Holas!! Increíble lo mio, tengo parcial de psicología en 2 días y aunque todavía no termine los resúmenes, me pongo a escribir... (no es por nada, pero... o me restringen esta página, o me borran la memoria y me sacan de la cabeza todos los libros de Harry Potter, porque esto ya esta MAL)
Me estoy dando el lujo de dejar de lado "Todos los magos sienten miedo" (mi fic largo), porque para ese si que necesito tiempo. Le tengo mucho aprecio, es como un bebé para mi, y quiero cuidarlo y que quede lindo. Bueno, ya está. Me dejo de dar vueltas en círculos y vuelvo al final de este capítulo para explicar algo más... disfruten la lectura!

1. Idénticos

James Sirius Potter, de 14 años y grandes ojos color café escondidos tras sus gafas redondas, se parecía mucho al abuelo que nunca conoció. Él lo sabía, porque mucha gente se había tomado la molestia de recordárselo, por lo menos, unas dos o tres veces al mes a lo largo de toda su vida. Había visto fotos suyas, le habían hablado mucho de él, conocía su vida y su historia casi tanto como conocía la vida y obra de Harry Potter, su padre. En sus primeros años de vida le molestaba que lo comparasen físicamente con una persona que él no había conocido y que, para colmo, estaba muerta; pero al cabo de un tiempo terminó por acostumbrarse e incluso había llegado a tomarlo como un halago. Su opinión acerca del asunto dio un giro muy brusco cuando entró a estudiar en Hogwarts; y es ahí mismo donde comienza esta historia.

Hasta entonces James había sido un chico relativamente normal, al menos dentro de lo posible. Es fácil imaginar cómo fue su vida si se tiene en cuenta que era hijo de uno del mago que salvó al mundo de la magia del Señor Tenebroso dos veces y de la mejor cazadora del equipo internacional de Quidditch Holyhead Harpies, en años. Lo cierto es que en el seno de su familia se mostraba callado y bastante tímido, algo irritable pero con un sentido del humor muy amplio que tenía lugar sólo cuando se encontraba en un ambiente de confianza. Ser tan parecido a su padre y a su abuelo lo convirtió en un niño mimado por toda la familia y los amigos, algo que lo hacía sentir bastante incómodo. Por eso se llevaba tan bien con su primo Teddy Lupin, que lo trataba siempre como a uno más, aunque su indiferencia escondiera un gran cariño. Pero esa es otra historia.

El día en que pisó por primera vez el castillo que había acogido a todos sus familiares directos, James Sirius comprendió cuál era su lugar en el mundo, y supo que en ninguna otra parte se sentiría tan en casa como allí. El colegio le abría todas las puertas hacia lo desconocido y lo que quedaba por conocer; Hogwarts le regalaba todos los secretos de su altiva e igualmente misteriosa estructura. Él lo supo, y se propuso desde un primer momento aprovechar al máximo su tiempo para cambiar, para fortalecerse y conformar la personalidad definitiva que lo acompañaría hasta el día de su muerte.

Fue entonces cuando en verdad comenzó a parecerse a su abuelo. Hizo honor a su nombre aún sin ser completamente consciente de ello. Se convirtió en un joven extrovertido y carismático, arrojado, valiente y hasta un poco altanero. Se hizo buscador del equipo de Quidditch de Gryffindor y hasta adoptó la costumbre de pasarse una mano por el cabello. Era popular, le gustaba mucho meterse en problemas, infringir las normas, destacarse por alborotador y bromista, ayudar y apoyar incondicionalmente a sus amigos. Era una réplica exacta de James Charlus Potter, sólo que casi cuarenta años después.

Pero esa tarde de noviembre de su cuarto año en Hogwarts, James Sirius había abandonado por unas horas todos los aspectos de su personalidad para hundirse en la decepción de su primer amor frustrado. Su novia acababa de sorprenderlo con una actitud que nunca hubiera esperado de alguien como ella: la encontró besándose con su archienemigo Slytherin en un recodo del pasillo que conducía a la biblioteca. El encontronazo le cayó como balde de agua fría en la cabeza y su reacción primera fue echar a correr hacia las afueras del castillo. Corrió como un enajenado por los pasillos, corriendo bajó las escalinatas de la entrada, corriendo sin rumbo se perdió entre los árboles del bosque prohibido. Y siguió corriendo hasta que ya no pudo más; hasta que las piernas le flaquearon y el dolor sordo en el pecho le impidió respirar con normalidad. Agotado, se tumbó de cara al cielo sobre una piedra lisa entre los árboles. El brillo travieso de sus ojos se había perdido por completo, pero reprimió las lágrimas por orgullo. No iba a llorar, claro que no lo haría. Esa joven no merecía su llanto ni su comprensión. Y ese Slytherin… ya encontraría la manera de vengarse por meterse con su chica. Con tan sólo recordar esa humillante situación, una ira irracional lo invadió de pies a cabeza y sintió la exasperante necesidad de gritar, de embrujar a alguien o romper algo. Impotente, tomó una roca del suelo y la arrojó con fuerza al tronco de un árbol. Unos pájaros salieron volando de entre las ramas más altas y se perdieron en la inmensidad del cielo mientras comenzaba a oscurecer. No sintió miedo, la rabia era mucho más fuerte que cualquier otra sensación posible. Tomó otra piedra y la arrojó con más fuerza que a la primera. Y luego otra. Y otra. Así hasta que los músculos del brazo le dolieron y sintió como su furia comenzaba a ceder. Tomó una última piedra del suelo, mucho más pequeña que las demás, de un negro brillante. Sin siquiera mirarla, calculó la distancia entre su mano y el árbol mientras la daba vueltas en su mano sin darse cuenta de lo que hacía. Pero cuando estaba a punto de lanzarla sintió una extraña picazón en la nuca que lo detuvo en medio del gesto, con el brazo aún en el aire. No se movió ni un milímetro mientras, por primera vez en todo ese rato de estar tan desprotegido en un lugar tan inseguro, el miedo lo golpeaba con un golpe de realidad en la frente. Alguien lo observaba. Se dio media vuelta despacio, escudriñando la oscuridad dispuesto a sacar la varita. Pero la sorpresa le paralizó los músculos una vez más, y sólo se limito a abrir mucho los ojos.

James Charlus Potter lo miraba con una divertida y algo pícara sonrisa. Su abuelo. Frente a sus ojos. Y era real.

-Así que tú eres mi primer nieto. –le dijo, sinceramente emocionado. El joven no pudo responder. Tragó pesado y se frotó los ojos por detrás de los anteojos con incredulidad, todavía con la piedra entre los dedos, creyendo que estaba alucinando. Cuando volvió a mirar, su abuelo seguía allí, con esa expresión divertida que él mismo tenía en situaciones más normales. Se acercó un paso, dudando. Y cuando sacó la voz…

-¿Abuelo?

Su abuelo –la imagen de su abuelo, porque ahora que lo veía con más detenimiento podía observar que no era del todo corpóreo- se limitó a sentir con la cabeza y a llevarse una mano al ya de por sí desordenado cabello. James Sirius también sonrió.

-Eres un joven muy guapo, por cierto. –señaló, jocoso, a su secretamente adorado pariente. Ambos soltaron al mismo tiempo una estridente carcajada que echó a volar unos cuantos pájaros más de los alrededores. Se observaron puntillosamente. Eran en verdad muy parecidos. Eran idénticos.

El reflejo de James Charlus que tenía ante sus ojos debía tener la misma edad que él, tal vez unos pocos años más. La edad que tenía en las fotos que su nieto había visto en los álbumes familiares. Era apenas unos centímetros más alto y tenía las facciones un poco más pronunciadas. Se sentó en la roca junto a él y lo miró con curiosidad, en completo silencio, hasta que ambos pudieron recomponerse de la impresión de estar viéndose en un espejo.

Las preguntas que el joven James tenía eran tantas, la sorpresa tan grande, la sed de información tan agobiante, que pasó completamente por alto la hora y el hecho de que no tenía idea de cómo pudo haber sucedido aquella cosa tan extraña, mientras conversaba con su abuelo como si se tratara de un viejo y añorado amigo. Nunca había siquiera soñado con un momento como aquel. Era tan mágico… tan real. Su abuelo le contaba historias de Hogwarts y los hacía reír con el recuento de sus travesuras. Le hizo olvidar el episodio entre su novia y el Slytherin. Le hizo perder la noción de la realidad con sus relatos. Lo transportó a una época muy anterior a la actual y lo maravilló con sus palabras y sus ocurrencias. Incluso le contó intimidades que, aseguró, no le había confiado a nadie nunca antes. Lo hizo sentir único, portador de un secreto incorruptible y que no había buscado, pero lo complacía más que cualquier otro que hubiera podido encontrar. Le alegró la tarde, la noche, tal vez la semana con ese rato de amena conversación. Pero como todo lo bueno acaba, en algún punto dejó de hablar; y se lo quedó mirando a los ojos con un dejo de nostalgia. El muchacho parpadeó.

-Eso que tienes en tu mano, James, se llama Piedra de la Resurrección. Es una reliquia muy valiosa y muy buscada por el mundo mágico que tu padre, mi hijo, dejó caer aquí con intenciones de que nadie la encuentre. Ya ves lo que hace, el poder que guarda.

-¿Por qué papá haría algo así con un objeto tan increíble como éste? –inquirió el pequeño James sorprendido, mirando la negra y reluciente piedrita sin vida en la palma de su mano.

-Porque así es como debe ser. Los muertos no pertenecen a este mundo y no deben convivir con los seres vivos. Yo no pertenezco aquí y no puedo quedarme. Y tú te volverías loco si intentaras retenerme.

El adolescente se quedó callado, repentinamente serio y con un rastro de tristeza en sus ojos oscuros.

-Escúchame, hijo. –llamó su abuelo con ternura y una triste sonrisa en los labios. ¡Qué raras eran esas palabras en boca de un joven que no tendría más de diecisiete años y, como frutilla del postre, estaba muerto! El nieto alzó la cabeza. –Tienes que dejar eso aquí y no volver a buscarlo. Tienes que seguir con tu vida y ser libre, no atarte a un simple recuerdo.

-Pero yo quiero volver a verte, abuelo. Quiero que seamos amigos.

-¿Desde cuándo los niños de catorce años quieren ser amigos de sus abuelos muertos? –ironizó la imagen incorpórea con una divertida sonrisa. Sus ojos, ya de por sí cristalinos, adquirieron un brillo nostálgico. –Tienes que seguir, James. Tienes que dejar la piedra aquí y permitir que otro la encuentre, que viva su propia experiencia.

Y el muchacho lo comprendió. Porque, además de ser un alborotador, un bromista y un rebelde sin causa, también poseía una inteligencia y una rapidez mental incomparables; como su abuelo, y también como su madre. Asimiló la idea y asintió, no sin algo de angustia. Se puso de pie, dándole momentáneamente la espalda al reflejo. Apretó la piedra en la mano con fuerza y esbozó una ligera sonrisa antes de girarse para enfrentarlo de nuevo.

-Entonces… ¿nos vemos del otro lado? –preguntó, con aparente inocencia. Su abuelo sonrió, encantado con su nieto, y asintió enérgicamente, pero ya no pudo decir nada más. Unas lágrimas traslúcidas de satisfacción surcaban sus mejillas, y no estaba haciendo nada para ocultarlas. James Sirius se volteó, conmovido y algo turbado, y arrojó la Piedra de la Resurrección lo más lejos que pudo. Luego echó a andar al castillo sin mirar atrás: no iba a poder soportar ver cómo su querido James Charlus Potter se desvanecía frente a sus ojos.

Cuando cruzó los límites del bosque y se detuvo un momento para admirar el castillo desde la distancia a la luz de la luna, cerró los ojos por un breve instante y se juró que nunca, jamás, olvidaría ese día. Y los deseos de los dos James se cumplieron al pie de la letra, porque, además, tampoco se atrevió nunca a internarse en el bosque ni a buscarlo de nuevo. Ya cargaba con demasiados secretos de Hogwarts, y también de su familia… no tenía cupo para ninguno más.


Y acá estoy otra vez. Bueno, habrán visto (ya en el summary se lee algo), es algo cortito sobre lo que pasó con la Piedra de la Resurrección... muuuchos años después. Tengo otra idea en la cabeza, por eso lo dejé "en progreso". Tal vez escriba algo más.
La idea en sí surgió porque yo no conocí a mis abuelos maternos, y creo que, al igual que Harry, yo hubiera elegido la piedra si pudiera tener una reliquia. Me gustaría tener una charla como la que escribí sobre los dos James con Irene. Pero en fin... seguiré soñando y escribiendo hasta que inventen una máquina del tiempo o algo así, je.

Ojalá hayan disfrutado la lectura como yo disfruté escribiendo (esta frase ya se me hizo cliché). Me voy a seguir psicopateando con mis intentos fallidos de estudiar a Freud y sus BENDITAS sesiones de sofá ¬¬
Arrivederci!

Samara, la Cuenta Cuentos