Aroma de madreselvas

Ya han pasado seis meses desde que nos separáramos.

Luego de un noviazgo de ocho años, que implicó haber compartido los mejores momentos de nuestras vidas, de habernos querido con una desesperación que crecía cada día que pasaba, ella decidió, en principio, tomar distancia.

El aislamiento y la lejanía cada vez más prolongada, comenzaron a enfriarla.

Casi sin darse cuenta empezó a separarse de mí y a frecuentar a otras personas, que, según parece, llenaban mejor que yo sus tiempos y sus expectativas.

Así fue que, en un abrir y cerrar de ojos, nuestra relación se acabó.

¿Sí la extraño? Esa pregunta es demasiado tonta. Cualquiera que prestara atención sabría que desde que se fueron ella, sus cosas y su aroma del departamento ya nada fue como antes… que me retuerzo de la desesperación cada noche en mi cama al no hallar su piel nívea deseosa de fundirse con la mía, sus ojos felinos entrecerrados, dirigiéndome miradas ansiosas, sus manos suaves, recorriendo lentamente mi espalda, mi torso, mi cuello, mi rostro, su voz de mezzo soprano, ronroneando cada vez más frenéticamente en un francés muy cerrado, cuando la noche y el amor se hacían más y más intensos…

¿Cómo fue que la dejé escapar? No lo sé. Soy tan tonto que cuando reaccioné, ya era demasiado tarde: ya me había dicho adiós y había salido de mi vida.

Hace seis meses que no entablo un diálogo con ella. Tan solo la he visto en los corredores de la universidad, siempre distraída, con sus ojos perdidos en la nada. Y quedo hipnotizado cada vez que surge su figura cerca de mí.

Los muchachos no la mencionan más en mi presencia. Pero noto que ella aún es tema de conversaciones y que pese a que se fue, no han roto los lazos de amistad que los unieron desde siempre. Aún se comunican con ella por teléfono y a veces se encuentran. Todo esto a escondidas de mí, claro está, por eso no puedo profundizar en detalles.

¿Qué es de su vida? No tengo ni idea: he tratado de reprimir los deseos de aparecer una noche de improviso en su casa para secuestrarla, como hacía hace mucho tiempo. Tampoco he querido llamarla. Creo que hablar con ella prescindiendo de todos esos años que estuvimos juntos sería imposible. Ella tampoco me ha llamado: quizás esperara que yo lo hiciera…, quizás no ha querido molestarme más…, quizás ni siquiera ha tenido intención de hacerlo.

¿Yo? Pues ya lo he dicho: me he transformado en una piltrafa humana: tengo que forzar la sonrisa, y aún así no me sale natural, he pasado un mes borracho, durmiendo entre las sábanas que conservaban su aroma a madreselvas, y para culminar con la descripción de este círculo vicioso de desgracias, cada vez que estoy cerca de una mujer me llama imagino que es ella, y debo huir. Peor imposible.

Y en este momento, en que resignado, decliné en mi decisión de olvidarla, parece que muchas cosas van a suceder.