Hola a todos. Les cuento que estuve masticando esta historia desde hacía algún tiempo, y al fin, después de pensarlo mucho, decidí publicarla.

En realidad, no espero mucho de ella, ya que no es del todo "bleachesca" porque es AU, pero, de todas formas, me interesaría conocer su opinión, aunque esta sea: 'borrá esa porquería, porque no sirve'

Supongo que no serán tan drásticos, teniendo en cuenta que el primer capítulo no dice casi nada del argumento principal.

Aclaración: Bleach no me pertenece ni sus personajes tampoco, sólo uso lo que me queda de imaginación y tiempo libre para escribir fics que me liberen emocionalmente y para que los lectores disfruten.

Gracias a todos, los dejo con la historia.


Solitude (1)

Paris, 27 de abril de 1926

Robles frondosos, llenos de verde, agrupados a la derecha en una especie de bosque mítico que no concuerda con el resto del paisaje. Unos niños, cuatro para ser más exactos, dos niñas y dos niños, jugando en el parque, muy felices, aparentemente. Dos hombres sentados a una mesa de jardín, tomando café amargo. Una imponente casa de techos negros y paredes cubiertas de alguna especie de enredadera siempre verde con una flor azul cada tanto. Una sola ventana abierta.

Todo enmarcado en un atardecer rojizo, con un sol escondiéndose detrás de una colina baja, verde y sembrada, y a lo lejos, un río sereno y apacible.

Un cuadro.

Una simple pintura sobre un trozo de tela algo grande para su gusto.

Un miserable pedazo de tela pintado como quien pinta una pared vieja. Pero a su padre le había gustado tanto, que prácticamente lo arrastró para que lo presentara en aquella ridícula muestra de arte en esa ciudad que tanto lo atormentaba.

Paris, la monstruosa y gigantesca Paris. Siempre le trajo malos recuerdos esa ciudad. Tal vez porque todas sus vacaciones infantiles fueron allí, o porque en los cuentos que su madre le contaba antes de dormir, las cigüeñas venían de aquel lugar. ¿Por qué de Paris y no de Londres? ¿O de Roma, tal vez? No, de Paris.

Suspiró agotado y cruzó su pierna izquierda sobre la derecha, subiéndose ligeramente el pantalón en el trayecto, para que no se marcara la rodilla. Odiaba que se le marcara la rodilla. Detestaba tener que planchar otra vez el pantalón por eso.

Miró por sobre la cabeza de la mujer entrada en años que se había sentado en la butaca de enfrente. Allí, junto al pequeño e improvisado escenario que los anfitriones habían mandado a armar, estaba la Señora (si, con mayúscula). Detestaba a aquellas personas que se la daban de gran conocedoras de ciertos temas y luego, cuando les hacías una pregunta específica, rehuían a responderla, porque en realidad, no tenían ni la más mínima idea de lo que estaban hablando. Y él pensaba, no porque la conociera ni nada (si apenas dos palabras habían cruzado), que la Señora era una de esas personas.

Refunfuñó algo totalmente inentendible, incluso para él mismo, y miró hacia otro lado. Casualmente, en ese otro lado, estaba parado, contemplando su pintura, el Dr. Ryuuken Ishida. Puso sus ojos en blanco. Otro más que miraba sin saber absolutamente nada sobre pintura. Se paró y se acercó al tan conocido doctor.

- Buenas tardes, doctor – le dijo en un tono irónico.

- Buenas tardes – saludó apáticamente Ryuuken, mirando de reojo a quien lo saludaba. Se notó su sorpresa cuando descubrió al dueño del saludo.

- ¿Vino su hijo con usted? – le preguntó el pintor a Ryuuken, que aún seguía mirándolo algo sorprendido. Pero, ¿por qué estaba sorprendido? ¿No era que venía a ver su pintura?

- Me temo que no… ¿Qué estás haciendo aquí, Ichigo? – por fin preguntó. Entonces no había ido a ver su pintura.

- ¿No le comentó mi padre acerca de esta exposición? – el malhumor se estaba haciendo cada vez más evidente y eso lo ponía aún de más malhumor.

- No, en verdad vengo a ver al Dr. Urahara, hoy teníamos una reunión aquí en su casa, pero por lo visto – dio una mirada fugaz a su alrededor – me temo que tendrá que suspenderse

- Oh, ya veo – hizo una pausa, intentado ocultar su malestar – yo estoy aquí porque mi padre insistió en que expusiera un cuadro que tenía hecho hace unos meses

- ¿Ese de Mitry Mory? – preguntó Ishida, al parecer, sabiendo a qué pintura se refería Ichigo. Además, supuestamente, era la que estaba mirando antes.

- Si, este mismo, en efecto – dijo Ichigo, señalando el cuadro con un gesto.

Por suerte, entró por la puerta, haciendo bastante escándalo, como es su costumbre, el muy reconocido y por demás famoso, al menos entre sus familiares, Dr. Isshin Kurosaki. Flamante padre del malhumorado, y aficionado, pintor.

- ¡Hijo mío! ¡Felicidades! ¡Este es tu mejor momento en la vida! ¡Debes de estar desbordante de alegría! – gritó frente a los presentes, que por suerte eran unos pocos.

- No lo creo – susurró, intentando buscar con la vista un rincón oscuro en el cual esconderse. Pero, lamentablemente, no lo encontró.

- ¡Qué sorpresa! – gritó Isshin al llegar junto a los dos hombres - ¡Ryuuken! ¿Qué estás haciendo por acá? ¿Te enteraste de la exposición?

- Buenas tardes, Kurosaki – reprochó el saludo Ishida – en realidad estoy de casualidad por aquí.

Los dos doctores siguieron conversando, pero Ichigo ya no los escuchaba. Había quedado perdido, otra vez, en su propia pintura. En realidad, nunca se la había mostrado a nadie porque temía que todos se rieran de él o algo así. Miraba atentamente el bosque descolocado de robles frondosos, como si algo en ellos estuviera diferente de cuando los pintó. En realidad, los robles no eran los que estaban diferentes, sino él, toda su vida en conjunto era diferente desde aquel momento.

Veintiséis años de vida no eran suficientes para juzgar nada, ni siquiera su propia vida, porque, como decía su padre a veces, 'nadie vive lo suficiente como para saberlo todo y poder criticar u opinar sobre la vida de nadie', ni siquiera sobre la suya propia. Y él, entraba dentro de ese grupo de 'nadies'.

Volvió sobre sus pasos, esos que había dado cuando detectó la presencia del honorable Dr. Ishida y se sentó en la misma butaca, detrás de la señora mayor, que ahora notaba que tenía el pelo tan rubio que parecía canoso. Miró su peinado recogido y su sombrerito ridículo ladeado, perfectamente enganchado con pinzas. ¿Para qué las mujeres se empeñaban en ponerse cosas tan ridículas en la cabeza?

En realidad, ellas se veían mejor sin nada, sencillas y con el cabello suelto. Igualmente, no le importaba. No le interesaba conocer a ninguna mujer y menos fijarse en qué ridiculez tenía en el pelo.

Otra vez miró por sobre la cabeza de la anciana y vio nuevamente a la Señora riendo. ¿Por qué todos le decían Señora, si en realidad no lo era? Bien conocida era su historia, nunca llegó a casarse porque el mismo día de la boda, minutos antes, el futuro marido supuestamente se arrepintió, y se marchó sin siquiera decir adiós. A partir de ese momento, a ella le decían la Señora Matsumoto.

La miró bien, detenidamente, escrutiñándola. Tenía buenos atributos. Era alta y con un físico perfecto. De no ser por su carácter tan efusivo y sin vergüenzas, sería incluso, hasta agradable. Cerró sus ojos y cabeceó. No podía estar pensando en esas superficialidades. No ahora que venía la peor parte de su día de exposición.

Se recostó contra el respaldo y apoyó la nuca en el borde, mirando al techo. Un ostentoso techo, lleno de molduras y firuletes que lo sobrecargaban tanto que le daba la sensación de que se le caería encima.

Se detuvo a pensar por un instante ¿Qué hacia la Señora en esa casa? Ahora que se le pasaba por la cabeza, ella no tenía por qué estar allí.

La exposición la había organizado el Dr. Urahara, un científico renombrado en la última década. Él estaba casado con madame Yoruichi, miembro de uno de la familia Shihouin, unos de los nobles más prestigiosos de los alrededores. Como los organizadores eran ellos, la exposición se hacía en el salón principal de su asquerosamente grande mansión en el centro de París. Recordar el tamaño de la casa en la que estaba en ese momento le revolvió el estómago.

Se sentó y miró de reojo su pintura, que ahora era observada por dos mujeres jóvenes. Una alta y flaca, de tez blanca y cabello negro, recogido en un pequeño rodete adornado con un extraño firulete, de esos que detesta. Llevaba un trajecito morado de pollera recta y saquito. La otra, a su lado, más baja, también de cabello negro, pero más largo, y recogido en un rodete atado con una red. Tez blanca. Llevaba un vestido azul oscuro.

No se acercó. No porque fuera pudoroso y menos tímido, sino porque despertaba en él curiosidad saber qué miraban con tanto detenimiento. Señalaban el bosque. Ése bosque que con sólo mirarlo unos segundos lo atrapaba. Despejó su mente de los pensamientos sobre los robles y volvió a mirar a las chicas, que ahora cuchicheaban, mirando hacia la puerta. Afinó su oído y pudo escuchar levemente su conversación.

- ¿Crees que el señor Kuchiki vendrá?

- ¡Ay Nanao!, a veces pienso que eres más inocente que yo… - dijo la más baja a la más alta.

- Shh… - Nanao hizo un gesto con su dedo índice – no hables tan fuerte, Momo, podrían decirnos algo

- ¿Qué podrían decirnos?

- Que se yo… pero de todas formas, habla más despacio

La Señora se acercó por detrás a Nanao y Momo, sorprendiéndolas. Las dos ahogaron un grito en sus manos y luego la miraron con algo de furia al notar que había sido ella. La Señora Matsumoto sonrió.

- Chicas, ¿cómo están? ¿Qué tanto están hablando? – preguntó Matsumoto con una gran sonrisa.

- Estábamos conversando sobre lo bien organizada que está la exposición – mintió Nanao.

- Si, cómo no – dijo irónicamente la Señora – entonces tendré que ver a un médico, porque creí escuchar de tu boca que mencionabas al bombón número uno – Nanao se sonrojó un poco.

- Ay, Rangiku, no cambiarás nunca – se acercó a ellas una mujer alta y morena, de cabellos morados. Traía puesto un sensual vestido violeta.

- Buenas tardes mi queridísima Yoruichi – la saludó Rangiku.

- Hola chicas, ¿cómo están? – saludó Yoruichi – soy Yoruichi Urahara, anfitriona de esta exposición.

- Mucho gusto, soy Momo Hinamori – dijo la más baja.

- Y yo soy Nanao Ise – dijo la más alta.

- Bueno, bueno, ¿qué estaban viendo tan interesante hoy cuando las sorprendí? – preguntó Rangiku, mirando de reojo el cuadro.

Ichigo afinó más el oído, interesado en la respuesta de alguna de las dos chicas que miraban su cuadro. En realidad, no le interesaba en lo más mínimo el resto de la conversación.

- No lo sé… esta pintura no es como las otras que están expuestas… es algo extraña - ¿extraña?

- Mira bien, ese bosque… sólo mirarlo me da nostalgia…

- ¿Tristeza? – preguntó Rangiku.

- Puede ser…

Ichigo desvió la mirada, otra vez no se habían dado cuenta del verdadero sentido de la pintura. Suspiró y miró al escenario, donde su padre charlaba con el Dr. Urahara. Seguramente comenzaría el sermón ridículo donde algunos críticos, que ya había visto entrar hacía rato, dirían cosas sin sentido sobre las pinturas que allí se exponían. Sinceramente no tenía ganas de escuchar nada de eso. Miró hacia la puerta y vio que su salvación estaba llegando. Se paró y se acercó al chico de gafas que entraba.

- Por fin llegas, vámonos – le dijo bajito.

- Pero… ni siquiera he visto el cuadro – le recriminó el de gafas, acomodándoselas con el dedo del medio de su mano derecha.

- Ya tendrás tiempo de verlo, vamos – lo agarró del brazo y lo arrastró hacia afuera.

Mientras bajaban las escalinatas de la entrada, miró de reojo a una chica morocha y de pequeña estatura que las subía del brazo de un pelirrojo. Ella hablaba con el tipo, pero parecía no querer estar allí… sintió un escalofrío recorriendo su espalda… ¿quién era ella?

Se paró en seco en la escalera y su amigo lo miró desconcertado.

- ¿Qué te sucede? Primero me sacas corriendo y ahora te detienes

- ¿Quién… quién es ella? – le dijo aun mirándola subir.

- ¿Quién? – preguntó el otro.

- Ella, la que sube del brazo del pelirrojo – aclaró sin salir de su estado de shock.

- No lo sé… no la conozco – el de anteojos siguió caminando.

- ¡Eh! ¡Uryu! ¡Espera! – le gritó mientras caminaba hacia él… ¿Quién era esa chica? Hubiera jurado que la había visto antes… ¿Quién podía ser?

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El pelirrojo y la morocha entraron en la sala de exposición, en la mansión Urahara. Los recibió Yoruichi con una gran sonrisa.

- ¡Bienvenidos! Sr. Abarai, Srta. Kuchiki – hizo una pequeña reverencia y luego volvió a verlos a los ojos – Si lo desean, pueden ver los cuadros. En breve comenzaremos con la conferencia

- Muchas gracias – dijo Renji.

Se acercaron a las butacas e inmediatamente un cuadro llamó la atención de Rukia.

- ¿Sucede algo? – le preguntó Renji.

- Iré a ver esa pintura – le dijo de forma indiferente. Se levantó y se acercó.

El cuadro la atrapaba de a poco. Los robles descolocados comenzaban a llevarla a algún lugar de su pasado, a algún recuerdo olvidado en su mente… un escalofrío recorrió su espalda. Se acercó más y vio con detenimiento los chicos jugando, el atardecer, la colina, el río…

- Mitry Mory… - susurró. Se detuvo en la ventana abierta de la casa… ¿qué era esa sombra allí? Se acercó más hasta descubrir que apenas asomada a la ventana, había una niña, una niña de pelo negro y ojos sombríos, mirando hacia afuera… Su corazón se comprimió al verla… ¿por qué se sentía de aquella forma con una simple pintura? ¿Qué significaba eso?

Miró el nombre del cuadro… "Solitude" Le pareció un nombre muy adecuado para la pintura… y su autor… "Ichigo Kurosaki"… no lo conocía, no recordaba haber ni siquiera escuchado hablar de alguien con ese apellido… Suspiró y volvió a mirar el bosque… y su mente se metió dentro de sus recuerdos…


Notas:

Mitry Mory: Pequeña ciudad, de unos 5 mil habitantes en la época en la que transcurre el fic. Es un pueblo agrícola-ganadero.

Solitude: 'Soledad' en francés.