10. En la vida no hay coincidencias

A la mañana siguiente Candy se miraba muy mal, su cara mostraba unas marcadas ojeras, cuando Neal miró su reloj de bolsillo pudo percatarse que era mucho más tarde de lo que parecía.

– Sigue nevando – dijo al abrir la lona y mirar hacia afuera – Con razón hace tanto frío.

– Cierra eso – espetó Fiona – estás dejando pasar el aire frío.

Neal cerró la lona de mala gana.

– Encenderé una vela, apenas y se puede ver aquí – Fiona se acercó a donde estaban las velas y prendió una. El lugar se iluminó tenuemente.

– Tengo hambre – dijo Neal - ¿todavía queda comida?

–Sí – respondió Candy – pero creo que deberíamos prender una fogata.

– ¿Es que estás loca? – exclamó el muchacho – se quemará la carreta.

– No aquí – refutó de mala gana Candy – afuera…

– Sí, donde dejamos al caballo allí hay un techo… - asintió Fiona.

– ¿No deberíamos nombrar al caballo? – preguntó Candy muy pensativa.

– Solo se me ocurre el nombre de "pobre bastardo" pero ese lo tengo reservado para cierto actor de quinta que no me agrada – dijo Neal con malicia.

– Yo le pondría Valiente – apuntó Candy frunciendo el entrecejo

– Más que valiente es un Luchador – agregó Fiona

– Llámenle como gusten, mientras desayunemos pronto

Candy se bajó de la carreta y hundió sus pies en la nieve, había una gruesa capa cubriendo todo el camino y sus alrededores. Con mucha dificultad logró llegar hasta el pequeño tejado donde habían dejado al caballo. Allí aunque no había nieve el frío calaba hasta los huesos. Candy se alegró de que a Fiona se le hubiera ocurrido ponerle una manta extra. La muchacha buscó algunas piedras la mayoría del mismo edificio destruido para armar un círculo, Neal sacó la leña que habían comprado en Burdeos y la acomodó para hacer una fogata.

– No creo que esta leña vaya a prender – dijo el muchacho

– Está algo húmeda – añadió Candy mientras miraba como expedía un vapor negruzco – tal vez si le ponemos algún combustible.

– ¿Cómo qué?

– Creo que aún hay algo de petróleo que utilizamos para uno de los faroles.

La chica regresó a la carreta entretanto Neal seguía haciendo intentos fallidos por encender la fogata. Minutos después Candy se acercó a él con una botella llena de un líquido bastante oloroso.

– Pues esperemos que funcione – dijo esperanzado el muchacho

Abrió la botella y vertió un chorro sobre la madera húmeda, inmediatamente se prendió dando un fogonazo que causó que la chica lanzara un gritito.

– ¿Estás bien? – preguntó Neal.

– Sí – asintió la muchacha – me asusté un poco, pero mira… ya prendió.

El primer fogonazo había sido rápido pero la fogata no se había apagado, parecía que había consumido la humedad de la leña.

– Debe de haber estado solo húmeda por encima – dijo emocionado Neal.

– ¿Qué es lo que es tan entretenido? – quiso saber Fiona quien llevaba consigo la canasta con la comida que les quedaba

– El fuego – respondió Neal – Ve como está empezando a calentar el ambiente.

Candy sonrió, pues en efecto, la fogata que iba cobrando fuerza estaba haciendo que el pequeño cobertizo que aún se mantenía en pie empezara a tornarse cálido. Fiona se acercó a ellos y puso una cobija sobre unas piedras, se sentó señorialmente al tiempo que colocaba la canasta a su lado.

– Pues hay que ver que hay para almorzar – sacó de la canasta unos cuantos huevos y un poco de panceta.

– ¿Tenemos dónde cocinar eso? – preguntó Candy

– Por supuesto – contestó Fiona

Del fondo de la canasta saco una sartén de mala calidad pero que se apreciaba nueva.

– Espera – dijo Candy al tiempo que acomodaba unas piedras para dejar un espacio entre el fuego y la sartén.

Neal miró dentro de la canasta y sintió un poco de preocupación, había menos de la mitad de la comida que habían comprado y según sus cálculos ni siquiera habían recorrido una tercera parte del camino. Sin embargo no dijo nada mientras las chicas cocinaban. No quería decir algo que arruinará su primer comida caliente en días, que con el frío que hacía era algo que en realidad le apetecía.

– Listo – dijo Candy

– ¡Eres muy buena cocinando! – exclamó Fiona.

– No, no lo soy – refutó la chica – por lo general suelo quemar las cosas o me quedan saladas o desabridas.

– ¿Será este el caso? – preguntó el joven Leegan alzando una ceja – mira que tengo mucha hambre pero aún así sabría distinguir un mal sazón.

– No te prometo nada – dijo la muchacha mientras le servía un plato.

El muchacho probó con cierta duda, después de unos segundos sonrió.

– Bueno, no es el mejor platillo que he probado, pero está lo suficientemente bueno como para deleitar a unos cansados viajeros

Todos comenzaron a comer. Después de hacerlo decidieron quedarse un rato al lado de la leña. Ya que el ambiente allí era muy agradable.

– Es toda la leña que traíamos – aseveró Neal.

– Tampoco queda mucha comida, yo creo que a este paso o racionamos la comida o tendremos que buscar más.

– ¿Hay algún pueblo más adelante? – preguntó la chica rubia.

– Hay una propiedad muy grande, si es que no estamos ya dentro de ella… y después de la propiedad hay un pueblo. Allí podríamos hacer algunas compras

– Suponiendo que no esté en la misma situación de aquel al que íbamos a llegar. – Fiona interrumpió al muchacho.

– Eso no podremos saberlo hasta estar cerca – señaló Neal.

– Pues me parece bien tratar de llegar a ese poblado.- agregó Candy.

– Esperemos que no haya más tormentas.

La leña tardo un poco más de una hora en consumirse, cuando Candy vio como el último pedazo de leña se había convertido en carbón deseo haber tenido más leña para poder quedarse un rato más, pero sabía que en cuanto la fogata se extinguiera por completo el clima agradable que había bajo el cobertizo desaparecería. Recogieron todo y regresaron a la carreta, Neal enganchó al caballo y emprendieron nuevamente el camino.

La nieve seguía muy espesa y la carreta avanzó haciendo unos profundos surcos. Neal había tomado las riendas mientras las chicas miraban por la ventana que habían dejado entre el espacio del conductor y la parte de atrás.

– Este lugar me resulta bastante familiar – dijo Fiona.

– Se han dado cuenta – mencionó Candy – el terreno parece estar repleto de invernaderos, ¿ya los vieron?

– Tienes razón – asintió Neal – quien quiera que sea dueño de estas tierras debe de tener mucho dinero, se que esas cosas son bastante costosas.

– ¡Oh no! – exclamó Fiona

– ¿Qué sucede? – inquirió Candy

– Ya sé porque me resulta tan familiar, si es aquí donde pasé aquel verano…

– ¿En los invernaderos?

– No, en la casa, debe de estar unos kilómetros adelante.

– ¿Qué casa? – preguntó el joven Leegan.

– La casa del conde Jollieux.

– ¿De quién? – Candy alzó una ceja.

– Bueno él se hace llamar conde, aunque no tiene el título oficial es descendiente directo de uno de los condes de aquí de Francia que huyo poco antes de la revolución, su familia vivió durante años en Inglaterra, hace como 50 años él regresó y compró muchas propiedades.

– ¿Entonces esta tierra es de él? – preguntó Neal.

– Si la guerra no ha cambiado eso, sí, los terrenos siguen siendo suyos.

– ¿Son amigos de tu familia? – Neal se notaba preocupado

– Conoció a mis padres en un viaje que hizo a América, mis padres le proporcionaron un lugar para quedarse mientras estuvo allá, más tarde una de sus hijas viajó allá para estudiar y estuvo viviendo con nosotros, así que cuando vine a Francia, me hospede con ellos.

– ¡Vaya! – exclamó Candy – supongo que si nos ven le contarán a tus padres.

– No, no son amigos de ese tipo, son algo así como relaciones de negocios. – añadió Fiona – No suelen cartearse, son conocidos pero eso es todo.

– En serio que no comprendo, él pasa una temporada con tus padres, luego su hija y enseguida pasas un verano aquí con ellos…

– Así son las cosas Candy, - explicó Neal – por eso las relaciones de negocios siempre son cultivadas de forma tan espléndida, y es de buena educación utilizar los contactos.

– Pues llámale como quieras pero a mí todo eso me resulta raro. – apuntó Candy.

– ¿Estás segura de que no le dirían nada a tus padres si nos vieran aquí? – Neal interrogó a Fiona.

– Supongo que no, y menos si le digo que vengo acompañada.

Neal sonrió ampliamente.

– ¿Qué sucede? – preguntó Candy.

– Quizá podamos aprovechar un contacto de negocios – dijo el muchacho alegremente.

Candy odiaba cuando Neal y Fiona hablaban en lo que ella consideraba un lenguaje más complicado que la clave Morse. Los dos se miraban complacidos.

– Fiona, cámbiate de ropa utiliza la mejor que hayas traído contigo – ordenó Neal – tú Candy haz otro tanto.

– ¿Pero porque?

– Ya te explico después

– Pensaré en que puedo ponerme porque vendí casi todos los vestidos de fiesta – dijo Fiona al tiempo que cerraba la lona que hacía de ventana.

Candy seguía sin entender sin embargo siguió el ejemplo de Fiona y se cambió de ropa, sacó de la que Neal había comprado y que estaba incluso nueva, quería preguntarle a Fiona pero ella se veía un poco preocupada escogiendo las joyas que utilizaría. Neal aparcó un momento y se cambió el abrigó por el más elegante que llevaba consigo lo mismo que los zapatos, incluso se colocó las polainas

– Ya se ve la casa – dijo el muchacho - ¿Ya están listas?

– Si – dijo Fiona que parecía había vuelto a la vida por tan solo utilizar su ropa de siempre.

– Si, ya estoy lista – mencionó Candy de mala gana.

– De nueva cuenta seremos Peter y Bonnie Sanders.

– Pensé que eso había terminado – dijo Candy.

– Fiona aparecerá como ella, porque son sus conocidos…

– No entiendo ¿Por qué ella sí y nosotros no?

– Es posible que el conde tenga tratos con los Andley, se que el tío William estuvo por estos rumbos hace no mucho, y si tuvo tratos con él, le resultará muy sencillo saber quiénes somos e incluso podría informarle

– Sigo sin entender. Ellos son amigos de la familia Crone, sin embargo Fiona aparecerá como ella.

– Fiona puede hacerlo, ella es la conocida de ellos, la relación que existe en su familia no conlleva a una relación amistosa ni mucho menos frecuente – explicó Neal – No obstante, si los Andley acaban de formar lazos comerciales con él, entonces estará en continuo contacto con la familia…

– Pero puede que ni siquiera se conozcan – espetó Candy

– Si, ya lo sé, pero es precaución, solo será el tiempo que permanezcamos en la casa.

– ¿Pero qué vamos a ganar con eso?

– Pues muchas cosas Candy, lo primero es que nos ahorraríamos la comida de hoy, si el clima se pone peor podríamos pasar la noche bajo techo, además de conseguir información sobre los pueblos aledaños sabríamos por donde podríamos pasar para llegar a París.

– Candy se asombró un poco de la astucia del muchacho, y pues sabía que dormir en una cama esa noche le haría mucho provecho, dormir dentro de la carreta no era tan cómodo como estar en una cama.

– Está bien – dijo Candy a regañadientes –Nos presentaremos como esposos entonces.

Neal puso en marcha de nuevo la carreta y cerca de una hora después entraban en los jardines de la solariega mansión. Los jardines debían de ser hermosos en verano, en ese momento a pesar de la nieve que los cubría podía resaltar la belleza de los mismos. En cierta forma le recordó a Lakewood. Cruzaron el enorme portón de hierro forjado y entraron al camino empedrado del cual la nieve debía de haber sido removida en el transcurso del día. Pronto llegaron al porche de la Mansión. Donde un viejo mayordomo los recibió. Después de intercambiar saludos en Francés el mayordomo pareció reconocer a Fiona y en seguida los hizo pasar mientras ordenaba a un muchacho que llevara al caballo junto con la carreta a los establos.

Candy vio las columnas y las persianas que decoraban la fachada de la casa, cuando entraron al cálido recibidor desde el piso de mármol hasta la chimenea con decoraciones en oro le decía que en esa casa se respiraba la opulencia.

Neal se acercó a Candy y la tomó del brazo y esperaron a que el señor acudiera a recibirlos. Cosa que solo tomó unos minutos. Un hombre alto de pelo rizado aunque ya canoso le ofreció una amplia sonrisa a Fiona.

– Petite Fiona – exclamó – rozagante como una flor – prosiguió en ingles.

– Count Jollieux – saludó Fiona extendiendo su mano para que el conde la besara – lamento aparecer tan de improviso.

– Siempre serás bien recibida aquí – dijo el conde – mis hijas estarán encantadas de recibir visita

– Ellos son los Sanders, he viajado junto a ellos desde América – comentó Fiona – son buenos amigos de la familia.

– Peter Sanders – mencionó Neal al tiempo que le daba la mano al conde – y ella es mi esposa Bonnie.

– Madame – el conde se inclinó y tomó la mano de Candy y la besó – echantè

– Mi esposa no entiende mucho francés – la excusó Neal – siempre me dice que ha olvidado todo lo que le enseñaron las monjas

El conde lanzó una carcajada

– Las jóvenes no tienen porque recordar eso, y menos si son tan hermosas como su esposa.

Candy trató de sonreír, pero no podía hacerlo, el conde no le agradaba, y mucho menos que pensara que ella estaba casada con alguien como Neal.

– Pero querida – le dijo el conde a Fiona – espero que pienses al menos pasar unos días con nosotros.

– Oh no me atrevería – respondió la muchacha con sus ademanes más afectados. – Solo estamos de paso, porque el ejército nos ha cortado el camino.

– Guerra, Guerra – exclamó el conde – no se habla de otra cosa en estos días.

– Es inevitable – señaló Neal

– Pero arruina los negocios – dijo el hombre –he gastado una fortuna para que el gobierno respete mis propiedades… Eso y muchas discusiones con los generales que no paran de venir… He donado grandes cantidades de dinero y vino a las tropas para que "decidieran" acampar en otro lugar que no fuera mis viñedos.

– Hemos visto sus hermosos invernaderos camino aquí – dijo con voz un tanto melosa Neal – impactante. He de supone que aquí se cosecha la mejor uva para vino.

– En eso tiene razón Mosieur Sanders, pero ha incrementado su costo, no sé qué voy a hacer para poder sostener tantas donaciones, si esto se alarga tendré que regresar a Inglaterra o mejor aún a América, tal vez si decida residir allá los negocios vayan mejor.

Neal sonrió zalameramente y Fiona hizo otro tanto. Candy si bien era cierto que no entendía mucho sobre los manejos de los ricos, sabía que esas "donaciones" no podían ser muy legales, definitivamente cada vez le gustaba menos el conde ese.

– Pero tonto de mi – mencionó el conde – pasen a la sala, les haré servir el mejor vino que habrán probado nunca

Los tres siguieron al conde hasta una lujosa habitación con muebles con decorados en oro, un gran piano acomodado en una esquina y una enorme chimenea prendida proporcionando calidez al amplio cuarto.

– Carlota, mi Carlota se me casó hace dos años – le dijo a Fiona tan pronto se sentaron – ahora reside en España… Y Marguerite se casó este año con uno de esos generales que no soporto, pero parece que todo le ha resultado bien. Solo me quedan las pequeñas Sophie y Madeline, el vivo retrato de su madre.

– Me da mucho gusto por ellas – señaló Fiona – debe de extrañarlas mucho.

– Como debe de ser, -dijo el hombre - por eso espero con ansias que esta Guerra termine, así que se quedarán a cenar ¿verdad?

– Si insiste tanto, eso haremos –dijo Neal.

– Madame Sanders, es usted extremadamente callada – Candy abrió la boca y Neal temió que fuera a decir algo imprudente pero el conde no le dejo hablar – pero si una mujer se ve tan hermosa como usted no hay necesidad de hablar.

Candy cerró la boca y apretó los labios y después miró fríamente a Neal.

– Traen equipaje supongo.

– De hecho todo está en nuestro vehículo.

– ¿Vehículo? – el conde alzo las cejas - No me dirán que son ustedes de esos que se han rendido a esos aparatos monstruosos que pasan haciendo ruido por doquier.

– Se refiere a los automóviles ¿verdad? – preguntó Neal

El conde asintió con la cabeza y en ese momento entró una doncella con varias copas y una botella que sirvió generosamente en cada una de ellas para después ofrecérselas a los invitados.

– Odio esos aparatos, son una máquina mortal, deberían de prohibirlos

– A pesar de lo duramente que los crítica, en América suelo conducir uno de ellos – dijo Neal – no obstante no lo he traído hasta aquí.

– Me alegro – dijo el conde.

– A mí no tanto – señaló Neal – hemos tenido que comprar algo en que transportarnos. Pensábamos hacer el viaje en tren pero nos han advertido que las líneas no eran seguras así que optamos por un carro tirado por caballos.

– Son lo mejor, más fiables – aseguró el conde.

– Sí, pero cuando los buenos caballos están tomados por el ejército y lo único que se puede conseguir es una carreta de segunda mano, las cosas no parecen tan fiables.

– ¡No puede ser! ¿Han viajado en carreta?

– Es más bien un carretón – aclaró el joven Leegan – la cual hemos acondicionado para no pasar frío la jala un pobre jamelgo que parece partirse a cada paso que da. – agregó Neal – sólo a nosotros se nos ocurre viajar en tiempos de guerra, si no es porque en Paris tenemos un asunto no habríamos venido.

– Ni hablar, mis amigos no han de viajar de esa manera, -el conde hizo unos aspavientos con las manos - encontraremos algo adecuado para su viaje, mientras tanto les invito a pasar unos días en la campiña, les gustará aquí, es muy tranquilo, creo que de los pocos lugares tranquilos desde que inicio esta guerra. Y mis hijas que se la pasan solitarias estarán encantadas de tener compañía.

– Para nosotros será un honor. –sonrió el muchacho.

Candy tuvo la impresión de que al conde, Neal le había caído en gracia y que más que sus hijas, el que deseaba compañía era él mismo. Esa noche cenaron copiosamente cosa que la chica rubia agradeció de antemano ya que no habían probado alimento desde esa mañana, para la cena les acompañaron las dos hijas menores del conde, una chica de 17 años y otra que apenas tenía 13 ambas de cabello oscuro y ojos grises como los de su padre quienes hablaban poco, aunque era posible que el conde no les dejara hablar mucho, porque prácticamente el que llevaba las conversaciones de cuantos estaban reunidos era él. Y para ser alguien que odiaba la guerra no paraba de hablar de ella, a cada momento soltaba alguna aseveración sobre la horrible guerra que tanto dinero le estaba quitando.

Las hijas del conde se habían retirado a dormir temprano, Candy había tenido que soportar un discurso que le pareció casi interminable sobre la diferencia entre el vino de la región sur de Francia y la del norte. Pasada la medianoche el conde les había dado por terminada la cena y los dejo ir a sus habitaciones que se les habían asignado donde sus baúles con ropa habían sido llevados. El viejo mayordomo los guió a sus recamaras.

– Aquí Madamoiselle Crone – le dijo mientras señalaba una de las puertas Fiona agradeció y entró a la habitación, Candy y Neal lo siguieron a lo largo del pasillo– y aquí los esposos Sanders. Que pasen una buena noche.

El mayordomo se retiró.

– Ni creas que voy a dormir contigo, me voy a la recamara de Fiona.

– ¡Estás loca! – masculló Neal al tiempo que la sostenía del brazo y la forzaba a entrar a la habitación.

El lugar era espacioso y bien acondicionado, la chimenea estaba prendida con una gran cantidad de leña para avivar el fuego, gruesas y elegantes cortinas, pero había sólo una gran cama en medio del cuarto.

– Déjame salir

– No puedo hacerlo – dijo Neal – el conde piensa que somos un matrimonio, ¿sabes lo que diría si viera que no dormimos juntos?

– Sí – refutó Candy de mala gana – que estoy enojada porque me has presentado como un objeto que adorna tu brazo, y que no me has defendido ni una vez de los comentarios del "conde"

– El "conde" como dices, va a conseguirnos un mejor transporte para ir a Paris, y nos está ofreciendo su casa en otra noche de tormenta – Neal se acercó a la ventana y señaló los remolinos de nieve que azotaban contra ella – Aquí tenemos un buen fuego y una cama confortable e incluso un baño, créeme necesito un buen baño hace días que no disfruto de uno.

– Me voy, no necesito esto. – exclamó enfadada.

– Si te vas en este momento tendremos que dormir todos en la carreta…

Candy apretó los labios, estaba muy enojada por toda la situación.

– ¿Es que acaso pretendes que acepte esto sin rechistar? ¿Qué clase de chica crees que soy?

– Mira, cálmate y entra al cuarto de baño, refréscate y ya después veremos que hacemos.

Candy rebuscó entre sus cosas hasta sacar su camisón, se dirigió al cuarto de baño que era hermoso y que tenía agua corriente y no solo eso, era agua caliente. Y como decía Neal tenía días que no tomaba un baño. Se removió la ropa y entró a la bañera que había sido preparada con sales. Durante unos minutos regresó a aquella época en que había vivido en Lakewood, casi le parecía escuchar la voz de Dorothy que la retaba por tardarse tanto tomando un baño. Salió de la tina y se vistió con su camisón, cuando entró a la recamara vio que Neal llevaba en su mano sus pijamas y su bata y que entraba al cuarto de baño. La muchacha se sentía intranquila, no sabía cómo iban a solucionar el problema, se cepilló su cabello sentada frente al elegante tocador que hacía juego con el mueble de cama. Minutos después salió Neal con el pijama y la bata puesta.

– Pues a dormir

– Espera – dijo Candy quien acababa de trenzarse su cabello – dijiste que veríamos que íbamos a hacer.

– Pues sí, yo me refería a dormir.

– Ya te dije que no pienso dormir en la misma cama contigo – mencionó con una voz alterada Candy.

– Pues no lo hagas si no quieres – dijo Neal mientras se acomodaba en la cama.

– ¿Estás insinuando que duerma en el piso?

– Pues si te agrada el piso, pues duerme allí, claro que teniendo una cama tan confortable como esta yo no escogería el piso.

– No eres nada caballero

– ¿Cuándo he dicho que lo sea? Ya te lo dije, yo no soy un caballero y no pretendo dormir en el piso cuando hay una cama lo suficientemente grande para que los dos durmamos.

– Eres un cínico

– ¿Es que no vas a dormir aquí? – dijo al tiempo que con la palma de la mano daba golpecitos a un lado de la cama

– Claro que no

– ¿Tienes miedo de mí? – señaló el muchacho alzando una ceja y torciendo una sonrisa

– No, yo no te tengo miedo… - balbuceó la chica.

– ¿Entonces? ¿Cuál es el problema?

– Pues que…

– Vamos que no te voy a hacer nada.

– ¿Me lo prometes? – preguntó muy seria Candy.

– Siento otro favor venir en el aire. – dijo Neal con satisfacción

– No seas así…

– Así ¿cómo? – mencionó riendo el muchacho.

– Pues no me hagas esto…

– Ofrece… - apuntó el joven Leegan - ¿Qué me vas a ofrecer a cambio de que no te toque?

– ¿Serías capaz de tocarme? – mencionó la chica con un dejo de indignación.

– No soy un caballero y pues la carne es débil…. Si quieres puedes dormir pero no prometo nada.

Candy frunció el entrecejo.

– Ya que parece que no sabes que ofrecer – comentó el muchacho - a mí se me ocurre algo… que mañana te portes zalamera con el conde, que interpretes tu papel de esposa a la perfección, que no lo hagas dudar de que estamos casados si no quieres despertar suspicacias.

– ¿Y eso que implica?

– Que dejes de hacer malas caras cuando te abrazo o cuando él haga comentarios que no te agradan… yo se que sus comentarios no son lo más agradable que escuchar pero nos conviene portarnos bien con él.

Candy pensó por unos minutos.

– Está bien, acepto.

– Muy bien querida, ese es tu lado de la cama. Y trata de no acercarte mucho ya te he dicho, la carne es débil.

Neal soltó una risita mientras que Candy se subía a la cama. Se acomodó lo más lejos que pudo de Neal, después se envolvió en una de las sábanas como protegiéndose de que lo que el muchacho pudiera hacer. Mientras esto pasaba el joven Leegan solo aguantaba la risa aunque de vez en vez dejaba escapar una carcajada ahogada. Candy cerró los ojos pero no se durmió hasta que se aseguró de que Neal se había dormido.

A la mañana siguiente a Candy le costó despertar ya que había tardado mucho en conseguir dormirse, cuando abrió los ojos miró a Neal ya completamente vestido que se acomodaba la corbata frente al espejo de cuerpo entero que estaba al lado de la puerta.

– Buenos días dormilona – le saludó Neal.

Candy hizo una mueca con la cara y al tratar de salir de la cama se dio cuenta de que estaba terriblemente enredada en las cobijas, a pesar de que había deseado no moverse para nada, era evidente que lo había hecho y ahora era un revoltijo de tela que parecía no tener fin. Tardó cerca de cinco minutos en deshacer los nudos de sábanas ante la mirada burlesca de Neal.

– ¿Tardarás mucho en estar lista? – le preguntó Neal cuando la miró sin aliento tirando la última sábana que estaba enredada en su pierna.

– Ya casi – dijo ella muy enojada.

– Recuerda en utilizar algo de lo que te compré – le ordenó Neal.

– Pensé que la tía Elroy se había quedado en América – señaló Candy con un dejo de sarcasmo.

Neal torció una sonrisa y se miró al espejo, después se sentó en un sillón esperando a que Candy saliera del baño. Candy tardó pocos minutos en salir vistiendo un traje de tweed con una blusa de seda.

– Te quedó muy bien – dijo Neal.

– No tienes que decir nada, ¿sabes?

– Solo digo lo que quiero, - mencionó el muchacho - tengo un buen gusto, incluso en una pobretona como tú ese vestido luce bien.

Candy frunció los labios.

– Si, nunca has escuchado lo que la gente dice… "tiene cuerpo de limosnera" porque a las "pobretonas" como yo, todo nos queda bien.

– Supongo – dijo Neal torciendo un poco la boca - entonces que lo que la gente dice es cierto.

El muchacho se acercó a un jarrón donde el día anterior habían colocado flores frescas arrancó unas flores y se las acomodó en la solapa.

– No hagas eso – le retó Candy

– Las flores están aquí para nosotros, así que si quiero puedo hacerlo.

– No deberías.

– Deja de hablarme como si de verdad estuviéramos casados – le espetó Neal – mejor actúa allá afuera

Candy se quedó pasmada y se sentó nerviosa frente al espejo para colocarse algunas de las joyas que Fiona le había prestado desde el día anterior.

– Lo siento – dijo Neal – me pone de nervios que alguien me hable de la misma forma en cómo hace mi madre, no quise gritarte.

– Está bien, como dices no tengo derecho a decirte que puedes y no hacer.

– Nos espera un día difícil, si quieres gritarme y decirme lo repugnante que te parezco es tu momento – mencionó Neal – porque una vez allá afuera no podrás hacerlo.

– Es… – balbuceó Candy – no, no me pareces repugnante.

Neal alzó una ceja y la miró con incredulidad. Candy observó su reflejo, miró los aretes de diamante que ahora pendían de sus orejas, algo en la imagen que el espejo le devolvía no pegaba con ella, ciertamente como le había dicho el joven Leegan el elegante vestido se le miraba bien, los botines nuevos también incluso las joyas, sin embargo sabía que era algo que no era ella, sobre todo si tomaba en cuenta lo que ganaba en el hospital. Para poder utilizar algo como lo que llevaba puesto habría tenido que ahorrar durante más de un año y aún así pensaba que las joyas valían más que su sueldo de un año, lanzó un suspiro después se levantó, dio media vuelta y se aproximó a la cama para hacer la cama.

– Deja eso allí – mencionó Neal.

– Es que hice un lío con las sábanas – contestó la muchacha

– Es mejor así.

– No quiero que piensen que soy una desordenada – refutó Candy.

– Pero si las dejas así pensarán que tuvimos una noche apasionada.

Las mejillas de la muchacha se encendieron, abrió la boca indignada.

– ¿Cómo te atreves?

– No sería nada malo con una pareja de recién casados – dijo el muchacho con una amplia sonrisa en el rostro.

– Y tú contento de que eso piensen ¿verdad?

– Yo solo pienso en que nos conviene que el conde piense eso, ya que por lo visto esta encantando con tu "belleza"

– No me hacen gracia tus comentarios, así como tampoco los de él… y creo que mejor si arreglo la cama no quiero que nadie piense algo que no fue…

– Cómo quieras – dijo el joven Leegan – aunque ya se nos hizo bastante tarde para el desayuno, nos hablaron antes de que despertaras.

Candy se dirigió a la cama.

– Además siempre creí que a ti no te importaba lo que los demás pensaran de ti – mencionó Neal con un dejo de admiración - ¿o me equivoco?

La muchacha giró su cabeza y por primera vez en esa mañana vio una sonrisa sincera en el joven. No pudo reprimirse el sonreír, así que dejó la cama como estaba y prefirió acercarse al espejo y soltarse su cabello para acomodarlo en una media coleta, después se acercó a Neal.

– Tienes razón, no me importa – dijo ella tomando aire – nos vamos esposo querido.

– Cuando gustes cariño – dijo esta última palabra con un dejo de sorna que hizo que ambos soltaran una pequeña risa.

Los dos caminaron tomándose del brazo, llegaron a la escalera ya bajaron hasta el salón comedor. Donde estaba el conde y el resto almorzando.

– Tardaron mucho en bajar – les reclamó Fiona quien parecía que estaba un poco mareada por tanta conversación del conde.

– Petite Fiona, deja que los recién casados disfruten de una noche a solas, han venido viajando contigo, no han podido regocijarse con las delicias del matrimonio.

Candy sintió que sus mejillas volvían a encenderse.

– Conde, no haga ruborizar a mi joven esposa, que no está acostumbrada a hablar tan libremente sobre estos asuntos.

– Pero mírala, si ruborizada se ve aún más bella – le contestó el conde.

– Ven querida.

La muchacha apretó fuertemente el brazo de Neal quien sostuvo la falsa sonrisa a pesar de estar recibiendo el castigo por parte de Candy.

– La tormenta de nieve no ha amainado – les informó Fiona – el Conde me ha dicho que en esta temporada suelen durar hasta tres días seguidos.

– Si, la nieve es mi principal enemiga, por eso tuve que mandar construir esos grandes invernaderos – señaló el hombre - para poder estar tranquilo en esta época del año y para poder obtener este delicioso vino no importando la estación. Y contrario a lo que muchos puedan creer la uva que crece en esta época es la mejor.

– Y nosotros agradecemos a esos maravillosos invernaderos – dijo el muchacho dando un sorbo a una copa que tenía delante de él.

– ¿Querrán darse una vuelta por uno de los invernaderos antes de la comida?

– Suena interesante – agregó Neal.

Aunque Neal había dicho eso, para Candy la idea de pasar toda una tarde mirando los invernaderos no era algo que le apetecía, lo que ella realmente quería era poder reiniciar su camino hacia París o tal vez solo deseaba terminar con aquella farsa, había algo en ella que le hacía sentirse intranquila a pesar de estar en un lugar más seguro del que podrían estar si continuaban con el viaje.

Lo poco que quedaba de la mañana pasó rapidísimo, Sophie después del almuerzo les había deleitado con un concierto en el piano de la estancia donde les había recibido el conde el día anterior. Aunque Candy había escuchado a Annie quien era considerada como una pianista excepcional, se percató que la maestría con que Sophie tocaba las teclas era aún mejor. La muchacha movía los dedos con tanta rapidez que era casi imposible seguirlos con la vista. Durante el tiempo que permaneció tocando la hija del conde, fue un momento de descanso para Candy, quizá porque el hombre se había mantenido en silencio, además de que ella disfrutaba mucho de la música.

Más tarde habían ido a dar la vuelta a uno de los invernaderos más cercanos a la Mansión. Donde la cabeza de la chica comenzaba a zumbarle de estar escuchando a un Conde que parecía tener mucho que decir pero poco que comunicar, cuando habían llegado a la mitad de uno de los invernaderos, el hombre se había detenido y había pasado más de una hora ininterrumpida hablando de los beneficios de los vidrios gruesos para proteger del mal clima a sus adorados viñedos. Así que cuando habían reanudado el paseo Candy en parte comenzaba a odiar las uvas que nada de culpa tenían en ser parte de las obsesiones de aquel hombre.

Después de varios kilómetros de invernadero recorridos a la muchacha además de la cabeza, le dolían las mandíbulas de estar sonriendo como una boba ante cada comentario del conde, sumado también a que había tenido que soportar durante horas los continuos abrazos de Neal quien efectuaba su papel de esposo a la perfección, lo que no solo la asombraba sino que comenzaba a molestarle ya que ella apenas podía contenerse con los comentarios de su anfitrión. Fiona por el contrario a ella parecía como pez en el agua, se desenvolvía a la perfección, hablaba con la hija del conde en un fluido francés y sonreía con elegancia, la veía caminar con porte a pesar de haber estado caminando durante horas en unos zapatos que parecían haber sido fabricados para torturar a quien los usase y sin embargo la chica de ojos castaños no demostraba tener dolor alguno. Mientras que ella comenzaba a sentirse cansada, y de que los botines que usaba aunque eran cómodos no era a lo que ella estaba acostumbrada.

– No te ves muy bien – le susurró Neal en el oído

– Me siento un poco cansada – respondió Candy mirando como la nieve seguía cayendo fuera de la protección de los invernadores.

– ¿Quieres regresar?

– Está bien, ya descansaré más tarde – le dijo la chica.

– ¿Estás segura?

Candy asintió pero estaba algo aturdida, no sabía si aquellas preguntas por parte del muchacho eran sinceras o si formaban un trozo de aquella parodia que estaban representando ante aquel opulento hombre.

– ¡Oh! Es tarde ya, casi es hora de la cena, el tiempo pasa volando cuando haces algo agradable – dijo el Conde al mirar su reloj de bolsillo.

– La visita a los viñedos ha sido muy gratificante – le contestó Neal tratando de halagar a su anfitrión.

– Efectivamente – añadió el hombre – yo aquí me olvido de todo lo que sucede afuera, este es mi pequeño mundo…

– Y el clima aquí es tan agradable – señaló Fiona quien utilizaba un ligero abrigo.

– Sí – afirmó el conde - tiene que serlo así para que las uvas mantengan su esencia intacta.

La hija del conde se acercó a él y le susurró algunas palabras. El hombre sonrió y después se dirigió a los invitados.

– Mi hija ha tenido una estupenda idea – anunció el hombre – en la parte del final hay unos canastos, ella piensa que es buena idea llevarnos un canasto con uvas frescas para acompañar la cena de hoy.

Candy sonrió, era la primera cosa que le agradaba escuchar de aquella monótona voz que parecía estar hecha para combatir el insomnio.

– Veo cherrie que le gusta la idea – le dijo el conde quien parecía estar al pendiente de cada cosa que hacía ella.

– Mi esposa es la mujer más encantadora cuando hablan de jardines, siempre le ha gustado estar en contacto con la tierra.

La muchacha lo miró y vio que lo que decía era real pero al mismo tiempo dejaba entrever una faceta del muchacho que no conocía, era como si envidiará eso de ella. O tal vez era otra cosa.

– Mi difunta esposa era igual, solía pasar horas en su jardín, así que para que privarles de ese gusto – Sophie había ido ya por un canasto y se lo entregó a su padre – aquí tiene estimadísima, háganos el honor de la primer uva.

Candy sonrió y con un poco de dificultad arrancó un racimo y lo deposito en la canasta.

– Lo olivaba – de un montón de cajas que había contra la pared de vidrio tomó varias navajas y las paso a cada uno para que hicieran lo mismo que había hecho Candy.

La canasta no tardó en llenarse ya que eran muchos los que estaban en la labor y además que era una actividad que parecía ser divertida. Por primera vez durante esa tarde la chica rubia se había sentido a gusto, haciendo una labor física que le impidiera pensar demasiado y le hacía sentirse menos desesperada.

Cuando terminaron de llenarla Neal se ofreció a llevar la canasta lo que hizo que de regreso a la Mansión Candy no tuviera que tomarse de su brazo, así que sonrió para sí. Aunque aún se sentía un poco cansada se sentía con un poco más de libertad de movimientos.

Todos caminaron de regreso, ya afuera del invernadero se sentía el frío ambiente por lo que todos apresuraron el paso y no dilataron mucho en llegar al nevado jardín. Cuando estaban cerca del pórtico todos pudieron ver un flamante automóvil estacionado frente a la Mansión.

– Odio esos trastos – exclamó el conde al verlo - ¿Quién podrá ser?

Fiona miró de reojo a Neal quien tenía la quijada apretada, Candy los miró pero no sabía porque se miraban así. Fiona se adelanto y se tomó del brazo de la chica.

– Esto es malo – le susurró

– ¿Por qué lo dices? - preguntó Candy con la cara dubitativa.

– No sabemos quién podrá ser.

Entonces Candy comprendió que ese alguien podría ser alguien conocido de la familia Crone o de la familia Andley y que eso les traería problemas, de igual modo podría ser un desconocido. La muchacha comenzó a compartir el miedo de sus compañeros de viaje.

Pronto llegaron a la puerta de la Mansión donde el mayordomo los recibió y le mencionó algo en un rápido francés al conde.

– Otra visita mis queridos – dijo el hombre – lo han pasado al salón, síganme, esto es siempre emocionante.

El hombre le pasó su abrigo al mayordomo, al igual que el resto de la comitiva además de su abrió Neal le entregó también el canasto de uvas que había cargado desde el invernadero, una vez que estuvieron en el recibidor Sophie le pregunto algo en francés al mayordomo, Candy se volvió a sentir mal por no haber puesto suficiente atención en las clases que le habían dado en el colegio San Pablo. Apenas y había podido reconocer la palabra "amigo", cualquiera que fuera la respuesta del mayordomo Sophie parecía emocionada y apresurando el paso se les adelantó a los demás jalando a Madeline para que la acompañara. Fiona apretó los labios y Candy se agazapó del brazo de Neal.

– ¿Qué le dijo? ¿Mencionó de quien se trata?– murmuró

– No, no le dijo mucho el mayordomo, solo que era el amigo que esperaba. Así que seguimos en la misma. Pero no dejes escapar tanto tu nerviosismo – le ordenó el muchacho – sea quien sea tendremos que afrontarlo.

Neal miró a Fiona y ella asintió, quitó la cara inquieta y sonrió fingidamente para tomar el brazo que el conde le había ofrecido . Los cuatro entraron parsimoniosamente al salón de donde salían las risas de las hijas del conde. Entonces Candy escuchó una voz muy familiar. Su corazón comenzó a palpitar y su respiración sonaba entrecortada

– ¡Tranquílizate! – murmuró Neal apretando el brazo de Candy

Sin embargo Candy no sabía porque se sentía tan excitada, trató de respirar hondo, el conde le tapaba la visión de quien era el invitado inesperado, Candy habría querido moverse rápidamente y ver de quien se trataba, pero sabía que eso era una conducta inapropiada para alguien de la alta sociedad. Así que intranquilamente espero que el conde quien iba delante de ella se moviera hacía uno de los sillones para poder ver quien era el que hablaba.

Cuando el conde se retiróo, pudo verlo sentado en uno de los cómodos sillones recargado quien con elegancia estaba sosteniendo una copa de vino en la mano a la última persona que esperaba encontrarse allí.

– Terry – musitó.

Terry de devolvió la mirada atónita, los ojos azules del muchacho parecían brillar con más intensidad en la cara marcada por la incredulidad. Para Candy quien también lo miraba como quien acaba de toparse con un fantasma, aquello quedaba claro, que encontrarse con el joven Grandchester dos veces en tan poco tiempo después de haber pasado años separados y sin saber uno del otro, era algo más que una coincidencia, era algo que ya estaba escrito.