Capítulo 1 – Todos cambian con el tiempo

Somos de una especie que desaparece,
hasta nuestras diferencias se parecen.
Somos como el tiempo perdido,
como palabras dichas al oído de nadie…
Creo que somos los últimos en la tierra de nuestra clase.
Por favor no me dejes…

Especies que desaparecen – Andrés Calamaro

Sin dejar de tamborilear los dedos sobre la magullada mesa de madera frente a la cual estaba sentada, levantó la vista una vez más hacia la puerta del local, atiborrado de gente, sin encontrar lo que estaba buscando. Estiró un poco el cuello y husmeó entre la gente sentada en mesas semejantes a la suya, conversando, riendo a carcajadas, jugando a las cartas, bebiendo tragos. Junto a la barra dos magos algo ya entrados en copas aporreaban la mesa con los puños con ímpetu, cantando canciones de sus equipos rivales de Quidditch, mientras la camarera les echaba miradas reprobatorias, limpiando una y otra vez la misma jarra vacía, que echaba espuma dorada cada vez que la apuntaba con la varita. Vio el enorme reloj de pie que se apoyaba contra la pared en un rincón mal iluminado del bar y suspiró una vez más con impaciencia. Eran las siete y cuarto de la noche y la persona a la que esperaba se había retrasado quince exasperantes minutos. En el fondo, estaba preocupada, aunque no quisiera reconocerlo.

La puerta vidriada de Las Tres Escobas se abrió nuevamente dejando entrar una ráfaga de aire nocturno. Sólo ella levantó la vista de su té de camomila para verlo entrar. Él echó una furtiva mirada alrededor y no esbozó ninguna sonrisa cuando la ubicó con la mirada, pero se encaminó con su acostumbrado andar elegante hacia donde estaba ubicada la mesa y se sentó frente a ella sin una palabra. Se miraron a los ojos un momento y ella resopló, enojada:

-¿Por qué tardaste tanto?

Draco Malfoy no le hizo caso, sólo se quitó la bufanda negra que le cubría el blanco y terso cuello y la dejó a un lado de la silla. Con un gesto un tanto desdeñoso llamó a la camarera, que se acercó balanceándose en sus impecables tacones rojo fuego, contenta de alejarse de los borrachos que frecuentaban su bar.

-¿Un brandy para entibiar el cuerpo, Malfoy? –inquirió echándole una mirada. Draco asintió con la cabeza y ella en seguida trajo una botella de vidrio esmerilado con un líquido oscuro y una copa mediana que llenó de inmediato, y luego volvió a partir. El hombre bebió un sorbo en silencio y sólo entonces miró a los ojos a su acompañante.

-¿Para qué me citaste, nena?

Pansy Parkinson detestaba que la llamara de esa forma. Su desprecio hacia la insoportable personalidad de Draco Malfoy la hacía temblar en la misma medida en que lo hacía su desesperada atracción física por él. Bufó ásperamente, sin dejar de revolver con su cuchara el ya frío té de camomila que había pedido veinte minutos atrás y desviando la mirada hacia el exterior del bar.

-No soy tu nena, no me llames así. –replicó, sin mirarlo. –Tengo novedades que contarte y espero que puedas hacerte unos minutos de tu tiempo para oírlas.

-Ya estoy aquí, así que no des más rodeos y habla de una buena vez.

Los fríos ojos grises de Draco Malfoy clavaron sus pupilas en las de ella, negras como la noche que estaba cayendo sobre Hogsmeade. Esperó a que volviera a hablar con impaciencia: estar allí sentado no le gustaba para nada. Varias miradas estaban posadas sobre él, como le sucedía todo el tiempo desde hacía un año, cuando acabó la originalmente llamada Segunda Guerra Mágica. La mayor parte de esas veces las miradas que le eran dirigidas eran de reprobación, pero había llegado a detestar más a aquellos que lo veían con expresión de lástima, como si al final de aquella guerra él hubiera sido gravemente afectado por alguna lesión incurable de culpabilidad. Incluso había llegado a insultar abiertamente a algunas pocas personas que se le habían acercado con intención de ayudarlo en su soledad, de darle una mano para salir adelante. Pansy conocía bien esa historia, y conocía también muy de cerca el orgullo Malfoy. Sabía que él jamás habría aceptado ayuda de nadie. Por eso, ella sólo se limitaba a pasarle información y facilitarle las cosas lo más posible desde la discreción.

A veces le resultaba fastidioso ni siquiera obtener un simple "gracias" como respuesta a todos sus esfuerzos. Pero sabía que lo que estaba haciendo no era en vano. En algún momento, su trabajo obtendría sus frutos. Y por lo que tenía entendido, ese momento se estaba acercando. El enorme monstruo Slytherin que había en su compañero ronronearía agradecido una vez que se hubieran concretado sus planes correctamente. Todo irá bien, se auto convenció, aunque no del todo satisfecha. Ahora un asunto más importante estaba rondando en su cabeza y era cómo iba a decir lo que tenía que largar ahora que Draco la miraba impaciente.

-¿Y bien…? –inquirió, molesto, dando otro sorbo a su bebida.

-Draco, quiero que escuches atentamente lo que voy a decirte y no me interrumpas. –soltó ella de pronto, estirándose en toda su estatura desde el asiento y dejando su posición sumisa y encorvada para darse ánimos a continuar. Él asintió sorprendido y levantó una ceja, pero la dejó continuar. –Hasta ahora todas las declaraciones que presentamos a favor de la causa de tus padres están dando buenos resultados. Pero no es suficiente. –carraspeó, sintiendo una leve molestia en su garganta que le impedía continuar claramente. –No hay suficientes testigos que quieran declarar a favor de ellos. Nosotros, y sólo nosotros, sabemos concretamente que ni Lucius ni Narcisa participaron activamente en la Segunda Guerra…

-¿Y acaso no basta con nuestra palabra? –interrumpió él, molesto, dando un golpe con la mano abierta sobre la mesa. Ella notó cómo un rubor involuntario se expandía por las mejillas del joven y no pudo evitar sonreír con sorna.

-¿Crees que ellos van a creer en nosotros, Draco? –contestó efusivamente, tomándole el brazo izquierdo por encima de la mesa y elevándole la manga en un gesto suave. Sus dedos rozaron apenas el blanco antebrazo, dejando al descubierto la marca tenebrosa, que aunque estaba desapareciendo paulatinamente, todavía tenía los contornos encendidos de un negro brillante. –Tu pasado (que por cierto, todos conocen) no ayuda en el caso. Tampoco ayuda el pasado de tus padres. Si queremos que el fallo sea a favor de su salida de Azkaban, necesitamos más…

-¡No voy a pedirle ayuda a nadie, Parkinson! –volvió a interrumpir él, esta vez furioso. El color había vuelto a sus mejillas, tanto por las palabras de ella como por su atrevimiento de siquiera tocarlo. Le producía una picazón extraña y penetrante intentar encontrar sus ojos, perderse distraídamente en sus rosados labios finos. Ella captó su mirada y tembló casi imperceptiblemente, pero continuó hablando, elevando el tono de voz. Los ocupantes de las mesas que rodeaban a la suya los miraban entre curiosos y asustados.

-¡Deberás hacerlo si quieres que todo esto resulte, Malfoy!

-Baja la voz…

-Vas a tener que dejar a un lado ese estúpido orgullo Slytherin que llevas en la sangre y hacer lo que te digo si esperas que todo el esfuerzo que estoy haciendo por ti funcione. –escupió ella, y en el instante siguiente recogió su bolso y se levantó. Titubeó un momento antes de dar un paso hacia él, pero entonces decidió que nada valía tanto la pena como aquel momento de rebeldía en que se decidía a decirle lo que siempre tuvo ganas y se reprimió por coraje; aunque luego se arrepintiera. –Cuando estés dispuesto a hacer las cosas bien, envíame una lechuza. No hay otra forma de hacerlo. Sólo eliminando el pasado podremos llegar a alguna parte.

-¿Podremos? Yo no necesito tu ayuda. –gesticuló él, colérico. –Puedo hacer esto solo.

Ella lo miró con una mezcla de rencor y simpatía, y con una sonrisa sarcástica se encaminó hacia la puerta del bar. Iba pensando que todavía no le había dicho la parte más difícil. Le dirigió una última fugaz mirada, pero él le daba la espalda, de modo que se cubrió mejor los hombros con la capa y se marchó con paso firme.

Draco bebió de un sorbo lo que quedaba al fondo de su copa de brandy y musitó, como pensando en voz alta: no es orgullo Slytherin… es orgullo Malfoy, nena. Y sonrió con aspereza.

A la mañana siguiente Pansy Parkinson despertó sobresaltada de un mal sueño. Se sentó en la cama, aún adormilada, y tomó el reloj de su mesita de noche intentando descifrar en la oscuridad qué hora era. Apenas una rendija de luz se colaba por debajo de la puerta de su cuarto, porque le gustaba dormir en completa oscuridad. Se estiró en la cama todo su largo y luego de dar un par de vueltas sobre sí misma, se desenredó de las sábanas y abrió una ventana. La claridad penetró en la habitación iluminando la fina decoración que había elegido para el departamento en el que vivía sola. La cama, la mesa de luz, el armario y un escritorio junto a la ventana eran de madera de caoba pulida. Sobre la loza del suelo había puesto una alfombra delgada de color verde claro que ocupaba casi todo el contorno de su cama. Las paredes estaban empapeladas de un amarillo pastel, al igual que las cortinas y el acolchado. Nunca fue una chica ordenada, pero sí muy pulcra. El desastre de papeles que ocupaban la mesa de noche y parte del escritorio era lo de menos con el nudo de ropa que se le caía encima cada vez que abría el armario. A simple vista, al menos, no se notaba.

Salió de la habitación y se metió en la puerta contigua entornando los ojos ante la claridad. En quince minutos ya estaba bañada y envuelta en una bata de levantarse en la cocina, preparando café. Se asomó a la puerta-ventana que separaba la cocina del pequeño balcón y escrutó el cielo, esperando una lechuza que, en el fondo, sabía que no vendría. Bebió su café en silencio mientras leía el diario muggle que le habían deslizado bajo la puerta, con poco interés. Luego volvió al cuarto y mientras se cambiaba, repasaba mentalmente los papeles que debía llevar esta mañana al ministerio. Había acabado la carrera de Derecho Mágico y ahora trabajaba para la ley. Poco creíble, pero cierto. Y para ella, muy entretenido. La mayoría de los casos que pasaban ante sus narices mientras ella trepaba los puestos del ministerio para alcanzar uno que le calzara cómodo con sus necesidades diarias, eran de ex mortífagos que iban a parar a la prisión de los magos. Algunos pocos eran juicios en los que actuaba como defensora para reducir –y a veces, muy pocas- eliminar la condena. Pero el trabajo que más ocupaba su mente era el de los Malfoy. Hacía siete meses que luchaba con todas sus fuerzas para lo que visto desde afuera parecía una causa perdida: sacar a la familia de Draco de Azkaban.

Narcisa y Lucius tenían a su favor la completa desaparición de los Dementores del mundo mágico, además del profundo arrepentimiento que sentían a raíz de los sucesos pasados. Habían sabido reconocer dónde estaban sus prioridades cuando, durante la Segunda Guerra, casi pierden a su único hijo y destruyen por completo su familia. Los Malfoy no pusieron objeciones cuando se los envió a Azkaban, pero desde el día en que vinieron a buscarlos a la mansión, su hijo no durmió tranquilo una noche, buscando la manera de sacarlos. Era una cuestión de orgullo… y vanidad. Pansy recordó el día en que Draco tocó a su puerta, orgulloso como siempre, pero con las defensas bajas. Tomaron un café hablando de cualquier cosa hasta que él observó que sobre la mesita del comedor estaba abierto El Profeta y lo señaló con expresión de disgusto:

-¿Ya sabes lo que pasó, entonces? –preguntó en voz baja. Pansy lo miró de reojo y midió sus palabras para responder.

-Sí, y lo lamento mucho, de verdad. Aunque creo que podría hacerse algo al respecto… -y cuando dijo estas palabras lo miró profundamente a los ojos, atando cabos, comprendiendo. –A eso viniste, ¿verdad? Creo que yo puedo darte una mano.

Malfoy le devolvió una mirada que por un momento, pareció suplicante. Pero con una sacudida de la cabeza volvió a su semblante de siempre y gruñó algo que Pansy no alcanzó a oír, aunque comprendiera el significado del tono.

-Siempre he trabajado solo, nena. No necesito tu ayuda.

No volvió a hablar del tema hasta el siguiente encuentro, que propuso ella luego de haber indagado en el caso.

Casi todas las veces que se vieron desde entonces fueron citas que programó ella. Él no le enviaba una lechuza. Se aparecía en su casa con alguna excusa tonta y ella lo invitaba a un café o a cenar, y después de un rato que parecía ameno –casi podría decirse que eran amigos- ella buscaba entre sus papeles y lo mantenía al tanto de lo que pasaba. Pero generalmente era Pansy quien lo buscaba para informarlo. Estaba ocupada de lleno en el trabajo que se había propuesto, y tomó la decisión de hacerlo bien para complacerlo y conquistarlo de una vez cuando todo terminara. Después de todo, ella también era una Slytherin, y también tenía sus propios intereses. La atracción física que había sentido desde un principio y se había concretado apenas en Howgarts se había transformado dentro de ella sin que acabara de comprenderla. Ya no era una diversión pasar el rato con él. Ya no era una obsesión o una manía, aunque se le pareciera. Había algo que no concordaba con aquellos años, que ahora le parecían tan lejanos, en el colegio, cuando se usaban mutuamente y se mostraban en público juntos, aunque nunca se declararan pareja. Ella había besado otras bocas y había jugado sucio con otros chicos de su misma clase, pero nunca se había sentido con ellos tan en paz como con él. Draco la había enamorado, aunque no pudiera admitirlo. Y aquello le repugnaba. Por eso fingía odiarlo, aunque ambos sabían que aquello era una máscara y ninguna de sus palabras de desprecio podía ser tomada como cierta.

Mientras acomodaba sus cosas en un portafolio con la intención de caminar un poco por las calles de Londres antes de entrar al trabajo, sintió un repiqueteo en la ventana de la cocina. Se acercó a ella corriendo y, agitada, con el pulso acelerado, tomó la nota que una lechuza marrón dejó sobre su mesa antes de partir nuevamente. El pergamino estaba arrugado y la letra parecían unos garabatos escritos con premura, pero en seguida supo que no era una nota de Malfoy.

Pansy:

Lamento avisarte a última hora, pero me ha surgido un caso urgente en el hospital y debo estar ahí a la una en punto. Te espero a las once en donde habíamos quedado. De nuevo, lo siento mucho.

Pansy Parkinson miró la hora y ahogó un gritito. Eran las diez y veinte. Si no se apuraba, no iba a llegar a su encuentro, porque debía pasar por el ministerio primero. Cambió de opinión sobre la caminata por Londres y metiendo los últimos papeles en el portafolio, se aventó a la Red Flusin mirar atrás. No podía perder esta oportunidad.

En la oficina las cosas no podían estar más complicadas. Su secretaria directa le había dejado sobre la mesa los papeles por un nuevo caso de una familia entera amenazada por un loco muggle que había descubierto su magia, en las afueras de Gran Bretaña. Cómo puede ser que yo tenga que resolver esto, ¿acaso no hay autoridades muggle que lo hagan?, pensó, abatida. Tenía dos citas para esa tarde y una que vendría por la mañana, pero le pidió a la secretaria que la cancelara. El encuentro que estaba previsto para su hora del almuerzo era, definitivamente, mucho más importante. Necesitaba mandar algunos papeles al superior del Departamento de Derechos Mágicos Internacionales y supervisar a un pasante del ministerio para cerrar un caso modelo para que consiguiera el trabajo definitivo. No podía sola con todo, y si el joven que se había presentado como pasante trabajaba bien, lo iba a contratar sin pensarlo dos veces. Cuando finalmente pareció acomodar todas sus obligaciones para darse un momento libre a media mañana, salió de la oficina y dio instrucciones a la secretaria de avisar que no estaría disponible por lo menos por una hora. En el momento en que salía, distraída corroborando que su bolso estuviera bien cerrado, tropezó con alguien que la hizo tambalear pero la atajó al vuelo en el aire justo a tiempo. Ella se incorporó, sorprendida, y lo miró a los ojos.

-¿Qué estás haciendo aquí? –exclamó, paralizada.

-Qué recibimiento me das, nena. ¿Por qué esa cara? –replicó Blaise Zabini entusiasmado, y le plantó un beso en los labios.

-¡Suéltame, cerdo! ¡Y no me llames así! –gritó ella golpeándolo en el pecho, hasta que él la soltó. –No vuelvas a acercarte a mí en toda tu vida. ¿Entendiste?

-Oh, vamos, Pansy, no puedes seguir enojada por aquello…

-Vete. –escupió, y viendo que no se iba a mover de su lugar, ella misma se corrió a un lado y siguió su camino. Cuando estaba a punto de alcanzar el ascensor, escuchó que él le gritaba:

-¡Espero verte pronto, nena, ya te extrañaba!

Irritada y con apuro, se perdió entre la gente. No era momento de ponerse a recordar los motivos por los cuales aborrecía a su ex novio, Blaise.

Diez minutos más tarde de lo deseado, Pansy cruzó la puerta del café muggle en el que una mujer de pelo largo, castaño y rizado un poco desordenado, y ojos oscuros, la estaba esperando. Se sentó frente a ella un poco incómoda:

-Te pido me disculpes por la tardanza. Las cosas estaban complicadas en el trabajo, ya sabes. Debí haber salido antes de mi casa…

-Está bien, no te preocupes. –dijo la otra, con una media sonrisa. –Yo tuve la culpa por enviarte ese mensaje de último momento.

-¿Te gustaría tomar un café? –preguntó Pansy, haciéndole señas a un mozo para que se acercase. –Esto va a costar un poco. –murmuró para sus adentros, pero la otra la escuchó y alzó una ceja.

El mozo se acercó y les tomó el pedido dos café dobles en jarrito, por favor. Cuando la castaña tomó su taza y dio un sorbito, la otra se le quedó mirando la mano y exclamó:

-¡Vaya, Granger, estás comprometida! Y qué anillo…

Hermione asintió, sonrojada, y miró su anillo de compromiso con ternura. Le dio la mano a Pansy para que lo observara detenidamente y la otra lanzó un soplido de admiración.

-De verdad es bonito.

-Cierto, muchas gracias. ¿Y tu, Parkinson? –acotó Hermione, sin acostumbrarse a la idea de estar sentada frente a aquella chica que apenas conocía y que por tanto tiempo había sido una rival natural en el colegio. -¿Sigues con Zabini?

-Oh, no. Esa historia se terminó hace mucho tiempo –replicó la otra, disgustada. –Ese desgraciado no merece ninguna mujer. Pero dime… ¿de quién eres la afortunada futura esposa?

Hermione rió con ganas ante esta pregunta, mientras sus mejillas se teñían de rubor.

-Ron Weasley. Todavía no planeamos casarnos, pero pronto vamos a mudarnos juntos a un departamento que hemos estado refaccionando.

-Vaya, eso sí que me sorprende. Me alegro por ustedes. –espetó Pansy, sonriendo. Al ver la sorpresa en la cara de Hermione, agregó: -De verdad, me alegra que después de todo lo que han pasado… ya sabes, eso de "el amor triunfará" terminara siendo cierto.

-¿Para qué me has citado, Pansy? –inquirió Hermione sin querer. Comprendió que había hablado demasiado pronto, por lo que quiso arreglar la brusquedad de la frase: -Quiero decir… es extraño que me llames… dado lo poco que nos conocemos. Y teniendo en cuenta lo sucedido en el pasado…

-Ah, el pasado. –dijo Pansy, suspirando. –Si pudiera borrar de un plumazo el pasado, Hermione, créeme que lo haría. La gente cambia, ¿sabes? Y creo que desde la guerra, todos hemos cambiado. Algunos para bien, otros tal vez para mal…

-¿Y que dices de tu propio cambio?

Pansy la miró con una sonrisa inexpresiva, casi apática.

-Pues creo que aunque todos maduramos, algunos todavía no sabemos por dónde vamos caminando. Puede ser muy difícil ver todo desde afuera cuando se es uno mismo… -reflexionó por unos instantes en silencio y luego retomó el hilo de la conversación. –Pero no creo que tengas ganas de perder el tiempo conmigo hablando de mis cambios. Además, te cité para pedirte un gran favor.

-¿Un favor? –vaciló Hermione, sorprendida. -¿Qué tipo de favor?

-Un favor muy grande, Hermione. Estoy trabajando en el caso de los Malfoy, para sacarlos de Azkaban. Necesitamos demostrar a las autoridades del ministerio de Defensa que no participaron activamente en la Segunda Guerra, ni para uno ni para otro bando. Pero resulta complicado, dado que el Innombrable utilizó su mansión como cuartel durante tres cuartas partes de aquel año, muy a pesar de ellos.

Hermione frunció el entrecejo. Recordó cómo se habían dado los hechos. Volvieron a su memoria fragmentos perdidos del Malfoy padre, insultándola en Flourish y Blotts poco antes de iniciar su segundo año escolar, amenazándola con su varita en las profundidades del Ministerio por obtener la vieja profecía, y luego sentado a una mesa con su familia al finalizar la guerra, solo, aterrorizado, con una expresión de profundo temor y arrepentimiento. Quiso creer que aquella última imagen era cierta y no sólo un engaño de su memoria selectiva.

-Comprendo lo que me estás diciendo, pero ¿qué puedo hacer yo por ellos?

-Tú, Potter, y Weasley pueden declarar a favor de Lucius y Narcisa Malfoy.

-¿QUÉ? –escupió Hermione, repentinamente acalorada. Afuera hacía un frío de muerte.

-Oh, Granger, por favor… sé que puede resultar complicado, pero por eso te cité a ti y no a ellos. De los tres, tú eres la más razonable y eres la única persona cercana a ellos que podría ayudarme a convencerlos para testificar que los padres de Draco abandonaron su condición de mortífagos aún antes de que cayera El-que-no-debe-ser-nombrado.

La chica desvió la mirada por un instante, ensimismada en sus pensamientos. A decir verdad, todo aquello sonaba como una estúpida locura. ¿Con qué poderosa razón irían a declarar su novio y su mejor amigo a favor de aquellos que habían sido sus potenciales enemigos durante tantos años? Todavía había un cabo suelto que no llegaba a captar. Comprendía lo que Pansy le había dicho, aquello de que la gente cambia con el tiempo…

-¿Por qué te interesa tanto sacar a los Malfoy de la cárcel, Pansy?

La joven la miró por un largo instante, primero sorprendida por la pregunta, luego sonrojada, y finalmente con decisión.

-Eso… es por la amistad que siempre he tenido con… esa familia. –mintió deliberadamente, tratando de sonar convincente. Pero Hermione no le creyó.

-Ya veo. –dijo, clavándole la vista, y luego sonriendo. –Creo entonces que no me equivoco al pensar que tu cambio fue positivo, Pansy.

Pansy Parkinson sonrió jovialmente. Aquello era más que un cumplido, pensó, viniendo de la que alguna vez, por estúpidas razones de tradición, había sido su archienemiga natural.