SUMMARY: Otra vez Sirius y Remus. Un reencuentro después de demasiado tiempo.

DISCLAIMER: Todos los personajes son de Rowling. Yo sólo he aprovechado que existen para narrar su historia.

ADVERTENCIAS: Esta historia es slash. Contiene relación chico-chico. Si no te agrada el tema no sigas leyendo, ok? Si decides seguir adelante… espero que te guste

N/A: Quería publicar este fic el Día del Velo, como una especie de homenaje a nuestro querido Sirius Black… Me fue imposible, pero esta noche también es mágica en cierta forma y quería decir que sigo aquí, que no los olvido a pesar del paso del tiempo, que todavía estos dos cachorros siguen presentes en mi corazón, día tras día.

Este fic va dedicado a todos los que lo vais a leer, porque si os detenéis un momento a leer algo sobre Sirius y Remus es que aún pensáis en ellos. Como yo.

Os confesaré algo: este fue mi primer fic, el primero que escribí (hace ya mucho tiempo). Nunca llegué a publicarlo, no sé muy bien por qué, pero hoy he decidido dar el paso. Son sólo dos capítulos y es una escena ya muy vista, pero le tengo un cariño especial.

Espero que os guste.

Gracias por leer.


LUNATIC LOVERS

1.

Cuando Remus abrió los ojos lo primero que vio fue el color verde y dorado de las hojas de un árbol sobre su cabeza. Confuso y un poco desorientado trató de incorporarse. Le dolía todo el cuerpo y estaba cubierto de arañazos y heridas. ¿Qué hacía en el bosque? No recordaba cómo había acabado allí cuando se suponía que debería estar entre los muros fuertes y protectores del castillo, en la sala que Dumbledore había preparado para él. ¿Qué había pasado entonces? ¿Había olvidado tomarse la poción?

Se puso en pie con dificultad, respirando despacio para no sentir las heridas. Le pinchaba el costado izquierdo y le dolía la garganta, como si alguien lo hubiera mordido allí con fuerza. Cuando se tocó la herida notó que estaba cubierta de sangre reseca.

-¿Y mi ropa?

Sus ojos se desviaron hacia el cielo, cubierto de nubes, y de pronto lo recordó todo. La escena de la noche anterior apareció fugaz ante sus ojos y un gemido aterrorizado escapó de su garganta, casi como el lamento de un animal herido.

¡Sirius!

Salió corriendo en dirección al castillo, pero antes se detuvo junto al sauce para recoger sus ropas, rasgadas y abandonadas tras la transformación. Al ver a Pettigrew en el mapa lo entendió todo y entonces sólo tuvo que seguir su instinto para ir a la Casa de los Gritos y encontrarse con él. Pero los nervios le habían hecho olvidar la poción y nada más salir del Sauce Boxeador se había convertido en lobo, bajo el influjo de la luna llena. Seguramente había estado toda la noche vagando, perdido en el Bosque, cazando... ¡Necesitaba saber qué había pasado! Recordó aquella sensación de alivio en la Casa de los Gritos, el abrazo y la sonrisa quebrada en los labios del que durante mucho tiempo fue su mejor amigo. Sirius era inocente, ¡inocente! Y temía que por su culpa fuera tal vez demasiado tarde…

Dumbledore estaba sentado detrás de su escritorio, redactando una nota. Los acontecimientos de la noche anterior casi habían escapado a su control. Después de doce años de "tranquilidad" todo daba un giro inesperado. Sacudió la cabeza con tristeza. Mojó la pluma en el tintero y se dispuso a seguir escribiendo, pero justo en ese momento la puerta se abrió de golpe y una figura desaliñada apareció en el umbral.

-Buenas noches, profesor Lupin.

-¿Dónde está?

-Mi querido amigo, ¿por qué no se sienta? Debe de estar exhausto. Estábamos muy preocupados. El profesor Snape dijo que había olvidado tomar su poción y...

-Necesito saber dónde está -el joven se acercó con paso tambaleante. No paraba de temblar, acurrucado bajo su deshilachada capa-. ¡Por favor, director!

Dumbledore lo observó un momento en silencio.

-Sirius Black ha escapado.

Remus se derrumbó sobre una silla, respirando con dificultad.

-Ha... escapado...

-Sí. Así es.

El joven pareció recordar algo y empezó a hablar atropelladamente:

-Es inocente. No fue él quien mató a los padres de Harry, Dumbledore. Ayer se aclaró todo. Harry tenía el mapa y Sirius estaba en la Casa de los Gritos y luego llegó Snape y...

-Lo sé -interrumpió el director-. Colagusano sigue vivo.

-¿Lo sabe?

-Harry me lo contó.

-Ya veo.

-De hecho, fueron él y sus queridos amigos los que ayudaron a Sirius a escapar.

El profesor Lupin estaba sorprendido.

-¿En serio?

-Pero sería mejor no comentar nada de esto con nadie, ya me entiende -el mago guiñó un ojo cómplice.

-Supongo que no será... posible... averiguar dónde se encuentra.

Dumbledore lo miró con curiosidad y una sonrisa apareció en su rostro.

-En realidad no es tan difícil. Yo mismo pensaba ponerme en contacto con él enseguida. Mi fénix tiene que entregarle una carta.

El profesor lo miró con una expresión de anhelo en los ojos.

-Yo... ¿podría pedirle un favor?

-Por supuesto, Lupin.

-Quisiera saber dónde está. Necesito verle. Hablar con él. No fue un encuentro fácil... Doce años creyéndole culpable de un crimen que no cometió –sacudió la cabeza con tristeza-... Me siento tan mal...

-No debe culparse, profesor. No es el único que pensó así -Dumbledore suspiró-. Aunque todo habría sido mucho más fácil si Black me hubiera informado de sus planes en su momento… Pero es tarde para buscar culpables.

-Siempre le gustó hacer las cosas a su manera. Y creyó que cuanta menos gente lo supiera, menos riesgo habría de que Voldemort conociera su plan. Él iba a ser el cebo. Y todo por ellos, todo por James y Lily... Ni siquiera me lo contó a mí, y yo siempre creí que entre nosotros no había secretos…

Dumbledore reconoció el reproche en su voz.

-A veces los secretos son necesarios.

-A veces no.

-Cuando Fawkes vuelva, sabremos su paradero. Entonces le diré dónde está para que pueda ponerse en contacto con él.

-Gracias -susurró.

Lupin se puso en pie para marcharse, pero Dumbledore lo detuvo con un gesto.

-Un momento, profesor, hay algo que tengo que decirle.

-¿Sí?

-Según parece, el profesor Snape ha comentado su condición durante el desayuno. Ya han venido varios alumnos de Slytherin quejándose y pidiendo información sobre usted. Me temo que a estas alturas todo el colegio sabrá que es usted un licántropo.

Lupin se puso pálido.

-¿Lo saben los alumnos?

-Sí. Pero no se preocupe, intentaremos aclarar las cosas. Yo mismo acudiré al Consejo y les diré que usted no es peligroso. Les hablaré de la poción matalobos y...

Lupin negó con la cabeza.

-Usted ya ha hecho bastante por mí, director. Me dio un empleo cuando nadie más se atrevía a hacerlo. Estos días en Hogwarts han sido los mejores desde hace mucho tiempo..., desde hace doce años. No quiero que tenga problemas por mi culpa. Así que..., si me lo permite, presentaré ahora mismo mi dimisión.

Dumbledore lo miró fijamente. Una sonrisa triste bailó bajo su barba.

-¿Vas a reunirte con él?

-Llevamos separados doce años. Sí, voy a reunirme con él.

-Comprendo. Pero antes será mejor que pases por la enfermería para que la señora Pomfrey te cure las heridas... una vez más.

Lupin asintió.

-Iré a ver a Poppy y luego recogeré mis cosas.

-Le avisaré en cuanto Fawkes regrese.

-Gracias, director.

.

Sirius daba vueltas por la habitación como un perro enjaulado. Por un momento había creído que conseguiría la libertad. ¡Casi la había saboreado! Fue tan iluso que pensó que las cosas podían regresar a la normalidad…, en cierto modo. Harry había aceptado sin reservas su propuesta de irse a vivir juntos. Podía oír su voz clara y exaltada, tan parecida a la de James: "Pero ¿qué dices? ¡Por supuesto que quiero abandonar a los Dursley! ¿Tienes casa? ¿Cuándo me puedo mudar?" Y luego, de un plumazo, sus sueños borrados de golpe. La luna llena había conseguido desbaratar una vez más sus planes. Si Moony no se hubiera convertido en lobo, tal vez…

Pero era injusto pensar que todo había sido culpa de Remus.

Remus… No había esperado verlo allí y en cierto modo fue incapaz de reaccionar cuando lo tuvo delante. ¡Había tantos sentimientos luchando en su interior! Emoción por encontrar a Harry, ira por la traición de Peter, tristeza por lo que el destino había hecho con él. Y sin embargo, ahora que lo pensaba con más calma se daba cuenta de lo mucho que había significado para él verlo de nuevo. La preocupación por Harry, por Pettigrew, le había impedido prestar más atención a los ojos dorados de su antiguo amigo. Y ahora se sentía culpable por no haberle dicho nada. Ni un gesto, ni una mirada cómplice. A pesar de que durante los últimos doce años no había dejado de pensar en él ni una sola noche. Tanto tiempo esperando volver a verle y cuando al fin volvían a cruzarse no sabía qué decir.

Se había marchado de nuevo sin despedirse. ¿Y esperaba que él viniera ahora corriendo a lanzarse en sus brazos? Sirius se derrumbó sobre el desvencijado sofá. No. Era tarde para eso. Era tarde para todo.

Un ruido en el exterior lo distrajo. Si sus instintos no fallaban –y nunca lo hacían- había alguien merodeando alrededor de la casa.

-¡Maldita sea!

Creía que era un lugar seguro. Había tomado toda clase de precauciones para instalarse allí sin que nadie lo advirtiera. ¿Cómo lo habían descubierto? Rápidamente se transformó en un enorme perro negro y aguardó en la oscuridad, gruñendo en voz baja. Si se atrevían a entrar, lucharía. Una sombra pasó junto a la ventana y poco después alguien llamó a la puerta.

Un dementor no llamaría a la puerta.

-Alohomora.

Reconoció la voz enseguida, pero el visitante entró antes de que tuviera tiempo de volver a transformarse. La puerta se abrió con el hechizo y Lupin apareció en el umbral, vestido con un traje viejo y luciendo una sonrisa tranquilizadora.

-Hola, Sirius.

.

La cerradura cedió con un chasquido y al cruzar el umbral el mago se encontró en un interior oscuro y silencioso. Las polvorientas cortinas estaban echadas, las ventanas cerradas, y ningún rayo de sol iluminaba la estancia. Todo eran sombras, pero en mitad de ellas, en el centro de la habitación, una sombra aún más oscura gruñía de forma amenazadora. Con un movimiento de su varita, Lupin corrió las cortinas y una sonrisa se dibujó en sus labios..

-Hola, Sirius

El perro negro que estaba en medio del salón dio un par de ladridos de bienvenida y casi al instante desapareció. En su lugar quedó un hombre de unos treinta años con rostro demacrado y largo pelo negro.

-¡Remus!

Ninguno de los dos se atrevió a avanzar. Sirius estaba allí, en mitad del salón, mirándolo perplejo.

-Creía que alguien me había descubierto –confesó sorprendido-. ¿Qué haces aquí?

Remus seguía parado delante de la puerta.

-Necesitaba hablar contigo, después de lo que pasó... No tuvimos oportunidad de aclarar las cosas.

-No deberías haber venido.

Lupin bajó la mirada, un poco dolido por las palabras.

-Tenía que hacerlo… Quería verte y…

-¿Y si te hubieran visto? ¿Si te hubieran seguido? Es peligroso.

-La palabra peligro no significa nada para un merodeador -sonrió.

-Sí, pero ya no hay merodeadores, ¿verdad? Ahora sólo quedamos tú y yo.

Tú y yo.

-Lo sé –murmuró el licántropo-. Nos hemos quedado solos. Los dos.

Sirius estaba confuso, no sabía qué decir, ni a dónde mirar. ¿Cómo se empezaba una conversación con un antiguo amante al que no veía desde hacía tanto tiempo? ¿Cómo se escogían las palabras?

-No esperaba encontrarte en Hogwarts.

-Ni yo a ti. Fue una agradable sorpresa... a pesar de todo.

-Sí. Pero no deberías haber venido. El curso empezará pronto y seguramente tienes muchas cosas que hacer... Debes preparar las clases y...

Remus dejó unas bolsas en el suelo y entonces Sirius se dio cuenta de que había traído consigo su equipaje.

-No voy a volver –explicó con voz firme-. He dimitido.

-¿Estás loco? ¡Era tu sueño! ¡Habrías dado cualquier cosa por ser profesor! ¿Cómo se te ocurre echar a perder una oportunidad así?

-Han descubierto mi secreto, Sirius, Snape lo contó a sus alumnos. Además... ése no era mi sueño.

Remus se acercó a él unos pasos, pero Sirius retrocedió, manteniendo la distancia.

Comprendo.

Apartó de él la mirada y observó la habitación con curiosidad, intentando que su actitud pareciera casual y despreocupada.

-Conociéndote, esperaba algo más de ti, Black. Tienes esto hecho un asco -tenía un nudo en la garganta, pero no podía permitir que él lo descubriera. No dejaría que supiera el daño que le hacía su indiferencia. Todavía no.

-Sí, está un poco descuidado.

El mago chasqueó la lengua en un gesto de desagrado mientras paseaba por la sala, observándolo todo con ojo crítico.

-¿Un poco? Habrá que esforzarse mucho si queremos evitar que se parezca a la Casa de los Gritos.

Sirius sonrió. Era una sonrisa triste, pero increíblemente hermosa. Como todas las que recordaba.

-Pues a mí no me importaría que se pareciera -dijo en voz baja-. Allí pasé parte de los mejores años de mi vida. A vuestro lado -Su amigo se volvió y notó un escalofrío al sentir los ojos de Sirius clavados en él-. Me alegro de que hayas venido.

Remus se mordió los labios en aquel gesto de timidez contenida que solía volverle loco.

-¿En serio?

-En serio.

-¿Y por qué no me lo demuestras?

Sirius observó en silencio mientras se acercaba lentamente a él, y permitió que rozara su mejilla con los dedos. Conmovido, cerró los ojos, para concentrarse en aquella caricia.

-Te he echado tanto de menos –murmuró Remus.

Sirius soltó un gemido que sonó como un lamento y se apartó de él con brusquedad. Remus lo miraba sorprendido, con la duda reflejada en sus ojos dorados.

-¿Estás bien?

-Sí.

Pero Sirius se había apartado de él y Remus se esforzó por mostrar una sonrisa.

-¿Te apetece comer algo? He traído algunas cosas.

No había confianza para preguntar qué le pasaba. Habían pasado demasiado tiempo separados y Remus comprendía que su amigo tuviera miedo a estar con él. Juntos habían pasado momentos maravillosos, pero ahora eran como dos extraños. Su último beso lo habían dado con los labios tiernos de un adolescente y hacía mucho que habían dejado aquella juventud atrás.

Remus había revivido ese beso en su memoria una y otra vez en la soledad de los últimos años:

Estaban en la cama, sorprendidos de encontrarse tan cerca sin poder hacer nada más para demostrar lo mucho que se amaban. Sirius estaba tumbado de cara a él, mirándolo con aquellos ojos que le quitaban el aliento. Acababan de hacer el amor y estaban algo exhaustos, cansados. Había sido un acto urgente, rápido, y todas las caricias habían estado impregnadas de un agrio sabor a despedida. Se habían tomado el uno al otro una y otra vez, temiendo que la noche acabara y los separara.

Remus sabía que pasaba algo. Podía sentirlo en sus besos, en sus caricias. Pero también sabía que no podía preguntar, que eso sólo imprimiría otra nota de melancolía y amargura a aquella noche, que habría de ser la última. Ya había empezado a sospechar de él. Dumbledore lo había dicho, y él nunca se equivocaba: había un espía entre ellos. ¿Era él el traidor? Su amado Sirius… Remus no quería saberlo. Sólo quería estar a su lado el tiempo que aún les quedaba.

No podía dejar de mirarle: trataba de memorizar todos los rincones de su piel, el color exacto de sus ojos, la línea suave de sus tiernos labios, la forma en que el cabello le caía descuidadamente sobre los ojos. Él le había preguntado riendo: ¿Qué es lo que miras? Y él había contestado: A ti. Era su última noche. Sonrieron. Pero no había felicidad en aquellas sonrisas marchitas.

Es él.

Y siguieron allí, mirándose, perdidos en su mutua contemplación. ¡Dios! ¡no sabes cuánto te amo! Y aquel último beso salvaje, inevitable. Su boca lo asaltó con fiereza, el beso fue tan duro que le hizo daño, pero se entregó a él con avidez, consciente de lo que representaba. Sirius se había lanzado sobre su cuerpo, todavía palpitante, y le había obligado, una vez más, a separar las piernas. Lo poseyó de forma brutal, casi cruel, como si aquel acto desesperado fuese una especie de castigo o redención, y Remus apartó de él sus labios y dejó caer la cabeza la almohada, con los ojos llenos de lágrimas. Cuando acabó, Sirius aún permaneció un rato dentro de él con la respiración entrecortada y la cabeza inclinada sobre su cuello como una flor mustia, muerta. Luego se separó, dejándolo increíblemente vacío, y se levantó.

No dijo adiós. Cogió su ropa y se marchó. Cuando oyó la puerta cerrarse con un golpe seco, el nudo de su garganta se desató y Remus se deshizo en lágrimas, abrazando la almohada con fuerza.

Fue la última vez que lo vio. Al día siguiente supo que lo habían llevado a Azkaban.

.

-¿Qué te parece una lasaña? He comprado queso del que te gusta.

-Me encanta la comida italiana.

-Lo sé.

Remus entró en la cocina y con un movimiento de varita despejó la mesa. Sirius se quedó en la puerta, mirándolo.

-¿Necesitas ayuda?

-No, no hace falta. Estará listo en un momento.

Mientras cocinaba, Sirius se dirigió al salón y se tumbó en el sofá que había ocupado durante los últimos días. Estaba deformado, desgastado, pero para alguien que había pasado en Azkaban tanto tiempo era la cama de un rey. Podía escuchar a Remus rebuscando en la habitación de al lado, preparando la comida, yendo de un lado a otro.

-¿Dónde tienes…? ¡No importa, ya la he encontrado!

¡Era todo tan irreal! Como esos sueños que le asaltaban cada noche en la prisión. Había soñado con él, con su querido lobo, más a menudo de lo que le hubiera gustado admitir. En su celda había una estrecha ventana. Bueno, decir eso era decir mucho: era apenas un ventanuco, un agujero irregular en la parte más alejada y alta del techo, sólo un conducto de ventilación, un hueco por el que pasaba la luz.

Por las noches, Sirius se había acercado a él con el rostro anhelante, buscando la blanca esfera que le traía tantos recuerdos. ¡Cuántas lunas llenas había contemplado desde aquel lugar! Había tomado la costumbre de hablar con aquella esfera blanca cada noche, y a ella le contaba sus pensamientos, sus temores, sus esperanzas.

¿Recuerdas –le preguntaba- el día que nos conocimos? Me senté a tu lado en la mesa del Gran Comedor, después de que ese desgastado sombrero gritara enloquecido: ¡Gryffindor! Luego fuimos juntos a la habitación… Te pregunté si me podías cambiar la cama porque la tuya estaba más cerca de la ventana y a mí me gustaba mirar las estrellas por la noche. Tú accediste en el acto. No protestaste, sólo recogiste tu ropa y la pusiste encima de mi colcha. ¡Gracias!, te dije. Y sonreíste.

Algún día saldré de aquí. Volveremos a estar juntos y seremos felices. Tú y yo. Recuperaremos las noches perdidas, te abrazaré, como solía hacerlo, y tú recostarás tu cabeza en mi pecho. Y nadie conseguirá ya separarnos.

¿Cómo pude sospechar de ti? ¿Cómo pude abandonarte así aquella noche? Te culpaba a ti. Mientras hacíamos el amor por última vez te culpaba a ti. Te vi llorar… ¿Y cómo imaginar que aquellas no eran lágrimas de arrepentimiento sino de miedo? Miedo por mí. Por nosotros. Miedo por lo que podía pasar. Me equivoqué tanto… Ojalá algún día puedas perdonarme…

Y la luna escuchaba, en silencio, noche tras noche. A veces, se transformaba en perro y aullaba a la plateada esfera, imaginando que sus aullidos eran el eco de otro lamento distante y perdido. Y lloraba. Lloraba por él, y por Remus, y por todo aquello que habían dejado atrás.

.

Remus asomó la cabeza por la puerta de la cocina.

-Ya está lista.

Sirius se levantó y con paso vacilante lo siguió. Se sentó en una silla y empezó a comer con ansia, devorando el pastel de pasta y carne.

Remus lo contemplaba en silencio, sentado frente a él.

-¿Cuánto hacía que no tomabas algo decente?

Sirius se encogió de hombros sin parar de comer.

-No lo sé...: Una eternidad –murmuró-. Esto está delicioso.

-Bueno, tú me diste la receta.

-Es verdad. Recuerdo que eras bastante torpe a la hora de cocinar.

Remus rió.

-Sí, bueno, eso era antes... Ahora soy todo un experto. Cuando te fuiste no tenía a nadie que cocinara para mí, así que tuve que aprender a hacerlo todo solo.

Sirius bebió un trago de agua.

-¿Y tú? ¿No comes?

Remus negó con la cabeza.

-No tengo hambre.

-Como quieras, no sabes lo que te pierdes.

Era agotador tratar de encubrir los sentimientos que pugnaban por salir. Pero era necesario. No era el momento de confesar, no ante un extraño. Y eso eran el uno para el otro en ese instante: extraños. No podían reconocerse detrás de aquellas miradas tan tristes.

De pronto, un picotazo en su hombro sobresaltó a Remus, que se volvió con rapidez, la varita preparada y las palabras de un encantamiento en los labios. Sirius rió.

-Tranquilo, Remus, sólo es Buckbeak. Creo que ya lo conoces.

El joven se relajó y se permitió una risa nerviosa.

-Claro, Buckbeak.

A apenas unos centímetros de sus ojos naranjas hizo una inclinación a la que el hipogrifo respondió con una reverencia. Remus alargó la mano y le acarició el cuello con ternura.

-Es cierto, Dumbledore me dijo que se había escapado, pero no sabía que estaba contigo.

-Digamos que alguien nos ayudó a escapar juntos.

Remus comprendió.

-Harry es un buen chico. Y se parece tanto a James…

-Sí –afirmó Sirius complacido-. Su padre estaría orgulloso de él.

Hubo unos minutos de silencio, respetuosos instantes para el recuerdo de su amigo desaparecido.

-Es un chico fuerte.

-E inteligente. ¿Sabes que puede conjurar un patronus? ¡A su edad!

-Sí. Lo sabía. Él me salvó la vida.

-Y vuela bien.

-Bueno, su padre fue el mejor buscador del colegio.

Remus rió.

-Tendrías que ver el revuelo que se armó cuando le regalaste esa escoba. ¿Sabías que McGonagall se la confiscó y la desarmaron para comprobar que no estaba hechizada?

-¿En serio?

-Harry estaba como loco. Todos los días le preguntaba cuándo se la iban a devolver… Pobre, a pesar de todos los problemas lo más importante para él en ese momento era seguir volando.

El hipogrifo se separó de Remus y se acercó a Sirius, quien le palmeó cariñosamente en el lomo.

-Tuviste suerte. Tú pudiste disfrutar de su compañía durante casi un año. Yo sólo estuve con él una hora. O quizás menos. Y la mitad del tiempo intentó matarme.

-Lo volverás a ver.

-Sí. Eso espero. ¿Sabías que le propuse venirse a vivir conmigo?

Remus lo miró con curiosidad. ¡Como envidiaba a Buckbeak por recibir aquellos gestos de cariño!

-¿Y qué contestó?

Sirius sonrió.

-Dijo que sí. Luego Colagusano se escapó y todo quedó en un sueño fugaz e irreal, pero él dijo que sí –murmuró-. Habría sido divertido, ¿no te parece? Los tres viviendo juntos.

-¿Los tres?

-Bueno, durante las clases tú y él estaríais fuera, pero en vacaciones y por Navidad… -sonrió de nuevo, cuando la postal de una cena hogareña junto al fuego, rodeados de regalos, acudió a su cabeza.

-Sí. Habría sido divertido.

-Quizás algún día. Por ahora seremos sólo dos. Y Buckbeak, claro.

Remus lo miró con curiosidad.

-¿Quieres que me quede?

Ahora era Sirius el sorprendido.

-Bueno, yo… pensé que… -Buckbeak se apartó y se tumbó en el suelo, cerca de sus pies-. En fin, dijiste que te habías quedado sin trabajo y como has venido a verme supuse… Qué tontería. Seguramente tú ya tendrás tus planes, tendrás tu hogar, tu familia y tus amigos. Pero por un instante… pensé que volveríamos a estar juntos. Como antes.

Remus extendió su mano sobre la mesa para alcanzar la de su amigo.

-Si tú quieres, me quedaré. No tengo adónde ir y necesito un refugio. Como tú.

Era extraño. Parecía que una pequeña capa de la gruesa pared que los separaba se había desmoronado por fin. Sirius cubrió aquella mano con la suya y la acarició con ternura.

-Quédate.

Aquella palabra, tan repetida durante su juventud: promesa de noches de amor y pasión incontrolada.

Quédate.

Continuará...