La piedra de la Resurrección

La última desobediencia de Kreacher

Aún era de madrugada cuando Harry Potter y 'el chico Lupin', como solía llamarlo, regresaron a casa esa noche. Los niños ya estaban acostados en sus respectivas habitaciones y Ginny se había escabullido por las escaleras silenciosamente para darles algo de privacidad mientras conversaban en el comedor, frente a la tenue luz de la chimenea encendida.

El viejo elfo seguía vagabundeando por la casa como un alma en pena, recogiendo los envoltorios de regalos que habían quedado esparcidos por el suelo bajo el árbol de navidad. Su andar era tan silencioso y su piel avejentada tan gris y arrugada, que fácilmente podía mimetizarse con las paredes y pasar desapercibido.

El hecho de que escuchara la conversación que estaba teniendo su amo con Teddy había sido completamente casual. Lo cierto es que la estaba escuchando, y que cuando comprendió a qué se refería su amo con las palabras 'Piedra de la Resurrección' y 'Bosque Prohibido', sus ojos se abrieron grandes como pelotas de tenis y casi se salen de sus órbitas de pura sorpresa.

Desde las sombras, Kreacher escuchó atentamente el giro inesperado que daba la conversación entre su amo y Ted Lupin. El chico parecía sinceramente emocionado y muy agradecido con su padrino mientras continuaba parloteando sobre sus padres. Kreacher sabía a la perfección que estaban muertos y que el joven vivía con su abuela Andrómeda, una de las traidoras a la sangre de la familia Black, pero Teddy parecía muy seguro de sí mismo diciendo que estaba encantado de haber tenido la oportunidad de hablar con ellos en el terreno colindante de Hogwarts. Y Harry parecía creerle, asintiendo todo el tiempo con una sonrisa cómplice mientras lo dejaba balbucear en susurros.

Al cabo de un rato, el joven de cabello azul se despidió de su padrino con un fuerte abrazo y un "buenas noches" junto a la chimenea. Harry Potter se dejó caer una vez más en el sofá para quitarse los zapatos con cansancio. Sobre su rostro todavía jugueteaba una ligera sonrisa. El elfo estaba tan sorprendido que se había quedado paralizado junto al enorme pino de la esquina, y no fue hasta que salió de su escondite con pasos inseguros que Harry advirtió su presencia.

—Hey, Kreacher, ¿qué haces? —Preguntó con simpatía, alzando las cejas. Sus ojos se fijaron en la enorme pila de envoltorios despedazados que Kreacher aún tenía en las manos. —Deja eso para mañana, viejo; ya es muy tarde. Anda, ve a dormir… yo haré lo mismo. Buenas noches.

Y sin decir más, Harry volvió a levantarse del sofá con un poco de esfuerzo para reunirse con su esposa en la habitación principal.

Desde que Harry y Ginny Potter se mudaron al Número 12 de Grimmauld Place, Kreacher les había servido con una lealtad que incluso el viejo Dobby podría haber envidiado, de seguir con vida. Jamás había desobedecido una orden y nunca, nunca les había fallado a sus nuevos amos, ni siquiera a los pequeños niños que llegaron algunos años después. Albus y Lily a veces eran condescendientes con él y le daban ridículas órdenes directas, como 'no limpies mi habitación' o 'tómate un descanso, es una orden'. Incluso aunque le parecieran preceptos estúpidos, Kreacher siempre los había obedecido.

Pero ese 25 de Diciembre Kreacher se planteó por primera vez cometer un acto de rebeldía.

Harry le había dado una orden del tipo que solían darle los niños. Kreacher sabía que su amo no tenía intención de obligarlo a dormirse, pero aún así, una orden es una orden. Y lo que planeaba hacer tampoco era completamente correcto y aceptable para la actitud de un elfo doméstico; pero Kreacher era consciente de que no le faltaba mucho para pasar a mejor vida y que no tendría otra oportunidad como aquella. Debía aprovecharla.

Así que sin pensarlo dos veces y prometiéndose un severo autocastigo después, giró 360 grados sobre sí mismo y con un suave chasquido desapareció del comedor del Número 12 de Grimmauld Place y apareció instantes después en un punto específico del Bosque Prohibido.

Aunque ya no estaba para esos trotes, Kreacher tenía una fuerza de voluntad increíble a pesar de los años y se encontró de rodillas bajo la fría penumbra de los árboles a aquellas altas horas de la madrugada, escarbando la tierra con ambas manos. Su increíble tenacidad no parecía ser suficiente y horas después estaba a punto de darse por vencido cuando, con un sollozo atravesado en el pecho, encontró el objeto de su deseo.

Una pequeña piedra negra circular y extrañamente partida al medio parecía devolverle la mirada desde la palma de su temblorosa mano. El viejo elfo se puso de pie con lentitud y escudriñó los alrededores con ojos llorosos y el corazón en la garganta; pero nada sucedió.

Sus ojos volvieron a centrarse en la Piedra de la Resurrección, examinándola atentamente y preguntándose si no se habría equivocado. Había infinitas posibilidades de que aquello sucediera; después de todo, el Bosque Prohibido era realmente grande y la roca que tenía en la mano no era muy diferente a cualquier otra; excepto por el evidente tajo que tenía justo en el centro. La giró entre sus dedos varias veces en su inexperto escrutinio, hasta que finalmente el milagro sucedió sin que él siquiera se diera cuenta.

—Kreacher —llamó una voz.

El viejo elfo dio un brinco sobresaltado y cayó sentado en la tierra, su boca abierta en un grito mudo de horror. Sus ojos se quedaron estancados en la ilusión, el fantasma o el reflejo de quien alguna vez había sido su amo, como si nada en el mundo pudiera desviar su mirada de él; que a su vez le devolvía la mirada con una expresión ligeramente divertida, aunque tenía la boca fruncida en un rictus amargo y los brazos cruzados sobre el pecho en su vieja actitud de censura.

—Levántate.

Kreacher se puso de pie con dificultad sin quitar los ojos de su antiguo amo. Lágrimas saladas corrían ya por sus apergaminadas mejillas, y un sollozo se le escapó del pecho cuando el hombre dio un tentativo paso hacia adelante. Haciendo caso omiso a sus lágrimas, la incorpórea figura hizo algo que el viejo elfo jamás esperaría que hiciera: se agachó a su lado, hundiendo una rodilla etérea en la tierra, y le apoyó una mano en el hombro.

—¿Has venido hasta aquí simplemente para llorar?

Y entonces ya no pudo contenerse. Kreacher se largó a gimotear como una criatura, abrazándose a sí mismo con sus pequeños brazos temblorosos y dejando escapar todas las lágrimas y los sollozos que había estado conteniendo desde su muerte. A pesar de su expresión de disgusto, podía ver que en los ojos de su amo bailaba también esa vieja chispa de diversión que siempre lo había caracterizado.

Tuvieron que pasar cinco eternos minutos, un largo suspiro y unos cuantos hipidos hasta que Kreacher se recompusiera para coordinar sus pensamientos con su boca y hablara en voz alta:

—¡Lo siento mucho, amo Sirius! —Exclamó con todas sus fuerzas, sin importarle que el etéreo fantasma frente a él hiciera una mueca de dolor y se tapara un oído con la mano que no le sostenía por el hombro. —¡Lamento mucho lo que le hice, y lamento que muriera por culpa mía! ¡Jamás me lo perdonaré!

Después de aquel arrebato de sinceridad, el Bosque Prohibido volvió a caer en un pesado silencio. Kreacher no había soportado más la presión en el pecho que le ocasionaba mirar a los ojos a un muerto y se las había arreglado para girar sobre sí mismo y volver a Grimmauld Place, con la pequeña piedra negra aún fuertemente aferrada contra su pecho.

La imagen difusa de Sirius Black se desvaneció tan rápidamente como había aparecido. Y mientras Kreacher sollozaba con la cabeza hundida en su pequeña y andrajosa almohada de la alacena en el sótano de la casa de los Potter, un viento frío recorrió las copas de los árboles del Bosque Prohibido, que se agitaron suavemente bajo la luz de la luna, preparándose para recibir un nuevo día con una roca menos en su poder.