Disclaimer: Todos sabemos de quién es la historia de Harry Potter, así que no hará falta que diga nada más, ¿verdad?

A/N: Esta es una segunda versión de la que subí hace tiempo (no sé cuanto ahora mismo). He hecho algunos cambios, así que si alguien leyó la anterior versión, se encontrará con dichos cambios; si no, genial, empieza.

He clasificado este fic como M porque, no ahora sino algo más adelante, habrá bastante violencia lingüística y, por qué no decirlo, también de contenido. Vamos, que tengo planeado que la historia se endurezca según vaya avanzando, y lo haré de un modo algo diferente al que lo hizo JK. Advertidos/as estáis. Quien quiera un cuento de hadas, aquí no lo encontrará. No hay más que ver quién es la protagonista.

Dicho esto, no molesto más por ahora. Disfrutad, queridos/as lectores/as de mi primer fic., y no olvidéis los reviews xD



PARTE 1

CAPÍTULO 1

HUIDA DE AZKABAN

Un ruido me despertó de repente cuando menos quería ser despertada. Ahora que había podido por fin pillar el sueño, tenía que empezar a tronar. Aquello no era justo. Suspiré y me levanté del suelo, masajeándome la espalda como podía, sobre todo la zona de los riñones, que era lo más cargado que tenía. Me estiré como pude y algunas vértebras sonaron al colocarse en su lugar. Ya estaba harta de esa maldita celda, harta de esa maldita prisión, harta de estar en Azkaban, pero me lo había buscado. De todas formas, podía ser peor, como lo que aquel maldito niño le había hecho al Señor Oscuro. Aún no sabía cómo se las había apañado ese mocoso para vencer al Señor Oscuro, pero de alguna manera sobrevivió, estaba segura de ello. No podía morir. De hecho, no debía morir. Estaba claro que estaba escondido en alguna parte, esperando su oportunidad, quizá esperándome a mí. No, quizá no. Estaba esperándome a mí, y tenía que acudir en su ayuda como fuera. Se lo debía.

Así pues, y con esa obsesión en la cabeza, me acerqué a la pequeña ventana y continué con mi trabajo. Llevaba ya tres años tratando de escapar. Lo tenía todo planeado hasta el más mínimo detalle y sabía que nada podía fallar. Había tenido mucho tiempo para planearlo. Demasiado para mi gusto. Esto tenía que acabar. Por tanto, cogí la cuchara mellada que empleaba para serrar los barrotes de la pequeña ventana y volví a la carga, ahora que estaba todo tranquilo.

Pobre cuchara. Estaba ya hecha cisco. Cuando empecé a ejecutar mi plan para escapar, aproveché los gritos de algún tipejo de por ahí cerca para darle golpes en la empuñadura hasta poder hacer un pequeño filo y, tras eso, comenzar a cortar los barrotes, utilizando la magia para hacer que la cuchara fuera mucho más resistente y pudiera resistir la dureza del acero de los barrotes. Pronto descubrí que no iba a funcionar tan fácilmente ese invento y lo modifiqué ligeramente, aprovechando otros gritos para golpear de nuevo el filo y hacer que se mellara. Ahora sí. Convertida en sierra, la cuchara servía para ir serrando los barrotes muy poco a poco. Iba muy despacio, pero no tenía prisa. Total, no iba a ir a ninguna parte…

Sonreí durante un segundo, pensando en ello, pero pronto volví a mi apatía. Qué fácil lo había visto al principio, tres años atrás, pero qué difícil era realmente. Difícil y, sobre todo, muy cansado. Me dolían los hombros, y eso que acababa de empezar.

Continué serrando, a pesar del dolor de hombros, y me obligué a recordar cómo me las apañé para poder recuperar mi poder mágico mientras estaba en ese agujero que era mi celda. Además de serrar barrotes, me dediqué también durante esos tres años a marcar las paredes con runas muy pequeñas, lo suficiente para evitar que nadie pudiera verlas, pero cuyo poder me alimentaba poco a poco. Necesitaba energía una vez que los barrotes cedieran, al menos uno de ellos, que parecía suficiente para mí para poder escapar. Esas runas me daban poder suficiente para poder hacer magia sin varita, imprescindible para mi plan.

De pronto, noté la presencia de los guardianes una vez más. Ya no me hacían el mismo efecto que cuando entré, hacía ya diez años, pero aún me provocaban cierto nerviosismo. Por suerte para mí, mi obsesión con escaparme era más fuerte que sus poderes. Sabía que era imposible que me quitaran esas ganas de escaparme, pues no era un sentimiento positivo o negativo. Y eso me hizo fuerte, resistente, dura. Desde que empecé a poner en práctica mi plan, tenía que fingir estar como los demás para que no se notara nada. Oí gritos y lamentos y comprendí. Le había tocado a otro.

«Bah, mientras no sea a mí, me da igual», pensé. «Aunque esta vez están muy cerca, debo andarme con ojo y largarme de aquí cuanto antes».

Así que serré con más fuerza, aprovechando los gritos, que me daban adrenalina. Ya casi estaba. En unos días más, la libertad era cosa hecha.

Sin embargo, no sé qué pasó que uno de los guardianes se alejó de los demás. Lo supe enseguida por su presencia, que era imponente, y se ve que infligí tanta fuerza cuando sentí aquello que el barrote saltó antes de tiempo. Afortunadamente, me dio en un pie y pude mantenerlo después en el aire con un hechizo sin varita que hice sin recitarlo, por tanto no se oyó absolutamente nada, y afortunadamente también, el guardián pasó de largo, pues parecía al principio que iba a por mí. Ahogué un suspiro y elevé el barrote hasta la mano, preocupándome de no hacer el menor ruido.

«De buena me he librado», pensé, sudores fríos recorriendo mi columna vertebral. Tenía la raída y rota ropa pegada al cuerpo. «Pero esto ya está, y antes de lo que pensaba. Por fin».

Cuando todo cesó, los guardianes se marcharon por fin, dejándome de nuevo vía libre. Ya sólo faltaba hacer una cosa: cubrir mi huida.

«Espero no estar muy desentrenada y haber hecho bien todas las runas», pensé, mientras me concentraba. Cuando pude, apliqué un complicado hechizo ilusorio, que por suerte pude aprender a hacer sin varita antes de ser encerrada, con el cual creé una imagen de mí misma muerta en la celda. Pero estaba segura de que eso no iba a ser suficiente, máxime si les daba a los guardianes por tratar de enterrar o tirar mi cuerpo (quién sabe lo que hacían esos apestosos guardianes con los cadáveres). Viendo que eso no iba a funcionar, cambié de plan. La ilusión iba a ser el barrote, que parecería que estaba entero, y mi supuesto cadáver sería sólido. Para ello, apliqué el hechizo ilusorio en la pequeña ventana, que parecía intacta cuando lo concluí, y transmuté el barrote en mi cuerpo, dejándolo en el suelo con cuidado. Ya sólo quedaba una cosa más: largarme con viento fresco.

Eso, que podría parecer lo más difícil, era realmente lo más sencillo, lo que no necesitaba apenas ser planeado. Aprovechando que los guardianes eran ciegos y se guiaban por los sentimientos de los presos, y aprovechando asimismo que tenía un as en la manga que el resto de presos no tenía, ejecuté esa parte del plan fácilmente. Me transformé en lechuza, me colé por el hueco de la ventana (no parecía estar, dada la ilusión) y salí volando de allí sin ser vista. Tras eso, revertí a humana, procurando lanzarme un hechizo para poder flotar, y con otro volví a hacer crecer el barrote, así no parecería que me había escapado. Había pensado en todo, pues el barrote transmutado duraría bastante tiempo gracias a la magia de las runas de la pared. Ya me preocupé de ello.

«¡Libre, soy libre!», pensé, transformándome otra vez en lechuza, y no pude aguantar las ganas de reír histéricamente, aunque no me gustó cómo había sonado la risa. Parecía una lechuza riéndose… aunque realmente lo era. «Qué demonios, esto bien merece una risa, aunque sea lechucil», pensé de nuevo, rompiendo a reír otra vez. Ya no me importó tanto como antes, pues era libre y tenía que celebrarlo. «Ahora, a por la siguiente parte del plan. A buscar y eliminar a Harry Potter, por vencer al Señor Oscuro», pensé, volando libremente hacia Londres. Según mis cálculos, ese crío tendría que tener ya once años, y no se me ocurría otro lugar mejor donde buscar que en el callejón Diagon, aprovechando que tenía que adquirir sus trastos para ir a Hogwarts.


Llegué dos días después a Londres, en busca de la vaga pista que tenía acerca del paradero del mocoso Potter. Volé hasta el callejón y allí, posada sobre un tejado, descansé un rato. Estaba molida, tras el largo viaje, y necesitaba algo que llevarme a la boca. Por suerte, a alguien no debió de gustarle lo que había cogido (parecía un pastel o algo así) y vi mi oportunidad. Sin embargo, no fui la única en ver una oportunidad de oro, como noté cuando, de repente, fui cogida a traición e inmovilizada con pericia. Traté de luchar, pero quien me cogió sabía lo que hacía y no tenía posibilidad de escapar. Estaba totalmente atrapada.

«Fantástico», pensé, enfadada conmigo misma. «¿Cómo puedo ser tan torpe?».

Pero aquello no fue todo, pues de pronto noté un pinchazo en una de las patas y todo empezó a ponerse borroso. Noté corriendo por mis venas un abyecto líquido que me iba poco a poco privando de mis preciadas fuerzas, unido a un mareo demencial que amenazaba con hacerme perder el sentido. La sensación era insufrible. Tan sólo pude oír una cosa antes de caer inconsciente:

—Con esto eliminaré cualquier posible maldición que hayan podido echarle a esta preciosa lechuza. Así podré venderla cara y…

Y la oscuridad me alcanzó.

Más tarde (no sé cuánto tiempo más tarde), me despertó una voz que no esperaba oír, una voz conocida a la vez que desagradable para mis preciosos oídos. Una voz chabacana como ninguna, con tan mal acento que nunca pude apenas entender lo que decía.

—Buenas, venía'n busca d'una lechuza p'a Harry Potter —dijo, más alto de lo normal, aunque ese era su tono por defecto, por así decirlo—. Est'año va ya p'a Hogwarts, ¿sab'usté?

«¡Es ese gañán de Hagrid! ¡Y en busca de una lechuza para el mocoso! ¡Esta es mi oportunidad!», pensé. En efecto, esa era la mejor oportunidad que tenía de encontrar a Potter. No podía creer en mi suerte. Sí que lo había encontrado rápido. Ya sólo hacía falta que me llevara a su casa y, cuando durmiera, aplastarlo como a un insecto sería cosa fácil. Nadie se enteraría.

Pero parecía que las otras lechuzas también lo habían entendido (más o menos, supongo) y piaban y ululaban desesperadamente, tratando de ser la lechuza de Potter. No sabían que se las tendrían que ver con nada menos que Bellatrix Lestrange, la segunda al mando de entre los mortífagos, seguidores del Señor Oscuro Voldemort, y sólo a él debía rendir cuentas. No me transformaría en humana sólo para eso, por supuesto, y menos aún con aquel estúpido de Hagrid al lado. Como lechuza me bastaba y me sobraba. Pronto se darían cuenta las otras lechuzas de que no podían ganar. Así pues, salí sin esfuerzo de la jaula y, en un instante, eliminé la competencia, dejando a las demás lechuzas para el arrastre. Tras eso, volví a mi jaula y cerré, como si nada hubiera pasado, como si todo eso ya estuviera antes como estaba en ese momento. ¿Quién iba a sospechar de mí? Sólo era una lechuza mona, nada más.

—¿Qué les ha pasao a las demás lechuzas? —preguntó Hagrid, al ver a los pajarracos hechos trizas.

—Ni idea —oí al vendedor, que parecía extrañado—. Al menos, aún queda una. La encontré hoy, así que, por si acaso, le inyecté una poción para quitarle cualquier maldición que tuviera. Está en perfectas condiciones y es bastante bonita.

—Sí, y endemás es la única que queda sana —añadió el mastodonte, con su tacto acostumbrado. Siempre hablaba de más. Lo sé porque también estaba en Hogwarts cuando estudié allí—. En fin, espero que se mejoren las demás. Me la llevo.

—Hace usted muy bien —animó el vendedor, quizá sospechando algo, pues me echó una mirada bastante desagradable cuando descolgó mi jaula del techo.

Así fue como llegué a ser la mascota de Harry Potter. No sabía lo que le esperaba, pero pronto se iba a dar cuenta, cuando viera su cara de terror mientras lo asfixiaba. Al menos, ese era mi plan.


El mocoso me cuidó bastante bien en el trayecto de vuelta a Privet Drive, número 4. Decidió ponerme Hedwig por encontrar ese nombre en un libro, o eso dijo al menos. Naturalmente, no sospechaba absolutamente nada y estaba totalmente maravillado con mi presencia. No sabía que mi presencia era lo peor que le podía pasar, pues la muerte se acercaba rápidamente.

Cuando llegamos a la casa, me sorprendí bastante. Era más grande de lo que esperaba, teniendo en cuenta lo famélico que estaba el mocoso. Me imaginaba más bien un cuchitril donde apenas podía moverse, y por eso estaba tan canijo.

—Bueno, ya estamos en casa —me dijo el enano, como si supiera que no soy una lechuza en realidad. Estábamos en una habitación que parecía espaciosa, aunque llena de trastos desordenados. Con lo cuidadosa que era yo cuando tenía su edad. Qué asco de juventud la de esos mocosos—. No es lo mejor que hay, pero podría ser peor, te lo aseguro —continuó. Como si yo lo escuchara—. Hace poco habríamos tenido que compartir la alacena que hay bajo las escaleras, y ahí habríamos estado bastante más apretados.

«Y será verdad», pensé. Lo miré a los ojos y lo vi claro. «Pues sí, es verdad. Ahora me explico algunas cosas. No sabía que los muggles supieran torturar a la gente, la verdad. Igual tengo cosas que aprender de ellos y todo. De todas formas, se lo merece, por vencer al Señor Oscuro por pura chamba».

Ya por la noche, y tras asegurarme de que el mocoso estaba dormido, volví a abrir la cerradura de la jaula fácilmente y salí como si nada. Posada en el suelo, ya sólo quedaba volver a ser humana y librarme de esa pequeña amenaza, aún sin explicarme cómo esa patética criatura pudo vencer al mago más poderoso del mundo. Me encogí de alas (no tenía hombros, pero era lo mismo) y me dispuse a transformarme.

«Bien, esta es la mía. ¡Aterrando!», pensé, y si hubiera podido sonreír malignamente, una de mis especialidades, lo habría hecho, pero el pico…

Algo había salido mal. En teoría tendría que haber visto las cosas desde más altura, al ser humana, pero descubrí para mi asombro que todo seguía igual.

«Eh, un momento. ¿Qué está pasando?», pensé, mirando alrededor. Aún habría podido mirar sin esfuerzo por debajo de la cama si no hubiera estado oscuro ahí dentro, cosa que no entraba en la lógica de medir alrededor de un metro y setenta centímetros. Me miré y vi la cruda realidad. «¿Qué?», pensé de nuevo, esta vez aterrada. «¡Quería aterrar al enano, no a mí misma! ¿Por qué coño sigo teniendo plumas, maldita sea? ¿Por qué sigo siendo un maldito pajarraco? ¿POR QUÉ NO SOY HUMANA?».

Estaba desesperada. No era posible que siguiera siendo un bicho y no la bella mujer que suelo ser. Algo había fallado y no sabía qué. La magia no podía ser, porque en Azkaban aún podía incluso hacer magia sin varita. Hechizos sencillos, pero podía. Vale que estuviera algo desentrenada, pero no podía ser que estuviera tan desentrenada como para no poder volver a ser humana. Algo había tenido que pasar.

«A ver. Salí del trullo y volé durante dos días», pensé, ordenando mis ideas y mis recuerdos. «Estaba cansada, de acuerdo, pero he descansado, estoy en forma otra vez, salvo por tener esta apariencia de saco de plumas. ¿Qué coño ha hecho que no pueda usar mi magia? A no ser…».

Acababa de encontrar la clave de todo aquel barullo. ¡El tendero! ¡La inyección que me puso! ¡Dijo que eliminaba cualquier maldición que tuviera! ¡Eso había drenado mi magia!

«¡Ese maldito hijo de puta va a pagármelas, vaya que sí! ¡Voy a arrancarle el corazón y a comérmelo crudo!», pensé, iracunda.

Normalmente no suelo hablar mal, ni siquiera suelo pensar de esa forma. Soy una mujer muy civilizada, criada en una casa noble, y la educación que recibí fue prácticamente aristocrática. No tenía los buenos modales que tuve de pequeña, antes de entrar en el círculo del Señor Oscuro, pero era educada de todas formas. Pero no podía evitar decir tacos cuando estaba cabreada. Y ahora estaba muy cabreada.

«Espera, aún puedo hacer algo, aun siendo un pollo», pensé de nuevo, más fríamente. Si hay algo de lo que puedo estar orgullosa es de mi frialdad, incluso en las peores situaciones, aunque a veces falla. Por suerte, no fue éste el caso. «Aún puedo picotearle la nuez, a ver qué pasa con eso. Algo así como una traqueotomía, pero sin anestesia y algo más a lo bruto».

Así que subí volando hasta la cama, apoyándome en las clavículas del mocoso. Realmente iba a probar aquello, aunque no era lo más seguro para evitar dejar pruebas, pero no podía hacer mucho más sin magia y en mi forma animal. No tenía otra opción.

«Lo malo es que se me van a quedar las plumas hechas un asco», pensé, dudando un instante. Craso error.

De repente vi los brazos del mocoso ir hacia mí, como si me hubiera visto las intenciones, así que decidí salir de ahí, pero no me dio tiempo y me atrapó en un aplastante abrazo. No me esperaba eso.

«¡Mierda, no puedo librarme! ¡Qué fuerza tiene el condenado para estar tan esquelético!», pensé, tratando en vano de salir de ahí.

Me había pillado en la peor posición posible, de espaldas a él. No podía girarme para picarle, no podía clavarle las garras en ninguna parte y no podía mover las alas. Estaba totalmente inmovilizada. Así pues, tuve que quedarme en esa posición durante toda la noche, forcejeando de vez en cuando por si acaso, pero nada. Así que me rendí.

«Al menos, la posición no es demasiado incómoda, una vez acostumbrada a ella», pensé, relajándome. Al final, me dormí.


Al día siguiente, tras morir el tendero en extrañas circunstancias (no sé qué pudo pasarle; sólo le arranqué la tráquea a picotazos amistosamente), salí a cazar. Ya que tenía que vivir como una lechuza, al menos acostumbrarme a comer ratones. La primera vez fue la peor, pero luego vi que no estaban tan mal. De hecho, tras los primeros quinientos empecé a verlos de otra forma, como una exquisita fuente de alimento. Y es que se acaba una acostumbrando a todo, qué remedio.

Tras atracarme a ratones, decidí volver a casa a descansar un poco y, si podía, a cargarme de una vez a Potter, pero esa vez tampoco pudo ser pues, no sé cómo lo hizo, me volvió a estrujar las costillas en un abrazo. Y a la noche siguiente también, y a la otra… vamos, que era imposible. Y lo peor era que me abrazaba en sueños, sin saber que lo hacía, y yo me estaba empezando a acostumbrar, para colmo de males. No podía creerlo. No me cabía en la cabeza por qué me estaba acostumbrando a que me abrazara mi peor enemigo, sobre todo cuando ni él mismo lo sabía. ¿Me estaba ablandando? No podía ser.

De esa forma llegó el primero de septiembre, el día en que volvería a Hogwarts como lechuza. Eso me alegró el día, pues era muy probable que pudiera desquitarme con los enanos del horrible mes que había pasado en el número 4 de Privet Drive.