11. Las mentiras matan

Candy se había quedado paralizada, incluso se le había olvidado respirar, los ojos de Terry la miraban con una intensidad que parecía atravesarla, por un momento sintió que en la habitación solo estaban los dos, que el resto había desaparecido, pero esa sensación no fue duradera ya que Neal puso la mano sobre su cintura y con fuerza había atraído a la muchacha hacia él. La chica despertó del primer instante y miró la cara del joven Leegan quien apretaba fuertemente la mandíbula y resoplaba sin mucho disimulo, además de que sus ojos parecían haberse vuelto un par de lanzas que querían matar al actor que estaba sentado en la lujosa sala del Conde Jollieux.

- ¿Es que acaso conoce a Madame Sanders? – quiso saber el hombre al ver como se miraban ambos.

- No, no le conozco – se apresuró a decir Candy después de mirar la cara asustada de Fiona quien parecía estar a punto de derramar unas lágrimas.

- Cuando Terry escuchó eso de parte de Candy fue como un balde de agua fría, abrió la boca sorprendido, y tras cerrarla, frunció el entrecejo.

- Ya se – apuntó el conde quien se creía una eminencia en cualquier tema que se tocase – seguro le parece familiar… no tiene que preguntarse de donde, aquí mi joven amigo, se dedica a la actuación, probablemente lo haya visto actuar en alguna ocasión.

- Mi esposa – dijo Neal dando un énfasis muy marcado al decir el pronombre – no es afecta al teatro.

- En los afiches, allí debe de haberlo visto… en fin, eso no tiene importancia – señaló el conde al ver que el buen humor que había mantenido Neal todo el día se había esfumado – Les presento a Terruce Grandchester, ¿o he de llamarte Duque?

- No – negó Terry con la cabeza – le suplico que no me llame así.

- Muchacho, no tienes que ser tan formal conmigo, ya sabes que a mí eso no se me da bien – mencionó el hombre – me da gusto poder presentarte a mis invitados, Madeimoselle Crone, y mi querida Madame Sanders y Monsieur Sanders.

- Mucho gusto en conocerlo señor Grandchester, aunque no tenía el placer de conocerlo – dijo Fiona – si he escuchado de usted y de sus obras.

- Gracias, encantado de conocerla – respondió Terry sin dejar de mirar a Candy – Señora ¿cómo es? Creía que la había reconocido, pero evidentemente el apellido es diferente, me debo de haber confundido.

- Es Sanders – agregó Neal impidiendo que Terry besara la mano de Candy – Creo Sr. Grandchester que efectivamente está confundido.

Fiona se puso muy nerviosa, y tomó del brazo a Candy y prácticamente la jaló afuera del salón. Una vez allí se alejó lo más que pudo del lugar y se fueron hasta donde estaban las escaleras.

- Esto va a estropear todo – chilló Fiona con la preocupación marcada en la cara – Tienes que hacer algo

- ¿Qué quieres que le diga? ¿Qué si lo conozco?

- No, no puedes hacer eso – Fiona movió la cabeza negando.

- Y no solo soy yo ¿sabes? Neal…

- Shhhtttsss – le apuró la joven Crone.

- El también lo conoce… fueron compañeros en la escuela.

- ¿Lo habrá reconocido? – preguntó con un dejó de miedo Fiona

- Claro que sí, ellos… ellos nunca se llevaron bien, por eso lo del comentario del apellido, Terry sabe que su apellido es – Candy bajó la voz tanto que Fiona apenas alcanzó a escucharla – Leegan.

- ¡Qué horror! – exclamó la chica de ojos castaños - ¿Qué va a pasar ahora?

- No lo sé – dijo Candy que comenzaba a contagiarse del miedo de Fiona – por el momento él ha fingido también, no le dijo al Conde que ya nos conocía, pero si Neal lo hace enojar, no puedo hacerme responsable.

- No lo va a hacer enojar – apuntó Fiona – él sabe lo importante que es que mantengamos la farsa.

- Pues tú no eres la que está mintiendo, la que miente soy yo…

- Claro que estoy mintiendo – aclaró la muchacha - ¿crees que le iba a decir al Conde que me he escapado de casa? ¿Qué me vine a Europa sin saber que va a ser de mi vida?

- Lo siento, no quise molestarte, - se apresuró a decir Candy al ver que Fiona había fruncido el entrecejo - es que estoy nerviosa.

- Tenemos que regresar, no quiero que levantemos más suspicacias. Y que Dios nos ayude, porque francamente no sé cómo nos vamos a librar de esto.

Candy y Fiona trataron de sonreír y regresar al salón donde Neal se había sentado lo más lejos de Terry como si el muchacho tuviera una enfermedad contagiosa. Las dos chicas se acercaron al joven Leegan.

- ¿Dónde estaban? – masculló Neal

- Solo salimos al recibidor – contestó Candy – ¿Estás bien?

- Claro que no estoy bien, ese estúpido me ha reconocido – susurró Neal muy enfadado – Estuvo a punto de decirle al conde quien soy.

- Debieron haber cambiado su apariencia

- No Fiona, eso no habría servido de nada – añadió Candy – él es actor, sabe como lucen las barbas falsas… así que ni siquiera hay que pensar en eso. Tal vez si habló con él.

- No – dijo Neal subiendo la voz aunque solo Terry se percató de ello ya que el conde estaba enfrascado en otra conversación sobre los vinos añejos

- Cálmate – comentó Candy – yo solo lo sugería, no dije que lo fuera a hacer.

- Mejor dejemos de estar aquí susurrando, van a pensar que algo sucede… y si no dijo nada de saber quién eres, puede que no lo haga – mencionó Fiona – voy a regresar a su lado y ustedes por favor cambien sus caras que el conde va a sospechar.

Fiona se levantó y se sentó junto al Conde, mirando de vez en vez a Terry quien trataba de evitar mirar a Candy, Sophie hablaba en francés con él, el muchacho no parecía muy contento de estar allí. Y no se esforzaba por disimular su estado.

- Pasemos al comedor – les convidó el Conde después de que el mayordomo hablara con él – la cena está servida.

Neal y Candy fueron los primeros en salir, ambos se miraban algo pálidos y susurraban entre ellos demasiado, cosa que nadie pudo dejar de notar.

- Monsieur Sanders, hoy está particularmente callado – le dijo el conde una vez que estuvieron todos sentados en el comedor – Es que hay algo que le preocupa.

- Solo hablaba con mi esposa sobre el asunto que tenemos en París, ella está un poco preocupada, pero le he dicho que no lo haga, que nos encontramos tan a gusto aquí en su Viña que es mejor que disfrutemos la estadía.

- Madama Sanders – dijo el conde – no se preocupe usted, mañana llevaré a su marido a la cuadra de caballos, no puedo dejarlos ir con ese caballo mal alimentado.

- ¿Quiere decir que se van mañana? – preguntó Terry con interés.

- Monsieur Sanders esta bromeando – río el conde – con este clima quien quisiera irse tan rápido.

- Eso es cierto – señaló el joven Leegan – Por mi me quedaría por mucho tiempo más, pero no quiero abusar de su generosidad.

- Pamplinas – exclamó el conde – esto es nada, ustedes quédense el tiempo que deseen, ya saben que mis hijas adoran las visitas.

- Es usted muy amable Conde – interrumpió Fiona – pero si no avanzamos pronto, el clima podría ponerse peor, ya nos hemos encontrado con un pueblo sitiado, si nos quedamos más tiempo esa situación podría darse en cada pueblo por el que tengamos que atravesar, al alargar nuestra estadía aquí podríamos exponernos a no poder llegar a nuestro destino.

El conde entrecerró los ojos, respiró profundamente, no estaba acostumbrado a que alguien le llevara la contraria. Sin embargo Fiona exhumaba decisión. Entonces el conde buscó los ojos de Neal en quien pensaba encontraría un aliado, pero el muchacho no compartió la mirada cómplice que le había mostrado cada vez que él proponía algo. Cuando miró a la chica rubia supo que había determinado antes de la cena que se irían del lugar.

- Bien, supongo que esta será su última noche aquí – dijo el conde un poco decepcionado pero sin dejar de pensar que aún tendría tiempo para hacerlos cambiar de opinión – Hagamos de esta cena algo memorable.

Candy se seguía sintiendo muy incómoda por toda la situación allí y se excusó lo más rápido que pudo para dirigirse a habitación. Neal como había sucedido durante toda la noche, la siguió de cerca para no dejar oportunidad a que ella pudiera hablar con Terry. Fiona también los imitó dejando el comedor unos minutos después de que lo hicieran sus compañeros de viaje.

En cuanto Candy y Neal entraron a su habitación, el muchacho aventó su sacó al sillón y exclamó muy enojado.

- Debería ir a darle una paliza.

- Espero que no hables en serio – dijo Candy pensando que antes de que Neal pudiera ponerle un dedo encima a Terry, el joven actor lo habría tirado al suelo.

- No lo puedo soportar – espetó con rabia.

- Deberías de calmarte – sugirió la muchacha mientras se pasaba el cepillo por el cabello y comenzaba a arreglarlo para irse a dormir.

- Es un estúpido – seguía balbuceando Neal.

- Tal vez no deberíamos irnos así de rápido – mencionó Candy – esto debe de parecerle demasiado raro al conde.

Neal apretó la quijada y entró al cuarto de baño sin responderle algo a la muchacha, ella aprovechó la oportunidad para quitarse la ropa y ponerse el camisón. Mientras doblaba la ropa que había usado durante el día y la volvía a meter al baúl escuchó la puerta del baño que se abría, ella no quiso mirar, pero de repente sintió la mano de Neal que tomaba su brazo. Candy soltó la blusa que estaba por colocar sobre el traje.

- ¿Qué pasa? – preguntó al tiempo que giraba su cabeza para mirar al joven Leegan.

Los ojos castaños del muchacho relampagueaban, sus mejillas estaban encendidas, pero el resto de la expresión de su cara no denotaba que pudiera estar enojado.

- Yo no quería hacer esto – dijo Neal – quería olvidarme… pero no puedo aplazarlo más.

- ¿De qué hablas? – quiso saber la muchacha al tiempo que trataba de zafarse de la mano del joven, pero él sostenía su brazo con mucha fuerza.

- Fue él ¿verdad?

- No sé de qué me hablas – repitió Candy

- Cuando saliste en la noche en el barco… te encontraste con él ¿no es cierto?

Candy abrió los ojos sorprendida y después desvió su mirada de la de Neal. Entonces sintió que la mano con la que la sostenía perdía su fuerza y la estaba liberando.

- Lo sabía – dijo él – desde que lo vimos en el restaurante sabía que ibas a hablar con él.

La muchacha volvió a mirarlo y se sorprendió de verlo, no parecía enojado aunque apretaba sus manos en puño, se miraba más bien triste.

- Debiste habérmelo dicho – mencionó a media voz el joven Leegan – podríamos habernos evitado que te pusieras mal.

- Yo… - balbuceó Candy

- Y Ahora quieres quedarte para hablar con él – dijo más para él mismo que para ella – Debí suponerlo.

- No, no quiero hablar con él – le interrumpió Candy – de verdad que no.

- Sé que quieres hacerlo – apuntó el muchacho – ¿porqué otra razón me habrías pedido que nos quedáramos más tiempo?

- No es eso – mencionó con vehemencia la chica.

- Entonces dime porque no puedo entenderlo.

- Hoy Fiona me dijo algo me puso a pensar, decidiste venir conmigo a pesar de que no te he dicho con exactitud a que quiero ir a París. Fiona se unió.

- Ella tiene sus razones. – Neal parecía un poco más calmado y se había acercado al sillón y estaba tomando el saco que había aventado allí unos minutos antes.

- Sí, pero si ella quisiera, pudiera quedarse aquí el tiempo necesario mientras decide qué hacer con su vida – continuó Candy – Y ahora siento que los estoy obligando a ir tras mi.

- Tú no nos estas obligando a nada – volvió a interrumpirle el muchacho.

- Es lo que siento – aseveró la rubia – y aquí tenemos una cama y comida asegurada, tenemos un techo y una chimenea que nos protege del frío. Afuera no deja de nevar y pienso en todo lo que ella y tú tendrían que sacrificar solo por seguirme.

- No voy a dejar irte sola.

- Ya me lo dijiste antes y eso me hace sentir obligada con ustedes, no quiero que sufran por mi causa, tal vez si nos quedamos aquí hasta Navidad, falta solo unos días para ese día. Y a lo mejor para ese día Fiona ya decidió que hacer.

Neal soltó una risita que le molestó un poco a Candy quien estaba tratando de hacer lo correcto.

- Fiona no sabe que va a hacer, dejarla entre sábanas de seda y tazas de plata no le va a ayudar a decidirse por nada. – señaló el muchacho – Tienes razón al decir que aquí tenemos segura la comida y el techo. Pero como todo en la vida, esto no es gratis, el conde nos ofrece esto a cambio de soportarlo a él. Es evidente que es un tipo más nefasto que yo, si eso es posible…

- Candy no supo si reírse o no de la declaración del muchacho.

-Esta ensimismado en el mismo – prosiguió Neal – es un hombre insufrible y créeme que yo he tratado con muchos. Si he mantenido la postura enseñada por años es porque sé que haciéndolo obtengo algo que me conviene. Pero no puedo seguir pretendiendo todo el tiempo que su compañía me agrada. Si prolongáramos la estadía aquí probablemente terminaría por ahorcarlo con mis propias manos. Además que mientras más tiempo sigamos aquí, es más probable que el conde se ponga en contacto con el Sr. Crone y entonces tal vez alguien más tomé una decisión por Fiona.

- Yo…

- Ya sé, no habías pensado en eso, para ti siempre las cosas son blancas o negras… pero no te culpo así es como eres, pero las cosas a veces son grises justo con en este momento. Estar aquí no es blanco, tampoco lo es negro, estamos a la mitad. Ir contigo aunque te parezca más sufrimiento que placer, tienes que creerme cuando digo que no hay nada mejor que estar por nuestra cuenta, así sea en una mugrosa carreta.

Candy se sentó a la orilla de la cama y miró al muchacho, miró hacía la ventana donde el frío había formado una capa de escarcha que ya no dejaba ver hacía afuera. Dijera lo que dijera Neal, las cosas para ella seguían siendo blancas o negras. Durante toda su niñez se le había inculcado buenos valores, y ella sabía que mentir era malo, que aprovecharse del conde por más desagradable que fuera era algo malo, y que aunque en un principio le había parecido bueno que Fiona hubiera huido de un matrimonio arreglado, ahora sabía que lo mejor para ella era estar en su ambiente, con la gente de dinero para cumplir con el papel para el que había sido educada. Y para ella era malo quedarse allí, ella tenía que irse no solo porque estar mintiendo le parecía más que mal, sino porque la presencia de Terry le desestabilizaba.

Le había costado mucho tomar una decisión en el barco y verlo de nuevo le hacía dudar de esa decisión, lo único que deseaba era tener un poco de tranquilidad, que en parte era la principal razón de su viaje, en su casa había perdido esa paz interior y había comenzado a ver alucinaciones, a escuchar voces, no quería volverse loca, y si accediera a la propuesta de Terry tal vez terminaría con la poca sensatez que aún le quedaba.

- No te preocupes – le dijo con seriedad a Neal – no importa el tiempo que pasemos aquí, no pienso hablar con él de nuevo.

El muchacho le quiso refutar que no creía en ella ni en sus palabras, pero se limitó a verla. Se levantó de su asiento y se dirigió al cuarto de baño, esa noche ni siquiera recordó molestar a Candy cuando se fueron a la cama.

Candy había tardado mucho en conciliar el sueño, se sentía intranquila y en parte culpable de haber arrastrado con ella a dos personas, aunque reconocía que era cierto lo que Neal le había dicho que ellos la habían acompañado por su propia decisión, no sentía que aquello estuviera bien.

A la mañana siguiente Neal se levantó muy temprano y salió de la habitación sin hablar con Candy, ella se tomó todo el tiempo que pudo para bajar a desayunar, metió todo lo que habían sacado del baúl, y dejó todo listo por si al final si dejaban la villa del conde ese día. Se vistió con otro de los vestidos que Neal le había comprado, era un vestido de terciopelo rojo de manga larga, con unas botas, se acomodó el cabello en una coleta, se miró al espejo y trató de sonreír, pero solo una mueca fue lo que consiguió. Antes de salir de la habitación la muchacha respiró, y trató de conservar la calma, caminó por el largo pasillo hasta la escalera que la llevaría al piso de abajo.

Desde que bajaba los escalones, se percató de los sonidos que provenían del comedor, la risa fingida de Neal le llegaba a los oídos, aunque la voz del conde era la que más se escuchaba.

- Buenos días – saludó Candy cuando entró al comedor.

Todos voltearon a verla y Neal se levantó para guiarla al lugar que le habían asignado al lado de él, la joven procuró no mirar a Terry, quien estaba sentado casi en frente de ella, él se mantenía en silencio a diferencia del conde y Neal que intercambiaban palabras, ella se dedicó a comer y apenas y escuchaba lo que el Conde comentaba. Fiona también conversaba con Sophie quien a su vez trataba de incorporar a Terry en la plática, pero el joven actor no parecía muy dispuesto a participar de las conversaciones de los demás. Candy estaba ensimismada en sus pensamiento s que apenas sintió que Neal se levantaba de su asiento.

- ¿A dónde vas? – preguntó Candy un poco extrañada.

Neal frunció ligeramente el entrecejo. Y se acercó a ella.

- ¿Es que no estabas escuchando? – le susurró.

Candy negó con la cabeza. Y el Conde comenzó a hablar.

- Madame le decía a su marido que anoche me sentí tan mal por lo poco amable que fui ante su decisión de dejarnos que olvidé portarme como el caballero que soy – sonrió con galantería a Candy – Así que les he preparado algunas viandas para que se las lleven además de algunas otras cosillas para que tengan un viaje agradable.

- Gracias – musitó Candy

- El conde y yo vamos a las caballerizas, -agregó el joven Leegan - parece ser que nos quiere proporcionar además un caballo mejor que el que tenemos,

- Es usted muy generoso – mencionó la joven enfermera

- Esto es poco por la alegría que me han proporcionado en estos días, acompáñeme mi estimado.

Antes de salir el joven se acercó a Candy y le susurró al oído.

- Trata de quedarte con Fiona.

Neal no pudo decirle nada más porque el conde prácticamente lo había arrastrado para que saliera del salón y lo siguiera. Candy miró como ambos desaparecían por el pasillo que llevaba a los jardines.

- ¿Vienes? – le preguntó Fiona a Candy al pasar junto a ella adelantándose a Terry quien había hecho amago de levantarse de su silla.

Candy se levantó como un resorte, tenía que huir de la presencia del joven Grandchester, y siguió a Fiona a través de los pasillos, hasta que caminaron lentamente por uno de ellos que daba a uno de los jardines.

- ¿Se pelearon anoche? – preguntó Fiona cuando sintió que estaban en un lugar donde no podían escucharlas.

- No, no fue una pelea – contestó Candy un poco avergonzada.

- Se acordó de que habían gritado mucho y tal vez los habían escuchado en otras partes de la casa.

- Solo hablamos muy alto – agregó la muchacha – ¿es que nos escuchaste?

- No, no lo decía por eso, no se escuchó nada anoche, así que no tienes por qué preocuparte.

- ¿Entonces porque lo preguntaste? – quiso saber la joven de ojos verdes.

- Es que al desayuno no llegaste junto con Peter

- Creo que piensa que yo quiero quedarme aquí, en lugar de irme.

- ¿Y es así? – preguntó Fiona un poco alterada.

- No, - señaló apresuradamente la rubia – he dicho que es lo que él piensa… porque yo le decía que aquí tenemos todo para sobrevivir bien.

- Pero es peligroso – exclamó Fiona con la preocupación marcada en la cara –podría hablar con mi padre en cualquier momento.

- Sí, fue algo de lo que me dijo Neal…

- Shhts

- Calma Fiona no hay nadie quien pueda escucharnos

- ¿También hablaron de mí?

Candy iba a decirle la verdad, que Neal la consideraba algún tipo de princesa malcriada, incapaz incluso de tomar una decisión por sí misma, cuando iba a abrir la boca se quedó callada mirando los ojos castaños de Fiona.

- Sí – dijo Candy fingiendo una enorme sonrisa – pero sólo por la misma preocupación que tenemos de que nos vayan a descubrir, como dices es muy peligroso mantenerse aquí, así que creo que en cuanto podamos nos iremos de aquí.

- Eso espero

Caminaban cerca de la puerta que daba al jardín cuando Sophie las encontró y después de dirigirle unas palabras en francés, Fiona le sonrió a la hija del conde, ella se adelantó unos pasos y Fiona se dirigió a Candy.

- Tengo que dejarte unos minutos no vayas muy lejos.

Candy miró como Fiona se alejaba y respiró con normalidad, se asomó al nevado jardín y sin pensarlo dos veces salió. Sintió el viento frío pegar en su cara. Se sentía muy mal, y el aire le despejaba sus pensamientos… ¿cómo había sido que en tan poco tiempo se había vuelto una mentirosa? Ella nunca mentía… al menos no solía hacerlo, pero desde hacía casi un mes era lo único que hacía, acusaba a Neal de mentiroso, pero no se había detenido a pensar que ella también mentía y que era tan culpable como el primero. Y ahora le había mentido a Fiona, quien comenzaba a caerle muy bien, y nadie le había obligado a hacerlo.

Comenzó a caminar por el jardín nevado, ensimismada en sus pensamientos. Ni siquiera había recordado levantar la falda, y estaba ya empapada y la tela se le pegaba a las botas al tiempo que trataba de caminar.

- ¡Buenos días! – escuchó una voz detrás de ella.

Candy giró su cabeza, aunque sabía de quien se trataba. Frente a ella estaba Terry quien utilizaba un largo abrigo negro, en sus manos llevaba guantes, se le veía más enojado que el día anterior, sus ojos brillaban con ese fulgor que ella conocía bien, esa mirada de cuando estaba a punto de explotar. Así, que dio un paso hacia atrás.

- ¿Es qué ahora también me tienes miedo?

- Yo… yo – balbuceó la chica – yo no tengo miedo

- ¿Sabes? – Terry comenzó a reír con nerviosismo – no sé porque me negaste la otra noche, quiero pensar que todo esto es un mal entendido.

Por segunda ocasión en menos de medio día Candy se quedó paralizada sin saber que responder, no quería volver a decir una mentira, pero si no lo hacía, sabía que el viaje en el que se había embarcado peligraba, no solo eso peligraba su propia cordura.

- Lamento la mentira – dijo Candy finalmente – pero tienes que entender que no estamos aquí de vacaciones.

- ¿No era más fácil pedirme que no dijera nada? O ¿es que piensas que sería capaz de de traicionarte?

- No es solo por mí, sí fuera solo yo se que harías lo correcto… pero tuve que actuar por dos personas más además de mí. No podía correr un riesgo tan grande.

- Terry apretó los labios y la miró enojado.

- ¿De cuándo acá te has unido al club de los elitistas y prejuiciosos?

- No sé a qué te refieres – mencionó la muchacha quien comenzaba a perder la entereza con que pensaba enfrentarse al joven Grandchester.

- Me estás mirando de la misma forma en cómo lo hacían aquellas chicas persignadas del Colegio San Pablo. Es como si pensaras que soy aquel monstruo que la Hermana Grey creía que era…

- Nunca lo he pensado, y no creo que alguna vez llegué a pensarlo.

Terry hizo una mueca despectiva ante las palabras de Candy. Para la chica fue algo que no podía soportar, no podía pelear con Neal un día y con Terry al otro, se llevó la mano hacía su cabello y el anillo que utilizaba desde hacía unas semanas brilló ligeramente pero perceptible para el muchacho.

- ¿Puedo hacerte una pregunta? – inquirió con mucha seriedad.

- ¿Qué es lo que quieres saber?

- ¿Cómo es que te casaste con Neal? ¿Por qué entre todos los hombres que hay tuviste que escogerle a él?

Candy recordó las palabras que Terry le había dicho en el barco, pensó en todo lo que le había dicho sobre el ardid publicitario, y comenzó a sentirse tonta.

- ¿Eso es lo que quieres saber? – preguntó Candy – lo siento Terry, pero creo que debió quedarte claro cuando no acepté tu propuesta, y lo último que esperaba era encontrarte aquí, y ahora me estas realizando un interrogatorio acerca de mi vida… una plática que tuvimos hace unas semanas después de años sin preocuparte por mí… no tienes derecho a exigirme nada.

- ¿Es que acaso lo amas? ¿Amas al estúpido ese?

- Tampoco tienes derecho a hablar de amor – espetó Candy quien sentía mucha ira

- Ya te he dicho que te quiero, te lo dije aquella noche y te lo vuelvo a repetir.

- Pues demasiado tarde – repitió la muchacha lo que había dicho con anterioridad.

- No. – le refutó Terry – no puedo creerlo, cuando estuvimos en el barco pude creerte lo de que estabas casada, pero ahora que he visto de quién se trata, me resulta muy difícil de creer

- ¿Por qué lo dices? Porque piensas que después de ti nadie sería capaz de amarme…

- No, lo digo porque nadie es capaz de amarle a él.

El joven Grandchester se veía seguro de sí mismo al decir esas palabras, la chica solo se limitaba a mirarlo, al tiempo que pensaba en Neal. Y no sabía a qué se debía, pero algo había cambiado dentro de ella, a diferencia de lo que habría pasado unos meses antes, al pensar en el muchacho ya no sentía aversión, por el contrario solo podía pensar en que debía protegerlo de la misma manera en que él estaba haciendo todo por ella. A pesar de que aquel arreglo había empezado como cuestión de negocios, no podía imaginarse el haber viajado sin él.

- Pues te equivocas – le dijo Candy – porque él no es tan malo como parece.

- ¿Estás enamorada de él? – inquirió dubitativamente el muchacho de ojos azules.

- ¿Por qué no habría de hacerlo?

- Crees que es mejor que yo.

- Yo solo sé, que al menos él jamás me ha roto el corazón.

La fuerza que había sostenido durante toda la discusión comenzó a írsele del cuerpo y sintió como en sus ojos se anegaban las lágrimas y amenazaban con comenzar a fluir. Terry a diferencia de la noche en que había conversado con Candy podía verla perfectamente a la luz del día, podía ver cada uno de sus rasgos y de sus expresiones. Y la conocía tan bien que podía notar que si bien aún sentía algo por él, esos sentimientos estaban siendo ahogados por el rencor.

- Yo, nunca tuve esa intención

- Pudiste buscarme en cuanto supiste que ella iba a estar bien, pero no lo hiciste, me dejaste ir. Pues lo lamento por ti. Y también por mí, porque me tomó demasiado tiempo darme cuenta de que no podía esperarte toda mi vida.

- ¿Y qué paso con Albert? ¿Por qué no lo elegiste a él?

Candy sé sorprendió con el giro que había dado la platica, ¿cómo podía salta de Neal a Albert de manera tan abrupta? se quedó estática y no pudo contestarle, pensar en Albert también le dolía, se habían alejado tanto que en ese momento le hubiera gustado tenerlo a su lado para infundirle esa confianza que le estaba fallando. Se odiaba a sí misma porque la sola presencia de Terry minara de esa forma su entereza… se odiaba por seguir amándolo a pesar de que él la había dejado por alguien más, se odiaba por no poder amar a alguien más y poder terminar con toda esa situación.

- No puedes responder, porque todo lo que me has dicho han sido mentiras – exclamó Terry descargando su rabia – estas aquí fingiendo ser alguien que no eres, y presentándote como esposa de alguien a quien no soportas, y mientes al decir que puedes llegar a amarlo él. Todo lo que he escuchado de ti son mentiras.

Las manos de Terry se extendieron para abrazar a la muchacha, ella dio otro paso hacia atrás no podía dejar que él la volviera a envolver en sus brazos, porque entonces no tendría fuerzas de rechazarlo.

- Aléjate de ella – sonó la voz de Neal a un costado de donde estaban Terry y Candy.

El joven Grandchester retó con la mirada al muchacho de ojos castaños.

- Me preguntaba cuando harías tu aparición, si no has hecho otra cosa que pegarte como una lapa a Candy.

- No le hables con tanta familiaridad.

- ¿Por qué? – preguntó con enconó Terry sin dejar de mirar fríamente al joven Leegan – Porque está casada contigo… o al menos es lo que quieres que el Conde crea ¿no? Pero sabes que, ella ya me ha confirmado que todo esto es una farsa.

Neal comenzó a reír y se acercó a Candy.

- Mientes – aseguró sin dejar de reír – ¿cómo podría alguien negar una realidad?

La chica bajó la mirada y pasó saliva, sentía su garganta seca, y sus ojos húmedos, habría querido salir corriendo de allí, no podía soportar durante mucho tiempo.

- ¿Tan seguro estás? – le volvió a enfrentar el joven inglés.

Candy esperaba alguna otra ironía como respuesta a las palabras de Terry, pero en vez de eso sintió como Neal la rodeaba con su brazo levantó la mirada y se encontró con los ojos miel del joven Leegan, que resplandecían con decisión, su brazo bajó a su espalda baja, y con su otra mano le levantó suavemente la barbilla. Quizá el primer impulso de la muchacha habría sido correr pero estaba sorprendida, por primera vez desde que conocía a Neal la estaba tratando con delicadeza, su brazo era firme pero la sostenía como quien sostiene un delicado cristal a punto de romperse. A pesar del frío que hacía en el jardín, Candy pudo sentir la calidez de la mano de Neal que había bajado acariciando su espalda donde comenzó a sentir que sus mejillas se encendían, la mano con la que sujetaba su barbilla le recorría el contorno de su cara suavemente, al acercar unos centímetros más su cara hacia ella, la muchacha cerró los ojos y sintió como los cálidos labios del joven Leegan se posaban sobre los fríos de ella. Los segundos se prolongaron mientras Candy levantaba su mano para tomar la de Neal.

Cuando sintió que Neal la había soltado, la chica abrió los ojos y se percató de que Terry había desaparecido, ella se sentía un poco febril, la cara del muchacho estaba encendida y se le miraba la respiración agitada. Se soltó de la mano de Candy.

- Bueno – dijo el joven después de casi un minuto de mirarse – ya cobré el favor del camarote.

- Yo – mencionó Candy un poco indignada

- Gracias – le interrumpió el muchacho – se que no le dijiste la verdad a Terry a pesar de que quizá era lo que más te convenía.

Candy volvió a abrir la boca pero Neal volvió a hablar antes de que pudiera decir algo.

- El Conde nos ha proporcionado dos de sus mejores caballos, partiremos en una hora, para que la noche no nos agarré en el camino. Ya le avisé a Fiona, fue ella quien me dijo que estabas en el jardín. Sí pensabas quedarte aquí un rato debiste cubrirte mejor, acabas de salir de una crisis por un enfriamiento

El joven Leegan se quitó el abrigo gris que llevaba puesto y se lo puso sobre los hombros a la muchacha.

- Trata de no tardarte mucho para preparar todo.

Neal dio media vuelta y siguió por el camino hacia la casa.

La rubia se quedó atónita sin poder decir algo, e intuitivamente se llevó la mano a sus labios, y se sintió un poco avergonzada, por un momento pensó que Neal había querido besarla, pero todo había sido parte de sus tratos, y lo había hecho para callar a Terry, para continuar con la mentira.

Dio un puntapié al suelo enojada con ella misma. Sentía mucha rabia con todo lo que había sucedido, sabía que con ese falso beso había terminado definitivamente con el joven actor, y una de sus heridas se volvió a abrir, sabía que nunca más volvería a declararle su amor y que si por casualidad volvieran a encontrarse él no volvería a acercarse a ella.

De repente sintió mucho frío, se arremolino en el abrigo de Neal, el perfume del muchacho estaba impregnado en las fibras de la tela… y pensó en lo que le había dicho a Terry, lo había defendido ante él, sin embargo no estaba segura si bajo todas mentiras y esa moralidad tan gris como el abrigo que llevaba puesto algún día podría ser capaz de quererlo.

La hora transcurrió de forma rápida, pero con ayuda de los sirvientes del Conde, subieron todo al carruaje que se veía diferente con muchas mejoras como nuevas ruedas, y con muchas más provisiones de las que ellos podrían haber pagado, además de los dos bien cuidados caballos que les había proporcionado el Conde reanudaron su camino.

- Cuídense mucho, una vez que terminen con París espero puedan venir a darse otra vuelta por aquí – les dijo el Conde quien se veía muy triste.

Fiona se despedía de las hijas del Conde, cuando esté con un beso en la mano de Candy y un fuerte apretón de manos con Neal se despedía de ellos. Neal se subió adelante en el lugar del conductor, Fiona se subió junto a él. Candy por su parte se acomodó en la parte de atrás la cual había quedado abarrotada por las cosas que les había dado el conde.

Candy levantó la lona para poder ver hacia afuera y así mantuvo la apertura mientras se alejaban de la solariega mansión. Y aunque Terry no había formado parte de la comitiva de despedida, pudo verlo como desde el jardín, seguía con la mirada el movimiento de la carreta.

Una vez que estuvieron en el camino Fiona y Neal, comentaban lo afortunados que habían sido al salir de allí sin ser descubiertos, y se sentían felices por todos los regalos que el Conde les había hecho, y se felicitaban el uno al otro por haber podido sostener la mentira, y al tiempo que ellos se congratulaban por esta situación Candy no podía sentirse sino triste. Le quedaba muy claro que había mentiras que hacían más que dañar, había mentiras que mataban el alma.