11. Cuando las dudas se tumban a descansar…

Asilo. La palabra significaba seguridad, refugio, protección. Mentiras. Dos guardias armados me condujeron, tras abofetearme y ponerme grilletes, a través de la puerta cerrada con candado. Un amplio abanico de locura se precipitó a saludarme, y yo con las piernas encadenadas. Tragué saliva y respiré, y puse un pie delante del otro. Los torturados pensamientos de los pacientes se estrellaban contra mí en ondas, como la fiebre, como el vértigo. Los guardias me arrastraron, sin hacer caso de mi resistencia.

Tras unos minutos que se me hicieron eternos, estaba sola. La celda estaba llena, y la puerta cerrada. No había ventanas. Sólo un pequeño catre, una mesa de juego junto a una silla plegable, y un retrete de cromo.

Todo estaba saliendo tal y como él había predicho. Yo lo había confesado todo, mi responsabilidad en las muertes de nuestros compañeros, y su favoritismo para conmigo. Lo único que había tenido que hacer entonces había sido esperar a que se llegase a la conclusión inevitable de que yo era mentalmente inestable, punto en el que sería llevada a Arkham por tiempo indefinido. Mi deber era escuchar. Estudiar los corazones y las mentes de los reclusos de mi misma clase y decidir cuales de ellos mostraban más potencial como nuevos reclutas. Él encontraría el modo de llegar hasta ellos, y hasta mí, una vez que se hubiese asegurado un nuevo escondite.

Se me pasó por la cabeza que aquello podía ser su engaño final. Podría destrozarme completamente, encerrada junto a tantas almas alteradas. Podría oír el ruido que se producía cuando Harvey lanzaba su moneda; el crujir de las ruedas oxidadas del Doctor rodando de acá para allá en su silla; el murmullo necio, psicosomático del Espantapájaros, aún aferrándose a su irrelevante jerga médica. Sí, corría un peligro mucho más grande allí. Podía hacerme añicos. Quizá es lo que él había querido desde el principio. Quizá jamás iría a buscarme.

Una ordenanza paseaba por el vestíbulo, ofreciendo entretenimientos. Revistas sucias, libros desgastados, periódicos viejos. Cogí una baraja de cartas. Me senté en la pequeña mesa de juego. Mis manos temblaron cuando saqué los naipes de la caja desigual. La corté y anduve arrastrando los pies una vez, dos veces, tres veces. Algo se cayó. Un trozo de papel, doblado en un apretado cuadrado de una pulgada de largo, escondido entre el Joker y la Reina de Corazones. Se me secó la boca. Lo abrí. Las palabras estaban escritas con trazos afilados, violentos, en tinta roja:

"Creo en TI.- J"

Las lágrimas me enturbiaron la mirada hasta que ya no pude leer. Agarré su nota en un puño y lo presioné contra mis labios. Me quería de verdad. Lo sentía en mis huesos. ¿Cómo podía haber dudado de él? Entonces supe que le amaría, no sólo hasta el final de esta vida, sino para siempre. Y vendría a por mí. Algún día, tal vez, podría convencerle de seguir siendo fiel a su divina locura sin hacer tanto daño. Podría mostrarle mi camino, caos a través de la belleza y pasión sin obstáculos. Yo había destruido tantas vidas como había querido. Haría cualquier cosa que él me pidiese, por supuesto. Pero quizá…Pero aquel día no. Aquel día, hice lo que prometí que haría. Miré. Y escuché. Y esperé.


Se acabó. *suspiro*
Espero que lo chapucero de mis traducciones no le quiten emoción a la historia, porque cuando leí este capítulo en inglés, me quedé loca, en serio.

Ahora me pondré manos a la obra con la segunda parte así que, si os interesa, no me perdáis de vista.

Besos,y gracias por los reviews :*