Antes de aquel beso siempre pensaba que miraba el cuerpo de su amiga con envidia. Cuando mentalmente alababa aquellos grandes y redondos pechos, las formas voluptuosas, y sobre todo el descaro de Lily, creía que quería ser como ella. Pero entonces decidió besarla en aquella limusina, decidió provocar a su novio y a su hermano, provocarla a ella en su mojigatería. Pero le provocó algo más.

Verónica se pasó dos semanas recordando el beso. Un beso que probablemente no significara nada, un beso que era sólo un juego, una broma… Pero no se lo quitaba de la cabeza. Le asustó pensar que aquellos labios carnosos le habían estremecido más de lo que Duncan le había provocado en meses. Durante dos semanas necesito masturbarse casi compulsivamente. Tocarse cada vez que hablaban por teléfono, cada vez que volvía de estar con ella. Se notaba excitada cuando la veía enrollarse con Logan, cuando ella le contaba secretos de la media docena de amantes sin nombre con los que se veía.

Pero después de dos semanas no quiso aguantar más. Verónica no sabía, ni quería, estarse quieta. Lily, que se había peleado con su madre esa mañana, había decidido lucir un escote más que generoso. Los piropos y silbidos la habían seguido desde que llegó por la mañana al instituto. Y cuando Vero la acompañó al baño a retocarse su maquillaje, excesivo y sensual, no pudo limitarse a ponerse brillo rosa y a mirarla.

Cerró el aseo. Empujó a Lily contra la puerta. La cortó el paso con su cuerpo. La besó. Lily se rió, se rió mucho, y la devolvió el beso. Sus lenguas se entrelazaron, los dientes de Lily marcaron las zonas que no eran accesibles ni siquiera a los ojos de su hermano. Verónica encontró sus manos, sin darse cuenta, poseyendo los rincones de su amiga. Ahora, toda la carne que había visto tantas veces desnuda era suya. No la dejo hacer nada. Lily siempre quería mandar, pero no a ella. Instintivamente supo que hacer, donde tocar. Se estremecía como ella se había imaginado, su cara brillaba mientras le succionaba los pezones. Verónica bajó la mano por dentro de sus pantalones, y notó su propia humedad al contacto con la ajena. Sus dedos se detuvieron en el clítoris, pero no lo tocó hasta que Lily no se lo pidió, casi suplicó. Apenas se reconocía en aquella chica cachonda y dominante, pero se gustaba, le encantaba la situación. Los gemidos de Lily al correrse fueron exactamente como los esperaba, como había imaginado que jadearía en brazos de los demás.

Después no hablaron de ello. Pero lo repitieron una y otra vez. A partir de ese día, Lily la arrinconaba en la piscina, o en el vestuario, o se metía en su cama cuando se quedaba en la mansión Kane a dormir.

Verónica se convirtió en una más de aquella media docena de amantes. Porque al final, era Lily la que mandaba siempre.