13. Serment d'amour

Hospital

Miraba la puerta con nerviosismo. Apretaba un pañuelo en su mano izquierda, intentando descargarse. Iba a verlo después de días de preocupación, del sinsabor de no saber si estaba en peligro de muerte o no. La lenta espera había dado por fruto una profunda reflexión acerca de lo que realmente sentía por Uryu. Lo amaba, estaba segura de ello. Lo amaba a pesar de todo, a pesar de su familia y de la intervención de esta en su vida.

Tragó saliva y exhaló con dificultad. Su pulso estaba acelerado y le temblaban las piernas. Tantas cosas había pensado para ese momento, tantas que no recordaba ni una sola. Cerró sus ojos con fuerza y aguantó la respiración. Golpeó con sutileza.

– Adelante – la voz de Uryu se notaba cansada. Orihime soltó el aire y empujó la puerta. Él estaba recostado en la cama blanca del hospital, sobre almohadas, ya sin suero. Sonreía levemente mientras la veía entrar. Vestía con una camisa blanca abrochada hasta arriba y un chaleco abierto marrón con rombos.

– Hola – salió de su boca un simple saludo, pequeño, pero cargado de enormes sentimientos. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Uryu sonrió al verla. Estaba más hermosa de lo que la recordaba.

– Hola – contestó él, sonriente.

Iglesia Saint Pierre de Montmartre

El sacerdote miraba impaciente a Renji que releía por tercera vez esa vieja carta. ¿Qué significaba aquello? No entendía la relación entre el cuaderno que le había entregado Byakuya tiempo atrás, esa carta y su casamiento.

Dejó el papel sobre el escritorio y sin mirar otra cosa decidió opinar, aún sin saber nada más de lo que decían esas palabras escritas.

– Mi padre siempre me despreció – con tono grave. – Y mi madre nunca pudo hacer nada – apretó sus dientes y sus puños. – Tal vez por eso no me llamó la atención que quisieran casarme cuanto antes. Cuando me enteré que sería una heredera Kuchiki me llené de orgullo porque le sería de utilidad a mi padre. Yo tenía sólo 14 y estaba en un internado. Sería el esposo de una Kuchiki y heredaría su fama y su poder para mi padre – Ukitake se sentó, escuchando muy interesado. – Fue entonces que conocí a Rukia. Era pequeña, de piel blanca y cabello negro. Pasaba perfectamente por una de ellos. ¡Cuán equivocado estaba! Nadie más lejano que ella de una señorita de alta sociedad. Inmediatamente después nos reclutaron en Mitry Mori, con profesores y sirvientes que nos educarían. Conocí la verdadera naturaleza de Rukia, su salvajismo y su hostilidad. Toda ella era risas, calle y andar descalza – sonrió. – Pero crecíamos juntos sin darnos cuenta de que nos acercábamos a nuestro destino premoldeado por nuestros padres. Me di cuenta que hasta ese momento no había aprendido absolutamente nada y en todos esos gloriosos años juntos me enamoré perdidamente de esa Rukia. Esa Rukia que dejó de existir, que se metió muy adentro del corazón de la mujer fría y fuerte que es ahora – miró por primera vez a Ukitake. – Padre, usted la conoció en la calle y sabe que la Rukia que se va a casar conmigo no es ella misma. ¡Está vacía! Dejó todo por ser fiel a su apellido – bajó nuevamente la mirada.

– Hijo, no me estás dando tu opinión sobre la carta – señaló el sacerdote.

– No entiendo mucho, pero por lo que leí, usted está directamente involucrado en la adopción de Rukia y en nuestro enlace. ¿Por qué me muestra esto ahora?

– Porque el acuerdo prenupcial es inválido – muy serio.

– ¿Inválido? – Renji no creía lo que escuchaba. ¿A qué se refería el sacerdote con "inválido"? Ukitake lo miró a los ojos con dolor.

– Hace años, cuando Messie Kuchiki me envió esta carta, decidí hacerme cargo de la situación. Yo conocía a Rukia y sabía que ella podría llegar a ser la candidata ideal para esto – apretó sus puños. – Pensé mucho y recé al Señor para que me iluminara e iluminara el camino de esa pequeña niña. Entonces hablé con Messie Abarai, tu padre y le comenté sobre Rukia y el acuerdo, pero me tomé la libertad de plantearle una modificación – Renji se sorprendió, pero no dijo nada. – Le pedí a tu padre que solicitara un acuerdo prenupcial imposible de cumplir

– ¿Qué sucedió? ¿Accedió?

– No. Él quería que los herederos se casasen para asegurar la fortuna

– Si, lo sé

– Sin embargo el padre de Byakuya no quiso forzarlos, por eso pidió que se criaran juntos y por eso firmó esto – sacó una carpeta del cajón de su escritorio y se la entregó a Renji.

– ¿Qué es?

– Un testamento, el acuerdo prenupcial que firmaría su hija adoptiva con su prometido, y la fusión de las empresas de los Kuchiki y los Abarai

– ¡¿Qué?

– Lo que escuchas. El padre de Rukia ya firmó con tu padre la fusión de sus empresas. Por eso el acuerdo prenupcial es inválido, porque la fusión lo invalida

– ¿Entonces nos estamos por casar innecesariamente? ¡Mierda! – gritó, cerrando los ojos con fuerza. Ukitake se levantó y se acercó a Renji.

– Hijo, no pude hacer nada antes porque todo esto era un secreto de confesión. Ayer Byakuya me entregó esta copia de los expedientes – Renji se paró bruscamente.

– ¡No puedo permitir que Rukia siga sufriendo! – gritó ofuscado. – ¡Detendré esta boda! – un golpe azotó la puerta de la oficina. Ukitake miró al que había provocado semejante estruendo. Renji abrió sus ojos desmesuradamente, aún sin voltear.

– ¡¿Quién te crees, imbécil? – la voz de Messie Abarai retumbó por todo el lugar. – Tu te casarás y no quiero excusas de ningún tipo – miró al padre. – Y usted deje de meterle en la cabeza ideas inútiles a mi hijo. ¡Él tiene que hacer lo que debe! – continuó gritando. – ¡No permitiré ninguna intervención!

– Messie Abarai, cálmese – el sacerdote intentó aplacar la situación. Renji no articulaba palabra. – Está en la Casa de Dios. Además, su hijo estaba conversando conmigo y usted no puede inmiscuirse en esto – con amabilidad.

– ¡Usted cállese! ¡Renji! – el pelirrojo lo miró con dolor. – ¡Vete a casa! Hablaremos allí sobre esto – más bajo.

– Como diga, padre

Café de Las Avenidas

– ¿Hoy no vino el pelirrojo? – la moza gordita preguntó pícara a Tatsuki, que traía mala cara desde la mañana. – ¿Cómo era su nombre? – pensó en voz alta y codeó a la morena mientras pasaba junto a ella. Traía una bandeja con platos y tazas limpias.

– Abarai – sólo mencionar el apellido del joven le producía un dolor casi insoportable en el pecho. – Renji Abarai

– ¡Cierto! – dijo con buen humor la rellenita, intentando animar a su compañera. – Pero no vino hoy, ¿por qué será? – apoyó la bandeja sobre la barra.

– Se casa – Tatsuki tomó una taza de la bandeja y comenzó a secarla con desgana.

– ¡¿Se casa? ¡Qué bien! ¡Es un chico muy bien parecido! – miró de reojo a la morocha, que estaba concentrada en la taza. – ¿Con quién se casará? Debe ser una madmuaselle muy bonita – volvió a codear a Tatsuki – y seguro con mucho dinero

– Se casa con Rukia Kuchiki – afirmó con mal gusto en la boca. La gordita se sorprendió sobremanera.

– ¡¿Con la menor de los Kuchiki? – gritó, tomándose la cara con ambas manos. – ¡Qué desperdicio! ¡Si ese bombón rojo se casa con esa enana, yo debería casarme con Charles Boyer(1)! – Tatsuki rió.

La puerta del bar se abrió y una sombra entró a sentarse en una de las mesas cerca de la ventana. La moza gordita dejó de reír y le hizo una seña con la cabeza a Tatsuki.

– Mira, ¿no es ese el tal Abarai? – la morena miró disimuladamente. – Trae mala cara, ¿habrá sucedido algo? – Tatsuki dejó todo sobre la barra y salió rumbo a la mesa junto a la ventana, donde Renji se sentaba todos los días.

– Hola – su voz era temblorosa. – ¿Qué va a tomar?

– Siéntate, por favor – casi implorando. Ella hizo lo propio. – Necesito contarle esto a alguien – Tatsuki se sentó frente a Renji. Lo miraba intensamente, queriendo descifrar lo que emitían aquellos ojos confundidos.

– ¿Qué sucede? Dígame – se atrevió a decir, aún temblando.

– Es que acabo de enterarme que no es necesario que me case con Rukia – miró a la chica con una mezcla de alegría y tristeza en los ojos que hizo que la morena se estremeciera. – Mi padre y el padre de Rukia ya habían firmado la fusión de las empresas hace años. ¡Esto es una simple farsa! – gritó, apretando sus puños con violencia.

– Cálmese, por favor – pidió ella. – No entiendo bien, pero si no quiere casarse, ¿por qué lo hace? – Renji volvió a mirarla, un poco más calmo. Sintió que había hecho lo correcto al haber ido al bar antes que a su casa, como había ordenado su padre.

– Mi matrimonio con Rukia fue arreglado hace años por nuestros padres para tener una excusa y poder unir sus empresas y sus fortunas. Por eso me vi siempre obligado a casarme y a estar junto a ella. Y porque – agachó la cabeza con cierta vergüenza – siempre quise serle útil a mi padre

– Señor – Tatsuki se atrevió a tocar con su mano la de Renji, que inmediatamente la miró. – ¿Quiere que salgamos a tomar aire fresco?

Calles de París, cerca del Café de Las Avenidas

Caminaron unos minutos en silencio. Renji parecía pensar profundamente y Tatsuki lo miraba cada instante para comprobar que continuaba en aquel transe. El hombre se detuvo en un banco de piedra junto a un frondoso árbol. El sol daba de lleno y había comenzado a sentir mucho calor. Ella se quedó de pie, recostándose sobre el tronco del árbol.

– Gracias por escuchar – dijo sinceramente el pelirrojo. Miraba el suelo como si fuera lo más interesante del mundo y había apoyado sus codos en las rodillas. No quería seguir pensando y necesitaba contarle a alguien todas las conjeturas y suposiciones que habían pasado por su mente hasta ese momento. – No quiero entretenerte demasiado y hacer que te regañen en tu trabajo

– No es nada – explicó inmediatamente la morena. – Mi jefe no me dirá nada si estoy fuera un momento – continuó. – Dígame, ¿qué es lo que sucede? ¿Su novia y usted no se quieren casar?

– No es eso – la respuesta fue tajante. – Yo amo a Rukia como a nada en el mundo – se sinceró, necesitaba hacerlo y ni siquiera se lo había dicho a Rukia tan abiertamente. – Pero sé que ella no – un nudo se formó en su garganta y le costó tragar. – Y es por eso que no quisiera obligarla a que nos casemos

– ¿Y por qué no desiste de casarse? ¿Es por lo del matrimonio arreglado por sus padres? – Tatsuki no entendía bien el punto, pero quería ayudar a Renji. Necesitaba comprender todo para poder opinar. No lo miraba, pero podía sentir cómo se sentía él por dentro. Tragó saliva.

– Si, tenemos que casarnos porque las familias así lo dispusieron. Y yo lo hago porque pensaba que era necesario que lo hagamos para que se firme la fusión de las empresas. Pero resulta que el cura, ¡justamente hoy me mostró una copia de la fusión de las empresas que fue firmada hace años por el mismo Sojun Kuchiki(2)! – las palabras salían torpes y violentas. Gritaba aunque no quería hacerlo y le temblaban las piernas, aún estando sentado.

– ¿O sea que no es necesario que se casen hoy? – Renji asintió con un sonido. – ¿Y por qué simplemente no suspende el casamiento mostrando esos papeles como respaldo?

– ¡Mi padre jamás lo aceptaría! – gritó ofuscado. – Hoy mismo, cuando me oyó hablando con el Padre Ukitake de esto me mandó a callar y me dijo que me casaría sin objeciones – cada vez le costaba más hablar. Sentía que ese nudo que se había formado en su garganta ascendía lentamente y saldría en cualquier momento por sus ojos en forma de lágrimas.

– ¡Pero es tu vida! – la que gritaba era Tatsuki, con bronca. Se movió rápidamente y tomó a Renji por el cuello de la camisa, obligándolo a mirarla. Estaba realmente sorprendido por la actitud de la joven. No pudo pronunciar palabra, sólo la miró con los ojos muy abiertos. Ella tenía lágrimas en los suyos. – ¡No puedes dejar que tu padre o quién sea te la arruine! ¡Ni a ella ni a ti! ¡Si no te ama, quizá nunca lo haga! ¡¿Qué pretendes? ¡¿Ser infeliz por el resto de tu vida? ¡¿Qué ella deje al amor de su vida por este ridículo acuerdo entre las familias? – lo soltó con asco y dio media vuelta. Comenzó a caminar hacia el bar, refunfuñando. Renji la miró perplejo, sin moverse de la posición en la que la chica lo había dejado. Ella tenía razón, no podía dejar que sus familias tomaran esa decisión por ellos. Y menos sabiendo que era completamente innecesario. Debía hacer algo.

Hospital

- Ese pelirrojo es Renji. Nuestro matrimonio fue arreglado desde hace mucho tiempo – Ichigo llevó su mano a la cara de Rukia, que lo miró algo desconcertada.

- No me importa, tú serás mi mujer, no sólo la niña en mi cuadro – se acercó a ella y la besó tiernamente. Rukia llevó su mano a la cabeza del chico, entrelazando sus dedos en su cabello.

Ichigo miraba las luces que iluminaban tenuemente las calles. La ventana estaba totalmente abierta en la oficina del Director del Hospital. Divagaba entre sus pensamientos. Sabía perfectamente que Rukia se casaría en pocos minutos y que nunca más podría tenerla.

- No seguiré más allá, no puedo hacer esto, no ahora… - dijo suavemente. Rukia no contestó. – Tú eres una Kuchiki… debo seguir las reglas… - sabía que iba a arrepentirse de decir eso, pero era lo mejor. No podía dañar su imagen, tenía que ganarla por las buenas, tenía que reclamarla como su mujer, pero no de esa forma.

- Yo… - ¿qué estaba pasando por la cabeza de Ichigo? ¿No era que iba a demostrarle que la amaba, que ella era su mujer?

- No digas nada… serás mi mujer, lo prometo… no te dejaré nunca sola – se acercó y besó su cuello suavemente. – Porque te amo

Le había prometido que la reclamaría como suya. Pero cómo hacerlo después de su declaración. Así como así le había aclarado que su deber era más importante que su corazón.

- ¡Que ella es una Kuchiki! – gritó Renji, molestándose otra vez. - ¡Tú no entiendes qué significa eso!

- ¡Y tú tampoco Renji! – gritó Rukia al borde del llanto. - ¡Ya no quiero ser "la menor de los Kuchiki"! ¡Yo no soy una Kuchiki! ¡Quiero ser yo, Renji! – las lágrimas cayeron. Renji miró el suelo.

- Sabes, los dos sabemos, que eso no puede ser posible ahora Rukia. Tenemos que enfrentar la verdad. Los dos somos una herramienta

- ¿Herramienta? ¿Qué es lo que sucede? – preguntó Ichigo mirando a Rukia.

- Renji y yo debemos casarnos por el bien de nuestras familias. Nuestro casamiento fue arreglado hace años por nuestros padres. Los Kuchiki me adoptaron para que me casara con Renji y sellar el contrato matrimonial para unir la fortuna de los Abarai con la de los Kuchiki – explicó Rukia sin mirarlo.

- ¡¿Y tú aceptas eso? – le gritó. - ¿Vas a casarte sólo por eso?

- Es mi deber. Todo lo que tengo se lo debo a la familia y a mis padres adoptivos. No puedo decir no

- ¡¿Entonces qué pretendías quedándote acá conmigo? ¡¿Qué es lo que vas a hacer Rukia?

Rukia miró a Renji a los ojos y apretó los puños con fuerza. Luego miró a Ichigo, que estaba impaciente por oír su respuesta. Tomó aire y exhaló cerrando sus ojos.

- Ichigo, debo… - interrumpió lo que iba a decir porque un nudo se formó en su garganta – debo… debo regresar con mi hermano – terminó su frase. Ichigo se paró sin decir nada, como si no hubiera escuchado la respuesta de la morocha.

Se levantó y tomó una taza con café que estaba hacía tiempo sobre el escritorio. Al probarlo, el sabor amargo y fresco le recordó el cuadro y el bosque místico que una vez osó pintar sobre aquel trozo de tela.

Los robles le habían dado su razón de vivir durante años. El otro lado de su vida, la mujer de blanco que observó atónito en aquel lejano atardecer. Rukia. ¿Qué sentido tenía el bosque ahora? Además, la pintura se la había dado a ella. ¿La habría colgado? Seguramente la habría arrojado al fondo del río.

Suspiró cansado y volvió a su asiento. Escuchó movimiento en el pasillo y miró su reloj pulsera comprobando que era el cambio de guardia, las 8 pm. En cualquier momento se abriría la puerta y su padre le diría varias cosas que no quería escuchar.

– ¡Ichigo! – el grito que creyó escuchar le pareció de Rukia. Se levantó impaciente. Abrió la puerta con energía, pero sólo vio enfermeras caminando en silencio y a lo lejos a su padre hablando con Orihime.

– Idiota – se dijo a si mismo. Volvió a entrar, pero alguien detuvo el picaporte de la puerta, impidiendo que la cerrara.

– ¿Y a ti que te sucede? – la voz de Uryu lo desestabilizó.

– Vuelve a tu habitación – ordenó, pero lo dejó pasar, haciéndose a un lado.

– ¿Piensas quedarte aquí tan tranquilo? – regañándolo.

– ¿Eh? – haciéndose el desentendido.

– No me engañas. ¡Traes esa ridícula expresión que me enferma! – cerró la puerta y se sentó en una de las dos sillas frente al escritorio. – ¡Debes ir a interrumpir esa boda!

– ¡Cállate! – sin mirarlo y acercándose a la ventana. Sus ojos estaban perdidos en la acera. – Ella decidió casarse y no-

– ¡Tú cállate! ¡Ella se llevó el cuadro! – lo interrumpió.

– ¿Y eso importa? – lo miró con rabia. – ¡Rukia se fue con ese pelirrojo y no pensó ni un momento en detener nada! – gritó con énfasis.

– Cálmate – le pidió su amigo. Se acomodó los anteojos. – Es una Kuchiki, no puede decidir. Debes ir e interponerte otra vez en su camino. Además no puedo verte más en este estado. ¡Mírate! ¡Das asco! – Ichigo no contestó. Ambos permanecieron en silencio unos minutos. Luego se abrió la puerta.

– Ichigo t – Isshin interrumpió su frase al ver a Uryu. – ¿Qué se supone que haces? – lo regañó. – Deberías estar en tu cama – Uryu hizo una seña con la cabeza, dándole a entender que debía hacer algo con Ichigo. – ¡Vete a dormir! – el chico se levantó.

– Piénsalo – se refirió a Ichigo. – Si no haces nada en este momento no lo podrás hacer jamás – salió y cerró la puerta.

– Uryu tiene razón – Isshin se acercó a Ichigo y lo tomó por el hombro. – Ve y detiene esta locura. Tú mismo lo dijiste, te buscaba como tú a ella

– Pero papá, Rukia se fue. ¡Lo que dicen es ridículo! ¡Ella quiere casarse con ese tipo! Lo hará por su familia

– ¡Basta! – gritó, haciendo que su hijo lo vea con sorpresa. – ¡No digas más tonterías! Todos sabemos que a esa clase de familias no les importan los sentimientos ni nada. ¡Pero Rukia no pertenece a ellos! ¡Ella es como nosotros! Hijo, ve y búscala

Iglesia Saint Pierre de Montmartre

La marcha nupcial sonaba alto e inundaba las calles de los alrededores de Montmartre. El lujoso auto negro estaba estacionado delante de la Iglesia. Llevaba un enorme moño blanco en el techo y otros dos, más pequeños, a ambos lados en la parte delantera. Había una pequeña brisa que mecía las cintas suavemente.

La cola del vestido, recientemente acomodada por sor Catalina sobre la alfombra roja, llegaba desde la puerta hasta varios metros detrás de Rukia. El tul blanco cubría su rostro y era gracias a eso que nadie podía ver con claridad la expresión de la novia.

El peinado era un recogido sencillo con una pequeña tiara de plata incrustada con diamantes. Llevaba guantes blancos que le cubrían hasta la mitad del antebrazo. El vestido era largo y armado, de un blanco inmaculado, adornado con encajes sobre el corsé y detalles con perlas y brillantes en la falda. Cubría los hombros que la prenda dejaba al desnudo con una capa y la cola estaba sostenida en la base del corsé, en la espalda.

El ramo de rosas blancas era pequeño y redondo. A Rukia le transpiraban las manos y le temblaban las piernas. Toda su vida desde que la adoptaron había soñado con ese momento, de mejor o peor forma, pero era su destino.

Adentro, detrás de esas enormes puertas, estaría toda la élite de Paris aguardando por ella. La melodía se colaba en sus oídos. Miró a través del tul a Catalina, que sonreía con complicidad y volteó los ojos hacia su derecha, donde su hermano esperaba impaciente su reacción.

Habían pasado tres días desde que volvió de Mitry Mori. Tres días desde que decidió dejar atrás a Ichigo para hacer lo que debía hacer. Inmediatamente después de lo que dijo dejó la casa de los Ishida, llevándose con dificultad la pintura, cabizbaja y seguida por Renji, que no pronunció palabra. En ese momento estaba segura de lo que debía hacer, pero después de esas terribles setenta y dos horas, no lo estaba tanto.

Salió de su habitación en la mansión en París y cerró la puerta con llave. Pretendía que su hermano no viera el cuadro que aún permanecía envuelto y que no pensaba volver a ver jamás. Miró hacia ambos lados del pasillo y suspiró, recostándose sobre la puerta. Cerró sus ojos un momento.

Rukia, debemos hablar – la voz de Byakuya la sorprendió, tanto que dio un pequeño salto. Lo miró buscando sus ojos, pero él la evitó.

Bajaron las escaleras en silencio. Sólo se oían sus pasos en los peldaños de madera. Rukia siguió a su hermano a la biblioteca, que era enorme y a su vez, cálida. La luz del sol se colaba por un ventanal que llegaba desde el techo hasta el piso y cubría varios metros de ancho sobre la pared. Sabía que ese ambiente era para Byakuya una especie de santuario y que su padre lo amaba, más que a ninguna otra parte de la casa.

Siéntate – le ordenó y esperó a que ella lo hiciera para sentarse él mismo en uno de los cuatro sillones al estilo Luis XV que había, rodeando una pequeña mesa. – ¿Por qué fuiste a Mitry Mori y no regresaste cuando me dijiste? – preguntó él, intentando sonar tranquilo. Rukia no sabía qué contestar. Se sorprendió por la pregunta.

Es… – dudó. – Es que necesitaba tiempo

Eso ya lo sé – la miró fríamente. – Quiero que me digas el verdadero motivo por el que fuiste – tomó una taza con té que había sobre la mesa y dio un sorbo. – Ulquiorra me informó sobre un hombre que te invitó a ir allí hace algunos días – volvió a dar otro sorbo. Rukia tragó saliva con dificultad. Contuvo su respiración un momento.

Byakuya… yo – lo miró, con una mirada intensa y sincera, y luego cerró sus ojos un instante. – Yo fui a despedirme de mi pasado para poder afrontar el presente y el futuro – el hombre dejó la taza sobre la mesa.

Entonces debo creer que no sucedió nada con ese hombre y que jamás volverá a aparecer en tu vida – afirmó con severidad.

Si, hermano. Él forma parte de mi pasado y nunca más volverá a aparecer en mi vida, en nuestra vida – Rukia no pudo evitar sentir una gran presión en el pecho que quería cerrarle la garganta. Byakuya se puso de pie y caminó hacia los libros que estaban sobre la pared de la derecha. Parecía buscar algo.

Rukia – la llamó y su tono había cambiado. – Cuando me casé – a la chica le pareció extraño que él hablara de aquello con ella en ese momento. Lo miró atentamente, – tuve que luchar contra todos, contra Padre y Madre, ¡hasta con la Iglesia! – Rukia frunció el ceño mirando la espalda de su hermano. – Porque Ella no era de familia rica ni tenía un apellido conocido. Era sólo una mujer de pueblo – sonrió pero Rukia no pudo verlo. – La conocí en Mitry Mori… – dijo con nostalgia.

Byakuya, yo… – susurró Rukia, pero se detuvo al volver a escuchar la voz de él.

Hisana me amó como a nada en el mundo y ella lo era todo para mí. Estaba dispuesto a enfrentarme a quién sea y a hacer lo que fuese para casarme con ella y formar una familia – giró y miró a Rukia a los ojos. – Tú me dices que ese hombre forma parte de tu pasado, pero tuviste que verlo por última vez antes de olvidarlo sin despedirte. ¿Estás segura de que Abarai es aquel con quién quieres pasar al resto de tu vida? – a Rukia se le llenaron los ojos de lágrimas y apretó con fuerza los apoyabrazos.

Yo tengo que hacer lo correcto – se paró sin mirar a su hermano. – Y lo correcto es casarme con Renji

Byakuya había intentado corroborar que ella estuviera convencida de lo que estaba por hacer. Sabía que era lo correcto y lo haría. Ichigo estaba en su pasado. Y también su Soledad.

Calles de París

Ichigo salió del hospital obligado por su padre. ¿Qué era lo que tenía que hacer? Amaba a Rukia, pero ella había decidido renunciar a él e irse con Renji. ¡No podía interferir! Pero, sin embargo, se lo había prometido. Le había prometido que la reclamaría como su mujer y nada podía modificar eso.

Él comenzó a besarle el cuello y ella arqueó la espalda, logrando que la entrepierna de Ichigo se friccionara contra la suya. Gimió con fuerza y se zafó del agarre del chico, llevando sus manos a la espalda de él.

Ichigo dejó de besarla y apoyó su cabeza en el hombro derecho de Rukia, colocando su boca cerca de su oreja.

No seguiré más allá, no puedo hacer esto, no ahora… – dijo suavemente. Rukia no contestó. – Tú eres una Kuchiki, debo seguir las reglas… – sabía que iba a arrepentirse de decir eso, pero era lo mejor. No podía dañar su imagen, tenía que ganarla por las buenas, tenía que reclamarla como su mujer, pero no de esa forma.

Yo… – ¿qué estaba pasando por la cabeza de Ichigo? ¿No era que iba a demostrarle que la amaba, que ella era su mujer?

No digas nada. Serás mi mujer, lo prometo… No te dejaré nunca sola – se acercó y besó su cuello suavemente. – Porque te amo

Caminó erráticamente durante un buen rato y logró escuchar a lo lejos la marcha nupcial. Inmediatamente quiso identificar el lugar donde estaba.

– Rukia… – susurró. Había llegado a Montmartre y no era lo que tenía planeado. Simplemente sus pies lo habían guiado allí. – No puedo… No puedo ir – se dijo a si mismo, apretando los puños con desesperación. La música cesó. Seguramente comenzaría la ceremonia y en pocos minutos la habría perdido para siempre.

Caminó rápido en dirección a la Iglesia y quedó estático frente a ella. Miró las puertas, que estaban cerradas y tragó saliva en seco. Estaba a unos cuantos metros de Rukia, su mujer de blanco, aquella que había encontrado al otro lado del bosque.

Dentro de la Iglesia Saint Pierre de Montmartre

Rukia atravesó la puerta tomada firmemente del brazo de su hermano, como si con eso pudiera encontrar la seguridad que anhelaba. Se sentía observada y no podía ni quería identificar a nadie. Las dudas y el recuerdo de Ichigo la perseguían y bombardeaban su mente. Por un instante pensó que su pintor estaría allí, esperando la oportunidad exacta para detener la boda y llevársela consigo, pero desechó aquello cuando miró a Renji, que la esperaba junto a su madre en el altar.

Sor Catalina cepillaba el cabello negro con una sonrisa. Se sentía feliz porque su niña querida, aquella pequeña huérfana que una vez conoció se transformaría en una Señora en cuestión de horas. Miró a Rukia a través del espejo y la notó ensimismada en sus pensamientos, otra vez.

Hija, ¿qué sucede? – insistió con preguntas. Rukia estaba vestida sólo con su enagua y ya estaba maquillada levemente para la ceremonia. La tiara de plata estaba sobre la cómoda, junto a los aros que había elegido anteriormente. Eran pequeños, de plata y brillantes.

No es nada – dijo sin pensar, como si fuera un acto reflejo. Catalina gruñó.

No me mientas – la miró más intensamente. Rukia le devolvió la mirada a través del reflejo. – Cuéntame qué es lo que te tiene tan intranquila

No debería sentirme así – dijo y miró a través del espejo la pintura. Catalina sonrió a medias.

¿Qué tiene que ver en todo esto esa pintura? ¿La compraste? ¿O la obtuviste de alguna forma que no me has contado? – la joven bajó la vista.

Renji es un buen hombre y estoy segura de que todo irá bien con él – intentó sonreír pero no pudo. Catalina arrugó el ceño. – Pero no es eso lo que me preocupa, sino yo misma, mis sentimientos

¿Tus sentimientos? ¿No amas a Renji? – preguntó la religiosa a sabiendas de que la respuesta era negativa.

Lo quiero, lo quiero mucho, pero no como a un novio o a un esposo… – miró a los ojos a la monja, con un dolor que podía partir. – Pero estoy enamorada de otro hombre

Si, estaba enamorada de Ichigo, pero estaba llegando al altar para unirse para siempre ante Dios con Renji. Ese era su deber, su propósito, su destino, para el cual había llegado al seno de la familia Kuchiki. Tenía que casarse por respeto, y por dignidad.

Renji la miraba con adoración. Era preciosa. La amaba más de lo que realmente pensaba y era justamente por eso que no podía permitir que arruinara su vida casándose en ese momento. No estaba seguro, pero sabía que todo, su vida, su futuro y el de Rukia dependía de lo que él hiciera en ese momento. Su madre lo tenía sujeto por el brazo, con cierta fuerza. Parecía entender lo que estaba sintiendo en ese momento. Tocó la mano de su mamá con la suya y la apretó con firmeza, la señora sonrió.

Rukia llegó junto a Renji y Byakuya le cedió el brazo de la joven a su futuro marido. Lo miró a los ojos, transmitiéndole una seguridad que el pelirrojo no supo interpretar. Asintió con la cabeza y dejó que ella deslizara su pequeño brazo sobre el de él. Caminaron unos pocos pasos más y quedaron frente a frente con el Padre Ukitake que permanecía detrás del altar, mirándolos con una sonrisa.

– Estamos reunidos en la presencia de Dios, el Señor Juez, y estos testigos para confirmar ante el Todopoderoso el matrimonio entre este hombre y esta mujer – miró a cada uno de los dos a los ojos y continuó. – El matrimonio es un estado honroso instituido por Dios en el huerto del Edén. La Biblia dice que es honroso a todos el matrimonio y se le consagra como símbolo de la unión entre Cristo y su Iglesia. El matrimonio debe contraerse con reverencia y en el temor de Dios, considerando los fines para los cuales se ordenó, es decir para el compañerismo, el apoyo y el consuelo que los esposos deben tributarse recíprocamente mientras vivan. El matrimonio fue ordenado para continuar la sagrada institución de la familia y para que los hijos que son herencia del Señor sean criados en piedad y rectitud. El matrimonio contribuye también al bienestar de la sociedad y a transmitir mediante el buen orden familiar la pureza, la santidad y la verdad de generación en generación

Las palabras del Padre se escurrían en los oídos de Rukia. Pensaba en todo lo que había sucedido, en Ichigo y en su soledad. ¿Qué estaría haciendo él en ese momento? ¿Se habría quedado en Mitry Mori o estaría en París? ¿Habría considerado asistir a su boda? ¿Estaría pensando en reclamarla como suya en ese momento? Miró de reojo hacia ambos lados, comprobando que él no estuviese allí. Apretó con fuerza por un momento el brazo de Renji, que subió su mano y tomó la de ella, que aparecía por sobre su muñeca. Nunca dejó de mirar el rostro del sacerdote.

– Dios y Padre nuestro, no puede ser perfecto nuestro gozo si tú no lo perfeccionas. Falta algo sublime en nuestras horas más felices si no nos acompaña tu bendición. Te suplicamos, por lo tanto que disfrutemos del gozo de tu presencia divina – el Padre alzó sus manos. – Pedimos que la bendición de tu presencia sea una realidad en la vida de este hombre y de esta mujer que van a realizar este compromiso solemne delante de ti y de estos testigos de modo que el recuerdo de esta hora los fortalezca y los consuele en medio de todas las pruebas y todos los cambios del futuro. Llena de felicidad estos momentos, oh Señor, y sé con todos nosotros en esta hora, en el Nombre de tu hijo amado, Cristo Jesús, Amén

– Amén – se oyó en coro.

Nadie notó cuando la puerta se abrió sigilosamente. Ichigo, intentando llamar lo menos posible la atención, ingresó en la casa de Dios. Se quedó de pie, apoyado contra la pared del fondo, junto a la imagen de un santo. Allí estaba Rukia, dándole la espalda. La cola de su vestido era la más larga que había visto en toda su vida. Sonrió sin saber por qué. Estaba seguro de que a ella no le estaba gustando nada la situación. Lo mejor sería quedarse allí, quieto y callado. No sabía por qué había entrado y no estaba seguro de lo que hacía. Tampoco tenía el valor de interrumpir semejante ceremonia. Apretó los puños y continuó escuchando lo que el sacerdote de cabello blanco decía.

– Hoy, delante de Dios, han venido aquí para presentar su Santa Unión frente a la Congregación con los santos vínculos del matrimonio. Esto representa un paso serio y solemne donde se toman el uno al otro a fin de afrontar las circunstancias que se les presentan, sea en la riqueza o en la pobreza, en gozo o en tristeza, en salud o enfermedad, en todo lo que la vida da y en todo lo que quita y serán el uno al otro fiel, esposo y esposa según lo ordenado por Dios hasta que la muerte los separe. Oigan la Palabra de Dios escrita para su instrucción y para que tengan luz en su camino

El ministro que había sido designado para leer los pasajes bíblicos de ese día subió a un pequeño pedestal que se hallaba a la derecha del altar y el sacerdote lo miró atentamente. Las lecturas pasaron desapercibidas por Rukia, que sólo se mantuvo ensimismada en sus recuerdos.

La atención volvió a los novios. El Padre Ukitake mantuvo el silencio por varios segundos, dirigiendo su mirada a Renji. Renji era consciente de que primero debía pronunciar él los votos matrimoniales, pero el sacerdote se tomó el atrevimiento de dirigirse primero a ella.

– Rukia, ¿prometes delante de Dios y de estos testigos que tomarás a Renji por tu legítimo esposo, para vivir con él conforme a lo ordenado por Dios en el Santo estado del matrimonio? ¿Prometes amarlo, honrarlo, respetarlo, ayudarlo y cuidarlo en tiempo de enfermedad y de salud, en prosperidad y en adversidad, y mantenerte fiel a él mientras vivan los dos? – Rukia lo miró a los ojos a través del tul que cubría su rostro.

– Si – dijo sin dudarlo un instante. – Lo prometo – el dolor se apoderó del pecho de Ichigo que había mantenido esperanzas de que ella fuera la que desistiera de esa absurda unión. Pero ella había aceptado, lo había hecho por segunda vez. Lo había dejado solo nuevamente, llevándoselo todo. Cerró los ojos con fuerza, queriendo volver al pasado, a su bosque de robles, a sentirse pleno junto a ella. Pero sólo logró seguir escuchando los votos matrimoniales.

– Renji, ¿prometes delante de Dios y de estos testigos que tomarás a Rukia por tu legítima esposa para vivir con ella conforme a lo ordenado por Dios, en el santo estado del matrimonio? ¿Prometes amarla, honrarla, consolarla y protegerla en tiempo de enfermedad y de salud, en prosperidad y en adversidad, y mantenerte fiel a ella mientras vivan los dos? – Renji lo miró firmemente, apretó los dientes un momento. Ese era el momento clave, en el que debía decidir. Rukia había aceptado sin vacilar, pero él, él no podía dejar que todo lo que vivieran después sea ficticio y vacío. Abrió levemente la boca, el sacerdote lo miró serio. Ichigo miró la escena nuevamente.

– No. No puedo aceptar esto


(1) Actor de la época.

(2) Padre de Byakuya Kuchiki, hijo de Ginrei Kuchiki.


Hola a todos. Antes que nada, quiero agradecerles por haber leído este capítulo, junto a todos los anteriores. Agradecerles a los "viejos" seguidores de esta historia, a los nuevos que se engancharon hace poco y a los que hoy leyeron.

Ahora si quiero contarles que este es el último capítulo. El próximo es el epílogo. Seguramente descubran que aquí quedaron varios cabos sueltos que en el próximo (14. Epílogo) se atarán y todo les cerrará como corresponde.

Espero que hayan disfrutado tanto como yo y pido disculpas por la tardanza en terminarla. Estoy segura que antes de fin de año subo el epílogo.

Arigatou, MaryJu chan