Disclaimer: Todos los personajes de Crepúsculo y su saga pertenecen a Stephenie Meyer. Las situaciones y personajes que no reconozcan son míos.


Presencia / Greendoe

EPÍLOGO

Edward

Cuando era una niña nunca llegué a entender muy bien los matices que acarrea ser un adulto. Viví mis primeros años junto a Reneé y su personalidad volátil asumiendo que crecer no era algo tan diferente a ser una niña madura y enfocada como yo era, y nada de eso cambió cuando me mudé junto a Charlie. Nunca nadie me dijo que la adultez implicaba lidiar con dolores y recuerdos, con instantes demasiado cortos que ya no volverían, y nadie nunca me preparó para sobrellevarlo. Mucho menos para enfrentarme a ello.

Supongo que todos hacemos un análisis en algún momento de nuestra existencia para saber qué estamos haciendo con ellas. Los científicos, ansiosos por clasificar todo, los llaman tiempos de inflexión, crisis existenciales o simples depresiones. No entiendo muy bien en qué se diferencian, solo sé que es una etapa en que tambaleas, eres mediocre y ya no respondes a los placeres que antes disfrutabas. No reaccionas como deberías a tu familia, te escondes de sus ojos y los de tus amigos porque sabes que ellos se darán cuenta, y te guardas en el dolor porque es lo último que te queda con sabor a vida. Tu energía se divide entre las ansias de quedarte meses enteros en cama o huir donde nadie pregunte sobre nada, pero siempre hay una barrera mental que te lo impide, que te contiene, porque todavía conservas esa sensación tan humana que es la esperanza.

Todavía esperas a que pase algo, cualquier cosa.

Llegaba la Navidad a Chicago y yo estaba ahí, con el mundo dando vueltas a mi alrededor y el camino en el horizonte desapareciendo, borroso y desalentador. Llevaba dos meses con una baja por depresión que me había alejado del trabajo en la editorial, dos meses en que le había mentido a mi familia y amigos, y aunque se suponía que como tratamiento conjunto debía ver a una sicóloga, hablar hasta que ella desentrañara qué era lo que no me contentaba de esta vida, había decidido no tomar ninguna hora. No le encontraba la utilidad si yo misma era capaz de entender dónde radicaban mis problemas.

Mis días pasaban unos tras de otros con muy pocas variaciones. Algunos me levantaba para salir a caminar o ver una película, otros me quedaba en cama e intentando dormir, pero siempre me acompañaba esa sensación de plomo corriendo por las venas, como si mis miembros estuvieran demasiado viejos ya para seguir irguiéndose en un día más de lucha. Como si toda una vida hubiera pasado bajo mis pies como río caudaloso y el agua ahora se demorara y corriera débil, o hubiera sido en algún tiempo un árbol saludable cuyas ramas habían crecido sin vida, y por más que me esforzara nunca podía deshacerme del otro lado. La raíz se quedaba intacta y dulce, y su eterna existencia se mantenía como una prueba burlona, un recordatorio de lo que había sido y en lo que me había convertido.

Pensaba en viajar y conocer gente nueva, alejarme un poco de todo y darme ánimos. Veía a una muchacha muy normal y a un chico increíble que había conocido, sus rostros jóvenes e iluminados con ese brillo de poder sobre el mundo bañándome la piel, una pareja enamorada sin mucho en común pero que de alguna forma encontraba un lugar donde pertenecen.

Pensaba, recordaba y padecía nuevamente esos meses rápidos en que todo se había derrumbado. Porque la felicidad se extinguía y el chico increíble partía a su destino increíble. Y ella, idiota que creyó que tendría la fuerza, se quedaba ahí, incierta. Sin rumbo o dirección, sin saber qué hacer porque todo lo que temía al enamorarse se había hecho realidad.

En mi vida hubo un chico increíble que se evaporó demasiado pronto y demasiado intacto. Habían pasado más de ocho años desde que Edward Cullen se alejara corriendo de mi casa en Forks para ir a tomar el avión que lo llevaría a Austria, pero aun hoy, cuando esas imágenes comienzan a diluirse bajo mis párpados, la esencia de su recuerdo permanece pura e intocable como en el mismo segundo de su partida. A veces cierro las ventanas de mi habitación y me alejo de las luces de la ciudad, y veo su rostro intenso darse vuelta para mirarme a medida que su silueta alta y desgarbada se hace más pequeña, y me basta con esos diminutos segundos para volver a sentirme como la antigua Bella, la que solo le temía a que le rompieran el corazón y que era igual de pura e intocable que él. La que también era solo un recuerdo que se iba alejando.

— ¿Bella, estás bien?

Parpadeé desorientada y espanté aquellas imágenes de mi mente cuando escuché mi nombre. Quise sonreírle a la chica preocupada que me había servido el café, pero no estaba muy segura de que la mueca forzada de mis labios fuera a tranquilizarla y preferí tomar un trago largo de mi taza. La garganta me ardió y agradecí que mi sopor mental no hubiera alcanzado a enfriarlo.

— Estoy bien, Kate, gracias. Me he quedado soñando despierta.

— ¿Segura? – Los vivarachos ojos azules de la muchacha no parecían muy convencidos – Lucía más bien como una pesadilla.

Sonreí con sinceridad, como siempre hacía con esa entrometida y jovencísima camarera que se las había arreglado para contarme toda su vida cada vez que me aparecía en el local. Era de Denver, tenía diecinueve años y quería ser fotógrafa, y nadie se lo impediría. Con eso, según ella misma decía, bastaba.

— Estoy bien – Repetí, desviando la atención – Pero me he dado cuenta de que el loft de arriba finalmente encontró dueño, ¿me equivoco?

Supe que había acertado cuando el rostro de Kate se encendió entusiasmado.

— ¡Sí, ya era hora! – exclamó – Según lo que pudo averiguar mi jefa se trata de un artista de Washington, pero nadie lo ha visto ni se sabe mucho, así que suponemos que aun no llega y están trayendo sus cosas de antemano.

— Es probable – murmuré, viendo a través de los ventanales cómo dos hombres corpulentos cargaban un sofá de tres cuerpos. Apresuré el último trago de mi expreso y me colgué el bolso del brazo – Bueno, yo ya me voy.

— ¿Tan pronto? – preguntó Kate decepcionada, y asentí con lentitud – Pues entonces feliz Navidad, Bella.

— Oh, no te preocupes por eso – Le corregí, incorporándome y dejando su propina junto a mi taza – Me quedo en Chicago, es probable que me de una vuelta por aquí.

Su reacción a la noticia fue mucho más positiva a la que había recibido en Forks. Al parecer, mi decisión de pasar las fiestas aquí había arruinado un plan esbozado varios meses atrás por Alice para juntar al viejo grupo en una gran fiesta, y solo el jueves pasado había logrado obtener el reticente perdón de mi amiga, sospechaba que fuertemente influenciada por las artes pacifistas de Jasper. Por supuesto, sabía que tarde o temprano pagaría mi desaire con los insólitos detalles del matrimonio que me haría presenciar, pero tener que lidiar con la decepción de Charlie era algo diferente. Consciente de la fuerza de la naturaleza que era Alice, mi padre se había convencido de que iría a casa, y aunque intentaba plantar la estampa de policía duro, a mí no me engañaba. Tantos años de convivencia pacífica y silenciosa me había hecho una experta con sus sutilezas.

Y no era que no extrañara a mi familia y amigos, no era que no estuviera melancólica por los bosques oscuros y los pastos tiernos de mi pueblo natal. Había días en que despertaba desesperada por contarles todo lo que me pasaba, refugiarme en sus brazos hasta que algo me removiera de mi letargo, pero la realidad era que estaba avergonzada de sincerarme y permitirles ver lo que me había hecho a mí misma. Lo que había permitido que sucediera.

Además, tan egoísta como sonara de mi parte, ver a Alice y Jasper más unidos que nunca no era lo que tenía en mente para ahuyentar mis recuerdos. Habiendo partido casi en la misma época, su relación me traía demasiado de lo que yo había tenido con Edward. Y ellos estaban avanzando, tomando decisiones complejas que tendrían reales repercusiones, mientras que yo seguía aferrándome, buscando y rebuscando por una respuesta que siempre me era esquiva porque yo misma me negaba a asumirla por evidente que fuera.

Para los que vivimos esperando que nuestro pasado regrese, afrontar el paso del tiempo es inevitablemente la parte más difícil.

Vi por primera vez a Edward cuando tenía ocho años y acabé en el hospital de Forks tres días después de mi llegada. El doctor Cullen, su padre, me tuvo que poner doce puntos, y como ya entonces no soportaba la idea de las agujas en ninguna forma, comenzó a mostrarme fotografías de su familia. Edward era el menor y tan solo un niño pequeño, menudo y de desordenada cabellera cobriza, pero siempre se me quedó grabada la sonrisa traviesa que tenía en todas las imágenes.

Conocí realmente a Edward, no obstante, solo unos meses antes de que se fuera a Austria. Ya no sonreía en ese tiempo, andaba como una figura solitaria por los pasillos de la escuela y poco o nada sabía de su vida. Como tuve un pequeño encaprichamiento con él a los doce, una cosa de meses de la que luego me olvidé, me enteré de que era músico y un virtuoso dedicado a su causa. Lo respeté y envidié por eso, pues yo no tenía ninguna motivación real, y nuestros caminos siguieron su tránsito alejado.

Después él me contó que había estado enamorado de mí desde los catorce años. Nunca quise creerle mucho, me daba miedo asumir que las cosas que me decía con tanta intensidad pudieran ser reales, que pudieran parecerse a lo que yo misma estaba sintiendo. Era joven y estaba loca por él, y eso era todo lo que importaba. Por muchos problemas que Edward tuviera consigo mismo, enamorarse fue sencillo cuando uno lo escuchaba hablar de que sentía mi presencia allá donde estuviera, y que a pesar de todo, nosotros lo lograríamos. Por supuesto, uno siempre espera que el primer amor sea virtualmente perfecto, pero nunca creía que lo sería en realidad.

Y lo fue, él se encargó de llevarnos por un camino sin retorno que me avergonzaba entonces y ahora. Yo solo lo seguí como la impulsiva que era cuando lo tenía junto a mí, sin pensar en las consecuencias que eso me dejaría más tarde.

La separación fue tan limpia como podía llegar a serlo, él tenía una oportunidad y nosotros debíamos afrontarla con madurez. Fueron los días más desesperados de mi vida, intentando mantenerme fuerte y esforzándonos para pasar tanto tiempo como fuera posible juntos, hablando poco y besándonos mucho. Tomando la decisión tácita de iniciarnos sexualmente, porque, ¿con quién más podía ser?

Solo ahora, cuando tanto ha sucedido entre medio, comprendo lo tímido y delicado que fue Edward conmigo nuestra primera vez. Estaba asustado de ser rechazado y aterrorizado de hacerme daño, y yo no fui la mejor compañera, tan desesperada como estaba por tocarlo y acercarme a su cuerpo hasta sentir algo tan fuerte y cegador que me hiciera olvidar que se iba. Nuestros encuentros fueron momentos de confianza y cariño, un placer en un principio escaso y nervioso, pues a menudo estallábamos en risas incómodas y no sabíamos qué hacer con las manos, cómo acomodarnos y movernos, pero luego él volvía a mirarme con esos vibrantes ojos tan intensos y todo se quedaba sin oxígeno. Y Edward lo lograba, por supuesto que lo lograba.

Con la ausencia y su recuerdo desvaneciéndose como una película vieja, comencé a añorarlo de una manera distinta, más adulta y desesperada. Salía de mis ensoñaciones con sensaciones contradictorias, a veces placenteras y otras desconcertantes, abrumada por comprender que solo había sido parte de mi imaginación bien alimentada. No tenía como detenerlo, no existía en mi inmensidad como persona un lugar donde pudiera albergarlo u ocultarlo. ¿Dónde puede exiliar uno un amor y un deseo que te aterra y nadie entiende? ¿Cómo superas algo que jamás fue tocado por la brutalidad del mundo o los errores humanos, que nunca fue imperfecto?

Con mi baja por depresión llegué a la conclusión de la que renegaba, nunca podría haberlo superado. Nunca lo superé. Mi mente y mi corazón se aferraron a la memoria como método de sobrevivencia, pues de haberlo intentado siquiera, de haberle dado un portazo a Edward y su luminaria avasalladora, le habría dado también un portazo a la época más feliz de mi vida, y prefería sufrir diez existencias sin él a no haberlo tenido siquiera una vez.

Asumir mi falencia, las mentiras que yo misma me inventé y mi debilidad al respecto era más de lo que dos años o un mes atrás habría soportado, así que podía decir que estaba mejorando. Antes esperaba y dejaba los malos pensamientos, los realistas, de lado, pero esos son los que ahora me daban fuerza. No esperaba nada, me mantenía apegada a lo que hay y lo que sé que será. No me engañaba, o al menos intentaba mentirme con la idea de que no me engañaba.

Aun así, lloro por lo que perdí, porque al menos lo tuve.

— Señorita, ya estamos cerrando.

Cuando llegué a Chicago me obsesioné con buscar los lugares que me trajeran a Edward, aquellos sitios donde imaginaba que él disfrutó su tiempo libre alguna vez, recorriendo con sus ojos inteligentes la gran ciudad y empapándose del aire frío del estado. Paseo por librerías, cafeterías y tiendas de música como estas, lo hago sola porque mis amigos de acá no entenderían; me recargo sobre las butacas de los cines antiguos o las casetas de escucha de las sobrevivientes tiendas de vinilos. Busco mi reflejo en el café negro y observo por los ventanales, pensando que en cualquier momento una figura desgarbada como cualquier otra podría pasar pensando en una próxima composición.

Nunca se me ocurrió preguntarle qué partes le gustaban más de Chicago, sabía que era un tema que lo ponía triste y melancólico. Cuando decidí venir a estudiar acá, lo hice por impulso, necesitando y siendo incapaz aun de dejarlo ir. Sé que sorprendí a Charlie y a Reneé, quienes no sabían de mi interés especial por la ciudad, que preocupé a Jasper y Emmett, y también que entristecí a Alice y Esme. Lo negué todo, por supuesto, pero ellas sabían bien que era lo que buscaba.

— ¿Abrirán en Navidad? – pregunté al dependiente antes de salir.

— Solo a partir de las dos de la tarde – respondió el muchacho con una sonrisa cansada – El dueño atenderá, nosotros tenemos vacaciones por esos días.

— Gracias.

— ¡Feliz Navidad! – Canturreó.

— Feliz Navidad – murmuré de vuelta.

Salí a la fría noche y observé los amplios y hermosos árboles navideños que adornaban la gran avenida mientras me refugiaba en mi abrigo y mi gorro de lana. La primera vez que vi Chicago en esta fecha me pregunté si a Edward también le gustaba, pero no estaba segura si alguna vez tuvo que quedarse durante las fiestas. Hay tantas cosas que no supe de él, tantas preguntas que nunca consideré importantes, y aun así, cuando pienso en lo que desearía haber dicho, siento en el fondo que lo sé todo, al menos todo lo que importa. Su esencia, su risa y sus ojos brillando, eso es mío, y lo entiendo mejor que el resto. Mejor que a mí, para el caso.

Caminé sin prisa y a través de la gente apurada con compras de último momento, observando sus rostros e inventando sus historias, problemas y felicidades. Me gustaba hacerlo cuando tenía tiempo, me hacía sentirme menos sola cuando entendía que todos al final debíamos lidiar con algo. Madres, hijos, trabajadores, enamoradas, siempre había algo que se interponía y que había que combatir, una pequeña arruga en nuestros días que nos quitaba el sueño ya en la cama.

Entonces lo sentí.

Una sensación nueva y antigua que me estremeció al poder reconocerla. El mareo, la sensación de deriva, de inconsistencia. La no existencia más allá de ella, el miedo y el júbilo a la par. No había necesidad de nombrarla, y no tenía nombre tampoco, pero las palabras susurradas tiempo atrás, tanto tiempo atrás que ya parecían pertenecer a otra Bella, regresaron a mí como si fuera hoy cuando se decían y me estremecían por completo.

Era yo con diecisiete. Sentí tu presencia, y luego lo miraba recelosa, sin saber si bromeaba o hablaba en serio. Sentí tu presencia, y era él, el hombre que evocaba bajo mi toque desesperado, jadeando y envuelto por una vorágine que no hacía más que traerlo a mí. Ese lugar que nunca debimos dejar.

— Señorita, ¿está usted bien?

Me giré asustada cuando alguien me habló. Desorientada, observé al mismo joven de la tienda que me miraba preocupado. Volví a respirar de manera elaborada, no sabía si aliviada o deprimida, porque no era él, no era él y debía encontrarlo. Me deshice de su tacto y cabeceé como única respuesta, alejándome con pasos indecisos y desesperados. Sintiendo pavor de estar volviéndome loca, pero viéndolo, sintiéndolo y tocándolo. Tan mío como siempre.

Está en Chicago, pensé. Estás aquí, tú me hablaste de la sensación, la tirantez y los nervios. La posibilidad inexplicable de saber de ti antes de verte con mis propios ojos, de sentir su presencia.

Comencé a caminar nerviosa por el parque, mirando por las esquinas y entre las sombras esperando descubrir su rostro en cada uno de los hombres cabizbajos que pasaban. Debía estar cerca, así era como funcionaba, ¿no? Como jugar frío o caliente, buscando un objeto perdido mientras el corazón te dice frío, tibio, tibio, caliente y frío de nuevo… te acercas y luego te alejas. Te lo quitamos, no es cierto, no es real.

Algo reventó en mi pecho en algún minuto. Abrí los ojos como si saliera de un sueño y me descubrí a veinte manzanas de mi departamento, sudorosa y agitada como si hubiera corrido la maratón, la sensación muerta en mis entrañas, su recuerdo lejos. Regresé sobre mis pasos entonces y me desplomé sobre una de las bancas del parque. Sentía el trabajo complejo de mi caja torácica, el bombeo de la sangre en los oídos y mis propios ojos comenzar a llorar. No me importaba quien me viera o se interesara, escondí el rostro entre mis manos y me dejé ir, porque ya había tocado fondo, mi capacidad para mentirme tenía un punto sin retorno que ya no podía seguir pujando. Con las lágrimas nublándome la vista, lancé un gemido sordo en la noche, y nadie escucharía mi alarido destrozado bramando por justicia. Él no había vuelto, no volvería. No volveré porque nunca creíste que lo haría de todos modos.

Pero eso no era cierto, pensaba, yo creí y esperé. Si inconscientemente no lo había hecho, ¿a qué era a lo que me aferraba con tanta fuerza en esta vida que yo misma había escogido? ¿Qué era lo que siempre había vislumbrado en mi futuro? ¿Para qué me había preparado viniendo a Chicago, buscándolo en los detalles?

Sentí el peso de mi existencia y me dio asco ser observada por toda esa gente que pasaba mirándome con curiosidad. Ninguno de ellos entendía de verdad, solo podían hacer conjeturas morbosas en las que mis problemas eran inevitablemente algo que había buscado, mi culpa y mi carga a sobrellevar. Y era probable que tuvieran razón, que todo empezaba y terminaba conmigo, pero su escrutinio moral me daba nauseas y vergüenza, me aterraba cuando pensaba que quizá nunca pudiera superar mi propia carne con todos sus errores. Que nunca pudiera, sino sanar, vivir con la ausencia de Edward.

Edward.

Llegué a mi departamento evitando la mirada del conserje y prendí todas las luces apenas entré, un hábito de Chicago que había desarrollado para sentirme arropada por algo incluso cuando las cosas iban mal, como si las pequeñas farolas me guiaran a lo que alguna vez llamé casa. Violenta por el silencio, encendí también la televisión y puse una antigua película Navideña con la esperanza de pensar en otra cosa, pero no funcionó. A estas alturas ya debía saberlo, nunca funcionaba.

Enterré mi rostro entre los cojines y oculté mis sollozos, demasiado cansada ya para llorar y esforzarme en algo más elaborado. Por un solo segundo, mientras las paredes se cerraban a mí alrededor y la cabeza me daba vueltas, deseé odiarlo con todo mi ser. Me toqué el rostro con los dedos y me hice daño sobre las mejillas húmedas, mi piel la suya y mi dolor el de él, una forma física, a falta de una emocional, de exorcizarlo. Pensé en Edward y en como mañana pensaría en Edward, como repetiría mi rutina de autodestrucción y rabia, mi ciclo interminable de ascensos y descensos, los días de ánimos y proyectos inconclusos y los otros de impotencia y decepciones.

Luego, mucho tiempo después, me aovillé sobre mi sofá y cerré los ojos. Me sentí en calma, libre al fin de lo que acumulaba y me torturaba, y pude escuchar libremente los diálogos de la película y reír con esa risa temblorosa, agónica y convaleciente de quien ha llorado. Me levanté para prepararme un té e incluso algo de comer, y todo estuvo bien, todo lo estaría hasta que tuviera que desahogarme nuevamente. No era la primera ni la última vez que lloraría a mares, y hasta ese momento podría vivir con la esperanza de que las cosas cambiaran.

Entonces, por segunda vez en ocho años, en ese día preciso y frío, sentí un pellizco familiar en el estómago y el mundo giró de nuevo. Con lentitud, dejé la taza sobre el mesón y me quedé sentada sobre el taburete, escuchando el ruido de la ciudad que se movía afuera y a los personajes de la película, y también los pasos de un hombre que caminaba por el pasillo de un edificio mirando las placas de los departamentos y deteniéndose de vez en cuando, como si también escuchara. Lo vi avanzar por el corredor y doblar hacia el que conducía al número trece y catorce, y era alto y desgarbado, bastante más adulto y decidido, pero con la misma mirada.

Y estaba aterrado. Escuché su corazón y sonreí.

— Catorce – murmuré por lo bajo.

Como si un ser invisible se lo hubiera susurrado al oído, se decidió finalmente por el departamento que daba a la calle. La sangre nos golpeó en el rostro a ambos y tuve que contener el aliento, viéndolo desordenar sus cabellos con su gesto ancestral de nerviosismo, el mismo que llevaba la primera vez que me regaló su sonrisa de medio lado varios años atrás en un frío y ventoso pasillo de secundaria. Y yo me quedé observándolo, y podría haberlo hecho todas las noches que quedaban si me sonreía así.

Daban las diez de la noche con once minutos cuando alguien llamó a mi puerta. Yo ya sabía. Había sentido su presencia.


Bueno, this is the end, my friends, ahora sí. Sé que hay muchísimas personas más que leen de las que comentan, y me gustaría pedirles a todos, incluso las de siempre, si tuvieran las ganas y el tiempo, de decirme qué les ha parecido la historia de manera general. Sería muy importante contar con su opinión no solo como un comentario más (oh, my god, popularidad), sino como verdaderos puntos de vista. No tengan miedo de insultarme xD.

Lamento si me he demorado más de lo que debía con el epílogo, tuve problemas con la forma de armarlo, con qué párrafo va con cual y esas cosas, marranadas de escritor que ustedes ya saben me caracterizan más de lo que debería. Así que, si han llegado hasta aquí (el aquí), solo me queda darles las gracias por leer y permitirme meterme por pequeños minutos cada cierto tiempo en sus perturbables y manejables cabezas (muajajajajajajajaja). Como seguiré por estos lados, a lo mejor nos vemos por ahí.

Un beso.