PRÓLOGO

10 de Abril.

Terruce Grandchester empujó la puerta de su mansión con un mal presentimiento. Al entrar en su casa y sentir en ella un vacío inhabitual, su corazón se había puesto a latir con más rapidez. Esa noche, tampoco había llegado a cenar debido a una reunión de última hora. A veces, Candy trabajaba en el despacho de la planta baja hasta que él llegaba a casa. Pero abajo encontró sólo silencio y oscuridad, y asumió que ella se habría ido a dormir. Mientras subía las escaleras, decidió que la despertaría para saber qué le pasaba últimamente; llevaba meses rehuyéndolo. La noche anterior, cuando le comentó sobre el próximo viaje de dos meses que haría a Europa para cerrar un negocio, se quedó hundida en un silencio demasiado grande…eso rayaba de lo normal hasta para ser ella.

Llegó al dormitorio, y lo siguiente que vio le hizo preocuparse: la enorme cama adoselada estaba perfectamente arreglada, vacía. A su mente vinieron las dos últimas llamadas telefónicas anónimas que había recibido en las pasadas semanas; una recibida antes de salir de su hogar, otra a altas horas de la noche…y el pasado fin de semana que había visto a su esposa susurrando al auricular. Ella alegó que era una llamada equívoca, y aunque no le era muy convincente le creyó. Le dolía más pensar lo contrario.

Su mirada recorrió el resto de la habitación y sus ojos se cruzaron con un pequeño sobre blanco en el tocador de ella, apoyado en un portarretrato con una fotografía de ambos en el día de su boda. Analizó la imagen en cuestión de segundos. El precioso vestido blanco la hacía verse como una princesa, mientras que en su rostro se pintaba una sonrisa angelical. Él trataba de apartar un mechón de su cabello castaño en el momento en que el fotógrafo tomó la instantánea. A pesar de todo, ambos se veían como la pareja ideal… ¿Qué les había pasado?

Negó con su cabeza para tratar de alejar preguntas absurdas en ese momento, y sólo tomó el sobre, notando que llevaba su nombre en la cubierta. Se apresuró a abrirlo para leer su contenido.

Terry:

Estaré lejos unos días. No me encontrarás, por lo tanto, de nada sirve buscarme. Te pido me comprendas, por favor.

Candice

La rabia se apoderó de si mismo cuando sus ojos terminaron de leer el escrito. La frustración vino después de que el sentimiento de traición le golpeara de llano.

Un pensamiento le pasó por la mente mientras bajaba las escaleras a prisa; su mujer había marchado con otro hombre.

La encontraría, antes que nada. ¿Y luego? ¿Podría perdonarle por traicionarlo? ¿Le importaría a ella conseguir su perdón? La rabia y la impotencia le llenaron el corazón, dejando de lado el dolor que la sola suposición le había causado.

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14 de Abril.

La tormenta parecía empeorar a cada minuto. El viento y la lluvia golpeaban con fuerza el parabrisas de su auto. Aún así, ella no pensó en detenerse. Sólo faltaban unas horas de viaje para estar de nuevo en Boston, con Terry. Lo amaba…lo amó desde el primer momento en que lo conoció, en la celebración universitaria a la que había asistido. Siete años los separaban, pero no le importó que él fuera mayor que ella. O que tuviera más experiencia.

Aún así, no estaba plenamente segura de sus sentimientos por él. Entre ellos había una atracción indiscutible, era cierto. Pero la actitud tan lejana de él…incluso después del matrimonio, Terry siempre mantuvo una parte de él fuera de su alcance. Cuando le pidió matrimonio, ella no supo que lo había motivado a eso: ¿era amor verdadero, o el simple hecho de que ella era la esposa apropiada para su posición de director de su empresa financiera en Brookline?

Desde el principio, ella trató de agradarle, de complacerlo, de hacerlo feliz…pero en los últimos meses aquellos planes le habían resultado tan lejanos.

La imagen del hombre que la había recibido en sus brazos hacía apenas una hora le llegó a la mente. Unos pocos meses habían transcurrido desde que lo conoció…habían desarrollado una relación especial, de la cual ya no podría prescindir en su vida…Tenía que decirle la verdad a Terry, de cualquier manera muy pronto él mismo lo sabría.

El inconfundible sonido de un rayo cayendo sobre el pavimento la sacó de sus cavilaciones. La carretera resbalosa hizo girar las ruedas cuando ella frenó. El volante se deslizó entre sus manos y lo último que pudo percibir fue el ostentoso impacto que tuvo su auto cuando se abalanzó hacia un gran nogal…