13. París la ciudad del amor

Los tres viajeros permanecieron en la vieja casucha hasta los primeros días de Enero, aunque el clima no había variado, habían decidido pasar las fiestas allí, y a diferencia de lo que había sucedido en casa del conde, a Candy le había agradado pasar esos días allí. Tal vez porque no había tenido que fingir o porque tampoco se había tenido que encargar de la cocina, ya que Fiona se había obstinado en cocinar, aunque sus platillos seguían siendo insípidos y poco apetitosos. Pero como todo, ese tiempo no podía prolongarse durante mucho.

Así que esa fría mañana de Enero, tuvieron que prepararse para seguir con su viaje, el día anterior no había nevado, pero el cielo anunciaba que estaba a punto de dejar caer sus copos de nieve.

- ¿Estás seguro de esto? – le preguntó Candy a Neal cuando regresaban de subir algunas cosas a la carreta.

- Sí – dijo él -, creo que es lo mejor.

Neal ingresó a la casucha, que por dentro se veía, a diferencia de hacía unos días, un lugar totalmente habitable, en la cocina había varios recipientes con conservas de frutas, unos especieros, platos y dos cacerolas, las colchonetas de la sala habían desaparecido y ahora había un viejo sillón pero en buen estado y del patio se escuchaban unos cacareos. Candy entró detrás del muchacho y miraba la pequeña casa que había sido su hogar durante unos días, Fiona le decía algo a Phillipe en francés y el chiquillo asentía con la cabeza, Neal por su parte hacía otro tanto con Bernard.

- Bien, ya podemos irnos – informó Neal.

Phillipe y Bernard se acercaron a la puerta y los despidieron, Fiona se adelantó y subió a la carreta, Candy caminó también hacía ella mientras que Neal parecía darles unas últimas instrucciones a los hermanos. La chica rubia se despidió con un ademán con la mano y subió a la carreta.

- ¿No quieres despedirte?

- No – contestó Rob -, no es como si no fuera a volver a verlos nunca ¿verdad?

- ¿Estás cómodo allí? – le preguntó Fiona.

- La verdad me gustaría irme en el asiento del conductor.

- No creo que a Neal le moleste – dijo Candy -, ¿Por qué no te le unes?

- ¿En serio? – dijo el chiquillo al tiempo que sus oscuros ojos se iluminaban – Gracias.

- Espera – mencionó la chica rubia – toma esto.

El niño tomó la capa que le pasaba Candy y sonrió.

- Ayúdale a Neal – le advirtió -, y no lo hagas enojar.

- Entendido – contestó el muchachillo mientras se pasaba al asiento del conductor.

Fiona y Candy se acomodaron en el interior de la carreta. Y sintieron como se ponía en movimiento.

- Aún no puedo creer que Neal haya estado de acuerdo en traerse a Rob.

- Estoy igual de sorprendida que tú – señaló Candy -, si hacía solo tres días que aún renegaba por haber accedido a que se quedaran.

- Y no solo eso – agregó la chica de ojos castaños – vendió su cigarrera de oro para comprar esas gallinas y para comprarles ese viejo sillón.

- Sólo espero que cuando se dé cuenta de lo que hizo no se ponga a gritar.

- Pues aunque grite – mencionó Fiona –, ya será demasiado tarde, porque vamos a estar muy lejos.

- Creo que la historia de los hermanos lo conmovió – Candy tomó unas telas que ya estaban cortadas y empezó a coser.

- E incluido eso – la joven Crone tomó otra de las piezas de tela – también compró estas telas.

- "Si va a venir con nosotros no puede parecer un pordiosero" – la chica rubia imitó a Neal -. Además de estas telas le compró un traje completo para utilizar por si es necesario…

- Supongo que se conmovió también por la historia de Rob.

Candy soltó una risita.

- Más bien creo que se sintió identificado con él, no dejan de pelear cuando están juntos.

Fiona comenzó a reír, ya que Candy tenía la razón. A pesar de que la muchacha rubia sabía que tenía la razón, no estaba segura de si el cambio de Neal para con los niños había sido algo pasajero, pero agradecía lo que había hecho por ellos, Phillipe y Bernard podrían pasar el tiempo que fuera necesario en aquella casa hasta que su padre regresara de la guerra. Y Rob, bueno el chiquillo era una especie de trotamundos, aún le faltaba saber que haría con su vida, y suponía que al no tener padres no le hacía daño llevarlo con ellos.

Los días que pasaron en medio de la nieve y privaciones fueron tantos que Candy perdió la cuenta, hubo veces que Neal había preferido avanzar durante toda la noche para poder alcanzar el camino aún transitable aunque eso también era difícil de distinguir eran tantas las tormentas que aumentaban conforme el invierno avanzaba que a veces en todo el día no salía el sol lo que hacía que llevar la cuenta de los días resultará una tarea nada sencilla, además de eso durante el camino se habían encontrado con varios pasos que estaban cortados por el ejército. Tal vez había sido una semana, pero podría haber sido más tiempo. Candy y Fiona habían pasado mucho tiempo dentro de la carreta, pero gracias a Rob, de repente Neal descansaba aún durante el día. El chiquillo había insistido en que le delegara la conducción del vehículo aunque fuera una hora al día. Neal que se había visto renuente al principio con el paso de los días había cedido y aprovechaba ese tiempo para descansar.

Esa tarde de invierno Candy dormía profundamente, Fiona continuaba con la labor de coserle unos trajes al mozalbete. Quien en ese momento se estaba probando un saco.

- Te quedó muy bien – señaló Fiona muy orgullosa de su trabajo –, la tela que compró Neal es de muy buena calidad.

- Sí, no está mal – respondió despreocupadamente el muchachillo. Realmente a él no le interesaba que tan fina fuera la tela, de hecho la ropa nueva no le entusiasmaba mucho tampoco, él ya tenía que vestir.

- ¿No te gusta? – preguntó la joven -, ¿la sientes incómoda?

- Está bien – volvió a repetir el chiquillo sin mucho entusiasmo.

Fiona apretó un poco los labios pero no dijo nada en contra del niño. A ella le parecía que el atuendo le quedaba de maravilla y no quería frustrarse por sus primeros intentos de fabricar ropa.

- Quería hacer una pregunta – dijo Rob

- ¿Qué quieres saber? – inquirió la muchacha.

- ¿Están realmente Candy y Neal casados? – mencionó el chiquillo.

- ¿De dónde sacas eso? – quiso saber Fiona.

- Pues por varias cosas, pero la primera es que los dos llevan alianzas de matrimonio y son iguales.

La joven Crone abrió un poco la boca, por varias razones, primero porque nunca hubiera imaginado que el muchachillo fuera tan observador y la segunda porque hablaba de ellos como si fueran personas de su misma edad. Sí su padre lo hubiera escuchado hablar, aunque de repente daba gracias que su padre no estuviera allí.

- No – contestó después de varias cavilaciones – no lo están.

- Bueno eso no importa de todas maneras cuando se quieren ¿verdad?

- ¿De qué hablas? – dijo Fiona soltando una pequeña risa.

- Pues de ellos – respondió Rob al tiempo que acomodaba una almohada para recostarse -, se nota que se quieren.

- No es así – se apresuró a decir Fiona – Candy, ella tiene un novio ¿sabes?

- ¿Por qué los adultos se complican tanto la existencia? – el chiquillo pasó sus brazos tras la cabeza -, ella podrá tener mil novios pero está con él ¿no? Así que si tiene o no a alguien más la verdad no tiene importancia.

- ¿Es lo que crees? – inquirió la chica -, ¿no piensas que es inmoral estar juntos sin casarse?

- Es más inmoral estarlo y vivir peleando todo el tiempo ¿no?

La muchacha lo miró con curiosidad ¿era acaso eso lo que había pasado en su casa? Entonces ¿tendría padres aún?.

- No lo digo por mí – dijo nerviosamente Rob, como adivinando lo que la chica estaba pensando – pero me ha tocado conocer matrimonios así.

- Hablas demasiado para ser solo un niño – apuntó Fiona -, ¿es que nadie te lo ha dicho hasta el momento?

- Sí, en un par de ocasiones – contestó descaradamente – pero bueno si tanto te molesta hablar de ellos, porque no me cuentas sobre ti.

- Eres un niño muy impertinente – señaló la muchacha -, ve a dormir, es lo que deberías hacer.

- Sí mamá – dijo el niño a forma de reclamo.

El muchachillo cayó dormido casi inmediatamente y Fiona se quedó pensativa. ¿Por qué le molestaba escuchar esas observaciones de parte de Rob?¿Acaso le molestaba su poca integridad? No, realmente aunque era algo que le sorprendía no era precisamente lo que le molestaba. ¿Era la insinuación de que Neal y Candy se quisieran? Aunque así lo fuera, no era algo que tenía que ver con ella. En cuanto llegaran a Paris se separarían, ya había sido una gran carga para ellos, no podía seguir dependiendo de alguien. Primero sus padres y ahora ellos. Se suponía que había escapado por no depender de un hombre al que no quería. Eso le quitaba cualquier derecho a reclamar o tan siquiera a sentirse mal porque sus amigos se quisieran. Tal vez porque no lo había dicho nadie en voz alta para ella había pasado desapercibido. Pero ahora que lo había mencionado el chiquillo le parecía más evidente ese "amor". Candy y Neal se hablaban con mucha camaradería, y por lo que había alcanzado a escuchar se conocían desde siempre y no solo eso, el joven Leegan se había mostrado muy molesto cuando había sospechado que Candy había ido a ver a Terry, y luego cuando se lo habían vuelto a encontrar en la Villa del Conde, no se había molestado por ocultar lo poco que le agradaba ¿estaba Neal enamorado de Candy? Todo indicaba que así era. En ese momento sintió un piquete en el corazón.

- ¡Estás loca Fiona Crone! – musitó

- Sí, un poco – sonó una voz varonil.

- ¡Neal! – dijo Fiona elevando la voz hasta terminar en un chillido.

- Sí, aún sigo vivo. A pesar de frío que hace… pero no es como para asustarse.

La cara de la chica se puso roja como un carmín.

- ¿Tienes Fiebre? – preguntó el muchacho -, no te ves muy bien.

- Es.. estoy bien – balbuceó.

- Me alegro – dijo Neal – ¡Vaya!

- ¿Qué pasa?

- Candy y Rob están dormidos – comentó con tristeza

- Estaban cansados del viaje – señaló Fiona - ¿los necesitabas para algo?

- Sólo para que vieran afuera.

- ¿Qué hay afuera?

- Ven, ya que eres la única despierta te va a tocar verlo a ti primero. Ponte tu abrigo, afuera hace mucho frío y te sigues viendo un poco afiebrada así que mejor ten precauciones si no quieres enfermar.

Fiona tomó su abrigo y siguió al muchacho que salía de la cubierta de la carreta, afuera era evidente que ya era de noche, pero las luces que se veían adelante indicaban que habían llegado a su destino. El camino estaba cubierto de nieve, pero el cielo se veía despejado, parecía que ese día no nevaría. A lo lejos dibujada bajo la luz de la luna, aquella estructura de fierro que tanta controversia había causado y que sin embargo ya se había convertido en un símbolo de la ciudad.

- ¡París! – exclamó la muchacha.

- Sí, hemos llegado – comentó muy emocionado Neal.

- Parece que ha pasado mucho tiempo desde que zarpamos de New York – observó Fiona -, no puedo creer que ya estemos aquí.

- Nunca me había tomado tanto tiempo llegar a esta ciudad – dijo el joven Leegan -, supongo que siempre hay una primera vez para todo.

- ¿Cómo crees que vaya a ser la situación en la ciudad?

- Por lo que hemos visto, no podemos esperar prosperidad, pero en las ciudades siempre hay más posibilidad de conseguir alimentos y otras cosas.

- Esta ciudad siempre me gustó – mencionó la chica.

- No si ahora te vaya a gustar, quizá por eso quise detenerme aquí, desde lejos parece la misma ¿no lo crees?

- Sí – respondió Fiona -, como si nada hubiera pasado.

- No vayas a decepcionarte cuando lleguemos y no veas las cosas como las recuerdas.

- Hay que regresar a la carreta y apresurarnos a llegar… una vez allí tendremos que buscar donde dormir. No sé que tan seguras sean las calles en estos días.

Ambos regresaron a la carreta y Neal emprendió el camino. Ni Candy ni Rob habían despertado. Fiona no podía dormir aunque así lo hubiera querido. Tenía mucho que discernir. El momento de tomar decisiones había llegado. Ir a la India era una idea que le asustaba, pero quedarse en una ciudad aunque mucho le gustara en medio de la guerra también era algo que le aterrorizaba. Se recostó pero no cerró los ojos y esperó cerca de una hora hasta que pudo escuchar el bullicio de la ciudad.

Una vez que llegaron a la ciudad, Fiona escuchó a Neal hablar en francés varias veces y sintió como la carreta se movían y se paraba constantemente. Finalmente se detuvo y el muchacho entró a la parte de atrás.

- Candy – la llamó al tiempo que la movía para despertarla.

- ¿Qué? – dijo ella entre dientes.

- Ya llegamos - le susurró.

A Candy le tomó más de cinco minutos levantarse y entender lo que Neal le quería decir.

- ¿Cómo dices? – preguntó cuando ya tenía los ojos abiertos - ¿Dónde estamos?

- En París – dijo él sonriendo.

- ¿De verdad? – exclamó

- Sí. Ya estamos aquí.

- Por fin. ¡Esto es genial!

- Sí, acabo de conseguir alojamiento con un viejo amigo.

- ¿Amigo? – preguntó Candy alzando una ceja.

- No es amigo de la familia, si eso es lo que te preocupa.

- ¿Entonces?

- ¿Crees que no soy capaz de tener amigos?

- No he dicho eso – espetó la chica rubia.

- Eso pareció – dijo él, aunque no parecía molesto, más bien parecía que la situación le parecía agradable.

- ¿Y este amigo tuyo nos va a hospedar gratis?

- ¿Acaso dije que gratis? – preguntó él con una sonrisa torcida en el rostro – dije que nos había conseguido alojamiento. ¿En qué momento tu cabecita hizo esa ecuación en que nos iba a hospedar sin pagar un centavo?

- Lo sabía – apuntó Candy – ya me imaginaba tus amigos.

- ¡Oye! Si dije amigo, no hermana de la caridad… nos consiguió el hospedaje muy barato, así que no te atrevas a criticarlo

- Esta bien y ¿tenemos que seguir con la farsa?

- ¿Porqué lo preguntas? – comentó Neal - ¿ya te gustó la idea de estar casada conmigo?

- ¡Olvídalo! – exclamó la chica.

- No se señorita Andley ¿cuáles son sus planes ya que llegamos a Paris?

- ¿Cómo?

- Sí, ya estamos aquí, me dijiste que querías venir aquí, pero has evitado decirme que vas a hacer aquí.

- Ah, eso…

- Sí, eso.

- Es… bueno – balbuceó Candy.

Neal miró sorprendido a Candy, la jaló del brazo y ambos salieron de la carreta. Para sorpresa de la muchacha estaban dentro de un cobertizo al lado de un edificio, aunque estaban dentro de la ciudad en esa parte apenas y se alcanzaba a escuchar un rumor ahogado.

- Candy – dijo Neal mirándola a los ojos - ¿Sabes lo que nos costó llegar aquí? ¿Tienes una idea de lo que hemos pasado para poder estar aquí en este momento?

- Sí – contestó ella desviando su mirada - claro que lo sé.

- No bajes la cabeza – le ordenó el muchacho -, quiero que me digas en este momento que sabes que vas a hacer aquí.

- Yo…

- No me digas que buscar un empleo y un lugar para vivir – dijo él – porque ambas cosas las tenías ya en Chicago, tampoco me digas que este viaje es porque buscabas independencia porque sé que de eso tienes de sobra.

- Es..

- Deja de balbucear y dime a que querías venir de todos los lugares del mundo a este… a este que se encuentra en medio de guerra – gritó el muchacho -, creo que he sido más que paciente contigo, creo que merezco una respuesta.

- No, no puedo – susurró la chica.

- No puedes ¿Qué?, no hagas que pierda la paciencia.

- Yo, lo que quiero decir…

- Candy, te dije que no iba a hacer preguntas, que te iba a ayudar… ya lo hice, te traje a donde querías, ahora solo te pido que me digas que es lo que vas a hacer aquí

La muchacha levantó la mirada, apretaba los labios y denotaba una extrema preocupación.

- Yo no lo sé – contestó después de unos minutos – realmente no lo sé.

- ¿Cómo?

- Lo siento Neal, realmente lo siento, yo jamás pretendí arrastrarte por medio mundo en una mentira. Lo único que quería era llegar aquí.

- Pero debe de haber una razón, ¿Por qué Paris?

- Sólo me estoy basando en mi intuición.

Neal se llevó las manos a la cara para después llevarlas atrás de su cabeza. No podía dar crédito a lo que escuchaba. Había cometido muchas estupideces en su vida, pero definitivamente esta estaba por ocupar el primer lugar de todas ellas.

- Entra a la casa, todos tienen que descansar, ya es tarde y está haciendo frío – mencionó el joven mientras iba hacía la carreta.

Minutos después Fiona y Rob habían entrado a la casa que el amigo de Neal les había conseguido, era una casa pequeña pero amueblada, estaba lejos de ser lujosa, pero se veía práctica y confortable. Tenía dos cuartos, y una pequeña sala comedor, y una cocina. Parecía que en el edificio había varias viviendas parecidas. A diferencia de Fiona que inmediatamente había ido a ocupar su habitación con una expresión realmente de felicidad. Nunca podría comparar el dormir en la carreta con dormir en una cama mientras tanto Candy había permanecido en la sala.

- Ve a dormir – le ordenó Neal – te ves muy cansada.

- Yo…

- No, no quiero hablar más hoy. Yo también estoy cansado, mañana hablaremos.

- Está bien.

La muchacha miró a Neal, sentía que lo había defraudado, pero le costaba explicar que había ido por una corazonada, que había recorrido el océano y la mitad de Francia solo por una caja de música. Sí, ahora no cabía duda, había perdido el juicio totalmente y había arrastrado con ella a varias personas más. Se sentía muy mal por todo. Ahora comprendía la locura que había cometido, pero ya no podía hacer nada para remediar la situación. Se acostó en la cama y tardó mucho tiempo en conciliar el sueño.

A la mañana siguiente Candy se levantó con muy mal aspecto, apenas había podido pegar los ojos en toda la noche. Fiona siendo fiel a su promesa había elaborado el desayuno que a pesar de haber mejorado algo en esa semana, el resultado había sido muy parecido.

- Hoy no sabe a nada – dijo Rob -, en serio ¿no quieres que te ayude con la preparación de la comida?

- Ya te dije que lo conseguiré – contestó muy enojada Fiona, quien no entendía porque aún siguiendo las recetas los platillos seguían quedando insípidos.

- Creo que en esta ocasión apoyaré a mocoso – mencionó Neal quien no parecía de muy buen humor –. Sí no puedes hacer una comida decente, será mejor que dejes a alguien más que lo haga.

- Lo lamento - la muchacha apretó los puños y bajó la mirada -, yo realmente quería tratar.

- Sería bueno que tratarás cuando nadie más tenga que comer éstas mejunjes. – señaló el joven Leegan.

Rob miró a la chica quien parecía que iba a ponerse a llorar de un momento a otro.

- Ven – le dijo acercándose a ella.

- ¿A dónde?

- Tal vez el problema son los ingredientes – agregó el chiquillo – así que vamos al mercado.

- ¿Has estado aquí antes?

- No

- ¿Entonces cómo sabes dónde está el mercado? – quiso saber la chica.

- Sí eso me detuviera no estaría aquí en este momento – contestó el mozalbete – toma algo de dinero y sígueme…

- ¿Realmente van a salir? – preguntó Neal alzando una ceja.

- Sí, nos vemos después.

Fiona salió a empujones de la casa. El joven Leegan permaneció sentado y después miró el intento de guiso que había hecho la muchacha. Lo apartó con cierto desprecio y fue a la carreta para sacar baúles y demás cosas que habían llevado con ellos. Por su parte Candy continuaba en el cuarto que había compartido con Fiona, se sentía muy insegura de bajar. Sabía que Neal no iba a estar muy contento después de la conversación que habían sostenido, no obstante cuando escuchó el ruido de las cajas, supuso que no podía quedarse por siempre encerrada y que tarde o temprano tendría que enfrentar al muchacho. Tomó aire y bajó las escaleras.

- ¡Buenos días! – saludó efusivamente.

- Buenos días – le contestó Neal sin la más mínima nota de emoción en su cara.

- ¿Dormiste bien?

- Sí – respondió escuetamente el joven.

- ¿Necesitas ayuda?

- Ya terminé, allí están los baúles solo hay que subirlos a las habitaciones.

Los dos se miraron unos segundos.

- Yo… quería hablar sobre…

- Candy, no quiero que me des muchos datos, solo quiero saber cuanto tiempo pretendes estar aquí antes de regresar a Chicago.

- No estoy segura.

- El boleto de regreso se puede posponer pero solo guardaran el lugar hasta dentro de tres meses...

- ¿Por qué me dices eso? – quiso saber la chica.

- Voy a cambiar mi boleto para ir a la India junto con Fiona, no creo estar aquí por más de dos semanas.

- Entiendo

- Recuerda que los papeles están a nombre de Bonnie, no vayas a perder la identificación, si lo haces tendrás problemas para regresar.

Candy apretó la boca, no esperaba esa reacción por parte del muchacho, estaba a punto de abandonarla en un país donde no conocía el idioma. Sin embargo no podía culparlo, además en un inicio pensaba viajar sola, se había aferrado a Neal por la protección y la ayuda que le había brindado. Sabía que decirle la verdad no mejoraría la situación, pero comenzaba a creer que si alguien merecía saber la razón por la que se había aventurado a esa locura de viaje, era el joven que tenía frente a ella. Caminó hasta donde estaba su baúl, lo abrió y sacó de dentro la caja de música.

- ¿Aún quieres saber la razón de porque París?

El muchacho la miró fijamente pero no dijo nada.

- Está es la razón – Candy apuntaba a la caja de música.

- ¿Qué es eso? – preguntó Neal.

- Una caja de música.

- ¿Una caja de música? – dijo él alzando una ceja

- No es una caja común.

- Sí, desde aquí se ve que es muy cara, ¿quién te la regalo?

- El tío William.

- ¡Vaya! – exclamó el joven al tiempo que hacía una mueca de disgusto - ¿Y que tiene que ver esa caja con este viaje?

- La melodía que suena – dijo Candy muy insegura –, por eso fue que me la regaló…

La muchacha accionó la caja y comenzó a sonar la melodía que muy bien conocía.

- No es de extrañarse, es un vals muy conocido – respondió el muchacho – no tiene nada de especial.

- ¿En serio?

- Sí – mencionó Neal.

- No lo sabía – contestó la chica – pero no solo fue la melodía sino las flores que están grabadas en la tapa.

- ¿Unas rosas blancas?

- Sí.

- Tampoco lo encuentro muy especial que digamos.

- Bueno, es algo que tengo que comprobar.

- ¿Y porque París?

- La caja fue fabricada aquí – Candy le mostró la placa donde se leía la información del fabricante.

- ¿Estás bromeando? – preguntó el joven Leegan con una sonrisa llena de aire de frustración - ¿Viajaste hasta aquí para encontrarte con el fabricante?

- Sí – respondió la muchacha sintiéndose muy tonta.

Neal rompió a reír, se sentó en un sillón de la pequeña sala y siguió riendo. Candy se sentía cada vez peor. En cierta forma era algo indignante escuchar la risa del joven.

- Ya sé que es una locura y que no debí haberlo hecho.

- No he dicho eso, pero ahora que lo mencionas – agregó el muchacho que aún continuaba riendo.

- Debo de estar loca, no encuentro ninguna otra explicación y más por habértelo dicho.

- Me tienes muy poco crédito – dijo Neal tratando de controlar su risa – pienso que sí, efectivamente es una locura haber emprendido un viaje tan largo por algo que podría haberse resuelto de otra manera. Pero pues ya estamos aquí, así que creo que se que podemos hacer.

- ¿Vas a seguir burlándote? – preguntó Candy.

- No, lo digo en serio, ahora que me dices que buscas será más fácil ayudarte.

La muchacha se sentó en el sofá cerca al sillón donde estaba sentado Neal y lanzó un suspiro.

- Allí está la placa del fabricante, será fácil dar con él. ¿Tienes alguna idea de donde compró la caja el tío William?

- La verdad no sé muy bien.

- No te preocupes, hablaré con mi amigo.

- ¿El "hermano de la caridad"?

- Todavía tienes oportunidad para ser sarcástica – comentó el joven con una sonrisa en el rostro – es un buen indicativo.

- ¿De qué?

- De que no estás completamente loca – dijo él – supongo que algo de cordura aún permanece dentro de esa cabeza tuya.

Los ojos castaños del muchacho brillaban y le obsequiaban a Candy una mirada cálida, la chica no sabía si esa mirada era el resultado de que había estado riendo, pero estaba segura que no era la primera vez que la había visto. Ella sonrió. Después de unos minutos entre los dos subieron los baúles a los respectivos cuartos.

- Utiliza uno de tus abrigos – ordenó Neal.

- ¿A dónde vamos? – preguntó la muchacha.

- Dije que te iba a ayudar ¿no?

La joven enfermera asintió con la cabeza.

- Buenos pues vamos a iniciar la búsqueda – añadió –, aunque no nevó anoche hace mucho frío así que ponte algo que te caliente.

- Gracias – musitó ella.

- No me des las gracias aún, no sé si esto vaya a funcionar.

- ¿Vamos a llevar la caja?

- No es algo muy ligero de cargar, así que mejor déjala aquí y apresúrate, hay que salir antes de que llegue Fiona y el mocoso.

- ¿Por qué?

- No quiero dar explicaciones.

Candy se alistó y cuando bajó vio que Neal había dejado una nota sobre la mesa. La muchacha vestía uno de los gruesos abrigos que el joven Leegan le había comprado.

Salieron de la casa y comenzaron a caminar por las calles. Candy había escuchado hablar mucho sobre París, sin embargo no había tenido la oportunidad de conocer la ciudad, aunque había estado en Londres durante un largo periodo no había salido del país y no conocía el resto de Europa. Las calles que a pesar de verse heridas por la guerra aún conservaban su belleza, había nieve por las aceras adoquinadas, pero por las calles pasaban carretas y automóviles y apenas quedaban vestigios de nieve allí.

La gente caminaba aprisa y no se detenía mucho a observar escaparates que a la muchacha le parecía un desperdicio porque los que abundaban eran las "pattisseries", donde exponían grandes cantidades de panecillos y pasteles. Pero quizá no se percataba que la gente que allí vivía era algo que veía todos los días, y que en tiempos de guerra el dinero escaseaba. Además de que por lo mismo no era prudente estar mucho tiempo afuera de las casas, aunque los ataques enemigos trataban de no dar en blancos civiles había ocurrido que alguna explosión ocurría dentro de la ciudad. Sin embargo para Candy todo era una novedad y aunque Neal iba a paso rápido casi de la misma manera que los parisinos la muchacha no dejaba de detenerse a observar algún escaparate o para admirar algún edificio.

- Deja de demorarte – le dijo Neal cuando se había detenido por quinta vez a mirar –, no estamos aquí como turistas.

- Es que todo es muy bonito.

- Lo olvidaba – lanzó con un quejido.

- ¿Qué? – preguntó Candy abriendo sus verdes ojos.

- Que es tu primera vez aquí – mencionó el muchacho.

- Sí – ella sonrió abiertamente.

El joven Leegan suspiró, él había estado muchas veces allí, antes de que iniciara la guerra había ido por última vez, para él no existía esa novedad, por el contrario encontraba la ciudad apagada y triste, la encontraba herida y sucia.

- Supongo que tienen razón – dijo él.

- ¿En qué? – preguntó la chica mirando los edificios con fachadas similares.

- París tiene la fama de ser una de las ciudades más bonitas del mundo.

- Pues es muy bonita.

- ¿Sabes? – señaló Neal –. La ciudad no esté ni la mitad de lo bonita que luce habitualmente.

- ¿En serio?

- Sí, te voy a traer de nuevo cuando la guerra termine.

- ¿Cuándo la guerra termine? – preguntó Candy.

- ¿No pensarás que esto no va a acabar nunca?

- No sé qué pensar al respecto – apuntó la chica.

Neal torció una sonrisa, a veces pensaba que Candy era demasiado ingenua, a veces solo la creía tonta, pero de repente solo le parecía inocente.

- Bueno, dicen que la situación no es sostenible que no puede durar mucho, así que una vez que termine esta ciudad volverá a la vida.

Toda la mañana caminaron hasta llegar a las orillas de París, y a diferencia de la ciudad esa parte parecía más viva. Había mucha gente caminando por allí con mucha tranquilidad, mujeres ataviadas vistosamente platicaban en voz elevada y reían sin preocupación.

- No te separes de mí – le dijo el muchacho al oído al tiempo que le ofrecía su brazo.

Candy se tomó del brazo de Neal y comenzaron a caminar por una calle empinada, las construcciones allí eran desiguales, sin embargo eso no le quito belleza, le gustaba como se veían allí las casas y los comercios, había muchos bares y restaurantes.

- Neal – se escuchó una voz detrás de la pareja.

Un joven de ojos cafés claro casi ambarinos y cabello castaño era quien había llamado.

- Sam - el joven Leegan le estrechó la mano -, sabía que te encontraría aquí.

- Madamoiselle - se inclinó el joven para besar la mano de Candy – es encantadora.

- Ella es la razón por la que vine a buscarte.

- ¿Es una artista? – inquirió el muchacho – o ¿una bailarina?

- Ninguna de las dos – respondió Neal.

- Me intrigas - dijo Sam -, pero pasen haré que les sirvan algo.

Sam los hizo pasar a uno de los restaurantes que había allí, a pesar de que la entrada era algo estrecha una vez atravesando el pasillo se abría un cálido y limpio restaurante donde había una diversidad de personas tomando café y fumando. Un joven dibujaba a carboncillo a una muchacha que no pasaría de los 15 años pero que llevaba colorete y un vestido muy llamativo. Al fondo del restaurante en una de las mesas un hombre que no paraba de fumar y que tenía delante de él un cenicero repleto de colillas, escribía rápidamente y tenía un montón de hojas rayadas a un lado y a otro. Un grupo de jóvenes que hablaban un idioma que la joven enfermera no reconoció tocaban varios instrumentos y reían amenamente. Todo el ambiente era encantador y alegre, contrastaba con el ánimo del resto de la ciudad. Sam les indicó una mesa cerca del bar. Y le indicó algo a la mesera en francés y después se sentó con ellos.

- ¿La casa está bien? – preguntó Sam – ¿no tendrás una queja?

- La casa está mejor de lo que esperaba – respondió Neal -, yo no podría haber encontrado algo mejor.

- Me alegro – apuntó el joven de ojos ambarinos – Estoy cada vez más intrigado. Dijiste que esta dama tiene algo que ver.

- Sam te presentó a Candy Andley.

- No – exclamó – ¿la heredera?

- Sí – dijo Neal sonriendo con complicidad con su amigo.

- Es un placer – mencionó Sam -, nunca pensé conocerla en estas circunstancias.

- Mucho gusto – balbuceó Candy.

- ¿Y tu familia? – inquirió mirando a Neal,

- No sabe nada, no tienen idea de donde estamos.

- Entiendo, entiendo… no tienes de que preocuparte.

- Eso lo sabía de antemano – señaló el joven Leegan -, por eso es que recurrí a ti.

- Bien, vayamos al grano… ¿para que soy bueno?

- Necesitamos información.

- ¿Sobré qué?

- Marquetería – dijo Neal – queremos encontrar a un fabricante.

- ¿De marquetería?

- No, no precisamente, diría un relojero, pero no estoy seguro…

- No entiendo – Sam se llevó una mano a su barbilla.

En ese momento la mesera les sirvió café a todos, omelets y pastas.

- Supongo que no han almorzado.

- Muchas gracias Sam – comentó Neal -, se ve delicioso.

- Gracias – musitó Candy.

- Entonces, me decías de un relojero.

- El asunto es que queremos localizar a un fabricante de una caja de música, pero no es una caja común, tiene trabajo de marquetería. Y pensé que más que un típico relojero tendría que ser un artista…

- Entiendo, necesitaría ver el trabajo.

- La caja es algo grande y pesada, tal vez podrías darte una vuelta en la tarde – añadió Neal.

- Sí, creo que será lo mejor, una vez que la vea podré investigar más al respecto.

- Sabía que podía contar contigo.

- Bueno los dejó, ya sabes soy muy solicitado. – dijo Sam mientras se levantaba de la mesa – Provecho.

Candy y Neal comieron el almuerzo.

- Esto es delicioso – mencionó la muchacha.

- Sí, y si lo comparamos con la cocina de Fiona, esto es digno de un rey.

- No cocina tan mal – la defendió Candy.

- Sí, supongo que entre malas cocineras se defienden – el joven río.

- Yo no cocinó tan mal.

- Sí tú lo dices – agregó Neal.

- ¿Crees que tu amigo nos pueda ayudar? – preguntó Candy.

- Sí, pero nos va a costar. Sam no hace nada de gratis. Creo que voy a tener que vender mi reloj.

- Yo tengo algo de dinero.

- Guárdalo – señaló el muchacho -, si la búsqueda se extiende y yo tengo que irme lo necesitarás.

- ¿De verdad vas a irte?

- ¿Estás preocupada porque no conoces el idioma?

- No, no es eso – apuntó la chica.

- ¿Entonces?

- Creo que si te vas voy a sentirme sola.

Neal comenzó a reír.

- Deberías preocuparte por cuestiones más prácticas, pero ya me encargaré, te dejaré al cuidado de Sam, no es mal tipo, de hecho en los niveles de mis amigos él está ente los decentes.

- ¿A qué se dedica Sam? Digo además de conseguir casas e información.

- Es un representante de artistas, aunque estos van desde los buenos hasta algunos de dudosa calidad.

- ¿Representante? – Candy alzó una ceja.

- Sí, él hace los tratos legales con quienes los contratan y él cobra una cantidad de dinero por eso. Este lugar es de él. Durante mucho tiempo vivió en New York, pero ahora vive aquí.

- ¿Y la Guerra? ¿No le afecta?

- La guerra afecta a todos, pero el arte se eleva, las muestras de humanidad en medio de la carnicería se hacen necesarios.

- ¿Y toda esta gente? ¿Ellos no van a pelear?.

- La mayoría son de otros países, están aquí exiliados por gusto, estando aquí no tienen que ir a la guerra, así como Sam hay otros que se dedican a protegerlos, terminando este periodo, algunos se volverán ricos otros caerán en el olvido, pero mientras este lugar es su refugio.

- ¡Vaya! - exclamó Candy.

- Ven, vamos a dar una vuelta y a que veas algunas otras cosas de París antes de que regresemos a la casa.

Candy y Neal salieron después de comer y caminaron por las empinadas calles, a la muchacha le sorprendió ver en la cima de aquel monte un templo enorme. Por aquel lugar había demasiados artistas, y ver algo tan sacro como era una basílica le resultaba un poco contrastante. Después de visitar la basílica de Sacre Coeur, bajaron y tomaron un camino que daba al Sena. El agua corría a pesar de tener amontonamientos de nieve.

Caminaron durante mucho tiempo hasta que comenzó a anochecer, las luces de la ciudad comenzaron a encenderse y para sorpresa de la muchacha, la ciudad no perdía su esplendor, sino que era una belleza diferente, algo romántica y un poco mística. Ahora comprendía porque le llamaban la ciudad del amor, porque en un ambiente como ese era fácil caer en las redes del amor. Tal era el grado que Candy comenzaba a tener ese efecto y estaba enamorándose de París.