Crónica IV

Mary Jane: Lo sé, no es gran cosa, pero es un capítulo más, y es el capítulo anterior a una gran sorpresa… muajajajajaja…. (eso era una risa maléfica). Disfrutad. Ah, por cierto, este capítulo va dedicado a Jan, mi fan incondicional. ¡¡Muaks!!

Enseguida obligué a Rox a centrarse y comenzar a avanzar en lo que a los deberes se refiere. Sí, lo sé, lo normal a estas edades es que a la mínima, tu mente se dispersa y se concentra una sola persona, en el amor incondicional, el atontamiento en definitiva, te haga desconcentrarte, y volverte de lo más inútil en lo que a estudios se refiere. Pero no, yo no era así, nadie iba a privarme de lo que se me daba mejor, y cuando las notas salieran y él pudiera comprobar que era no solo atenta sino una alumna excelente se enamoraría de mí incondicionalmente. Mis fantasías incluso hacían pareados.

Hasta que hicimos un gran progreso. Conseguí hacer aparecer una mesa en mitad de uno de los corredores des de dónde teníamos unas vistas extraordinarias del hombre de mi vida y utilizamos el sitio como estudio, al menos podríamos hacerlo hasta que comenzara a hacer frío.

Mi vida amorosa siempre había sido una sucesión de cortos encuentros o, como solía llamarlos, tiras cómicas. Y estaba bastante harta. Siempre llega un punto, en tu vida semi-adolescente en que llegas a la conclusión de que o te das prisa o terminarás sola. Es una especie de necesidad patológica, los altibajos de la adolescencia siguen persiguiéndote cuando ves a las típicas parejas besándose en los terrenos del colegio. Te duele, te alegras por ellos, pero la fastidiosa envidia te corroe por dentro.

Así que allí estaba yo, observando a cada descanso al hombre de mi vida, o eso creía yo, y olvidándome de mis deberes. Olvidándome de todo. Aunque seguía engañándome a mí misma y pensando que mis notas le harían enamorarse perdidamente de mí.

Cada día me parecía más atractivo, me di cuenta de que comenzaba a llamarle "el hombre de mi vida" con demasiada frecuencia, y no me importaba, Rox soltaba una carcajada cada vez que lo hacía. Y lo mejor de todo era que todavía no había intercambiado una sola palabra con él.

Necesitábamos un cebo. Así que comencé a sacar libros de lectura de la biblioteca con una frecuencia increíble, y una parte de mí me recordaba cada diez minutos que aquello no solo no era sano, sino que me estaba corroyendo por dentro y me convertía en una mala persona, alguien en quien no se puede confiar: me estaba enamorando.

No tardé en aprender lo cruel que puede llegar a ser la vida en cuanto a lo que a enamorarse se refiere.

Observar a un chico es todo un arte. Aunque nunca me haya gustado presumir de ello, se me da tremendamente bien. Mi teoría es que hay algún ascendiente genético que nos conecta a una parte instintiva, animal y que nos hace, a unas cuantas privilegiadas, observadoras profesionales. Es casi como cazar, pero a nivel 0 de fuerza bruta. Le ves entrar en la sala, y mantienes la mirada fija en algún punto del horizonte o en algún lugar cerca de ti, pero les sigues instintivamente hasta que el objetivo se queda relativamente quieto. Entonces, y solo entonces, le miras descaradamente. Si hay suerte, o no, según se mire, mientras examinas instantáneamente el todo que conforma y pasas a detalles característicos (cuánto debe de haber pasado desde el último afeitado, el color de los zapatos, la forma y el color de los ojos…) tu mirada se cruza con la suya y recurres a la estratagema de desviar la mirada, en este momento, dependiendo de la expresión de él, te interesa más o menos seguir disimulando. Si eso ocurre, sopesas los pros y los contras con una naturalidad más que eficiente y racional, instintiva y casi artística. A mis diecisiete años estaba convencida de que aquello se trataba de un arte milenario, y de que era el único talento que había heredado, directamente de mi tía Ginny. Sin embargo, según iban avanzando las semanas, y seguía teniendo poca colaboración de parte del hombre de mi vida, mis miradas se volvían más descaradas.

- Bravo.- llegó a decirme Rox, por encima de un libro de ilustraciones de herbología.

- ¿Qué?- parpadeé un par de veces y me giré hacia ella con una sonrisa.

- Le acabas de decir que le odias pero que le querrías ver desnudo en una sola mirada.

Reí. Al menos alguien se daba cuenta de mi gran don de vez en cuando.

- No seas ordinaria.- le espeté.

- No lo soy, de verdad. – le echó una mirada a él pero se inclinó sobre la mesa mirándome con aire confidencial – si después de eso no ha venido aquí y te ha arrastrado a su dormitorio es que no sé nada de chicos.

- Y no sabes nada de chicos.- afirmé convencida, porque yo siempre tenía que tener la última palabra.

- Te recuerdo que yo sí tengo un mejor amigo. – dijo resaltando la o final.

Reí.

- No, Rox, tú estás secretamente comprometida con Scorpius.

Creo que no había visto reír tanto a Rox hasta entonces.

A pesar de momentos como aquellos mi vida se vertió en las dos únicas cosas que me hacían despertar cada mañana: Sacar buenas notas y observar a Ferdinand. Pero, como ya he dicho, la segunda se comía a la primera con sirope de caramelo cada mañana.

Digamos que estaba escasa de ideas, incluso en clase de transformaciones me puse a garabatear "Frerdinand & Rosie" una y otra vez en la parte interior de la tapa de mi cuaderno, incluso cuando Ted paseaba por la clase…

- ¿Sabe cuál es el diminutivo de Ferdinand, señorita Weasley? – el profesor Lupin siempre es tan elocuente.

Sí, lo dijo en clase, delante de toda la bendita casa de Gryffindor. Pero a mí me dio tan igual… seguía en mi mundo y en cuanto volvió a sentarse en su escritorio y me dedicó una de sus sonrisas, entendí que nadie se había enterado de nada y que él realmente estaba más concentrado en darse cuenta de que su pequeña Rosie podía estar enamorada y creciendo por centésimas de segundo.

Pero no creía que hubiera ningún diminutivo para Ferdinand. Y en cuanto terminó la tercera o cuarta clase de transformaciones del curso, me hice un té, me senté en la sala común y me concentré en encontrar un buen diminutivo para el nombre del hombre de mi vida. Pero no apareció, en todo mi repertorio de diminutivos no se me ocurrió nada. Fer, Ferdy, Ferdinie…. Nada. Todo sonaba cursi o artificial.

Me volví monotemática, y seguía sin haber intercambiado una sola palabra con él, jamás, y comenzaba a darme mucha rabia que él no se dignara a acercarse a saludarme después de semanas de vernos cada día a la misma hora en el mismo lugar.

Hasta que llegó el monstruo. Se puede decir que no solo no era una gran amante de los animales sino que ciertas especies me daban auténtico terror. Aunque ahora entiendo que era algo irracional, y que contradecía a la propia naturaleza del género femenino, para aquel entonces me daban auténtico pánico los perros, pero no solo los perros enormes y negros y… en fin, los perros que suelen dar miedo a la gente, no.

A mí me daban miedo incluso los cachorros. Pero esto no debería extrañarte, ya te avisé de que ni mi vida ni yo misma somos nada convencional.

Mi madre tenía un gato, estaba ahí desde que yo puedo recordar, pero gracias a que alguien de allí arriba me quiere mucho, el gato era suficientemente inteligente como para no entrar en mi cuarto, nunca, lo tenía prohibido, pero los perros… Me producían una sensación de rechazo indescriptible. Y cuando llegó el monstruo, mis más terribles miedos se hicieron realidad.

Qué miedo me daba el monstruo, y qué ridícula parecía en su presencia. Lo que ocurrió fue, que mientras hacía una de mis sesiones de observación, (Ferdinand estaba sentado en el bordillo de la fuente, en el centro del patio, con su cara de concentración, el cejo fruncido, el sol sobre su pálido rostro que hacía que su pelo castaño brillara con algo especial…) estaba profundamente concentrado en él. Pero llegó la Bestia. La oí de lejos, y di un salto en la silla, inmediatamente se me erizaron los pelos de la nuca. Había sido solo un ladrido agudo, pero como estaba acostumbrada a que aquellas cosas me pasaran a mí y solo a mí, preferí no darle importancia, solo esperaba que aquel ladrido, viniera de dónde viniera, no se me acercara.

Creo que lo que ocurrió a continuación fue uno de los peores sustos de mi vida. El ladrido, agudo y aterrador, surgió de justo debajo de mi silla. Entonces todo ocurrió tan deprisa que me mareé y no sé cómo no me desmayé.

Sentí que algo peludo me rozaba el tobillo, salté de la silla a metro y medio de la mesa, como mínimo, y grité como si gritar más alto que el ladrido lo fuera a hacer desaparecer. Mientras yo me preocupaba de que nada peludo y ladrador se acercara a mis piernas, alguien vino corriendo desde el otro extremo del pasillo, y Rox comenzó a reír, tanto que casi pierde el equilibrio y se cae de la silla a pesar de estar con las piernas cruzadas sobre ella.

Uno de los que había venido por el pasillo se había metido bajo mi silla y solo pude ver la parte de atrás de su túnica. El otro era Shakespeare, que me miraba con las cejas arqueadas y una sonrisa contagiada por la risa de Rox, que seguía desternillándose descaradamente.

- ¿Qué es eso? – dije yo, absolutamente aterrada con la mirada clavada en el que se escondía bajo mi silla.

- Bestia.- dijo Scorpius todavía sonriente.

- Bestia. - dijo la voz bajo mi silla.

- ¡Bestia!- dijo Rox con voz chillona.

- ¿Bes…?- pero no me dio tiempo a seguirles el juego y descubrir con cuántos tonos de voz se puede pronunciar la palabra "Bestia", aunque el de terror absoluto me estaba quedando muy bien.

De debajo de mi silla salió mi primo Louis, con el pelo rubio y lacio totalmente despeinado y con Bestia en los brazos. Bestia, era un cachorro de dóberman que no dejaba de mover el rabo y de mirar a Louis con expresión de adoración total.

- Me lo ha regalado mi mamá. – sonrió él con tono infantil.

La risa de Rox se acentuó todavía más, si cabía, y los otros dos no pudieron evitar unírsele mientras el monstruo en brazos de Louis no dejaba de mover el rabo con aquel ímpetu irracional, y con la mirada cristalina clavada en su dueño.

Debería hacer una pausa para explicar mi miedo ilógico. No, no tenía ninguna clase de trauma, no, no me había mordido un Pit-Bull cuando a penas tenía 6 años, no me había atacado un chiwawa portador de la rabia. Era simplemente que los perros son aleatorios e imprevisibles. Y, para nada, me parecían graciosos ni adorables.

Pero Rox, Scorpius y Luos no se reían del susto que acababa de darme, se reían porque conocían mi medo irracional y habían sido testigos de algún que otro de mis episodios de terror. Sabían lo que aquello significaba para mí, era vital mantenerme lejos de aquella cosa nerviosa, oscura y espontánea. Ahora soy consciente de que la situación era absolutamente ridícula.

-Es un buen nombre, ¿no?... Bestia. – dijo Louis, correspondiendo a la expresión de adoración del monstruo y como si fuera a escribir el nombre en letras de neón. La acarició y la perra cerró los ojos.

Rox se secaba las lágrimas de los ojos y yo seguía absolutamente congelada.

- Ven a acariciarla, Rose… - dijo Scorpius en un ataque de lucidez.

- No.- respondí de inmediato.

Y el cachorro se giró hacia mí, volvió a mover el rabo desesperadamente y me ladró un par de veces.

- ¡Le gustas! – exclamó el dueño del monstruo, manteniéndola contra su pecho y acariciándola otra vez.

Rox volvió a reírse sola.

- Pero si es pequeñita.- dijo Scorpius suplicante.

Pero aquellos ojos cristalinos me miraban fijamente.

-Pero… - dudé un momento- se hará grande y tendrá colmillos y esas cosas…

- ¡Eso espero!- Louis parecía realmente emocionado.

Y allí se quedaron los tres, mirándome como diciendo "¿no es la cosa más bonita que has visto nunca?".

- Ni hablar. Mantén eso,- señalé al cachorro procurando que mis dedos no se le acercaran mucho- lejos de mí. ¿entendido?

Pero aquellos ojos implorantes y cristalinos me seguían mirando fijamente, el cachorro simplemente movió el rabo y ladró. Un ladrido… agudo, y … aterrador.

Fin del Capítulo

Mary Jane: Espero que os haya gustado. Besos, dejad muchos reviews y cuidaros. ¡¡Feliz año!!