embargo, se lo había prometido, ya no quería complicar las cosas.

Suspiró mientras veía al servicio dirigirse al jardín con bocadillos en charolas metálicas.

—Vaya, por fin nos honras con tu presencia, princesa—ironizó Kanna justo detrás, provocándole un ligero sobresalto.

—Buenos días, Kanna—respondió apenada—En realidad no estaba durmiendo…

—Sí, lo que sea. No me interesa—contestó cortante—Anna está en el jardín.

—Gracias.

Bufó molesta, mirándola de arriba hacia abajo.

—No me agradezcas, sólo trata de no hacer el ridículo—puntualizó acomodando su cabello—Es el desayuno semestral de la Asociación del Consejo Monetario de Japón.

Respiró profundo. No había escuchado que tuviesen una reunión extraordinaria en casa de uno de sus miembros. Ni siquiera sabía que eran miembros. Valga la redundancia, tampoco había escuchado mucho sobre los temas de la asociación. Por un segundo pensó subir y vestir un traje sastre, pues quizá su vestimenta no estaba a la altura del evento.

Kanna notó su abstracción.

—No seas ridícula, eres una empleada, no necesitas vestir de gala—palmeó empujándola lejos del vestíbulo.

—¿Estás segura? No quiero parecer inoportuna.

Roló los ojos, guiándola al pasillo que conducía al jardín.

—Sólo entra, algunas personas sí tienen ocupaciones importantes y no se están quejando por despertarse a medio día.

Respiró profundo antes de sumergirse en aquel banquete. Nadie prestó demasiada atención a su incorporación, lo cual fue un alivio indescriptible. Un hecho que sí despertó su curiosidad fue la cantidad de mujeres, por no mencionar la falta de personal masculino.

Dato curioso, dado que la Asociación estaba compuesta por hombres exclusivamente.

Caminó un poco más hasta dar con su jefa directa. Anna conversaba en un grupo de tres mujeres. Dudó en seguir avanzando, pero cuando se dio cuenta, ya se encontraba justo a un costado de ellas.

—Buenos días—pronunció haciendo una pequeña reverencia—Señora Anna.

Obtuvo una respuesta rápida antes de ganar la vista de Anna por completo.

—Tamiko Kurobe—presentó la rubia—Otra incorporación a la casa.

Un ligero sonrojo cubrió sus mejillas mientras las señoras devolvían la cortesía.

—Es mi asistente—agregó —Tamiko, ella es esposa del gobernador del estado, Natsumi Hirokawa—señaló con una breve inclinación de la copa que llevaba en mano—Hitomi Maiwosawa, esposa del secretario de Tesorería del Palacio Imperial. Y Keiko Oyamada, esposa del CEO del Corporativo de Telecomunicaciones Oyamada Industries.

—Madre de Manta, a quién le enviaste un par de boletos de cortesía para el Paddock en Suzuka—añadió Oyamada con una sutil sonrisa.

— Sí, lo recuerdo —dijo un tanto cohibida— Es… un placer conocerlas.

Kanna decía que no importaba, pero era clara la diferencia de indumentaria. No portaba zapatos altos, sino unos mocasines de lo más casuales y un pantalón apenas apto para oficina. Cómodo, nada atrayente a diferencia de las invitadas, que a leguas destilaban opulencia. Anna vestía un clásico azul marino con zapatillas rojas, aunada a una coleta alta, muy estilo navy. Sencillo pero sofisticado para una reunión ejecutiva con señoras de cierto rango social.

—Imagino que estabas tomando nota para la carpeta de prensa—dedujo Kyouyama—Eso o estabas profundamente dormida.

Casi tartamudeó por el sobresalto del momento.

—Sí, en realidad, sí. Estuve tomando nota de las dos apariciones de Yoh en los dos noticiarios—dijo mostrándole la libreta en cuestión— También evalué algunas cosas que decían en las redes sociales.

—¿Y qué decían? Porque aquí, no se paraba de hablar de lo bien ataviado que estaba en ese traje sastre—comentó la esposa del gobernador.

Sonrió, para una mujer de más de cuarenta años, aquella picardía no pasó desapercibida por nadie, en particular para Anna, que bebió un gran sorbo a la mimosa que llevaba en mano.

—Señoras, no van a negarlo. Las cosas tan elocuentes y hermosas que dijo—añadió aumentando el disimulado sonrojo de la rubia— Difícilmente se puede encontrar un marido tan guapo y tan encantador.

—Joven, rico e influyente—añadió la esposa del tesorero—Además, no olvidemos que es piloto de Fórmula 1.

Keiko cubrió una sonrisa que se asomaba por su rostro. Quizá tratando de no avergonzar más a Kyouyama.

—Sí, todo un monumento al género masculino—ironizó Anna—Ahora necesito atender unos asuntos de agenda.

—Adelante, está usted en su casa, señora Asakura—contestó Oyamada.

Aspiró profundo una bocanada de aire antes de soltar el aire lento. Suponía que nunca se acostumbraría a usar otro apellido, así que comenzó a caminar a fin de evitar mayores comentarios al respecto. O eso suponía, porque en su rostro no había celebración con el nombramiento.

Anna se retiró primero.

—Con permiso—se disculpó siguiendo sus pasos.

Tomó la primera mesa vacía pequeña del fondo. O mejor dicho, la única. Kino impartía cátedra dos lugares más adelante, en lo que parecía ser una airada discusión con cinco mujeres de avanzada edad sobre finanzas públicas.

Era un espacio reducido, dado que sólo era para dos comensales, pero le acomodaba a la perfección. Anna buscaba con la mirada a alguien, mientras ella aprovechaba para sacar de su bolso las libretas con sus respectivas anotaciones.

—Vaya… no imaginaba que la Asociación estuviese compuesta solo por mujeres—comentó sentándose frente a ella—Me sorprende mucho.

—Eso es porque la Asociación original, o a quien supongo haces referencia, es el FMI o el Banco de Japón, que es regida por hombres en su mayor parte, sino es que completamente—explicó calmada, cuando notó a un hombre del servicio a su lado—Denbat, tráenos fruta, café y dos platos de comida.

—Como usted ordene, señora, se lo traeré enseguida—acató con presteza.

Asintió, volviendo su rostro al de su actual mano derecha.

—Bien, la Asociación del Consejo Monetario de Japón, como Kino nombró a este grupo de mujeres, es sólo eso, un club social con las esposas o mujeres más influyentes económicamente—añadió serena la rubia —En otras palabras, son las mujeres que controlan o influyen en las decisiones de los hombres más sobresalientes de todo Japón. O que directamente, tienen una fortuna por sí solas.

¡Wow! Estaba impresionada. No imaginaba tal aglomeración en sólo el jardín.

—¡Vaya… eso no lo sabía! No estaba programado—dijo abriendo su libreta de anotaciones.

—No lo estaba, fue un plan de último minuto—contestó Kyouyama—Pero como parte de la familia Asakura, hay cosas que simplemente no se pueden eludir.

Comprendía a qué se refería.

—Respecto a las anotaciones, te encargarás de las funciones de Pilika, más que de estar al pendiente de mí—puntualizó seria—Ella manejaba el ámbito administrativo y de prensa. Como tú podrás notar, Horo Horo maneja muchos contactos en Japón. Supongo que eso te vendrá bien. Aunque no descarto pedirte cosas personales, después de todo, vivirás en esta casa, pero es importante poner en orden la empresa de inmediato.

—Sí, yo estudié administración, no tengo problema con el manejo sistemático de la empresa—dijo cansada—Pero lo de medios…no sé qué tan buena pueda ser en eso, dado que Horo Horo…

Sonrió, calló mientras Denbat y una chica más colocaban en la mesa todo cuanto había requerido. Agradeció el gesto, tomando el café en primera instancia y regresando al rostro abatido de su asistente.

—Él ya me dijo.

No pudo evitar el gesto de sorpresa en su rostro y notar una sutil sonrisa en ella.

—Me contó lo de Pilika, también que tuvieron una pequeña discusión a horas imprudentes de la mañana. Y que hablabas con alguien en Francia.

Su corazón palpitó acelerado, incluso sudó frío por el miedo que eso acarreaba entre líneas.

—Discúlpame, he tratado por todos los medios de que esto pare—dijo apenada—No me gusta estar en esta situación, sé que piensas que en cierta manera te traiciono todos los días o que diario elaboro un informe para Tamao, pero te juro que no es así. He hablado con ella, le he dicho que no pienso seguir con esa tarea, menos manejando tu vida privada.

Suspiró mientras le entregaba un móvil de su bolsillo.

—Tómalo, es el teléfono que ella me dio para comunicarnos—dijo colocando el aparato sobre la mesa—Ya no voy a comunicarme con ella. Le dije que podríamos ser amigas, pero que no haré más ese seguimiento sobre ti, así que si deseas despedirme también estás en tu legítimo derecho. Lo siento, lo siento mucho, no esperaba que una cosa tan simple como ella lo pintaba terminaría siendo tan complicada para mí. No soy ese tipo de chica y quiero ser sincera contigo, porque me agradas, en verdad te admiro mucho, Anna.

Pero a pesar del gran discurso, ella continuaba indiferente, incluso había tomado el tenedor para comer el plato de fruta con granola y miel.

—¿Terminaste?

—Bueno, debo añadir el error de la mañana—agregó desviando ligeramente la mirada—Horo Horo fue a mi cuarto, me escuchó hablando con Tamao. Admito que el miedo se apoderó de mí, no debí traicionarte. Pero es que, no quería revelarle el motivo por el que estoy aquí.

—Sí, imaginé que no sabía—redundó tomando un sorbo al café— ¿Por qué?

¿Por qué? No hablaba en serio.

—Es como meter al enemigo en casa—describió con dolor—Él confió en mí, me apoyó para obtener el trabajo y que Kanna no me corriera. Ha sido amable y gentil conmigo, cómo reaccionaría si supiera que estaba aquí para informar a Tamao de tu relación con Yoh y para cuidar de tu esposo.

—Sí, es la cosa más imbécil que he escuchado, comenzando porque él ni siquiera está aquí—describió molesta—Deberías estar abordando el avión, no ser mi asistente. Creo que Tamao entendió mal mi concepto de tener cerca al enemigo.

Mordió sus labios con cierto remordimiento carcomiendo su interior.

—¿Lo ves? Incluso tú te molestas por decirlo, a pesar de que ya lo sabes—ejemplificó Damuko—¿Te imaginas si se lo digo? ¿Qué va a decir?

— ¿Y lo más sencillo es complicarlo todo?

Suspiró cansada.

—No es tan sencillo.

—Por supuesto que lo es, sólo dile la verdad—comentó dejando de lado el plato vacío y cogiendo el otro—No es nada del otro mundo, hablas de Horokeu Usui, no es el ser más íntegro que conozco. De hecho, debo admitir que me sorprendió el que confesara que iba a llamar a su hermana a escondidas de mí. Algo bueno debiste decirle, como para ablandar su putrefacta alma.

Y una sonrisa se coló en su rostro con la descripción, no sabía por qué pero sentía que estaba disipando su tensión de ese modo.

—Él no es tan malo, Anna—aludió a favor del Usui.

—No, es peor que malo, Damuko—contestó firme—Así que resuelve tu situación amorosa con Usui. Él sabe contactar a la gente correcta, te servirá para comenzar a limpiar los escándalos y traer notas pequeñas que sean beneficiosas para la marca. Debemos vender la colección de Jun, eso es lo primordial, si el almacén sigue lleno comenzaremos a tener números rojos.

—¿Entonces no me despedirás?¿Aun con todo lo que te he dicho?

Enarcó una ceja. Su gesto era temible, ante lo que sabía era una mala pregunta.

—Bueno, Tamiko, no tengo muchas candidatas para el puesto. Leí tu currículo, no tengo problemas que desempeñes funciones más acorde a tus capacidades—dijo seria—Y tus problemas emocionales con Usui me tienen sin cuidado, creo que son cosas que se pueden resolver con una simple charla. Tampoco veo necesario que tengas que entregarme tu móvil, el que hables con Tamao o no, no es algo que me afecte directamente. Y aún si fuera el caso, prefiero mantenerte cerca para saber qué clase de información es la que se filtra. Sé que dices que todo esto ya quedó en el pasado, pero nada me garantiza que sea de ese modo, ni siquiera que me entregues el teléfono, hay mil formas de comunicación.

—Pero te digo la verdad, Anna—dijo angustiada—No pretendo perjudicarte, ni que se filtre información de ti.

—Como te dije una vez, las palabras se las lleva el viento—dijo tomando el cuchillo para cortar un trozo de carne— Sin embargo, sí hay algo que me gustaría puntualizar y viendo las circunstancias, es obvio que tú sigues siendo prioridad en la materia.

Entonces le miró, ya no de forma amigable, ni en tono de broma o sarcasmo, como minutos atrás aligeraba el ambiente. Este era un gesto duro en toda la extensión de la palabra.

—¿A… a qué te refieres?

—Sé que Tamao te envió a cuidarlo, pero eso no importa, veo que las circunstancias varían dependiendo lo que esté en juego, Tamiko—dijo llevando a su boca un pedazo diminuto de carne—Así que lo pondré en términos sencillos, porque sé que eres inteligente y no vas a cometer un error por segunda vez.

Respiró hondo antes de esperar la sentencia que sabía, venía con esas palabras.

—Maneja tus intereses como mejor te convenga, pero…si Yoh sale perjudicado en el proceso, no voy a tocarme el corazón contigo—puntualizó sin titubeos—Y asumirás las consecuencias de tus actos sin ningún tipo de contemplaciones.

Tuvo que admitir que jamás alguien le había provocado semejante pánico, ni temor. Sabía bien, como lo venía observando de días atrás, que Anna no jugaba en lo referente a su esposo. Aún con la lluvia de rumores en su contra, el bienestar de aquel hombre era prioritario para ella, incluso por encima de sus propios asuntos.

—¿Queda claro o tengo que repetirlo con manzanas?

—Muy claro—asintió tomando el jugo de naranja de la mesa.

Necesitaba subir el color de su piel, sentía que podría desfallecer en cualquier instante.

—Bien, fuera de eso, después de desayunar iremos a la empresa. Revisaremos los papeles, veremos qué trámites quedan por finiquitar del seguro y las pólizas de garantía del almacén.

—¿Y… de lo otro? —preguntó apenas audible— ¿Ya no será necesario volver al corporativo?

—No de momento—negó indicándole con su mano derecha que debía comenzar a comer—Horokeu está buscando a Pilika. Mientras tanto, no debemos darle demasiadas vueltas al asunto, hasta no contactarla.

Tomó el plato de fruta, aunque no estaba del todo segura si podría pasar bocado después del agresivo intercambio de ideas. Pero llamaba bastante su atención la serenidad que tenía ante toda la problemática, cuando días atrás se habían infiltrado en lugares nada recurrentes para externos del corporativo y de la misma empresa en sí.

—Además… no queremos levantar sospechas de otro tipo—dijo levantando la vista para ver a la matriarca de la familia intercambiando saludos con otras damas— Porque tal parece que yo no soy la única que piensa que tener cerca al enemigo es la mejor táctica de guerra.

10

Tomó el ascensor hasta el piso correspondiente al área legal. Había escuchado rumores, incluso varios ingenieros en el área adjunta estaban exultantes con la visita de grandes pilotos del automovilismo en el corporativo. Supuso que el hecho de que el dueño de la empresa fuera corredor, llamaba la atención en sus similares, más aún al ver el progreso generado para la última parte de la temporada.

Pasaban de las diez de la mañana. Recargó su espalda, mientras veía los números avanzando en el tablero. Y suspiró, tratando de recobrar la compostura a pesar de los breves interludios de sueño. No había parado en el trabajo, los pendientes de la oficina, las llamadas internacionales. Incluso podría seguir con el listado, pero ya había llegado a su destino.

Descendió, no sin antes brindar un ligero escaneo a toda la zona. La recepcionista mantenía conversación con dos chicas más, que asumía, eran pasantes. Pasó veloz, recibiendo el saludo casi inmediato de todas las féminas, que si no se equivocaba, también le miraban con adulación.

—Buenos días, señor Tao.

Sonrió seguro. Los cubículos adyacentes, estaban repletos de documentación y chicos que aún con el café en mano, ya revisaban los pendientes en el lado mercantil. Otros, se alinearon en cuanto vieron su entrada. Después de todo, era el jefe en todo el departamento, su presencia imponía.

—Señor Tao, qué bueno que llega—dijo su secretaria en cuanto le vislumbró a travesar el pasillo a su oficina—El señor Amidamaru necesita de usted para…

—No en este momento—mencionó antes de que continuara con los puntos que debía charlar con el hombre—Aún no concluyo la documentación.

—Está bien—respondió sujetando el tablero de madera contra su pecho—Señor Tao, también me preguntaba, ya que continuará con la documentación… si yo…si yo podría…

Disminuyeron el ritmo hasta llegar a la puerta de su oficina. Resultaba demasiado obvio la petición que estaba por formular, entre el nerviosismo y los susurros llenos de emoción por parte del personal, qué más podía deducir, después de todo, no a diario tenían pilotos exclusivos recorriendo las instalaciones.

—Ve—dijo solemne—Pero después quiero un vaso de leche caliente en mi escritorio, con dos cucharadas de azúcar.

—Por supuesto, como usted ordene, señor Tao—respondió sonriente, retirándose del lugar.

Suspiró, tratando de recobrar el espíritu jovial de su asistente, cuando lo notó.

Cerró la puerta, mientras caminaba hacia el escritorio.

Aun con menuda distracción, se preguntaba cómo es que había pasado desapercibido por el personal.

—Vaya… debo ser el ser más privilegiado al recibir la visita personal del presidente ejecutivo de la empresa—pronunció con un ligero toque de ironía.

Él se limitó a girar la silla, en un gesto que incluso le pareció lleno de misterio. Sin embargo, su sonrisa estaba presente y aquel ligero comentario sólo ensanchó más la expresión.

—Bueno, he escuchado que eres la persona más difícil de localizar en toda la planta—dijo jugando con un lápiz en la mano—Aunque no veo por qué si tienes horarios que cumplir.

Y tenía la boca llena de razón.

—Me encantaría estar todo el día en la oficina, pero… ambos sabemos cómo se maneja la empresa—enunció sentándose en una de las sillas frente al escritorio, mientras una sonrisa de alevosía se colaba en su rostro—Por más que deseemos ser simples oficinistas, a veces se requiere salir, ver asuntos de forma más personal. Y los horarios nos traspasan con facilidad.

—Eso es muy cierto—admitió recargándose cómodo en el respaldo— ¿Pero incluso para Anna?

No era una actitud de superioridad, pero denotaba confianza y más con esa pose tan relajada, que no esperó un golpe tan certero de su parte.

—Pensé que tú y ella eran, ya sabes, amigos incondicionales—añadió al notarlo callado— ¿Por qué te escondes de ella?

—¿Ella te lo dijo?

—No—negó dejando el lápiz en la carpeta—Sólo intuí algunas cosas, sobre algunas charlas… También está el hecho de que tienes mensajes en la contestadora de su número y sin contar que acabas de confirmarlo con esa pregunta.

Sí, Yoh no era nada inocente cuando de jugar a matar se trataba.

—Entonces prefieres que la ronde mañana y noche, como supongo hace tu hermano.

—No, Hao es punto y aparte de esta conversación—dijo levantándose, quizá sintiendo la tensión hacia donde quería dirigir el curso de la charla— Pero ella quiere algo en concreto de ti.

Cruzó los brazos y sonrió en un breve interludio de tener la ventaja.

—Quizá necesite compañía, después de todo, tú siempre estás trabajando.

Pero era demasiado rápido.

—O quizá necesite saber qué clase de cartas tienes sobre la mesa, después de todo, no creo que sea tan fácil evadirla cuando ha venido al corporativo varias veces en mi ausencia—puntualizó mirándolo con fijeza— Y si fuera por un motivo personal, no buscaría ese afecto de ti, sino de mi hermano.

Era raro escucharlo tan calmado y a la vez tan imponente. Sin embargo, debía reconocer la crudeza en sus declaraciones.

—Eso crees tú, pero en la realidad, Anna y yo sí tenemos un entendimiento mayor. Pese al compromiso que hay entre ustedes dos, la atracción sigue ahí, por mucho que desees negarlo.

—Yo no niego nada—dijo volviendo a la vista serena a él—Sólo digo que es evidente que Anna no es una prioridad amorosa para ti, Ren.

—Tampoco parece serlo para ti, Yoh.

Entonces suspiró, cómo habían pasado de la cordialidad a las miradas retadoras. Tampoco era habitual que interactuarán de ese modo. Se estaba arriesgando a ser despedido, pero no importaba, ver su rostro serio hacía válida la afrenta.

—Tampoco es el punto al que quiero dirigir esta charla—contestó en medio de un suspiro, sonriendo ligero—Sé que tampoco paso demasiado tiempo en la empresa como debería para revisar cada minúsculo movimiento, pero ayer hubo algo que me intrigó bastante.

—¿Ayer? ¿Y qué podría ser? Si estabas huyendo por toda la ciudad—osó burlarse, a sabiendas de que su fuga romántica fue evidente para todos.

—Hablé con En Tao ayer.

Aquello le descolocó un momento, también se sintió horrorizado por el hecho de una conversación entre ambos hombres. Sólo esperaba disimularlo un poco.

—Dice que te marchas para la boda de Jun Tao y que no planeas regresar.

—Mi padre dirá muchas cosas, pero es evidente que el trabajo aquí no cede—dijo señalando la pila de documentos que aún debía revisar—Sin contar que tenemos muchos problemas legales en las otras sedes del extranjero, no me puedo ir de la nada.

—Sí, es verdad—apremió pensativo—Pero ni Anna sabía que Jun se iba a casar.

Demasiado premeditado.

—Sólo Jun sabe sus asuntos, no sé cómo está la comunicación con Anna—resumió con tintes de verdad—Pailong es un socio comercial de mi padre, es quién ha invertido mucho capital para despegar su negocio. Y tal parece que ha estado dando buenos frutos, por eso… no es tan raro que quiera que su hijo, atienda los asuntos de la empresa. En vez de permanecer en un país extranjero, en un corporativo que podría o no prescindir de mis servicios.

—Sí, eso ya lo sé— dijo tranquilo el castaño— Pero eso no explica todo lo demás.

—¿A qué te refieres con todo lo demás?

—Bueno… considerando que Horo Horo era socio minoritario, es imposible que venda acciones de la nada—añadió solemne, mientras se sentaba de nuevo en el escritorio—Acorde al testamento original, esas acciones me pertenecen también, pese a que Mikihisa hizo el traspaso a su nombre del 10%. Por lo tanto, mi firma era indispensable para hacer la transacción, a un accionista que aún no aparece, ni ha estado presente en la junta de consejo para una presentación.

—Sí, es correcto—dijo al notarlo más serio—Tú aprobaste esos documentos.

—No recuerdo haberle dado esa autorización, necesita demasiados papeles en la mesa: sellos, autorización del banco. Las acciones de la compañía no se pueden vender tan fácil. Mi firma ante un notario…

Por supuesto que tenía en cuenta esos detalles.

—¿Es que acaso Horo Horo no te daba a firmar documentos? Debiste firmar a ciegas—cuestionó a sabiendas que él había encaminado muchos de esos trámites— Probablemente, sólo quiso liquidar, quedarse con el dinero y hacer otros negocios en el extranjero.

Calló un momento, quizá analizando la información que le mostraba.

—No me comentó nada, pensé que estaba entusiasmado con la escudería en Fórmula 1.

—Las personas son muy volátiles, especialmente cuando se trata de dinero—clarificó sin un ápice de duda—Y él no ha sido del todo transparente contigo, prácticamente pagó deudas gracias a ti y tu imagen. Contrató proveedores, que después fueron fallidos en la producción de verano. Miles de autos se sometieron a revisión, incluso algunos interpusieron demandas por las piezas de avería.

Sí, por supuesto que lo sabía. Habían hecho una campaña para otorgarles a sus clientes revisión gratuita en cada agencia del país.

—¿Quieres que siga con la lista? —cuestionó sonriente al verlo tan pensativo— Vendió información sobre Anna a algunos medios.

Levantó la vista al verlo tan confiado en la información que manejaba.

—Por petición de ella—recordó el momento en que ambos le contaron su versión de ese hecho, antes del viaje a Alemania.

—Eso no quita el hecho de que has sido uno de sus artículos de intercambio más rentables—dijo Tao, tomando un papel del balance de los últimos meses—Eres demasiado valioso, elevaste el valor de cada acción un 230%. Un nivel histórico en la empresa, según los libros y la banca. ¿Por qué no vendería si está en el mejor momento para hacerlo?

Los números hablaban por sí solos, podía notarlo en su forma de analizar la numeraria, que sin duda, no debería ser ajena para él.

—Él vendió, tomó el dinero y se marchó pensando que era suyas, supongo que no imaginó que aquel testamento decía otra cosa.

En realidad, ni siquiera él sabía qué tanto detallaba ese documento, a sabiendas de su probable existencia. Tenía sospechas al ver tan pintoresco primer archivo en el que veía una boda como condicionante para la adquisición de todo el corporativo.

—Y todo es legal. Las firmas del consejo están ahí también. Todo fue avalado. Amidamaru recibió la notificación y yo también, que debía finiquitar en inmediato todo lo referente a Horokeu en el sistema legal. No hubo una despedida oficial en una junta por motivos personales, según se aseguró en la circular de la semana pasada, que estuviste en Suzuka.

Entonces notó su abstracción. Todo había sido tan rápido, que nadie esperaba que con la verbena del Gran Premio en Japón los ajustes en la planta pasaran desapercibidos.

—Muéstrame el archivo.

—No tengo el archivo, debe estar en el expediente, pero puedes solicitarlo—dijo Tao—La junta del consejo hará la presentación del nuevo socio será en un par de semanas, está en la agenda.

—Sí, en Estados Unidos—respondió tomando su cabeza—Bien, te lo diré claro, Ren. Como te he dicho antes, no me he sentado a revisar cada detalle de transacción, ni de acciones, sé de hecho lo básico en cuestiones legales, pero sé reconocer cuando algo no está bien hecho. Y esto, ya no es sólo una cuestión que deba notarlo yo. Evidentemente, Anna no está aquí manejando la empresa, por lo tanto, es un detalle que también tuvo repercusión en la suya. Tan es así, que ha tenido que buscarte, y ella es como mi abuela, ninguna da un paso en falso sin pruebas en la mano.

Por supuesto, él lo sabía con claridad. Pero lo que le impresionaba era la seguridad que tenía para plantear disimuladamente los hechos.

—Así que te ofrezco mi solidaridad—dijo mirándole fijamente a los ojos—Sea lo que sea que estés haciendo o por qué lo estés haciendo, te voy a escuchar. Mi intención no es hacerte daño, ni tampoco pelear contigo.

Y admitió que aquel pensamiento tan bien encaminado le estremeció, no sólo por su postura neutral, sino por la sinceridad del mismo. Odiaba tener esa clase de sentimentalismos baratos ocasionales. No debía derrumbarse, no tan cerca de su meta.

—Te conozco y sé que a pesar de toda esa aparente frialdad, estás cansado—añadió el castaño—Hay mucho trabajo, lo sé, pero no sólo es trabajo lo que te preocupa, ¿no es así?

—Tú crees conocerme, pero en realidad no es así—dijo esquivo—Yo sólo hago mi trabajo, no estoy aquí para jugar, ni para pasar el tiempo en lo que sale de trabajar mi novia.

Era duro, pero no se mediría con las palabras.

—Lo sé, Ren—puntualizó seguro con una pequeña sonrisa—Pero sé lo que es cargar con algo tú solo mucho tiempo, no lo hagas tú también.

—¡Basta de esta tontería fraternal! —dijo golpeando la mesa con violencia— Todo procedimiento sigue los conductos legales, tu firma es auténtica. No tengo nada que ocultar, todo es transparente y si crees que no es así, dime dónde y firmo la carta de renuncia. Como ya te dije, todos son prescindibles en esta vida y ni tú ni yo somos la excepción.

Aunque no esperaba ese arrebato de violencia por parte de Tao, tuvo que admitir que se sintió decepcionado de la nula respuesta, después de todo, dar la oportunidad siempre fue parte de su forma de ser. El hecho o no de tener poder, no cambiaría su proceder.

Cerró los ojos, tratando de obtener algo de solemnidad en un momento que derrochaba energía de toda clase.

—¿Es tu última palabra?

—No tengo más que agregar—finiquitó Tao—Y si es sólo por eso que has venido, pierdes tu tiempo. Queda mucho trabajo por hacer y seguramente tendrás un avión que tomar.

Suspiró levantándose, también dejando las hojas sobre el escritorio. Era una pena que aquella plática no lo condujese a un mejor puerto.

—Sí eso es cierto… Aunque en realidad yo sí tengo algo que añadir—volvió a mirarlo con fijeza, mientras dejaba salir un suspiro— Anna te tiene una gran estima, más de lo que pudieses imaginar. Sólo te pido que no la decepciones, me dolería mucho llegar y saber que tiene más problemas de los que ya tiene antes de que me vaya, en especial uno con una persona a la cual consideramos importante.

Y aunque lo negara, esa basura sentimental también provocaba en él un hueco en su estómago. Evadió su mirada. No pudo sostener más tiempo aquella barrera y suavizó sin querer su semblante.

—Sé que eres una buena persona, Ren—añadió tranquilo—Y que también sientes lo mismo que ella por ti.

—¿Amor? —cuestionó mirándolo mucho más relajado.

Sonrió.

—Tal vez pudo haber sido amor, pero tal parece que no hubo tiempo para que creciera algo tan fuerte.

Era una respuesta vaga, pero consiente que había un ligero sentimiento de celos inmiscuidos. Quizá eso jugaría a su favor, pero él ya lo había manifestado, no era el principal foco amoroso, tampoco de ella.

—Hablaré con Anna, tan pronto como sea posible—aseguró tomando un fólder del escritorio—Pero tú, debes pensar en ir a las principales sedes de cada uno de los países en los cuales tienes presencia.

Yoh tomó de sus manos el cúmulo de documentos, abriendo el archivo y notando las anotaciones principales de algunas páginas.

—Urge que clarifiques cuestiones legales, como tú ya lo has dicho, necesitas tiempo para sentarte y charlar con el equipo legal. Es un caos allá afuera.

—¿Esto es por el traspaso de acciones con Hao? —preguntó preocupado al notar la cantidad de pendientes en cada zona.

—Eso y supongo las mismas políticas de la empresa—dijo serio— Papeleo inconcluso.

—Pero… ya he ido a algunos países, revisé papeles…

—Pues parece que no ha sido suficiente—dictaminó tomando un papel más—Así que me tomé la libertad de redactar una iniciativa para que acudas con un equipo legal a cada área.

Volvió su mirada a él, tomando la hoja que le ofrecía.

—Estamos hablando de siete países productores y cuatro acuerdos de comercio Internacional con cinco importantes naciones. No es cosa de una semana—dijo casi horrorizado— ¿Cuándo se supone que debo hacer todo esto?

—A la voz de ya. La desestabilidad será casi inmediata en el primer trimestre del próximo año si dejas que pase más tiempo. Además que ya hay rezagos en algunos países, aunque con números no tan alarmantes, según el último informe en la junta directiva—informó dándole un bolígrafo— Y con un valor de acciones tan elevado, me atrevo a decir que las pérdidas serán millonarias. No soy economista, ni estudié administración, pero eso es un hecho casi obvio.

Notó su abstracción, seguramente pensando lo que ya venía suponiendo. Tampoco era su secretaria, pero al notar cómo se había reorganizado la agenda entorno al CEO, podía darse una ligera idea de que apenas tendría tiempo para comer en las próximas dos semanas. No quería siquiera imaginar lo que tendría que hacer para tener tiempo de respirar con semejante bomba sobre él en el próximo mes.

—Creo que fue un mal momento para ser piloto de F1—fue el comentario más ligero que pudo hacer.

Sin embargo, no sonrió. Comenzó a leer la iniciativa para designar un pequeño grupo que viajaría con él a cada misiva. Era una solución rápida y efectiva, argumentado que las personas que acudirían con él, estarían a su entera disposición con la información más precisa de la sede original. Por supuesto, con algunas mejoras en su incorporación.

Finalmente, plasmó su firma y otorgó el sello distintivo de la compañía. En orden directa del CEO para la contratación inmediata del equipo legal a Recursos Humanos. Había sido tan sencillo.

—Estaré en Estados Unidos los próximos días, por favor, encárgate de que Recursos Humanos los envíe lo más pronto posible—dijo levantándose con un halo de preocupación inminente.

—Así será, no te preocupes.

Asintió y salió de su oficina, no sin antes encontrarse con Amidamaru, que por su semblante podía notar que iba tarde en el itinerario. El mundo estaba girando a su favor, pero no debía confiarse. Aun cuando ambos hermanos estaban atareados con pendientes distintos, todavía quedaba un cabo suelto.

Tomó el teléfono móvil de su bolsillo buscando uno de sus contactos más frecuentes. Su agitado respirar evidenciaba que a pesar de haber sido una charla en relativa calma, la preocupación estaba latente.

Cada minuto que transcurría era un riesgo.

Ella tomó la llamada.

—Jun, no entremos en tantos detalles. Él parece sospechar. No importa, ya, eso es lo menos importante. Yoh acaba de darme una orden directa para su contratación. Así es, Jeanne viajará con él —dijo firme, apretando el mismo bolígrafo que él había tomado minutos atrás, mientras escuchaba a su hermana expresarse—Es hora, tenemos que separar a Yoh y Anna de inmediato.

Continuará…


N/A: ¡Hola! ¡Tanto tiempo sin vernos! No es un capítulo eterno, lo sé, incluso estoy alargando aún más la historia al dividir el mega capítulo de 100 hojas que tenía preparado para la ocasión, pero viendo que… si ya de por sí es duro releer toda la historia, no quería castigarlos imponiendo 70 hojas más que les he quedado a deber. El siguiente sí vendrá completo. Y entonces, ocurrirán cosas interesantes, ya planteadas un poco aquí.

Había decidido retirarme, pero ocurre que a veces cuando trabajo y me estreso, escribo. Así de sencillo, como me ocurrió hace diez años, que se me borró mi trabajo final y decidí escribir este fanfic. Ha sido un ciclo continuo en eso, digámoslo así, es parte de mi vida. Es esencia mía, al menos hasta que no le ponga un Fin a esta historia. Porque Contigo Siempre fue, al menos en esos años, concebido como mi único UA. Por eso tiene tantos detalles adheridos a la historia. Por eso en estos capítulos verán mucho esas tramas alternas. Por aquello que dicen que tiene mucho relleno, al final…verán que no es así. Porque cuando imaginé la historia lo hice pensando que sería sencilla y divertida, pero que tendría un desenlace arrollador y emocional. Vamos de lo general a lo particular.

He crecido, he aprendido a redactar mejor, también a establecer de forma más coherente mis ideas. Así que si ustedes se animan, como me he animado yo, llevemos esta historia hasta el puerto final. ¿Si he pensado en hacerlo un libro por su longitud? Muchas veces, de hecho al final tendré una edición impresa, por si alguien gusta una, se puede ir anotando en lista.

Finalmente agradecerles, creo que la espera no será tan larga. Mil gracias por sus comentarios, incluso en aquellos que me agradecieron con mi nota final. Para mí es un placer compartirles mis historias, me nutren y me llena de satisfacción recibir un comentario de su parte.

Nos vemos en el próximo capítulo.

Agradecimientos especiales: SilentWeapon, Sam4723, Rozan-ji , anneyk, annprix1 , klaineslittlefeta, Alejandra Estrad, Darlina140, DjPuMa13g, nana010, anneyk , Andrea, Clau17, Maria, , Mary, Anna Russo, Nn, Abril Avadonia, Ana-k1997, MenyPshh, ana1, Sstridnt , angekila , , nani27 , Polala0.