Epílogo: París


Yo no sabía que no tenerte

podía ser dulce como nombrarte para que vengas,

aunque no vengas;

y no haya sino tu ausencia,

tan dura como el golpe

que me di en la cara

pensando en vos.

Juan Gelman


Se sentía como una adolescente.

Eran las seis en punto y la habían citado a cenar para dentro de media hora. Había calculado el tiempo con mucha precisión: quince minutos de viaje en coche más cinco minutos de espera hasta que el maître la atendiera y le indicara la mesa que habían reservado para ellos serían suficientes para no llegar demasiado temprano, ni demasiado tarde. Un margen de diez minutos de adelanto era puntualidad. Más hubiera sido signo de impaciencia. Menos, dejadez.

Ahora estaba observándose en el espejo de cuerpo entero que tenía en la puerta del armario de su habitación con ojo crítico. No había cambiado demasiado en los últimos años, pero estaba entrando en la edad en la que las mujeres comenzaban a asustarse por las finas arrugas que aparecían alrededor de sus ojos o en las comisuras de sus labios. A ella, esas ligeras evidencias del paso del tiempo la exasperaban, aún siendo consciente de que todavía era joven y su cuerpo no mostraba tantos signos de deterioro como el de otras muchas mujeres de su edad.

Seguía siendo alta, esbelta, delgada y flexible. Llevaba el cabello negro muy corto, casi al ras de la nuca, con unos rebeldes reflejos dorados que había pintado con su propia mano para darle un aspecto más brillante y juvenil a sus facciones. Se sentía bastante satisfecha con su apariencia física; pero esa era una noche particularmente especial. Tenía una cita importante y deseaba causar una buena impresión. Por esa razón se miraba una y otra vez desde todos los ángulos, prestando especial atención a la forma en que se curvaba el elegante vestido negro a la altura de sus caderas, al tajo pronunciado que revelaba parte de sus largas y elegantes piernas envueltas en medias de nylon, y al sobrio escote que revelaba muy poco del tributo de su pecho. Los zapatos plateados combinaban perfectamente con los zarcillos que le habían regalado esa misma semana, y que había decidido ponerse para que la persona que la había citado en el restaurant –la misma que le había hecho tan costoso regalo- se sintiera halagada con ese pequeño detalle.

Dio un retoque final a su maquillaje agregando una última pincelada de simple brillo a sus labios. Le tiró un beso a su reflejo y se rió de sí misma con verdadera alegría. Se sentía una niña, pero no le importaba ser un poquito inmadura en ese momento. Estaba tan feliz…

Volvía a dar vueltas en círculos delante del espejo cuando sintió dos golpecitos leves en la puerta. Indicó un distraído adelante sin dejar de observar su imagen y escuchó la puerta abrirse a su derecha sin prestar mucha atención a la persona que entraba.

-Te ves radiante. –le aduló una voz masculina después de soltar un silbido bajo, provocador. Ella soltó una carcajada divertida y por fin se dio vuelta para enfrentarse a su visitante. Abrió los ojos por la sorpresa y sus labios formaron una perfecta O cuando lo vio de frente.

-¡Y tú estás guapísimo! –exclamó, acercándose hasta él en dos zancadas para mirarlo de cerca. Le tomó una mano y lo obligó a dar una vuelta para observarlo mejor. El hombre llevaba puesto un pulcro traje negro perfectamente planchado. La camisa blanca y la corbata rayada resaltaban aún más la expresión profunda de sus ojos oscuros. Eran una distracción factible, como para no notar su corto y encrespado cabello entrecano.

-Me molestan mucho estos zapatos. –confesó, también sonriendo divertido, mientras movía uno de sus pies sobre el suelo con frustración. –Jamás voy a acostumbrarme a este tipo de eventos si tengo que llevar ropa tan formal.

-¡Pero es navidad! –replicó ella, exultante, acomodándole las solapas del saco mientras echaba una ojeada al reloj de su mesa de luz con impaciencia. –Es una gran oportunidad para tener una cita como la que nos espera, ¿no crees? –Se alzó un poco sobre sus talones para poder darle un beso en la mejilla y cuando se alejó comenzó a reírse nuevamente de esa forma alegre e infantil. Frotó con dos de sus dedos la zona que había besado y se disculpó, todavía riendo. –Lo siento, te he ensuciado con labial.

-¿Estás preparada? –inquirió él cuando terminó de limpiarle la mejilla, y le tendió el brazo. Ella lo miró, arqueando un poco las cejas. Repentinamente, sus facciones se habían endurecido un poco, con un leve rastro de tristeza, y contestó:

-No lo sé, dímelo tú. ¿Estoy preparada para esta noche?

Él comprendió el motivo de su preocupación y rodó los ojos.

-¿Qué es lo que tanto te preocupa?

-Bueno… quiero darle una buena impresión. Nos hemos comunicado únicamente por teléfono y por carta. Pero de esa forma tan impersonal, uno puede parecer amable o desagradable, y sin embargo en persona las cosas cambian de manera radical. ¿Crees que podamos llevarnos bien?

-Creo… -comenzó él, meditabundo. –Creo que no se van a llevar bien. –hizo una pausa en la que ella lo miró entre el horror y la diversión, porque conocía perfectamente sus bromas. –Creo que se van a llevar estupendamente.

Esta vez fue ella quien puso los ojos en blanco.

-¿Cómo puedes estar tan seguro de eso?

-Fíjate –señaló una fotografía que estaba en la mesita de luz, semioculta tras los doseles de la cama, pero ella entendió perfectamente a qué se refería cuando agregó: -Tienen algo en común. Algo muy importante. Es probable que hagan su mejor esfuerzo por llevarse bien. Y estoy segura de que, al menos tú, lo lograrás si te lo propones. Siempre te sales con la tuya.

La mujer se quedó pensando por un momento, y, finalmente, asintió con una sonrisa.

-Tienes razón. Vamos, no quiero que se nos haga tarde.

Se aferró al brazo que él le había extendido por segunda vez, y salieron juntos de la casa para subir al automóvil. Hacía una noche espléndida y hermosa. Las estrellas parecían brillar con mayor intensidad que los faros de la autopista mientras él parloteaba sobre cosas triviales y ella apretaba los puños sobre la falda de su vestido en silencio, haciendo un gran esfuerzo por no reprocharle que manejara tan rápido y lamentando mucho no haber conducido ella misma esta vez.

Pero tuvo que agradecer, silenciosamente, la alta velocidad a la que acostumbraba manejar cuando por fin llegaron al lugar de la cita. La ciudad parisina estaba repleta de gente que había decidido, como ellos, festejar las navidades fuera de casa, por lo que se hubieran retrasado con el tráfico de las calles abarrotadas de coches si no hubieran llegado con los cinco minutos de adelanto que tuvieron para guardar el carro en un aparcamiento cercano al elegante restaurant. Cuando pudieron cruzar la puerta detrás de la marea de gente que acababa de entrar, el hombre se acercó a un mayordomo que estaba en la recepción, sentado en un alto taburete delante de un atril con un único cuaderno.

-Buenas tardes –saludó en francés, aunque se notaba claramente el acento inglés en sus palabras.

-Buenas tardes, caballero. –respondió amablemente el empleado, también en francés, observándolo a través de unos finos anteojos con montura de carey. -¿Tiene una reserva? El restaurant está completo esta noche.

-Sí, sí, tenemos una reserva a nombre del señor Parkinson. –aseguró el primero, y entonces el mayordomo bajó la mirada hacia el cuaderno sobre el atril y revisó su lista. En seguida, encontró el nombre que le habían indicado y sonrió a su cliente.

-Una mesa para cuatro. –indicó, y el otro hombre asintió enérgicamente con la cabeza, mirando a la mujer que lo acompañaba, que mostraba una sonrisa impactante en su rostro, aunque había un leve rastro de impaciencia y nerviosismo a juzgar por la manera en que miraba al maître. Éste, a su vez, le devolvió la sonrisa antes de volver a hablarle a su masculino acompañante. –Ya están esperándolos. Si gustan acompañarme usted y su adorable señora…

-Oh, no –negó rápidamente ella, sin borrar su sonrisa, confundiendo un poco al mayordomo, que ya se había puesto de pie para indicarles el camino hasta la mesa. –No estamos casados.

-¿Cree usted que podría una mujer como ella fijarse en un anciano como yo? –bromeó su acompañante, guiñándole un ojo a ella. El mozo pareció incómodo ante el comentario, pero no replicó nada. Comenzó a andar por el estrecho pasillo entre las mesas ya ocupadas y les indicó una esquina cercana, donde ya había dos personas conversando en voz baja, con las cabezas muy juntas, y tomadas de la mano por encima de la mesa.

Eran un hombre y una mujer jóvenes que no tendrían más de veinte años. Ella tenía la tez muy blanca y el cabello largo y lacio de color caoba cayéndole en finas ondas sobre los hombros. Sus ojos grandes enmarcados por una asombrosa fila de largas pestañas eran del color del lapislázuli, y sus facciones suaves la hacían verse muy bonita. Llevaba un vestido verde botella ceñido al cuerpo con un escote no muy pronunciado, y miraba a su pareja con los ojos tan perdidamente enamorados que daba gusto observar la escena desde lejos. Él, por su parte, tenía el cabello corto y negro, algo desordenado, lo que le daba un aspecto incluso más juvenil. Su piel parecía tersa y suave, blanca como la cal, sus facciones algo aristocráticas. Pero lo más llamativo del conjunto de su rostro eran sus ojos grises de mirada profunda, penetrante.

-Vaya, es muy bonita. –susurró la mujer a su acompañante mientras todavía los observaban desde cierta distancia, donde no podían ser vistos por la feliz parejita. Sintió un leve tirón en el brazo y de repente se vio arrastrada hasta la mesa, encontrándose de pie frente a los dos jóvenes, que alzaron la vista al mismo tiempo, algo avergonzados. El muchacho se puso de pie en seguida, tendiéndole la mano a la joven para que hiciera lo mismo, y rodeó la mesa para acercarse a ellos.

-Hola, mamá. –saludó, torpemente, cuando la tuvo enfrente. Sus mejillas se colorearon de un tono rosado sobre la piel pálida cuando ella se abalanzó sobre él para abrazarlo con fuerza, como si llevara mucho tiempo sin verlo. Aún así, le devolvió el abrazo, de manera un poco menos efusiva, pero igualmente cariñosa. –Feliz navidad.

-Feliz navidad para ti también, cielo. –replicó ella en su oído después de algunos segundos. Todavía no lo había soltado cuando oyó que su acompañante carraspeaba, y le ponía una mano en el hombro.

-¿Vas a permitir que salude a mi sobrino, o tendré que ponerme en la lista de espera?

Se desligó del abrazo de su hijo con renuencia para mirarlo severamente.

-Déjate de tonterías, Rabastan. No puedes arruinar mi momento feliz justo ahora.

Escuchó una leve risita proveniente de su costado, pero no se atrevió a mirar a la joven todavía. Al contrario que cualquier otra madre, no sentía celos de la novia de su hijo, sino que se sentía un poco intimidada por la impresión que podría llegar a causar.

-Feliz navidad, tío. –saludó alegremente su hijo, estrechando la mano de Rabastan quien, sin dudarlo, lo atrajo hacia sí para darle un breve abrazo. El chico no se sorprendió ni se ruborizó, sino que soltó una carcajada.

-Feliz navidad para ti también, Liam. –no habían pasado más de dos instantes de silencio cuando agregó: -Pero qué modales los tuyos. ¿No vas a presentarnos a esta preciosa joven a mí y a tu madre?

-Claro, claro. –se apresuró a decir el joven, haciéndose a un lado para tomar a su hermosa chica por la cintura y obligarla a dar un paso adelante. Ella parecía algo cohibida, pero mostraba una amable y encantadora sonrisa cuando los recién llegados la miraron con atención. –Amber, ella es Pansy Parkinson, mi madre. –señaló a su madre con un gesto de la cabeza, y tanto la joven como la mujer madura extendieron sus brazos para estrechar la mano de la otra, sonriéndose con auténtica alegría. –Y él es Rabastan Parkinson, mi tío muggle. –agregó Liam, señalándolo también con la cabeza, y esperando hasta que también se hubieron estrechado la mano. –Y tú eres Amber Dubai, mi novia. –terminó, a modo de broma, antes de tomarle la mano y darle un besito simpático en el dorso. Los ojos de su madre brillaron con perspicacia, y los de Amber, con ternura.

-¿Por qué no nos sentamos? Ese mozo de allá parece ansioso por venir a atendernos. –sugirió Rabastan, señalando sin mucho disimulo una esquina en la que había un hombre de pie, viendo cómo los cuatro se saludaban con unos cuantos menús preparados en las manos. Los demás le hicieron caso en seguida y todos se acomodaron alrededor de la mesa, listos para hacer su pedido.

La velada transcurrió tranquila y muy entretenida para todos. Liam contó, por segunda vez para su madre y por primera para su tío, cómo había conocido a Amber en la academia inglesa de sanadores. Ella agregó entre risas que había sido bastante torpe al presentarse, pero que quedó alucinada con él cuando salieron por primera vez después de muchos intentos fallidos de cortejo. Pansy y ella entablaron una conversación amena y distendida en la que se contaron muchas cosas. Los dos jóvenes tenían el sueño de ser sanadores y habían decidido estudiar en Inglaterra, donde estaba la mejor academia de todo el mundo. Muy a pesar de su madre, Liam había abandonado la casa familiar que compartía con ella y su único tío para estudiar en otro país, por lo que se veían pocas veces al año. Ella no había aceptado nunca ir a verlo en Londres, pero sí le reclamaba, ansiosa, que volviera con más frecuencia a su ciudad natal en París. Amber era nativa de Londres y había asistido al colegio Hogwarts, como casi todos los magos y brujas residentes de ese país, mientras que Liam había completado sus estudios en la academia Beauxbatons, en Francia. Tenían una relación formal desde hacía apenas unos meses, pero la cosa iba tan seria que los dos pensaron que había llegado el momento de presentarse a las familias del otro, y ella había aceptado encantada el pequeño viaje para conocer a la madre y al tío de su novio. Los cuatro parecían bastante satisfechos con la cena y la conversación cuando por fin salieron del restaurant por la puerta grande hacia el frío de la noche.

Los jóvenes iban caminando unos pasos más adelantados que los adultos mientras recorrían las calles distraídamente, viendo los escaparates de las tiendas ya cerradas y apreciando las luces de colores que estallaban en el cielo cada tanto, adelantándose a las doce de la noche. Los adultos habían decidido darles algo de privacidad mientras caminaban lentamente detrás de ellos, alejados por una distancia bastante prudente para no inmiscuirse de manera involuntaria en su conversación. A Pansy le gustó observar que cuando la joven tiritó un poco a causa del frío, su hijo se quitó en seguida la chaqueta para ponérsela amablemente sobre los hombros y evitar que enfermara. Después de ese gesto, le dio un beso suave en la punta de la nariz, y luego echó un vistazo hacia atrás para verificar que, tal y como imaginaba, su madre lo miraba fijamente. Se sonrieron el uno al otro y continuaron caminando sin volver a mirarse.

-Me gusta esa chica para Liam. –comentó Rabastan después de un largo rato de silencio sin mirar nada en particular. Iba con las manos metidas en los bolsillos del pantalón de vestir, lo que lo hacía lucir unos años más joven de los que en verdad tenía. Pansy sonrió.

-Sí, a mi también me cae bien Amber.

-Y sin embargo, a ti no te gusta la idea de que él se líe con una chica de Inglaterra. –refutó él con un tono suspicaz. Pansy frunció el entrecejo y le dio un codazo.

-A ninguna madre le gusta la idea de que su hijo viva tan lejos. –respondió, algo cortante.

-Estás suponiendo que van a casarse y mudarse a Londres de manera definitiva.

-Podría pasar.

-Pero no pasará.

-¿Y tú cómo lo sabes?

-Me cito a mí mismo: siempre te sales con la tuya. –se encogió de hombros, aunque sonreía. –Tú no se lo permitirás.

Pansy soltó una carcajada tan estridente que tanto su hijo como su nuera se dieron vuelta para observarla. Ella les hizo un gesto despreocupado y miró de nuevo a Rabastan, todavía riendo.

-Eso es absolutamente cierto.

Caminando sin un rumbo definido, habían llegado hasta una esquina que desembocaba en un hermoso parque repleto de árboles que los tentó a los cuatro por igual a caminar por allí, donde podían moverse con más libertad sin tanta gente. Se adentraron en él por el sendero asfaltado, pero no continuaron con la conversación anterior. Los jóvenes iban charlando alegremente mientras los adultos permanecían en silencio, cada uno perdido en sus propios pensamientos.

La noche iba cayendo lentamente sobre ellos mientras caminaban. Todavía quedaban algunas familias paseando por la zona, e incluso algunos niños pequeños jugando en las hamacas, pero el carrusel ya estaba cerrado. A lo lejos se distinguían las siluetas de tres personas que avanzaban en sentido contrario a ellos, pero no les prestaron mucha atención.

-En verdad... –soltó Pansy con cierto remordimiento, después de unos minutos en silencio. Su expresión había cambiado notablemente mientras observaba a su familia. –Yo no podría obligar a Liam a tomar una decisión así.

-¿A qué te refieres? –preguntó Rabastan, alzando las cejas. Había perdido el hilo de la conversación anterior por andar pensando en sus propios asuntos.

-Me refiero… -en ese momento no se le ocurrió la forma de explicar que no podría poner a su hijo en una situación de ese estilo. Ella recordaba a la perfección lo que significaba poner en la balanza el peso del amor de una madre en comparación con el de la mujer de la que se está enamorado, y no estaba dispuesta a convertirse en la jueza que dictaminara la sentencia definitiva de nadie. Lo había pensado mucho en los últimos meses, y había llegado a la conclusión de que podría soportarlo. Pero no iba a someter a su hijo a esa situación jamás. Él no tendría que elegir. –Bueno… mejor olvídalo.

Rabastan volvió a encogerse de hombros, y masculló en francés algo que a ella le sonó como a "allá tú".

En ese momento la joven parejita, que ahora iban tomados de la mano, se había cruzado de frente con la pequeña familia que se avistaba desde la lejanía. Eran un hombre alto y algo desgarbado y una mujer pequeña y menuda que tenía el brazo apoyado levemente sobre los hombros de su pequeño hijo, un jovencito rubio de aspecto encantador que tenía alrededor de doce años. El hombre y su mujer iban en silencio mientras el chico parloteaba en inglés sobre alguna revista que había leído. Ni siquiera se tocaban.

Pasaron juntos por el costado derecho, por donde iba caminando Amber, que los observó distraídamente al pasar, atraída por el acento del niño, pero no les dio demasiada importancia. De seguro eran turistas que estaban de paseo por las vacaciones de navidad, al igual que ella. Sintiéndose levemente observado, el padre de esa pequeña familia levantó ligeramente la cabeza para dar un vistazo alrededor. Sus ojos se encontraron, sólo por un segundo, con los peculiares ojos grises de Liam, que también lo estaba mirando. Había algo en aquella mirada que le resultó vagamente familiar, aunque no tuvo tiempo de pensar en ello, y no se detuvo tampoco en su caminata. Dirigió la vista hacia el frente de manera distraída…

…y detuvo su caminata de golpe. Se quedó rígido en su lugar, ajustando la mirada en la oscuridad cada vez más densa de la noche que estaba cayendo a sus espaldas. Veía, a pocos metros delante de él, la silueta de una mujer que hubiera reconocido en cualquier parte del mundo y en cualquier momento de su vida. Había soñado con ella día y noche desde hacía más de veinte años. Pero no era lógico, no era razonable, tenerla ante sus ojos.

Había pasado tanto tiempo desde aquella noche fatídica en que se despidieron por última vez, que creyó estar alucinando. No podía ser ella.

Pero su manera de andar le resultaba tan dolorosamente familiar que no pudo evitar el contener la respiración mientras se acercaba, paso a paso, hasta donde él estaba. Astoria todavía no se había dado cuenta de que lo habían dejado atrás, y Scorpius iba muy entusiasmado en lo que estaba contándole a su madre como para prestar atención a algo más que su cháchara. Estaba solo frente a su anhelo más profundo, frente a la causante de todas sus pesadillas. Notó, vagamente, que ella no estaba sola, sino que caminaba acompañada de un hombre adulto, algo encorvado, con unas finas líneas blancas en el cabello corto. No pudo ni quiso observar nada más de él, aunque sí sintió un pinchazo extraño en el pecho cuando se dio cuenta de que ella se aferraba de su brazo con una complicidad que nunca había alcanzado a tener con él.

Los músculos de las piernas se le habían agarrotado de manera repentina y ni siquiera podía intentar moverse de su sitio. Hizo un esfuerzo para pensar, pero la mente se le había puesto en blanco. Y ella estaba cada vez más cerca, a sólo diez o doce pasos, caminando con su gracilidad incomparable. Estaba cambiada, muy distinta. Parecía más pequeña de lo que había sido alguna vez. Se había cortado la larga melena negra que le llegaba hasta la mitad de la espalda cuando tenía veinte años y ya no tenía el recto flequillo cayéndole sobre la cara. El cambio le sentaba muy bien a sus facciones delicadas, acentuadas por una leve capa de maquillaje y las finas, finísimas arrugas que se formaban alrededor de sus ojos ahora que estaba sonriendo por un comentario que el hombre acababa de hacerle al oído. Ellos dieron otros dos pasos y se acercaron al radio de luz de un foco que los alumbró directamente y entonces pudo verla a la perfección, distinguirla de entre todos sus sueños y alucinaciones, saber que era tan real como lo era él mismo. Estaba allí, frente a sus ojos, tan hermosa y radiante como siempre.

Por el rabillo del ojo vio que Astoria y Scorpius habían advertido que él ya no los acompañaba y se habían detenido. Y entonces pasó justamente aquello que, en los pocos instantes que tuvo para pensar, temió que sucediera. Astoria lo llamó por su nombre.

-¿Qué sucede, Draco?

Ella levantó la vista bruscamente de manera casi automática, escaneando el lugar con una rápida mirada, hasta que sus ojos negros se encontraron con los grises de él. Al igual que le había sucedido a él cuando la vio en la distancia, se detuvo de golpe, impulsada por una fuerza externa a sus propias intenciones. Estaban a un metro escaso de distancia y se miraban a los ojos como si no existiera nada más que ellos dos en ese momento, en el más tenso y amargo de los silencios que se había creado entre los dos desde que podían recordarlo.

El paso de los años los había cambiado formidablemente, pero en aquel instante todo lo que tuvo lugar en ese tiempo de ausencia y silencio desapareció por completo, dando lugar a la oleada de sentimientos que los estremecía cuando tenían veinte años y no podían siquiera bosquejar un futuro para ambos. Todos los cambios que la vida misma les había integrado desaparecieron de un plumazo cuando se volvieron a mirar a la cara, y por unos mágicos instantes aquella luz blanca de su adolescencia los iluminó sólo a ellos dos en la oscuridad del pequeño parque al anochecer.

Pero, como todas las cosas tienen un principio y un fin, el hechizo se rompió al cabo de un momento y volvieron a la tierra demasiado pronto, sintiendo en el mismo instante, como en sintonía, la desazón y el dolor que los arremetió como una puntada en el centro mismo del pecho cuando la luz blanca sobrenatural se apagó por completo y regresaron a la realidad sin dejar de mirarse a los ojos. La magia se había perdido en los recovecos del tiempo. Y aún así el dolor, la distancia, los años transcurridos, la vida misma, no les alcanzó a ninguno de los dos para extinguir por completo el amor que sentían el uno por el otro. En ese instante todos los viejos temores, las dudas, y sobre todo la desdicha, se incendiaron de nuevo en sus corazones, haciéndolos sobresaltar y respirar agitadamente, como si hubieran corrido una imprudente distancia para echarse a los brazos del otro. Pero ni siquiera se habían movido un milímetro, ambos paralizados por completo en sus puestos. Todo a su alrededor parecía haber desaparecido. Los troncos de los árboles, los faros, las personas e incluso el asfalto perdieron sus contornos, se volvieron difusos, borrosos ante sus ojos, porque sólo podían mirar las facciones del otro, siempre perfectas, asimétricas y eternamente recordadas.

-Pansy. –dijo en voz alta Rabastan en un tono seco y acusador. El sonido de su voz rasposa los hizo volver a ambos a la realidad y de golpe y porrazo volvieron los veinte largos años de ausencia, el peso del amor frustrado, el sordo dolor sepultado en el fondo de sus corazones para salir adelante por sus caminos separados. Dejaron de verse como los jóvenes de veinte años que habían sido alguna vez y se reconocieron en la madurez del tiempo transcurrido.

Cayeron en la cuenta de que las familias de ambos estaban esperándolos para continuar con sus caminos, como si no fuera tan importante el intercambio silencioso de sentimientos que estaba dándose lugar entre ellos dos en ese instante. ¿A quién podía importarle todo lo demás cuando lo que se siente por otra persona es tan fuerte?

Liam y Amber se habían detenido en algún momento de su caminata y habían regresado hacia atrás hasta ubicarse detrás de Draco, a pocos pasos de su espalda. El muchacho paseaba la mirada entre su madre y el extraño desconocido parado en medio del camino con el entrecejo fruncido, preocupado por la expresión turbada, llena de horror, en el rostro de la mujer que más adoraba en el mundo. El sonido de su voz fue suficiente para sacarlos por completo a ambos del ensueño.

-¿Mamá? ¿Te encuentras bien?

Draco desvió la mirada bruscamente de los ojos de ella, cortando la interminable conexión que se había creado, para clavar sus penetrantes ojos grises en los de aquel chico que había hablado. Y entonces se dio cuenta de todo.

Comprendió por qué esos ojos le resultaban vagamente familiares. Debió haberlo sabido en el momento en que se cruzaron sus miradas por primera vez, apenas unos momentos antes. ¿Cómo es que no se dio cuenta? ¿Pudo ella haberlo ocultado durante tanto tiempo? La sorpresa le hizo abrir la boca y levantar las cejas a una altura prácticamente imposible, mientras continuaba estudiando su rostro, y encontrando a cada instante más facciones reconocibles para él. Cada nuevo parentesco se le presentaba como un puñal clavado en el costado, como un cuchillo ardiendo que se hundía más y más en sus músculos agarrotados.

Eran sus ojos los que lo miraban con expresión de desconfianza. Sus mismos ojos, con ese tono gris único de los Malfoy, con ese brillo peculiar de frialdad y dureza, con esas pestañas alargadas y espesas que parecían casi femeninas. Eran los mismos ojos que le devolvían la mirada cada vez que se veía en el espejo.

En la fracción de segundo que le tomó volver la mirada una vez más hacia Pansy pensó mil y un formas de pedirle una explicación a lo que acababa de comprender. Pero cuando se encontró otra vez con su mirada no pudo articular una sola palabra. Ella también estaba viéndolo, con una mezcla de culpabilidad y terror en sus ojos negros.

No tuvieron tiempo de decirse nada. Rabastan se había encargado de entrelazar nuevamente su brazo con el de ella, aferrándola firmemente muy cerca de su cuerpo para arrastrarla si no se dignaba a caminar.

-Todo está bien, Liam. Nos vamos.

Ella no se negó a caminar, aunque su paso era un poco tambaleante ahora, y había dejado de lado la elegancia que siempre tenía al andar, como si se deslizara suavemente por la superficie de cualquier suelo. Para sorpresa y frustración de Draco, había agachado la cabeza y clavado la vista en sus propios zapatos, incapaz de mirarlo de nuevo. Y él no tuvo otra alternativa que quedarse petrificado en su sitio, porque la sorpresa y el desconcierto una vez más lo habían tomado completamente desprevenido y se sentía incapaz de moverse. Oyó vagamente cómo lo llamaba su esposa otra vez, con un leve tono de impaciencia, pero no le hizo caso. Se giró apenas sobre sus pies para observar a la pequeña familia emprender la retirada. Ella no se dio vuelta ni una sola vez para mirar sobre su hombro, simplemente se dejó arrastrar por Rabastan, intentando mantener la compostura, aunque por dentro cada pieza de su ser estaba descomponiéndose presa de una lenta incineración de recuerdos.

-Liam –susurró Draco para sí mismo, aprendiendo ese nombre, saboreando con la punta de la lengua cada letra, como si de esa forma pudiera recordarlo para toda la vida. Clavó la vista en la espalda del chico, sin prestarle atención a la que parecía ser su novia, y lo observó caminar mientras giraba la cabeza por encima de su hombro para echarle otra mirada furibunda. Y estaba en todo su derecho de sentirse enojado, porque incluso él mismo estaba enojado: consigo mismo. Podía reclamarle un montón de cosas, empezando por el momento de confusión y dolor que acababa de hacerle sufrir a su madre por ese repentino e inesperado encuentro.

O tal vez podía reprocharle el horror que la había condenado a vivir cuando le dio la oportunidad de tomar la última elección para sus vidas.

Quizá, podía recriminarle los veinte años que había pasado sin conocerlo, sin siquiera tener idea de su existencia.

En resumen, podía molestarse con él por no darse cuenta a tiempo de que tenía un hijo que era asombrosamente parecido a él.

Cuando las sombras de la noche se tragaron por completo las siluetas de los cuatro caminantes, por fin pudo reaccionar. El alma le volvió al cuerpo y comenzó a respirar con normalidad después de centrarse de nuevo en su primer objetivo. La vida le había dado la oportunidad de ser feliz y él la había rechazado aristocráticamente. En ese instante, hubiera echado a correr para detenerla, volver a mirarla a los ojos, tocar con sus propias manos al joven moreno de mirada gris y corroborar que todo eso era real y no un estúpido sueño; pero no podía dar marcha atrás ahora, no después de veinte largos y dolorosos años. Aunque tampoco podía dejar de lamentarse por ello. Y ahora tenía otro motivo para odiarse a sí mismo. Su nueva razón tenía veinte años y algunas facciones idénticas a las suyas, se llamaba Liam y era su hijo.

-Maldita sea, Draco, ¿se puede saber qué demonios tienes? –exigió la voz de Astoria, que parecía venir desde el extremo de un tubo muy largo. Siempre se ponía algo violenta cuando la gente no le hacía caso, y eso era algo que él solía hacer muy seguido, a veces sólo para molestarla. Con los años había alcanzado un estado de locura y excitación similar al que tenía su padre desde que había entrado a Azkaban, aunque no llegaba a decir incoherencias y no deliraba el nombre de su esposo, porque, a diferencia de su padre, no lo amaba. Scorpius se había acercado hasta él y lo miraba confuso con sus penetrantes ojos grises. Otro par de ojos grises idénticos a los suyos. Unos ojos que llevaban su apellido, pero no se lo merecían tanto como los que acababan de pasar.

-¿Estás bien, papá?

Aspiró una bocanada de aire que le heló los pulmones, pero no esperaba nada menos.

-Estoy bien. –mintió, aunque no importaba lo que dijera ahora. Comenzó a andar, apoyando una mano en la espalda de su hijo, hacia donde su mujer lo estaba esperando con ambas manos sostenidas en las caderas y gesto sumamente impaciente.

Esto era todo lo que tenía. Todo lo que se merecía. Y todo lo que nunca alcanzaría a adorar con la misma intensidad con que la había amado a ella. Ya ni siquiera tenía fuerzas para intentarlo. Y en el fondo de su corazón guardaba la esperanza de que, algún día, sin importar los muchos años que pasaran entre medio, pudiera volver a verla, a acariciar su rostro, tomarla entre sus brazos sin apuro, entrelazar sus dedos con los de ella, y susurrarle al oído cuánto la había amado. Cuánto la amaba aún hoy, cada minuto de su vida, cada día de su existencia. Y por si acaso no pudiera hacerlo, contaba con que ella lo supiera por simple intuición; de la misma forma en que él siempre tuvo la certeza de que su promesa se había cumplido: jamás dejaron de pensar el uno en el otro. Porque sin importar el sendero que les hubiera marcado el destino, así había sido y así sería siempre.

Porque así era como tenía que ser.

-FIN-


Bueno... al fin me atreví a ponerle esa endemoniada palabrita a esta historia.
Sé, por sus reviews y un poco también por intuición, que en este momento las expectativas con respecto a mi fic están en crisis. A algunas les dio satisfacción este final. A otras, no tanto. Casi todas quieren asesinarme lentamente con sus propias manos. Y vaya si las entiendo.
Pero la verdad es que no tengo mucho más para decir con respecto a este tema... es como cerrar la tapa de un gran, GRAN libro, y suspirar. Y quedarme mirando fijamente al vacío, saboreando las últimas líneas leídas. Menuda paradoja comparar la escritura con la lectura, pero más o menos así se siente esto.

Teniendo en cuenta que nació como un proyecto en el que no tenía puesta ninguna esperanza, se podrán imaginar lo orgullosa y feliz que me siento de tenerlas aquí, habiendo leído esta historia. Al igual que yo me propuse alcanzar y superar sus expectativas en la medida en que escribía, ustedes también superaron todas las mías. Sus comentarios fueron un gran apoyo para mí, porque me ayudaron a continuar, a seguir adelante. Es más fácil escribir cuando se escribe para alguien, cuando se tiene un fin específico. Y yo no quería fallarles. Así que esto, aunque salió de mi, es de ustedes.

'Todos los magos sienten miedo' les pertenece a ustedes.

Me puse un poquito melancólica, lo sé. Pero no quería dejar de decirles esto. Y de agradecerles, profunda, profundísimamente (ahí va Samara inventando palabras) por todo este tiempo que les robé y me regalaron. Por las palabras de aliento, los días de apoyo. Por los reviews, por supuesto, y también por los mensajes personales, las conversaciones vía MSN. Ya saben que sin todo eso nada de lo que se dio aquí hubiera existido.

A las que siguieron esta historia desde el principio, Sandriuskar y Silvers Draco... Ay! no me alcanzan las palabras para agradecerles todo el aliento que me dieron. No se dan ni una idea de cuánto me ayudaron sus consejos. Sandra, tu último PM me ha dejado pensando y llegué a la conclusión de que tienes algo de razón. Fui un poco egoísta en el final, no dándoles la oportunidad a Draco y Pansy de estar juntos y sentirse completos. No quiero decir que no han sido felices. Para mí, Pansy sí fue feliz. Y bueno... el final no es tan abierto.

Silvers Draco, siempre seguiste la línea de la perspectiva Slytherin y me encarrilaste cuando me estuve yendo por las ramas. Parece como si conocieras a la romanticona que hay en mí y la mantuvieras a raya para no hacer de Draco un ser que chorrea miel y azúcar. Ni te imaginas lo útil que fue cada uno de tus reviews para mí, aunque me dio pena no poder contestartelos directamente.

A las que se sumaron hacia el final (Alehp, MoonyMarauderGirl, CissyCardbuge, Angelica malrry, Ginnevre, Sowelu, Jor... creo que no me olvido de nadie) también tengo mucho para agradecerles. Me han sorprendido, de verdad. La mayoría de ustedes se tomaron el tiempo y la dedicación de leer los capítulos a un tiempo record (admirable) y me lo han dejado saber, haciendo que mi orgullo y mi fascinación por este proyecyo se inflaran casi hasta explotar. Tuve en cuenta todos los consejos, las críticas, y, sobre todo, las palabras de aliento que me dieron. No puedo dejar de agradecerles.

Ahora me estoy poniendo repetitiva. No quiero resultar pesada. Sólo quiero que sepan que adoré esta linda experiencia, y que estoy MUY agradecida con todas ustedes, porque he aprendido mucho de esto y me ha servido un montón para mi beneficio personal, aunque no lo crean. Es probable que pronto vuelva por estos lares. No sé si con un longfic como este, pero quizá... bueno, ¿quién sabe? Mi cabeza se llenó de ideas estos días, pero no tengo nada concreto. Para Harry Potter había pensado un Hermione/Ron sin magia, algo convencional. Y también pensé en escribir fan fiction de Twilight, pero todavía estoy indecisa. Voy a mandarle un texto a mi musa a ver qué opina ella (cuaccc!)

Bueno, ahora en serio, eso es todo. ¿Me queda algo por decir? Ah, sí: gracias. Gracias a todas mis lectoras.

Miles de millones de besos!

Samara, la cuenta cuentos