La noche de la esperanza

Caminando por la escalinata que unía los templos de Escorpio y Sagitario, dos figuras conocidas se deslizaban a través de las luces naranjas que el ocaso traía consigo. Sus sombras, largas y carentes de forma, se reflejaban sobre el piso de piedra dibujando caprichosas figuras.

Como los grandes amigos que eran, Aioros y Shura se habían enfrascado en una de esas largas conversaciones llenas de opiniones y contraargumentos. Siempre tenían algo de que conversar, siempre algo que compartir. El griego alzó la vista para divisar a lo lejos, sentado en los escalones de entrada de su propio templo, a su hermano menor. El niño mantenía la mirada perdida en el largo camino cuesta abajo sin prestar especial atención a ningún detalle.

- Ha estado así desde que todos se marcharon. -comentó Aioros con preocupación.

- Puedo entenderlo. Todo esta demasiado callado desde que los enanos se largaron a sus respectivos lugares de entrenamiento. Me imagino que ha de sentirse de lo más solo.

- Supongo que sí. -agachó la cabeza mientras sus pensamientos volaban a la tercera casa del zodiaco.

Shura, haciendo gala de su prudencia, calló.

Todo había iniciado con la desaparición de Saga a la cual se unió poco después la muerte de Shion. Aquel había sido el punto de quiebre que cambió la historia del Santuario y de los doce templos. Tras la muerte del legendario lemuriano, Arles se había alzado a sí mismo como el líder de la Orden y, su primera encomienda como Santo Padre, había sido dar prioridad al entrenamiento de los jóvenes aprendices dorados. De inmediato, los preparativos comenzaron.

En cuestión de días, cinco de los seis niños habían sido embarcados a odiseas que servirían como duras pruebas para, algún día, consagrarse como los más grandes guerreros que liderarían el ejército más antiguo de todos: las huestes de Athena. Fue así como, por vez primera, sus caminos se habían separado.

Ahora, nada quedaba del ruidoso y jovial recinto zodiacal; simplemente sobrevivían lo ecos vacíos de las que alguna vez fueron risas y juegos. ¿Qué tan lejos estaban el uno del otro? Ni ellos mismos lo sabían. Lo único que les era seguro era esa amarga sensación de nostalgia que les invadía cuando sus memorias volvían al que alguna vez llamaron hogar. Pero la vida continuaba y, la suya no sería la excepción.

- ¿Cómo va todo Aioria? -saludó Shura en un intentó de restar importancia a la difícil situación del niño.

El joven león subió los hombros como toda respuesta. Ni tenía interés en contestar la pregunta del español, ni estaba seguro de cual era la respuesta adecuada. Con una tenue sonrisa, el Sagitario se disculpó por la falta de atención del más pequeño.

- Creo que debo retirarme. -volvió a hablar el Capricornio.- Adiós, Aioria. Nos veremos después, Aioros. -se despidió.

- Hasta luego, Shura.

En silencio, le observaron hasta que las sombras del noveno templo le hicieron desaparecer. Después, armado con toda la paciencia que pudo encontrar, el mayor de los hermanos se sentó en las escalinatas, justo al lado del de Leo. El viento les acarició revolviendo con su suave toque los cabellos castaños de ambos. Una falsa calma caía sobre el Santuario. El silencio abrumador ahogaba con su pesadez a sus habitantes mientras que la soledad se apoderaba de aquellos que se había quedado atrás.

- Yo también les extraño. -Aioros habló sin quitar la mirada del horizonte.

- Tú no les extrañas como yo lo hago. -refutó en un murmullo.

"Probablemente más…" se guardó para si aquel pensamiento. Aquel grupo de niños se había convertido en parte de su familia. Había aprendido a quererlos como a su propia sangre y los aceptaba como los hermanos en Athena que eran. Les quería, les quería infinitamente y también sufría su ausencia. Pero no era el momento de ser débil, al menos no delante del pequeño león.

Aunque no lo entendiera en esos momentos, Aioria algún día comprendería el porque de esa despedida. Porque, aún si le doliese admitirlo, era necesario que se marchasen. Crecerían, madurarían y, con la bendición de la diosa, algún día regresarían convertidos en hombres; los hombres en cuyos hombros descansaría el futuro de la humanidad. Y, a pesar de esa verdad, Aioros guardó silencio por unos instantes respetando así el dolor de su pequeño hermano.

Entendía que le doliera. Lo hacía porque la desaparición de Saga también pesaba sobre su cabeza. Había abierto una dolorosa herida en su alma que, si bien algún día habría de cerrarse, siempre dejaría una doliente cicatriz como recuerdo.

- Volverán. Algún día lo harán y, cuando ese momento llegué, la hermandad que cultivaron será más fuerte que nunca. -se atrevió a decir mientras buscaba la mirada del chiquillo.

- ¿Y si no vuelven?

- Pero, ¿qué dices, Aioria?

- Muchas cosas pueden pasar. No te tendrán a ti para cuidarles, tampoco a Saga. Están solos… -Aioria ahogó un sollozo que peleaba por escaparse.

El arquero suspiró.

- ¿Confías en ellos? -con un tímido movimiento de cabeza, el niño asintió.- Entonces, demuéstralo. Seca tus lágrimas y esfuérzate por ser digno hermano suyo, porque te garantizo que ninguno de ellos se dará por vencido jamás. Athena ha reencarnado, Aioria. La guerra santa esta cada vez más cerca y la fuerza de todos y cada uno de nosotros será necesaria cuando llegue el momento.

- No quiero pelear una guerra. -se quejó.

Y el silencio volvió a ceñirse sobre ellos, un silencio que para Aioros significaba encontrar las palabras adecuadas.

- ¿Has escuchado acerca de la última Guerra Santa? -por fin le preguntó.

Sin muchos deseos y poco emocionado por la idea, el chiquillo meneó la cabeza en negación.

- Shion me contó alguna vez… -continuó arquero a pesar de la falta de interés de Aioria.- Fueron tiempos difíciles, para Athena, para la Orden, para él…

- ¡No quiero escuchar esa historia! -gritó el niño mientras se tapaba los oídos.- No quiero escuchar nada triste ahora…

Sus ojos esmeraldas se ahogaron en lágrimas que corrieron sobre sus mejillas sin control.

- Tranquilo, no pasa nada. -le dijo el mayor.

Comprensivo, el santo de Sagitario pasó el brazo sobre el hombro del cachorro de león apretándole contra sí para reconfortarlo. Lo dejó llorar. Le permitió sacarse esa angustia del alma y, cuando por fin los sollozos cesaron, le escuchó hablarle.

- Hermano, ¿pelearás a mi lado cuando llegue el momento? -preguntó con la voz quebrada.

- Sí. Ahí estaré.

- ¿Y Saga? ¿Y los demás?

- Todos, Aioria. Todos pelearemos juntos.

El niño meditó las palabras de su hermano y en ellas encontró la fuerza que sentía perdida.

- Entonces, no tendré miedo. No si ustedes están conmigo. -afirmó mientras secaba sus lágrimas toscamente con su antebrazo.

No pudo verlo, pero una sonrisa iluminó el rostro del arquero.

- Estoy orgulloso de ti. Lo sabes, ¿verdad?

El león asintió.

Permanecieron abrazados por incontables minutos, sin nada más que el susurro del aire arrullándoles con su canto. Detrás de Meridia, mas allá de las colinas que bordeaban la sagrada tierra de Athena, el Sol se despedía de Grecia con el último y efímero rayo de luz que se perdió en el horizonte. El día había acabado, pero la promesa del astro rey de volver y traer consigo una nueva mañana, era eterna e irrompible. Pronto, las estrellas adornaron con su brillo de plata el oscuro manto celeste mientras la luna, en todo su esplendor, se erigió como la única y absoluta soberana de la noche.

Era la hora.

- Debo irme. -Aioros rompió el abrazo.

- No te vayas. Quédate un rato más, por favor. -le pidió el niño ahogando un bostezo de cansancio.

- Tengo algo que hacer, Aioria. Pero volveré y, cuando lo haga, te contaré una historia. -respondió con una sonrisa.

- ¿Qué clase de historia, hermano?

Aioros se puso de pie, revolvió los cabellos pardos de su hermano y le miró con travesura.

- Una historia de esperanza… -dijo para después perderse en las sombras de su templo.

-FIN-

"Siempre hay un momento en la infancia en el que se abre una puerta y se deja entrar el futuro"

Graham Greene, novelista británico

-0-

NdA: Y, al final lo hizo… contó su historia de esperanza T.T

Quisiera agradecerles a todos aquellos que han seguido ese fic. Me gustaría reconocer a todos aquellos tímidos lectores que, si bien recorrieron todo el camino conmigo, nunca tuve el gusto de poder saludarles por su nombre. ¡Sé que están ahí! ¡No se escondan! ¡Gracias por leer! =D

Y de manera muy especial, a quienes dejaron comentarios ¡Infinitas gracias! Porque ustedes y sus palabras de ánimo fueron el combustible para que esta historia siguiera avanzando.

Snif, snif…yo sé que nadie se ha muerto y que, a muchos de ustedes, seguiré leyéndoles en alguna de mis otras historias, pero me da nostalgia. Desde el fondo de mi corazón, espero que se hayan divertido tanto como yo. Ha sido un largo viaje y no pude tener mejor compañía que ustedes ^o^

Un beso enorme. Se les quiere.

Sunrise Spirit