3. Enemigo intimo

Candy esperó a que el cerrajero que había llevado Archie, abriera el candado que impedía la entrada al Mausoleo, y que colocara un nuevo candado del cual había varias copias de las llaves, una de las cuales dejó Archie en resguardo de Dorothy.

Los dos dejaron Lakewood por la tarde, Candy aceptó el ofrecimiento que le hizo de llevarla a Chicago, sin embargo por el camino poco hablaron el uno con el otro, era como si ambos hubieran firmado un contrato sobre que no volverían a tratar temas delicados.

Candy hizo algunos comentarios sobre el clima y Archie le explicó lo que pensaba hacer en su casa para antes de Navidad. Los dos muchachos siguieron con pláticas un tanto superfluas hasta que llegaron a Chicago.

Archie dejó a Candy en su apartamento, para después seguir hasta su casa, en el camino hacía su casa Archie pensaba en lo que había hablado esa mañana con la chica. Cuando llegó a su casa, o mejor dicho a su mansión a orillas de Chicago, trató de poner buen semblante para no espantar a Annie.

- ¿Cómo te fue? – le saludó su esposa

- Bien – dijo él poco convincente.

- Pensé que llegarías más temprano.

- Sí, yo también, pero el cerrajero tardó más de lo previsto…

Annie sonrió aunque sabía que Archie le ocultaba algo, nunca había sido bueno mintiendo y esa sonrisa tan extendida era fingida…

- ¿Cuándo fue la última vez que viste a Candy? – preguntó el muchacho

- Hace ya cerca de un mes ¿Por qué lo preguntas?

- Ella… estaba en Lakewood…

- ¿Candy? ¿En Lakewood? – preguntó desconcertada Annie.

- Sí, allí estaba…

- ¿Y cómo ésta?

- Pues parecía bien…

- ¿Parecía? – preguntó Annie alzando una ceja

- No sé, Dorothy parecía preocupada, pero luego Candy me dijo que solo eran exageraciones de ella y que no tenía nada de qué preocuparme…

- Mira, Candy siempre ha sabido cuidarse bien sola… - comentó Annie - así que creo que si ella te lo dijo es que es verdad, no tienes que preocuparte por ella.

- Si, supongo.

Mientras tanto en el pequeño apartamento de Candy tenuemente iluminado por los agonizantes rayos del sol, la chica acababa de sacar nuevamente la caja musical. Y lo único en que podía pensar era en encontrar a Neal. En cierta manera esa idea le resultaba un poco irónica, porque toda su vida había hecho hasta lo imposible por no estar cerca de él.

Ante este pensamiento Candy sonrió ligeramente, para después lanzar un largo suspiro.

La muchacha sabía perfectamente que después de la presentación de Albert como cabeza de los Andley, los Leegan se habían mudado a Florida, y desde entonces no sabía nada de ellos. Se tumbó en el sofá y pensó descorazonada que un viaje a Florida no era nada barato, pero tendría que hacerlo si es que quería encontrar a Neal.

- Ojalá conociera a alguien allí – dijo para sí.

En seguida pensó en aquella actriz caprichosa que en alguna ocasión había conocido, era sobrina de aquel doctor… pero realmente era otra cuestión, Karen vivía en New York y no solo eso, trabajaba en la misma compañía de Terry, ella había prometido no volver a molestarlo, después de que había regresado a lado de Susana, sería como jugar sucio con aquella muchacha a la que había dado todo por Terry. Por otra parte, era el tío de Karen quien vivía en Florida, no ella, el nombre de aquel doctor se le había olvidado, quizá si le preguntara al Dr. Lennard… pero si se lo preguntaba a él, sería como dar alerta a los Andley, el Dr. Lennard estaba demasiado ligado con la acaudalada familia. Tal vez tendría que retirar sus pocos ahorros del único banco que no pertenecía a los Andley.

"Últimamente desprecias todo lo que tenga que ver con nosotros" sonó dentro de su Cabeza, las palabras de Archie era muy ciertas, hacer todo sin contar con ellos, hacer todo lejos de ellos, había sido su visión desde hacía tiempo. Era imposible que ellos no se dieran cuenta. Pero era lo que tenía que hacer si quería hacer las cosas a su modo. Era lo que Stear había tenido que hacer para… "Stear" pensó la chica, había alguien más viviendo en Florida, ¿cómo podía haberlo olvidado? Su amiga Patty, tenía algunos meses desde la última carta que le había enviado, pero siempre podría alegar al extenuante trabajo, Patty siempre le respondía casi de inmediato...

Sonriendo, se dirigió a su secreter y sacó unas hojas para escribir una carta a su amiga. A mitad de la carta tuvo que encender la pequeña lámpara que estaba sobre el escritorio. Y después de leer por décima vez las palabras que estaban escritas en su ya no tan pulcra letra, a veces Candy pensaba que su letra se había ido estropeando por tantos reportes que tenía que llenar en el hospital, sin embargo había hecho su mejor esfuerzo para que se entendiera y no poner a Patty en un predicamento cuando tratará de leer las líneas que había escrito. Cuando por fin estuvo satisfecha con lo que le quería pedir colocó la carta dentro de un sobre donde había puesto la dirección de su amiga. Selló el sobre y fue a tomar un baño reparador, después del largo día.

A la mañana siguiente se levantó temprano, tenía que ir a trabajar en el primer turno del Hospital y si no podía llegar tarde, así que solo se preparó un café y lo tomó apresuradamente. Estaba a punto de salir cuando recordó la carta que aún descansaba sobre el secreter, se regresó sobre sus pasos para tomarlo y entonces salir del apartamento. Bajó las escaleras y se dirigió al buzón que estaba en el cruce las calles, depositó el sobre y siguió casi corriendo hacía el hospital.

En el Hospital todo fue lo normal que podía ser en un lugar donde las emergencias estaban a la orden del día, Candy un poco más distraída de lo normal había hecho sus rondas y después de comer había tenido que llenar unos papeles de ingreso de un paciente.

Llenaba mecánicamente los formatos del Hospital sus ojos se cerraron un segundo y volvió a ver a Anthony, a aquel que había mirado en el mausoleo.

- Te he estado esperando – le dijo

Candy sintió que el corazón se le aceleraba...

- Te he estado esperando – repitió una voz familiar para Candy.

Ella dio un respingo y a su lado Leonor se miraba un poco enfadad.

- ¿Qué? – preguntó Candy un poco alterada.

- Que te he estado esperando más de media hora para la segunda ronda… ¿a qué horas piensas salir de la enfermería?

- Lo siento – respondió la muchacha.

Miró los papeles que había estado llenando y vio que en el lugar donde había dejado la pluma había una gran mancha provocada por la tinta que estilaba. Enojándose un poco consigo misma por haberse permitido ese segundo de descuido, sacó un formato nuevo y lo lleno lo más aprisa para poder realizar la segunda ronda.

Una semana transcurrió en ese estado de somnolencia donde había tenido esos atisbos de la visión que había tenido en Lakewood, Anthony, una y otra vez.

- ¿Es que piensas acosarme hasta la locura? – le preguntaba Candy en esos momentos, o en sus sueños donde también se había atrevido a aparecer.

Candy cada vez se preocupaba más, realmente terminaría encerrada en algún lugar de locos si no se tranquilizaba y volvía a la normalidad.

Esa tarde cuando entró a su tibio departamento miró que había una carta para ella. Candy la levantó y miró el remitente.

"Patricia O'Brien" se leía en el sobre. Candy sin quitarse el abrigo siquiera se sentó en uno de los sillones y abrió la carta con agitación.

Querida Candy:

Me da mucho gusto saber de ti, hace tiempo que no recibía carta tuya, estaba a punto de ir a Chicago para ver si todavía seguías viva, porque ni siquiera Annie me había sabido decir de ti. Por lo que me contó en su última carta intuyo que poco se ven. Siempre me dice que no sales del Hospital ¿te parece eso bien? Candy ¿cómo vas a cuidar a los pacientes y enfermos si tú te enfermas?

Pero veo que aún no es el caso, así que simplemente te voy a aconsejar que descanses un poco y te des un tiempo para visitar a los amigos y que te tomes aunque sea cinco minutos para escribirme.

En fin, gracias por preguntarme sobre mi estado de ánimo, todo ha ido mejorando poco a poco, la abuela Martha ha sido de gran apoyo en estos meses, he salido mucho al mar y me he dedicado a… bueno luego te contaré eso, porque pienso ir a verte para el día de Gracias, se que aquí lo celebran y pues ojalá pueda ir a visitarte para pasarlo contigo. Por cierto la abuela te manda sus saludos y recuerdos. E igual que mi consejo te dice que te tomes unos días para venir a visitarnos.

En cuanto a lo que me preguntas si he visto a los Leegan… pues creo que lo más adecuado sería que yo te preguntara eso, ¿es que no sabes que los Leegan se regresaron a Chicago hace más de dos meses? Supongo que no lo sabías, y que por eso me preguntaste por ellos. Se que nunca han sido muy allegados, podría decirse lo contrario, pero nunca pensé que Annie no te lo hubiera comentado.

Pues, por el momento es todo, ya esta por comenzar la época de huracanes, quizá me vaya antes de lo previsto para Chicago, aunque la abuela me quiere llevar a conocer otros lugares antes de llegar allá.

Ya te contaré si logró su objetivo. Escríbeme pronto.

Besos y Abrazos

Patty.

Candy terminó de leer la carta y la dejó a un lado, se sentía muy enfadada, ¿Por qué Annie no le había dicho nada de los Leegan? Además estaba todas esas advertencias, ¡cuídate mucho!, como si no supiera cuidarse ella sola.

Se levantó haciendo un mohín de disgusto, se quitó el abrigo y lo colgó en el perchero que había a un lado de la puerta, hizo otro tanto con su bolso y después se dirigió a la cocina para prepararse algo para cenar. Mientras cortaba unas papas comenzó a pensar que el que Annie no le hubiera dicho nada sobre los Leegan podría ser algo a su favor. Nadie sospecharía que estaba buscando a Neal.

Así mientras continuaba cocinando la cena empezó a formularse un plan que seguiría el día siguiente que tenía libre. Iría a buscar a Neal. Aunque no sabía con exactitud donde lo encontraría, podía probar en la Mansión Andley, pero era él último lugar al que quería ir, además no quería encontrarse con Eliza.

¿Qué lugares solía visitar el joven Leegan? Realmente lo ignoraba, de hecho había pasado gran parte de su vida huyendo de él, así que ahora que lo buscaba le resultaba un tanto difícil saber por donde podía empezar.

Archie lo sabría, al igual que Albert, incluso George, pero preguntarle a cualquiera de ellos era poner sobre aviso a todos y eso no le agradaba, necesitaba encontrarlo sin recurrir a ellos.

Candy terminó la cena, se sirvió la sopa caliente y el guisado, comía sin mucho apetito, estaba ensimismada pensando en Neal… recordó que la vez que lo había encontrado en las calles de Chicago era cerca de una zona poco elegante. Repasó con cuidado su memoria. Era un lugar oscuro cerca de unos bares, y de…

- Un salón de juego – dijo en voz alta la muchacha.

La chica sonrió, si iba a los salones de juego podría encontrarlo, el problema consistía en que a esos lugares no entraba cualquiera, tenías que formar parte de su "club" o ser invitado por alguien ya que eran lugares clandestinos. Pero ella sabía del lugar porque Albert le había explicado que allí cerca había un salón de juego.

Candy recogió todo y se fue a la cama pero sin poder conciliar el sueño, tenía que ver a Neal y no tenía idea de cómo iba a poder entrar a ese lugar, e incluso si entraba no estaba segura de que el muchacho fuera a estar allí. Y aún en el mejor de los casos en que pudiera entrar ¿Neal querría verla? Finalmente el cansancio la venció y se quedó dormida.

Despertó cuando el sol estaba ya en lo alto. Era cerca del mediodía, escuchó unos caballos pasar debajo de su ventana miró de reojo y vio el carruaje de Annie, quien seguramente iría a obligarla a que la acompañara a una tarde de aburridas compras, y le quitaría el tiempo que podría emplear para llevar a cabo su plan. Apenas se estaba estacionando cuando Candy ya se había vestido apresuradamente, tomó su abrigo y su bolsa del perchero y salió por el pasillo en dirección opuesta a la puerta de entrada, se dirigió a la ventana que había al otro extremo, la abrió con cierta dificultad y saltó por ella a un pequeño rellano del que pendía la escalera de emergencia.

Candy bajó la escalera y con un salto logró llegar al suelo, corrió por la calle hasta la esquina donde dobló hacía la izquierda para tomar el transporte público que la llevaría hasta el otro lado de la ciudad.

Lamentaba haber recurrido a esas artimañas para evitar a Annie, se sentía como una vulgar criminal, pero no quería que nada interfiriera con el poco tiempo libre que tenía para poder llevar a cabo sus planes.

Bajó del transporte con mucha hambre, por las prisas había salido sin tomar siquiera una fruta. La zona estaba plagada de bares, pero no sabía si sería prudente entrar a alguno. Finalmente miró un pequeño restaurante ubicado al final de una calle que le resulto bastante familiar, era la esquina donde había encontrado a Neal aquella noche. Candy sonrió al menos iba por el camino correcto, entró al restaurant que en ese momento estaba vacío el cual atendía una mujer ya entrada en años.

- ¿Qué te trae por estos rumbos? – Le preguntó la mujer

- Estoy buscando a mi hermano – dijo inconscientemente Candy

- Ayy muchacha – exclamó la mujer – este no es un sitio para una chica decente.

La anciana parecía muy preocupada.

- Lo se – contestó Candy después de probar la rica sopa que le había servido la mujer.

- ¿Por qué no te acompaño alguien a buscar a tu hermano?

- Mmm. Lo que sucede… es que – Candy pensó que sería mejor seguir con la mentira – estamos solos en el mundo, solo somos él y yo, hace unos días desapareció y se por una buena fuente que esta por estos rumbos…

- ¡Ay hija! Lo mejor que podrías hacer es dejarlo por aquí, un muchacho así solo te va a traer problemas. Mejor búscate un esposo que cuide de ti…

Candy tomó una cucharada más y respiró antes de atragantarse, ¿Qué clase de mujer era aquella? ¿Cómo le decía que se olvidará de su hermano? Después de la segunda cucharada comprendió que no le había creído que fuera su hermano sino que pensaba que estaba buscando a un hombre pero no a cualquier clase de hombre, sino a un novio o amante.

- ¿Sabe algo del salón de juegos que esta por aquí?

- ¿El salón de juegos? – preguntó la mujer inquisitivamente

- Si, se que esta por esta calle y me han dicho que él podría estar allí.

- A ese lugar no podría entrar a menos de que tuviera dinero. ¿es que acaso su hermano lo tiene?

La rubia pensó que es mujer era demasiado entrometida.

- Mire no quiero parecer grosera pero creo que eso es algo que solo me compete a mi y a mi hermano.

- Mi hijo… - mencionó la mujer en voz baja – trabaja allí como mesero, y me ha dicho que van muchos peces gordos, muchos chicos de dinero.

- ¿Su hijo trabaja allí? – preguntó Candy con interés.

- Si, y es lo que me ha dicho…

- ¿Cree que podría ayudarme? – preguntó la chica

- Es difícil, ¿cómo podría saber él a quien busca?

Candy respiró profundamente, tenía que tomar una decisión. Podía seguir con su mentira o decir parte de la verdad, ya no le importaba en ese momento, Neal era el único que podía ayudarle, y estaba dispuesta a seguir con toda la farsa hasta el último momento si con eso conseguía encontrarlo.

- Yo, busco a mi hermano y él tiene, digo nosotros tenemos mucho dinero, por eso debe de estar allí dentro.

- ¿Cómo es posible que una muchacha de alcurnia ande por estos lugares sin acompañante?

- ¿Me creería si le dijera que me escape de mi casa para poder venir a buscarlo?

La mujer la miró con incredulidad.

- Somos parte de la familia Andley – susurró Candy

- ¿Los Andley? – preguntó aún más recelosa la mujer.

En ese momento se abrió la puerta de atrás y entró un muchacho de no más de 20 años, vestido con saco rojo y unos pantalones negros, alto y pelirrojo, que ostentaba la misma nariz de la mujer.

- Johnatan, hijo…

-Me dieron quince minutos para comer… ¿tiene algo que pueda servirme madre?

La mujer dejó a Candy en su mesa y fue a servirle al muchacho un gran tazón de la misma sopa que le había servido a ella, mientras le servía le preguntaba en voz lo suficientemente alta para que la joven pudiera escuchar la conversación.

- Hijo, ¿hay mucha gente hoy en el salón?

- Si madre, como siempre esos ricos desperdiciando su dinero, lo que en parte me conviene ¿sabes? Me han dado buenas propinas hoy.

- No habrá de casualidad algún miembro de esas familias de abolengo.

- Los usuales madre, los de siempre.

- ¿Algún Andley?

- Ja – rio despectivamente el muchacho – Los honorables Andley ¿verdad? Todos hablan maravillas de ellos en Chicago, pero créame, hasta en esas familias los hay que se echan a perder…

- ¿Entonces si hay alguno allí?

- Si, no se bien su nombre, porque es de la sección VIP del salón, pero los meseros de esa área hablan mucho de ello, porque de allí no sale, dicen que durante un tiempo no venía porque no estaba en la ciudad pero tiene cerca de dos meses que viene casi a diario.

- ¡Vaya! – exclamó la madre del muchacho – ¿y habría alguna manera de que te dejaran servir en esa área?

- Es muy difícil, uno tiene que conocer a alguien, para que los ricos de esa área lo requieran a uno, y eso es muy difícil, aunque si me gustaría.

- Tal vez esa chica pueda ayudarte.

Candy se apresuró a desviar la mirada hacía su plato para que no se percataran de que había estado escuchando todo con atención.

- ¿Esa chica? ¿Por qué lo dice?

- Ella ésta buscando a su hermano…

- ¿Su hermano?

- Si, ella dice que su hermano es un Andley.

- ¿De verdad?

La mujer regresó con Candy.

- Niña, mi hijo dice que hay un Andley en el salón, tal vez pueda ayudarte.

- ¿Cómo es el muchacho a quien busca?

- Es moreno, y de mirada altiva – dijo Candy sin vacilar – sus ojos son cafés y suele vestir elegantemente.

- ¿Es él? – inquirió la mujer

- Pues sí, concuerda con la descripción del Andley que esta allí

- ¿Cree que pueda verlo? – preguntó Candy

- No sabría, las mujeres no pueden entrar allí.

- Me lo imaginaba – dijo la chica.

- Pero podría preguntar. Venga acompáñeme.

Candy sonrió, le pagó a la mujer la comida y siguió por la puerta trasera al muchacho, caminó detrás de él por lo que parecía un callejón, hasta llegar a la puerta trasera un gran edificio.

- Espere aquí por favor.

La muchacha asintió con la cabeza mientras que el muchacho entraba al lugar.

El mesero subió al salón para los ricos importantes, y se acercó a uno de los chicos que atendían esa área. Susurró algo en su oído y minutos después este se acercaba a un joven que estaba de espaldas a ellos sentado en un cómodo sillón.

- ¿Cómo dices? – preguntó el joven.

El otro mesero hizo señas para que Johnatan se acercara.

- Me comentan que hay una muchacha esperando por mi afuera

- Si, ella dice ser su hermana – contestó Johnatan.

- ¿Mi hermana? – Neal perdió un poco el color de su rostro - ¿No es la típica chica?

No señor, nunca la había visto por aquí… viene bien vestida. Se ve que no es de por aquí.

- ¿Te dijo su nombre?

- No…

- ¿Cómo luce?

- Es bajita, tiene el cabello rubio y es muy pecosa.

- ¿Pecosa? – preguntó con interés Neal.

- Si.

- ¿Tienes habitaciones disponibles? – Neal le preguntó al otro mesero

- Si señor.

- Prepáreme uno, y tú, haz pasar a mi hermana, por favor que no vea mucho por aquí dentro, ya lo sabes….

- Si, mucha discreción señor.

- Eso es – dijo Neal al tiempo que le pasaba un billete a Johnatan.

El muchacho salió para encontrarse con Candy quien esperaba.

- Pase, por favor, la va a recibir en unos minutos.

Candy sonrió levemente, siguió al muchacho por un pasillo suntuosamente adornado, desde el piso alfombrado hasta los candiles de cristal que alumbraban el lugar, el mesero la hizo subir por una escalera de mármol con pasamanos de roble, subieron a un segundo piso y la guió hasta un cuarto,

La muchacha entró, el lugar estaba tan suntuosamente decorado como el pasillo, pero más que una sala, parecía un cuarto de hotel, con una cama y unos sillones al lado de una mesilla. Candy se sentó en uno de ellos y esperó unos minutos hasta que se abrió la puerta por donde entró Neal.

- ¡Vaya!- sonó la voz del muchacho con un dejo de sorna - Que nos trajo la marea.

- Hola Neal – le saludó Candy con la voz más natural que pudo.

- Cuando me dijeron mi hermana, pensé que Eliza… pero bueno, no que ella no se atreva a venir a estos lugares, pero no es tan tonta para venir a mitad del día cuando cualquiera pudiera reconocerla…

Candy se sintió un poco ofendida ante el comentario.

- ¿Así que ahora somos hermanos? – preguntó con sarcasmo el muchacho - ¿desde cuándo?

- Lo siento Neal, yo solo quería verte y pensé que si decía que era yo no querrías verme.

- Si – dijo dubitativamente – aunque la verdad es que si hubiera accedido, estoy aquí ¿no?

- Pero…

- El muchacho te describió, sabía que eras tú cuando te hice pasar…

- ¡Oh! Yo pensé… que no querrías verme

- Si tal vez esa habría sido mi primera reacción, pero luego me venció la curiosidad… ¿Por qué me estás buscando? Esa sería mi principal pregunta.

Candy vaciló un segundo, no sabía si había hecho lo correcto, quizá había cometido una equivocación, y había ido a meterse ella sola a la boca del lobo. Trató de recuperar la compostura para poder responderle al muchacho, tenía que hacerlo, tenía que recordar que solo él podría ayudarla.

- Me acabo de enterar que regresaste a la ciudad.

- Como si eso te importara mucho – dijo Neal al tiempo que se acercaba a una mesa que estaba al lado de la chimenea y se servía una copa de vino - lo último que recuerdo es que no querías tener nada que ver conmigo…

Candy guardó silencio, Neal solía ponerse violento y allí no había nadie que le ayudará si las cosas se ponían incomodas.

- ¿O me equivoco? – preguntó mirando de reojo a la rubia.

La muchacha tomó aire y miró al fina silueta del joven Leegan que sostenía una copa con su mano. El tenía razón, ella lo había rechazado, había acudido a Albert para que la ayudará y ahora estaba allí delante de él para pedirle un favor.

- Tienes razón – dijo Candy un poco aturdida – soy una tonta por venir a buscarte, lamento haberte quitado el tiempo.

La muchacha se levantó del sillón.

- Ni siquiera me has dicho que quieres – mencionó Neal con una voz ecuánime - ¿es que acaso no has mentido para entrar a verme? ¿Ahora te vas sin decir palabra?

- Lo siento, fue un error venir, yo…

- Tú vas a decirme lo que tengas que decirme, ¿sabes? Durante los meses que permanecí en Florida pensé muchas veces en estar así…

- ¿Así cómo? – preguntó Candy con inquietud.

- Ja – rio sarcásticamente el muchacho - ¿es que acaso me tienes miedo?

- No, claro que no – se apresuró a decir la chica.

- Entonces siéntate – le ordenó con voz autoritaria – vamos conversando… como amigos… no, como hermanos ¿no es así?

Candy sintió un escalofrío que le recorrió el cuerpo, jamás se había puesto a pensar en las consecuencias de su alocado plan, su prisa por encontrar a Neal le había hecho olvidar que ese muchacho había pretendido abusar de ella en el pasado, le había hecho olvidar que de caballero solo tenía la finta y que ella se estaba exponiendo demasiado a que algo malo le sucediera.

Neal se volvió a acercar a la mesa, sirvió otra copa y relleno la que traía en su mano. Se acercó a Candy y le dio la copa que acababa de servir después se sentó en el sillón que estaba frente al que Candy ocupaba.

- Bébelo, te hará provecho.

- Gra… gracias

- ¿acaso te he pedido que me des las gracias? Te he dicho que te bebas el maldito vino.

Candy se ruborizó un poco ante la expresión del muchacho. Vacilante se acercó la copa a los labios y tomó un poco del vino, que al pasar por la garganta le raspo demasiado y comenzó a toser. Neal soltó una carcajada.

- Pensé que el actorzuelo de segunda que tenías por novio te había enseñado a tomar… veo que no lo hizo…

- ¿Qué es esto? – preguntó Candy haciendo muecas de asco.

- Whisky, el mejor que hay… así que no hagas esa cara y disfrútalo, no te lo tomes rápidamente, deja el líquido unos segundos en tu boca antes de pasarlo, paladea el sabor, deja que tu boca se acostumbre a él antes de que lo pases… tomarlo de otra manera te sabrá peor que medicina.

La muchacha miró a Neal con un dejo de incredulidad, pero decidió seguir sus instrucciones, el whisky permaneció unos segundos en su boca lo que pareció en cierta manera adormecerle la boca y al pasarlo ya no le raspo como lo había hecho anteriormente.

- Tampoco des tragos grandes, puedes emborracharte pronto sobre todo si no estás acostumbrada a tomar

- Candy asintió con la cabeza, aquello le resultaba muy extraño, estar bebiendo con Neal a solas, era algo que no hubiera previsto antes en su vida.

- ¿Y bien? ¿Qué es lo que quiere mi hermanita? ¿En qué puedo ayudarte?

- Yo… necesito un favor…

- ¿De mi? – preguntó Neal alzando una ceja

- Quiero ir a Francia…

Neal soltó una carcajada.

- Para eso no necesitabas verme… ¿Por qué no vas con el tío William? ¿Es que acaso has dejado de ser su favorita?

- No, no comprendes…

- Si necesitas dinero, es mucho más fácil que te lo de él a que te lo de yo… ¿Por qué habrías de venir a pedírmelo a mi?

- No es dinero en si lo que necesito, eso tengo suficiente…

- Entonces no entiendo

- Los Andley, ninguno de ellos me permitirá ir a Francia en este momento.

- Yo soy un Andley, para que vienes a mi si piensas que todos somos iguales.

- Nunca he pensado que seas igual a ellos.

- ¿Es un insulto? – preguntó el muchacho aunque sin demostrar haberse ofendido

- Eres diferente a ellos, siempre consigues entrar a donde deseas sin que ellos te incomoden.

- Porque no dices las cosas como son… no soy un Caballero, es lo que quieres decir ¿verdad?

- No, yo no…

- Es la verdad, no lo soy y verás, ya no me interesa serlo, tengo cuanto deseo sin preocuparme por el que dirán, no como el elegante Archibald Cornwell que se casó con alguien a quien no quiere…

- No digas esas cosas…

- ¿Te molesta? ¿Te molesta que hable mal de tu amiga la huérfana? O es que acaso nunca te enteras de nada… Todos en la familia sabíamos como lo había perseguido incluso atravesó el océano para estar a su lado… si, muy insistente esa amiga tuya.

- No hables mal de ella. – espero Candy

- Hablo como se me da la gana – respondió el joven Leegan – por cierto esa "amiga" tuya poco te defendió cuando eran niñas… deberías tener más cuidado en escoger a tus amigos…

Candy apretó los puños, estaba a punto de soltar un golpe.

- Tranquilízate – le ordenó el muchacho – ya te he dicho que no soy un caballero, no me importa guardar las apariencias…

- Esto fue un error – dijo Candy levantándose nuevamente de su lugar – nunca debí venir

- Siéntate - le volvió a decir Neal

- No tiene caso

- Siéntate – repitió el muchacho

La muchacha se sentó nuevamente y miró con cierto resentimiento a Neal.

- Si no es dinero ¿Qué es lo que quieres?

- Quiero ir a Francia sin que los Andley se enteren…

- ¿Es que piensas seguir los pasos de Stear? – preguntó el muchacho y por primera vez desde que estaban allí Candy miró un cambio en el rostro del muchacho.

- Es la manera más fácil, por mi trabajo puedo ir a la guerra sin muchos problemas. Pero creo que los Andley han hablado con el director del hospital para impedir que vaya. Si tomo algún barco ellos tienen múltiples conocidos y sabrán lo que pretendo hacer… no quiero que ellos lo sepan o no me permitirán ir.

- Ya veo – se limitó a decir el muchacho

- ¿Podrás ayudarme?

- No estoy seguro

- Si no puedes ayudarme no se que voy a hacer

Candy tomó otro sorbo Whisky mientras que Neal la miraba con una expresión hermética.

- Creo que conozco a alguien que podrá ayudarte…

- ¿En serio? – preguntó Candy muy contenta

- Pero….

La muchacha borró la sonrisa de su boca.

- ¿Cómo vas a pagarme?

- ¿Pagarte? – susurró Candy

- No pensarás que voy a ayudarte sin obtener algún beneficio a cambio.

- ¿Cuánto dinero quieres?

Neal soltó una carcajada, tomó un poco de Whisky y luego miró a la chica

- Yo soy un Andley – le dijo a Candy – yo no necesito dinero. Eso ya lo sabes…

- ¿Entonces?

El muchacho dejó la copa vacía en la mesilla frente al sillón

- A veces te comportas más tonta de lo normal – la situación parecía estar encantándole a Neal que sonreía sin disimulo.

- No entiendo – señaló Candy

- Una vez te lo propuse, así que te lo vuelvo a proponer…

- ¿Qué?-preguntó la muchacha al tiempo que sentía que sus piernas temblaban.

- Te ayudaré en todo lo que quieras, siempre que te cases conmigo.

- No, no puedo hacerlo… ¡¡¡Estas loco!!!

Candy se levantó nuevamente pero en esta ocasión se acercó a la puerta

- Jamás accedería a semejante locura…

- ¿Crees que estoy bromeando verdad?

- No, no puedo hacerlo.

Candy sujetó el pomo de la puerta y se dio cuenta de que estaba echado el cerrojo, estaba encerrada en esa habitación.

- Abre la puerta – espetó Candy – no me gustan estos juegos

- No estoy jugando – dijo el muchacho impasible

- ¿Crees que voy a casarme contigo por un pequeño favor? ¿Es que acaso has perdido la cabeza? Antes prefiero enfrentarme a Albert y los demás… déjame salir.

- Tienes razón – dijo Neal – Es demasiado lo que te pido…

La muchacha respiraba con dificultad, era un tonta, había pensado irracionalmente y ahora se encontraba en una encrucijada, donde se había metido por voluntad propia.

- Para que veas que soy justo, matrimonio es algo grande y el favor que me pides es pequeño.

Candy lo miró con incredulidad ¿acaso la dejaría salir de allí sin que tuviera que hacerle alguna promesa incoherente?

- Te voy a ayudar en lo que me pidas, en todo… pero cada favor tendrá que tener un pago…

- ¿Qué clase de pago? – quiso saber Candy al tiempo que temblaba de pies a cabeza

- No tiembles tonta, que no voy a hacerte daño, no voy a hacerle daño a mi futura esposa

- ¿Futura esposa? – dijo Candy con un hilo de voz

- Si, pero ese será el último favor que te haré…

- ¿Qué quieres decir?

- Te prometo una cosa Candy, que te vas a enamorar de mi, y que llegará el día que lo que me pidas sea que me case contigo.

- Debes de estar bromeando – dijo la muchacha aún con un pequeño temblor en la voz.

- No, yo voy a arreglar todo, guardaré tu secreto, te ayudaré a llegar a Francia… no voy a volver a pedirte matrimonio… esa es una promesa, no de caballero porque bien te lo he dicho que no lo soy. Te hago esta promesa por el Neal que soy en este momento… que igual esta palabra vale más que la que daba antes….

- ¿Cómo se que cumplirás tu promesa?

- Porque cumpliré todo lo que estoy diciendo…

Candy bajó la mirada… ¿Qué tipo de juego quería Neal ahora? ¿A dónde quería llegar?

- Todo lo que te diga que haré, tendrá su costo, pero antes de que pagues, sabrás que pasará con exactitud, y tu podrás negarte y yo te dejaré ir sin que nada más suceda

- No, eso es demasiado, no puedo jugar con esto

- Es simple, no te voy a hacer daño, ya te lo he dicho… no haré nada que pueda perjudicarte

Candy se quedó pensativa, Neal, ¿podía confiar en Neal? Sabía que sin su ayuda difícilmente llegaría a Francia

- ¿Tienes miedo? – le preguntó el muchacho

- ¿Miedo?

- Si, miedo de enamorarte de mi….

- Claro que no, porque sé que eso no sucederá.

- Entonces acepta mi propuesta… no tienes nada que perder entonces.

La chica ya no sabía que pensar, ¿Qué era todo ese lío? ¿A dónde llegaría si hacía tratos con Neal? ¿Realmente deseaba tanto ir a Francia? Todo por un presentimiento, por algo que ni siquiera valía la pena.

- Anda Candy, dímelo de una vez, porque tengo otros negocios que hacer y si no vas a aceptar esto será una pérdida de tiempo

- Acepto – musitó Candy

- ¿Cómo?

- Que acepto el trato.

- ¡Bien! El primer pago por haber aceptado tu propuesta será que me dejes darte un beso.

- ¿Qué? – exclamó Candy – eres un canalla, jamás…

- Después de dártelo te dejaré salir… para que vayas a casa y comiences a preparar todo para el viaje, que si las cosas salen bien en un mes estaremos saliendo hacía Francia.

- Pero…

- Puedes negarte – le dijo Neal – y entonces simplemente te vas pero no recibirás mi ayuda.

- ¿Solo un beso?

- Si, solo un beso – señaló el muchacho.

- Esta bien – dijo resignada Candy

Levantó la cabeza temblando, y cerrando los ojos, Neal se acercó a ella, y miró la expresión de la chica, Candy lo sentía muy cerca sabía que de un momento a otro el muchacho la iba a besar, entonces sintió que tomaba su mano y el delicado roce de los labios de Neal sobre el torso de su mano. Candy abrió los ojos y vio a Neal inclinado besándole la mano.

- ¡Que tengas una buena tarde! – dijo Neal mientras se erguía y sacaba la llave para abrir la puerta.

Neal abrió la puerta y Candy se quedó inmóvil.

- Vamos Candy, que si permanecemos más tiempo dentro me lo cargarán a mi cuenta…

Candy vaciló un segundo y lo siguió por el pasillo hasta llegar a la puerta trasera.

- Cada vez que quieras verme habla a este número – dijo Neal al tiempo que sacaba un papel y una lujosa pluma fuente – y yo mandaré a alguien por ti, no es propio de una chica andar sola por estos lugares, es muy peligroso. Por el momento lamento tener que verte aquí, pero en cualquier otro lugar estaríamos muy expuestos y los tipos que el tío William tiene para cuidarnos darían alerta.

- Esta bien.

- Tú – le dijo a Johnatan que estaba cerca de la puerta de atrás.

- Si señor.

- Escolta a la dama y consíguele un carro de sitio – Neal le pasó unos billetes al muchacho – Esto – dijo dirigiéndose a Candy - es por mi cuenta…

- Nos vemos Candy

Candy hizo un ademán con la cabeza mientras seguía al muchacho que la escoltaba hacía un lado de la calle, con un chiflido hizo llegar un carruaje y ayudó a subir a la joven.

- ¡Buenas tardes! – le dijo el muchacho

- Gracias – respondió ella al tiempo que el carruaje echaba a andar.

Una vez que había salido de aquel lugar sintió que era una muchacha muy afortunada, había logrado salir ilesa de ese primer encuentro, y después pensó en Neal. ¿acaso hablaba enserio con eso de que trataría de enamorarla? Era inaudito, ella jamás volvería a enamorarse, ella tenía el corazón destrozado como para que alguien y más alguien como Neal quisiera ganarse su corazón.

Lo único que sentía era confusión a ese respecto, pero por otro lado podría sacar provecho de la situación. Neal estaba mal si pensaba que alguna vez podría amarlo, y más si creía que en un futuro sería ella quien le pediría matrimonio.

Pronto llegó a su departamento, vio con alegría que al menos Annie no había esperado en el carruaje como había hecho en otras ocasiones. Subió la escalera y vio que en la puerta del departamento había pegada una tarjeta de visita. Candy la tomó en su mano y abrió la puerta, sobre la mesa estaba la caja de música, y pensó que se estaba tomando demasiadas molestias por buscar resolver el enigma que se había formulado en su cabeza.