Me disculpo por la demora, pero el próximo viernes es mi graduación de preparatoria y ando apurada con algunas cosas de última hora. Debía colgar este capítulo (que es el final) el martes... Ya deben haberse dado cuenta que no fue así. Lo tenía listo, aunque a última hora no me gustó y lo eliminé. Así que este lo escribí hace un par de minutos y me dejó encantada. Realmente espero les agrade, porque vaya que es distitno a lo que muchos esperan. Lo único bueno es que me divertí...


Lealtad

Isabella abrió los ojos lentamente, encontrándose totalmente sola en aquella habitación que tan bien conocía. Se llevó una mano al rostro y acarició con sus dedos sus mejillas secas. Se permitió recordar vagamente lo acontecido antes, pero le pareció demasiado lejano y mortificante. Había asesinado a dos de sus hermanos, dos vampiros que la habían recibido alegremente. Y casa terminaba con la existencia de Alec y Jane…

Gimió, con el rostro oculto en las blancas palmas. No escuchó ruido alguno cerca, pero si los pensamientos contrariados de todos los huéspedes del majestuoso castillo. Se levantó despacio y se colocó la capa negra que descansaba a su lado, sintiendo el olor de Edward Cullen. Abrió la ventana, intentando que nadie se diera cuenta, y saltó por ella. Corriendo entre las calles como alma que lleva el diablo.

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-Se ha ido.- pronunció Rosalie Hale, corriendo hasta la sala principal. Todos giraron en su dirección, tratando de comprender sus palabras. Edward se puso de pie de inmediato, pero antes que llegara a la puerta sus hermanos lo detuvieron.

-Es mejor dejarla sola.- murmuró Demetri, sonriéndole con suficiencia y arrogancia al lector de mentes. El hijo de Carlisle se tensó de inmediato, ¿quién se creía ese idiota? Se llevó dos dedos al puente de la nariz y enumeró las razones que tenía para no asesinarlo, a los segundos se dio cuenta que no eran muchas. Le sonrió de vuelta.

-¿Qué fue lo que le ocurrió?- cuestionó Cayo, sin despegar su mirada borgoña de su hermano. Marco apretó sus labios hasta que sólo pudo verse una línea en su rostro. Golpeó con el puño cerrado una columna, destruyéndola.

-Isabella posee grandes habilidades.- comenzó. –Puede combinar sus dones y dar origen al poder que nos ha mostrado anteriormente. Claro que esto sólo es posible cuando su odio es alimentado al punto de perder la conciencia.- Carlisle le puso una mano en el hombro, intentando reconfortarlo. –Nosotros la obligamos a luchar, llevándola a su límite. Ella se rehusaba a hacerlo y fue entonces que los enviaste a ellos.- señaló con un dedo acusador a los hermosos niños inmortales, quienes aún no recuperaban del todo su carácter alegre.

-¿Qué tiene eso que ver?- se unió Aro a la plática, restándole importancia a la acusación con un gesto de su mano. –Ella podía haberse defendido.- Cayo asintió, aún serio.

-Cuando la barrera desaparece…- Marco se detuvo, preguntándose si era buena idea proseguir. –Cuando ya no está, su control se pierde. Esa pequeña línea que había dejado entre su cuerpo y nosotros era lo que nos protegía a todos. Dejó que los niños la atacaran como símbolo de respeto a nosotros. Nos dio la oportunidad de parar, pero no lo hicimos. Ella mató a dos de sus hermanos, dos vampiros que la vieron hacerse fuerte a través de los años.- caminó unos pasos, contemplando el suelo. –Lloró por ellos, Aro. ¿No puedes verlo?-

En la sala reinó el silencio. Por vez primera Aro se quedó sin palabras y Cayo sin pretextos. Los Cullen miraban a los tres reyes con desprecio, aunque Carlisle les pidiera que vieran las cosas desde distintos ángulos. Todos se preguntaban donde estaba Isabella, pero nadie era capaz de dar una respuesta coherente. Alice seguía sin verla y estaba segura que se debía al poco deseo de Bella por ser encontrada.

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Llovía con fuerza, como jamás había sucedido en Volterra. Isabella siguió caminando por las calles empapadas, sólo cubierta por aquella capa que había tomando en su precipitada huída. No sentía deseos de volver al palacio y dar la cara a sus maestros. ¿Cómo podría hacerlo? Se mostró como una desalmada asesinada con seres que le dieron todo cuando un monstruoso humano se lo arrebató.

Ella sabía cuáles eran las intenciones de los tres maestros cuando la escogieron como miembro de la guardia. Un vistazo a sus mentes le permitió darse cuenta del futuro prometedor que podría tener. Y fue por esa razón que hizo todo lo que hizo y llegó tan alto. No ansiaba el poder que ellos le heredarían si se los pidiera, sino demostrarles que ella les era fiel.

¿Fidelidad? Negó con la cabeza varias veces. ¿Qué demonios era aquello? Isabella avanzó, distraída. Un sollozo llamó su atención. En un callejón, oculta bajo un trozo de cartón, se encontraba una pequeña niña. Bella se permitió contemplar cada uno de sus rasgos. La chiquilla aparentaba los seis años, con grandes ojos verdes y suaves bucles castaños dorados alrededor de su rostro en forma de corazón. Sus labios dibujaron una sonrisa cuando la vieron acercarse.

-¿Quién eres?- preguntó la castaña, llamando a la niña.

-Renéesme.- dijo ella. Isabella contrajo su rostro en una mueca. –Es un nombre extraño, una combinación de Renée y Esme.- continuó, mirando a Bella con su pequeña sonrisa. –Aunque mi mamá me llamaba Nessie.- asintió, preguntándose que hacia a mitad de la nada. -¿Quién eres?- repitió la pregunta de ella.

-Isabella Swan.- dijo. –Pero mi madre solía llamarme Bella.- jugó, haciendo a la niña reír. De momento, su llanto se había ido. -¿Dónde está ella?- Nessie se pasó las manos por su vestido azul, con la mirada baja.

-Ella está muerta.- respondió en un sollozo. –Papá lo hizo.- Bella cerró las manos en puños y los juntó en sus muslos. Miró los ojos de Nessie, buscando rastro de mentira. No lo encontró. ¿Por qué le mentiría una niña de seis años sobre sus padres?- ¿Dónde está ella?-

-Donde tu madre.- respondió, sin perder detalle de las preguntas repetidas por la ojiverde. –Mi padrastro.- murmuró cuando la niña movió sus labios dispuesta a preguntar. -¿Dónde vives?- cuestionó de nuevo, sentándose en el húmedo asfalto del callejón.

-Aquí y allá.- dijo ella, agitando sus bucles. –En ningún lado.- la castaña asintió, sintiéndose identificada con aquella hermosa criaturita. -¿Dónde vives?- sonrió, deseando complacerla.

-Volterra.- la boca de la niña formó una pequeña 'o'. No pudo evitarlo, se rió de su expresión de perplejidad. -¿Quieres venir conmigo?- al darse cuenta de sus palabras, la vampiresa cerró los ojos y gimió. Cuando los abrió de nuevo, la niña no estaba. Iba a levantarse, pero sintió unos suaves y duros dedos sobre la piel de sus hombros, apartando el largo cabello marrón.

-Vampiro.- murmuró Renéesme, riendo musicalmente. Pasó su lengua por la piel de la chica. –Iré contigo.- pronunció, al tiempo que clavaba sus pequeños colmillos en el cuello de Isabella. Ella jadeó en respuesta y sus ojos brillaron de un extraño matiz verde con toques grises. Escuchó cada pensamiento de la niña y sonrió cuando se apartó.

Isabella jaló a Nessie por el brazo, obligándola a sentarse en su regazo. La niña la contempló con unos preciosos ojos marrones. -¿Quién eres?- preguntaron ambas a la vez, mirándose a los ojos. Dos pares de ojos marrones se contemplaron con curiosidad, luego fueron rojos, violetas, negros, verdes y dorados. -¿Qué quieres?- repitieron ambas. –Vampiro.- murmuraron, sabiendo en lo que la otra pensaba.

-Eres mía.- habló Bella, clavando sus dientes en la piel de la chiquilla. Renéesme sonrió, sabiendo que al fin había encontrado un hogar. Cuando Isabella se separó, no pudo evitar la risita que se apoderó de ella. Estaba segura que no pasaría tres días inconscientes y su nueva amiga tampoco. Y sólo entonces, cuando ambas estuvieron una frente a la otra, fue que la más pequeña se permitió colocar sus manos en las mejillas de Bella y contarle su historia.

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Renéesme no era su nombre verdadero, lo sabía. Sin embargo, fue el mejor que encontró dentro de los sueños de Isabella Swan Vulturi. Una combinación de las mujeres que la vampiresa podía ver como madres. Sabía que una abreviatura era conveniente y le gustó la elegida. Ella no tenía un nombre definido, podía ser cualquiera y nadie a la vez. Quizás alguna vez tuvo uno, pero ya no lo recordaba.

Cuando era humana, su madre le adoraba y le confeccionaba vestidos hermosos para lucirla en fiestas. Sin embargo, pronto todo se desvaneció. Una noche, mientras dormía, sintió algo distinto en su interior. A la mañana siguiente fue hablando por ahí sobre fantasías y sueños que rodeaban a las personas que conocía, diciendo que era capaz de conocerlas con sólo mirar los ojos. Nadie le creyó, por supuesto.

No se rindió y corrió por las calles, hablando con cuanta persona vio. A los días ya no había mimos ni palabras dulces. Todos en el pueblo decían que estaba loca, enferma. Era consciente, para su corta edad, de lo que sucedía. A la gente le costaba aceptar sus más grandes ansiedades, pues algunas eran lo bastante sucias para catalogarlos como basura en la sociedad. Ella lo sabía, pero no servía de nada.

A los meses su vida de ensueño se desvaneció. Lo que en un principio se dijo eran juegos de niña, pronto se volvió un grave problema. Tenía cinco años, pero su razón se perdía con cada segundo. Sólo pensaba en cuentos de hadas y criaturas de terror. No sabía ninguna otra cosa ni deseaba aprenderlas. Para Nessie sólo era realidad lo que para otros se convertía en tonterías sin sentido. Y fue ahí cuando la llevaron a aquél horrible lugar. Esa fue la última vez que vio a sus padres, quienes la empujaron al interior y jamás volvieron.

Una noche, algo extrañó pasó. Escuchó ruidos en los alrededores, aunque no deseara hacerlo. Había gente gritando y llorando. Podía ver los sueños que se desvanecían a mitad de la nada. Pensamientos que se perdían en la oscuridad. Una chica gritaba de dolor cerca, pidiendo que detuvieran el fuego. Dos hombres se gritaban palabras mordaces e insultos. No los conocía, pero estaba segura que no eran como ella.

Corrió hacia la puerta, pero estaba cerrada. Comenzó a gritar, ansiosa. Deseaba ir donde la otra chica y parar su sufrimiento. Esa muchacha de cabello negro que gritaba sin control era la única que la había tratado bien alguna vez. Alice, pronunció lentamente en sus pensamientos, viéndola en los recuerdos de Isabella. Cerró los ojos con fuerza cuando una figura destrozó su puerta y la sujetó por el cuello con violencia. Vampiro, pensó de nuevo, evocando su imagen.

Y gritó cuando aquellos colmillos destrozaron la piel de su cuello y succionaron su sangre. Gimió al sentirse a punto del desmayo, pero eso no sucedió. Cayó al piso, sintiendo su cuerpo arder. El vampiro la tomó entre sus brazos y la llevó consigo, ocultándola en el exterior. Luego desapareció en la oscuridad. Le costó mucho abrir los ojos tres días después. Se encontraba sola y con sed. Cazó lo primero que encontró en su camino, un ciervo indefenso. Lo devoró rápidamente, preguntándose qué habría pasado con la otra transformada. Cuando volvió a aquel horrible lugar, no quedaba nada.

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Edward Cullen caminaba por la sala, agobiado. Su familia y los Vulturi lo contemplaban en silencio, tratando de no pensar demasiado. Fueron un par de tacones los que le advirtieron de la llegada de alguien que había desaparecido el día anterior. Y era cierto, ahí estaba Heidi. Se acercó a su maestro y le dio la mano, complaciéndolo. Nadie tuvo que leer su mente para saber que no encontró a la vampiresa de cabello castaño.

Si, ya iban cuatro días desde que salió por la ventana. La lluvia se había llevado su rastro, impidiéndoles seguirla. Además, ¿por donde empezar? Ella no estaba en Volterra, se los confirmaron los guardias desde el primer día. Podía estar en cualquier lugar del mundo… Edward detuvo sus pensamientos cuando un olor familiar llenó sus sentidos. –Está aquí.- murmuró, avisando a los demás.

Las puertas se abrieron a la par, mostrando la figura delicada de Isabella Swan. Llevaba un ajustado vestido de tirantes, azul celeste, que mostraba sus blancas piernas. Sus zapatos de tacón sonaban al tiempo que ella danzaba hacia el centro del salón. El cabello marrón le caí en bucles por los hombros y la espalda. Y esos labios rosados se curvaron en una sonrisa, al tiempo que sus ojos verdes brillaban por la emoción.

Todos contuvieron el aliento. Ojos verdes, pasaba por su cabeza una y otra vez. Verdes.

-Verdes.- repitió la castaña en voz alta, mirándolos a todos con superioridad. -¿Es todo lo que pueden pensar?- se rió musicalmente. Antes que alguien respondiera, ella corrió hacia Marco y le pasó los brazos por el cuello. El hombre la contempló con los ojos abiertos, incapaz de creer lo que presenciaba. A la chica no pareció importarle, pues se sentó sobre sus piernas y esperó paciente le correspondiera. Cuando el de negros cabello lo hizo, ella le acarició el rostro y sus ojos se volvieron de un color gris.

-Bella.- murmuró Edward, contemplando a la chica desde lejos. Emmett mantenía una mano sobre su hombro y Jasper le imitaba del otro lado. Sabía que si lo soltaban podría cometer una estupidez –No entiendo.- susurró. Nadie lo hacía.

Isabella se separó de su maestro y danzó con gracia ante la vista de todos. Se detuvo delante del hijo mayor de Carlisle, y enredó sus dedos en su cabello cobrizo. –Tú también eres mío.- murmuró, besando sus labios suavemente. Edward se congeló ante el contacto, tratando de procesar la información. Cerró los ojos, pero ella se retiró sonriendo.

Los ojos de todos los presentes se cerraron con un chasquido de los dedos de Bella. La escuchó girar sobre sus zapatos, riendo. Alguien se le unió, compartiendo su alegría. Cuando todos volvieron a mirar se quedaron con la boca abierta. La castaña se encontraba en el suelo, protegiendo a una hermosa criatura de ojos verdes. Vistas de lejos, ambas parecían iguales.

-¿Quién es ella?- cuestionó Aro, avanzando hacia la recién llegada. Cuando Bella se apartó, el vampiro retrocedió dos pasos. -¿Qué has hecho, querida?- la niña era muy pequeña. Iba vestida igual que Isabella, pero su vestido era rosa. Eran como dos gotas de agua; eran iguales, pero en tamaños distintos.

-Es mía.- habló Bella, mostrando los colmillos a su maestro. Cayo comenzaba a pensar en las formas de asesinar a la niña, lo que la molestó. –Su nombre es Renéesme y se quedará conmigo.- nadie dijo nada. Isabella se puso a la altura de la niña y acarició su rostro, depositando un pequeño y casto beso en sus labios rosas. La niña se rió, llamando la atención de todos.

-¡Alice!- gritó de repente. Todos contemplaron a la de cabellos negros, con curiosidad. -¿No sabes quién soy?-

-No.- murmuró la chica Cullen, sintiéndose tonta. Alice estaba tensa ante la escena y sin sus visiones las cosas eran peores. Jasper mandaba ondas de tranquilidad por todas partes, pero hacía horas que no funcionaban. Y ahora aparecía esa niña extraña llamándola.

-Mary Alice Brandon.- murmuró la chiquilla. –Yo sé quien eres.- la joven se tensó, reconociendo su nombre humano. –Ven aquí.- su cuerpo se movió sólo. La niña había movido su manita suavemente, atrayéndola. Colocó rápidamente sus manos en el rostro de la muchacha y le mostró la realidad.

-¿Cómo hizo eso?- cuestionó Cayo, fastidiado.

-Ella tiene mis dones.- murmuró Isabella. –Y yo los suyos.- soltó una leve risita. –Debo admitir que me tomó por sorpresa su mordida.- Nessie se unió a las risas en ese momento, mientras Alice se refugiaba en los brazos de Jasper, aún sin creer lo que había ocurrido en su vida humana. Bella cargó a Nessie en brazos y besó su frente. –He tomado mi decisión.- aquello dejó a todos sin aliento. ¿De qué hablaba?

Marco sonrió, obligando a todos a recordar el momento donde le dijo a la chica que era libre de hacer lo que deseara. -¿Cuál es?- preguntó, riendo entre dientes. Él lo sabía.

-Ya he dicho antes que ustedes son mi familia.- Cayo y Aro sonrieron, Marco asintió. –Y agradezco enormemente haberme encontrado con Heidi aquella noche.- la mujer de cabello caoba se rió, divertida. –Estar con Demetri y Félix me llenó de dicha.- ambos sonrieron, guiñándole el ojo. –Alec y Jane volvieron mis días todo un reto.- el chico sonrió y la pequeña bufó. –Aro, siempre me diste lo que quise.- el asintió, sonriendo. –Cayo, eres quien me abrió los ojos a nuestra realidad cuando pensé de forma humana.- el hombre frunció el ceño. –Marco, has sido el padre que perdí hace años. Tú me protegiste, me educaste y me convertiste en lo que soy.- giró sobre sus talones, ondeando su cabello. –Gracias.- se arrodilló ante ellos, sujetando la mano de Nessie, quien estaba de pie a su lado.

-Aún así te irás, ¿verdad?- cuestionó Marco, siguiéndole el juego.

-Si, porque es a lado de Edward y su familia donde deseo estar.- respondió, mirando al chico con sus hermosos ojos dorados. Nessie se rió y también lo miró, mostrándole los ojos que Bella le había facilitado. La castaña se puso de pie y tomó a Nessie en brazos de nuevo, reuniéndose con el Clan vegetariano. -¿Puedo quedarme contigo?- le preguntó a Edward, sonriendo.

-Deja a la niña.- habló Cayo. –Nos debes lealtad, Isabella.- ella negó, abrazando aún más fuerte a la pequeña. Nessie ocultó su rostro en el cabello de ella. –Sabes que es cierto.- habló de nuevo, poniéndose de pie.

-Ya he decidido a quién serle fiel.- pronunció ella, mirando directamente a Cayo. –Y es a mí misma.- sus palabras flotaron en el aire, directas, confiadas, sinceras. –La niña se queda conmigo.- Renéesme rió, divertida. –Y pelearé por ella de ser necesario.- Aro se apresuró a decir que no era necesario, recordando lo ocurrido la última vez.

-Supongo que puedes macharte, Isabella.- había pronunciado aquel vampiro con su acento italiano. Isabella corrió a abrazarlos a penas los pies de Nessie tocaron el suelo de mármol.

-Edward.- habló la pequeña, mostrando unos ojos marrones como el chocolate. -¿Puedo quedarme contigo?- el joven la miró con curiosidad. Su mente estaba en blanco, como la de Bella. Casi podría hacerse pasar por la hija de la joven. ¡Dios! Ese pensamiento hizo a la chiquilla reír.

-Renéesme.- le llamó Bella, tomando su manita. –Nos vamos a casa.- ella sonrió, sabiendo que volvería a verse rodeada de mimos, vestidos y canciones. Extrañaba eso. Podía haber vivido siglos, pero seguía siendo una niña. Anhelaba las cosas que le fueron privadas en su humanidad. Ahora iba a tenerlo de nuevo y eso le hacía feliz.

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Edward se encaminó a la alcoba que compartía con Bella. Ella se encontraba de pie ante la ventana, contemplando la luna llena de aquella noche de octubre. Renéesme estaba en el piso de abajo, discutiendo con Jasper sobre a Guerra Civil. Pensar en ese pequeño torbellino de emociones lo hizo sonreír. Era tan similar a Isabella y a la vez tan distinta.

-Edward.- le llamó ella. –Quédate conmigo.- susurró, conociendo sus anhelos. –Quédate.- él sonrió, abrazándola suavemente.

-Te amo, Bella.- pronunció, mirando los ojos violetas que tanto le habían gustado. –Con todo mi ser, aquí y ahora.- besó sus labios una y otra vez. –Y para siempre.- ella sonrió.

-Te amo.- susurró, antes de volver a juntar sus labios. –Por toda la eternidad.- ambos sonrieron. Aquello no era el final, sino el principio de algo mucho más grande y hermoso de lo que las palabras son capaces de describir. Una historia nueva, donde todos serían partes importantes. El inicio de la eternidad para esta familia que estaba creciendo lentamente.

Isabella Swan había llegado a Forks para revolucionar el mundo de Edward Cullen y su familia, convirtiéndose en la persona más importante para el Clan vegetariano. Y luego aparecía Renéesme, comportándose como una niña dulce e inocente, siendo a la vez totalmente caprichosa. Ambas vampiresas se habían unido a los Cullen, volviéndose esenciales para la existencia del resto.

La puerta de la habitación de Edward se cerró, mostrando aquel símbolo impuesto por Bella. Ella había jurado no volver a usar sus poderes como en aquella ocasión, la vez que pudo morir. Aunque gracias a eso tenía a Nessie a su lado. Ahí, colgada en la puerta, brillando en la oscuridad, se encontraban sus dos dagas; las mismas que habían derramado tanta sangre.

Y ellos eran testigos de aquellas armas postradas sobre la madera. Aquellas que marcaron el pasado de Isabella Swan y le abrieron las puertas de un futuro distinto. Un futuro donde tenía una familia y al chico que más amaba. Un futuro lleno de alegrías e ilusiones. Y se permitió mirar de nuevo aquello, sonriéndole a la Cruz de Navajas que seguía fija en su lugar desde hacía tiempo atrás. Desde la última vez que las necesitó…


¿Y así acaba? Por lo menos de mi parte sí. La historia seguirá viva y llegará más lejos, pero sólo en la imginación y el corazón de aquellos que así lo deseen. Me ha gustado el resultado. Espero no haber decepcionado a nadie. Aunque no deben olvidar que este fanfic no fue puro miel desde el inicio, así que tampoco lo sería al final. Sin más que decir, espero sus comentarios. Por lo menos para decir que ha sido un asco y que no quieren volver a saber de mí.

Gracias por todo. De verdad, gracias.