Chapter 1: Amigos


Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, y la historia obedece a un artículo que leí hace poco en una revista. La trama se me hizo muy tierna, y aquí me tienen, haciendo esta adaptación. Espero que les guste.

(Editado en Nov 29, 2015). Una vida después de haber publicado esta historia, por fin me decido a editarla. No hay cambios significativos, solo errores gramaticales que me quitaban el sueño. De esta forma, podrán disfrutarla mejor.


Alice POV

—Este es el cuarto de juegos, cariño. Aquí podrás hacer amigos —la señora me dejó en esa habitación. Ahí había por lo menos otros 20 niños más, jugando entre ellos, sin prestarme atención. Yo también me limité a ignorarlos, aunque mi atención estaba fija en un niño rubio y pálido que estaba solo, en una esquina, mirando hacia suelo. Me armé de valor y me dirigí hacia él.

—Hola —lo saludé. Mi voz sonó algo alegre, pero no era alegría por estar aquí, sino porque era mejor estar con otros niños y no sola en la calle, como había visto en televisión. Además tenía un buen presentimiento sobre este niño.

El niño rubio levantó su rostro y me miró. Tenía unos ojos azules muy lindos, pero su expresión era algo triste, y poco confundida.

—Hola —me saludó también, pero con algo de inseguridad en su voz.

—Me llamo Alice Brandon, ¿tú cómo te llamas?

Frunció el ceño.

—Jasper. Jasper Whitlock.

—Jasper… —por alguna razón ese nombre me gustaba, pero no sabía por qué. Por extraño que sonara, era como si él no pudiera llamarse de otra manera—. Me gusta tu nombre. Es muy bonito —el hizo una mueca, un poco apenado, y se sonrojó—. ¿Cuántos años tienes?

—Casi doce.

—¡Vaya! —Ahora yo fui la que puso mala cara. Casi tenía doce, lo que significaba que pronto se convertiría en lo que mamá solía llamar "adolescente", y que no les gustaba jugar con niñas pequeñas, como yo.

—¿Y tú?

Oh, tal vez podría mentir un poco. Mentir en la edad nunca le hizo mal a nadie, ¿o sí?

—Once —traté de parecer lo más segura posible. Puede que incluso estirara un poco el cuello para verme un centímetro más alta.

—No es cierto. Eres muy pequeña —. No lo dijo como una acusación o burla, sólo la constatación de un hecho. Y tenía razón: era una mentirosa y era pequeña. Soltando un suspiro y dejando caer los hombros, decidí mejor decirle la verdad.

—Está bien. Tengo diez, pero pronto cumpliré once.

—Oh —dijo él. Luego me observó detenidamente, y yo a él. Me di cuenta que tenía muchas cicatrices, como las que quedaban si te cortabas. Yo tenía algunas pocas, y sólo en los codos y en las rodillas, de las veces que me caía por jugar. Jasper, sin embargo, tenía en la cara, en el cuello y en los brazos. Tal vez por eso los otros niños no querían estar con él, tal vez los asustaba. Pero no es que sus cicatrices lo hicieran ver feo, sólo que resaltaban, pero no mucho. De igual forma, había más en él que solo sus cicatrices.

—Jasper, ¿quieres ser mi amigo?—le propuse, y sonreí.

Su expresión se endureció y me miró como a la defensiva.

—¿Por qué?

—¿Por que qué?

—¿Por qué quieres ser mi amiga?

—Porque tú estás aquí solo y pienso que no tienes amigos, y yo soy nueva y tampoco tengo amigos. Además, me caes bien.

Se rió. Tenía una risa bonita y contagiosa. Yo también me reí.

—¿Te caigo bien? Pero si no me conoces…

—Pero creo que eres amable, y tengo el presentimiento de que seremos mejores amigos. Además, cuando llegué te veías triste, y ahora que estoy contigo hasta te ríes, y se supone que los mejores amigos hacen que sus amigos se rían. ¿Ves? Por eso debemos ser amigos.

Se quedó callado y puso una expresión dura. Luego me miró.

—Vale, sí, seré tu amigo— le extendí una mano. Él la observó un rato, y después me dio su mano—. ¿Y ahora qué?

—Pues los amigos juegan. ¿Vamos a la resbaladilla? ¿O a los columpios?— miró los juegos e hizo una mueca.

—¿Y si mejor jugamos a la pelota?

—¡Claro!— sonreí. ¡Iba a jugar con mi nuevo amigo Jasper!

Jasper se levantó y fue por una pelota. Era muy alto; apenas si le llegaba al hombro. Me sentí pequeña, pero a la vez emocionada. Tenía un amigo alto, así que si la pelota se atoraba en un árbol o se quedaba en un lugar alto, él podría bajarla. Jasper volvió con una pelota naranja y comenzamos a botarla, pasándola y atrapándola.

—Al que se le vaya de las manos pierde un punto. Al final, el que tenga menos puntos pierde, ¿vale?— le expliqué.

—Sí sé jugar —dijo él, rodando los ojos, pero después de un rato estaba claro que no, ya que él iba perdiendo. Nos entretuvimos y de pronto un niño rubio más bajito que Jasper se empezó a burlar de él.

—Aw, el fenómeno tiene novia. ¡Miren, qué tiernos se ven! ¡Uuuyy! "El raro y la enana sentados en un árbol, se besan, se abrazan, se toman de la mano…" —canturreó y se acercó a Jasper, empujándolo. Otros niños también lo empujaron. Jasper sólo se mostraba firme, pero no se defendía ni decía algo. Eso me molestó.

—¡Oye tú! —le pegué al niño que se burló primero—. ¡Deja en paz a Jasper! ¡No le digas fenómeno! ¡Déjalo! —No me hizo caso, así que le agarré el brazo y se lo mordí. Se quejó y me aventó. Me caí.

—¡Aw! ¡La enana defendiendo a su noviecito! –siguió burlándose, mientras continuaba molestando a Jasper. Me levanté y volví a tratar de alejarlo de Jasper, y me empujó de nuevo, haciendo que me cayera, pero esta vez me golpeé en la cabeza con la pared y comencé a sangrar de la frente. Al ver la sangre en mi mano, me asusté y lloré. Jasper se giró a verme, y al ver la sangre en mi rostro, se enojó, y golpeó al niño burlón.

A este punto, los demás niños en la habitación habían dejado sus juegos, y observaban la escena, pidiendo más golpes para Jasper. Debido al escándalo en la habitación, dos mujeres vinieron y rápido tomaron control de la situación, aunque no como hubiese querido: una agarró a Jasper y se lo llevó a la dirección, regañándolo injustamente, mientras que la otra me llevó a la enfermería.

—¡Pero… Jasper es bueno… me defendió… El otro niño lo molestó primero! —chillé.

—Calma, cielo. Primero deja que te cure esa herida, y después nos cuentas qué pasó exactamente —trató de calmarme, de camino a la enfermería. Ahí me limpió la sangre del rostro, y ya que el corte encima de mi ceja no era tan grande, una vez que detuvo la hemorragia, me puso un par de banditas.

—Cielo, intenta no moverlas, porque si no te vas a lastimar y volverá a sangrar —asentí. Ya estaba calmada, pero no quería que le hicieran algo a Jasper.

—¿Verdad que no castigaron a Jasper?— le pregunté a la mujer que me llevó.

—Por supuesto. Estaba golpeando a Mike y te hizo esto a ti, así que merece un castigo.

—Pero… — ¿Cómo podía estar tan errada sobre lo que pasó? De inmediato le conté lo que había pasado.

—Ya veo… —dijo cuando terminé—. Bueno, aunque te haya defendido, está mal que se haya peleado con Mike. Así que lo que haremos será sólo llamarle la atención. Y al que castigaremos será a Mike —yo sonreí.

No fuimos al cuarto de juegos, sino al comedor ya que era hora de cenar. Vi a Jasper en una mesa, alejado de los demás, quienes lo miraban molestos. Fue entonces que me di cuenta que había no solo niños menores que nosotros y de nuestra edad, como había asumido en el cuarto de juegos. También había mayores que nosotros, casi adultos. Les hice una mueca a todos mientras fui a recoger mi plato de comida, y fui a sentarme con él.

—Hola otra vez —lo saludé, mientras él tomaba mi plato para que yo pudiera acomodarme en la silla.

—¿Qué te hicieron? ¿Ya no te duele?— me preguntó.

—Me pusieron unas banditas para que ya no sangrara. Ya casi no me duele.

—Te vez graciosa, como si no tuvieras ceja —se rió.

—Uy, sí —bufé, y tomé un bocado de mi comida.

—¿Por qué me defendiste? —le pregunté, al cabo de un momento. Jasper me miró confuso.

—Porque tú me defendiste primero. ¿Por qué me defendiste? –repitió mi pregunta.

—Porque eso es lo que hacen los amigos.

—¡Vaya! Nunca nadie lo había hecho…— se sorprendió.

—Jasper, ¿acaso no tenías amigos antes? —me extrañaba que alguien no supiera que los amigos hacían esa clase de cosas. Él se puso incómodo.

—Yo tenía una amiga, se llamaba María… —murmuró.

—¿Y jugabas con ella? ¿Te hacía reír? ¿A qué jugaban?

—Pues no jugábamos. Ella me decía que molestara a los otros, y que les quitara sus cosas. Y si nos veían, ella le decía a la maestra que yo era el culpable —se veía triste. Me enojé mucho. ¿Por qué María había sido tan mala con Jasper?

—Jasper, los amigos no hacen eso. No te hacen que hagas cosas malas, y hacen que te regañen. María no era tu amiga.

—Pero ella era la única que se juntaba conmigo.

—Mi mamá me decía que tenemos que tener cuidado con los amigos, y que mejor era estar solo que mal acompañado. Y si María era así, no era tu amiga, sino una mala persona.

—Pues yo ya estaba solo, y con ella ya no lo estaba. Pero de nuevo me quedé solo.

—¿Dónde está María? —pregunté, mientras miraba con recelo a la mesa donde se sentaban las niñas de la edad de Jasper, por si la tal María estaba sentada ahí.

—Pues las maestras dijeron que se portó muy mal y se la llevaron a otro hospicio —me dijo, encogiéndose de hombros.

—¿La extrañas?

—A veces, porque cuando ella estaba conmigo, no me molestaban.

—No te preocupes, yo no voy a dejar que te molesten otra vez.

Me sonrió. Se veía muy lindo cuando sonreía. Tal vez era porque como casi nunca lo hacía, uno se acostumbraba a verlo serio.

—¿Vas a morder a todos los que me digan de cosas?

—¿Y tú vas a golpear a los que me peguen?

—Sí.

—Bueno, pues como ya somos amigos, nos vamos a defender mutuamente. ¿Vale?

—Vale —se quedó pensativo un momento—. Oye Alice, ¿qué más hacen los amigos?

—Pues mira… —empecé a decirle, pero una maestra nos interrumpió y anunció que era hora de alistarse para ir a dormir, y nos separaron—. Te digo mañana Jasper. Hasta mañana.

—Hasta mañana Alice —se despidió con la mano y se fue con los niños. A mí me mandaron con las niñas, y nos fuimos a los dormitorios.

El dormitorio era un cuarto grande con muchas camas. Iba a extrañar mi cuarto de color rosa, con muchas muñecas y peluches. Pero luego pensé en mi amigo Jasper. Me acosté en la cama que me dieron. Cerré los ojos y sonreí. Ya no estaba sola. Y me dormí soñando que jugaba con Jasper en un campo donde no había otros niños que nos molestaran. Solos él y yo, y un perfecto día de primavera.


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