De tiempos, besos y algo que nadie supo explicar

Sólo habían pasado dos horas cuando Hermione despertó, con el brazo de Sirius abrazando sus caderas. Al principio se asustó y corrió a vestirse al son de los aullidos de la noche. Sin embargo, cuando llegó a su habitación no supo qué hacer. Se metió en la ducha y sus dedos acariciaron el rastro de besos que Sirius le había dado tiempo antes. Cerró los ojos, tratando de olvidar y abrió el grifo. El agua de la ducha también quiso ayudar pero parecía que ella misma había caído presa de esos embrujos de los que le había hablado Sirius.

Llegó el viernes, y con él el sábado. Sólo quedaban dos días y se tendría que marchar. No vería a Sirius nunca más, así que era mejor olvidar lo que pasó. Tenía a Ron en su vida, y Hermione le quería más que a nada, pero entonces no entendía qué era lo que pasaba. Sin embargo, esa noche había luna llena; y Hermione quería ver el fenómeno del que todos los que conocían el secreto de los Merodeadores le habían hablado.

Sabía que eso podía ser un peligro pero, después de aquella noche, le daba igual. Además, sería la forma perfecta de despedirse para siempre de Sirius. Para siempre.

Esa noche, cuando el manto de estrellas quiso comerse las almenas de Hogwarts y el murmullo del Bosque Prohibido alzó su canto hacia la luna; Hermione se escabulló hasta las afueras del castillo.

Un aullido le hizo sobresaltarse y agarró con más fuerza su varita. Avanzó hasta el Lago y allí vio el espectáculo que había ido a vislumbrar.

Sirius había hablado de una brujería propia de cuentos, de historias antiguas, de leyendas. Había hablado de amor, sin acordarse de que para él, el amor no estaba en las mujeres que compartían su cama con él por las noches. Había hablado demasiado sobre algo que no comprendía; porque lo que verdaderamente formaba parte de él se había quedado en su alma. Encerrado en su corazón, sus sueños y su mundo de fantasía, sólo lo compartía con sus amigos.

Hermione susurró sus nombres mientras sus ojos iban de uno en otro.

Cornamenta. Un ciervo demasiado alto, bello, perfecto para no ser considerado excepcional. Su cornamenta, una pieza de un alto valor, pugnaba por atrapar la luna, por jugar con ella, sin importarle lo lejos que estuviera de él.

Lunático. Sus pupilas, propias de un lobo, reflejaban la luna en su máxima esencia. Sus rasgos faciales estaban demacrados, confusos en la noche; pero su aullido era de todo menos terrorífico. Parecía una canción, una melodía que los dioses inmortales habían compuesto para él, para ellos.

Colagusano. No era un animal tan formidable como sus amigos, pero desde su posición de vigía sobre el lomo de Cornamenta, la rata perdía la mirada en el horizonte. Exactamente igual que cuando habitaba en el cuerpo de Peter Petigrew.

Canuto. Y al final Sirius Black, el Grim del que Ron se había asustado tantas veces, al que ella había despreciado otras tantas. No era el perro pulgoso que había conocido, sino un alegre cachorro demasiado grande para que una persona que no fuera Hagrid lo sujetara sin peligro.

Reían, corrían, jugaban en el agua. La luna era su amiga, su compañera de juegos, su espía. La noche los absorbía y compartía con ellos su más pura esencia. Hermione se maravilló de que el secreto que estaba contemplando. Y en el mismo instante en que sonrió sabiendo que, por aquello que estaba viendo, todo había merecido la pena; en que comprendió lo que había significado para todos la muerte de James y Lily; en que deseó con todas sus fuerzas haber nacido en esa época, los cuatro volvieron la cabeza hacia ella.

Después, la oscuridad cayó sobre todo y no sintió nada.

_-_-_

La enfermería estaba repleta de estudiantes que sufrían estrés por los exámenes. Había varias camas vacías, sin nadie grave.

-Venga, Poppy, déjame entrar. Usted sabe que no le voy a hacer nada a la señorita que no le haya hecho ya –le suplicaba alguien a la señora Pomfrey y Hermione se maravilló al descubrir que era Sirius.

-¿Cómo estás, princesa? –le preguntó éste tras convencer a Madame Pomfrey de que con diez minutos eran suficientes.

-Bien, creo –suspiró Hermione mientras se incorporaba y miraba a Sirius. Se le veía algo ansioso, preocupado e incluso enfadado.

-¿Por qué lo hiciste?- preguntó omitiendo el venir al bosque a vernos.

-¿Por qué no iba a hacerlo?- quiso salir inmune Hermione a sus preguntas.

-Podría haberte pasado algo –se preocupó Sirius.

-Sabes que no. –sentenció Hermione sin saber porqué decía aquello.

Sirius suspiró. Nunca entendería a las chicas. ¿Por qué eran tan extrañas? Sobre todo aquella.

-¿Qué vas a hacer ahora?-preguntó tratando de cambiar de tema.

-Desaparecer. –afirmó Hermione, esta vez más segura.

-¿Desaparecer?-repitió Sirius como un idiota -¿Por qué?

-Tú mismo lo dijiste –sentenció Hermione enigmática.

Sirius se sentó sobre su cama instándole a que le explicara a qué se refería. Hermione le acarició la cabeza, como a un niño pequeño.

-Lo que pasó esa noche fue bonito, bonito pero no fue real. Tal como tú dijiste soy parte de una leyenda, de algo que no existe en verdad. Soy algo que quizás conozcas algún día, algo que nunca entenderás, que puede que tengas en porciones pequeñas pero nunca en su máxima esencia.

Aquel discurso era complicado hasta para Hermione, mas sabía tantas cosas que no podía contar. Lo que había pasado el jueves había sido bellísimo, un canto de amor con el que todas las chicas que conocía habían soñado alguna vez. Sabía que ambos tenían que olvidarlo; Sirius para que la historia no cambiara; ella, para ser feliz con Ron.

-Señorito Black, por favor levántese –le pidió Madame Pomfrey unos minutos después –La señorita Granger tiene otra visita.

Sirius se levantó y tanto él como Hermione se sorprendieron al ver entrar a Griselda Marchbanks.

-Lo lamento, señorita Granger, pero nos ha llegado la carta de que su traslador está listo.

-¿Un día antes de lo previsto?-se sorprendió Hermione

-No lo entiendo, sin embargo, es lo que hay. Deber usted regresar inmediatamente al Ministerio. –Miró un momento a Sirius y una risita suficiente acudió a ella- Le doy quince minutos para estar en el Hall.

Hermione asintió y Sirius decidió salir fuera mientras ella se vestía a toda prisa.

¿Qué podía haber pasado para que Ron, Harry y Ginny activaran el mecanismo de los giratiempos antes de lo previsto? ¿Y si les había pasado algo grave? ¿Y si había cambiado algo en el futuro? Hermione se estremeció y casi no acertó a calzarse bien los zapatos negros que le habían dejado cerca de su cama.

Corrió por las escaleras, hacia el Hall, todo lo deprisa que pudo. Sin embargo, la voz de Sirius la detuvo. Por última vez.

-Perdona, Hermione, pero ¿qué quisiste decir con aquello? ¿A qué te referías? ¿Quién eres en realidad? ¿Volveré a verte alguna vez?

Hermione suspiró y no pudo evitar sonreír. Había tantas que podía decirle y ninguna de ellas iba a ser tan absurda como la verdad. Tan absurda y tan difícil de creer.

-Sólo soy un sueño, recuérdalo. El sueño de una noche de verano, de algo que pasó, de algo parecido a la libertad y al amor. –le explicó Hermione sellando sus palabras con un beso sobre los labios de Sirius.

Tras esto, continuó bajando las escaleras como si le fuera la vida en ello.

-¿Sabes? No entiendo a las chicas- sentenció Sirius a James, que había aparecido cuando Hermione comenzó a alejarse de su amigo.

-Pero ni ahora ni nunca –rió James y Sirius negó con la cabeza.

-No, ha sido esta chica. El sueño de una noche de verano- Sirius suspiró sin llegar a comprender porqué esa frase le había afectado tanto

-Pobre soñador –le revolvió James el pelo a Sirius -¿Podrás olvidarla?

Sirius se encogió de hombros, ignorando la respuesta. Miró al suelo y distinguió un pergamino que, probablemente, se le habría caído a Hermione al echar a correr. Lo desplegó y lo leyó:

"El tiempo sólo es el recuerdo del futuro. La utopía de los sueños. Controlar los sueños es controlar el tiempo."

-¿Y eso qué significa?- preguntó James alucinado sin encontrarle sentido alguna a las frases inconexas que Hermione había escrito en el pergamino.

-Ni idea –negó Sirius y se encogió de hombros- pero da igual.

Y se lo guardó en el bolsillo, de donde sólo saldría para quedarse en su memoria para siempre. Como si fuera el zapatito de cristal de la Cenicienta que nunca encontró de nuevo.

_-_-_-

Varios años después, o quizás, a las tres horas siguientes Hermione se encontraba a la puerta de la casa de los Potter, donde le habían indicado que la habían llamado, con el corazón en un puño. Llamó a la puerta, jadeando, y cuando Ginny le abrió la puerta se abalanzó sobre ella.

-¿Qué ha pasado? ¿Algo grave? ¿Ron está bien?

-Hola Hermione, me alegro de verte yo también –le contestó Ginny sonriente.

-¡¡Ginny!!

-Está bien, está bien. –Ginny cerró la puerta tras ella y la guió hasta el jardín – ven a ver esto.

Ginny guió a Hermione hasta su propio jardín. Allí, bajo un sauce llorón, hermosamente cuidado estaba la lápida de una tumba que Hermione conocía bien. Era la de Sirius Black, la del padrino de Harry que había conocido tras su salida de Azkaban. De una persona completamente diferente a la que ella había conocido estos días. O eso era lo que ella pensaba.

-Ayer estaba Harry aquí hablando con Sirius –le contó Ginny –cuando nos llamó a Ron y a mí porque algo había cambiado en el epitafio.

-¿El epitafio? –repitió sorprendida Hermione. El epitafio era la leyenda que había unido a los Merodeadores tanto tiempo, mis intenciones no son buenas. Algo que Sirius nunca se había cansado de decir.

-¿Qué pone? –preguntó

-Míralo tú misma –le instó Ginny y Hermione se arrodilló para ver mejor las letras. Su sorpresa fue mayúscula cuando reconoció las frases que había copiado del libro del tiempo de la Sección Prohibida.

-¿Y cómo os habéis podido enterar? No se supone que solo quien viaja tiene conciencia absoluta de lo que pasó, pasa y pasará. –dudó Hermione

-Bueno, nadie entiende el tiempo, Hermione. Y por mucho que nos empeñemos en ello, creo que seguirá siendo un misterio –filosofeó Ginny mientras la convencía de volver a casa. –Vamos, nos tienes que contar un montón de cosas.

-Sí –afirmó Hermione. Al fin y al cabo, lo que había vivido había sido algo como un sueño. Algo que nunca llegaría a materializarse; pero que, al igual que Sirius, llevaría en su corazón hasta el día de su muerte.

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Pues aquí está el último capi. En fin, mis deseos para que os guste es aún mayor, si cabe, que en los otros dos capis. Más que nada porque espero no haberos decepcionado. Ya sabéis, a veces las cosas prometen mucho y de pronto, zas, te llevas un buen golpe.

Pero bueno, dejo la filosofía para estos porque al final le he cambiado el título porque Filosofía incomprensible, que era el original me parece más un comentario que define el capi, e incluso el fic entero.

En fin, que en contra de lo que pensaba me he encariñado más con Peter que con cualquier otro pj y diooooos, decidme que les hice IC, por favor!! Y sino, mandadme una ayuda, lo reeditaré y le hará IC a quien fue OoC (dios, creo que se notó mucho cuál era mi miedo, ¿no? :P)

Pues eso, ya dejo de dar guerra. Espero que os haya gustado.

Un besazo muy grande a todas.

En especial a Denu, que hoy cumple 18, y a Learilla, que está loca de remate. :D

Besos

Shio ^^