Los personajes que aquí aparecen pertenecen única y exclusivamente a Stephenie Meyer, yo solo los tomo prestados para adaptar esta historia. La trama ya esta hecha, yo solo le doy algunos toques. ¡Disfrútenlo!

Gente, sé que una disculpa del tipo "lo siento" no es suficiente, así que no lo diré. Tan sólo espero que me perdonen por haber tardado tanto, tanto, tanto, tanto en actualizar.

Pero finalmente aquí está un nuevo capítulo. Gracias a quienes estuvieron al pendiente durante este tiempo de inactividad, ya ven, la perseverancia rinde sus frutos.

En fin, los dejo con el capítulo. Nos vemos abajo.


Una cita-no-cita


La chica rubia no podía evitarlo. En cada programa matutino, en las revistas, en los diarios… en todos lados se hablaba de Edward Cullen, el apuesto chef que junto con su socio Seth Clearwater abrirían un restaurante que –según predecían los expertos- sería de lo más chic en Nueva York.

Pero a ella, una de las modelos más importantes no sólo en la ciudad sino en el país, no le interesaba el próximo negocio, ella pensaba insistentemente en el error que había cometido meses atrás, cuando estúpidamente dejó ir al hombre al que ella siempre amaría, y que ahora no sabía cómo podría recuperarlo.

Con más ímpetu dio las brazadas, y terminó las últimas tres vueltas de la alberca olímpica a la que asistía todas las mañanas, para luego dirigirse al gimnasio, pensando en la manera de regresar con el amor de su vida: con Edward Cullen.


Bella se sentía sumamente satisfecha con lo que había logrado, y no se refería precisamente a las palabras de admiración que le dirigía Mike cada vez que podía, y si, ¿para qué negarlo? Tampoco era sobre los avances en el proyecto del próximo negocio de Edward y Seth, los cuales sin duda eran maravillosos. No, lo que realmente la enorgullecía –y le llenaba el estómago de cientos de mariposas- era que el atractivo hombre de cabello broncíneo y brillantes ojos esmeralda caía redondo a sus pies.

Cada vez que se reunían –lo cual sucedía mucho más a menudo que con sus anteriores clientes-, Edward siempre la saludaba con una maravillosa sonrisa y un beso en la mejilla. Casualmente el trabajo siempre terminaba tarde y no tenían más remedio que salir a cenar a algún restaurante, en donde se comportaban más como una pareja –de amigos, por supuesto, pensaba Bella- que como una exitosa publicista y su cliente estrella.

Y no era que solamente hicieran el tonto… Bueno, no todo el tiempo, pero ya casi todo estaba listo para la próxima inauguración de uno de sus más exitosos proyectos. Tanto Edward como Seth estaban emocionadísimos, y ella de incluía también en ello. Ambos le caían de maravilla y sabía que, independientemente de su trabajo como publicista, ellos sabrían mantener el lugar en la cima por su talento y la calidad. Estaba segura.

Cierta mañana, Bella se encontraba en su oficina, rellenando unas formas y realizando unas cuantas llamadas, esperando a que sus clientes estrella aparecieran para ir a entregar personalmente algunas invitaciones e ir cerrando algunos asuntos pendientes, cuando Esme la llamó por el interfono.

-Bella, siento interrumpirte, pero ha llegado una sorpresa para ti –había un tono travieso en la voz de su asistente, pero Bella estaba tan absorta esperando a Edward…y a Seth, se recordó, que lo dejó pasar.

-No hay problema, Esme.

-Enseguida te la llevo –casi podía apostar a que estaba sonriendo, y fue entonces que esperó ansiosa a que Esme entrara con el misterioso obsequio.

Apenas abrirse la puerta, un rostro familiar le sonrió, haciéndola sonreír a su vez.

-Hola Bella –la saludó Seth, quien con una amplia sonrisa en ese rostro moreno suyo, se acercó a saludarla.

-Seth, ¡qué sorpresa! Pero se suponía que nos reuniríamos dentro de un par de horas con Edward también, ¿no? –intentó sonar casual, que el tono aprehensivo por querer a su cliente de ojos esmeralda no se filtrara en su voz, aunque sintió sus mejillas teñirse de un ligero tono rosado. Agradecida, observó que Seth no parecía haberse dado cuenta.

-Así es, Bella, ese era el plan. Pero hace una hora me llamó Edward y me dijo que puesto que acababan de entregarnos parte del mobiliario, y como has hecho tanto por nosotros, era hora de que te compensáramos un poco –la sonrisa de Seth se ensanchó aún más.

-¿Y cómo será eso? –sinceramente Bella no tenía ni la más remota idea, y la expresión que puso hizo reír al hombre frente a ella.

-¡Vamos a invitarte a cenar en nuestro restaurant! –anunció, tarareando enseguida la conocida musiquita de las sorpresas "tatán".

-Seth, ¡eso es genial! Me sentiré sumamente honrada –la joven sonrió ampliamente, y se aproximo para abrazar al aludido.

-Me alegra, ya que Edward estaba sumamente emocionado, de hecho fue a él a quien se le ocurrió todo –comenzó a relatar el hombre, muy alegre, mientras se deshacía del abrazo de Bella y tomaba asiento en una de las sillas frente al escritorio; ella, por su parte, aprovechó cuando le dio la espalda a Seth al ir a su silla para suspirar por Edward-. Por supuesto, he de decirte que de cierta forma no todo será diversión, ¿eh? Te prepararemos algunos de los platillos que vendrán en el menú para que nos des tu opinión experta.

-Me parece perfecto –asintió-. Solo una cosa, si ustedes cocinarán, ¿me quedaré sola en la mesa? –lo picó, alzando una ceja y sonriéndole. Ese hombre le caía tan bien.

Seth se carcajeó. –Por supuesto que no, Bella. Creo que te has dado cuenta que de los dos, es a mí a quien se le da mejor la cocina, así que mientras yo cocino, será Edward quien te haga compañía y quien te presente los platillos.

Bella se obligó a permanecer tranquila. "Respira. Respira. Respira", se dijo a sí misma. "No es una cita con Edward… Seth estará en la cocina. No estarán solos, propiamente dicho".

-Seth… -comenzó a decir Bella, pero en ese instante el móvil de su cliente comenzó a sonar, y él se excusó para contestar. Por las frases que soltaba de vez en cuando, le pareció que hablaba con algún familiar, una hermana o una prima. Finalmente terminó la llamada, y leyó un mensaje de texto que le había llegado durante la misma. Conforme leía, se puso de pie.

-Lo siento, Bella, me tengo que retirar. Son las –consultó la hora en su reloj de muñeca-, bueno, casi la una. ¿Te parece vernos en el local a las 8:30? –le llegó otro mensaje de texto, y lo leyó-. No, espera. Me dice Edward que él pasará por ti a las 8 a tu departamento.

El alma se le fue a los pies… para luego casi salir disparada al cielo. Bella sonrió, tal vez con más entusiasmo del que quería transmitir. –Está bien. Gracias Seth, y créeme, ya quiero que se llegue la hora.

-Lo sé, lo sé –se rió entre dientes, y se despidió de ella para salir corriendo.

Apenas salió Seth, Bella se derrumbó en su silla giratoria tan ensimismada que no se fijó que ésta se había movido al ponerse de pie, y cayó cuan larga era hacia atrás. Esme, preocupadísima, entró para ver qué había ocurrido, y al ver a su jefa en el piso, se apresuró a auxiliarla. Pero se soltó riendo al ver la sonrisa de Bella.

-Esme –le dijo con voz distraída, mientras se ponía de pie, sin decir palabra alguna sobre su caída-, hoy cenaré con Edward, y Seth estará ocupadísimo en la cocina –suspiró.

La buena mujer al principio no compendió lo que decía Bella, pero tras pensarlo un minuto, lo entendió.

-Oh, ¡Bella! ¡Eso es maravilloso! –se acercó a ella para arreglarle el cabello-. Y dime, ¿qué te pondrás? –al escucharla, Bella pareció salir de su trance, y se sobresaltó, haciendo que Esme también lo hiciera.

-¡Rayos! Gracias por acordarme, Esme. Tengo que llamarle a Alice –rápidamente le marcó a su amiga, mientras Esme sonreía y regresaba a su lugar.

-Fashion House, le atiende Alice Brandon, ¿en qué le puedo servir? –la voz tan monótona de Alice al contestar le hizo sospechar a Bella que su amiga tenía algo.

-Alice, soy yo. ¿Qué te ha pasado? ¿Dónde está la Alice que contesta con toda la alegría del mundo el teléfono? –la chica rió por la línea.

-Bella, tengo que hablar contigo. ¿Almorzamos?

-Vale, en diez minutos nos vemos allá, ¿ok?

-Ok.

Bella salió corriendo, y luego de invitar a Esme a almorzar con ellas –quien amablemente se negó, pues aseguró que su alguien vendría por ella-, agradeció que la buena suerte le sonriera y le tocara subir a un ascensor vacío que bajó sin escalas hasta la planta baja. Diez minutos después, cuando Alice entraba al establecimiento, Bella ya tenía los emparedados y los tés helados listos en la mesa.

-Está bien, Bella, ¿qué pasa?

-No, tú primero, cuéntame por qué andas tan… ¿molesta?

Alice exhaló profundamente y le dio un trago a su té. –Hoy saldré con James –bufó.

-Pero… -la chica castaña se quedó sin palabras-. Bueno, le debías una cita –se encogió de hombros.

-Lo sé, lo sé –Alice le dio otro trago a la bebida-. Es sólo que hoy, cuando por fin encuentro al amor de mi vida y estaba a punto de invitarme a salir… -sus ojos miel brillaron y una sonrisa tonta se dibujó en sus labios, para inmediatamente bufar y enojarse de nuevo- llega James…

FLASH BACK

Delante de Alice se encontraba el hombre más maravilloso que ella hubiera conocido jamás. Alto, musculoso aunque de constitución delgada, con un rebelde cabello rubio, con ojos del color del cielo en una noche de verano, y con la sonrisa más hermosa que jamás pensó que pudiera tener un hombre.

-Buenos días, ¿en qué puedo ayudarle? –Alice sacó su arma secreta, la sonrisa que tenía para casos de emergencia y el sincronizado pestañear que nunca le habían fallado. Vio que el hombre la miró un segundo más del necesario, y se aclaró la garganta. Mentalmente se dio una palmadita en la espalda.

-Sí, buenos días. Venía por una tarjeta de regalo… para mi hermana –agregó, y la miró, alzando una ceja. El corazón de Alice comenzó a latir aceleradamente.

-Okey –alargó la palabra mientras tecleaba en la computadora, mirándolo furtivamente-. ¿De cuánto será?

-No sé.

En menos de un segundo, Alice alzó la mirada. -¿Cómo que no sabes cuánto?

-Es que necesito algo de consejo, ¿sabes? ¿Podrías ayudarme? –la pequeña mujer asintió-. Verás, es su cumpleaños y no sé cuál sería la cantidad indicada. ¿Cuánto crees que pueda gastar una chica amante de las compras por su cumpleaños?

Alice casi se pone a saltar de la emoción. "Tendré a la cuñada perfecta…. ¡y este hombre es mío", pensó.

-Entiendo –pareció pensarlo un poco-. Tengo un estimado, pero creo que eso depende más bien de la chica. Cada chica es diferente, así que para darte la respuesta correcta, tendría que conocer a tu hermana.

-Ya… -el chico meditó un momento-. Entiendo tu punto, pero creo que no sería muy correcto presentarle a mi hermana una chica desconocida, ¿no crees? Tendría que conocerla yo primero… -le sonrió de lado, y Alice casi se sentía caminando en las nubes.

-Estoy de acuerdo contigo.

-Así que, ¿queríras sa…

-Alice, ¡cariño! –una voz que no era su voz resonó a sus espaldas, interrumpiendo el momento más perfecto del día, al menos para Alice. Con la sonrisa congelada en su rostro se giró para ver al hombre a quien deseaba con todo su corazón castrar en ese mismo instante.

-James…. –casi susurró.

-El mismo que viste y calza, hermosa –sonrió con autosuficiencia el hombre frente a ella, tomando su mano y posando un delicado beso en sus nudillos. Alice habría amado gesto si no hubiera sido James quien se lo dedicara, sino el hombre de ojos del color del cielo que carraspeaba en el mostrador.

-Me parece que después vendré por la tarjeta, señorita. Hasta entonces –y se marchó, sin que ella pudiera conocer al menos su nombre. Por dentro estaba que hervía.

-¿Qué deseas, James? Por si no te has dado cuenta, estoy trabajando y ya me has hecho perder a un cliente –lo enfrentó, cruzándose de brazos y golpeando repetidamente el suelo con el pie.

-Te deseo a ti, Alice… –se mordió el labio, mientras le acariciaba la mejilla con delicadeza, y cuando la chica apartó el rostro, él sólo se rió-, vestida muy elegante esta noche para saldar la deuda que tienes conmigo. Tengo una cena importante, y quiero impresionarlos llevando a una chica hermosa conmigo.

Antes de decir algo más, Alice respiró profundo y rechinó los dientes. Él tenía razón, ella le debía una salida, y mientras más pronto acabara con ello, mejor.

-¿Qué tan elegante debo ir?

-Tan elegante como… -miró atentamente un costoso vestido largo que un agraciado maniquí exhibía a un lado de la caja, de color rojo sangre, con un pronunciado escote tanto en el pecho como en la espalda. James sonrió y tomo uno de la percha de la talla extra chica, la talla de Alice-. Tan elegante como te veas con este.

Con la boca abierta, Alice observó cómo colocó el vestido sobre el mostrador, seguido de unas zapatillas de su número de 12 cm de alto y un discreto bolso a juego con la prenda, y finalmente le tendió la tarjeta platino.

-Considéralo un regalo de mi parte –le guiñó el ojo.

FIN FLASH BACK

-Bella, ¡me compró! –Alice casi gritó-. Eran las sandalias por las que había estado babeando, ¡eran Jimmy Choo! –bajó la cabeza, y negó lentamente-. Me siento sucia -Bella no pudo más que reírse, y un momento después Alice la imitó-. Vale, tal vez no sea tan terrible. Sólo será una salida, ¿no? Ahora, anda, tu turno, cuéntame.

La castaña se había divertido tanto con el relato de su amiga que había olvidado, por un momento, el gran acontecimiento de la noche.

-Cenaré con Edward esta noche… o algo así –y luego de que Alice le pidiera todos los detalles, le contó sobre la visita de Seth a su oficina. Finalmente, llegó a la parte escabrosa del asunto-. Así que… No tengo nada qué ponerme, Alice,

-Espera, déjame pienso un momento -la joven de cabello negro le dio una mordida a su emparedado y lo meditó un poco-. ¡Oh, ya! De hecho sí tienes qué ponerte, Bella. ¿Recuerdas aquel vestido verde mar que compré en las rebajas de otoño, el año pasado? –la cara de su amiga le reveló que no lo recordaba-. Está bien, con que yo lo recuerde está bien –sonrió-. Así que no te preocupes, ahorita solamente te conseguiré un par de zapatillas para…

-Por favor, Alice, que sean de piso… No quiero enfrentarme a los tacones –le suplicó, y Alice, tras mirarla con los ojos entrecerrados un segundo, se rindió.

-Vale, por esta vez ganas, Isabella- sonrió con suficiencia, sabiendo que a su amiga no le gustaba demasiado ese nombre-. Pero para el día de la inauguración, usarás zapatos altos, así tenga que soldártelos a los pies, ¿ok?

-Ok.

Las dos chicas se apresuraron a terminar su almuerzo, y quedaron de verse a las cinco en el departamento para empezar a alistarse.

A Bella se le desdibujó el resto de la tarde. No hizo nada, de eso estaba segura. Estaba completamente perdida en sus pensamientos, y éstos, como siempre, giraban en torno a Edward Cullen. Pensaba en sus brillantes ojos esmeralda, que parecían iluminarse cada vez que la veía; en ese cabello broncíneo eternamente fuera de control, y el cual se despeinaba aún más al mesarlo Edward cada vez que se reía, pero que lejos de hacerlo lucir mal, aumentaba su atractivo; y en su sonrisa… esa sonrisa torcida que le dedicaba de vez en cuando, y contra la que Bella no podía luchar. Se derretía por dentro cada vez que él le dedicaba su famosa sonrisa, y por fuera… bueno, simplemente no podía controlar que el sonrojo tiñera sus pálidas mejillas.

-¿Bella? -saliendo de su mundo de ensueño, vio que Esme estaba frente a su escritorio, esbozando una sonrisa divertida-. Bella, ¿te puedo decir algo?

-Por supuesto, Esme –asintió la joven castaña, mientras sentía como se le ruborizaba el rostro. Sólo Dios sabía cuánto tiempo llevaba Esme llamándola.

-Creo que estás enamorada de Edward –y era una afirmación-. No es necesario que me digas si es así o no, Bella. Lo puedo ver en tus ojos y tu sonrisa cada vez que hablas de él.

-¿Es tan obvio? –Bella se mordió el labio.

-Siento decir que sí, Bella, así es. Me sorprende que Alice no lo haya notado aún –le aseguró la amable mujer-. Sin embargo, en vista del plan maléfico que habían ideado para vengarse de él, y de que has caído en el proceso –se rió quedamente-, creo que deberías decirle lo que pasó, que te enamoraste del enemigo.

-Es que… Es que Alice está tan sentida por lo que pasó años atrás, por lo que me hicieron sufrir, que la emoción por esta venganza la tiene cegada. Y si llegará a decírselo… -se estremeció-, me matará.

-Bella, cariño, pero si no se lo dices, y terminan lo que comenzaron, cuando le rompas el corazón a Edward, tu corazón se romperá junto con el de él.

Esme tenía razón, Bella lo sabía muy bien, pero no se atrevía a revelarle a su mejor amiga lo que ocurría en su interior. Ni a ella ni a nadie, mucho menos a Edward, ya que por más encantador que fuera y que se portara con ella, un vistazo bastaba para demostrarle que ella no estaba ni por asomo en su liga. Él era la perfección, y ella era… Bella. Ni en un millón de años él se fijaría seriamente en ella.

Entonces, aquel penoso momento regresó a su memonia.

Todos los chicos populares, y los que no, se reían de ella, haciendo que su rostro se pusiera casi púrpura de vergüenza. Pero de todos ellos, el que más le dolía era el rostro pálido en el que lucían un par de ojos tan verdes como la esmeralda, el rostro de un chico que le asegurada, mientras intentaba controlar las carcajadas, que no la conocía y que jamás podría haberle escrito una carta… esa carta donde alguien que había firmado como Edward Cullen, decía que la amaba.

-No, Esme, no ocurrirá así –el recuerdo de su humillación estaba grabado a fuego en su memoria, y fue éste el que la ayudó a sobreponerse de los sentimientos que empezaba a experimentar por Edward. "Venganza, venganza", recordó-. La verdad es que sí, puede que esté enamorada, pero es sólo por el momento, es decir, ¿quién no se enamoraría de ese hombre tan atractivo y coqueto? Él es así, hace que todas caigamos a sus pies… pero yo le daré esa lección –una sonrisa malvada se asomó a los labios de Bella-. Le enseñaré que con las chicas no se puede jugar.

Esme suspiró.

-En ese caso –señaló el reloj-, ya son las cuatro y media, es hora que te marches a casa y te alistes para esa cita-no-cita-propiamente-dicho con tu maravilloso cliente.

-Gracias Esme… -Bella comenzó a meter sus cosas en el maletín, pero de pronto levantó la mirada hacia Esme y se mordió el labio-. Yo… lo siento, Esme. Sé que lo dices por mi bien, así que agradezco tu consejo, pero esto es algo que tengo que hacer.

-Está bien, Bella. Pero ya sabes, cualquier cosa, estaré ahí, ya sea como tu asistente o como tu amiga –le sonrió amigablemente y se fue a su lugar.

Pronto, Bella arregló sus cosas y se dirigió a su departamento, viendo engullida por el tardío tráfico de Nueva York.


-Alice, nunca pensé que yo sería quien diría esto, pero… ¡Ya sal del baño!

Bella ya se encontraba lista, sentada en la cama de la habitación de su amiga, enfundada en ese sencillo y hermoso vestido color verde mar sin mangas, que le llegaba hasta la rodilla. Las zapatillas, de color plata oscuro, eran de piso, y el bolso a juego. Alice le había marcado los rizos castaños, y solamente le sujetó con un par de pasadores unos mechones, dejándole casi todo el cabello suelto. Su maquillaje era muy natural, tan sólo un juego con las sombras y el rímel para acentuar sus ojos. En pocas palabras, Bella se sentía bonita, y le agradaba el reflejo del espejo.

Alice, por su parte, apenas había salido de la ducha y se había calzado las bellas sandalias que la hacían quedar casi a la altura de su amiga. Tras arreglar a Bella, comenzó a peinarse y maquillarse ella misma, rizando un poco las puntas de su cortísimo cabello y aplicándose un maquillaje un tanto provocador, en tonos que combinaban perfecto con el tono rojo de su vestido.

Pero al entrar al baño a ponerse el vestido, soltó un gemido y aseguró que no podría salir vestida así, y menos con James.

-¿Es que no te queda, Alice? –le preguntó Bella, preocupada de que así fuera.

-No, Bella, au contraire. Me queda perfecto –un tono ácido se filtró a su voz-. Tan perfecto como seguramente James lo había planeado, así que no, no puedo salir así con este vestido.

-Anda, sal… Quiero ver cómo te queda. Olvídate por un momento de ese patán.

Un momento después, la puerta se abrió y una mujer casi alta –por los tacones-, con el bendito vestido que le quedaba perfecto, salió a la habitación.

-Alice, te ves… -Bella ladeó la cabeza, mirándola, buscó la palabra correcta. En la mujer frente a ella no pudo reconocer a su amiga. Se veía elegante, eso sí, pero muy peligrosamente cerca de la línea que dividía a las mujeres elegantes de las chicas que se vendían a sí mismas. El escote del frente era tal vez demasiado marcado, y el de la espalda, llegaba justo al final de esta. La falda era con vuelo, pero suelta, dejando apenas ver por debajo los tacones que tanto amaba su amiga. Y el contraste de la blanquísima piel de Alice con el color del vestido, rojo sangre, era simplemente perfecto-. Te vez muy sexy, Alice.

La joven gimió.

-Bella, no me siento a gusto. Conoces a James…

-Pero también te conozco a ti, y sé que sabrás ponerlo en su lugar. Diviértete a donde sea que vayan, y no dejes que él te lo arruine. Esta noche eres una diosa –Bella se rió-. Hoy haz todo aquello que siempre me has dicho que haga, y que obviamente nunca haré. Y si él intenta algo… bueno, es hombre, ya sabes cuál es su punto débil.

-Tienes razón, Bella –se acercó a abrazarla-. Lo haré, y tú también hazlo. Recuerda, tienes que conquistarlo, tienes que ganarte a Edward de tal manera que sufra tanto como tú, o incluso más, hace once años.

-Pero estará Seth…

-No importa. Ya te las idearás para ganártelo con tu encanto, y luego herirlo con tu desprecio –le dijo, mientras se miraba en el espejo y se retocaba el peinado.

Afortunadamente, el sonido del timbre salvó a Bella de responder el comentario de su amiga. Con más entusiasmo del necesario, se apresuró a llegar a la puerta. Jamás lo diría en voz alta, pero estaba ansiosa por ver a Edward.

-¡Qué sorpresa, Bella! ¡Estás preciosa! ¿Quisieras acompañarnos a Alice y a mí a la cena? –la saludó James, enfundado en un elegante esmoquin negro hecho a la medida, con una impoluta camisa blanca debajo, y un pañuelo de seda, color sangre, adornando el bolsillo de su saco. El hombre, galante como siempre, la tomó de la mano y la acercó a su rostro, donde aspiró suavemente el aroma de su piel. Con un gesto de incomodidad pintado en el rostro, recordó cuando hizo lo mismo la vez que fueron Edward y ella a su restaurant.

-Hola James, y no, para nada. Tengo mi propia cita –carraspeó y logró zafar su mano de la de él-. Déjame le aviso a Alice que ya estás aquí.

Pero no fue necesario. James se quedó estático en su lugar, con una lasciva mirada fija en algún punto sobre el hombro de Bella; observaba a Alice. La joven, por su parte, bufó y puso mala cara al tomar su bolso y caminar hacia la puerta. Como se lo pudo imaginar, James la tomó de la mano, y suave aunque firmemente la acercó a él, para poder colocar su otra mano en la desnuda espalda de Alice, mientras besaba los nudillos de la delgada mano de la chica.

-Alice, piccola, hoy luces como toda una mujer –se susurró con la voz ronca.

-James… bajas la mano un centímetro más y te prometo que me aseguraré de que no tengas ni la más remota posibilidad de pensar en hijos, ¿entendido?

El hombre soltó una carcajada, y separó de ella, aunque sin soltarla de la mano, para conducirla al auto.

-Así me gustan, difíciles –se dijo a sí mismo. Al pasar junto a Bella, la besó en la mejilla-. Hasta luego, bella Bella. Aunque esta noche posea el privilegio de tener a Alice, quiero que sepas que tú eres la dueña del mio cuore –le acarició la mejilla con la mano libre-. Ciao, carina!

-Adiós, Bella. ¡Qué te vaya bien!

-Tú cuídate mucho, Alice. Ya sabes –dio unos golpes al viento y alzó la rodilla, dándole a entender lo que tenía que hacer con James en caso de que él intentara sobrepasarse. Alice se rió y le guiñó el ojo, antes de que el aludido la reclamara para sí y le soltara la mano solamente para envolverle la cintura y apretarla en su costado hasta que llegaron el auto.

Bella estaba mirando fijamente a su amiga subir al auto de aquel peligroso tipo, y no se dio cuenta que un Volvo plateado había aparcado enfrente de la casa de enseguida, y que un apuesto hombre había descendido de éste y se dirigía hacia ella, con una traviesa sonrisa en sus labios.

-Hola Bella.

Esa voz, su voz, la hizo estremecerse y se giró enseguida hacia él, sonriendo como tonta, y casi perdiendo el equilibrio. Afortunadamente, unos delgados pero fuertes brazos la sostuvieron de la cintura, evitando así que cayera… y aumentando el sonrojo que ya cubría sus mejillas.

-Hola Edward –lo saludó casi sin aliento.

El atractivo hombre frente a ella, quien a pesar de ya haberla estabilizado sobre la superficie plana del piso, no retiraba las manos de su cintura, se rió, provocado que el corazón de Bella latiera aún más rápido.

-Bella, Bella… No es que pretenda faltarte al respeto ni nada por el estilo, pero… -se aclaró la garganta, intentando parecer serio, aunque la burla asomaba claramente en sus ojos-, ¿has pensado en hacer algo para mejorar tu sentido del equilibrio? Me refiero a que para que el suelo y tú son grandes amigos y no pueden permanecer mucho tiempo separados… -no pudo más y se rió.

La joven sabía que tenía que haberse ofendido por el comentario, pero se encontró queriendo reír con él. Sin embargo, intento poner gesto duro y se soltó de sus brazos.

-Oye, Cullen, deberías dejar de burlarte de mí y llevarme a ese nuevo restaurante que abrirán en la Main Street, ya sabes, los propietarios me prometieron la exclusiva –lo picó mientras entraba a su departamento, con Edward pisándole los talones, a buscar su bolso y una pashmina, para en caso de que refrescara un poco en la noche.

-Por supuesto, Bella. Esos dos sujetos están muy ansiosos de que apruebes su menú, así que vamos.

Luego de que Bella cerrara la puerta del departamento, se encaminaron al impecable Volvo plateado de Edward. Cabe señalar que no le pasó desapercibido el hecho de que él le colocó la mano en la espalda, y la condujo hacia la puerta del copiloto, la cual abrió para ella, como siempre lo había hecho desde que se conocían… más bien desde que se habían vuelto a encontrar. Como todo un caballero.

"Ojalá Edward hubiera sido así desde que estábamos en la escuela", pensó mientras Edward rodeaba el auto para subir del lado del conductor.

En el camino al restaurante, ambos se sumieron en un cómodo silencio, por lo que Edward puso algo de música en el estéreo del auto, algo que Bella reconoció como Claro de Luna, de Debussy. Con cuidado de que él no la descubriera, se dedicó a estudiarlo.

Si verdaderamente Edward era alguien sumamente atractivo, Bella tenía que reconocer que esa noche se veía especial, y no es que tuviera que ver mucho con lo que vestía –una camisa azul oscuro de marga larga, la cual traía abierta de dos botones arriba, dejando ver el inicio de su bien esculpido pecho, y vestía unos pantalones de vestir color negro; Bella sonrió al recordar el incidente del helado en la clase de Seth-. No, tampoco tenía que ver con que su cabello, de ese extraño color bronce que lo hacía único, lucía más perfectamente despeinado que de costumbre. No, no era nada de eso, por lo que tal vez se debía a lo tierno que se veía tarareando la música de Debussy, concentrado en dar las vueltas, completamente ajeno al escrutinio de su acompañante.

-¿Te gusta Debussy? –le preguntó de pronto, sin mirarla, mientras se ocupaba de cambiar de carril. Al notar por el rabillo del ojo que Bella se había sobresaltado, le dedicó una sonrisa torcida.

-Sí… -asintió ella, sonriéndole a su vez- Bueno, en realidad podría decirse que me gusta mucho la música clásica, y aunque no reconozco a los compositores, por lo menos esa canción la reconozco, sé que es de él y me gusta.

-Me alegra que compartamos gustos –le dijo, antes de estacionar el vehículo frente al restaurante, el cual pese a que aún le faltaba algo de decoración en el exterior, se veía muy bien con la tenue iluminación que parecía haber en su interior-. Hemos llegado –anunció, y al notar que Bella observaba la fachada, se desabrochó el cinturón y se inclinó hacia ella, casi poniendo su mentón sobre el desnudo hombro de Bella-. Entonces, ¿qué opinas?

-Creo que será un éxito –le aseguró con una voz casi tan baja como un susurro. La cercanía del rostro de Edward la había lanzado a las nubes.

Edward entonces esbozó un gesto travieso en su rostro, y se dispuso a salir del auto. –Y espera que lo veas por dentro, con los muebles.

La emoción comenzó a embargar a Bella, y cuando Edward le abrió la puerta del auto, casi lanza un gritito cuando éste la tomó de la mano para ayudarla a descender. Esa corriente, esa chispa que le transmitía su toque, y que se iba directo a su corazón, era algo que simplemente no podía ignorar.

Al llegar a la entrada del restaurante, Edward le cubrió los ojos con las manos.

-Lo siento, Bella, pero esto tiene que ser una sorpresa –se disculpó sin algún dejo de culpa en su voz, mientras la hacía avanzar, manteniéndola entre sus brazos, cubriéndole los ojos desde atrás. Ella estaba casi segura de que empezaría a hiperventilar de un momento a otro.

Apenas se detuvieron, y una voz muy alegre la saludó en cuanto Edward la soltó.

-¡Bella! –Edward la soltó, y Seth, con su filipina de chef, se acercó a saludarla, dándole un ligero abrazo. Ambos sonreían-. Bienvenida a la preinauguración del local. ¿Qué te parece?

Tomándose su tiempo, más que nada para crear la expectativa en los dos hombres que la miraban aprehensivamente, admiró el lugar. Ciertamente ya contaban con casi todas las mesas y sillas. Solamente faltaban algunas en el fondo, y los muebles para las bebidas en la barra. Las lámparas que iluminaban cada mesa se veían perfectas. Los cuadros que habían escogido ya colgaban de las paredes, y aunque notó que hacían falta unos tres o cuatro cuados más, no era algo que un par de llamadas al día siguiente no pudieran solucionar.

-Chicos, luce genial –respondió finalmente, y vio claramente cómo se relajaron.

-Nos alegra que te guste, Bella –Seth le guiñó un ojo.

-Ahora bien, tú has venido a disfrutar de tu sorpresa, así que vamos, a tu lugar –repuso Edward, y antes de decir algo más, cada uno la tomó de un brazo, y la condujeron a una mesa aparte, la cual se encontraba puesta para dos. Enseguida de ella había una pequeña mesa portátil, donde habían colocado algunas botellas con bebidas, y otra más donde se encontraban ya algunos aperitivos y ensaladas.

"Dos lugares", pensó para sí misma. Claro que recordaba por qué aparentemente falta un lugar, pero aún así decidió preguntar, parecer un poco más despistada de lo normal.

-Chicos, creo que falta un lugar –señaló con la mirada los dos servicios de cubiertos, y al alzar la vista hacia los dos hombres, casi estaba segura de que había visto a Seth guiñarle un ojo a Edward.

-¿Qué acaso no recuerdas, Bella, que te mencioné que yo estaría ocupado en la cocina? –con un gesto, el moreno señaló su atuendo-. Será Edward quien te acompañe y te explique los platillos –el aludido sonrió-. Por mi parte, me retiro. Tengo un par de charolas en el horno –y tan pronto lo dijo, casi corrió a la cocina.

-Toma asiento, por favor –le indicó Edward una vez que se quedaron solos, apartando la silla para que Bella se sentara-. Ahora bien, ¿qué deseas tomar? –le ofreció, señalando con un gesto las bebidas que se encontraban en la mesita.

-Oh, no sabría… -la joven se mordió el labio y encogiéndose de hombros mientras miraba las distintas botellas, ajena al hecho de que su interlocutor la observaba embelesado-. ¿Qué me recomendarías, Edward?

Éste le dedicó una sonrisa traviesa, y procedió a preparar algo, llenando el vaso mezclador con el contenido de algunas botellas, y finalmente agitándolo como un experto barman. Bella no podía apartar su vista de él. –En ese caso, la recomendación de un servidor será… -vació el ignoto brebaje de color rosado muy claro en dos copas altas, y le extendió una a la joven castaña-, el Bella's drink.

Ella se quedó helada por un instante, pero luego recordó que debía tomar la copa. Casi temblando por la emoción, la tomó y le dio un trago. Era una bebida cremosa aunque ligera, dulce pero lejos de ser empalagosa, con un sabor tenue a fresa y a chocolate, y apenas un toque de alcohol. Con una sonrisa, felicitó al hombre que también bebía de su propia copa.

-Edward, es deliciosa –exclamó, extendiendo la copa para que su cliente la llenara de nuevo-. ¿Fuiste tú quién la inventó?

-Así es –repuso, tomando otro trago-. Se me ocurrió hace unas semanas, y antes de que preguntes por el nombre, sí, le he puesto como tú para que aún después de que hayas terminado tu trabajo con nosotros, de alguna forma continúes aquí.

-Oh, hombres –luchó con el nudo que comenzaba a formar la emoción en su garganta-. Desearía tener solamente clientes como ustedes –se rió, secundada por él, quien tomó asiento frente a ella-, tan atentos conmigo.

-Pero Bella, es que te has ganado nuestros corazones y nuestra admiración –las mejillas de la joven se tiñeron de un color rosado, similar al de la bebida que había tomado-. Y déjame decirte que más que nuestra publicista estrella, te consideramos ya nuestra amiga –y dejando su copa sobre la mesa y le estrechó la mano que tenía libre, dedicándole una mirada que debía estar prohibida para los amigos recientes.

Bella se sonrojó al instante, y algo en su interior se removió. "Oh, vamos, estúpidas mariposas de mi estómago, déjenme pensar y actuar con coherencia. ¡Cooperen!".

-Yo… -parpadeó y se aclaró la garganta, despejando la oleada de emociones que la inundaron-. Yo también los considero mis amigos -. Edward le dedicó una sonrisa torcida que volvió a provocar una tormenta en su interior.

-Me alegro.

Un segundo después le soltó la mano, y comenzó a servirle los distintos aperitivos que ya tenía dispuestos para la ocasión, y de los cuales Bella apenas probaba, ya que sabía que tendría que comer de varios platillos, y las mariposas no se calmaban.

Mientras comían, platicaron de un sinfín de cosas. Se contaron sus pasatiempos, anécdotas graciosas que les habían ocurrido recientemente, cosas que les agradaban… en fin, charlaron y charlaron, interrumpidos solamente cuando Edward iba a la cocina por más comida, y sin darse cuenta, la plática fue conduciéndose por temas personales: sus familia, sus pasados, incluso relaciones románticas.

Edward le contó a Bella que desde chico había sido "algo así como una estrella de los deportes", pero no tanto por él, sino por sus padres, quienes lo habían presionado a que se dedicara a ello en vistas de lograr ser aceptado en las mejores universidades.

-Hasta que estuve en la secundaria, soñaba con ser un gran jugador de futbol cuando fuera grande –le comentó, pero era innecesario, ya que Bella lo recordaba muy bien-. Sin embargo, cuando entré a la preparatoria, algo cambió en mí, aunque no puedo precisar que fue, me hizo cambiar de parecer. Seguí realizando deportes como lo dictaba el plan de mis padres, pero ya no con miras al éxito en el ámbito deportivo, sino para llegar a algo como esto –y con un gesto señaló el lugar-. Claro, en aquel entonces no lo sabía, pero en el último año de preparatoria, en uno de los momentos en que rompí con mi novia, conocí a Seth, nos hicimos buenos amigos y de alguna forma se nos ocurrió crear algo así.

"Vaya, así que había cambiado", pensó Bella, meditando lo que le había dicho su acompañante. "Lástima que haya ocurrido lo que ocurrió y no haya estado presente para ver cuando cambió, haber estado ahí cuando él y su novia…". ¡Novia! En todo ese tiempo, ni siquiera se había puesto a pensar si tenía novia, aunque lo más seguro era que fuera así, ya que lo veía muy a menudo, solo, sin que nadie le llamara preguntando dónde estaba, y sin que él hubiera mencionado a alguna chica. ¡Ja! Pensó en Tanya, aquella niña rubia, la jefa de las animadoras que era novia su novia cuando le habían arruinado la vida, la que declaraba que ella se casaría con Edward y que estarían juntos por siempre. "Por lo visto se equivocó", se rió para sí misma.

-Qué bien, Edward, que hayas decidido ser más algo más que un tonto ególatra que sólo vivía para el deporte… -el hombre frente a ella la miró con un gesto extrañado, y fue entonces que se dio cuenta de lo que había dicho. Se sonrojó terriblemente, y se cubrió la boca con la mano-. Lo… Lo siento, yo no quería…

Edward soltó una carcajada.- Parece que alguien tiene prejuicios, ¿eh?

Avergonzada, bajó el rostro y se dedicó a retorcer la servilleta como si la vida se le fuera en ello. Sólo ella era capaz de hacer cosas así. Claro, como estaba sentada no podía caerse, pero claro, podía decir tonterías como esa. "Oh, por Dios…".

Notando su incomodidad, Edward procedió a contarle algunas anécdotas más de su vida, alguna de las cuales incluía a Seth, provocando algunas risas que hicieron olvidar a Bella el comentario que había dicho.

-Veamos, Bella, ¿tienes novio? –inquirió el hombre de los ojos verdes, alzando la ceja divertido. Ella sólo rodó los ojos. Esa pregunta siempre había sido fácil.

-No.

-¿No? –preguntó extrañado Edward, recibiendo una respuesta negativa al instante-. ¿Cómo es posible?

Ella se encogió de hombros. –No sé, supongo que no ha habido alguien interesado en mi evidente torpeza, y por supuesto, nadie a quien le llame excesivamente mi timidez.

-Vamos, no te creo –negó Edward-. Eres linda, eres guapa, eres agradable e inteligente. Cualquier hombre tendría que estar ciego para no ver lo hermosa que eres –el comentario se ganó un sonrojo de Bella-. Además, discrepo contigo. Acuérdate del día que fuimos a visitar restaurantes. En todos los lugares que fuimos los hombres te dedicaron atenciones…

El sonrojo aumentó. –Pero ellos no vieron lo patosa que soy. Y dado que ya he tenido mi dosis de rechazo –"gracias a ti"-, el tener una relación no está en mi lista de prioridades.

-Eso podría cambiar –objetó Edward, con un brillo extraño en su mirada esmeralda.

Bella lo pasó por alto. -¿Y qué hay de ti, señor Éxito y Fortuna? ¿Tienes alguna novia por ahí?

-No –negó él, sonriendo-. Hace poco terminé definitivamente con mi novia, así que ahora soy hombre libre… -se rió.

-¿Definitivamente?

-Sí, es que habíamos estado juntos desde… desde que tengo memoria –le explicó, mientras le servía pasta-. Se llama Tanýa –Bella se tensó, y para no ser descubierta, se puso a comer-, y desde que recuerdo, siempre fuimos nosotros. La escuela primaria, en la secundaria, en la preparatoria, incluso en la universidad, aunque en diferentes carreras, y al salir. Aunque hubo temporadas en las que nos separábamos, pero siempre terminábamos volviendo. Supongo que nos hicimos muy dependientes el uno del otro…

-¿Y ya no regresarás con ella?

-No lo creo. Todo terminó volviéndose una rutina, más que una relación, y fue ella quien le puso punto final. Y a partir de ahí, cada quien tomó su rumbo.

-Y de ahí el definitivo –añadió ella, meditando en lo que acababa de oír-. Pero, al haber estado con ella durante tanto tiempo, supongo que sigues sintiendo algo por ella, ¿no?

-Sí, creo… -carraspeó-. Es decir, la sigo queriendo, pero ya más como una amiga. Ahora yo… -Edward levantó la mano, y Bella estaba segura que quería tomar la suya, pero al final él tomó su vaso, con un ligero mohín de frustración en su rostro. Bella respiró hondo.

Justo en ese momento, Seth entró con un carrito, el cual, para sorpresa de Bella, contenía varios postres.

-¿Qué opinas, Bella? –inquirió el recién llegado-. ¿Qué te ha parecido hasta ahora?

-Todo ha estado delicioso, Seth, y diría que ha sido suficiente comida para una noche, pero esos postres se ven realmente tentadores… -los tres rieron.

-Por supuesto, son la especialidad –le guiñó el ojo-. ¿Qué te apetece primero: fresa, chocolate…? –Edward se aclaró la garganta sonoramente y miró a su amigo. Éste alzó las cejas y sonrió pícaramente-. Oh, disculpen, tengo que ir a sacar los muffins del horno… -y acto seguido desapareció en la cocina. Bella supo que había algo raro, y podía apostar el sueldo del próximo mes a que no había ningún muffin horneándose.

-Cullen, aquí hay algo raro –comentó, mirándolo con los ojos entrecerrados-. Dime o…

-¡Imaginaciones tuyas, Bella! –le restó importancia al asunto, y puso frente a ella un platito con una crepa de nuez y cajeta, acompañada de helado. Nadie podría resistirse a ello.

-Juegas sucio, Edward –sonrió, no muy convencida, y la probó. Estaba exquisita. Por lo que a ella se refería, el asunto ya había quedado olvidado.

Entre los dos fueron probando los distintos postres, todos ellos deliciosos, continuando con su plática, ya de pie, frente al carrito. El tiempo avanzaba, y las risas no cesaban, fomentadas por la alegría del momento y el azúcar consumida. Tras una carcajada por parte de ambos, Edward notó que en la mejilla de Bella había algo de helado, así que sin poder evitarlo, sin pensarlo siquiera, alzó su mano y se lo retiró con el pulgar. Bella se quedó congelada, y él no retiró la mano de su mejilla.

Y algo cambió entre ellos.

Los ojos verdes atraparon en una penetrante mirada a los ojos marrones, y poco a poco la distancia entre ellos se acortó. Bella permanecía quieta, estática, y era él, Edward, quien aproximaba su rostro. Sus dedos recorrieron delicadamente el sonrojado rostro de la joven, desde la sien hasta la mandíbula, haciendo palpitar aceleradamente el corazón de Bella.

Ella lo sabía, sabía perfectamente lo que ocurriría. Conforme los centímetros que los separaban disminuían, Bella vio a Edward bajar su mirada hacia sus labios, para luego cerrarlos.

Cinco centímetros. Cuatro centímetros. Cerró los ojos, casi sintiendo su aliento, a punto del colapso, mientras su corazón casi se salía de su pecho y los dedos de Edward dibujaban un camino de fuego en su rostro.

"Edward Cullen me va a besar", pensó con el último retazo de coherencia que quedaba en ella.

-¡Edward!

Una voz femenina en la puerta rompió el hechizo, y como si se hubiera reventado la burbuja en la que estaban, ambos se separaron, sobresaltados.

-¡Edward! –llamó de nuevo la voz, y Edward, con gesto de profunda frustración, se disculpó para ir a atender, dejando a Bella hiperventilando y tan roja como un tomate. Negó suavemente, poniéndose la mano en el pecho, sintiendo claramente los acelerados latidos de su corazón en la palma de la mano.

Edward Cullen había estado a punto de besarla. Si no hubiera sido por aquella persona, habría estado perdida. ¿O no?

"Oh, ¡al diablo con todos! ¡Yo quería ese beso!", grito en su interior.

Afortunadamente logró calmarse cuando escuchó en par de tacones dirigiéndose hacia ella, por lo que se dio la vuelta, y lo que vio… a quien vio, la dejó congelada, como si le hubieran echado un balde de agua fría.

Era una mujer alta y delgada, con una figura –y unas piernas- propias de una modelo de revista. Su cabello, de un perfecto tono rubio natural, caía en suaves ondas más debajo de sus hombros. Sus ojos, esos ojos imposibles de olvidar, eran tan azules como el mar… y quizás tan fríos como éste, aunque sus labios parecieran casi sonreír.

Era tan hermosa que no tuvo duda de quién era, a pesar de los años que habían transcurrido.

-Bella, ella es Tanya, una amiga –Edward inició la presentación, aunque con un tono de voz algo molesto, emoción que se filtraba a la expresión de su rostro-. Tanya, ella es Bella, la publicista experta que nos ayuda a Seth y a mí.

-Encantada de conocerte, Bella –le sonrió educadamente y le extendió la mano, mientras que con los ojos la estudiaba. Bella se alarmó, pensando que la reconocería, pero afortunadamente no fue así.

-Igualmente, Tanya. Es un placer –repuso, estrechándole la mano-. Err… Supongo que querrán hablar, ¿no es así? –la atractiva chica asintió al mismo tiempo que Edward negó. Bella paseó la mirada entre ambos-. Bien, en ese caso, los dejo.

-No, Bella, permíteme llevarte –se ofreció Edward, mientras Bella tomaba su bolso y la pashimna.

-No te preocupes, Edward, tomaré un taxi. Mañana te llamo para reprogramar la cita de hoy, recuerda que hay gente que tenemos que visitar –parecía que Edward replicaría, pero ella se adelantó y se dirigió a Tanya-. Un placer haberte conocido, Tanya.

-El placer es mío.

Bella asintió, y después miró a Edward. –Nos vemos mañana. Despídeme de Seth, por favor –y antes de que su cliente dijera algo más, salió del restaurante y se apresuró a llegar la esquina, donde afortunadamente consiguió un taxi rápidamente.

Durante el camino a su departamento, pensó en lo que había ocurrido, y tras meditarlo, sacó algunas conclusiones: primera, Edward había querido besarla, por lo que debía estar ya enamorado de ella, lo que quería decir que el plan había resultado; segundo, la eterna novia de Edward había vuelto del limbo, seguramente para regresar con él, como le había comentado en la plática; y tercero, dada la montaña rusa emocional que había vivido, podría decirse que estaba completamente e irremediablemente enamorada de él.

Y esto último era un error. Un grandísimo error.


Mon Dieu! ¿Qué hará ahora Bella con semejante conclusión?

Gente, de verdad, les ofrezco una disculpa del tamaño del mundo, y espero que puedan perdonarme algún día.

En caso de reclamaciones, comentarios, regaños, dudas, etc, etc, ya saben, para eso están los reviews :D

Qué disfruten su fin de semana. ¡Saludos!

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