El plan era simple

Capítulo 7

Confesiones forzosas

Por Minerousse

El plan era simple.

Sin embargo, un cada vez más frustrado Arnold esperaba impaciente en la sala de la mansión Pataki. No había sido nada fácil. Sin embargo, había logrado que Helga aceptara recibirlo con bastante reticencia, ha de agregarse.

Faltaba únicamente media hora para que se llevara a cabo la junta de accionistas. Arnold estaba un poco incómodo, pero en absoluto nervioso. Sabía que llevaba las de ganar en ese asunto. Había firmado un contrato secreto con los accionistas de Helga, en el que entregaba una fuertísima cantidad de dinero, para hacerse con el control mayoritario de "Pataki's Phones". En tan sólo unas semanas, el asunto había dejado de tener tanta importancia para el muchacho, a pesar de que antes ocupaba su mundo entero. Durante el tiempo en que había creído las mentiras de Rhonda, su única meta era absorber la compañía para demostrarle a Helga que podía ser mucho mejor que ella, que podía superarla en todos los aspectos, y con más razón en el laboral. El profundo amor que sentía por la muchacha había permanecido oculto, ya que el no soportaba la idea de admitirlo. Pero, como bien sabemos, las cosas habían cambiado mucho últimamente. Ahora lo único en lo que Arnold podía pensar era en Helga, su maravillosa voz, el eco de su risa, la forma en que arrugaba tan adorablemente la frente… y sus ojos azules. Sus velados ojos azules, que a pesar de que no podían ver, seguían siendo el reflejo del alma de la dueña de su corazón.

Porque jamás existiría ninguna otra. ¿Cómo podría haberla, después de atisbar un pedazo del paraíso, cómo iba a ser capaz de conformarse con algo terrenal? Helga era el cielo para él. Un cielo del que se sabía no merecedor, pero por el que estaba dispuesto a todo por conseguirlo.

La vio acercarse por el pasillo. Dios, sí que era hermosa. Vestida como la ejecutiva que alguna vez había sido, su traje sastre la hacía ver como una diosa a los ojos del enamorado. Lo único que le disgustaba era el velo rosa en su sombrero, a juego con el resto del conjunto, que le impedía ver sus ojos. Sabía que Helga lo hacía por protección, para evitar que el mundo conociera su debilidad. No obstante, a Arnold eso más bien le molestaba. Helga, ciega o no, no dejaba de ser ella. No dejaba de ser la persona tan maravillosa a la que él había entregado su corazón.

-Buenos días,- el frío saludo no lo amilanó. Sabía que no iba a ser fácil, pero no estaba dispuesto a rendirse.

-Buenos días Helga, ¿lista para la batalla?-

-La pregunta ofende. Me sorprende que quieras seguir adelante con esto. Sabes que no tienes oportunidad,-

Eso hizo sonreír a Arnold. SI ella sólo supiera…

-Quiero que sepas que no tengo intención de absorber la empresa, Helga. Mi comportamiento al respecto en los últimos meses ha sido inmaduro e infantil, y me disculpo enormemente por ello. Sin embargo, sí hay ciertas cosas que me gustaría implementar, para que pueda existir una… mayor comunicación entre "Pataki's " y "Arald".-

Helga también sonrió.

-Bueno, Arnold, ya que estamos en esas, me parece que eres tú el que tiene algunas ideas bastante erróneas, pero ya habrá tiempo para decidir en la junta.-

-De todos modos, no es eso de lo que quiero hablarte,- se apresuró a alegar el muchacho, antes de que la chica tuviese oportunidad de escabullirse. –Me gustaría invitarte a cenar esta noche.-

-No creo que…-

-Vamos, si todo sale según lo planeado, tendremos varias cosas de qué hablar. Y no sólo de la empresa,- el sugerente tono de su voz hizo que ella se ruborizara levemente, aunque ni siquiera comprendía bien el porqué. –Además, hay algo que necesito mostrarte. Pasaré a recogerte a las siete y media. Espero que estés lista para entonces.- Al decir esto último, el muchacho se excusó y se dirigió a conversar con el recién llegado Gerald, quien venía acompañado de Phoebe. Ella pronto acudió a donde estaba su amiga.

-¿Cómo te encuentras, Helga?- Phoebe siempre le hacía esa pregunta, era su forma de saludarla. Algunas veces, la rubia sentía mucha exasperación ante la excesiva sobreprotección de su amiga de la infancia, pero entonces recordaba todo lo que le debía, que su mutuo cuidado era recíproco, y se calmaba como por arte de magia.

-Perfecta, Phoebe, no sabes lo que daría por ver la cara del Cabeza de Balón cuando se dé cuenta que su jueguito fue descubierto. A propósito, mil gracias por ayudarme. Niña, no sabes lo que haría sin ti.-

-No es nada, Helga. Sin embargo, se me acaba de ocurrir el modo perfecto en que puedes recompensarme.-

Helga parpadeó, confundida. Esto no era típico de Phoebe.

-Claro que sí, querida. Faltaba más. Sólo dime para qué soy buena.-

-Bueno… ya que eres mi amiga más antigua, eso sin contar la más especial y verdadera,- Helga se emocionó muchísimo ate estas palabras, pero se guardó de ocultarlo muy bien. –Esperaba que nos honraras a Gerald y a mí, y a los estrechos lazos que nos unen, siendo la madrina de nuestro bebé dentro de seis meses.-

La muchacha se quedó estática. No podía creerlo. Su mejor amiga… Phoebe… iba a ser mamá… y quería que ella fuera la madrina…

Sin poder evitarlo, las lágrimas de dicha corrieron libremente por sus ojos, y se limitó a abrazar a su amiga como toda respuesta. En situaciones como esa sobran las palabras.

Unos metros por detrás de ella, Helga escuchó el grito de júbilo de Arnold. Supuso que acababa de recibir las mismas noticias por parte de Gerald, y no dudaba que él era el padrino designado, al igual que ella. Bien, hay cosas que simplemente no pueden evitarse.

-¿Porqué no me habáis dicho?-

-Acabo de enterarme,- la emoción en la voz de su amiga era imposible de ocultar. –Gerald se había estado preocupando mucho por los mareos que he tenido desde hace como un mes, y me mandó con el médico ayer por la noche. Llevo tres meses de embarazo, esperamos al bebé para marzo.

Helga volvió a abrazarla, y no se separó de ella hasta que llegó el momento de pasar al comedor, que iba a servir temporalmente como sala de juntas. Phoebe no tenía ningún vínculo con "Arald", excepto el de ser la esposa de uno de los socios. Ella era científica con especialidad en partículas elementales. No obstante tenía posición privilegiada en las juntas, y era libre de expresar su opinión como mejor le pareciera. Ese día, como única excepción, venía en apoyo de su mejor amiga, en vez de su esposo. No tenía dudas que ese día la ganadora sería Helga.

La junta comenzó con un discurso de Justin, uno de los accionistas de Helga. Al parecer, los tres ejecutivos habían firmado un contrato con "Arald" para entregar el 22 por ciento de las acciones de la empresa, por lo que la compañía se convertía en el accionista mayoritario de "Pataki's Phones". Después de eso, Arnold comenzó a hablar. Aseguró que no deseaba absorber la empresa, pero que deseaba que algunas negociaciones que se habían hecho hasta el momento fueran reconsideradas, y que se la empresa estuviera siempre disponible para cualquier trato que se requiriese en el futuro. Por lo demás, aseguró, todo iba a seguir como si nada.

Helga escuchó ambos discursos en un silencio impávido. No tomó notas, no hizo ninguna observación… nada. Todo había salido como lo había previsto. Los tres buitres la habían traicionado y habían vendido sus acciones completas a Arnold. Era lo que se esperaba, pero eso no evitó que se sintiera profundamente ofendida ante la traición de esos tres hombres que le debían tanto. Por suerte, venía preparada para enfrentar la situación. Arnold no era el único que había hecho tratos a escondidas.

El plan brillante había aparecido a mediados de la semana anterior.

Con la dignidad intacta, se puso de pie y se enfrentó a los allí presentes. A excepción de Phoebe, todos creían que Arnold había ganado indiscutiblemente la partida. Sorpresa, sorpresa.

-Ciertamente, le ha costado menos de lo que esperaba llegar a hacer un trato con mis ejecutivos, señor,- Helga disfrutaba enormemente cada palabra. –Su relación con ellos es excelente. Si algo me ha enseñado usted, es que conviene mucho tener buenos tratos con los accionistas que pueden ser de utilidad, independientemente de la compañía para la que trabajen.- Arnold empezó a reaccionar al escuchar esto último.

Helga puso un portafolios sobre la mesa. De él extrajo toda una serie de documentos. Eran contratos, cada uno firmado por cada accionista menor de la empresa.

-Si no mal recuerdo, Arnold, tú posees control del 28 por ciento de las acciones de "Arald Corporetions"; mientras que Gerald se hace cargo de otro 20 por ciento. El siguiente accionista en importancia es Ted Mason, un tío de Gerald, quien posee un total del 17 por ciento de las acciones. El otro 40 por ciento se reparte entre siete ejecutivos, todos residentes de Nueva York, y que poseen acciones en muchas otras empresas, no sólo en "Arald". Creo recordar, si mi memoria no me falla, que hace dos años se publicó en el Times de Londres una nota en la que se hablaba de las fuertes discusiones que existen entre ustedes dos y el señor Mason, y como este último ansía tomar el poder sobre la empresa. Bueno, gracias a una pequeña fortuna que mi padre dispuso para este tipo de emergencia, y con la contribución de los dos y medio millones de dólares que los tres caballeros aquí presentes tuvieron a bien ahorrarme,- el sonrojo de los tres hombres era visiblemente intenso, -me complace informarles que soy dueña del 40 por ciento de las acciones de "Arald Corporetions".-

El revuelo que se causó fue intenso. Todos los presentes comenzaron a hablar a la vez, y los rostros de Arnold y Gerald eran todo un poema. En un giro inesperado, Helga les había cambiado por completo la partida, apoderándose de su descuido para hacerse con el control de la empresa. ¿De qué les serviría tener "PP" si Helga a su vez podía absorber su compañía si le placiera? Eso era un problema. Un GRAN problema.

Cuando el revuelo se hubo calmado un poco, Helga continuó:

-Y, a no ser que el 22 por ciento de las acciones completo sean devueltos a mi nombre, no dudaré un segundo e hacer una provechosa oferta al señor Mason por el 40 por ciento de las acciones en mi poder.-

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Una hora y media después, todo se había aclarado. Diez por ciento de las acciones de "PP" estaban a nombre de Helga, y el 12 por ciento restante había sido entregado Luke Harrison. Este, siendo de la mayor confianza de Helga, estaba más que dispuesto a participar en el asunto. Él había aportado una gran cantidad de dinero para todas las acciones que Helga tuvo que comprar. Pero al final había valido la pena. Ahora ya no se corría el riesgo de que se volviera a perder la empresa familiar de nuevo.

Para alivio de los muchachos, Helga había estado muy dispuesta a regresarles el 25 por ciento de las acciones, y había conservado un 15 por ciento por si las moscas. El asunto había sido concluido y las dos partes, aunque algo reticentemente, habían quedado en paz.

-Los medios de comunicación harán un festín con esto. Serás la heroína del mundo empresarial. ¡Helga, salvaste tu empresa del modo más increíble!- las felicitaciones no se hicieron esperar, y Phoebe había sido la primera en la fila.

-Nunca lo hubiese logrado sin ayuda de Luke. Además, no fue la gran cosa. Me costó mucho menos de lo que esperaba conseguir que esos ejecutivos me vendieran sus acciones. Por lo menos ahora estoy segura que no habrá peligro de perder la empresa durante un tiempo.-

-Tu actuación hace un rato fue digna de una reina,-

Ésa era la voz de Arnold. Contrario a todo lo que había esperado, el chico no parecía molesto o decepcionado, sino franca y honestamente impresionado.

-Muchas gracias,- Helga se volvió para encararlo. El muchacho tomó una de sus manos. Helga trató de apartarla rápidamente, pero el chico fue más hábil. La levantó con cuidado y depositó un ligero beso en los nudillos.

.Felicidades. Hasta esta noche, signorina,- cuando el muchacho la soltó, Helga notó que tenía algo entre las manos.

Era una rosa.

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Rhonda llegó al restaurant con diez minutos de adelanto. Estaba muy nerviosa. Arnold le había pedido que se vieran a las ocho, y no le había querido dar ningún detalle del porqué de la reunión. Tal vez Arnold por fin fuera a declarársele. Quizás se había dado cuenta que con Helga ya no tenía oportunidad alguna, y corría a sus brazos en busca de consuelo. Si era así, ella no iba a desaprovechar la oportunidad. Arnold sería su esposo. Por fin, después de tantos años, sus esfuerzos al fin comenzaban a verse recompensados.

Cuando Arnold tocó el timbre de la mansión, comenzaba a sudar frío. Hacía años que no se sentía tan nervioso, como si otra vez fuera un adolescente con las hormonas descontroladas. En la mano llevaba un ramito de flores que había cortado del jardín de su madre. Ella era una persona maravillosa. Arnold le había contado toda su situación, sin ocultar nada. Si bien la señora se había sentido un poco molesta por la forma de actuar de su hijo, le había asegurado que con un poco de empeño, podría reconquistar el cariño de Helga, y quizás, con el tiempo, incluso algo más.

Lydia le pidió que esperara un momento, que la señorita Pataki no tardaba en estar lista. Inseguro, Arnold habría dado lo que fuera por poder estar en la mente de Helga, por poder saber lo que en esos momentos sentía por él. Si es que tenía alguna oportunidad…

Mientras tanto, en su habitación, Helga se preguntaba por enésima vez qué demonios estaba haciendo. Sabía que no debía haber aceptado salir a cenar con Arnold, pero no había podido resistir el impulso. Ahora que ya no tenía el peso de la compañía sobre sus hombros, se sentía más relajada, más objetiva. Le había ganado la partida a Arnold, pero él no se había mostrado rencoroso o amargado. Por el contrario, la había felicitado sinceramente. Eso la tenía confundida. Su forma de actuar se parecía más al Arnold que ella recordaba y al que tanto había querido. El tipo obsesivo y chocante con el que se había encontrado al regresar a Hillwood brillaba por su ausencia.

Cielo santo, le iba a costar tanto mantenerse fuerte…

Como si de un sueño se tratara, Helga caminó hacia él con paso firme y decidido. Su vestido rosa sin mangas la hacía lucir sencillamente radiante. Al ser de seda su piel relucía como alabastro, y Arnold sintió el impulso de alzar el brazo y comprobar si realmente no era una ilusión, una fantasía de su mente. Se había recogido el cabello de forma que caía en varias capas sobre sus hombros, y sus ojos, libres por una vez de esos odiosos velos, tenían un brillo inusual.

Simplemente magnífica.

-Ho… hola, Helga,- no podía ser, ¿estaba tartamudeando?

Helga se sorprendió por el tono de su voz. ¿Arnold estaba nervioso? ¡Imposible!

-Hola, Ar… Arnold,- ahora ella también estaba nerviosa, ¡esto era el colmo!

-Te vez… bellísima- el cumplido le pareció de lo más frío e insulso, pero a estas alturas, estaba muy agradecido de que su boca pudiese salir algún sonido.

-Gracias,- "Helga, ¡recupera la compostura!" -¿Nos vamos?- consiguió poner un tono más frío, y se felicitó mentalmente por ello.

-Sí… sí, por supuesto,- tomándola del brazo, la guió hasta su automóvil. Ayudándola cuidadosamente a subir, se permitió oler el perfume que soltaba su cabello. Olía a rosas.

Desde uno de los balcones, dos pisos más arriba, un muy feliz Luke Harrison tomaba una fotografía de la pareja de tórtolos mientras Arnold abría galantemente la puerta del auto. Definitivamente, esto iba para el álbum de recuerdos…

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El viaje al restaurant comenzó en silencio. Sin embargo, Arnold decidió que ésa no era la táctica más adecuada.

-Yo… lo que hiciste hace rato fue increíble. Me tomaste completamente por sorpresa.-

Helga esbozó una media sonrisa.

-Bien, tenía previsto que les hicieras una oferta a ese trío de traidores por las acciones, así que fue cosa de pensar un poco en qué cosa podría obligarte a desistir de obtener esas acciones. Arriesgué mucho con esa jugada, m e alegra que haya dado resultado,- no entendía cómo era capaz de hablarle de esa forma, como si volvieran a ser amigos. Es que hablar con Arnold era tan fácil… como en lo viejos tiempos.

-Pues a mí me dejaste con la boca abierta. Lamento haberte subestimado Helga. ¿Qué te ha dicho tu padre al respecto? ¿Volverás a trabajar en la empresa?-

Helga soltó un suspiro.

-No lo creo. Bob no me ha dicho nada. De todos modos, no estoy muy segura. Hasta hace unos días era lo que más quería, pero ahora… no sé. Creo que quiero un reto diferente.-

-¿No has pensado en escribir un libro?- preguntó Arnold como si nada.

Ok, ahora sí que Helga estaba pasmada.

-¿Un… un libro?-

-Sí, claro, recuerdo que siempre me pareció que eras muy buena para eso. ¿Recuerdas los cuentos que escribías para la maestra Carmichael cuando estábamos en secundaria? Eran realmente buenos. Estoy seguro que si te esfuerzas un poco lograrás escribir algo digno de publicarse.

Pasaron un rato en silencio, hasta que Helga se animó a decir algo.

-A decir verdad…- no estaba segura de decirlo, ¿y si se reía de ella?

-¿Sí?-

Al demonio con las consecuencias.

-Estoy escribiendo una novela romántica de tipo histórico. Apenas llevo unos cuantos capítulos, pero espero acabarla pronto y enviarla a una editorial, a ver qué les parece.-

-¿En serio? ¡Helga, eso es increíble!-

La sincera emoción en la voz de Arnold la derrumbó. ¿Porqué era que estaba enojada con él?

-¿Te… te parece?-

-¡Sí, claro! Espero que me avises en cuanto se publique, quiero ser uno de los primeros en conseguir una copia firmada por la autora. ¡Va a ser todo un éxito!-

Helga iba a replicar, pero entonces notó que Arnold bajaba la velocidad, y así supo que estaban llegando al restaurant. Tomándola del brazo en todo momento, Arnold condujo a Helga a lo que la muchacha notó era una sala privada. Le pidió que se sentara, y entonces habló. Helga notó que su tono se volvía mucho más grave.

-Escucha, necesito ir un momento a hacer algo. Dentro de un momento vas a comenzar a escuchar una conversación por unas bocinas. Una de las personas que va a estar hablando voy a ser yo. Por favor, quiero que escuches hasta el final, no importa lo que oigas. Espero que con esto logre convencerte de que estoy completamente consciente del peso de mis errores pasados, pero que estoy dispuesto a hacer lo que sea por redimirlos.

Con esto salió del salón. Un mesero le ofreció una copa de vino, y ella la aceptó. No tenía idea de lo que iba a ocurrir, pero sabía que no iba a ser nada fácil.

Arnold, mientras tanto, se dirigió a otro salón privado. Tal como esperaba, Rhonda estaba allí, esperándolo con sus mejores galas. El chico se preguntó entonces cómo no había sido capaz de ver el tipo de persona que la morena realmente era, pero ni modo, era tarde para recriminaciones de ese tipo. Tenía algo que hacer.

-Lamento la tardanza, Rhonda, es que tenía algo que resolver.-

Rhonda se levantó de la mesa con una sonrisa resplandeciente. En ese momento, la grabadora se puso en marcha, y en el otro salón, Helga se dispuso a escuchar, un poco incómoda ante esa situación.

-No importa querido, ¿de qué querías hablarme?-

-Quiero preguntarte sobre algo que le dijiste a Helga hace ocho años, el día que la invité a salir,-

Observó cómo el rostro de la morena palidecía, y Helga, repentinamente interesada, se irguió en su asiento.

-¿Qué…? Me temo que no sé de qué me hablas…-

-Hace ocho años, le dijiste a Helga que yo la había invitado a salir porque planeaba casarme con ella para apoderarme de la empresa de su padre. Quiero saber porqué dijiste esa mentira, Rhonda, ¿qué ganabas tú perjudicándome ante los ojos de Helga?-

Rhonda hizo además de querer marcharse, fingiéndose muy ofendida.

-No puedo creer lo que estoy escuchando. ¿Cómo eres capaz de decir algo así…?-

-Lo digo porque es verdad. No finjas, Rhonda. Ya se descubrió tu juego. ¿De verdad creíste que ni Helga ni yo nos daríamos cuenta nunca de todas tus mentiras?-

En ese punto, Rhonda ya no lo soportó. Vio como su sueño de casarse con Arnold se le escurría entre los dedos. Bien, si sus sueños iban a ser pisoteados, por lo menos se encargaría de pisotear el ego del idiota que tenía enfrente tanto como pudiera.

-Pues pasaron ocho años sin sospechar absolutamente nada. No creo que ninguno de los dos sea muy listo que digamos, ¿eh? Si tanto quieres saberlo, Arnold. Lo hice porque no soportaba la idea de que tú, con todo tu dinero y tu poder, te echaras a perder en brazos de alguien tan insignificante como Lila o Helga. Yo siempre fui la mujer ideal para ser tu esposa. Siempre. Y tú lo sabes. ¿Cómo pueden esas mosquitas muertas compararse conmigo?-

Arnold negaba lentamente con la cabeza.

-Rhonda, tú sabes que yo nunca te vi de ese modo. Tú también fuiste quien hizo esas fotografías, ¿no es cierto? Tú las hiciste y me dijiste que Helga era la responsable. ¿Cómo pudiste caer tan bajo?-

-¡Porque de ese modo mataba dos pájaros de un tiro! ¿No te das cuenta? Destruí lo que tenías con Lila, y pensé que sólo era cuestión de tiempo antes de que vinieras a mí, ¡pero en lugar de eso te lanzaste a los brazos de Helga! ¡Me hiciste a un lado! ¡A mí! ¡Nadie, ninguno de los dos merece ser feliz! ¡No se lo merecen!-

Arnold estaba tan sorprendido. No sospechaba que la obsesión de Rhonda llegara hasta ese punto.

-Y aún después de que Helga y yo nos peleamos, seguiste llenándome la mente de basura sobre ella. ¿Cómo fuiste capaz de llegar a tanto? ¡Helga confiaba tanto en ti!-

Rhonda entonces comenzó a reír histéricamente.

-¡Ustedes dos eran tan predecibles! Su orgullo era tan grande que en todos estos años ninguno hizo el intento de acercarse al otro o pedir una explicación. Manipularlos fue tan fácil que sinceramente terminé aburriéndome. No seré tu esposa, Arnold, pero Helga tampoco. ¡Porque ella nunca va a creerte! ¡Siempre va a confiar más en mi palabra que en la tuya! Ésa pobre tonta…-

-Ésa pobre tonta escuchó cada palabra que has dicho, Rhonda,- repuso Arnold con frialdad. –Tu juego ha sido descubierto por ambas partes. Si en algo aprecias tu vida, te sugiero que ni se te ocurra acercarte a ella por el momento.-

Rhonda se quedó fría. Sin decir una palabra, tomó su bolso y se alejó, un tanto tambaleante, fuera del restaurant. Arnold sabía que pasaría mucho tiempo antes de que él, o Helga, la vieran de nuevo.

Suspirando, se tomó su tiempo para regresar al otro salón. Él ya había hecho su parte, ahora le tocaba a Helga asimilar lo demás. Ojalá todo saliera como él esperaba. Helga había demostrado ser una persona muy madura. Esperaba sinceramente que lo que acababa de escuchar no la lastimara demasiado. Él sabía el sincero cariño que la muchacha había sentido por Rhonda.

Cuando llegó, Helga estaba pidiendo su comida. Él, vacilante, se sentó e hizo lo mismo. Pasó un rato sin que nadie dijera nada. Cuando finalmente Arnold decidió romper el silencio, Helga suspiró.

-Ante todo…- se notaba que lo que decía le estaba costando. –Quiero pedirte una disculpa. No te creí y lo lamento. Me parece que entonces estamos a mano, ¿no?- con una tímida sonrisa, levantó el rostro hacia Arnold, quien no se podía creer su buena suerte. –Tendremos que empezar de nuevo. Hay muchas cosas sobre las que tenemos que hablar.- Sorprendido, Arnold vio como estiraba el brazo hacia él. –Mi nombre es Helga Geraldine Pataki, y he decidido que usted sea mi amigo, si no tiene inconvenientes.-

Sin dudarlo un segundo, y con una sonrisa tan grande que no le cabía el saludo, Arnold respondió al saludo.

-Mi nombre es Arnold…- trató de recordar su apellido, pero de la emoción era incapaz de pensar con claridad ni en su propio nombre. –Como sea, encantado de conocerla, señorita Pataki, y será todo un honor ser su amigo.- Estrecharon sus manos mientras la cena llegaba. Riendo levemente, Helga no podía creer el alivio que sentía. ¡Arnold le había estado diciendo la verdad!

-No sé, pero tengo el presentimiento de que esto es la perfecta continuación de una hermosa amistad…

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WoOoOoOolas!!

Ke les pareció?? ¡Por fin Rhonda se llevó su merecido!