¡Hola! Me tardé más de lo presupuestado en realizar esta historia. Al principio, pensé en un one shot, pero terminó siendo mini fic de dos o tres capítulos... para indemnizarlos por la espera.

¡Mi creación vive! ¡Vive! (Eso sonó muy película de terror de los años 60). En fin, ya estoy dando jugo, para variar.

Saludos a todos. Espero que les guste, ¡y recuerden! están cordialmente invitados al blog del PPC, cuyo link está en mi profile. También a mis otras historias, especialmente "Tu verdugo" que viene recién comenzando.

Este fic de lo dedico a dos personas que hace poco estuvieron de cumpleaños: María (mi pequeña hermanita adoptada española, ¡algún día iré a vaciar tu refrigerador!) y Ly Draco (Querida, me mató lo tierno de tu PM. Muchas gracias)

Por último les cuento que la sociedad PPC ha creado un perfil de usuario (miren mis autores favoritos). Ahí nos podrán hacer llegar sus desafíos, ¿Tema? Parejas del universo HP y los signos zodiacales ¡No teman! ¡No mordemos!

Abrazos Cósmicos.

PLAY

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1.- No vuelvas a soñar despierto...

En primer año mi vida en el castillo fue bastante aburrida, por no decir exasperante y solitaria. A pesar de todos los esfuerzos mentales que hice por confundir al sombrero seleccionador y no ser como mi padre, quedé en Slytherin, pues mi sangre fue más fuerte que mis deseos finalmente...

No me llevaba bien con mis compañeros de casa, mientras que el resto del colegio me discriminaba por ser una serpiente. Así que preferí pasar las tardes solo que mal acompañado; ser esteriotipado como el sujeto callado que no se metía con nadie… pero lo suficientemente misterioso para que nadie se atreviera a fastidiarme. Mejor para mí. Nunca me gustó aparentar simpatía con gente extraña.

Cuando llegó el verano pensé que mi existencia sería miserable durante los seis años que me restaban en el castillo, pero tuvo que llegar el primero de septiembre para percatarme cuánto me había equivocado. En el andén nueve tres cuartos, una muchacha de cabellos dorados, largos y desordenados, llamó profundamente mi atención, hipnotizándome con sus orbes saltones de color cielo, sus aretes de rábano y la varita colocada de forma casual tras la oreja.

Aún recuerdo cuando en la cena de bienvenida llamaron a los nuevos alumnos para la habitual ceremonia de selección de casas. Mi corazón se aceleró, ansioso de ver cuál sería el destino de aquella rubia que se movía alegremente de izquierda a derecha, con las manos afirmadas en su espalda, mientras esperaba en la fila para ser llamada.

- ¡Luna Lovegood!

Gritó la profesora Mcgonagall, y el objeto de mi curiosidad ya tenía nombre y apellido. Luna subió los peldaños dando pequeños brinquitos, y con una sonrisa dulce se sentó, agitando las piernas impaciente hasta que por fin la anciana colocó el dichoso sombrero sobre su cabeza.

Cuando el artefacto gritó "Ravenclaw" supe que mis esperanzas de tenerla como amiga se fueron directo al tacho de basura.

Decepción, eso sentí.

Decidí olvidarme de ella; de la promesa de una fiel compañera de aventuras, con quien podría conversar de las más absurdas trivialidades, hasta de nuestros profundos sueños, deseos y frustraciones. Alguien con quien intercambiar pensamientos e impresiones... y a quien guardarle asiento al desayuno.

Sin embargo, no pude quitármela de la cabeza. Por más que traté, fui vencido... A pesar de que ese año Draco Malfoy decidió unilateralmente que yo era su amigo y que, de alguna manera, nos convertimos en eso - con todo el respeto y popularidad que aquello significaba en esas insípidas serpientes – Me faltaba ella. Siempre me faltó.

¿Por qué? Me cuestionaba constantemente, pero no lograba dar con la respuesta... hasta que la vi con Potter, en quinto año.

Celos, eso sentí.

Y como si hubiera recibido una piedra reveladora en el cráneo, comprendí que me había enamorado de ella sin conocerla. Absurdo, lo sé. Pero sucedió. Y desde entonces lo único que quise fue verme reflejado en sus ojos.

Me volví su observador desde las sombras, deleitándome con su particular forma de caminar entre brinquitos y su honestidad al decir las cosas. Con sus accesorios estrafalarios y su fuerte sentido de lealtad que se notaba aún a distancia.

Me enfurecían aquellos imbéciles que solían molestarla sólo por ser diferente, especial, y en más de una ocasión no me aguanté de hechizarlos desde mi escondite, fenómeno que mi musa tomó como ayuda de alguna criaturita mágica que sólo existía en su cabeza, y que a mí me parecía de lo más conveniente. Nadie debía saberlo. Ni siquiera Luna.

La guerra y sus consecuencias me arrebataron cualquier posibilidad de acercamiento. Todos los habitantes de Slytherin quedaríamos irremediablemente estigmatizados como parásitos, a pesar de que muchos no compartíamos las retorcidas ideas del que no debe ser nombrado... y ella, ella acompañada por sus nuevos y valientes amigos, ya no me necesitaba.

Resignado, seguí adelante con mi vida. Estudié, trabajé y me independicé. Salí con algunas mujeres, pero ninguna logró cautivarme tanto como lo hizo ella, siendo tan solo una niña...

Una mañana de julio, "El Profeta" anunció su matrimonio con un tal Scamander... la peor mañana de mi vida. Recuerdo que derramé mi café de la impresión sobre una pila de papeles, pero no me importó en lo absoluto. Una importante parte de mi vida se moría con esa unión, así que decidí darle una apropiada sepultura ahogándome con alcohol.

Hoy, diez años después, su recuerdo no deja de martillarme la cabeza, como si quisiera prepararme para lo que mis ojos verían aquella tarde de otoño, donde las hojas secas y amarillentas caerían en cámara lenta desde las alturas, adornando el suelo y componiendo melodías al ser pisadas.

No sé porqué, pero caminé inconscientemente a la plaza que quedaba a unas cuadras de mi trabajo, como si la dulce voz de una sirena me estuviera hechizando para que acudiera a su llamado.

Y la vi... la vi y no podía concebir que su apariencia se había mantenido tal como la recordaba, que su varita aún descansaba sobre su oreja izquierda y que sus ojos seguían siendo tan tranquilos como siempre... como el suave vaivén del océano. En sus dedos blancos y delgados se sostenía una edición del quisquilloso, que de costumbre estaba leyendo al revés, y su pelo, aún desordenado, caía libremente por su espalda, indomable.

Un súbito cúmulo de recuerdos y emociones invadieron mi mente y mi corazón. El sentido común me suplicaba que arrancara de ahí, advirtiéndome que de seguir observando aquella imagen terminaría por volver a quererla con locura... y eso no podía suceder. No era una opción.

- ¿Por qué miras a mi mami?

Casi me muero de un infarto en ese mismo instante, cuando la delicada voz de ese pequeño - viva réplica de su madre - se dirigió a mí con inocencia, mientras me observaba con curiosidad. ¿En qué momento se acercó que no me di cuenta? me pregunté, azotándome mentalmente por el desliz.

- Hola, pequeño – respondí con falsa naturalidad - ¿Cuál es tu nombre?

- No me has respondido… ¿sabes que es de mala educación responder con una pregunta? – replicó cruzándose de brazos

- La miro porque la conozco, fuimos compañeros en Hogwarts.

- ¿En serio? – esbozó súbitamente emocionado, con los ojitos brillosos - ¡Genial! A mí sólo me quedan cuatro años para ir. Espero quedar en Ravenclaw como mi mami, aunque no me molestaría si me dejan en Gryffindor, como mi tío Harry.

Claro... Slytherin no es una opción para tus sueños ¿cierto, pequeño?

- ¿Y cuál es tu nombre? – insistí, agachándome a su altura.

- Lysander, ni preguntes, yo tampoco entiendo porqué me pusieron así – respondió arrugando la nariz de disgusto - Y ese de ahí es mi hermano, se llama Lorcan... podemos ser parecidos, pero yo soy el inteligente – se apresuró a aclarar.

- ¿Ah sí? – inquirí alzando una ceja divertido - ¿Por qué lo dices?

- Es cosa que lo mires ¿no?

Era cierto. Ambos gemelos sólo se parecían de aspecto. Mientras Lysander tenía un aire de sabelotodo y maduro, Lorcan corría alrededor de su madre con los bracitos extendidos, simulando volar con una amplia sonrisa en la cara, antes de comenzar a girar sobre su propio eje, sin parar de reír contagiosamente.

- ¿Ves? – me dijo rodando los ojos – Es un inmaduro. Si tan solo le pusiera más atención a las tutorías de la tía Hermione, sería más inteligente.

- No tienes porque crecer tan rápido, Lysander – aconsejé sorprendiéndome por eso - Aprovecha de jugar sin limitaciones mientras puedas y no tengas obligaciones.

- No tengo ganas de jugar – musitó, colocando ambas manos en los bolsillos de su pantalón.

- ¿Por qué? – ¿qué clase de niño no quiere divertirse? Me pregunté extrañado.

Lysander se sonrojó violentamente y bajó la mirada al piso.

- Extraño a papá – confesó en un susurro, a la vez que pateaba una piedra.

- ¿Se fue de viaje? – pregunté inocentemente.

- No. Murió el año pasado.

La noticia me impactó directo en el pecho, dejándome momentáneamente sin aire para respirar. Los ojos celestes de Lysander comenzaron a llenarse de agua, y me desesperé, notándome incompetente. No sabía qué hacer, nunca había tratado con niños, ni tuve hermanos con quien compartir. Así que sólo atiné a colocar una mano en su hombro, apretándolo suavemente.

- Tranquilo – le dije – Tienes una madre que te quiere mucho, y aunque tu padre no se encuentre físicamente contigo, estoy seguro que te cuida donde quiera que esté.

Lysander ya no aguantó la tristeza, y su mentón comenzó a tiritar. Sus manitas permanecieron herméticamente cerradas, tratando de evitar mostrar debilidad, mientras que el parpadeo inevitable hace que las lágrimas comiencen a rodar por sus mejillas. Le estiro los brazos ofreciéndole consuelo, mas el prefiere saltar y colgarse de mi cuello. Le oigo llorar en mi hombro, y siento como comienza a mojar mi camisa, pero no me importa, si me la pide, se la doy de pañuelo.

- Cariño. Deja al señor Nott tranquilo.

Mi corazón se paralizó por segunda vez en el día. Pero esta vez, tuve serias dudas de si volvería a latir. Era ella, Luna, la que me observaba con sus soñadores ojos celestes y una sonrisa triste en el rostro.

- Hola, tanto tiempo, Theodore – me saluda con su dulzura habitual, ladeando un poco la cabeza para dejar que sus cabellos se deslizaran de un hombro al otro.

- Ho… hola – respondo nervioso, tratando de buscar la forma más efectiva de suicidarme en ese mismo instante - Tanto tiempo.

Lysander comenzó a separarse con lentitud, secándose la nariz con la manga de su chaquetón, completamente sonrojado.

- Lo siento – musita al ver la mancha que dejó en mi ropa.

- No te preocupes – le respondo esbozando una leve sonrisa – Tengo otras.

Lorcan, que había dejado de girar sobre su propio eje, corrió hasta nosotros y se abrazó a mi pierna para evitar estrellarse en el piso, partiéndose de la risa en el acto, ajeno a la tristeza de su hermano.

- ¡Hola extraño! – me saluda divertido – En un momento te suelto...déjame recuperar el equilibrio. Toooooodo me da vueltas. No dejen que vuelva a hacer eso, girar definitivamente no es lo mío.

Luna ríe abiertamente con las locuras de su hijo, mientras Lysander entorna los ojos avergonzado de su hermano.

- Ahora si – dice soltándose, todavía no muy seguro de ello - ¿Y este quién es, mamá?

- ¡No seas maleducado! – reclama Lysander indignado.

- Un amigo – responde ella sonriendo, mientras le despeina los cabellos a Lorcan de un cariñoso coscorrón – Alguien que me ayudó siempre... desde las sombras.

Por un momento creí que mis ojos se expulsarían de sus cuencas y que mi mandíbula tocaría el piso de la sorpresa. Ella lo sabía, ¡Lo sabía!, y aún así, nada dijo. Mi parte irracional quiso demandarle explicaciones, pero no era el momento ¿o sí? ¿después de tantos años? O mejor dicho, ¿tengo derecho a exigírselas?

- Mamá, ¿podemos invitarlo a tomar once? – pregunta Lysander, sacándome del shock inicial.

- Claro – accedió con un asentimiento de cabeza – Theodore, ¿vienes?

- Seguro – atiné a decir a duras penas.

Caminamos en silencio por las calles de Londres, mientras Luna tarareaba una canción que mis oídos no pueden reconocer. Es tan extraña la situación, que comienzo a dudar de que realmente esté pasando. Quizás sólo estoy soñando... como en otras innumerables ocasiones.

- ¿Te puedo decir tío? – me pregunta Lorcan de pronto, mientras avanza brincando a mi izquierda.

- No seas estúpido, recién lo conocemos – contesta por mí Lysander, que camina altivo a mi derecha con las manitos en la espalda.

- Claro que puedes decirme tío – respondo sin poder reprimir una sonrisa, esos dos chicos definitivamente me agradan.

- ¿Y yo? – pregunta Lysander, mirándome con sus ojos abiertos de par en par.

- También.

El pequeño me sonríe satisfecho y sigue caminando. Noto como Luna me mira fugazmente, en un gesto de agradecimiento que logró ponerme los pelos de punta.

No... no puedes pienso, no vuelvas a soñar despierto me recrimino frunciendo el ceño. Pero ella me vuelve a mirar silenciosamente con esos ojos... con ese cabello... con esos labios...

No, no vuelvas a enamorarte...

Pero la voz de la razón se extingue poco a poco, mientras un calor en mi pecho vuelve a arder, más vivo que nunca, al verme reflejado en sus orbes celestes.

Demasiado tarde...

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