La tarde caía y llovía a cántaros. El "apacible" tiempo que reinaba habitualmente en Forks había vuelto en todo su esplendor. Bella salió corriendo de la camioneta, tapándose como podía hasta llegar al porche de la casa. Al llegar a cubierto, se sacudió el agua, se pasó la mano por el pelo y golpeó la puerta, algo nerviosa.

Jacob la abrió y la hizo pasar adentro. Su vestimenta era común: unos vaqueros y una camiseta marrón, pero a pesar de todo, se notaba que se había esmerado en estar lo mejor posible. Bella le miró durante un instante, y él la sonrió nerviosamente. Entonces ella decidió que no quería esperar más. Se quitó el impermeable dejándolo de cualquier manera sobre una silla, y acercándose a él, pasó los brazos por su cuello y le besó.

Sus labios estaban desconcertantemente suaves y cálidos, como el resto de su cuerpo, que podía sentir caliente bajo la tela de la camiseta. La reacción del lobezno no se hizo esperar, y la respondió al beso con ternura y apasionamiento; mientras probaba su sabor y luchaba contra su lengua, su mano buscaba su cintura, para deshacerse de la ropa y asentarse en la parte más baja de la espalda, acariciando la piel templada de ella, en comparación con la suya propia. Al sentir el contacto de su mano, Bella se arqueó contra él, derramando un gemido en el interior de su boca que hizo que Jacob reaccionara. Levantándola a pulso en el aire, caminó hacia la habitación, mientras ella abandonaba su boca para concentrarse en su cuello, recorriéndolo con su lengua, llenándolo de besos y finalmente atrapando su lóbulo entre los dientes, acelerando la respiración de Jacob que gimió quedamente.

El pensamiento de la promesa cruzó durante un instante su cabeza, pero lo rechazo instantáneamente.

Cayeron juntos sobre la cama, mientras Jacob la besaba de nuevo, con lujuria, haciéndola sentir su pasión y desesperación en cada movimiento de su lengua. Esta vez él, pasó de su boca a su cuello, concentrándose en él, mientras sus manos se deslizaban sobre los recovecos de la ropa, buscando la piel desnuda de Bella, haciendo que cada milímetro, cada porción de piel del cuerpo de ella se erizara de placer.

Era delicado pero firme en sus movimientos. Ella, anhelante, se deshizo de su camisa, para acariciar su pecho; mientras él hacia lo mismo. El momento en que sus pieles desnudas se rozaron fue una explosión dentro de sus cuerpos, como si una descarga eléctrica se hubiera apropiado de sus extremidades. El calor de Jacob aumentaba el suyo propio, era una sensación que nunca había experimentado antes, el no tener que controlar cada movimiento, el poder ser libre para explorar todas las partes de su cuerpo que deseara sin censura… y la oposición completa… el calor abrasador de su piel la excitaba hasta un punto que nunca se hubiera imaginado. Se buscaban casi con ansia, daba la sensación de que la piel del otro, el calor del otro, la caricia del otro casi no eran suficientes.

Fuera, el repiqueteo de la lluvia sonaba casi al compás con sus corazones, y el manto nocturno les arropaba. Cuando ya solo se observaba la luna en el exterior, Jacob, tumbado al lado de Bella delineó su rostro con los dedos, con suavidad y volvió a besarla, con más pasión y más dulzura si cabe. Ella cerró los ojos dejándose llevar, notando la temperatura de las manos de Jacob acariciándola, mimándola, llenándola de ternura… el calor de su inocencia la llenaba por un instante, hasta que de pronto… notó otra presencia sobre ella. La condición de Edward acudió volando a su mente, igual que sus manos, gélidas y suaves recorrían ahora su cuerpo acompañadas por las cálidas y pasionales.

Notó como los candentes labios de Jacob se apartaban, pero antes, siquiera, de que hubiera podido abrir los ojos, fueron reemplazados por otros… por otros fríos y firmes, dulces y conocidos…

Bella abrió los ojos… y volvió a cerrarlos, envuelta en un mar de sensaciones contradictorias; dos pares de manos se movían con pasión sobre su cuerpo, dos labios buscaban su placer, dos cuerpos se movían sobre el suyo… el frío y el calor… el hombre lobo y el vampiro.

Esa había sido la condición de Edward.