Hola!!

Muchísimas gracias a javiitha-sxs, kariko-12, fernandaIK26, superuva, Pameliux y makka'z por vuestros alentadores reviews, sin los cuales jamás habría decidido continuar esta hiatoria. A todos vosotros os diré que sí, hay un motivo por el k Kagome permanece en silencio, pero no lo revelaré ahora o la historia perdera la gracias, habréis de esperar un par de capitulos... y por ahora, os dejo con la historia:


Inuyasha suspiró cabreado, las risas de Miroku tras explicarle todo lo ocurrido la noche anterior aun resonaban en sus oídos. ¡Maldito pervertido! Y encima se atrevía a preguntarle si la chica era de buen ver… ¡Ja! Obviamente era hermosa, pero él no dejaría que nadie se acercase a ella, ni hablar... y no es que le importara, tan solo ella estaba demasiado asustada para recibir ningún tipo de visitas, y menos aun si eran masculinas, que decir de ese calienta mujeres… ¡Antes muerto que permitir eso! Por suerte Sango había entrado en ese mismo instante provocando que Miroku no volviera a abrir la boca.

¡Si que lo tenía bien controlado su mujercita! Él jamás dejaría que una mujer controlara su vida de ese modo, es más, antes sería él quien estableciese ciertos límites a su esposa en relación a su comportamiento con él y con el resto de hombres… Que una mujer te controlara de ese modo, era nada menos que humillante.

Sin embargo, no lograba sacar de sus pensamientos a cierta joven, cuyo nombre si tan siquiera sabía, pero que en esos momentos debería encontrarse sola en su dormitorio. ¿Qué ocurriría si tratará de huir? Podría pasarle algo malo… aunque eso era poco probable; dudaba siquiera que fuese capaz de sostenerse por si misma. Pero ¿y si acudía alguien en su busca, entraban a su habitación, y se la encontraban a ella? ¿Sería capaz de reaccionar sin que la tachasen de loca? Por suerte eso tampoco era demasiado probable, nadie entraba a sus habitaciones sin obtener su permiso antes… Aunque su desdichado hermano… o su padre…

Maldición Sango, ¿dónde estas?

¿Dónde estaba? ¿Dónde se había metido? ¿Por qué tardaba tanto? Había dicho que iba a buscar un vestido apropiado, de los que usaba ella antes de casarse… pero ¡demonios! Podría haber avisado de que iba a tardar tanto, de ese modo él la habría esperado en su habitación… junto a ella, asegurándose de que estuviese a salvo.

Calma Inuyasha, te estas comportando como un crío.

Era cierto; no debería estar tan preocupado, al fin y al cabo ella no era nadie… ¿o no? Tan solo un regalo de cumpleaños… No; era su regalo de cumpleaños, y por tanto, él no permitiría que le sucediese nada; además se lo había prometido… él le había prometido que estaría a salvo, y él nunca faltaba a sus promesas… Bueno, quizá si lo hacía cuando eran promesas a la demás gente, pero eso se lo había prometido a si mismo, además de a ella, y por nada del mundo pensaba faltar a esa promesa.

- Ya estoy aquí, Inuyasha – la voz de Sango resonó a lo lejos, librándolo de su ensimismamiento. – No me tarde demasiado, ¿cierto? – si las miadas matasen, ella ahora mismo estaría muerta – De acuerdo, cálmate, digamos que olvide donde guarde mi ropa de doncella… Pero, mira – señaló a la cesta que cargaba en sus brazos, al parecer rebosante de ropa – te he traído varios vestidos, así no tendrás que venir a pedirme cada dos días.

El de ojos dorados permanecía enfadado, sin embargo, tras varios momentos de contemplar la cesta de ropa tuvo que reconocer que no había sido tan mala idea tener que esperar un tiempo.

- Esta bien – aceptó de mala gana, y acto seguido ordenó – Trae.

- ¿Cómo? – Sango no parecía dispuesta a cumplir su orden e Inuyasha la miro contrariado. – Ni creas que permitiré que te aproveches de esa pobre muchacha – El príncipe gruñó contrariado, ¿por qué todos se empañaban en que él era un abusador de mujeres? – Tú guíame hasta ella, seré yo quien la vista.

Desde luego el hombre no estaba muy por la labor de colaborar, sin embargo, tras meditar unos instantes se dio cuanta de que lo expuesto por la joven era lo mejor. Ella necesitaría ayuda para vestirse, y dudaba que estuviese de acuerdo en que fuese él quien la atendiera.

De mala gana no le quedo otra que asentir, y sin mediar palabra abandono la estancia y se dirigió a su recamara, no sin antes asegurarse de que Sango lo seguía.

Diablos, empiezo a comprender como se siente Miroku ante ella.

No tardó demasiado en alcanzar su habitación e instintivamente dirigió la vista hacía el último lugar en el que había tenido contacto con la joven. No se equivocaba, allí estaba ella, sentada sobre su cama, recostada sobre la pared, y con las mantas llegándole casi al cuello.

- ¡Oh! – apenas escuchó la exclamación de Sango a sus espaldas, su vista estaba fija en ella, quien en esos momentos, por raro que pareciese, le devolvía la mirada. Se sorprendió al comprobar que el miedo ya no era la emoción predominante en sus ojos, habiendo sido sustituido por la tristeza. Una enorme y desgarradora tristeza. Se preguntó que demonios hubo de sufrir esa pobre chiquilla para quedar con el semblante de un pobre cachorrito desvalido – Pero si casi es una niña – se sorprendió Sango a sus espaldas.

Inuyasha tuvo deseos de matarla, pues la joven sin nombre había desviado su mirada hacia ella tras sus palabras, privándolo a él de sus preciosos ojos marrones. No obstante se obligó a si mismo a recordar el motivo de la presencia de Sango en su habitación.

- Ella es Sango – dijo señalándola con la mano, mientras sentía como de nuevo la joven clavaba sus ojos en él – Es una amiga – explicó – te ayudará a vestirte… Eso que llevas no parece ser muy adecuado… - en su mente recordó la imagen de la joven, cubierta solo por esas dos prendas doradas… Realmente hermosa… pero no era tiempo de pensar en esas cosas.

- Encantada de conocerte – murmuró Sango acercándose a ella. A Inuyasha le molesto que la joven no temblara por su acercamiento, tal como hacía con él – No te preocupes, seremos amigas ¿de acuerdo? – el príncipe se disponía a advertirle que era en vano hacerle preguntas, cuando, para su sorpresa y enfado, la muchacha asintió levemente, provocando una sonrisa y una mirada de superioridad de Sango hacia Inuyasha. - Ven – añadió tendiéndole la mano – lo primero que hay que hacer es vestirte adecuadamente. Y tú – advirtió volviendo la vista hacia el joven - ¡más te vale esperar fuera!

Inuyasha resopló enfadado, ¿quién había dicho que él pretendiese quedarse? Después de cómo Sango lo estaba tratando dudaba que ella volviera a confiar en él. No era raro que a veces se preguntara que había visto su amigo en esa bruja… Solo esperaba que no aprovechara su ausencia para contar más barbaridades de él, o de seguro ella no volvería a dirigirle la mirada.

Sango mantuvo la vista fija en la puerta hasta asegurarse de que Inuyasha abandonaba la estancia totalmente y cerraba la puerta tras de si; solo entonces volvió su vista a la joven, quien en esos momentos la miraba algo asustada.

- Ah, no creas que es tan malo como le hago creer – explicó riendo – Es solo que me gusta hacerle enfadar… eso le paso por andar invitando siempre a sus fiestas a mi maridito. – hizo una pauso y condujo su mano al estómago – estoy embarazada ¿sabes? pero eso no parece importarle mucho a Miroku. – sango contempló a la joven unos instantes, quien la contemplaba interesada, y por primera vez, con una pequeña sonrisa en los labios. – Es un mujeriego – resopló enfada – Ambos lo son, él e Inuyasha – explicó ante la mirada confusa de la joven – pero también buenas personas, jamás se les ocurriría lastimar a nadie… Estas en buenas manos – aseguró finalmente.

Con esas palabras la conversación se dio por zanjada, y Sango ayudó a incorporarse a la joven. Después le dio a elegir uno de entre los muchos vestidos, pero ante la indiferencia de la joven, fue ella quien acabo escogiendo uno de color verde oscuro, de terciopelo, mangas rectas acabadas en punta, un escote cuadrado que dejaba ver parte de la clavícula, y algunos encajes en la falda. La parte de arriba era estrecha al cuerpo, pero la de abajo se habría libremente, cayendo en campana.

- Te ves hermosa con ese vestido – aseguró Sango, terminando de colocar la falda correctamente – ya verás cuando te vea Inuyasha – sus palabras fueron inocentes, dichas al vuelo, pero provocaron una mueca de terror en el rostro de la joven, hasta entonces inexpresivo. - ¡Oh! Cielo – se disculpó Sango al ver el efecto de sus palabras – No me refería a eso. Estoy seguro que se sorprenderá al ver lo hermosa que estas así vestida, pero no debes temer que él te fuerce a nada… Ya te lo he dicho, mujeriego, pero de buen corazón, jamás forzaría a una mujer a nada que ella no quisiese… No debes tenerle miedo, y a mi tampoco, somos amigas ¿recuerdas?

Sus palabras parecieron tranquilizar a la joven, y una vez Sango finalizó de arreglarle el pelo en un semi recogido, esta se encargó de llamar a Inuyasha para que entrara a "ver su obra maestra"

El joven no tardó demasiado en abrir la puerta, se deducía por su mirada que estaba enfadado, no obstante, en el momento en que sus ojos hallaron los de Ella, todo enfadado quedó olvidado.

- Es…estas preciosa, pequeña – balbuceó asombrado. No era para menos, la joven se veía realmente hermosa con ese vestido verde resaltando su piel clara y su pelo, al mismo tiempo que dejaba entrever sus deliciosas mejillas coloreadas a causa e la vergüenza.

- ¿Verdad que si? – resaltó Sango, feliz por su buen trabajo. Sin embargo, de pronto pareció recordar algo, porque su rostro se contrajo contrariado, y miró a su nueva amiga y a Inuyasha disculpándose – Lo siento, pero tengo que irme, olvide que hoy venía le doctor a visitarme, ya saben… por mi embarazo… Pero prometo volver pronto a visitarte – aseguró dirigiéndose a la joven – y estoy segura de que Inuyasha sabrá tratarte bien, ¿verdad Inuyasha? – pareció más una amenaza que una pregunta, por lo que el joven no se digno a contestar. No obstante Sango no tuvo tiempo de protestar, pues se dirigía rápidamente hacía la salida, y con un rápido "hasta luego" abandono la estancia definitivamente.

Inuyasha y la joven quedaron solos en la recamara, y el ambiente no tardó en volverse tenso, dado que ninguno de los dos hablaba, hasta que Inuyasha se obligó a romper el silencio.

- Sabes pequeña – por alguna razón había tomado la costumbre de llamarla así, dado que no sabía su nombre – Te ves muy linda con ese vestido… - el joven no logró reprimir la sonrisa al ver como ella enrojecía por el comentario y mordisqueaba levemente sus labios, nerviosa; no obstante sus ojos seguían tristes, con una sombra de miedo, que por alguna razón, él deseaba eliminar con todas sus fuerzas – Hay más vestidos – añadió torpemente, nunca antes le había ocurrido quedarse sin palabras, solo ahora, con ella – podrás cambiarte siempre que lo desees – era un comentario tonto, incluso él lo reconocía pero no sabía que más decir - ¿Tienes hermanos? – bien, eso era un cambio de conversación, él único problema residía en que ella no iba a contestarle – Yo tengo uno – añadió, en vista de su silencio – Su nombre es Shesomaru, y créeme, es mejor que nunca lo conozcas, tiene un humor de perros, aunque su mujer, Rin, es muy simpática, no se que vio en él realmente, y…

Las horas transcurrieron así, libremente. Él hablaba y ella escuchaba. De echo, no resultaba aburrido, como creyó en un principio; era la primera vez que se atrevía a hablar de ese modo con alguien, sin tapujos, y también era la primera vez que sentía que ese alguien lo escuchaba realmente, sin estar pensando en lo que decir a continuación.

Con ella se sentía libre, y extrañamente cómodo. Además parecía realmente interesada en sus palabras, lo suficiente para eliminar los temblores y espasmos que siempre la sacudían cuando se acercaba, hasta el punto de terminar los dos sentados sobre el suelo, con la espalda recostada sobre la pared, y sus brazos a centímetros de tocarse.

No obstante, como todo lo bueno, no podía durar para siempre, como quedo demostrado una vez llamaron a la puerta.

- Alteza – la voz sonó ronca y distante, al otro lado de la habitación – su padre requiere su presencia en el salón de trono, es necesario que acuda inmediatamente.

Inuyasha resopló, ¿por qué justo ahora, cuando al fin parecía tomar confianza con él? Aun así…

- Muy bien – aceptó, en voz lo suficientemente alta para ser oído por el soldado – comuníquenle a mi padre que iré allí lo antes posible.

- Alteza – se oyó la despedida tras la puerta, para después ser sustituido por el ruido de pasos alejándose.

Una vez estuvo seguro de que se había ido, Inuyasha se incorporó pesadamente, mirando a la joven.

- Ya te dije, menudo pesado esta hecho su majestad – ironizó en tono de burla – Aun así será mejor que acuda, antes de que se enfade de verdad y venga aquí a buscarme… – hizo una mueca de espanto al imaginar lo que eso conllevaría - ¿Estarás bien, verdad pequeña? – su voz se escuchó realmente preocupada, al mismo tiempo que sus ojos se posaban sobre los suyos, destilando preocupación, a lo que ella asintió – Prometo no tardar mucho… mientras tanto – recorrió con la vista la habitación, en busca de algo que pudiera ayudarla a pasar el tiempo. Finalmente su vista se detuvo en su lujosa biblioteca, tal vez esa sería una buena manera de pasar el rato, no obstante dudaba que ella supiera leer… tan solo los nobles o ricos hacendados recibían ese tipo de educación, y aun entre ellos solía excluirse a las mujeres. Pese a ello se incorporó del suelo y se dirigió hacía ella, tomando uno de sus libros favoritos. La trama del libro incluía a una sacerdotisa que buscaba los fragmentos de una perla mágica, siendo ayudada en su tarea por un medio demonio con orejas de perro y un ego superior al tamaño de su espada; obviamente ambos terminaban juntos. Suponía que ese era el tipo de libros que le gustarían a una joven como ella, en el dudoso caso, por supuesto, que supiese leer… Si no, no le quedaría de otra que entretenerse con los escasos dibujos – Podrías entretenerte con este libro, es bastante aceptable.

Al ver que ella no lo rechazaba, le tendió el libro, y para su sorpresa la joven comenzó a leerlo con avidez, tras dedicarle una tímida sonrisa de agradecimiento a un muy sorprendido Inuyasha que cada vez se mostraba más curioso sobre sus orígenes.

Pese a ello no pudo menos que devolverle el gesto, se veía aun más hermosa cuando sonreía, a pesar de hacerlo de esa manera tan tímida.

- Bien, veo que estarás entretenida – comentó, un tanto celoso de la atención que ella dedicaba a la lectura; no obstante debía atender la llamada de su padre, de otro modo las consecuencias podrían ser terribles – Será mejor que me valla… - tartamudeo - la puerta permanecerá cerrada así que nadie podrá molestarte, y… yo volveré lo antes posible – no lo entendía, ¿por qué? ¿por qué dolía tanto el tener que separase de ella? Seguiría hay cuando volviera, ¿o no? Aun así… - cuídate mucho, ¿de acuerdo? – no podía ocultar por completo el ansia o el miedo de su voz, y ella debió notarlo, porque sorprendentemente alzó los ojos hasta posarlos sobre los suyos, y a pesar de no emitir palabra alguna, su mirada trasmitía más que todo lo que pudiera haber dicho.

Inuyasha se sorprendió de cómo unos ojos podían comunicar tanto, aunque quizá se debiese simplemente a la falta de palabras, que elevaba el valor de las expresiones haciendo que hasta el más mínimo detalle cobrara su relevante importancia.

Los ojos de fuego del joven devolvieron la mirada con igual o mayor intensidad, descubriendo en los de la muchacha una gran cantidad de emociones distintas. La tristeza no había desaparecido por completo, pero si había sido llevada a un segundo plano…, el miedo estaba extinto, como si nunca hubiera tenido lugar en esos precioso ojos oscuros. Gratitud, ternura, afecto… era lo que ahora podía leerse en ellos. Inuyasha pensó que nunca había conocido unos ojos más puros, ni más hermosos a los de Ella.

Ciertamente el impulso que siguió a continuación no era desconocido para él, pero tampoco hizo nada por controlarlo…

- Pequeña – la palabra escapó de sus labios, al mismo tiempo que sus dedos acariciaban una de las sonrosadas mejillas de la joven, que esta vez no temblaba, de echo se limitaba a observarlo con un toque de curiosidad en los ojos, acompañado de otra emoción que no sabía identificar…

Instantes después se separaba de ella y abandonaba la estancia como si estuviese siendo perseguido por el mismísimo demonio. La puerta se cerró sobre si y el tuvo que apoyar la espalda sobre ella para tranquilizarse, no comprendía por qué actuaba de ese modo, lo único que sabía con seguridad, es que si hubiese permanecido dentro, junto a ella, con su mano acariciando su rostro, la habría besado, y eso era algo que no podía, ni debía querer hacer.

Minutos después, algo más tranquilo, se apresuraba a llegar a la sala del trono. Para su sorpresa, dentro no solo se encontraba su padre, sino que su hermano y un amplio numero de consejeros, entre los que destacaba el hombre de confianza de su padre, un tal Naraku que a él no le inspiraba demasiada confianza, estaban allí, al parecer y al juzgar por sus miradas, esperándole.

Suspiró quedamente, en muda plegaría porque la reunión no se extendiera demasiado, al mismo tiempo que el rostro de una encantadora jovencita llenaba su mente y rebosaba sus sentidos.


Espero k os haya gustado el capp, ¿reviews?