Prólogo.

Diez de septiembre...

Cómo odiaba esa fecha que me hacía recordar la tragedia que sucedió tres días antes de mí cumpleaños, trayendo esta maldición sobre mí.

Qué dolor...

Abrazo mi pecho y me encojo, mientras los recuerdos regresaban a mi mente con más intensidad en este mes, aunque todo el año, todo el tiempo, las reminiscencias castigan con crueles latigazos sangrantes a mi alma y corazón.

En septiembre, él se había marchado, dejándome en esta situación, en un estado vegetativo. Como una planta seca que no se marchita. Me había abandonado con el dolor de su ausencia. Con la cortada punzante al respirar, por no tener su perfume cerca de mí.

Desde ese maldito diez de septiembre, mi cama se había convertido en mi mejor amiga, mi única compañera y confidente. Ella había remplazado sus tibios brazos alrededor de mi cuerpo, aunque claro, nada se sentía igual. Nada...

Edward

Mi voz susurra, entrecortadamente, su nombre. Ahogándome en llanto, aprieto mis brazos a mi pecho. Siento que se desgarraba. Necesito aire pare recobrar aliento, pero, al aspirarlo duele…

Edward

Otra vez aclamo su nombre. Quiero gritarlo, pero sé que preocuparé a Charlie. Así que aprieto mis labios y los muerdo hasta que sangran.

Mi almohada esta empapada de lágrimas. La muerdo para descargar mi dolor en silencio. Creo que sería demasiado escalofriante el escuchar mi lamento.

No sé si es de día o de noche. No había ido a la escuela. No me importaba nada en realidad. Tal vez ni si quiera había tenido clases. No estaba muy segura si era sábado, domingo, lunes o martes. De lo único que estaba consiente era de que hoy se cumplía un año de estar sumergida en este pozo sin luz ni fondo. En esta taberna fría que me helaba los huesos y me congelaba la sangre. Un año sin él, sin su risa, sin sus manos acariciando mis sonrojadas mejillas, sin sus labios rozando mis labios, sin su voz diciendo "Tonta Bella". Un año en el que su familia y él se habían ido para ya no regresar.

Sé que nada gano con lo que voy a hacer, que debo superarlo, que ya no debería de estar más familiarizada con esta zozobra, pero, ¿Cómo superas que el amor de tu vida te haya dejado? Yo no lo sé, así que, disculpen mi debilidad.

Buscó debajo de mi mojada almohada y ahí la encuentro. Su fotografía. Sonrío entre llantos. En ella, me sonríe. ¡Me sonríe!

Recorro su glorioso rostro con mis dedos. Sé que no me hago ningún bien torturándome de esta forma, pero es lo único que me da un aliento de paz.

Sus ojos verdes deslumbraban como dos enormes esmeraldas cubiertas por sus espesas pestañas negras, su blanca piel, casi pálida…

Suspiro. Independientemente de su físico, estaba su gran corazón, su madurez, la caballerosidad, el respeto y el amor que me tenía, lo que lo caracterizaba y lo que me hizo amarlo desenfrenadamente.

Lo que me hace amarlo desenfrenadamente.

Cierro mis ojos para recordarlo. Después pagaré las consecuencias de permitirme evocar esos recuerdos tan vividos.

Edward y yo nos habíamos conocido cuando me mudé a casa de mi papá, Charlie, aquí en Forks. En ese tiempo, yo apenas era una niña de doce años y él tenía quince. Vivía con sus padres, el señor y la señora Masen, a solo tres calles de mi casa. Desde que lo vi me gustó mucho, (me había cautivado su sonrisa gentil y su mirada brillante) pero estaba consiente de que no le haría caso a una pequeña como yo.

Aún así, nos hicimos buenos amigos en poco tiempo, pese a la diferencia de edades. Tal vez se debía a que yo nunca pensé igual que las niñas de mi edad (al menos, así me decían) ya que Renne, mi madre, era muy despistada y desde pequeña adquirí la responsabilidad de cuidarla, y no al contrario, como casualmente suele ocurrir.

Estar con Edward era lo que más me gustaba hacer. Nunca me atreví a confesarle lo que sentía por él, ya que pensaba solo me miraba como una pequeña hermana. Todos los días lo esperaba a la salida de la secundaria. Él me encaminaba hacia mi casa llevando mi mochila en sus hombros, y en las tardes, me llegaba a visitar…

Nuestra amistad creció con el paso del tiempo. Se transformó. Tras un año y medio de conocernos, cuando yo estaba a punto de cumplir catorce, él me confesó que me quería.

Me costó creerle, no pensar que era una mala broma de su parte ya que estaba consiente de que era un chico muy guapo y muchas muchachas, mas desarrolladas que yo, estaban interesadas en él, ¿Qué podría ver Edward en mi simple y delgado cuerpo que le atrajera? ¿O en mi blanca tez que se sonrojaba con tanta facilidad?...

Sin embargo, era cierto. Edward me quería tanto como yo a él. Crecí junto con él, a su lado. Con su mano aferrada a la mía y sus ojos contemplando cada cambio.

Nuestra relación era diferente. No era monótona. Siempre teníamos algo nuevo que hacer o de que hablar. Nuestros padres estaban consientes de nuestra relación y la apoyaban. Aunque siempre solían sonrojarnos con algunos comentarios fuera de lugar.

Abro mis ojos. El dolor en el pecho crece aun más. Me levanto de la cama y busco en una de las gavetas de mi tocador. Ahí estaba: un cuaderno que él me había regalado en nuestro primer aniversario de novios. Tenía escrito varios versos, letras de canciones y poemas, con su puño y letra. Lo atraigo hacia mi pecho. ¿Cómo no sufrir? ¿Habría acaso alguien tan especial como él?...

Tengo, como siempre, la respuesta muy clara: NO. Jamás podré olvidarle y dejarle de amar. Jamás nadie podría ocupar su lugar. Nunca. Viviré siempre adorándolo. Recordándolo.

¿Cómo olvidar todo lo que habíamos pasado juntos en esos tres años?

Los tres años más maravillosos de mi vida.

¿Cómo olvidar esas tardes en las que, abrazados, contemplábamos la llegada del crepúsculo? ¿Cómo olvidar nuestros juegos, todas las veces que nos habíamos dicho lo mucho que nos queríamos? ¿Cómo olvidar cuando me llevaba entre sus brazos cuando, al ir de paseo por el bosque, me caía y me torcía el tobillo?...

Era inmortal la ocasión en la que, por ir a verme, se había empapado con la lluvia y al siguiente día estaba hirviendo en fiebre; el día en que ambos lloramos de coraje por una tonta discusión sobre celos. Las veces en las que él, con gran paciencia, me explicaba los temas de matemáticas que no entendía o me ayudaba con mis labores escolares.

¿Olvidaría alguna vez esas noches bohemias en las que encendíamos una pequeña fogata fuera de mi patio y él me cantaba tocando su guitarra?

En mi mente aun resuena la bella canción que me había compuesto en su piano como regalo de cumpleaños.

Siento como si un taladro estuviera haciendo un hueco en mi corazón cuando recuerdo esa noche en la que fui suya. En la que el pudor que nos invadía, hacia meses, había desaparecido por fin, dejando nuestras pieles desnudas. El cómo entre sus brazos y sus caricias me convertía en su mujer.

Siento en mi piel un ligero cosquilleo al memorar la delicadeza con la que había recorrido sus manos sobre mi cuerpo. Ambos con el mismo nervio de la primera vez, encerrados clandestinamente en mí recamara… aun recuerdo la sensación que sus manos y sus labios me provocaban cuando se deslizaban sobre mi cuerpo. Aun puedo recordar la satisfacción que sentía con su piel pegada a la mía, siendo los dos, uno solo ¿Habría manera de olvidar el como susurraba mi nombre con aliento entrecortado? ¿El silencio que nos invadía tras esas noches, solos, escuchando el latido desenfrenado de nuestros corazones y nuestra agitada respiración?…

El dolor es tan grande que me caigo de rodillas, con los ojos cerrados y el cuaderno aferrado a mi pecho…

Edward

Vuelvo a susurrar. Es casi irreal que mis ojos aun tengan lágrimas. No hay día en el que no llore su recuerdo… Pero ¿cómo no? Si cada paso que doy, extraño su mano. Me da miedo hasta dormir, por que en cada sueño, él se apare y es tan real, que a la hora de despertar, la verdadera realidad me invade, trayendo con ella esa agonía.

Todos mis días son difíciles sin él. Unos mas que otros, pero este, sin duda, lo es más.

Si tan solo, hace exactamente un año, los padres de Edward no hubiera decido irse de viaje, él estuviera aquí, a mi lado…

Estaré aquí justamente el día de tu cumpleaños. Seré el primero en felicitarte – Me había prometido estando en mi cuarto. Una maña que Charlie no sabía: Edward escalaba por la pared hasta mi ventana y muchas noches se había quedado a dormir conmigo

Te voy a extrañar mucho – le dije con la voz entrecortada. Un presentimiento tal vez. Ya antes Edward se había visto obligado a ir con sus padres de viaje, pero esa noche yo estaba aferrada a su espalda, con una angustia tan quemante de no verlo en esos días

–Tranquila, flaca – me dijo acariciando mi cabello – serán solo un par de días. Si mis padres deciden quedarse más tiempo, yo vendré, aun así tenga que venirme en burro – sonrió

–Cuídate mucho por favor… - sus labios silenciaron los míos en un tierno y largo beso

–Bella, estaré bien. Te lo prometo… ni la muerte, escúchame bien, ni la muerte me va a separar de ti. Resucitaría con tal de estar a tu lado. Estaré contigo en unos días…

... Pero Edward nunca llegó...

La noticia se corrió por todo el estado:

TRAGICO ACCIDENTE, CAMION PIERDE EL CONTROL Y SE LLEVA CONSIGO A UN CARRO PARTICULAR CON UNA FAMILIA A BORDO, NADIE SOBREVIVIÓ…

Lo más duro fue que no encontraron su cuerpo La policía supuso que algún animal había rastreado la sangre y se lo había llevado…

Suspiro agitadamente para poder controlar el ataque que estoy a punto de padecer. Aprieto los dientes, me vuelvo a sangrar los labios, pero ya no puedo seguir soportando en silencio este lacerante dolor.

–Edward – digo, entre el llanto ahogado y entierro mis uñas en la almohada, preguntándome, si algún día, este dolor insoportable, que empieza a desvanecerme, terminará...