INSOMNIA

Los violines de los grillos suenan y se lamentan, y desde mi habitación desespero bajo las telas blancas que huelen a alcohol y a enfermedad. Giro hacia un lado y hacia el otro y sigo sin poder dormir. ¡Maldito insomnio! Se sienta en mi silla y me mira, cínico e inoportuno, y murmura una eterna rima, pero no lo suficientemente bajo como para pasar desapercibido. Entonces decido levantarme, pero los cables pegados a mi cuerpo empiezan a bramar, y las luces que se prenden se ríen de mi intención de dar un paseo nocturno. La puerta gime y se abre, dejando pasar a dos pesados borrones blancos y antes de darme cuenta, vuelvo a estar en mi cama del manicomio, atado, recluido bajo las pesadas telas blancas que hasta hoy nunca se han compadecido de mí.