*Kaleido Star no me pertenece :3

::ANGELES & DEMONIOS::

CAPÍTULO 32

La pista de hielo y las curiosas sogas que colgaban sobre ella, amenazaban en congelar la determinación de Sora. Un bajo trapecio llegó a su campo de visión.

―Es parte de la técnica que emplearé ―repuso May―, pero no te preocupes Sora, no afectará ni a un principiante ―terminó su pavoneo restándole importancia con la mano.

Álvaro no lo veía del mismo modo.

―Es demasiado ―inquirió en dirección a Kalos.

El jefe del circo Kaleido no respondió. Mijaíl en cambio, fijó su mirada en el trío.

―Es hora de empezar ―exclamó dando el silbatazo.

Sora empezó a dar vueltas sobre la pista para reconocer los nuevos obstáculos, era como las prácticas que había realizado. Se trataba de escenas coreografiadas, después de todo.

―¿Algún problema, Naegino? ―masculló León cuando ella pasó por su lado. Su expresión era neutra.

Ella continuó con el trayecto sintiendo la brisa, escuchando el sonido de los patines al deslizarse sobre el hielo, las voces del resto de bailarines que ensayaba en un extremo del gimnasio. A Ken dando órdenes a otros técnicos. Entonces se enfocó en su personaje, se suponía que ella debía estar perdida, dando círculos por el infierno.

May aprovechaba en dar rienda suelta a su fría creatividad, saltaba y hacía giros imposibles con ayuda de las sogas, en una coreografía suicida. León parecía estar conectado a May con sus movimientos. Incluso Álvaro parecía observar con ojo clínico los movimientos de la pareja.

―No puedes distraerte aquí, Sora ―le dijo acercándose a su lado―. O podrías lesionarte gravemente.

Ella asintió antes de incorporarse en aquella singular danza, se interpuso entre ambos como un ángel caído, siendo atrapada por León.

Él se mantuvo inexpresivo, solo se movía metódicamente, iniciando un tango para tres.

May actuaba acorde a lo que ameritaba la escena, una demonio recelando sus dominios. Un triple Axel de May chocó con una cuerda, tomando desprevenida a Sora; casi había fallado un salto que debía impulsarla sobre los brazos de León. Él incluso parecía más soberbio que la primera vez que se conocieron.

―¿Te estás arrepintiendo, Sora? ―la azuzó May dando un giro inverso.

Sora negó con la cabeza empezando a tomar vuelo. Era el momento. «Debo confiar», se dijo mirando a León.

La intervención del demonio iniciaba tras el acto descarado de la diablilla. Los celos debían impulsarla a cometer la locura de sentirse amenazada por un ángel caído.

―¡Salto mortal! ―gritó May al empezar su técnica con ayuda del trapecio.

Segundos, eran segundos los que tenía Sora para dejarse caer en brazos de León, él tuvo que arrastrarla de un tirón evitando que ésta perdiera la cabeza. Un mechón de su cabello había sido cortado por los patines de May.

―¿En qué diablos piensas? ―exclamó León sacudiendo a Sora de los hombros, no pudo obtener respuesta porque Álvaro se interpuso entre ambos. Ella se sentía afectada. La duda la carcomía por dentro.

―Lo haré de nuevo ―replicó Sora determinada―. No me distraeré.

―¡Sora!

―Estoy bien, Álvaro ―insistió Sora―. Lo haré de nuevo, por favor.

May asintió antes de volver a tomar vuelo para su técnica mortal. Con reticencia, el acróbata ruso se retiró con la fría amenaza en la mirada. Cada actor llegó a su puesto.

― ¡Salto mortal! ―exclamó May volviendo a saltar sobre el trapecio.

Sora pensó en el escenario, se enfocó en él y con un giro, se dejó caer con León, a sus brazos. Él la levantó con soltura, representando al demonio que salvaba al ángel del ataque de su congénere. No necesitaron de palabras para continuar con lo que seguía, Sora se enfrentó a su siguiente reto: una danza con León Oswald sobre el hielo.

Se le vinieron a la mente sus peculiares bromas cuando practicaban sobre el hielo, provocando que Sora, en lo más profundo de su ser, sintiera tristeza y soledad.

«¿Por qué?» , preguntó a León con la mirada. «¿Por qué?»

Una lágrima rodó sobre la mejilla de Sora, era consciente de que no era suya, pero antes de hacer alguna pregunta, fue enviada hacia un trapecio. En donde debía iniciar con la técnica Redención.

§

―Tienes que haber perdido la cabeza ―increpó Álvaro a una Sora enfurruñada. Tomaban un descanso en el gimnasio antes de la hora de la cena. Los ejercicios para enfriar sus músculos eran importantes.

―Es el escenario ―le dijo firme―. Pensar en el escenario que deseo crear es lo que me impulsó ―le explicó, porque aún tenía sus reservas con respecto a León Oswald.

El acróbata ruso negó con la cabeza enfadado.

―Solo te salvó en un momento de lucidez ―exclamó conteniendo la furia que lo carcomía por dentro―. Si me hubieses avisado, yo te habría sostenido.

Sora se sorprendió ante aquellas palabras. Ella no le había dicho nada Álvaro y era como había empezado su lío con León en Kaleido.

«Todo fue culpa mía», pensó atando cabos.

―¿Me estás escuchando Sora?

Ella brincó de su lugar―. Lo siento, es solo que...

―Yo aún siento que no hemos terminado ―le dijo esta vez tomando su mano con esperanza―. Aun podemos...

―No ―dijo Sora firme―. Yo no lo veo así ―respondió sincera―. Estuve equivocada al pensar que sí, pero te veo como―

―Ni se te ocurra decírmelo ―ladró Álvaro, provocando que Sora abriera sus orbes marrones como platos―. Dios Sora, no empieces ―masculló con un mal sabor de boca―. No lo conviertas en un drama.

―Lo siento, Álvaro. De verdad, todo este tiempo yo...―se disculpó ella. Pero el ruso terminó dejándola sola en el gimnasio sin mediar palabra alguna. Si su ceño fruncido no era un indicativo de su estado de ánimo, quizás tirar la puerta sí.

Sora se cubrió el rostro con las manos, tratando de pensar qué hacer. No quería seguirlo, por primera vez, tenía miedo. Ya había terminado mal con León. Muy mal.

―Naegino.

Ella se sobresaltó con el llamado de León. Él salió de la ducha del gimnasio con la expresión incómoda en el rostro. Vestía un buzo de prácticas y una camiseta con el logo de Kaleido, era la primera vez que ella lo veía así. Una toalla se alojaba alrededor de sus tonificados hombros, aunque uno se veía algo hinchado.

―Joven León ―saludó nerviosa―. Lamento lo que ha ocurrido.

Él negó con la cabeza. Aunque había tenido que escuchar toda la retahíla de cosas que soltó el ruso, porque no podía salir del baño sin generar más revuelo. Y ciertamente aquello había causado cierta oscura satisfacción en él. Al parecer, la bestia de su corazón se había calmado.

―Yo lamento mi mal comportamiento ―respondió asegurándose de estar a varios pasos lejos de ella, si mantener dos metros de distancia significaba algo―. Lamento haberte lastimado, Sora. Me dejé llevar por...

―Yo aún no confío en usted ―respondió ella apenada―. ¿Por qué lo hizo?

Y no solo se refería al beso furioso, al frío trato, o cuando la lanzó. Tampoco comprendía el por qué la salvó de una caída peligrosa.

Él se pasó una mano por la cabeza restregando su rostro―. Celos ―admitió.

Él había pensado con cabeza fría, tras veinte kilómetros en la caminadora, y con esa enorme factura telefónica que llegaría a su buzón de París... había visto la maldita revista con ojo clínico y no había encontrado nada fuera de otro mundo. El cansancio había logrado aquella hazaña y las pesadillas, su hermana Sophie cayendo. Era lo peor que había soñado porque luego estaba Sora y esa fría expresión en su rostro. El sonido seco que generaba su cuerpo al estrellarse contra el frío suelo, los gritos, había sido muy real. Hasta ese día de práctica.

―No lo entiendo ―susurró ella, tratando de darle sentido.

León se acomodó en su lugar―. Por que...

―Sora, ya es hora de cenar ―May ingresó junto a Nikolai interrumpiendo el momento―. Dios de la muerte, tú también debes comer ―le gritó la acróbata señalándolo retadoramente con el dedo.

―May, no deberías... ―la amonestó el ingeniero ruso sin saber donde meter la cabeza.

―Está bien ―respondió León zanjando el asunto, luego se enfocó en Sora―. Lo hice porque te quiero Sora. No comprendía qué tenía ese ruso o qué hice mal para que lo eligieras a él ―soltó las palabras como una cascada―. Pero también entiendo que yo hice elecciones vanas en el pasado ―dijo recordando las veces que no había tratado de conectarse con el escenario. Con ella.

El bombazo había caído.

―Y ahora comprendo que te hice lo mismo en el pasado. Fui un idiota ―dicho esto, se retiró. Dejando atrás el gran peso que acarreaba encima. Y al ángel de Kaleido totalmente descolocado.

Sora apenas si acabó su cena, o al menos, no lo disfrutó como debería. Las palabras de León Oswald circulaban por su cabeza y por otro lado, sus terribles acciones.

«Solo por única vez», se dijo.

Levantando la mirada, se giró en busca de su objetivo.

León acababa de dejar su bandeja en el depósito cuando fue abordado por dos ojos chocolate.

―Sora ―espetó incómodo, no esperaba que ella fuera a enfrentarlo tan pronto.

Ella negó con la cabeza descartando cualquier posible alucinación suya.

―¿Podemos ensayar en la pista de hielo? ―preguntó firme―. Necesito familiarizarme con la danza de May.

―Lo haces bien cuando te concentras ―le dijo él en fría respuesta.

―Por favor, joven León.

Más de una persona estaba boquiabierta. El puño de Álvaro se estrelló contra un mueble antes de que éste se retirara hecho una furia.

―¿Qué diablos sucede ahora? ―Preguntó May Wong tras los jadeos colectivos.

Sora negó con la cabeza antes de volverse a enfocar en León.

―¿A qué juegas? ―le preguntó él.

―Si no domino la escena, no podré realizar Redención ―se explicó. Porque el desgaste emocional le estaba pasando factura.

―Está bien ―dijo.

Ensayaron en silencio durante la última hora de gracia que tenían. Momento preciso para que se fuera la luz. Todo quedó a oscuras sorprendiendo a Sora.

―Ha de ser una avería ―espetó León, conduciéndola fuera de la pista.

―¿Por qué es gentil ahora? ―preguntó ella de repente.

Él no lo esperaba. Y no dijo nada hasta que llegaron a la orilla.

― Sophie ―le dijo él entonces―. Desde que llegamos aquí no me ha dejado dormir.

Ella quería ver sus ojos para poder ver lo que éstos reflejaban.

―No lo entiendo ―espetó confusa.

Él se despeinó con una mano antes de agacharse para ayudarle a quitarse los patines―. La veía caer una y otra vez, hasta que esa triste escena la interpretabas tú ―le dijo quitándole un patín.

Ella tanteó con cuidado, pisando tierra firme con un pie.

―Pero...

―Morías, Sora ―le dijo él―. Llevo despierto todo este tiempo a base de cafeína.

Él no podía cerrar los ojos sin verla a ella caer.

―Luego del atentado ―dijo sacándole el otro patín―, terminé de reconocer mi estupidez.

Ella se mantuvo en silencio.

Con un largo suspiro, él empezó a quitarse sus propios patines―. Debí ser más sincero, quizás más directo o quizás debí confiar más en... ―guardó silencio.

―Joven León.

TSK!

―¿Está bien, joven León? ―Preguntó acercándose, la sensación húmeda que sintió heló su sangre.

―Fue un descuido mío ―le dijo él. Su mano se había cortado con el lado filoso de uno de los patines de Sora. Las luces decidieron retornar en ese momento.

―¡Cielos! ―Exclamó Sora al notar la sangre que cubría la mano de León―. Vamos a la enfermería ―y lo terminó arrastrando.

En todo el trayecto, él se mantuvo en silencio, mientras que ella lo arrastró hasta el consultorio abandonado. La atención solo era en horario de prácticas.

―Las vendas deben estar por aquí ―dijo ella revolviendo el armario de suministros.

León no pudo evitar dejar salir una risilla alertándola.

―Pensé que cambiarías por el ruso ―dijo él con la sonrisa ausente―, que terminarías peor de lo que estarías con alguien como yo.

Ella lo miró sorprendida.

―Nunca lo culpé de la caída en Kaleido ―le dijo ella―. No pude decírselo antes ―espetó dejando las vendas sobre una bandeja como si estuvieran minadas.

Aquellas palabras llamaron la atención del Dios de la muerte.

― Ni cuando no fue al hospital ―continuó ella recordando aquellos momentos.

― Tenías al ruso ―recriminó él sin desearlo―. No vi muchas razones.

― Yo solo pensaba ir a Rusia para mejorar ―dijo ella de repente―, no pensaba quedarme, hasta que todo...todo fue a peor.