7. Los diamantes son para siempre

Candy no podía creer lo que miraba, enfrente de ella a unos cuantos metros estaba sentado Terry, con el cabello ligeramente más corto a lo que recordaba utilizando un grueso abrigo. Ella parecía una estatua, había perdido la habilidad de caminar, incluso la de pensar, solo lo miraba. Habría permanecido en esa posición de no haber sido porque Neal apretó su brazo para hacerla reaccionar.

- Nuestra mesa esta lista – le dijo al oído

- Si claro – se apresuró a contestar Candy quien se había sonrojado mucho pero que gracias al maquillaje que Fiona le había aplicado en su cara era apenas perceptible.

- Recuerda que eres mi esposa – susurró Neal quien denotaba cierto disgusto en su voz.

- Lo siento yo…

- Estas a punto de poner en peligro todo el viaje – le advirtió el muchacho.

- No es mi intención, es que no me esperaba…

- Encuentros como este, pueden llegar a ser abundantes, -señaló con seriedad - así que tienes que controlarte si no quieres que todo se arruine.

- Lo sé, trataré de hacerlo.

Neal pidió la cena y Candy trató de no mirar hacía la mesa de Terry, pero le resultó un tanto imposible porque de las mesas adyacentes las jovencitas e incluso algunas ancianas no paraban de levantarse de su asiento para acercarse a la mesa del actor, los continuos cuchicheos llegaban a los oídos de la muchacha mientras trataba de cortar el suculento filete que le habían servido.

- ¿Podemos irnos ya? – le preguntó a Neal en cuanto terminó de comer

- No podemos irnos tan pronto – le contestó el muchacho.

- Por favor – le suplicó la rubia – no soporto estar aquí.

- Tan difícil encuentras cenar conmigo.

- No es por ti…

- ¿Es acaso por el actorcillo de quinta que ésta en aquella mesa? – inquirió haciéndose el inocente.

- Si ya lo sabes – dijo enfadada – para que finges demencia,

- Pensé que lo suyo ya había terminado.

- Si, así fue.

- ¿Entonces?

- Me molesta verlo – señaló la muchacha.

- Esta bien, y da gracias que no te cobraré este favor.

Neal se levantó y le ofreció su brazo a Candy, mientras se paraban la muchacha miró de reojo hacía donde estaba Terry y se percató de que él la miraba con detenimiento. Candy se aferró al brazo de Neal y salieron del restaurante.

- Bien, además de ese actorcillo hay dos parejas más que reconozco, si estuviéramos en tiempos normales habrían sido muchas más, al menos sabemos a que atenernos…

Candy caminaba tomada del brazo de Neal pero no decía una sola palabra. Y no se dio cuenta de que el muchacho se había detenido hasta que sintió el tirón del brazo por haber seguido de largo.

- ¿Qué paso? – preguntó Candy

- ¿Y tú me preguntas eso?

- Si, pensé que íbamos al camarote.

- Hacía allí vamos…

- ¿Entonces porque te detienes? – preguntó la muchacha.

- No has dicho una sola palabra en toda la cena…

- Es que no tenía ganas de hablar

- Y yo que habría jurado que no habría nada que te hiciera callar… de haberlo sabido antes.

- No hagas algo grande de esto – sugirió la chica.

- La que esta haciendo algo grande de esto eres tú… realmente tienes que decirme que fue lo que te hizo para que después de tanto tiempo te siga afectando el tan solo verlo.

- Eso es algo que no te importa.

- Si, si me importa, no pienso soportar que cada vez que lo veas te quedes petrificada solo porque si… - mencionó Neal - si queremos aparentar que somos recién casados, deberías al menos fingir enfrente de él que hay alguien que te interesa más que él mismo.

- Lo siento, no volverá a suceder, solo me sorprendió verlo aquí.

- Espero por tu propio bien que cumplas lo que estás diciendo.

Candy asintió con la cabeza, y Neal reanudó el caminó hacía el camarote. Una vez allí Neal se dirigió a la habitación de servidumbre mientras la muchacha caminaba hacía la suite nupcial.

- ¿Cómo les fue? – preguntó Fiona en cuanto Candy entró.

- Bien – contestó escuetamente

- ¿Tan mal estuvo? ¿Neal… digo Peter se portó como un patán?

- No, no tiene nada que ver con él.

- En serio, la relación entre ustedes no hay manera en que la entienda.

Candy no dijo nada se sentó en la cama y se recargó, sentía que la cabeza le daba vueltas, no le apetecía hablar, solo quería descansar un momento.

Mientras tanto Terry había logrado escabullirse de en medio de las mujeres que lo asediaban para poder salir del restaurante y ahora estaba en la cubierta.

- Disculpe – le preguntó a uno de los meseros.

- Si, ¿en qué puedo servirle?

- Podría decirme si conoce a unos pasajeros.

- Conozco a algunos, pero no a todos, si quiere saber más el capitán podría darle más información.

- Solo quiero saber si conoce a una joven que venía acompañada de un hombre moreno con bigote, fueron de los primeros en retirarse.

- No me percate de eso, deje preguntar a mis compañeros, en un momento regreso.

El mesero regresó al restaurante, Terry se recargó en la barandilla y miró el reflejo de las estrellas en la oscura agua del océano, y más que nunca deseó fumar un cigarrillo, pero no lo creyó conveniente, era por ella, precisamente por ella que había dejado de hacerlo, y él lo sabía, era su amada Candy, podía estar utilizando maquillaje y otro peinado, pero no podía engañarlo, era ella. Estuvo cerca de media hora soportando el helado viento que prefería al acoso de las admiradoras que lo acecharían si regresaba al agradable clima del restaurante.

- Señor, - dijo el mesero muy satisfecho consigo mismo - ya me informaron.

- Dime ¿qué es lo que sabes? – le apremió el muchacho.

- Me han dicho que ocupan una de las suites nupciales.

- ¿Qué quieres decir?

- Que es una pareja de recién casados – mencionó el mesero con un dejo de nerviosismo.

- Gracias – le dijo al tiempo que le pasaba unos billetes, el mesero al ver el dinero sonrió y regresó al restaurante.

Terry se quedó muy pensativo, ¿acaso Candy se había casado? ¿Podía acaso culparla?, despues de todo lo que había pasado con Susana, claro que él había tenido sus razones, entonces si él podía disculparse, porque sentía que la sangre le hervía, porque no podía comprender que ella, que ella pudiera haber decidido casarse con alguien que no fuera él. Tenía que averiguarlo, tenía que saber la verdad. Pero podía esperar un poco, si apresuraba las cosas podría ser contraproducente, podría ser que sus ojos lo hubieran engañado y que esa mujer que había mirado no hubiera sido ella. Tenía ya un dato, el mesero le había dicho que estaban en una de las suites nupciales. Por la mañana se dispondría a investigar.

A la mañana siguiente Candy tenía un tremendo dolor de cabeza, no había podido conciliar el sueño sino hasta altas horas de la madrugada, se había despertado porque unos rayos del sol habían entrado por una de las escotillas y le habían pegado directo en la cara. Cuando abrió los ojos se percató de que Fiona no estaba ya en la habitación y que parecía que había hablado en serio cuando había mencionado que limpiaría todo para practicar.

- Buenos días – sonó una voz masculina desde la puerta de la habitación.

- Sal de aquí – espetó Candy de mal humor – ¿no ves que no me he vestido?

- Sin embargo con ese camisón que traes, me pareces más vestida que con tus usuales harapos.

- Tú si que sabes halagar a una chica – mencionó Candy con un dejo de sarcasmo.

- No era mi pretensión – aseveró el muchacho – solo quería darte algo.

- No te voy a pagar por algo que no te he pedido – se apresuró a decir Candy cuando vio que Neal traía en su mano un estuche de joyería.

- No pienso pedirte nada a cambio, empezando con que no es un regalo sino un préstamo.

- ¿De qué se trata? - preguntó Candy al tiempo que se incorporaba en la cama tratando de cubrirse lo más posible con las sábanas.

Neal abrió el estuche y lo miró unos segundos antes de mostrárselo a Candy.

- Es algo que necesitamos, si queremos hacer esto bien – dijo el muchacho – debí dártelo ayer, pero había dejado el estuche dentro de mi maleta así que no pude hacerlo.

Candy miró expectante el estuche, hasta que Neal se lo pasó a ella. La chica lo tomó en sus manos y miró dentro.

- Esto es…

- Si, son alianzas de matrimonio – concluyó el joven Leegan.

- No, no podría aceptarlas, se nota que son muy caras.

- No seas tonta – apuntó Neal – es necesario, todas las parejas casadas las llevan.

- Debieron costarte mucho dinero…

- No me costaron ni una sola moneda – mencionó el muchacho – son una herencia.

- No me atrevo a usarla… aunque no te haya costado nada, deben de ser muy valiosas.

- Y lo son – aseveró Neal.

La rubia muchacha observó los anillos cuidadosamente, en medio del terciopelo negro, dos argollas con varias piedras incrustadas.

- ¿Qué es eso? – preguntó Fiona que acaba de entrar a la habitación.

Candy sin comentar nada puso en manos de la joven el estuche.

- ¡Vaya! – exclamó la muchacha – son hermosas.

- No puedo usar eso – dijo Candy – temó que con lo poco cuidadosa que soy esas piedras brillantes se caigan.

- ¿Piedras brillantes? – exclamó Fiona - ¿tienes que estar bromeando?

- ¿Por qué?

- Esas piedras brillantes no son simples piedras, son diamantes – señaló la joven Crone.

- ¿Es eso cierto? – preguntó la muchacha a Neal

- Así es.

- No, con menor razón puedo usarla.

- Mira, tienes que hacerlo, aún tengo dinero como para comprar unas alianzas baratas, pero prefiero no hacerlo, ese dinero podría hacernos falta una vez llegando a Europa. Y pues yo tengo esas en mi poder, así que las utilizaremos.

- Pero… si son herencia.

- ¿Herencia? – mencionó Fiona alzando una ceja

- Así es…

- ¿Es de los Andley? – inquirió la chica de ojos castaños.

- No… esos anillos me los dio mi padre… son parte de la herencia de los Leegan.

Candy lo miró un poco sorprendida, tenía años de conocer a la familia Leegan y jamás se había preguntado mucho por el apellido Leegan, lo único que sabía era que formaban parte de la acaudalada familia Andley, así que ingenuamente había pensado que la fortuna que ellos poseían provenía solo de los Andley.

- Mi abuela….

- La tía Elroy – interrumpió Candy.

- Dije mi abuela, no la tía Abuela… hablo de la madre de mi padre – mencionó con una ligera nota de orgullo en sus palabras – que esas alianzas han estado desde hace siglos en la familia Leegan. Siempre pasan de padre a hijo… para que sea un Leegan el que las utiliza.

- ¿Por qué tu padre no las utilizó? – preguntó Fiona con interés.

- Cuando mi padre decidió casarse con mi madre se las ofreció pero mi madre llevaba consigo unas de las arcas de los Andley. Siendo los Andley más altos en honor e importancia, mi padre decidió no forzar la situación y al final me las legó a mí.

- Debió sentirse mal por ello – comentó Candy.

- Probablemente. Los Leegan aunque no tan importantes como los Andley poseen una historia tan larga y aristocrática como ellos. Y esas alianzas forman parte de esa historia.

- Son hermosas – apuntó Fiona – son un regalo de boda perfecto.

- Tal vez no todos piensen igual – opinó Neal – sin embargo en este momento son ideales para lo que necesitamos.

- Me da miedo usarla – repitió Candy – podría perderla, ¿y entonces qué?

- Pues espero por tu bien que no sea así.

- Si, tienes que cuidarla bien – le advirtió Fiona – los diamantes no se dan en los árboles.

- ¿Por qué los ricos no pueden hacer las cosas más sencillas? – preguntó Candy – ¿Por qué tener que ponerle tantos diamantes?

- Los diamantes tienen su explicación – agregó Neal –cada diamante que aparece en cada argolla representa a una generación Leegan que ostentó la alianza. El último diamante lo colocó mi padre antes de saber que no podría utilizarlas… supongo que si algún día las utilizó en algo más que una farsa no me veré obligado a colocarle otra piedra más.

- Candy comenzó a contar los diamantes, había cerca de veinte de ellos en cada argolla.

- Me siento un poco sobrecogida – señaló – estas piezas deben de ser realmente antiguas.

- Si, así es – dijo Neal acercándose a ella – ahora ponte tu argolla.

La muchacha vaciló así que el joven Leegan tomó el anillo más pequeño y lo llevó hasta la mano de Candy, le sujetó la mano con fuerza y ella abrió los dedos, entonces deslizó la argolla por el dedo anular, el anillo le ajustó a la perfección a la muchacha.

- Parece que lo hubieran mandado a hacer para ti – mencionó un poco extrañado.

Luego tomó la otra alianza y se la puso en el dedo, la cual también le ajustaba bien.

- También a ti – dijo Fiona.

- No es de extrañarse, mi padre y yo somos prácticamente de la misma talla – comentó.

- Bien, vístete vamos a almorzar, trata de no quitarte la argolla… es importante que la utilicemos.

Candy iba a alegar que no quería salir, se excusaría por el dolor de cabeza, pero entonces se percató de que el dolor había decidido abandonarla. Y sabía que Neal descubría de inmediato si mentía. Lamentó no tener otra escapatoria para librarse de quizá otro encuentro con Terry. El joven Leegan dejó la habitación y Fiona parecía encantada de poder vestir nuevamente a Candy, la situación le agradaba utilizaba a la joven enfermera como si fuera una muñeca para arreglar.

- Te va a gustar este peinado – mencionaba mientras pasaba el cepillo por la melena de Candy – y ya sé que adorno usarás, hará juego con tu argolla...

Una hora después Candy y Neal en sus mutuos disfraces, entraron al restaurante donde gran parte de los pasajeros de primera clase estaban sentados en sus respectivas mesas, mientras que otros se arremolinaban sobre la mesa del bufete. La muchacha miró hacía todos lados buscando a Terry pero no lo encontró, un poco decepcionada fue a sentarse.

- Es bufete – le dijo Neal

- Si ya vi ¿quieres que te traiga algo?

Neal miró extrañado a Candy.

- Y yo no pienso cobrarte el favor – mencionó.

- Entonces espero a ver lo que mi linda "esposa" quiere servirme

Candy fingió no haber escuchado eso y se encamino a la larga mesa donde diferentes fuentes ofrecían distintos desayunos. Después de dar un vistazo a toda la mesa se decidió por unas tostadas y unas lonjas de jamón. Cuando se acercaba a la fuente que contenía dicho platillo una persona se le adelantó, la muchacha espero pacientemente y en cuanto se movió comenzó a servir dos platos, después de hacerlo se dio la media vuelta y uno de los platos osciló peligrosamente al punto de caer, de no haber sido por la intervención de un caballero que sostuvo el plato.

- Tenga cuidado – dijo sin levantar la cabeza.

Al escuchar la voz, Candy giró su cara para encontrarse con el dueño de la misma. Terry estaba frente a ella, se quedó paralizada y ni siquiera las gracias pudieron salir de sus labios. El joven Grandchester notó la mirada de Candy y levantó su cabeza. Entonces fue que Candy reaccionó y bajó la suya.

- Gra, Gracias – balbuceó Candy y caminó rápidamente hasta su mesa.

El muchacho la siguió con la mirada y sintió el deseo de ir tras de ella, pero al ver que en la mesa a la que se dirigía había ese hombre que le resultaba extrañamente familiar decidió no hacerlo.

- ¿Había mucha gente allá? – preguntó Neal

- ¿Por qué lo dices? – dijo Candy mientras colocaba los platos sobre la mesa.

- Estas realmente sonrojada – le dijo Neal

- Es que estuve a punto de tirar un plato, me dio mucha pena.

- Pues si se hubiera caído, no habría pasado nada, tomas otro y ya…

- ¿Crees?

- Si – mencionó Neal con fastidio – o es que tengo que recordarte que aquí no eres una sirvienta sino un pasajero de primera clase.

- Yo – dijo un poco atontada Candy – lo siento

- No pidas perdón por algo tan tonto.

- Lo siento…

Neal la miró y después dirigió la vista a su plato.

- ¿Lonjas de jamón? ¿No había omelet?

- Si, si había…

- Bueno ya que me terminé esto iré por uno.

- Para la próxima te levantas por tu comida.

El joven Leegan no le respondió, simplemente atacó con el tenedor su desayuno, sin percatarse de que desde el otro lado del restaurante el famoso actor de Broadway no les apartaba la vista. En cuanto finalizaron el almuerzo los esposos Sanders se retiraron. Terry escribió en un papel una nota y le pidió a uno de los meseros que se la entregaran a la muchacha.

Cuando Neal y Candy regresaron a su camarote, la muchacha se retiró a descansar, había pasado muy mala noche y necesitaba reponer fuerzas. Neal salió a la cubierta principal llevando con él un libro. Fiona mientras tanto sacó su diario y comenzó a escribir en él. En eso estaba cuando alguien tocó a la puerta. Fiona atendió para encontrarse con un mesero.

- ¿En que puedo servirle? Si es por el desayuno, ya vinieron a recoger el servicio…

- No es por eso- contestó el muchacho.

- ¿Entonces?

- ¿Se encuentra la señora?

- Esta descansando – le informó Fiona - ¿quiere dejar algún recado?

- Tengo uno…. Pero me hicieron hincapié en que solo se lo entregara a ella.

- Yo se lo daré, no tiene que preocuparse – le dijo Fiona con esa sonrisa ensayada que durante su vida de sociedad había utilizado infinidad de veces.

El mesero al ver a hermosa muchacha que le sonreía solo atinó a darle el papel destinado a Candy. En cuanto Fiona lo tuvo en sus manos cerró la puerta y aún sabiendo que estaba siendo imprudente leyó el papel. Después de hacerlo se quedó muy pensativa.

- ¿Quién tocaba a la puerta? – preguntó Candy quien se había despertado.

- ¿De dónde conoces al actor Terry Grandchester? – inquirió la muchacha.

Candy palideció ante la pregunta.

- Dijimos que tenemos que ser sinceras si queremos llegar bien a Europa… y creo que citarte con un actor no es lo más conveniente.

- Yo no me he citado con nadie – señaló Candy.

- Pero si conoces a Terry ¿o me equivoco? – inquirió la chica de ojos castaños.

- No, no te equivocas, si lo conozco

- ¿Y porque te ésta pidiendo una cita?

- Lo ignoro – dijo Candy a media voz

- Creo que tienes que explicarme bien de que se trata esto.

- Es una larga historia – susurró Candy.

- Pues supongo que lo que sobra en este momento es tiempo. Así que me gustaría saber el significado de este mensaje – dijo moviendo el papel en su mano.

Candy respiró profundamente, hablar de Terry después de la dolorosa ruptura era algo que siempre trataba de evitar, pero Fiona la había acorralado, si bien era cierto que podía negarse a responder a sus preguntas, también sabía que desde la noche anterior su pecho estaba a punto de reventar, el corazón no había dejado de palpitarle con tanta fuerza y sus pensamientos eran imprecisos. Necesitaba sacar todo de su ser, necesitaba hablarlo en voz alta. Así que la muchacha relato todo, desde el primer encuentro en la niebla en otro barco, hasta la estancia en el colegio San Pablo, en sus continuas escapadas, todo hasta aquel día en que les tendieron una trampa y tuvieron que enfrentar la expulsión del mismo colegio. También relató su reencuentro después de mucho tiempo, y el orgullo de Candy al haberlo visto realizado como un gran actor… la voz se le rompió cuando llegó a aquel fatídico día en que en medio de la nieve habían tenido que separarse para siempre. En medio de lágrimas había terminado de contar la triste historia de aquel amor apasionado.

- Pero no sé como pudo reconocerme, creo que el disfraz que estoy utilizando no es bueno – añadió – quizá debería de quedarme encerrada por si acaso.

- Lo siento – dijo la señorita Crone – te mentí cuando dije que te había citado…

- ¿Qué quieres decir?

- Bueno, no te cito a ti, cito a Bonnie..

- ¿A Bonnie?

- Si, dice, - Fiona comenzó a leer la nota –"Estimada señora Sanders, espero disculpe mi falta de delicadeza, no nos han presentado formalmente, conozco su apellido por empleados del barco, me he atrevido a molestarla porque su cara me resulta extrañamente familiar, me gustaría platicar con usted, si ésta dispuesta a hacerlo, estaré en la segunda cubierta al anochecer. Queda de usted. Terruce Grandchester.

- ¡Vaya! – exclamó Candy – ¿realmente es capaz de citar a una desconocida?

- Supongo que no piensa que eres una desconocida, creo que te reconoció…

- No puedo ir… todo se echaría a perder.

- No me gustaría meterme donde no me llaman – dijo Fiona sonriendo – pero como ya lo hice, te diré una cosa más. Creo que debes de ir… por más que tú digas que la historia que los unía ha terminado, pienso que no es así.

- Es una imprudencia, él ésta casado ahora.

- ¿Estás segura? – preguntó Fiona alzando una ceja

- Apareció en una revista…

- ¿Te estás fiando por lo que una revista publicó? – observó algo asombrada Fiona – Nunca has escuchado que no debes de creer todo lo que lees ni todo lo que te dicen.

- ¿Estás insinuando que él no se casó?

- Sólo digo que no podrás estar segura, a menos de que hables con él.

- Pero y Ne… digo Peter…

- Mira hoy pedimos la cena aquí, y yo te ayudo a salir para que puedas encontrarte con él.

- ¿Por qué me quieres ayudar con esto? – preguntó intrigada Candy

- Porque estoy huyendo de un matrimonio sin amor… porque no puedo soportar que dos personas que se quieren estén separadas.

Candy iba a alegar que ya no quería a Terry, pero algo dentro de ella misma callaron sus palabras. Y aceptó el plan que Fiona le ofrecía.

Esa tarde le pidieron a Neal que cenaran todos en el camarote, el muchacho estuvo de acuerdo, sobre todo porque utilizar disfraz para cada vez que salía del camarote comenzaba a molestarle. Aunque normalmente no hablaban mucho esa noche fue particularmente callada, solo Fiona y Candy se miraban con complicidad. Neal se encerró en su cuarto lo que facilitó a las chicas planear como Candy asistiría al encuentro con Terry. Después de arreglarse como solía hacerlo con su ropa de siempre y sin colocarse adornos de más, Fiona se asomó a la pequeña salita y verificó que la puerta del cuarto de servicio siguiera cerrada. Entonces Candy salió con mucha agilidad del camarote para ir a la segunda cubierta, lo que representaba un pequeño problema ya que solo sabía dónde estaba la principal y no quería llamar la atención preguntando donde quedaba, así que deambuló durante un cuarto de hora por varios pasillos hasta que miró una flecha que apuntaba a la segunda cubierta. El sol se había puesto hacía varios minutos y por un momento temió que Terry hubiera pensado que ella no acudiría. Caminó lo más aprisa que pudo siguiendo la dirección de la flecha y pronto salió a la segunda cubierta. El lugar era mucho más pequeño que la cubierta principal y entendió porque Terry la había citado allí, era menos probable que alguien los viera.

Candy miró la segunda cubierta, su corazón palpitaba con fuerza, seguía pensando que todo aquello era un gran error. Había tantas cosas que podían salir mal. ¿Si Neal se enteraba? ¿Si Terry daba aviso a la familia Andley? Pero no, sacudió su cabeza, como si con ello la mera idea de que ese encuentro fracasara se desvaneciera por completo.

La noche envolvía la cubierta, el sol se había metido ya y alguna luz proveniente de los camarotes alcanzaba a iluminar tenuemente el piso que Candy recorría con una gran lentitud, como si el tiempo se hubiera detenido.

Había atravesado más de la mitad de la cubierta. A excepción de las pisadas y el frufrú de su vestido de grueso tergal junto con la armonía del mar no se percataba ningún otro ruido en esa parte del barco.

Ahora otro pensamiento comenzaba a acosarla. ¿Y si Terry había decidido no asistir? No, no podía pensar en ello, estaba tomando demasiados riesgos como para darse el lujo de vacilar, su respiración empezaba a agitarse. De repente las luces de los pequeños farolillos que adornaban la cubierta fueron encendiéndose hasta que todo el lugar estuvo iluminado, fue entonces que al fondo de la misma se pe percató de una silueta que descansaba contra la barandilla del barco, aunque miraba hacia otro lado, la muchacha supo que se trataba de Terry.

Tuvo otro momento de vacilación ¿Debía continuar o correr en sentido contrario donde la sensatez le aguardaba? Pero en ese instante, el joven giro su cabeza y sus labios dibujaron una gran sonrisa en su atractivo rostro. El corazón aunque parecía imposible de lo rápido que iba latiendo aceleró el pulso aún más, Candy se llevó una mano hacía el pecho como queriendo con esto disfrazar los latidos.

- ¿Candy? – preguntó Terry, aunque más que una pregunta era una confirmación.

- Terry – musitó la muchacha con un poco de miedo sabiendo que ya no había marcha atrás.

Por fin Candy había conseguido llegar junto al muchacho, tan solo un metro los separaba, la rubia no había querido recorrer ese último pedazo, como si aquella pequeña distancia fuera a impedir de que no cometiera alguna locura más grande. El joven Grandchester parecía haber acordado tácitamente el dejar ese espacio entre ellos dos, pues no había hecho intento de acercarse más a la muchacha.

- Sabía que eras tú – dijo con un dejo de emoción imposible de ocultar.

- ¿Cómo lo sabías? – solo atinó a preguntar Candy.

- ¿Crees que ese insípido maquillaje y esos peinados altos iban a ocultarte? – la chica no respondió, pero Terry no parecía esperar respuesta – Soy actor ¿recuerdas? Un maestro del disfraz, permíteme decirte que el tuyo era bastante malo.

- No esperaba encontrarme con un actor estando a bordo

- Aunque no lo hubiera habido, es probable que alguien hubiera visto tu intento de disfraz.

- Ojalá nadie más se haya percatado.

- Parece importante mucho – señaló el joven de ojos azules – lo que me hace pensar ¿de quién te ocultas?

- De cualquiera – dijo Candy – De cualquiera que pudiera reconocerme.

- ¿Por qué tratar de ocultar tu colección de pecas, si éstas tan orgullosa de ella?

Candy sintió que las piernas no soportarían mucho tiempo ¿porqué tenía que bromear de sus pecas como si nunca hubiera pasado nada? Contrajo su mano en un puño.

- ¿Para que me citaste? – preguntó la chica con un hilo de voz

- Quería asegurarme de que mi intuición era cierta… quería verte de nuevo.

- Ya me vista – dijo Candy recobrando su voz - ¿Y ahora?

- Quería saber – Terry suspiró – si habías cumplido tu promesa.

- ¿Cuál promesa? – inquirió la muchacha un poco desconcertada

- Me prometiste que serías feliz.

Candy lo miró fríamente, no podía creer que le estuviera preguntando eso, la primera emoción que había sentido al verle de nuevo, comenzaba a cambiar por una rabia que tenía guardada desde hacía tiempo.

- ¿Eres feliz? – le preguntó Terry

La muchacha oprimió más fuerte el puño. Entonces sólo quería verla para eso, para calmar su conciencia, apretó la mandíbula, tomó aire y le contestó un tanto agraviada

- Si lo soy – espetó – a ti no te pregunto, porque ya sé que lo eres

- ¿Qué te hace decir eso? –preguntó a la defensiva, notando el cambio en el tono de voz de la joven.

- ¿Acaso vas a negarme que te casaste con Susana Marlowe?

Terry bajó un poco su cabeza y sonrió con resignación… después levantó la vista y miró fijamente los ojos verdes de la chica que en ese momento destellaban de ira.

- ¿Dónde escuchaste eso?

- ¿Acaso importa? – refutó Candy – Lo sé, y eso es lo que debería importarte.

- ¿Nunca te han dicho que no creas todo lo que oyes?

- Esto es algo que no simplemente escuche… - espetó la chica, pensando en que era la segunda vez que escuchaba lo mismo en el mismo día – es algo que leí.

- ¡Vaya! – exclamó el muchacho – otra víctima de la mala publicidad

- No estoy para juegos – aseveró la rubia – así que si esto es todo, creo que yo…

- Espera – suplicó Terry – no entiendes y lo comprendo a ti, te ha tocado estar del otro lado, yo que he estado viviendo con eso día a día, la sensación es diferente.

Candy lo miró un poco desconcertada sentía que Terry solo estaba divagando y que no quería llegar al punto de aquel doloroso asunto, al menos doloroso para ella.

- Nunca me casé – aseguró el joven Grandchester – todo fue un ardid publicitario para que la última puesta en escena fuera un éxito.

- ¿Cómo?

- El Director de la compañía de teatro creía que era una magnífica idea; a pesar de lo que yo le dije en contra él siguió con su absurdo plan. Lanzó la noticia en periódicos y editoriales, quería que fuera publicada en todos lados.

- Creo – dijo fríamente la muchacha – que éstas mintiendo.

- Podrás acusarme de omitir información, pero jamás te he mentido

- Aunque lo que dices sea verdad, es fútil conocerlo ahora

- ¿Entonces es cierto? – inquirió Terry – Estas casada ¿no?

Candy alzó la cabeza al escucharlo.

- ¿Por qué lo dices?

- ¿Creías que los empleados del Barco no sabían esa información Señora Sanders? ¿O tal vez pensaste que yo no notaría ese opulento anillo que con tanto orgullo ostentas?

La rubia abrió la mano que tenía en un puño y sintió un ligero escozor que le había provocado el anillo contra la piel. Esa argolla que Neal le había dado al mover la mano vio como los destellos que emitían los múltiples diamantes titilaban conforme al movimiento. Después observó la cara de Terry, con esa expresión que solo había visto una vez, era una manifestación de celos. Nunca supo Candy que le impulso a portarse cruel con él. Quizá quería que sintiera al menos una parte del dolor que ella había sentido, tal vez era aquella sonrisa burlona con que le había preguntado sobre sus pecas, o esa pregunta sobre aquella insulsa promesa. Lo que en realidad deseaba era gritarle que era odioso, que había llorado ríos por él, que haberlo perdido había abierto heridas que había creído sanadas, que no había podido ser feliz. Y que desgraciadamente sentía que no podría serlo. Pero aunque sus deseos eran esos, siguió aquel amargo impulso que se había despertado dentro de ella.

- Negarlo sería inútil – agregó con frialdad – como bien has investigado… viajo junto a mi esposo… es un hombre excepcional que estuvo dispuesto a brindarme lo que tú no podías darme… Su amor.

Las últimas palabras iban llenas de esa rabia que sentía por haberla dejado ir, por haber escogido a Susana en vez de a ella, por haberla apartado de su vida. Sabía que tal vez el muchacho no se lo merecía y que probablemente él debía estar cargando con su propio sufrimiento, pero más que nada deseaba que todo aquello terminara, si iba a ser para siempre lo aceptaría pero esta vez bajo sus términos.

- ¡Maldita sea! – espetó el muchacho al tiempo que daba un puñetazo a la barandilla, golpe que le había dolido más de lo que quería aparentar - ¿Por qué no esperaste?

- ¿esperar? ¿A qué? ¿A ti?

- Al menos a saber la verdad.

- ¿A qué verdad te refieres? Preguntó Candy con cierto desdén - ¿A esa verdad donde no te casaste con Susana?

- Si, de eso hablo

- No tienes el derecho a decirme nada…

- Sí, sí lo tengo – dijo casi a gritos – tengo ese derecho… porque te quiero… nunca he dejado de hacerlo ¿es que no entiendes?

- Finalmente – dijo Candy que sentía que ante tal confesión sus piernas terminarían por ceder y no podrían soportar mantenerla en pie - ¿no crees que tu declaración ha llegado tarde? ¡¡¡Dos años tarde!!!

- No entiendes – dijo llevándose las manos al cabello – No pedí que pasara lo que pasó, no podía abandonar a Susana, no cuando ella había dado tanto por mí.

- ¿y ahora si puedes? – preguntó con rabia Candy, pensando por primera vez en aquella chica que había estado a punto de quitarse la vida

- La situación ha cambiado – dijo Terry con la voz quebrada – ella, ella ha encontrado a alguien más… yo no lo sabía hasta que Robert tuvo esa "maravillosa idea", esa noticia la perjudicaba más a ella que a mí.

- ¿Es eso cierto? – preguntó Candy desalojándose de su rabia

- Si, él es uno de los doctores que la atiende, él la hace feliz porque la ama, y yo… yo no podía hacerlo, porque solo estabas tú en mis pensamientos.

La cabeza de la chica comenzó a darle vueltas, Terry, su adorado Terry, aquel por el que había derramado tantas lágrimas estaba libre, libre para amarla, para poder casarse con ella, y allí estaba ella, fingiendo un matrimonio, siguiendo un impulso, una locura. Pensó unos minutos, quizá aquello era el destino, allí en el mar se habían conocido, y tal vez era allí donde estaba predestinado que se encontrasen nuevamente.

- Sé que lo que te voy a pedir parece una locura – continuó Terry sin esperar que Candy lo interrumpiese – estás casada, y no puedo cambiar eso, pero tú si puedes… yo sabía que lo estabas cuando te cite, y actué mal, pero ya una vez actué de acuerdo a lo que dictaba el honor, y no pienso perderte de nuevo por algo así. Tú me has dado el valor para hablar. Sabiéndote casada no pensé que aparecerías pero lo hiciste, y si has venido es porque todavía sientes algo por mi… sí así lo deseas – prosiguió vacilante – en tres días que lleguemos a tierra firme, te ofrezco una opción, vente conmigo… empecemos una vida nueva… huye conmigo.

Candy se quedó paralizada, mientras sentía en su dedo aquel magnífico aniñño de bodas con sus resplandecientes diamantes, solo pensaba en aquel trato que había hecho con Neal, en aquella caja de música que reposaba en su habitación.

El ambiente se había quedado en silencio, solo lo rompía aquel rumor ahogado de algunas olas que se estrellaban contra el casco del barco.