Semana número I

Rosie's- Crónicas Organizadas de Rosie Weasley.

Crónica I

Lo sé, todas las historias convencionales comienzan con el principio de algo, pero la palabra "convencional" no está en mi diccionario. O, al menos, no debería. Casi todo lo que me rodea es absolutamente anormal, no en un modo despectivo sino en cierto tono de desprecio cariñoso, como cuando insultas a alguien porque le quieres… no, no sé si me explico.

Tomemos un pequeño ejemplo (porque está más que demostrado que estas cosas deben enseñarse con ejemplos): mi hermano. Con sus quince añitos, es un puñetero genio de las matemáticas, de la alquimia y en definitiva de todo lo que pueda contarse, medirse, pesarse, ordenarse o mezclarse. Y, sin embargo, es un vago, un auténtico desordenado, dejado, holgazán, apático, perezoso e insolente. Debería comenzar a preguntarme cuál es la exacta razón por la que le quiero, y si no la encuentro, debería revisar ambas partidas de nacimiento en busca de algo que indique que en realidad no es mi hermano y que a alguno de los dos nos encontraron un buen día en la puerta de casa cuando mis padres venían del cine.

Así que, como podrás comprender… no, mi vida no es del todo normal. Y si te contara… pero no lo haré. Como te explicaba, esto comienza al final. Al final del verano, porque si tengo que escoger entre decir que es el final del verano o decir que es el principio del curso, escojo el verano. Era mi última semana, y cualquier estudiante de diecisiete años entiende lo que significa la última semana del último verano que tendrás jamás. A decir verdad, ahora que lo pienso la gente no tiene ni la más remota idea de lo que significa, porque antes del último año, crees que todos los veranos serán así, que siempre tendrás tiempo para no hacer absolutamente nada.

Yo, a mi manera, sabía que no era verdad, tenía muy claro lo que quería y no quería hacer. No quería volver a clase. ¡No quería! De ningún modo. Me sorprendí a mí misma, porque se me daba bien el colegio, se me daba muy bien. Pero… al principio era porque no me apetecía volver, no quería pasar por lo mismo de cada año: el tren, las horas de estudio, las horas de no dormir… pero después… era por Robbie.

Veraneo en Australia, con mis padres, y mis abuelos, cosa que en mi familia es relativamente poca gente. Y allí, en verano… es invierno, sin fiestas, sin árboles de navidad ni regalos, ni nada, simplemente invierno. Como no, mi madre nos obligó a todos a ponernos los esquís desde que tuvimos uso de razón y, aunque a mi padre no le gustaba mucho que, con cinco y siete añitos, fuéramos de aquí para allá deslizándonos a toda velocidad, ahora se nos da mejor que bien. Hugo participa en concursos de velocidad, y mi madre le tiene prohibido usar la magia para correr más, pero cuatro primeras posiciones en las competiciones júnior hacen sospechar a cualquiera. Yo, por mi parte, me quedo en casa todo lo que puedo. Y allí es dónde empezó lo de Robbie.

Robbie Banks, era un chico que vivía un par de calles más debajo de dónde nosotros solíamos alquilar nuestra casa en verano. Mi abuela se pasó tres veranos seguidos repitiéndome lo buen chico que era, que debería hablarle, salir a jugar o lo que fuera que fuese lo que hacemos los adolescentes. Pero yo sabía que secretamente guardaba la esperanza de hacer de alcahueta y que de mí saliera una especie de yo en versión coqueta, me maquillara a todo color, me alisara el pelo o incluso, saliera a cenar. Mi abuela llevaba tres años repitiéndomelo, él llevaba tres años intentando que le hiciera caso con toda clase de proposiciones para pasar el tiempo, y yo llevaba tres largos años dándole largas.

No era por él, él era un encanto, el problema estaba en que yo no comprendía exactamente cual era el sentido de todo aquello. Quiero decir, el sentido de establecer una relación con alguien a quién solo vas a ver un par o tres semanas al año. No lo negaré, era tremendamente atractivo y en cuanto se fue haciendo mayor y adquiriendo ciertos hábitos como el de despeinarse el pelo al rascarse la cabeza y perdiendo otros, como el e balancearse adelante y atrás cada vez que me preguntaba si tenía la tarde libre, fue adquiriendo un atractivo que simplemente no puedo describir. Pero seguía sin entender porqué debería hacerle caso, sabía que si pasaba tiempo con él, si me hacía su amiga, terminaría gustándome, lo sabía, me conocía muy bien, y no quería, bajo ningún término, establecer una relación con alguien a quién no iba a ver en prácticamente un año. A eso, se le denomina autodefensa. Le había puesto toda clase de excusas, desde "tengo que estudiar" hasta "he leído en el horóscopo que hoy no puedo salir de casa", pasando por "tengo un helado frito en el horno…".

Pero aquel día, mi hermano tenía una competición y yo una gripe de aquellas que hacen historia. Así que, mi abuela, amablemente, se ofreció a no pasar las horas de frío y empujones, a cambio de cuidar de mí. Si hubiera estado en mi casa mi abuela Molly me hubiera preparado una sopa milagrosa y se me hubiera pasado en diez minutos, pero, aunque mi madre hubiera sabido hacerla, en Australia andan escasos de ingredientes.

Debían ser las diez de la mañana y yo, aceptando que no podía hacer nada por aliviar los síntomas, no me había levantado de la cama, aunque llevaba media hora despierta. Podía oler el chocolate caliente que mi abuela me estaba preparando abajo, así que cogí un par de cojines y me volví a meter en la cama, incorporada, despeinadísima, pálida, ojerosa y mocosa, esperando el sabroso desayuno.

Llamaron a la puerta, pude oír a mi abuela darle la bienvenida a alguien , pero no le di importancia porque mi abuela ya había recibido alguna visita de una amiga que tenía en los alrededores y además, si decidía salir y dejarme sola, mejor que mejor. Pero no era ninguna vecina… a los quince segundos oí los pasos de alguien subiendo pesadamente las escaleras, pensé en mi chocolate caliente… me imaginé que mi abuela me subiría una taza humeante. Pero se abrió la puerta y un nervioso pero sonriente Robbie entró en mi habitación.

Fue un poco violento, no porque me moqueara la nariz, ni porque tuviera algo entre una cresta y dos coletas en la cabeza, ni porque todavía conservara los restos de maquillaje del día anterior desparramados por toda la cara, eso me daba igual… quiero decir, ¿para qué querría causarle buena impresión? Me había negado a gustarle durante tres años y no iba a empezar ahora. El problema era que el chico es muggle, y mi habitación es la que toda bruja adolescente, más o menos, tiene: una fotografía enorme de mí misma y media familia, obviamente, en movimiento, colgaba de la pared (una versión en miniatura de mi primo Albus metía la trenza de mi prima Dominique en un pote de tinta, y mis primas Lucy y Molly perseguían a mi hermano a todo correr), había un estandarte de Gryffindor en la pared de justo encima de mi escritorio, por no decir que encima de él tenía un par de calderos y alguna probeta con lo que, seguro no era agua colorada ni mucho menos zumo.

Lo peor, la fotografía, le cogía justo de frente, pero solo se extrañó un momento y enseguida volvió la cabeza hacia mí y dio un par de pasos en dirección a la cama.

- ¿Cómo te encuentras? – dijo.

Yo solo le miré con cara de póker, llevaba unos pantalones de pana negra, un jersey marrón y sostenía un gorro azul de lana en la mano, cosa que explicaba muy bien que él también estuviera tan despeinado. Pero, debo admitir, que le sentaba tan bien cómo a alguien puede sentarle estar despeinado. Por lo demás, es decir, descartando el atractivo de su aspecto desaliñado y su mirada confusa, el chico era más bien mediocre, tenía los ojos de un marrón mediocre, unas cejas más bien gruesas a conjunto con su pelo, de un castaño claro también bastante mediocre.

- Me ha dicho tu abuela que tienes la gripe.- insistió.

Asentí lentamente y tragué saliva al ver que se tomaba la libertad de pedirme permiso con la mirada para sentarse a mi lado en la cama. No esperó respuesta y se sentó justo delante de mí.

En ese momento me di cuenta de que entre mis cavilaciones sobre la decoración de mi habitación a él le había dado tiempo a cerrar la puerta. Me sonrió y, creo, comprendió que no me hacía mucha gracia que siguiera restregándome que estaba enferma, cuando aquello era indiscutible.

- Estoy mejor pero… sigo teniendo algo de fiebre. – dije no muy convencida.

Pareció contento de que le contestara, aunque fuera una conversación un poco estúpida.

- Rose….

- Llámame Rosie.- le interrumpí. No fue un acto de cortesía, ni que quisiera establecer ninguna clase de relación de confianza, es que odio que me llamen Rose.

- Oh, bien. – tampoco se lo tomó muy bien, porque hablaba en una especie de tono solemne de discurso de principio de curso- Es que me gustaría…

A veces, la vida es más oportuna de lo que parece, y el hecho de que justo en ese momento mi abuela nos interrumpiera trayéndome una bandeja con el chocolate caliente, solo me dio una razón más para creer en alguna especie de ser o seres superiores que dominan el cosmos a su antojo.

Él se puso en pie y dejó que, con una sonrisa más bien pícara que de típica ancianita buena, mi abuela me pusiera una rebosante taza de chocolate y galletas justo delante. Se marchó cerrando la puerta no sin antes ofrecerle una taza a Robbie que, por cierto, rechazó, y insistiendo en que, él podía quedarse todo el tiempo que quisiera.

Se quedó de pie, viendo como me tomaba los primeros sorbos del chocolate.

- Tu abuela es muy amable. – asentí algo sarcástica.

Y entonces se nos vino encima un silencio incómodo. Las mesas plegables me hacen gracia, pero terminan por hacérseme muy pero que muy incómodas, me siento bajita, así que decidí quitármela de encima e intenté ponerla sobre el escritorio, me ayudó enseguida. Pero me entendió mal… porque volvió a sentarse a mi lado. Le maldije, no literalmente, claro, aunque hubiera estado bien.

- Cuando estés mejor, estaría bien que…

No estaba para esto, me moqueaba la nariz, me dolía la cabeza y me sentía arder la frente, no tenía ganas de que viniera a hacerme la enésima propuesta de una cita, que ya debería haber aprendido que yo no quería.

- Robbie, - así que le interrumpí- no tengo ganas de que nos veamos en vacaciones, ni de que nos hagamos amigos, ni de que veamos películas juntos, creo que terminarías gustándome y no quiero que eso pase. Pensaba que ya lo habías entendido, porque siempre te estoy poniendo excusas para no verte.

Hay algo que deberíais saber de mí, a veces, tengo ataques de sinceridad. Pero no sé en que parte de mi pequeño discurso debió de perderse, porque inmediatamente después se me acercó peligrosamente y me besó, amenazando la seguridad de mi querido chocolate caliente.

En cuestión de segundos, yo le miré concentrando toda mi intención en que mi mirada dijera "¿Cuándo te he dicho yo que hicieras eso?", y él se puso en pie y se marchó sin decir una palabra más.

Pero tengo que admitir que mi vida no es precisamente interesante, y esa clase de escenas más propias de una novela de Jane Austen no suelen ocurrirme muy a menudo. Así que, en mis ratos libres, es decir, en los momentos en que no tenía que soportar que mi abuela hiciera comentarios malintencionados sobre porqué Robbie se había marchado tan rápidamente, reflexioné seriamente sobre ello. Por una parte, aquello seguía sin tener mucho sentido, volveríamos a casa en una semana, él podría sospechar que soy una bruja, y no me hace ninguna gracia, pero por otro lado, hacía mucho que nadie sentía algo así por mí, o al menos, lo demostraba, así que me decidí. La única manera de quitármelo de encima era decirle que era una bruja, que me tomara por loca y no quisiera verme más.

Pasé toda la mañana en la cama, con esa idea en mi cabeza, configurando un discurso e incluso ensayando una mirada de loca de atar. Pero por la tarde me comencé a encontrar mejor, y decidí ducharme y cambiarme de ropa, para pasar el resto del día delante del televisor.

En poco tiempo me quise morir. Volvió a sonar el timbre y pensé que volvería a ser él, y cuando mi abuela sonrió de oreja a oreja levantándose del sofá para ir a abrir, consideré volver a despeinarme y meterme en la cama. Pero la voz de mi padre me tranquilizó. Él, mi abuelo y mi hermano cantaban a pleno pulmón no se qué himno triunfal. La primera en entrar en el comedor fue mi madre, no se había quitado ni la chaqueta ni el gorro.

- ¿Cómo te encuentras, cariño?- dijo, y me puso la mano en la frente.

- Bien, mamá, mejor.

- ¡Hermione! – mi padre entró como una avalancha en el comedor, hablando un par de tonos por encima de lo normal, se le veía acalorado y muy pero que muy contento- ¿Dónde están…?- mi madre le hizo bajar la voz con una de sus miradas de cejo fruncido, entonces me miró a mí como diciendo "seguro que a Rosie le duele la cabeza", lo cual no era exactamente verdad, entonces él repitió la pregunta en voz baja- ¿Dónde están las llaves del coche? Hugo quiere que vayamos a por algo para celebrar… - de repente, pereció acordarse de algo importante, dio un par de pasos hacia nosotras y se sentó a mi lado en el sofá- ¡oh! ¿Estás mejor, Rosie?

Me recordaba al abuelo Arthur cuando hacía esas cosas. Asentí sonriente.

No tardaron en dejarme en paz, mamá simplemente se quitó la chaqueta y el gorro y terminó sentada en otro sofá, igual que mi abuela. Y ahí estábamos, mi abuela, mi madre y yo viendo concurso televisivo. Casi agradecí que volvieran a llamar al timbre.

Y esta vez sí era él. Papá asomó la cabeza por la puerta del comedor, sonriente y con las cejas alzadas.

- Rosie tiene una visita. – dijo, sin tono burlón ni destacando ninguna palabra, ni nada. No hacía falta, la simple idea de que yo tuviera una visita, alteró la paz familiar y transformó a mi abuela en un ser eternamente sonriente, y a mamá en unos ojos inquisitivos.

- Voy.- dije tajantemente, me puse en pié, y fui en dirección al vestíbulo.

Antes de poder llegar siquiera a la puerta, pude oír a mi hermano cantando alguna especie de cancioncita de patio de parvulario con tono burlón.

Respiré hondo, preparada para mi actuación estelar, abrí la puerta, salí fuera y la cerré detrás de mí. De lo cual me arrepentí inmediatamente. Fuera hacía frío, y yo llevaba unos tejanos, una camiseta de manga corta y la bata de estar por casa. Aunque lo prefería a hacer que Robbie pasara dentro de casa y hacer de bruja loca bajo las curiosas miradas de mi madre y mi abuela desde la otra punta del pasillo.

- Hola.- le dije, sin una gota de vergüenza, le miré a los ojos y sonreí, aquel era el primer paso para que pensara que me faltaba un tornillo.

Él solo me devolvió la sonrisa y se quitó el gorro de lana azul. Pasaron unos segundos en que temí de verdad por mi integridad física y moral, me daba miedo que le diera otra vez por tirárseme encima.

- Respecto a lo de esta mañana… - comenzó, al fin.

- No puede ser,- me precipité, me precipité, lo sé- es que… es difícil de explicar pero, no puede ser, soy una bruja. Pero de las de verdad, hago magia.

Intenté sonar lo más infantil que pude, pero a mi no me salen esas cosas, solo conseguí un tono ligeramente enajenado, soñador.

- Ya lo sé. – dijo encogiéndose de hombros con despreocupación.

- ¿Qué?- tan seria que sonaba enfadada.

Me miró con escepticismo.

- Tu padre me lo contó un día, creo que fue cuando se nos estropeó la caldera, vino y la reparó enseguida. - asintió convencido- Sí, también me dijo que montáis en escobas y esas cosas…

- ¡Frena! – casi le grité- ¿Mi padre, te ha contado que hacemos magia,- hacía una pausa cada tres palabras para asegurarme de que me entendía- y tú, no solo te lo has creído, sino que te da igual?

Asintió algo confundido.

- De hecho me parece algo bastante interesante porque… ¿te encuentras bien?

Me había tapado los ojos con la mano. Odio cuando las cosas no ocurren como las tengo planeadas, y me desconcierta, necesitaba pensar un poco.

- ¿Rosie?- me miraba preocupado.

- Estoy bien, - dije sin moverme un milímetro- tengo que pensar… ¿qué…?- al fin me destapé los ojos y volví a mirarle- ¿Qué querías decirme esta mañana, a parte de…?- me señalé la cara con la mano, de una manera bastante torpe.

Cogió aire.

- Me gustas, Rosie, mucho.

Odiaba que pasaran estas cosas. Estuve a punto de pedirle, por favor, que me dijera algo que no fuera obvio. Maldita sea, pensé, está más encantador por momentos.

- De acuerdo. - no tenía escapatoria, me había quedado en blanco. Él me miró algo cohibido y confundido- Vale.- lo dije como si aceptara alguna especie de oferta comercial.

Y volvió a hacerlo, me besó como si no existiera el mañana.

Así que, técnicamente, estuve saliendo con un chico durante una semana… porque me quedé en blanco. Y antes de volver a Inglaterra comprendí que, aunque las mujeres establezcamos una especie de conexión sentimental, hormonal y psicológica, yo, Rosie Weasley, fui capaz de analizar objetivamente las posibilidades de una relación transcontinental y afrontar maduramente una ruptura.

Pero, por Merlín, cómo le echaba de menos.

Mary Jane: Excepto por Robbie, los personajes no son míos, son de JKRowling. Espero que os haya gustado.